miércoles, 25 de octubre de 2023

capitulo 14, el regreso, una Vida Muchas vidas.

 

El regreso

Mi familia y yo regresamos a Colombia en 1997. Yo había renun­ciado a mi cargo en la embajada de Bruselas porque no quería seguir en Europa. Me sentía aburrido, nostálgico, con ganas de volver a la lucha política. Sentía que había cumplido mi ciclo en el extranjero. Me devolví, además, porque había estallado el pro­ceso 8000 y quería aprovechar la oportunidad de trabajar con los sectores políticos que buscaban destituir a Samper, como en efecto ocurrió; a mí regreso conocí a Íngrid Betancourt; a Roy Barreras, un joven parlamentario brillante, y al señor Hernán Echavarría Olózaga, del grupo Corona.


Con Hernán Echavarría desarrollé una cercanía en poco tiempo. Me invitaba a su lujosa casa en el norte de Bogotá, una de esas privilegiadas casonas que tienen un jardín inmenso con árboles. Allí me contó sobre su vida. Él había sido keynesiano, funcionario público y le había propinado un golpe muy fuerte al sector bancario corrupto, el mismo que estaba en el Banco de Colombia en ese momento. En su juventud, había sido militante del Partido Comunista en Antioquia. pero por el paso de su vida y sus condiciones materiales de existencia, como diría Marx- había empezado a transitar hacía la derecha. Echavarría me pre­sentó a más personas como él, todos parte del movimiento que quería librarse de Samper, pero desde una lógica golpista de derecha y no democrática.


Les planteé la discusión de la democracia. Les propuse hacer un referendo y una coalición con las centrales obreras. Yo había entablado una relación con Lucho Garzón, el presidente de la CUT, y me llamaba la atención que se formara una alianza de clases entre el empresariado y los obreros. Sin embargo, el grupo de Echavarría rechazó esa propuesta sin siquiera examinarla. Me di cuenta de que ellos hacían parte de una conspiración de elites de derecha, completamente separada del pueblo y sin entender que una postura de lucha contra la corrupción tenía que formularse con principios democráticos. Poco después me separé de ese grupo.


Por esas mismas fechas me volví a encontrar con José Cuesta y retomamos nuestras discusiones. Seguíamos empe­ñados en explorar cómo podíamos construir un planteamiento político alternativo en Colombia. Nos reunimos muchas veces. No sabíamos cuál era exactamente el paso por seguir, pero sí sabíamos que nuestro proyecto debía ocupar el vacío que había dejado el M- 19 al volverse un partido convencional. Por casua­lidad, nuestras sesiones coincidieron con el fin de la primera alcaldía de Mockus, que renunció para lanzarse ala presiden­cia. Como ya habíamos derrotado una vez a Peñalosa, y como él se había vuelto a lanzar a la alcaldía, decidí volver a enfren­tarlo pero ya no por medio de otro candidato, sino a nom­bre propio.


Yo no tenía la envergadura política de Antanas Mockus. Pero aun así me sentía preparado. Cuando di a conocer mi aspiración bajo la bandera del AD M-19, —de un grupo que llamábamos Urbícolas— ningún medio me dejó registrar como candidato a la alcaldía. Eso se debía a que nadie sabía que yo me iba a lanzar. Así que no me quedó otra opción que sacar un panfleto muy mal dise­ñado y repartirlo en las esquinas. Lo más interesante de esos volan­tes es que incluían un programa que, en realidad, era el esbozo de lo que sería la Bogotá Humana. En él estaban plasmadas mis pre­ocupaciones ambientalistas, el resultado de mis estudios en la Universidad de Lovaina, pero aplicadas al contexto bogotano. No sabíamos mucho sobre el tema del transporte y, a decir verdad, el Transmilenio de Peñalosa nos parecía una idea avanzada. Nuestro conocimiento urbanístico era prácticamente inexistente. Aun así, redactamos un programa en torno a la relación entre ciudad y medio ambiente. El resultado fue una serie de ideas relativamente innovadoras que pasaron desapercibidas para la opinión pública, porque la campaña fue un desastre electoral. Saqué 7000 votos, mientras que Peñalosa ganó con más de 600 000.


