El
narcotráfico es un salto que tratan de dar algunos integrantes de los sectores
populares en Colombia para ascender rápidamente en la escala social. Este
fenómeno refleja la configuración de una sociedad de castas, que en el país se llaman estratos. Es una denominación tecnocrática, pero en realidad se refiere
a una serie de guetos sociales similares a los de India y que imposibilitan la
movilidad social. Solo cuando se rompen las reglas, se logra una movilidad. En
este sentido, el antecedente directo del narcotráfico eran las revoluciones,
que buscaban romper con el statu quo en nombre
de la justicia social y la igualdad.
Después del fracaso de la reforma agraria de Carlos Lleras Restrepo a
finales de los años sesenta, y de la retoma terrateniente de la política
agraria de Misael Pastrana en los setenta, la idea de la revolución se
transformó en Colombia. El deseo por la justicia social se reemplazó por un
camino mucho más fácil, producto de una cultura parroquial, moralista, de
estirpe protestante de los Estados Unidos, que llevó al alza los precios de
las drogas y se convirtió en una oportunidad para algunos sectores populares.
Para muchos colombianos, las actividades relacionadas con el tráfico de esas
sustancias representaban una salida rápida de la exclusión económica. Así,
personas antes estancadas pasaron a convertirse en los más poderosos del país.
Los
narcotraficantes trataban de mantener sus excedentes económicos atesorados. La
expresión “atesoramiento” es instrumental, porque en economía política implica
una negación del capitalismo. En los fundamentos del capitalismo, el dinero no
se atesora, sino que se invierte. El dinero se convierte en dinero capital,
porque pasa por un proceso productivo para su valorización. En Colombia los
narcotraficantes empezaron a recibir, gracias a la prohibición de las drogas en
Estados Unidos, unas sumas astronómicas, que simplemente atesoraban, guardándolas
en caletas o debajo de los colchones de sus camas. Los colchones, sin embargo,
no daban abasto y, por tanto, ellos tenían que construir casas exclusivamente
para guardar los barriles de billetes. Por eso nació la necesidad de lavar
dólares, para poderlos meter en circuitos económicos y así usar el dinero. El
lavado de dinero se volvió toda una empresa con tecnologías propias, y el
primer elemento fue la tierra. El Estado jugó un rol importante en esta
economía a través de la contratación pública y el manejo del presupuesto.
La
acumulación en tierras impulsó al sujeto terrateniente hacia instancias
superiores de poder y de supremacía social que no existían desde la época de la
esclavitud y de la colonización española. En esos años, la concentración de la
tierra en manos de unos pocos individuos creció significativamente. Cuando yo
era niño, alguien con 3000 hectáreas era considerado un terrateniente, y
alguien con 10 000, un cacique. En la época del narcotráfico, la posesión de
tierras saltó a 100000 y 200000 hectáreas por persona, e incluso una banda
narcotraficantes alcanzó a poseer un millón de hectáreas. Echavarría, al
referirse a este fenómeno, hablaba de que los narcotraficantes preferían la
tierra por encima de la liquidez. Para Keynes, esa práctica obstruía el
desarrollo del capitalismo, El narcotráfico impulsó esa preferencia de manera
espectacular y, así, el terrateniente se volvió un sujeto con muchísimo más
poder que antes y con mayor representación en el mundo político y en el de las
leyes.
El
terrateniente, mejor dicho, no solo se había convertido en el dueño del poder
local. También había adquirido una influencia desmedida dentro de los poderes
nacionales y había logrado subyugar incluso al incipiente capitalismo
industrial de Colombia, que pacíficamente cedió los espacios del poder. Un buen
ejemplo es lo que ocurrió con el Grupo Empresarial Antioqueño y otros grupos
industriales en Bogotá. Ellos apoyaron los candidatos del poder terrateniente,
que ya se habían paramilitarizado y que, por ende, representaban una especie de
narco feudalismo moderno disfrazado bajo la ideología del gran poseedor de
tierras, un fenómeno verdaderamente anacrónico y supremamente reaccionario.
