La Asamblea
Constituyente se instaló el 5 de febrero de 1991. Cuando llegó esa fecha, la
Alianza Democrática M-19 entró al recinto con optimismo. La alianza que había
pactado Antonio Navarro con Alvaro Gómez Hurtado prácticamente garantizaba una
mayoría absoluta, con 30 de los 70 constituyentes. El líder conservador, que
había escindido a su partido al formar el Movimiento de Salvación Nacional,
tenía como tesis central la salida del régimen. Para él, había que cambiar los
dirigentes actuales y las formas de hacer política, sin modificar por ello las
estructuras económicas.
Navarro,
sin embargo, había empezado a ceder bajo la presión de la cooptación política
de Gaviria. Para ese momento lograr una ruptura con el régimen no hacía parte
del discurso de los dirigentes del M-19. Cuando el movimiento dejó las armas,
trató de mostrarle a la sociedad que era suave, dúctil; se había legalizado y,
por tanto, hacía parte de las instituciones. A pesar de su popularidad, el M-19
no había sido capaz de construir una visión alternativa para el país, y poco a
poco se volvió una fuerza política de paz, que evadía completamente la posibilidad
de ser un agente de ruptura política o económica. Alvaro Gómez se diferenciaba
del M-19 en ese sentido. Por lo menos, él sí planteaba fracturas con el régimen
y su estado de corrupción.
Cuando
empezó la Constituyente no tardaron en aparecer los lobbies. Todos los sectores con intereses sociales querían participar en esa
gran instancia de poder: los obreros, el empresariado, los terratenientes,
los partidos políticos. Ninguno quería desaprovechar la oportunidad de dejar su
huella en la que sería la nueva Constitución del país. Navarro, consciente de
eso, se asesoró de los socialistas españoles, que venían de firmar el Pacto de
la Moncloa en España. A nosotros nos parecía bien que ellos nos ayudaran
porque, para entonces, no éramos conscientes de que los militantes del PSOE
habían empezado a dirigirse hacia el neoliberalismo.
La
alianza entre Gómez y Navarro se dio en busca del desarrollo de la
Constitución del 91. Ambos buscaron introducir formas para democratizar la
economía y para garantizar derechos colectivos que antes no existían. Los unía
el deseo de construir la Carta en torno a una visión de democracia liberal. Y,
si se lee hoy, resulta evidente que la Constitución es formalmente democrática.
Pero, al mismo tiempo, durante la asamblea se empezaron a colar una serie de
artículos transitorios que presentó el gobierno de Gaviria. Y esos eran, en
esencia, ios artículos del neoliberalismo.
De
esa manera, en la Asamblea Nacional Constituyente existió desde el comienzo una extraña concertación entre un proyecto
democrático y un proyecto neoliberal. Mejor dicho, se mezclaron el agua y el
aceite. Tanto Navarro como Gómez Hurtado permitieron que eso sucediera porque
solo de esa manera podían obtener el apoyo de Gaviria. De lo contrario, la
asamblea hubiera entrado en contradicción con la rama ejecutiva, un paso
peligroso que ninguno de los dos líderes quería dar a pesar de que ellos
tenían el poder de cambiar al Gobierno nacional. En ese momento, Navarro
incluso tenía la posibilidad de ganar la presidencia en 1994, según las
encuestas que se publicaron por esas fechas. Hubiera pasado de dejar las armas
a ocupar el solio de Bolívar en unos pocos años, iniciando una ola progresista
que se hubiera regado por toda América Latina. Pero, en su defensa, esa apuesta
no tenía la madurez suficiente como para que realmente hubiese funcionado.
Los
artículos transitorios de Gaviria, aprobados en su totalidad, comulgaban con
la tesis y los ejes fundamentales de la construcción del neoliberalismo en el
mundo: la independencia del Banco de la República y la privatización de lo
público. Ese articulado después se desarrolló en algunas leyes: en la Ley 100
de 1991, que permitió la privatización de la salud y de las pensiones y que
convirtió la salud en una mercancía; en la Ley de Servicios Públicos, la Ley de
las Telecomunicaciones y la Ley Eléctrica, que abrieron las puertas a la
competencia y a la privatización de todos los servicios públicos en el país.
Todas estas leyes afectaron al Banco de la República y después tuvieron una
aplicación en el modelo neoliberal en Colombia.