El estableci­miento había luchado decididamente para que Moreno de Caro no fuera elegido. Esa campaña electoral me dejó muchos aprendizajes. Me metió de nuevo en el contexto de las campañas políticas que había abandonado desde que partí a Europa en 1994. Me habría gustado obtener más votos, pero me satisfacía que por lo menos 7000 bogotanos creyeran en mí. Tras la derrota, hablé con Navarro, que acababa de salir de la Alcaldía de Pasto. Le pro­puse una idea. Él, por haber sido alcalde, había quedado inha­bilitado para lanzarse al Senado, pero no a la Cámara de Representantes. Así que le sugerí que nos juntáramos Para las próximas elecciones al Congreso. Él encabezaría la lista y yo le ayudaría; ni siquiera le propuse que me metiera en la contienda.


Navarro analizó la oferta y llegó a la conclusión de que esa era la mejor vía para reconstruir un movimiento político nacio­nal. Entonces viajó a Bogotá a comienzos de 1998 para partici­par en los comicios, que se celebraban en marzo. Cuando nos vimos me propuso que me inscribiera de segundo en la lista. Me comentó que él no tenía mucha confianza en la cantidad de votos que pudiéramos obtener. Pero si él ponía entre 20 000 y 30 000, y yo aportaba los 7000 que había sacado en la carrera por la alcaldía, pasaríamos el umbral y por lo menos él quedaría de representante. Comprendí sus cálculos y accedí.

Al comienzo de esta nueva campaña, me embargó una sen­sación de desespero. Había perdido mis últimas dos contiendas electorales y me daba miedo volver a fracasar. Temía que, si per­díamos de nuevo, ese sería el final para todos nosotros. Decidí buscar alianzas y hablé con un grupo que también se estaba organizando para lanzarse a la Cámara. Entre ellos estaban el cineasta Sergio Cabrera, el periodista Ramón Jimeno y el polí­tico Juan Lozano. Se trataba de un conjunto bastante heterogé­neo, pero yo sentía que, de su mano, podíamos hacer crecer un proyecto democrático.

De Cabrera me hice amigo rápidamente. Su padre, Fausto, había militado en el EPL y Sergio había pasado su adolescencia en la China de Mao antes de volver al país y unirse a la lucha de su padre en los montes de Antioquia. Así que compartíamos muchas opiniones de izquierda. Jimeno, por su lado, también había tenido un periplo progresista. Un día, Navarro y yo nos reunimos con ellos en un apartamento. Cuando entramos vimos que los acompañaba un hombre muy apuesto, que me recordó a Pizarro. Nos dijo de entrada que no quería hablar de política, que él era profesor de matemáticas y que solo había asistido a la reunión para conversar con sus amigos. Ese hombre se llamaba Sergio Fajardo. Nosotros habíamos llegado con una idea, y des­pués del saludo, se la planteamos: yo renunciaría al segundo ren­glón para que Cabrera lo ocupara y así uniéramos listas. Si él la hubiera aceptado, otra habría sido mi vida. Pero la rechazó, y entonces Navarro y yo nos fuimos. Recuerdo que, de camino a la puerta, oí a Fajardo preguntarle a Jimeno: “¿Y ese señor quién es?”. Jimeno le respondió: “Es un señor del M-19”.

Hicimos una campaña muy bonita. Creo que Navarro fue el de la idea de escoger el amarillo como nuestro color, porque lo que sería la Bogotá Humana. En él estaban plasmadas mis pre­ocupaciones ambientalistas, el resultado de mis estudios en la Universidad de Lovaina, pero aplicadas al contexto bogotano. No sabíamos mucho sobre el tema del transporte y, a decir verdad, el Transmilenio de Peñalosa nos parecía una idea avanzada. Nuestro conocimiento urbanístico era prácticamente inexistente. Aun así, redactamos un programa en torno a la relación entre ciudad y medio ambiente. El resultado fue una serie de ideas relativamente innovadoras que pasaron desapercibidas parala opinión pública, porque la campaña fue un desastre electoral. Saqué 7000 votos, mientras que Peñalosa ganó con más de 600000. El estableci­miento había luchado decididamente para que Moreno de Caro no fuera elegido.