Ahora, ¿cuál era el fin de tener tanta tierra? Bajo la nueva lógica impulsada por el narcotráfico, el valor de la tierra es su renta, pero en Colombia esa renta pasó a ser lo que yo llamo la renta cocainera. La tierra había dejado de tener valor económico en términos de productividad y, en cambio, había adquirido un valor político. En otras palabras, el que tenía tierras tenía el poder en su municipio y podía controlar a la población. Es aquí donde surge la figura de Álvaro Uribe Vélez
* * *
De acuerdo con ciertas investigaciones, Alberto Uribe Sierra, el papá del expresidente, no era un hombre adinerado. Hacía parte del sector popular del municipio donde vivía y allí desarrollaba algunas actividades cívicas, junto a un frente de seguridad ciudadana. Uribe, según esa teoría, no viene de la oligarquía y, por eso, las élites colombianas incluso hoy lo ven como un ser extraño. Sin embargo, al igual que el narcotráfico, Uribe y su familia crecieron económicamente de manera acelerada y se convirtieron en grandes poseedores de tierras. Según un informe de la inteligencia de Estados Unidos, el padre de Uribe Vélez era muy cercano de Pablo Escobar; y por eso el jefe del cartel de Medellín, a través de avisos y una campaña publicitaria, lamentó su muerte en 1983.
Uribe Sierra no solo tenía relaciones con Escobar, sino con el clan de
los Ochoa Vázquez. Ellos, en algún momento, llegaron a ser más poderosos que
Escobar y fueron los verdaderos fundadores del movimiento Muerte a
Secuestradores (MAS), el primer grupo paramilitar del país, a comienzos de los
años ochenta. Los nexos que unían a la familia Uribe con los integrantes del
cartel de Medellín llevaron a que el expresidente creciera en un mundo de
negocios, caballos de paso fino y grandes ganaderías de toros de lidia, que era
una de las formas de lavado de dólares de esa mafia.
Los narcotraficantes solían comprar ganaderías, equipos de fútbol,
reinas de belleza, modelos y mujeres del jet-set como parte de sus pasatiempos, pero fundamentalmente compraban tierra.
Uribe Vélez heredó una enorme cantidad de tierra de su padre, un hombre que, al
final de su vida, pertenecía al estrato terrateniente, compuesto por unas 2000
personas en todo el país. Un grupo pequeño que poesía la mayor parte de tierra
fértil de Colombia, a pesar de que no la tenían como instrumento de
producción. Porque el poder de las grandes extensiones era otro: les permitía
labrar un camino para controlar las alcaldías de elección popular y las
gobernaciones. De esta manera, se construyó un régimen local, gracias a una
fusión entre familias políticas que poseían tierras y el narcotráfico. En
Antioquia, esta alianza, por orden de Pablo Escobar, empezó a formar ejércitos.
Y, así, los narcotraficantes pasaron de ser grandes terratenientes a controlar clanes urbanos, que crecieron por medio de la repartición de dinero
en barrios populares.
Otro de los intereses de los narcotraficantes era tener tierras
ubicadas estratégicamente, que les permitiera la salida en masa de toneladas de
cocaína por el mar. Por esa razón, los golfos que son importantes para ese tipo
de actividad, se volvieron muy importantes, sobre todo en el Caribe, donde se
articulan Antioquia y el Caribe colombiano. Ese lugar se conoce como “la mejor
esquina” y está compuesto por el Urabá antioqueño, Córdoba, Sucre, el golfo de
Urabá y el golfo de Morrosquillo. Todas las alcaldías de esos municipios
cayeron eventualmente en manos de las organizaciones narcotraficantes, que
compraban los votos, instalaban sus ejércitos privados y, finalmente,
amenazaban y asesinaban a quienes se oponían.
La alianza entre el ejército, el narcotráfico y los clanes políticos
produjo una serie de sociedades totalitarias con control absoluto sobre sus
poblaciones. En ellas, no se permitía ningún tipo de oposición, de voz
diferente, incluso de conducta social diversa. Los nuevos señores de la guerra
asesinaban homosexuales, personas adictas a la droga y ladronzuelos a través
de lo que se llama “limpieza social”. Iban, en realidad, en contra de cualquier
elemento que se pudiesen concebir como una oposición al control mafioso de su
territorio. Era un fascismo total que logró hacerse un lugar también por la
historia del país.
