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La idea de la toma del Palacio era reiniciar el
proceso de paz entre el M-19 y el Gobierno. Era una operación para negociar,
para llegar a un acuerdo. Desde la cárcel, viendo por televisión la toma,
pensaba que mi estadía allí pronto acabaría y que podría regresar a Zipaquirá
para continuar haciendo política. Sin embargo, al segundo día, con el Palacio
en llamas, entendí que el operativo había sido un desastre para el país y
también para el M-19.
En ese entonces, no tenía la madurez suficiente
para hacer un análisis a profundidad. Hoy puedo decir que la toma fue un hijo
de la discusión que se desarrolló en la conferencia a la que asistí. El hecho
de haber ganado la batalla de Yarumales, derrotando al Ejército y al Gobierno
hizo que creciera el militarismo dentro del M-19. El movimiento pensaba, cada
vez más. que podía ganar por la vía armada. Por tanto, la paz ya no tenía el
valor que le habíamos dado inicialmente. Esto generó las condiciones para una
acción de tal envergadura militar como tomarse un edificio en la plaza de
Bolívar, frente a los demás órganos de poder.
El M-19 entró al Palacio exigiendo un juicio contra Belisario Betancur por haber traicionado la tregua con nuestro movimiento. Los medios de comunicación tradicionales generalmente no analizan este hecho, pues se ha construido un discurso oficial para tapar la historia real y sus consecuencias. Pero lo cierto es que el M-19 ingresó al Palacio para que la Corte Suprema estudiase un proceso contra el presidente, en la tradición de las demandas armadas que ya había insinuado alguna vez Rafael UribeUribe. El M-19 nunca tuvo la intención de exterminar o atacar a los magistrados de la Corte Suprema.
El movimiento creía que, al entregar esta demanda,
habría una negociación con el presidente para una salida pacífica. Nunca pensó
que el Gobierno fuese capaz de poner en peligro la vida de los magistrados, la
mayoría de los cuales habían sido profesores míos en el Externado. Ese fue un
error de cálculo profundo, pues el Gobierno jamás tuvo la intención de salvar
sus vidas. El Ejército tenía dos grandes motivaciones para entrar a la fuerza y
retomar el Palacio. La primera era la relación entre varios de los miembros de
su cúpula con Pablo Escobar y Rodríguez Gacha, una realidad que ha sido
silenciada completamente por la prensa.
Una hija del director de la Brigada de Institutos
Militares de la época de Turbay, Miguel Vega Uribe, se había casado con la hija
de uno de los narcotraficantes que estaba extraditado en los Estados Unidos. En
ese momento no sabíamos que existía una comunicación directa entre Plazas Vega
y el cartel de Medellín. Es altamente probable que haya sido Escobar quien le
avisara al Ejército sobre la toma, a partir de infidencias que quizás le hicieron
militantes del movimiento en Antioquia. Escobar, entonces, empezó a jugar
entre bastidores en la toma, pero no del lado de la guerrilla, sino del
Ejército, y no con la intención de quemar los procesos contra él, como suele
afirmar la historia oficial.
Esto es importante. En primer lugar, los procesos
no se quemaron, pues se encontraban en los archivos, en la parte más baja del
edificio. En segundo lugar, los procesos de extradición ni siquiera los hacia
la justicia colombiana. Los hacía la justicia norteamericana; las pruebas y las
acusaciones estaban en ese país. Lo que sí existía, de parte de Escobar, era un
deseo de venganza contra los magistrados que no habían querido tumbar el
tratado de extradición.
La segunda motivación del Ejército era frenar los
altos tribunales de justicia, que en ese momento estaban procesando a varios
integrantes de la cúpula militar de Turbay por las torturas realizadas, entre
otros, a la mayor parte de la militancia del M-19. Ese gobierno había torturado
a 10 000 personas y había intentado capturar al escritor García Márquez. Para
1985, existía un cantidad innumerable de denuncias realizadas por personas de
clase media que habían pasado por las brigadas bajo tortura. Esos procesos no
solo habían llegado a manos de la Corte Suprema, sino que habían sido iniciados
y varios militares habían sido llamados a indagatoria. El mismo día de la toma,
por ejemplo, el general Samudio, alto mando de las Fuerzas Armadas, estuvo en
el Palacio y mucho tiempo después fue acusado por hechos de tortura.