Esa campaña electoral me dejó muchos aprendizajes. Me metió de nuevo en el contexto de las campañas políticas que había abandonado desde que partí a Europa en 1994. Me habría gustado obtener más votos, pero me satisfacía que por lo menos 7000 bogotanos creyeran en mí. Tras la derrota, hablé con Navarro, que acababa de salir de la Alcaldía de Pasto. Le pro­puse una idea. Él, por haber sido alcalde, había quedado inha­bilitado para lanzarse al Senado, pero no a la Cámara de Representantes. Así que le sugerí que nos juntáramos Dara las próximas elecciones al Congreso. Él encabezaría la lista y yo le ayudaría; ni siquiera le propuse que me metiera en la contienda.


Navarro analizó la oferta y Llegó a la conclusión de que esa era la mejor vía para reconstruir un movimiento político nacio­nal. Entonces viajó a Bogotá a comienzos de 1998 para partici­par en los comicios, que se celebraban en marzo. Cuando nos vimos me propuso que me inscribiera de segundo en la lista. Me comentó que él no tenía mucha confianza en la cantidad de votos que pudiéramos obtener. Pero si él ponía entre 20.000 y 30.000, y yo aportaba los 7.000 que había sacado en la carrera por la alcaldía, pasaríamos el umbral y por lo menos él quedaría de representante. Comprendí sus cálculos y accedí.


Al, comienzo de esta nueva campaña, me embargó una sen­sación de desespero. Había perdido mis últimas dos contiendas electorales y me daba miedo volver a fracasar. Temía que, si per­díamos de nuevo, ese sería el final para todos nosotros. Decidí buscar alianzas y hablé con un grupo que también se estaba organizando para lanzarse a la Cámara. Entre ellos estaban el cineasta Sergio Cabrera, el periodista Ramón Jimeno y el polí­tico Juan Lozano. Se trataba de un conjunto bastante heterogé­neo, pero yo sentía que, de su mano, podíamos hacer crecer un proyecto democrático.


De Cabrera me hice amigo rápidamente. Su padre, Fausto, había militado en el EPL y Sergio había pasado su adolescencia en la China de Mao antes de volver al país y unirse a la lucha de su padre en los montes de Antioquia. Así que compartíamos muchas opiniones de izquierda. Jimeno, por su lado, también había tenido un periplo progresista. Un día, Navarro y yo nos reunimos con ellos en un apartamento. Cuando entramos vimos que los acompañaba un hombre muy apuesto, que me .recordó a Pizarro. Nos dijo de entrada que no quería hablar de política, que él era profesor de matemáticas y que solo había asistido a la reunión para conversar con sus amigos. Ese hombre se llamaba Sergio Fajardo. Nosotros habíamos llegado con una idea, y des­pués del saludo, se la planteamos: yo renunciaría al segundo ren­glón para que Cabrera lo ocupara y así uniéramos listas. Si él la hubiera aceptado, otra habría sido mi vida. Pero la rechazó, y entonces Navarro y yo nos fuimos. Recuerdo que, de camino a la puerta, oí a Fajardo preguntarle a Jimeno: “¿Y ese señor quién es?”. Jimeno le respondió: “Es un señor del M-19”


Hicimos una campaña muy bonita. Creo que Navarro fue el de la idea de escoger el amarillo como nuestro color, porque William Ospina había hablado de la franja amarilla como la franja de los excluidos. Nos pusimos a entregar naranjas. Las con­seguía en Corabastos, un lugar que conocía bien porque durante mi paso por el M-19 había desarrollado un trabajo popular con los vendedores de la gran plaza mayorista de Bogotá. Además, a mi regreso de Europa me había articulado con ellos para crear la Bodega Popular, un espacio donde la gente podía vender como los mayoristas, pero con más dignidad, bajo un techo. Ese proyecto fue una de mis luchas y me granjeó muchísimas sim­patías. Durante la campaña se convirtió en una de nuestras bases de apoyo. Otra era los vendedores de líchigo de Corabastos, que tenían influencia en barrios como Puerto y Patio Bonito, donde muchos de ellos vivían. Así surgió la idea de regalar naranjas en las esquinas mientras entregábamos nuestra propaganda. Esa fruta, por su color, combinaba muy bien con nuestra idea de la franja amarilla.