La narrativa fascista llegó a Colombia a mediados del siglo XX, a través del Partido Conservador, y dirigió el país a partir de 1950. Ese año se desató una violencia atroz contra el pueblo liberal, y el relato fascista se instaló poco a poco en los mandos militares y policiales. Esa narrativa también logró instalarse en ciertas universidades y, sin mayor elaboración intelectual, los narcotraficantes y los terratenientes acogieron esas ideas. El fascismo se convirtió en una práctica, más que en una teoría, que encontró su paroxismo en el territorio controlado por las autodefensas.
En el Magdalena
Medio, una zona entonces profundamente paramilitar, se creó una agrupación
fascista llamada Morena (Movimiento de Restauración Nacional), que contó con el
apoyo de Iván Roberto Duque y de terratenientes de la zona, como José Miguel
Narváez y Pedro Juan Moreno. Se dice que en sus fincas hacían sonar el himno de
los nazis a muy alto volumen. Los miembros de Morena se posesionaron como bárbaros
intelectuales. Eran unos fascistas ideológicos y se articularon rápidamente con
las cúpulas de los paramilitares. Su labor era irradiar su teoría política, a
pesar de que muchos miembros de las autodefensas no sabían de qué trataban esas
ideologías.
Álvaro Uribe no
desconocía este fenómeno. En su propio departamento, después de ser el gran
vocero neoliberal de Gaviria, y de haber participado como protagonista en la
construcción de las principales leyes del neoliberalismo en Colombia, se
convirtió en una figura fundamental para el paramilitarismo como resultado del
asesinato de su padre. Uribe construyó una narrativa según la cual los
responsables de esa muerte fueron las FARC, pero aún no se sabe si eso es
cierto. Otra tesis judicial asegura que Uribe Sierra murió como resultado de
una vendetta entre narcotraficantes en la
Hacienda Guacharacas, una de las grandes propiedades de la familia, en el
municipio de San Roque. Esa zona, en el Magdalena Medio, es la gran cuna del
paramilitarismo en Colombia.
Cuando su padre
murió, en 1983, Álvaro Uribe era un hombre joven al que muchos describían como
un yupi. Tenía una figura delgada, gestos finos
y perfil afilado. En Antioquia, era muy conocido y todos sabían que era un
terrateniente, amigo del cartel de Medellín. El patriarca del clan Ochoa
siempre dijo que él era una buena opción presidencial. Para ellos, Uribe era la
figura política del futuro. Los narcotraficantes le abrieron camino y lo
apoyaron, no solo en la Aeronáutica Civil, donde legalizó la mayor parte de las
pistas aéreas que utilizó la mafia entre 1980 y 1982, sino como senador y
gobernador de Antioquia. En 1994, cuando Uribe terminaba su segundo periodo
como senador, los grupos paramilitares lograron un despliegue aún mayor con la
creación de las Convivir, un instrumento que amparó, de forma legal, alas
autodefensas.
Uribe no redactó
como tal el decreto que las legitimó, pero fue el gobernador que más lo aplicó
en todo el país, ante al aplauso efusivo de casi toda la oligarquía. En una
carta, Enrique Peñalosa alabó el surgimiento de las Convivir, para no hablar de
la relación que sintió la extrema derecha. El paso de Uribe por la Gobernación
de Antioquia entre 1995 y 1997 fue, en ese sentido, decisivo para el
paramilitarismo. Uribe se convirtió en el gobernador de los terratenientes
antioqueños, de los grupos de limpieza social y de los comerciantes, que en
diversos municipios del departamento habían desatado una serie masacres, asesinatos
selectivos y control territorial.
Las Convivir
eran, en esencia, grupos armados pensados para combatir o defenderse de la
guerrilla, pero cuyos líderes eran narcotraficantes. Entre ellos estaban
Salvatore Mancuso, los terratenientes Botero, Emilse López, alias ‘la Gata’, y
su familia, los Villegas Uribe y la misma familia de Álvaro Uribe Vélez. Todos
los grupos de limpieza social que se habían fundado previamente al ascenso de
Uribe a la gobernación se transformaron en varias Convivir, para gozar de los
beneficios que les otorgaba esa máscara legal.
Antioquia llegó a tener 20 000 hombres armados que no pertenecían ni a la Policía ni al Ejército, pero que tenían más poder que esas dos instituciones juntas. Estos hombres se dedicaron a la destrucción de todos aquellos que se asociaban con la izquierda y con el progresismo antioqueño. También transformaron en instrumentos del narcofascismo la cultura, las universidades y los centros del saber y del pensamiento. El máximo auspiciador de las Convivir fue el gobernador Uribe. No es casualidad que su gobierno haya coincidido con la máxima expresión del paramilitarismo y el control de rutas de exportación de cocaína.
* * *
En 1997, las autodefensas dejaron de
ser una confederación y, bajo la dirección de Carlos Castaño, trataron de
construir el sueño que nunca pudo realizar Pablo Escobar: tener una bolsa común
donde todos los narcotraficantes del país cotizaran su propia seguridad. Es un
fenómeno que se conoce como “seguridad mafiosa”. De hecho, toda mafia es un
esquema de seguridad privada que cobra y permite el desarrollo de una
multiplicidad de negocios ilícitos de manera segura.
Pablo Escobar
soñaba que, bajo ese esquema, se podía crear un aparato de seguridad de gran
escala. La idea de Carlos Castaño era que esa bolsa común del narcotráfico
estuviera localizada en lo que se llamó la Oficina de Envigado, y que la dirigiera
uno de los jefes paramilitares del momento. El elegido fue alias ‘Don Berna que
entre otras cosas había sido guerrillero. Lo que buscaba esta estrategia era
construir un solo ejército a escala nacional; “el tercer ejército”, como lo
llamaban ellos. El primero era el Ejército Nacional. El segundo era el de las
FARC, que había crecido gracias a la financiación por medio de impuestos sobre
el cultivo de hoja de coca. El tercero, comandado por Carlos Castaño, era el
paramilitar, que adquirió el nombre de Autodefensas Unidas de Colombia (AUC).
Pero, como sucede en toda organización narcotraficante, muy pronto las AUC se
quedaron sin mando, pues Castaño terminó asesinado por sus propios compañeros.
Uno de los
propósitos de esta nueva organización paramilitar era obtener poder político.
En la reunión en la que se fundaron las AUC en 1997, sus miembros hicieron un
balance de cuántos congresistas, alcaldes y políticos elegidos estaban baje su
control. Lograron determinar que les pertenecía una tercera parte del poder
político en Colombia, y por eso lanzaron la consigna política de que podían refundar
la patria. Esa refundación significaba el fin de la Constitución del 91 y el
regreso a la de 1886. El proyecto lo ayudaron a formular los intelectuales orgánicos
del paramilitarismo, unos fascistas que planteaban la estrategia de las
autodefensas como un proyecto político-militar. Ese fue uno de los mayores
avances del narcotráfico, uno que ni siquiera logró la mafia italiana. Lo que
necesitaba ahora el paramilitarismo en Colombia era una cabeza política para
lograr su objetivo de refundar la patria. En otras palabras, necesitaban
elegir un presidente.
No les tomó
mucho tiempo encontrar al candidato óptimo. La figura política más capaz y con
más posibilidades de ganar no era otro que Álvaro Uribe Vélez. En un comienzo,
la campaña de Uribe fue marginal, a pesar de contar con el apoyo de los paramilitares y de ideólogos del fascismo como Fernando Londoño Hoyos, Pedro Juan
Moreno y José Miguel Narváez. En las encuestas solo tenía un 4,5 % de la
intención de voto. Era una campaña que tenía mucha fuerza en Antioquia, pero
que no lograba coger vuelo en el resto del país. Sin embargo, la ruptura del
proceso de paz entre las FARC y el gobierno de Andrés Pastrana cambió las
reglas del juego. Esa guerrilla, obnubilada por el poder militar que habían construido
sobre la base de la financiación de la hoja de coca, había destruido la
posibilidad de hacer la paz y, como consecuencia, en Colombia se desató, por
primera vez en su historia, el apoyo popular hacia un proyecto de extrema
derecha.
La
última vez que la extrema derecha había gobernado al país había sido a mediados
del siglo XX, pero no a través del voto popular, sino a través del golpe de
Estado que ejecutó Laureano Gómez ante la masacre del pueblo liberal y el asesinato
de Jorge Eliécer Gaitán, su líder principal. Ahora, había encontrado la ruta
para retomar al laureanismo ideológico, pero esta vez mediante el voto popular.
Había entendido que podía manipular el odio de la población contra las FARC
para llegar al poder. Ese grupo de políticos se conoce como el uribismo, un
proyecto político que ha gobernado a Colombia durante gran parte del siglo XXI
y al cual yo me enfrenté.
