Cárcel y tortura Indice
Sabía que no podían matarnos. Les quedaría muy difícil explicar nuestras muertes. íbamos a sobrevivir, estaba convencido, porque en Zipaquirá ya era de público conocimiento la forma como nos habían capturado. Nos habían presentado ante la prensa como si fuéramos unos delincuentes. Yo en ese momento seguía ejerciendo por mandato popular la concejalía de Zipaquirá. Había dejado de asistir a las reuniones porque ya prácticamente estaba acorralado en el barrio Bolívar 83 y porque ya se había vuelto muchísimo más importante la lucha popular y la organización miliciana que el trabajo parlamentario. Aún debe existir algún registro del momento de la captura. Recuerdo que salió una foto en la que mis compañeros hicieron lo que usualmente se hace en ese tipo de situaciones: bajar la cabeza. Yo no la quise bajar. ¿Por qué tenía que arrepentirme o avergonzarme por el hecho de que un Estado hubiera capturado a un revolucionario?
A mí me capturaron con algunas señoras y con jóvenes muy humildes que se habían integrado al esfuerzo del M-19. Todos eran residentes del Bolívar 83, pobladores que nos habían acompañado durante el fuerte trabajo de conquistar el lote, de construir las viviendas. Ya para ese momento el barrio estaba relativamente construido. Tenía calles y casas. Se habían levantado casas al estilo de los barrios populares de Colombia, yo había puesto ladrillos y tejas. Mis compañeros estaban sufriendo, por primera vez, los golpes del Ejército. Eran víctimas de una especie de venganza por parte del Estado por haber reclamado sus derechos. Yo estaba con ellos, pero de forma aislada, pues nos pusieron en celdas diferentes. De cierta forma, también me acompañaba la noche que alumbraba Zipaquirá.
Nuestro encarcelamiento no era más que otro
aspecto de la lucha por la justicia social para que la gente tuviera vivienda.
Esto contrarrestaba con la lógica del Estado, que se encontraba allí presente a
través de los militares. Eran dos formas diferentes de ver el mundo. El Estado
lo que hacía era golpear, tratar de atemoriza: por medio de los uniformados. La
gente pobre capturada, en cambio, trataba de construir solidaridad, de
cuidarse ei uno al otro, de buscar que no le pasara nada malo a ninguno.
Lo primero que me hizo el Ejército fue robarme una
pulsera bañada en oro que me había regalado mi novia, la misma que me había
dicho que estaba embarazada. Me robaron la única pertenencia que tenía algún
tipo de valor sentimental.
La tortura no es un momento de abstracción intelectual. Es un momento de resistencia física y de sobrevivencia pura. Cuando empezó, los golpes fueron permanentes. Usaban unas prácticas de violencia que se suponía que no dejaban huella para eliminar cualquier evidencia, pero conmigo no lo lograron. Quedé con bastantes cicatrices, sobre todo en la cara. Y, claro, cuando los golpes eran puños, obviamente salían moretones. Había una práctica conocida como la tortura china, que consistía en dejar a la víctima durante horas de noche debajo de una gota de agua que caía permanentemente. Otra práctica era hacerlo a uno dormir debajo de los caballos, sin comida o mantas, esposado a las cercas donde tenían a los animales. Eso fue en la Escuela de Caballería. Los caballos no permitían si quiera la posibilidad de que uno durmiera. Los militares también me golpearon con fusiles y me pusieron en el pecho unos corrientazos de electricidad tremendamente dolorosos.
Un día me llevaron encapuchado a una especie de celda en un pasillo muy largo lleno de puertas. Escuchaba, estando encapuchado, cómo las puertas se abrían y se cerraban con la fuerza del extremo del pasillo hasta llegar a mi celda. De pronto me quitaron la capucha negra y vi como a diez oficiales, todos con insignias, aunque estaban encapuchados. Comenzaron el interrogatorio. Hubo otros episodios, pero lo más duro fue la presión psicológica. Al final de las sesiones aparecían uniformados con condecoraciones, pero encapuchados, con bolsas negras cubriéndoles los rostros. Yo creo que ellos querían mostrar su poder, y que yo me hiciera a la idea de que eran, realmente, invencibles; que el esfuerzo de cambiar al país o de construir cultura social o de guiar una revolución era imposible en un país como Colombia.
Siempre me hacían las mismas preguntas. Todos los días cambiaba la persona que entraba a la celda. Había uno que era el violento, había otro que era el conciliador, el que buscaba salidas para mí. Las preguntas se repetían una y otra vez. ¿Dónde está Jaime Bermeo? ¿Dónde está Andrés Almarales? ¿Dónde está Antonio Navarro? Conocían ya los nombres propios de mucha gente del M-19, porque se suponía que aún estábamos en una tregua con el Gobierno y habíamos hecho pronunciamientos desde las plazas públicas. Yo no tenía ni idea dónde estaban. Aun así, siempre repetían los cuestionarios.
Me trasladaron entonces a una celda donde se escuchaba el ruido de las puertas y de las ventanas al cerrarse con fuerza. Cuando se acercaban poco a poco a donde yo estaba y me quitaban la capucha, yo me daba cuenta, por la manera en que me hacían las preguntas, que eran coroneles y mayores. Eran exactamente las mismas preguntas que me hacía el personal civil del Ejército, los miembros de la inteligencia militar, que en esos mementos se llamaba el B2. El general de la Brigada XIII se llamaba Jesús Armando Arias Cabrales y fue quien firmó mi arresto. Él tenía, bajo el decreto de estado de sitio, la posibilidad de condenarme cínicamente por una razón que simplemente pronunció: yo era un guerrillero, a sus ojos. En realidad, si hubiera operado la justicia ordinaria, el arresto no hubiera llevado a la encarcelación. Sin embargo, bajo el estado de sitio mi arresto se convirtió en un una condena de prisión.