La cúpula de las Fuerzas Armadas, como sucede hoy
en relación con los falsos positivos, rechazaba este tipo de justicia, pues
podía llevarlos a la cárcel. Hasta ese momento, ellos se habían defendido con
su propia justicia, en tribunales militares, que encubrían la guerra sucia en
Colombia. La Corte Suprema, en cambio, no estaba en sus manos. Sus miembros
hacían parte de una escuela de derecho muy democrática y progresista, educados
en la Universidad el Externado.
Por eso el M-19 se equivocó al asumir que, al
tomarse el Palacio, no iban a exponer la vida de los magistrados. La decisión
del Ejército fue entrar y acabar con todo lo que allí había, fundamentalmente
con los Tribunales de Justicia y con las pruebas que había contra los altos
mandos de las Fuerzas Armadas. Eso llevó a que el episodio terminara en una
masacre y con la muerte de todos los integrantes del M-19. El Ejército, de un
tajo, le causó una herida profunda al país, le propinó un golpe real al
proyecto político del M-19 y acabó con la posibilidad de paz, que ese día se
evaporó definitivamente por muchos años.
La paz, en realidad, tiene muchos enemigos en el
poder. Nunca ha sido una propuesta deseada por la oligarquía. La guerra y la
violencia les sirve para perpetuar un tipo de régimen que, en el fondo, es una
confluencia económica y política entre el poder tradicional y el narcotráfico.
Esto se demostró con profunda contundencia en la respuesta a la toma del
Palacio de Justicia.
Al día siguiente, cuando lo único que quedaba del
edificio eran sus cenizas, muchos de los presos comunes de La Modelo nos
pidieron que lideráramos una especie de insurrección. Incluso nos dijeron que
planeáramos una fuga, lo cual habría terminado en otra masacre, pues la cárcel
queda a pocos kilómetros del Palacio. Los helicópteros nos sobrevolaban
constantemente y, según nos informó un guardia, había tres anillos del Ejército
rodeándonos, precisamente para impedir que se efectuara alguna acción de
escape. Yo tomé la decisión de no hacer nada para cuidar la vida de los miles
de presos que había en la cárcel.
Fueron pasando los días. No nos habíamos desmoralizado:
todos los días entrenábamos, estudiábamos y leíamos. Y entonces, quizás por la
influencia que pudieron haber tenido todas estas circunstancias tan dramáticas
en la vida nacional, cuando llegó diciembre estalló una asonada en La Modelo.
No recuerdo el origen, pero sí la muchedumbre armada de cuchillos. El malestar
que muchos sentían llevó a los presos a insubordinarse y a tomarse los patios.
Ellos nos designaron a nosotros como sus líderes, para que los representáramos
ante la dirección carcelaria con un pliego de peticiones que consistía, en
líneas generales, en que dejaran trabajar a los presos. Nosotros lideramos esa
situación y por eso nos trasladaron durante la noche a otras cárceles.
A mí me llevaron a una cárcel en Ibagué. Quedaba en un viejo convento de la época colonial, ubicado en el centro de la ciudad. Por eso no tenía una arquitectura propiamente carcelaria. Las celdas eran las habitaciones originales de los monjes. Además, las puertas se podían abrir desde adentro; uno no se sentía confinado a una celda, al contrario de lo que ocurría en La Modelo. Acá se podía salir y volver a entrar. Pero lo que más me sorprendió fue la cantidad de pájaros. Había muchos dentro de la cárcel, volando y revoloteando a causa del calor templado de Ibagué. Los graznidos de las aves fueron un oasis. También iniciamos ejercicios. Fue una experiencia menos difícil.