* * *
Cuando Uribe llegó al poder, el
paramilitarismo había alcanzado muchas de sus metas. Contaba con el 35 % del
Senado de la República, abundancia de tierras, dinero y un presidente que los
apoyaba. Ese año, además, dicho apoyo llegó a ser mucho más contundente. Uribe
logró disfrazar su alianza con ellos a través de un proceso de paz que tuvo
como sede Santa Fe de Ralito. Colombia muy rápidamente ha olvidado que el
objetivo central de esas conversaciones fue poner una gran bancada paramilitar en el Congreso en un número indefinido de listas de estos grupos armados
que se acordaron con él. No por nada el presidente había presentado un artículo
en el referendo para nombrar parlamentarios de grupos que hicieran parte del
proceso. Era un verdadero acto dictatorial. De haber pasado ese referendo,
Colombia habría entrado en el proceso de la refun- dación de la patria que
tanto anhelaban los paramilitares.
La prensa
respondió con silencio'a la propuesta y cuando llegó a la Corte Constitucional
no se hizo el debido análisis de lo que un instrumento así significaría para la
democracia. Sin embargo, la Corte tuvo la valentía de derogarlo, antes de que
pasara a la votación popular, y así se cayó el proceso y la negociación con
los paramilitares. Uribe, al ver que había sido derrotado por la rama
judicial, y por el mismo pueblo que no acudió a las urnas, se vio obligado a
cambiar de estrategia. Decidió pasar una serie de leyes para lograr la alianza
entre el paramilitarismo y el Congreso. Es en ese contexto en el cual mis
debates tuvieron una pertinencia enorme, porque el pacto del presidente con
las autodefensas era secreto; como lo ocultaba la prensa, no era de
conocimiento público.
Cuando develé la
verdad en mis debates en la Cámara, la estrategia de Uribe quedó hecha trizas.
Pero entonces, en 2005, se aprobó la Ley de Justicia y Paz, que salió del
Congreso hecha al antojo de las autodefensas. Si bien se vendió como el marco
jurídico para la desmovilización de los paramilitares, en la práctica se
trataba de un indulto y de un proyecto para que el paramilitarismo pasara a
ser reconocido como un actor político, y no como un ejército aliado del
narcotráfico. Porque esa ley les otorgó impunidad total, con penas de prisión
pequeñas.
Nosotros hicimos
un esfuerzo para lograr que el beneficio jurídico solo se obtuviera previo a
una confesión a la que llamamos “la verdad” Por supuesto, ni a Uribe ni a sus
aliados en el Congreso les interesaba que existiera ese paso, de manera que la
ley se aprobó así, sin verdad. Las autodefensas iban a poder entrar a la
legalidad sin ningún costo: con sus tierras concentradas, con el poder
político en sus manos, con enormes cantidades de dinero y con una influencia
total en el Gobierno nacional. Eso cambió cuando la Corte Suprema de Justicia,
haciendo eco de mis debates, empezó a meter presos a los aliados parlamentarios
del paramilitarismo. Todos los que yo había denunciado terminaron en la cárcel
y algunos más, pues la Corte logró extender las
investigaciones.
La Corte Constitucional tampoco permitió que la Ley de Justicia y Paz
se convirtiera en un proceso de impunidad. Acogió la tesis que nosotros
habíamos planteado en el Congreso e impuso la verdad como condición para
otorgarles a los paramilitares el beneficio jurídico. En ese momento estalló
la crisis del proyecto de Uribe, que explica su arremetida contra el máximo
tribunal de justicia, tanto penal como constitucional. La actividad de
seguimiento a magistrados, periodistas y líderes de la oposición en el
Congreso, realizada por el DAS, evidenciaba el colapso del proyecto político
entre Uribe y las autodefensas.
Y, entonces, ese barco se terminó de hundir de la manera más uribista
posible. A los paramilitares, aliados del presidente, los sacaron de la cárcel
en la mitad de la noche, los pusieron en un avión y los extraditaron a los
Estados Unidos. Con ese país existía un acuerdo que garantizaba que ellos solo
iban a ser juzgados en procesos por narcotráfico, y no por su delito fundamental,
que era el crimen contra la humanidad en Colombia. Uribe logró solucionar esa
crisis, traicionando a sus amigos. Él nunca nos perdonó nuestro papel
estratégico en la destrucción del proyecto paramilitar.
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