Navarro, mucho más conocido que yo, fue muy exitoso en las fechas previas a las elecciones. De su mano, volví a recorrer Bogotá y aprendí bastante sobre cómo se hacía una campaña. Mis intentos anteriores, a decir verdad, no habían mejorado mayor cosa mi reconocimiento entre la gente. Cuando salía a caminar por una calle con Navarro para repartir boletines, la gente se iba detrás de él y yo me quedaba a solas en alguna esquina. No me producía celos, sino admiración. Me gustaba que de nuevo estu­viéramos generando ruido en las calles de la capital.


Cuando llegó el día de las elecciones, el resultado fue fenome­nal. Fuimos la lista más votada en Bogotá. Obtuvimos más de 150 000 votos. Le ganamos a María Isabel Rueda y triplicamos la lista a la que pertenecía Cabrera. Fue un golpe contundente por parte de los progresistas, que logramos sacar una mayoría en la ciudad. Nos llamábamos Vía Alterna. Al Senado fueron elegidos Jaime Dussán, Avellaneda y Jorge Enrique Robledo, que por primera vez había conquistado una curuL Había hecho una buena campaña a la Gobernación de Caldas, y los caldenses le recono­cieron su trabajo en defensa del café. Samuel Moreno Rojas, por su parte, había sido elegido por el lado de la Anapo. Y la CUT, con Lucho Garzón, había apoyado la candidatura de Carlos Gaviria, que también logró una curul. Como resultado, las fuerzas del apa­rato legislativo no solo iban a ser liberales o conservadoras; otros movimientos habían ganado impulso. Fue un triunfo electoral que le abrió la puerta a la construcción de un movimiento polí­tico más independiente.


La sensación de entrar de nuevo al Congreso fue extraña. Cuando salí derrotado en el 94, creí que nunca más iba a volver. Al regresar cuatro años más tarde, después de haber salido del país, de haber conocido el mundo, de tener experiencias fraca­sadas, como la de la campaña a la Alcaldía de Bogotá, me encon­tré con que el sistema, en verdad, no había cambiado. A pesar del surgimiento de una ola progresista, la mayoría de los parla­mentarios seguían siendo los mismos: entraban con las mismas lógicas para hacer lo de siempre. Y mi respuesta fue igual que antes: debatir. 


* * *

Durante esos años como parlamentario, hubo varios debates determinantes en mi carrera y que me marcaron. Los mas importantes fueron el debate sobre el borde norte de Bogotá, el de Banpacífico y el del paramilitarismo en Colombia.


En 1998, organizamos el primero de ellos. El objetivo era discutir la expansión urbanística en el norte de la capital. Para ese debate recurrí a ideas que ya había esbozado el año anterior, durante mi frustrada campaña por la Alcaldía de Bogotá. Desde ese entonces, había intentado proponer una visión que articu­lara coherentemente el medio ambiente y la ciudad.


Para entender este debate es importante comprender los matices de la propiedad de la tierra en el país, y la relación entre la urbanización y la economía. Bajo los criterios de la economía política, la captura de rentas es muy diferente a la ganancia pro­ductiva. Uno de los móviles que ha impedido el desarrollo industrial del centro del país, de ciudades como Bogotá, ha sido la falta de producción de riqueza en tierras posiblemente urba­nizabas. La riqueza solo nace de la producción, pero parte de la inversión se desplaza hacia la compra de tierras urbanizables, a las que se les sube artificialmente el precio cambiando su uso. Por otra parte, el traslado de riqueza en esas tierras está limi­tado a un grupo de personas que durante generaciones se ha enriquecido con poseerlas y valorizarlas a partir de decisiones públicas y políticas.


Este modelo nocivo lo impuso el alcalde Fernando Mazuera, cuando los alcaldes eran elegidos por el presidente, más o menos en el año 51. Mazuera imitaba estructuras que se estaban tra­tando de frenar en todas las ciudades modernas del mundo y que permitían que determinados patrimonios se beneficiaran de la valorización, gracias a las decisiones de un Estado cuestionable. El trazado de una carretera es un buen ejemplo. Estas personas compraban las tierras circundantes a muy bajo precio y después las vendían a uno muy alto debido a la valorización de la carre­tera. Ese era el modelo que construían siendo funcionarios.