En Ibagué, algunos compañeros del M-19 hicieron un
intento de fuga sin prever que, al ser la cárcel tan vieja, las vigas no iban a
aguantar su peso. En efecto, se rompieron y ellos se cayeron por el entretecho.
A los pocos días, decidieron trasladarnos una vez más. En especial a mí, pues
trataron de asignarme la responsabilidad del plan de escape. Yo, realmente, no
lo conocía, pero de todas formas me llevaron a la cárcel de Zipaquirá. Allí
duré apenas cuatro horas, porque los alrededores de la cárcel se empezaron a
llenar de gente.
El alcalde, que era hermano de Andelfo García, el
militante de izquierdas más radical del pueblo y miembro de la organización
comunista Ruptura, le pidió desesperadamente al Ejército que me trasladaran de
nuevo porque, según él yo era demasiado peligroso. Este alcalde era en realidad
un informante de las Fuerzas Armadas. Años más tarde, su hermana se volvió
magistrada y, durante mi alcaldía de Bogotá, fue quien hundió el Plan de
Ordenamiento Territorial (POT) que habíamos decretado y que adaptaba a la
capital al cambio climático, con lo cual le hizo un enorme daño a las
posibilidades de vida y de adaptación al peor problema que hoy enfrenta la
humanidad, que es la crisis climática producida por el mercado capital en el
mundo.
Sin que yo supiera en ese momento quién estaba moviendo los hilos, el alcalde logró que la Dirección de Prisiones me remitiera a otra cárcel. Y de nuevo, en un gran operativo militar, me trasladaron en un camión a Bogotá, esta vez a la cárcel La Picota, donde cumplí el resto de mi condena. En total, estuve en cuatro cárceles en año y medio. En esta última pasé la mayor parte del tiempo. Allí conocí a Nicolás, mi hijo recién nacido. Cuando lo recibí en brazos, sentí una impresión profunda. Me sorprendió que su mirada de bebé era muy triste. Fue muy extraño conocer a mi primer hijo en la cárcel, sabiendo que no lo volvería a ver en mucho tiempo.
En La Picota aprendí a cocinar. Como la cárcel está
más adecuada para presos que cumplen largas condenas, nosotros podíamos
preparar nuestros alimentos. No teníamos que padecer las horribles comidas que
sirve el establecimiento o contentamos con las que vendían algunos presos, que
eran carísimas. Con un poco de disciplina, comprábamos mercado y cocinábamos.
Pronto le cogí gusto a la cocina, pues me ofrecía una forma de desestre- sarme.
Lo veía como una especie de arte. Entre los presos del M-19 competíamos para
ver quién cocinaba mejor.
En mi celda, un poco más amplia que las anteriores,
seguí con mis lecturas. Era la primera vez que me tocaba una celda solo para
mí. En La Picota coincidimos muchos de los miembros del M-19 que habíamos
estado en La Modelo, entre ellos Édgar Molano, quien después me acompañó mucho
tiempo. Reunidos de nuevo, volvimos a organizar los grupos de deporte, acción,
estudio y solidaridad. El joven que cogieron conmigo en Zipaquirá se llamaba
Alirio Borbón. Era un muchacho de Pacho, Cundinamarca, y estuvo a mi lado
durante toda mi travesía carcelaria. Sus chanzas, tan comunes entre los
nativos de Pacho, me alegraron durante este proceso.
La Picota tenía algo excepcional: ofrecía varios
talleres que dictaban los'presos. Uno podía elegir el que más le gustara. En un
comienzo, sin embargo, la administración carcelaria no me dejó participar en
ninguno. Me consideraba una persona muy peligrosa, por lo que había sucedido en
La Modelo, además del intento de fuga en Ibagué. Durante muchos días me tocó
andar solo en unos patios muy fríos cuando todos los demás iban a trabajar. Yo
caminaba de un lado al otro, esperando la hora a que regresaran los demás. Fue
una experiencia difícil porque la soledad se multiplica en la cárcel. Estaba
enamorado de la madre de mi hijo, y presentir que ese amor se extinguía en
medio del musgo triste del cemento envejecido del patio me empezó a deprimir y
a enfermar. Para saldar esa circunstancia y recuperar mi equilibro
psicológico, recurrí a una huelga de hambre.