Después
de aprobar la inclusión de esos artículos, la alianza entre las fuerzas de
derecha de Gómez Hurtado y las de Navarro, que ya no se podían considerar de
izquierda, entró en una nueva fase. Los dos cabecillas buscaron responder la
siguiente pregunta: ¿cómo hacer para que el Congreso apruebe y vuelva realidad
el cuerpo central de la Carta, y no solo los artículos? A Gómez, entonces, se
le ocurrió una idea: convenció a Navarro de que la Asamblea Constituyente debía
declarase a sí misma como Asamblea Legislativa. Mejor dicho, que después de
terminada la labor constituyente, la asamblea se estableciera como el nuevo
Congreso de la República. Esta idea, que implicaba la revocatoria del Congreso
vigente, era un paso crucial para lograr el objetivo central de Gómez: destruir
el régimen político dientelista del país.
Es importante recordar que la asamblea no tenía ningún papel claro como institución. Nunca fue realmente una estancia popular. Aun así, la idea de la revocatoria del Congreso sonó más allá de los propios recintos de la asamblea, y comenzó un nuevo proceso de concertación política entre el liberalismo que dirigía Alfonso López Michelsen y el gobierno de César Gaviria, que ya había obtenido sus artículos, pero que ahora necesitaba de un Congreso capaz de desarrollar, a través de leyes, el régimen neoliberal.
La tesis de Gómez y el acuerdo entre él y Navarro no le convenía ni al Gobierno ni al Partido Liberal, porque esa alianza de fuerzas relativamente progresistas iba en contravía de la dimensión neoliberal de la Constitución del 91.
En
ese momento, Navarro cometió un error histórico: rompió el acuerdo con Gómez sin decirle a nadie y aceptó un almuerzo con López Michelsen y el
presidente Gaviria. En la reunión, los tres hicieron una nueva alianza, que
consistía en adelantar las elecciones para un nuevo Congreso e inhabilitar a
los constituyentes en las nuevas elecciones. Ese nuevo pacto no solo anuló el
que ya existía entre Navarro con Gómez, sino que borró de un tajo la voluntad
de los votantes que eligieron a los constituyentes. Las nuevas elecciones se fijaron
para el 9 de diciembre de 1991.
Un
día, en medio de estas grandes movidas políticas, visité a Otty Patiño, que era
constituyente. Otty me dijo una frase que me sorprendió, y que mencioné al
final del capítulo anterior. Me anunció: “Esta es la revolución. No he
podido olvidar esas palabras, porque al principio no las capté. Cuando las
dijo, Otty pisaba un tapete muy fino en el Centro de Convenciones, y yo no
entendía cómo se le podía llamar a eso la revolución. Para mí, la revolución
era el pueblo en las calles, como protagonista de las transformaciones. En ese
momento, ya era claro que la ruta no eran las armas, pero era evidente que ser
unos políticos muy alejados del pueblo haciendo normas tampoco era el camino.
La Constituyente no era, sin duda la revolución. Ese mismo día, hablando con
Navarro, escuché otra frase que me sorprendió. Navarro dijo: “Los tanques
pueden atentar contra la Asamblea Nacional Constituyente”. Él se refería a que
el Ejército podía organizar un golpe contra la nueva Carta. En ese entonces, él
tenía mucho más acceso a información que yo, que me pasaba los días recorriendo
los pueblos de Cundinamarca en un carro polvoriento.
Por
alguna razón, ambas frases se juntaron en mi cabeza. Se me ocurrió pensar que,
en la unión de las dos, existía una posibilidad para hacer la revolución. ¿A
qué me refiero? A que, si los tanques hubieran atacado la Asamblea, habría
nacido una oportunidad. Sin duda, al pronunciar su frase, Navarro no pensaba
lo mismo. En cambio, tenía en mente el episodio del Palacio de Justicia y la
llamada guerra sucia, que causó el exterminio de la Unión Patriótica. Navarro
temía que el episodio se repitiera, pero con nosotros como sus víctimas. La
situación del mundo alimentaba ese miedo. Por esas fechas no era inusual que
alguien, comentara que el modelo cubano estaba a punto de claudicar. Ya se
había desmantelado el bloque soviético y faltaba muy poco para la disolución de
la Unión Soviética. En 1991 se había acabado, en definitiva, el socialismo
real.
Ese
desplome impactó a la Constituyente. No afectaba como tal al M-19, pues nuestro
movimiento no estaba bajo la influencia de los rusos. Nuestra única relación
era con Cuba, pero por la amistad que había existido entre Jaime Bateman y
Fidel Castro. El derrumbe de la Unión Soviética, sin embargo, trajo con sí el
derrumbe de la alternativa y el derrumbe a escala mundial de la fuerza obrera.
Lo que surgió fue una enorme ofensiva del gran capital en el mundo, y en ese
sentido la Asamblea Constituyente perdió mucha relevancia. Se quedó sin ningún
respaldo popular, metida en una especie de agujero negro, chapoteando un
proyecto democrático, pero sin sustento económico y sin viabilidad por las
circunstancias mundiales.
Navarro,
consciente del contexto global y de la historia reciente del país, tenía los
argumentos para respaldar la posibilidad de que atentaran contra la
Constituyente o contra nosotros. Nunca volvimos a hablar del tema, pero ambos
sabíamos qué si el Ejército llegaba a sentirse vulnerable podía organizar un
golpe de Estado. Ya lo había hecho, en la toma del Palacio de Justicia. El
Ejército se había sentic agredido por las acusaciones que iban a hacerse en la
Corte Suprema de Justicia por torturas contra militantes del M-19, y que
involucraban a toda su cúpula militar. Su respuesta consis Lió en derrocar a
esa corte asesinando a buena parte de sus magistrados. Como escribí en un
capítulo anterior, los exámenes Prenses actuales demuestran que todos los
disparos que recibieron los jueces fueron de armas de las Fuerzas Militares de
Colombia.
Navarro,
en mi opinión, pensaba que podía haber un episodio similar si la Constituyente
se dedicaba a destapar la verdad en torno ala represión militar, el asesinato
y la desaparición de tantos colombianos. Y, por eso, optó por un pacto de silencio.
Articuló un pacto entre el Partido Liberal y el M-19, que resultó en la
cooptación del movimiento, al igual que ocurrió con casi todas las fuerzas
revolucionarias que había en el mundo. Los grandes sindicatos, los partidos
obreros en Europa y los movimientos de liberación nacional en Asia y en África
sintieron la embestida de una gran ofer iva conservadora. El M-19, guardadas
las proporciones, hizo parte de ese proceso en el que el acumulado de luchas
sociales y de cambios reales de la humanidad durante el siglo XX se derrumbó
en los años noventa.
Así, Navarro, por medio del silencio, por medio de la cooptación, buscó desactivar cualquier posible atentado contra la Constituyente. Desde 1987, el M-19 no consideraba al Ejército como un enemigo; por el contrario, siempre creyó en la idea de ganarse a los soldados. Sin tmbargo, era importante ejecutar una reestructuración democrática de las Fuerzas Armadas en la Constitución del 91. Pero, claro, eso no sé llevó a cabo. Por eso, cuando escuché la frase de Navarro, pensé que un ataque de tanques quizás hubiera sido la mejor opción. Porque, en ese caso, el papel del M-19 hubiera consistido en levantar al pueblo en nombre de la democracia y de la nueva Constitución.
Al
final del día, en la Constituyente el M-19 recorrió el
camino de claudicación. Para preservar un texto democrático, para cuidar sus
pilares fundamentales y, en especial, los capítulos relacionados con los
derechos de la gente, el M-19 renunció a toda idea
revolucionaria. Solo la historia dirá si tomó la decisión acertada. Para mí,
hoy, ese texto constitucional es una bandera que no se ha ondeado y que, por
eso, todavía es un objetivo por conseguir. Habría que decir que Navarro, Otty y
los demás miembros del movimiento que ocuparon escaños en la Constituyente
tuvieron razón en ceder tanto con tal de mantener la vigencia histórica de la
Constitución del 91, pero el resultado
implicó, para mí, el final del M-19. Es ahí que el
M-19 realmente llega a su fin. La Constitución del 91 fue su capítulo fmal.
Porque,
cuando llegaron las elecciones para el Congreso en 1991, la derrota del
movimiento fue rotunda. El clientelismo político v la financiación de las
mafias lograron borrarnos del mapa. A nosotros y, también, en mayor proporción,
a Gómez Hurtado, cuyo movimiento solo logró cinco escaños en un Senado de cien.
El M-19 logró nueve. Mejor dicho, la fuerza mayoritaria de la Constituyente
terminó con el 14 % del Senado. Si a ese número se le suman los tres
representantes de la Unión Patriótica, las fuerzas de la vieja política se
quedaron con el 85 % de la torta, tanto en el Senado como en la Cámara de Representantes.