Después de la tortura, me condujeron a una
instalación ahí mismo, a donde un funcionario de la Procuraduría, ante quien tenía que constatar que yo estaba bien. Fue una escena surrealista. Llegué
golpeado, cubierto en moretones, y él firmó un acta que decía que me encontraba
bien. Entonces me obligaron a firmaría. Mejor dicho, fui obligado a constatar
que no me había pasado nada. Ese señor era un funcionario de la Procuraduría,
no tenía nada que ver con las Fuerzas Militares. Se suponía que él debía cuidar
mis derechos. Pero, contrario a lo que establece la ley, en esos años este tipo
de personajes se adherían a la decisión de Betancur de destruir al M-19.
Incluso se adherían con más fuerza a las Fuerzas Militares, que tenían más
poder que el presidente. Los círculos que gobernaban el Ejército calcaban la
doctrina de seguridad nacional que los norteamericanos usaban en su propia
lucha contra el bloque soviético, que aún existía.
Además, las Fuerzas Miliares estaban muy
contaminadas por las relaciones con el narcotráfico. Con Pablo Escobar, para
ser exactos. Sobre todo, el coronel Luis Alfonso Plazas Vega, que después
descubrí que era el jefe de esa guarnición de la caballería que pertenecía a la
Brigada XIII. Plazas Vega había sido denunciado por oficiales, los mismos que
más adelante declararían ante la justicia, por estar al mando de Pablo Escobar
y por ser amigo personal de Rodríguez Gacha, alias el Mexicano’. Gacha, en
esos años, controlaba Bogotá, por no decir el país. Esto ayuda a explicar lo que
sucedió un poco más adelante en el Palacio de Justicia, pero aún no hemos
llegado a esa parte de la historia.
Yo no sentí el dolor de la tortura hasta cuando
llegué a la cárcel. Durante los oscuros días de las golpizas, jamás me sentí
doblegado físicamente, aunque psicológicamente fue difícil porque sentí que,
de alguna manera, mi vida había cambiado. De todas maneras, tenía muy presente
las frases de Katia, mi novia, hablándome de su embarazo, y por tanto de la
posibilidad de que yo fuera a ser padre. Eso me ayudó, me hizo resistir, así
como la compañía de las personas del barrio Bolívar 83 que también habían detenido.
El Ejército liberó a la mayoría de ellos. Las primeras en salir fueron las
señoras y, al final, solo dos muchachos fueron “condenados” por un general,
que no por la justicia ordinaria.
Ninguno de nosotros tres tuvimos el derecho a un
tribunal independiente, que es un principio universal de la justicia. Nosotros
no teníamos dinero y, además, nos juzgó nuestro enemigo, el otro bando de la
confrontación. Y lo hacía a través del ya mencionado estado de sitio, que se
había vuelto la manera permanente de gobernar y que le permitía al presidente
legislar vía decreto sin el filtro del Congreso. La rama ejecutiva incluso
podía suspender los derechos y las libertades que escasamente les permitía a
los ciudadanos la Constitución del 86; una carta política retrógrada, firmada
por un movimiento político reaccionario que se parece bastante al movimiento
uribista de hoy.
Mucho de lo que yo juzgo del uribismo, y de la
derecha colombiana en general, es que quiera eliminar la Constitución del 91
para volver a la de 1886. Pero, si se analiza, aun con el carácter reaccionario
y autoritario de esa Carta, la oligarquía colombiana no pudo gobernar a la población
durante el transcurso del siglo XX y debió recurrir a medidas excepcionales,
como, por ejemplo, el estado de sitio. Por eso Colombia era entonces una
dictadura, solo que a la manera oligárquica santafereña, que trató de conservar
la forma democrática y fácil en su capa exterior, cuando en realidad su
contenido fue similar al de las dictaduras del momento en el Cono Sur. Usaban
los mismos métodos, las mismas prácticas. Y yo las padecí en 1985, con apenas
25 años, cuando el poder militar me juzgó y me torturó.
Mi mamá y mi papá me visitaron una vez en La
Modelo, y siempre quisieron volver, nunca me abandanaron. Sin embargo, sentí
que mi vida familiar se había acabado. Para mí, fue un cambio abrupto y
completo. De lo que había vivido antes solo me quedaban los recuerdos y las
nostalgias. El proyecto del Bolívar 83, en el que tanto había trabajado,
llegaba a su fin. El barrio perdió su poder popular por culpa de la represión,
que de un día para otro mató sus posibilidades de decisión. Centenares de familias
perdieron su capacidad de autonomía y el 83 entró en la lógica de los demás
barrios populares de Colombia. Las juventudes, desesperanzadas, se tornaron violentas
entre sí y las señoras que fundaron el barrio a mi lado quedaron en el
recuerdo. Zipaquirá, de alguna manera, también quedó para mí en el recuerdo,
pues nunca volví a ser político allá, a pesar de que más adelante la población
apoyó mis campañas electorales. No regresé hasta cuando fui a hacer la paz con
el M-19 años más tarde.
Las primeras visiones que tuve de La Modelo me
atemorizaron. Vi la realidad del país concentrada en una población hacinada,
bastante joven. Los políticos que llevan presos por corrupción cumplen sus
sentencias en sus casas, pero nosotros pasamos a lo peor del mundo carcelario:
baños de agua helada, humillaciones y encierro en jaulas que violaban nuestra
dignidad estuvieron a la orden del día.
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