Algunos muchachos me acompañaron en mi propósito.
Incluso pensé que, si los familiares les transmitían el plan a los otros presos
del M-19 recluidos en otras cárceles, se podía iniciar una huelga de hambre
general. Y así ocurrió. El 19 de abril, el día de mi cumpleaños y el día en que
nació el movimiento, sacamos unas banderas e hicimos algunos actos públicos que
la guardia no toleró. La administración carcelaria decidió encerrarme ese día
en un calabozo, en un espacio completamente aislado muy difícil de soportar.
Varias veces nos condujeron allí porque querían desnudarnos, pero nosotros no
lo permitíamos. Nos encontrábamos ante un Estado ilegítimo que no reconocíamos
y, por tanto, no podían darnos órdenes así de simple. Sí, podían encarcelarnos,
pero hasta ahí.
La huelga de hambre funcionó. La administración
carcelaria al final accedió a que yo pudiera participar en los talleres.
Escogí el de madera, el más artístico. Los presos truchos en ese arte me
enseñaron las formas, las herramientas y cómo manejarlas. Empecé a hacer mis
primeros pinos en talla de madera. Esto poco a poco me fue absorbiendo. En el
taller sentía que el tiempo pasaba muy rápido. Concentrado, hacía las
figuritas, que al principio eran muy simples. Más adelante me dediqué a hacer
caballos normales y unos alados. Me concentraba sobre todo en las alas. Cada
vez los hacía mejor y, mientras hacía el mejor de todos, me llegó la noticia: a
través de una estafeta, como se llamaba, se me anunció que había cumplido la
pena de prisión, conjuntamente con Borbón. En la puerta de La Modelo me recibió
el abogado del colectivo José Alvear Restrepo, a quien después desaparecieron. Me montó en un carro y salimos.
Yo solo miraba por la ventana esos barrios del sur
de Bogotá, en los alrededores de la localidad de Usme. Los colores, las mujeres, los ruidos. La intensidad del tráfico. El remolino de sensaciones me
conmovió profundamente. Yo casi no conocía la vastedad de Bogotá, nunca había
estado por esos barrios. Me sentía como un novato, como un extranjero. Pero,
sobre todo, me sentía cansado, y me producía incertidumbre no saber dónde iba
a dormir.
La primera casa a la que llegué quedaba cerca de La
Picota, en un barrio popular. Me recibió un muchacho flaco que siempre estuvo
en el M-19, que me organizó una olla comunitaria con los vecinos del barrio.
Esa experiencia me sentó bien, pero al mismo tiempo estaba nervioso. No sabía
bien qué iba a pasar conmigo. Me parecía peligroso regresar a Zipaquirá o
quedarme en la casa de mi familia en Bogotá. Le pedí al muchacho, en ese
momento mi único contacto, que me informara sobre el estado actual del M-19.
Quería saber cuál iba a ser el paso por seguir. La respuesta llegó un par de
días después.
De esa casa me llevaron a Suba. Allí me volví a ver
con mi amigo y con gente del Bolívar 83, incluso asistí a una fiesta. Llevaba
mucho tiempo sin ir a una reunión social y la experiencia me resultó asombrosa.
Esa noche bailé, hablé con muchachas y tomé alcohol, que me mareó rapidísimo.
Sentí como si regresara a la Tierra después de un viaje muy largo. En un
momento dado me entraron ganas de llorar. Estaba deprimido, un poco desubicado,
pero también me sentía contento: aún me rodeaban muchas de las personas que yo
había conocido antes de la cárcel y no había perdido contacto con el mundo
popular.