Mazuera no solo implemento dicho modelo alrededor de la valorización de la tierra, sino que de manera paralela inició otro proceso alrededor del transporte. Bogotá ya tenía en desarrolle un tranvía eléctrico, derivado de los de tracción animal, pero él los destruyó para darle pie a medios de transporte movidos por combustibles e hidrocarburos que él mismo importaba. También fue el mayor importador de taxis y buses de esa época y fue uno de los mayores especuladores de tierras en la historia de la ciu­dad. Mazuera construía alrededor de la especulación inmobi­liaria. De ahí se desprenden las dos formas puramente rentísticas de enriquecimiento de las élites.


En la capital existen dos visiones de la construcción de riqueza. Por un lado, están las élites que se enriquecen por la valorización de la tierra. Por el otro, los pequeños empresarios que subsisten por cuenta propia. Estos pequeños empresarios laboran en los garajes de sus casas, en talleres o zapaterías del Siete de Agosto, del Restrepo, de los barrios de confecciones como el Policarpa Salavarrieta y de aquellos ligados a los cen­tros de acopio y venta al por mayor de alimentos.


Son dos lados de la misma moneda. Pero uno de esos lados indudablemente está cimentado en conocimientos populares y trabajo, y ha tenido que vivir las oleadas de inmigración que lle­gan por la violencia. Bogotá ha crecido como una especie de árbol con anillos concéntricos: cada anillo es una radiografía de las violencias del país. Es la ciudad donde se ubica el desplaza­miento que ha generado riqueza a partir del trabajo y ^produc­ción de la pequeña empresa.


Las élites santafereñas, por su lado, han determinado buena parte de la política y se han enriquecido gracias a ella. El caso del transporte público en Bogotá es un fiel reflejo de su enrique­cimiento. Dada la magnitud de la ciudad, el transporte público recauda diariamente tanto dinero como el banco más grande del país, pero ocurre lo mismo que con la especulación inmo­biliaria de obras y su relación con las decisiones públicas. Ambos métodos fueron impulsados y consolidados por el mismo alcalde filofascista: el señor Mazuera. En mi debate, la intención era exponer uno de esos últimos desarrollos durante el gobierno conservador de Andrés Pastrana (1998-2002).


El presidente y sus amigos en el Gobierno estaban implementando la misma escuela de Mazuera De hecho, una de las beneficiarlas era la señora Kling Mazuera, descendiente del anti­guo alcalde. El sistema, increíblemente, era el mismo. Peñalosa, en ese momento, quería una expansión urbana de 4000 hectá­reas al norte de la ciudad. Y, en parte gracias a nuestro debate, logramos frenarlo y crear en esas tierras la reserva Thomas Van Der Hammen. Pero, paradójicamente, los amigos de Pastrana crearon una bolsa de terreno de 400 hectáreas más al norte de la reserva, en una zona llamada San Simón, nombrada así por una antigua hacienda.


Esa tierra había sido previamente comprada por ministros, familiares y amigos de Pastrana. Uno de esos amigos era Jaime Ruiz, el editorialista de El Tiempo que era el director de Planeación de ese gobierno. En ese momento aprovecharon el poder público que tenían y el conflicto que se había generado entre Peñalosa y la CAR, que trataba de impedir la expansión urbanística del alcalde, para presionar y expedir una resolución que permitiera la urbanización de esas 400 hectáreas. No solo lo consiguieron, sino que quedó estipulado que esa sería una zona de alta densidad.


Este episodio me permitió entender el panorama local. Pero no de cualquier territorio, sino de uno muy importante para Colombia en términos económicos: el de la capital de la República. Me permitió, también, tener una radiografía del poder, o de lo que yo llamaba “la microfísica del poder”, paro­diando a Foucault. De esa discusión surgieron tres debates específicos: el del sector financiero, el de las tierras y el de los cupos clandestinos de contratación para los contratistas. Todos involucraron al mismo Gobierno: el de Andrés Pastrana.


Como los responsables eran miembros de la élite conser­vadora santafereña, la prensa los trató muy bien. Pero en los debates quedó evidenciada, a todas luces, su actitud delincuencial. No estábamos hablando de una discrepancia en cómo implementar una política pública, sino de un grupo de perso­nas que había perpetrado un robo usando al Estado y sus recur­sos para enriquecerse de manera ilícita. Los tres debates, sin embargo, nunca condujeron a una investigación judicial, por­que el fiscal conservador Luis Camilo Osorio, muy amigo del grupo, se encargó de impedirlo.


Si la prensa los ayudó en todo el proceso, en cambio a mí me trató de desprestigiar. