sábado, 21 de octubre de 2023

capitulo 6, La toma del Palacio, una Vida Muchas vidas

 

La toma del Palacio

 Indice 

Presentación  13, 
Los Petro (capitulo 1) 15, El Eme (capitulo 2) 47, La organización y el Bolívar 83 (capitulo 3) 65
Traición y entusiasmo (capitulo 4) 75, Cárcel y tortura (capitulo 5) 81,  
La toma del Palacio  (capitulo 6) 87, La clandestinidad en Santander (capitulo 7) 105, 
La reunión (capitulo 8) 119,  Adiós en Barrancabermeja  (capitulo 9) 131
Diálogo tolimense (capitulo 10) 141, “El comunicado de Ortega”  (capitulo 11) 153, 
El heavy metal latinoamericano (capitulo 12) 163, La Constituyente  (capitulo 13) 177, 
La derrota y el exilio (capitulo 14) 187, El Congreso (capitulo 15) 205, El regreso (capitulo 16) 223, 
Mi reunión con Carlos Castaño (capitulo 17) 235, Un presidente paramilitar (capitulo 18) 243, 
El coraje de la verdad (capitulo 19) 255,  Las elecciones de 2010 (capitulo 20) 261, 
La Bogotá Humana (capitulo 21) 269, El cambio climático (capitulo 22) 299, 
La paz  (capitulo 23)  307, Una respuesta al presente (capitulo 24) 317, Epílogo (capitulo 25) 327.


La idea de la toma del Palacio era reiniciar el proceso de paz entre el M-19 y el Gobierno. Era una operación para negociar, para lle­gar a un acuerdo. Desde la cárcel, viendo por televisión la toma, pensaba que mi estadía allí pronto acabaría y que podría regre­sar a Zipaquirá para continuar haciendo política. Sin embargo, al segundo día, con el Palacio en llamas, entendí que el operativo había sido un desastre para el país y también para el M-19.


En ese entonces, no tenía la madurez suficiente para hacer un análisis a profundidad. Hoy puedo decir que la toma fue un hijo de la discusión que se desarrolló en la conferencia a la que asistí. El hecho de haber ganado la batalla de Yarumales, derro­tando al Ejército y al Gobierno hizo que creciera el militarismo dentro del M-19. El movimiento pensaba, cada vez más. que podía ganar por la vía armada. Por tanto, la paz ya no tenía el valor que le habíamos dado inicialmente. Esto generó las con­diciones para una acción de tal envergadura militar como tomarse un edificio en la plaza de Bolívar, frente a los demás órganos de poder.


El M-19 entró al Palacio exigiendo un juicio contra Belisario Betancur por haber traicionado la tregua con nuestro movi­miento. Los medios de comunicación tradicionales generalmente no analizan este hecho, pues se ha construido un discurso oficial para tapar la historia real y sus consecuencias. Pero lo cierto es que el M-19 ingresó al Palacio para que la Corte Suprema estu­diase un proceso contra el presidente, en la tradición de las demandas armadas que ya había insinuado alguna vez Rafael UribeUribe. El M-19 nunca tuvo la intención de exterminar o atacar a los magistrados de la Corte Suprema.


El movimiento creía que, al entregar esta demanda, habría una negociación con el presidente para una salida pacífica. Nunca pensó que el Gobierno fuese capaz de poner en peligro la vida de los magistrados, la mayoría de los cuales habían sido profesores míos en el Externado. Ese fue un error de cálculo pro­fundo, pues el Gobierno jamás tuvo la intención de salvar sus vidas. El Ejército tenía dos grandes motivaciones para entrar a la fuerza y retomar el Palacio. La primera era la relación entre varios de los miembros de su cúpula con Pablo Escobar y Rodríguez Gacha, una realidad que ha sido silenciada comple­tamente por la prensa.


Una hija del director de la Brigada de Institutos Militares de la época de Turbay, Miguel Vega Uribe, se había casado con la hija de uno de los narcotraficantes que estaba extraditado en los Estados Unidos. En ese momento no sabíamos que existía una comunicación directa entre Plazas Vega y el cartel de Medellín. Es altamente probable que haya sido Escobar quien le avisara al Ejército sobre la toma, a partir de infidencias que quizás le hicie­ron militantes del movimiento en Antioquia. Escobar, enton­ces, empezó a jugar entre bastidores en la toma, pero no del lado de la guerrilla, sino del Ejército, y no con la intención de que­mar los procesos contra él, como suele afirmar la historia oficial.


Esto es importante. En primer lugar, los procesos no se que­maron, pues se encontraban en los archivos, en la parte más baja del edificio. En segundo lugar, los procesos de extradición ni siquiera los hacia la justicia colombiana. Los hacía la justicia norteamericana; las pruebas y las acusaciones estaban en ese país. Lo que sí existía, de parte de Escobar, era un deseo de ven­ganza contra los magistrados que no habían querido tumbar el tratado de extradición.


La segunda motivación del Ejército era frenar los altos tribu­nales de justicia, que en ese momento estaban procesando a varios integrantes de la cúpula militar de Turbay por las torturas reali­zadas, entre otros, a la mayor parte de la militancia del M-19. Ese gobierno había torturado a 10 000 personas y había intentado cap­turar al escritor García Márquez. Para 1985, existía un cantidad innumerable de denuncias realizadas por personas de clase media que habían pasado por las brigadas bajo tortura. Esos procesos no solo habían llegado a manos de la Corte Suprema, sino que habían sido iniciados y varios militares habían sido llamados a indagatoria. El mismo día de la toma, por ejemplo, el general Samudio, alto mando de las Fuerzas Armadas, estuvo en el Palacio y mucho tiempo después fue acusado por hechos de tortura.


La cúpula de las Fuerzas Armadas, como sucede hoy en rela­ción con los falsos positivos, rechazaba este tipo de justicia, pues podía llevarlos a la cárcel. Hasta ese momento, ellos se habían defendido con su propia justicia, en tribunales militares, que encubrían la guerra sucia en Colombia. La Corte Suprema, en cambio, no estaba en sus manos. Sus miembros hacían parte de una escuela de derecho muy democrática y progresista, educa­dos en la Universidad el Externado.


Por eso el M-19 se equivocó al asumir que, al tomarse el Palacio, no iban a exponer la vida de los magistrados. La deci­sión del Ejército fue entrar y acabar con todo lo que allí había, fundamentalmente con los Tribunales de Justicia y con las prue­bas que había contra los altos mandos de las Fuerzas Armadas. Eso llevó a que el episodio terminara en una masacre y con la muerte de todos los integrantes del M-19. El Ejército, de un tajo, le causó una herida profunda al país, le propinó un golpe real al proyecto político del M-19 y acabó con la posibilidad de paz, que ese día se evaporó definitivamente por muchos años.


La paz, en realidad, tiene muchos enemigos en el poder. Nunca ha sido una propuesta deseada por la oligarquía. La guerra y la violencia les sirve para perpetuar un tipo de régimen que, en el fondo, es una confluencia económica y política entre el poder tra­dicional y el narcotráfico. Esto se demostró con profunda contun­dencia en la respuesta a la toma del Palacio de Justicia.


Al día siguiente, cuando lo único que quedaba del edificio eran sus cenizas, muchos de los presos comunes de La Modelo nos pidieron que lideráramos una especie de insurrección. Incluso nos dijeron que planeáramos una fuga, lo cual habría terminado en otra masacre, pues la cárcel queda a pocos kilómetros del Palacio. Los helicópteros nos sobrevolaban constantemente y, según nos informó un guardia, había tres anillos del Ejército rodeándonos, precisamente para impedir que se efectuara alguna acción de escape. Yo tomé la decisión de no hacer nada para cui­dar la vida de los miles de presos que había en la cárcel.


Fueron pasando los días. No nos habíamos desmoralizado: todos los días entrenábamos, estudiábamos y leíamos. Y enton­ces, quizás por la influencia que pudieron haber tenido todas estas circunstancias tan dramáticas en la vida nacional, cuando llegó diciembre estalló una asonada en La Modelo. No recuerdo el ori­gen, pero sí la muchedumbre armada de cuchillos. El malestar que muchos sentían llevó a los presos a insubordinarse y a tomarse los patios. Ellos nos designaron a nosotros como sus líderes, para que los representáramos ante la dirección carcelaria con un pliego de peticiones que consistía, en líneas generales, en que dejaran trabajar a los presos. Nosotros lideramos esa situación y por eso nos trasladaron durante la noche a otras cárceles.


A mí me llevaron a una cárcel en Ibagué. Quedaba en un viejo convento de la época colonial, ubicado en el centro de la ciudad. Por eso no tenía una arquitectura propiamente carcelaria. Las cel­das eran las habitaciones originales de los monjes. Además, las puertas se podían abrir desde adentro; uno no se sentía confi­nado a una celda, al contrario de lo que ocurría en La Modelo. Acá se podía salir y volver a entrar. Pero lo que más me sorpren­dió fue la cantidad de pájaros. Había muchos dentro de la cárcel, volando y revoloteando a causa del calor templado de Ibagué. Los graznidos de las aves fueron un oasis. También iniciamos ejercicios. Fue una experiencia menos difícil.


En Ibagué, algunos compañeros del M-19 hicieron un intento de fuga sin prever que, al ser la cárcel tan vieja, las vigas no iban a aguantar su peso. En efecto, se rompieron y ellos se cayeron por el entretecho. A los pocos días, decidieron trasla­darnos una vez más. En especial a mí, pues trataron de asig­narme la responsabilidad del plan de escape. Yo, realmente, no lo conocía, pero de todas formas me llevaron a la cárcel de Zipaquirá. Allí duré apenas cuatro horas, porque los alrededo­res de la cárcel se empezaron a llenar de gente.


El alcalde, que era hermano de Andelfo García, el militante de izquierdas más radical del pueblo y miembro de la organiza­ción comunista Ruptura, le pidió desesperadamente al Ejército que me trasladaran de nuevo porque, según él yo era demasiado peligroso. Este alcalde era en realidad un informante de las Fuerzas Armadas. Años más tarde, su hermana se volvió magistrada y, durante mi alcaldía de Bogotá, fue quien hundió el Plan de Ordenamiento Territorial (POT) que habíamos decretado y que adaptaba a la capital al cambio climático, con lo cual le hizo un enorme daño a las posibilidades de vida y de adaptación al peor problema que hoy enfrenta la humanidad, que es la crisis climá­tica producida por el mercado capital en el mundo.


Sin que yo supiera en ese momento quién estaba moviendo los hilos, el alcalde logró que la Dirección de Prisiones me remitiera a otra cárcel. Y de nuevo, en un gran operativo mili­tar, me trasladaron en un camión a Bogotá, esta vez a la cárcel La Picota, donde cumplí el resto de mi condena. En total, estuve en cuatro cárceles en año y medio. En esta última pasé la mayor parte del tiempo. Allí conocí a Nicolás, mi hijo recién nacido. Cuando lo recibí en brazos, sentí una impresión profunda. Me sorprendió que su mirada de bebé era muy triste. Fue muy extraño conocer a mi primer hijo en la cárcel, sabiendo que no lo volvería a ver en mucho tiempo.


En La Picota aprendí a cocinar. Como la cárcel está más ade­cuada para presos que cumplen largas condenas, nosotros podía­mos preparar nuestros alimentos. No teníamos que padecer las horribles comidas que sirve el establecimiento o contentamos con las que vendían algunos presos, que eran carísimas. Con un poco de disciplina, comprábamos mercado y cocinábamos. Pronto le cogí gusto a la cocina, pues me ofrecía una forma de desestre- sarme. Lo veía como una especie de arte. Entre los presos del M-19 competíamos para ver quién cocinaba mejor.


En mi celda, un poco más amplia que las anteriores, seguí con mis lecturas. Era la primera vez que me tocaba una celda solo para mí. En La Picota coincidimos muchos de los miem­bros del M-19 que habíamos estado en La Modelo, entre ellos Édgar Molano, quien después me acompañó mucho tiempo. Reunidos de nuevo, volvimos a organizar los grupos de deporte, acción, estudio y solidaridad. El joven que cogieron conmigo en Zipaquirá se llamaba Alirio Borbón. Era un muchacho de Pacho, Cundinamarca, y estuvo a mi lado durante toda mi tra­vesía carcelaria. Sus chanzas, tan comunes entre los nativos de Pacho, me alegraron durante este proceso.


La Picota tenía algo excepcional: ofrecía varios talleres que dictaban los'presos. Uno podía elegir el que más le gustara. En un comienzo, sin embargo, la administración carcelaria no me dejó participar en ninguno. Me consideraba una persona muy peligrosa, por lo que había sucedido en La Modelo, además del intento de fuga en Ibagué. Durante muchos días me tocó andar solo en unos patios muy fríos cuando todos los demás iban a trabajar. Yo caminaba de un lado al otro, esperando la hora a que regresaran los demás. Fue una experiencia difícil porque la soledad se multiplica en la cárcel. Estaba enamorado de la madre de mi hijo, y presentir que ese amor se extinguía en medio del musgo triste del cemento envejecido del patio me empezó a deprimir y a enfermar. Para saldar esa circunstancia y recupe­rar mi equilibro psicológico, recurrí a una huelga de hambre.


Algunos muchachos me acompañaron en mi propósito. Incluso pensé que, si los familiares les transmitían el plan a los otros presos del M-19 recluidos en otras cárceles, se podía ini­ciar una huelga de hambre general. Y así ocurrió. El 19 de abril, el día de mi cumpleaños y el día en que nació el movimiento, sacamos unas banderas e hicimos algunos actos públicos que la guardia no toleró. La administración carcelaria decidió ence­rrarme ese día en un calabozo, en un espacio completamente aislado muy difícil de soportar. Varias veces nos condujeron allí porque querían desnudarnos, pero nosotros no lo permitíamos. Nos encontrábamos ante un Estado ilegítimo que no recono­cíamos y, por tanto, no podían darnos órdenes así de simple. Sí, podían encarcelarnos, pero hasta ahí.


La huelga de hambre funcionó. La administración carcela­ria al final accedió a que yo pudiera participar en los talleres. Escogí el de madera, el más artístico. Los presos truchos en ese arte me enseñaron las formas, las herramientas y cómo mane­jarlas. Empecé a hacer mis primeros pinos en talla de madera. Esto poco a poco me fue absorbiendo. En el taller sentía que el tiempo pasaba muy rápido. Concentrado, hacía las figuritas, que al principio eran muy simples. Más adelante me dediqué a hacer caballos normales y unos alados. Me concentraba sobre todo en las alas. Cada vez los hacía mejor y, mientras hacía el mejor de todos, me llegó la noticia: a través de una estafeta, como se lla­maba, se me anunció que había cumplido la pena de prisión, conjuntamente con Borbón. En la puerta de La Modelo me reci­bió el abogado del colectivo José Alvear Restrepo, a quien des­pués desaparecieron. Me montó en un carro y salimos.


Yo solo miraba por la ventana esos barrios del sur de Bogotá, en los alrededores de la localidad de Usme. Los colores, las mujeres, los ruidos. La intensidad del tráfico. El remolino de sensa­ciones me conmovió profundamente. Yo casi no conocía la vastedad de Bogotá, nunca había estado por esos barrios. Me sentía como un novato, como un extranjero. Pero, sobre todo, me sentía cansado, y me producía incertidumbre no saber dónde iba a dormir.


La primera casa a la que llegué quedaba cerca de La Picota, en un barrio popular. Me recibió un muchacho flaco que siem­pre estuvo en el M-19, que me organizó una olla comunitaria con los vecinos del barrio. Esa experiencia me sentó bien, pero al mismo tiempo estaba nervioso. No sabía bien qué iba a pasar conmigo. Me parecía peligroso regresar a Zipaquirá o quedarme en la casa de mi familia en Bogotá. Le pedí al muchacho, en ese momento mi único contacto, que me informara sobre el estado actual del M-19. Quería saber cuál iba a ser el paso por seguir. La respuesta llegó un par de días después.


De esa casa me llevaron a Suba. Allí me volví a ver con mi amigo y con gente del Bolívar 83, incluso asistí a una fiesta. Llevaba mucho tiempo sin ir a una reunión social y la experiencia me resultó asombrosa. Esa noche bailé, hablé con muchachas y tomé alcohol, que me mareó rapidísimo. Sentí como si regresara a la Tierra después de un viaje muy largo. En un momento dado me entraron ganas de llorar. Estaba deprimido, un poco desubicado, pero también me sentía contento: aún me rodeaban muchas de las personas que yo había conocido antes de la cárcel y no había perdido contacto con el mundo popular.


Días después de la fiesta, el hermano de Germán, Édgar, que también estaba en el M-19, me llevó a donde una amiga suya, que provenía de la clase media alta de Zipaquirá. Ella y su esposo, un pequeño empresario argentino, me recibieron en su casa, que quedaba por la calle 132, cerca de la autopista. Viví dos meses con ellos, esperando el contacto para saber a dónde debía ir. Fueron momentos traumáticos. Una acción tan sencilla como cruzar una calle o caminar por una acera me llenaba de incertidumbre porque, por esas fechas, salió una orden de captura en mi contra. Como yo era un integrante de la dirección del movi­miento, mi nombre apareció en un comunicado reivindicativo que el M-19 publicó como resultado de la toma del Palacio de Justicia. Por eso, sabía que si me capturaban por cualquier razón, así fuera azarosa, me enviarían otra vez a la cárcel, y sin muchas perspectivas de volver a salir.


Finalmente, llegó la noticia. Me invitaban de nuevo al Cauca. Recorrí una vez más las trochas hasta llegar al campamento rural de Germán Rojas Niño. Él tenía una fuerte amistad con Afranio Parra, quien seguía en la actividad miliciana en los barrios populares de Bogotá. Rojas me indicó cómo encon­trarme con él y entre los dos decidieron que mi nuevo escena­rio de lucha sería en la más absoluta clandestinidad. Parra era un poeta muy bueno, también era artista. Había nacido en El Líbano, Tolima. Era de la vertiente radical de ese pueblo, a los que denominaban los bolcheviques. Había ingresado al M-19 desde su altura intelectual y compartíamos una tendencia a mez­clarnos con el pueblo, a no desligarnos de los más pobres. Los dos habíamos participado en la construcción de lo que lla­mábamos “milicias populares”; él en el barrio Siloé de Cali y en Bogotá, y yo en Zipaquirá. Ese concepto miliciano desarticu­laba en buen grado la idea de formar únicamente líneas milita­res. En cambio, reforzaba la idea de que el M-19 no solo era una máquina militar, sino un movimiento de la población, pero armada. Parra recurría a sus lecturas y a las leyendas populares del Tolima para articular en su poesía el sentir de las luchas populares actuales o del pasado.


Después de reunirnos en el Cauca, Parra decidió que mi próximo destino sería Santander. Allí comenzaría a construir mi actividad desde la más profunda clandestinidad. Yo contaba con 26 años de edad, era profesional, me había graduado de Economía y ahora mi vida iba a dar un giro de 180 grados. De todas formas, me gustó la idea de ir a ese departamento. Era una tierra que yo conocía por el vaso comunicante que existe entre Zipaquirá y lo que llaman ahora la Provincia Comunera de Santander. En el siglo XVIII, la rebelión comunera había trans­currido en El Socorro y en los pueblos aledaños, y había termi­nado en Zipaquirá, en cuya plaza principal se congregaron mil comuneros. Dos siglos después, en un intento por rememorar esa jornada, nació Comuneros 81, un movimiento liderado por el M-19 y que hacía un gran trabajo sindical obrero en toda la provincia comunera.


La idea de vivir en Santander también me emocionó por­que asociaba esa tierra con el nombre de Andrés Almarales, que murió en la toma del Palacio. Para mí, Almarales fue fundamen­tal en mi formación política. Siempre me cautivó el papel que jugó como defensor de los derechos laborales de la clase obrera colombiana, ya fuera durante su paso por el Congreso de la República como representante de la Anapo en los años sesenta o, más adelante, en la clandestinidad, cuando renunció a la vida que llevaba y fundó, junto a otros, el M-19. Almarales era, ade­más, un orador impresionante; de hecho, jamás he conocido a un orador tan hábil como él. Me atraía, en especial, su capaci­dad de improvisar un discurso y jalonarlo hacia la poesía, hacia una comunicación vibrante con el auditorio. También nos unía nuestra costeñidad: Almarales era de Ciénaga y había sido hijo de un trabajador de las bananeras, que fue testigo de la masacre de la United Fruit Company. Eso lo marcó en su lucha y en su vida política. 


Conocí a Almarales a finales de 1983, cuando él se hospedó unos días en una casa de seguridad que teníamos cerca de Zipaquirá. Aún no habían iniciado las conversaciones de paz entre el M-19 y el gobierno de Betancur. A nosotros nos había llegado la instrucción de cuidarlo; él todavía vivía en la clandes­tinidad. Yo, por supuesto, sabía quién era, e incluso había leído algunos de sus libros alrededor del trabajo obrero. Para ese entonces, Almarales había configurado una especie de movi­miento llamado Corriente Democrática y estaba muy vinculado con las luchas de obreros en los puertos del país, para impedir la privatización del sector (una lucha que, eventualmente, fra­casó y se hundió en la corrupción). La labor de Almarales, de todas formas, había influenciado nuestro trabajo en Zipaquirá, un pueblo de obreros industriales. Nosotros, en esas fechas, nos relacionábamos sobre todo con los trabajadores de Alcalis de Colombia, la fábrica de soda y de insumos químicos quebrada a mediados de los noventa por corrupción y malos manejos, y de Peldar, la fábrica de producción de vidrio plano más impor­tante que había en el país. También teníamos influencia en las malterías, donde se producía la malta para la cerveza del Grupo Bavaria. Y nada de eso hubiera sido posible sin el trabajo pre­vio de Almarales. 


Los dos nos volvimos a encontrar en 1985, en la plaza de Bolívar, durante el proceso de paz de Belisario Betancur. Almarales, ante una plaza a la que no le cabía un alma más, proclamó un discurso vibrante y un poco radical. Les pidió a todos los pre­sentes —gente muy pobre, empleados de Corabastos, zorreros de la época, ciudadanos que venían a acompañar al M-19 con banderas y consignas— que votaran allí mismo si debíamos entregar las armas. La plaza de Bolívar entera levantó la mano para que no dejáramos las armas. Meses más tarde, en el edifi­cio de al frente, en el Palacio de justicia, Almarales moriría alzado en armas, en un combate que buscaba darle una solución pacífica a la enorme confrontación oue se desató.


En el Palacio también murió el otro gran orador que tenía el M-19: Alfonso Jacquin. Al igual que Almarales, era costeño, de Santa Marta. Simpático y buen bailador, era abogado constitucionalista y había enseñado en la Universidad del Atlántico. Cuando nos conocimos me produjo una enorme empatia. Yo me desempeñaba como concejal en Zipaquirá y no sabía que él era del M-19, pero lo intuía. Un poco más adelante me enteré de que había militado en un grupo legal, de universitarios, llamado Unión Revolucionaria Socialista. De allí dio el salto al M-19, durante el esfuerzo de paz, y asumió la vida militar yéndose a la montaña. En el 84 nos volvimos a ver, justamente en las montañas, y nos abrazamos. Yo no dejaba de admirarlo: me sorprendía mucho que hubiera tomado la decisión de irse al monte y vivir la guerra.


Para 1985, dentro de Jacquin coexistía el artillero militar y el abogado constitucionalista. Por eso terminó en el Palacio de Justicia. Yo creo que Almarales y Jacquin eran las dos personas que el M-19 llevó para negociar con el Estado. Luis Otero, el comandante de la toma, era un guerrero total; no tenía las facul­tades de la oratoria y del diálogo. Pero esa negociación nunca se produjo: los dos oradores murieron sin siquiera llegar a dialo­gar con el Gobierno.


De Jacquin quedó una grabación en la que trata de lograr que Alfonso Reyes Echandía, el presidente de la Corte Suprema, pueda hablar con el país a través de la radio. Ellos, sin embargo, fueron los primeros en morir porque estaban en el cuarto piso, junto a varios otros magistrados y casi toda la comandancia del M-19. Las circunstancias de estas muertes aún no se han escla­recido. Solo se sabe que murieron por un ataque que ocurrió antes de que se incendiara el Palacio y que la causa de muerte fueron unos artefactos explosivos dél Ejército. Esto último quedó claro en los exámenes forenses que les practicaron a los magistrados. Pero no existen testigos. Los únicos podrían ser los soldados y los policías que entraron al cuarto piso. Hasta la fecha, ninguno de ellos se ha pronunciado sobre el episodio.


La muerte de Almarales fue distinta. Él logró atrincherarse en un baño en un piso inferior y por eso llegó vivo al segundo día. Sobre su muerte, en cambio, sí hay testimonios, tanto de magistrados como de empleados del Palacio que Almarales cuidó e incluso ayudó a escapar, quedando él solo con sus hom­bres y prácticamente sin munición. Poco antes de morir, una secretaria del Palacio le ofreció que saliera protegido entre las mujeres. Él se negó. Quiso resistir hasta el último momento y sin ningún tipo de rehén.


Hoy, al escribir sobre la vida de Almarales y de Jacquin, veo claramente en ellos la influencia indiscutible de García Márquez. Ellos eran la cabeza más visible de una generación caribeña, muy samaría, muy garciamarquiana, que estaba al frente de muchas de las tareas del M-19. Yo, que soy cordobés y también garciamarquiano, sentí por los dos una gran afinidad. Con el correr de los años, pude conjugal esa estirpe caribeña alrededor de lo que ellos más sabían hacer, que era pronunciar discursos. Me empecé a volver un orador gracias a ellos y, de hecho, hice mis primeros pinitos junto a Almarales, en la plaza de Zipaquirá.


Poco a poco entendí el secreto de sus hermosos discur­sos, que embelesaban al público. Ellos dejaban que la energía produjera las palabras: la comunicación surgía a partir de la energía que fluía entre el público y el orador. Aprendí que se tra­taba de, un tema más pasional que racional. Claro, hay una serie de objetivos: ¿qué quiero decir?, ¿qué quiero comunicar? Pero el corazón da la forma, la entonación, la combinación de pala­bras que van fluyendo sin que estén previamente construidas y que van siendo captadas por el corazón, y no solo por la mente, de las otras personas.


Tanto Almarales como Jacquin podían llenar plazas públi­cas, y yo jamás había visto que la izquierda hiciera eso. Era una forma de magia, la misma que uno siente al leer a García Márquez. Si él comunicaba esa magia a través de la palabra escrita, ellos dos trataban de comunicarla mediante la palabra hablada. La oratoria fue, sin duda, una de las grandes fortalezas del M-19 en aquel entonces, cuando pudo salir de la ilegalidad en el año 84. Ninguno de los otros líderes del movimiento, ni Carlos Pizarro ni Antonio Navarro, tenian esa misma capaci­dad de comunicación de los costeños. Dar discursos es hoy en día parte de mi talante, como individuo y en mi lucha política, y tiene su raíz en esos dos caribeños que murieron en el Palacio de Justicia.


Así que, con ellos en mente, sobre todo con Almarales como referente, me lancé a esa etapa de mi vida que yo llamo "la clan­destinidad”, que coincidió con un momento crítico para los movimientos armados de izquierda. El país atravesaba el asesi­nato sistemático de miles de militantes de la Unión Patriótica, el movimiento que venía de las FARC y del Partido Comunista en virtud de un acuerdo de paz que había firmado esa guerrilla con el presidente Betancur. En cuanto al M-19, cuando salí de la cárcel, en febrero del 87, ya habían matado a buena parte de la comandancia como respuesta a la toma del Palacio. A Iván Marino Ospina, Gustavo Arias Londoño, Alvaro Fayad, que había sido elegido comandante y que fue reemplazado, tras su muerte, por Carlos Pizarro. Muchas de las personas que se habían contactado conmigo en el trabajo del Diálogo Nacional estaban muertas. Navarro, por su lado, estaba fuera del país, recuperándose de sus heridas por el atentado en donde perdió una de sus piernas, y que le hicieron en Cali en una cafetería en mayo de 1985, cuando un colaborador del Ejército lanzó una granada y por poco le cuesta la vida.


En este periodo de mi vida, terminé en la cárcel torturado, tras haber vivido la rebeldía armada, por un lado, y la lucha popu­lar civil por el otro. Era muy querido por la población más pobre de Zipaquirá, había sido educado no solo teóricamente por las corrientes de vanguardia de entonces, sino por una práctica que al comienzo se ligó a la clase obrera industrial, en la forma más clásica del socialismo, pero después derivó más hacia un compro­miso cristiano con los más humildes y excluidos de la sociedad. ¿Por qué había fracasado ese acuerdo firmado en Corinto, Cauca? Creo que la sociedad colombiana, las élites que dirigían el país y nosotros mismos no estábamos maduros para asumir la enorme tarea de la paz.


El diálogo nacional, como lo había prefigurado Bateman, era un acuerdo, un pacto entre ricos y pobres, entre quienes habían detentado el poder y los excluidos de él, un acuerdo que implicaba reformas hacia una sociedad con justicia social y democrática. Bateman pensaba que se podía realizar ese diálogo nacional en paz, pero lo que describimos nosotros después de su muerte e intentando volver realidad su proyecto de paz era que esas élites no estaban dispuestas a hacer las reformas, refor­mas que tenían que ver con una distribución más democrática de la tierra, con una política social que garantizara efectiva­mente derechos, con una ampliación del espacio de las decisio­nes públicas al conjunto del país.


Quienes habían gobernado a Colombia por siglos no que­rían abrir el espacio a esa sociedad democrática, querían ama­rrarse anacrónicamente a sus privilegios y por eso llenaron el camino del diálogo nacional que se había convocado por el pre­sidente Belisario, de trampas, trampas que pasaban por la ina­sistencia de los grandes gremios del poder a las sesiones del diálogo, que pasaban por la negativa del Congreso a abrir sus recintos a los dialogantes, que terminaron por usar las armas públicas para destruir la tregua pactada y hundir en sangre el proceso. Llegaron a pensar que por el simple hecho de que el M-19 había abandonado la clandestinidad podía exterminar sus campamentos rurales y su gente en las ciudades. Nosotros tam­bién éramos inmaduros, la victoria militar de Yarumales nos llevó a creer que se podía derrotar al Estado con el uso de las armas, que éramos indestructibles y que lo que seguía era la vic­toria militar.


Recuerdo en el Congreso de los Robles del M-19, donde me ascendieron a la dirección nacional de un posible partido polí­tico que no se conformó, a Iván Marino Ospina, a quien consi­deraba uno de los combatientes más duros, pedir cordura a sus compañeros que se creían ya comandantes de las columnas que entrarían en breve a la ciudad de Cali y a Bogotá. En cierta forma, el comandante general del M-19, que había sucedido a Bateman, y que sería degradado en esa conferencia, la novena, percibía que su movimiento entraba en una calentura mental militarista, y como soldado de base, ahora, aceptaba su destino disciplinado, una disciplina que lo llevaría a la muerte acorra­lado por centenares de soldados, casi solo, cayendo sonriente después de combatir durante horas, en una casa del barrio Cristales del Cali. Yo salía de esa reunión de un mes en las mon­tañas de la cordillera Central cerca de Corinto, con mi nueva investidura flamante de miembro de la dirección nacional del M-19, premiado por mi liderazgo popular alcanzado en Zipaquirá, sin saber que jamás tendría una sola reunión de esa dirección nacional a la que pertenecía, y que de allí, de los Robles, saldría no hacia el reencuentro de las grandes multitu­des, sino hacia la cárcel y la tortura. Las hogueras de la guerra habían devorado, por el momento, la propuesta de paz de Bateman.


Para 1987, existía otro M-19, uno más golpeado y más endu­recido. A mí también me había endurecido la tortura en la cár­cel Yo había dejado de ser un jovencito, me había convertido en un revolucionario profesional. Vivía exclusivamente de lo que me pudiera entregar el M-19. Hablaba poco. Vivía como un pobre y me sentía libre, pero alejado de la relación directa que había tenido con la población civil.


Vivía el comienzo de mi clandestinidad.

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