Días después de la fiesta, el hermano de Germán,
Édgar, que también estaba en el M-19, me llevó a donde una amiga suya, que
provenía de la clase media alta de Zipaquirá. Ella y su esposo, un pequeño
empresario argentino, me recibieron en su casa, que quedaba por la calle 132,
cerca de la autopista. Viví dos meses con ellos, esperando el contacto para
saber a dónde debía ir. Fueron momentos traumáticos. Una acción tan sencilla
como cruzar una calle o caminar por una acera me llenaba de incertidumbre
porque, por esas fechas, salió una orden de captura en mi contra. Como yo era
un integrante de la dirección del movimiento, mi nombre apareció en un
comunicado reivindicativo que el M-19 publicó como resultado de la toma del
Palacio de Justicia. Por eso, sabía que si me capturaban por cualquier razón,
así fuera azarosa, me enviarían otra vez a la cárcel, y sin muchas perspectivas
de volver a salir.
Finalmente, llegó la noticia. Me invitaban de nuevo al Cauca. Recorrí una vez más las trochas hasta llegar al campamento rural de Germán Rojas Niño. Él tenía una fuerte amistad con Afranio Parra, quien seguía en la actividad miliciana en los barrios populares de Bogotá. Rojas me indicó cómo encontrarme con él y entre los dos decidieron que mi nuevo escenario de lucha sería en la más absoluta clandestinidad. Parra era un poeta muy bueno, también era artista. Había nacido en El Líbano, Tolima. Era de la vertiente radical de ese pueblo, a los que denominaban los bolcheviques. Había ingresado al M-19 desde su altura intelectual y compartíamos una tendencia a mezclarnos con el pueblo, a no desligarnos de los más pobres. Los dos habíamos participado en la construcción de lo que llamábamos “milicias populares”; él en el barrio Siloé de Cali y en Bogotá, y yo en Zipaquirá. Ese concepto miliciano desarticulaba en buen grado la idea de formar únicamente líneas militares. En cambio, reforzaba la idea de que el M-19 no solo era una máquina militar, sino un movimiento de la población, pero armada. Parra recurría a sus lecturas y a las leyendas populares del Tolima para articular en su poesía el sentir de las luchas populares actuales o del pasado.
Después de reunirnos en el Cauca, Parra decidió que mi
próximo destino sería Santander. Allí comenzaría a construir mi actividad desde
la más profunda clandestinidad. Yo contaba con 26 años de edad, era
profesional, me había graduado de Economía y ahora mi vida iba a dar un giro de
180 grados. De todas formas, me gustó la idea de ir a ese departamento. Era una
tierra que yo conocía por el vaso comunicante que existe entre Zipaquirá y lo
que llaman ahora la Provincia Comunera de Santander. En el siglo XVIII, la
rebelión comunera había transcurrido en El Socorro y en los pueblos aledaños,
y había terminado en Zipaquirá, en cuya plaza principal se congregaron mil
comuneros. Dos siglos después, en un intento por rememorar esa jornada, nació
Comuneros 81, un movimiento liderado por el M-19 y que hacía un gran trabajo
sindical obrero en toda la provincia comunera.
La idea de vivir en Santander también me emocionó porque asociaba esa tierra con el nombre de Andrés Almarales, que murió en la toma del Palacio. Para mí, Almarales fue fundamental en mi formación política. Siempre me cautivó el papel que jugó como defensor de los derechos laborales de la clase obrera colombiana, ya fuera durante su paso por el Congreso de la República como representante de la Anapo en los años sesenta o, más adelante, en la clandestinidad, cuando renunció a la vida que llevaba y fundó, junto a otros, el M-19. Almarales era, además, un orador impresionante; de hecho, jamás he conocido a un orador tan hábil como él. Me atraía, en especial, su capacidad de improvisar un discurso y jalonarlo hacia la poesía, hacia una comunicación vibrante con el auditorio. También nos unía nuestra costeñidad: Almarales era de Ciénaga y había sido hijo de un trabajador de las bananeras, que fue testigo de la masacre de la United Fruit Company. Eso lo marcó en su lucha y en su vida política.