Con ese resultado murió cualquier posibilidad de una aplicación legal al cuerpo
de la Constitución clel 91.
Y,
en su lugar, llegó la contrarreforma.
Un periodista podría
escribir la historia del M-19 y cerrar el libro con la Constituyente. Podría argumentar
que el relato tiene un final feliz: la guerrilla que deja las armas termina, en
menos de un año, impulsada por el voto popular para redactar una nueva
Constitución. El último capítulo de nuestro libro hipotético aplaudiría el
hecho de que el M-19 ayudó a eliminar la Carta retrógrada y reaccionaria de
1886, producto de una oligarquía profundamente antidemocrática y cercenadora de
libertades. Nuestro periodista celebraría que se hubiera acabado la figura del
estado de sitio que llevó al M-19 a las armas. Aclamaría el final definitivo
del Frente Nacional. Diría, en el último párrafo, que una nueva fuerza se había
vuelto mayoría y que, por eso, las posibilidades de gobernar a Colombia se
habían abierto. Pero, como sabemos, los finales felices no existen.
Para
comprender por qué el final de la nueva Constitución no es tan bonito es
importante entender, primero, el proceso de votación. Para elegir a los
constituyentes votaron 3 800 000 colombianos. En esa misma época, en las elecciones
del Congreso votaban unos ocho millones. Esa diferencia se debió a que, en el
primer caso, no participaron las maquinarias electorales y su dinero derivado
del narcotráfico. Como resultado, por la Constituyente solo salió a votar una
masa relativamente urbana, compuesta de clases medias, jóvenes y algunos asalariados.
Mejor dicho, la modernidad colombiana. No salió, en cambio, el electorado
rural, el de provincia, el popular. Y ese hecho marcó la historia de Colombia,
porque lo que debió haber sido un tratado de paz, como el jurista italiano
Norberto Bobbio llamaba a las constituciones, se convirtió, por su escaso
margen de apoyo social, en la antesala de la violencia más desgarradora e
intensa que ha vivido el país.
Nosotros
ni siquiera contemplábamos la posibilidad de que pudiera haber una reacción
adversa. Asumíamos, ingenuamente, que la gran mayoría del país quería las
mismas transformaciones que nosotros. Para el movimiento la nueva Constitución
era, a pesar de sus vicios, el gran acuerdo nacional, el gran diálogo nacional.
Pero no entendimos que la nación no estaba contemplada. Y no es que la nación
estuviera en contra, sino que no sabía qué significaba ese proceso. El mensaje
de un nuevo horizonte democrático simplemente no hizo mella en la gran masa de
los colombianos.
En
las siguientes elecciones locales, en ciudades como Bogotá y Barranquilla, pero
también en pueblos, salieron electos algunos candidatos que eran
independientes de los partidos tradicionales, pero la mayoría era de la política
tradicional. Y, por eso, inició la gran contrarreforma en contra de la Constitución
del 91. La Carta, con su nuevo discurso, prendió las alertas de las élites
regionales, la mayoría de las cuales ya estaban en alianza con el narcotráfico
y, por eso mismo, habían empezado a construir ejércitos privados. En otras
palabras, se habían adentrado en el mundo paramilitar. Y ese tríptico
compuesto por el narcotráfico, las élites regionales y el paramilitarismo se
alzó en armas contra la nueva Carta porque temía tanto su poder democratizador como la idea de que una reforma agraria acabara con las cuotas de
poder en siis regiones. Entonces, desataron una violencia peor que la de la
guerra sucia contra la Unión Patriótica, una ola criminal que asesinó a 200 000
colombianos, sin importar que militaran o no en un partido político. No.
Simplemente exterminaron a todos los que intentaron coger el cuerpo central de
la Constitución como bandera para democratizar el poder local.
Por
eso no se puede decir que la elaboración de la nueva Carta Magna represente un
final feliz. Porque su legado real fue un texto que apenas se ha aplicado
parcialmente en algunas partes del país. Y porque su principal efecto
secundario fue la consolidación de un terrible régimen en muchas regiones de
Colombia, donde los clanes locales se transformaron en dictaduras que, en
alianza con los ejércitos privados del narcotráfico, desataron un genocidio y convirtieron
al país en una enorme fr común. Y en ese mundo ya no podía existir un M-19. No
lo permitirían. El movimiento le prometió al país una bandera y un horizonte,
pero al final no pudo cumplir.
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