Conocí a Almarales a finales de 1983, cuando él se hospedó unos días en una casa de seguridad que teníamos cerca de Zipaquirá. Aún no habían iniciado las conversaciones de paz entre el M-19 y el gobierno de Betancur. A nosotros nos había llegado la instrucción de cuidarlo; él todavía vivía en la clandestinidad. Yo, por supuesto, sabía quién era, e incluso había leído algunos de sus libros alrededor del trabajo obrero. Para ese entonces, Almarales había configurado una especie de movimiento llamado Corriente Democrática y estaba muy vinculado con las luchas de obreros en los puertos del país, para impedir la privatización del sector (una lucha que, eventualmente, fracasó y se hundió en la corrupción). La labor de Almarales, de todas formas, había influenciado nuestro trabajo en Zipaquirá, un pueblo de obreros industriales. Nosotros, en esas fechas, nos relacionábamos sobre todo con los trabajadores de Alcalis de Colombia, la fábrica de soda y de insumos químicos quebrada a mediados de los noventa por corrupción y malos manejos, y de Peldar, la fábrica de producción de vidrio plano más importante que había en el país. También teníamos influencia en las malterías, donde se producía la malta para la cerveza del Grupo Bavaria. Y nada de eso hubiera sido posible sin el trabajo previo de Almarales.
Los dos nos volvimos a encontrar en 1985, en la plaza de Bolívar, durante el proceso de paz de Belisario Betancur. Almarales, ante una plaza a la que no le cabía un alma más, proclamó un discurso vibrante y un poco radical. Les pidió a todos los presentes —gente muy pobre, empleados de Corabastos, zorreros de la época, ciudadanos que venían a acompañar al M-19 con banderas y consignas— que votaran allí mismo si debíamos entregar las armas. La plaza de Bolívar entera levantó la mano para que no dejáramos las armas. Meses más tarde, en el edificio de al frente, en el Palacio de justicia, Almarales moriría alzado en armas, en un combate que buscaba darle una solución pacífica a la enorme confrontación oue se desató.
En el Palacio también murió el otro gran orador que
tenía el M-19: Alfonso Jacquin. Al igual que Almarales, era costeño, de Santa
Marta. Simpático y buen bailador, era abogado constitucionalista y había
enseñado en la Universidad del Atlántico. Cuando nos conocimos me produjo una
enorme empatia. Yo me desempeñaba como concejal en Zipaquirá y no sabía que él
era del M-19, pero lo intuía. Un poco más adelante me enteré de que había
militado en un grupo legal, de universitarios, llamado Unión Revolucionaria
Socialista. De allí dio el salto al M-19, durante el esfuerzo de paz, y asumió la
vida militar yéndose a la montaña. En el 84 nos volvimos a ver, justamente en
las montañas, y nos abrazamos. Yo no dejaba de admirarlo: me sorprendía mucho
que hubiera tomado la decisión de irse al monte y vivir la guerra.
Para 1985, dentro de Jacquin coexistía el artillero
militar y el abogado constitucionalista. Por eso
terminó en el Palacio de Justicia. Yo creo que Almarales y Jacquin eran las dos
personas que el M-19 llevó para negociar con el Estado. Luis Otero, el
comandante de la toma, era un guerrero total; no tenía las facultades de la
oratoria y del diálogo. Pero esa negociación nunca se produjo: los dos oradores
murieron sin siquiera llegar a dialogar con el Gobierno.
De Jacquin quedó una grabación en la que trata de
lograr que Alfonso Reyes Echandía, el presidente de la Corte Suprema, pueda
hablar con el país a través de la radio. Ellos, sin embargo, fueron los
primeros en morir porque estaban en el cuarto piso, junto a varios otros
magistrados y casi toda la comandancia del M-19. Las circunstancias de estas
muertes aún no se han esclarecido. Solo se sabe que murieron por un ataque que
ocurrió antes de que se incendiara el Palacio y que la causa de muerte fueron
unos artefactos explosivos dél Ejército. Esto último quedó claro en los
exámenes forenses que les practicaron a los magistrados. Pero no existen
testigos. Los únicos podrían ser los soldados y los policías que entraron al
cuarto piso. Hasta la fecha, ninguno de ellos se ha pronunciado sobre el
episodio.
La muerte de Almarales fue distinta. Él logró
atrincherarse en un baño en un piso inferior y por eso llegó vivo al segundo
día. Sobre su muerte, en cambio, sí hay testimonios, tanto de magistrados como
de empleados del Palacio que Almarales cuidó e incluso ayudó a escapar,
quedando él solo con sus hombres y prácticamente sin munición. Poco antes de
morir, una secretaria del Palacio le ofreció que saliera protegido entre las
mujeres. Él se negó. Quiso resistir hasta el último momento y sin ningún tipo
de rehén.
Hoy, al escribir sobre la vida de Almarales y de
Jacquin, veo claramente en ellos la influencia indiscutible de García Márquez.
Ellos eran la cabeza más visible de una generación caribeña, muy samaría, muy
garciamarquiana, que estaba al frente de muchas de las tareas del M-19. Yo, que
soy cordobés y también garciamarquiano, sentí por los dos una gran afinidad.
Con el correr de los años, pude conjugal esa estirpe caribeña alrededor de lo
que ellos más sabían hacer, que era pronunciar discursos. Me empecé a volver un
orador gracias a ellos y, de hecho, hice mis primeros pinitos junto a
Almarales, en la plaza de Zipaquirá.
Poco a poco entendí el secreto de sus hermosos
discursos, que embelesaban al público. Ellos dejaban que la energía produjera
las palabras: la comunicación surgía a partir de la energía que fluía entre el
público y el orador. Aprendí que se trataba de, un tema más pasional que
racional. Claro, hay una serie de objetivos: ¿qué quiero decir?, ¿qué quiero
comunicar? Pero el corazón da la forma, la entonación, la combinación de palabras
que van fluyendo sin que estén previamente construidas y que van siendo
captadas por el corazón, y no solo por la mente, de las otras personas.
Tanto Almarales como Jacquin podían llenar plazas
públicas, y yo jamás había visto que la izquierda hiciera eso. Era una forma
de magia, la misma que uno siente al leer a García Márquez. Si él comunicaba
esa magia a través de la palabra escrita, ellos dos trataban de comunicarla
mediante la palabra hablada. La oratoria fue, sin duda, una de las grandes
fortalezas del M-19 en aquel entonces, cuando pudo salir de la ilegalidad en el
año 84. Ninguno de los otros líderes del movimiento, ni Carlos Pizarro ni
Antonio Navarro, tenian esa misma capacidad de comunicación de los costeños.
Dar discursos es hoy en día parte de mi talante, como individuo y en mi lucha
política, y tiene su raíz en esos dos caribeños que murieron en el Palacio de
Justicia.
Así que, con ellos en mente, sobre todo con Almarales como referente, me lancé a esa etapa de mi vida que yo llamo "la clandestinidad”, que coincidió con un momento crítico para los movimientos armados de izquierda. El país atravesaba el asesinato sistemático de miles de militantes de la Unión Patriótica, el movimiento que venía de las FARC y del Partido Comunista en virtud de un acuerdo de paz que había firmado esa guerrilla con el presidente Betancur. En cuanto al M-19, cuando salí de la cárcel, en febrero del 87, ya habían matado a buena parte de la comandancia como respuesta a la toma del Palacio. A Iván Marino Ospina, Gustavo Arias Londoño, Alvaro Fayad, que había sido elegido comandante y que fue reemplazado, tras su muerte, por Carlos Pizarro. Muchas de las personas que se habían contactado conmigo en el trabajo del Diálogo Nacional estaban muertas. Navarro, por su lado, estaba fuera del país, recuperándose de sus heridas por el atentado en donde perdió una de sus piernas, y que le hicieron en Cali en una cafetería en mayo de 1985, cuando un colaborador del Ejército lanzó una granada y por poco le cuesta la vida.
En este periodo de mi vida, terminé en la cárcel
torturado, tras haber vivido la rebeldía armada, por un lado, y la lucha popular
civil por el otro. Era muy querido por la población más pobre de Zipaquirá,
había sido educado no solo teóricamente por las corrientes de vanguardia de
entonces, sino por una práctica que al comienzo se ligó a la clase obrera
industrial, en la forma más clásica del socialismo, pero después derivó más
hacia un compromiso cristiano con los más humildes y excluidos de la sociedad.
¿Por qué había fracasado ese acuerdo firmado en Corinto, Cauca? Creo que la
sociedad colombiana, las élites que dirigían el país y nosotros mismos no
estábamos maduros para asumir la enorme tarea de la paz.
El diálogo nacional, como lo había prefigurado
Bateman, era un acuerdo, un pacto entre ricos y pobres, entre quienes habían
detentado el poder y los excluidos de él, un acuerdo que implicaba reformas
hacia una sociedad con justicia social y democrática. Bateman pensaba que se
podía realizar ese diálogo nacional en paz, pero lo que describimos nosotros
después de su muerte e intentando volver realidad su proyecto de paz era que
esas élites no estaban dispuestas a hacer las reformas, reformas que tenían
que ver con una distribución más democrática de la tierra, con una política
social que garantizara efectivamente derechos, con una ampliación del espacio
de las decisiones públicas al conjunto del país.
Quienes habían gobernado a Colombia por siglos no
querían abrir el espacio a esa sociedad democrática, querían amarrarse
anacrónicamente a sus privilegios y por eso llenaron el camino del diálogo
nacional que se había convocado por el presidente Belisario, de trampas,
trampas que pasaban por la inasistencia de los grandes gremios del poder a las
sesiones del diálogo, que pasaban por la negativa del Congreso a abrir sus
recintos a los dialogantes, que terminaron por usar las armas públicas para
destruir la tregua pactada y hundir en sangre el proceso. Llegaron a pensar que
por el simple hecho de que el M-19 había abandonado la clandestinidad podía
exterminar sus campamentos rurales y su gente en las ciudades. Nosotros también
éramos inmaduros, la victoria militar de Yarumales nos llevó a creer que se
podía derrotar al Estado con el uso de las armas, que éramos indestructibles y
que lo que seguía era la victoria militar.
Recuerdo en el Congreso de los Robles del M-19, donde me ascendieron a la dirección nacional de un posible partido político que no se conformó, a Iván Marino Ospina, a quien consideraba uno de los combatientes más duros, pedir cordura a sus compañeros que se creían ya comandantes de las columnas que entrarían en breve a la ciudad de Cali y a Bogotá. En cierta forma, el comandante general del M-19, que había sucedido a Bateman, y que sería degradado en esa conferencia, la novena, percibía que su movimiento entraba en una calentura mental militarista, y como soldado de base, ahora, aceptaba su destino disciplinado, una disciplina que lo llevaría a la muerte acorralado por centenares de soldados, casi solo, cayendo sonriente después de combatir durante horas, en una casa del barrio Cristales del Cali. Yo salía de esa reunión de un mes en las montañas de la cordillera Central cerca de Corinto, con mi nueva investidura flamante de miembro de la dirección nacional del M-19, premiado por mi liderazgo popular alcanzado en Zipaquirá, sin saber que jamás tendría una sola reunión de esa dirección nacional a la que pertenecía, y que de allí, de los Robles, saldría no hacia el reencuentro de las grandes multitudes, sino hacia la cárcel y la tortura. Las hogueras de la guerra habían devorado, por el momento, la propuesta de paz de Bateman.
Para 1987, existía otro M-19, uno más golpeado y
más endurecido. A mí también me había endurecido la tortura en la cárcel Yo
había dejado de ser un jovencito, me había convertido en un revolucionario
profesional. Vivía exclusivamente de lo que me pudiera entregar el M-19. Hablaba
poco. Vivía como un pobre y me sentía libre, pero alejado de la relación
directa que había tenido con la población civil.
Vivía el comienzo de mi clandestinidad.
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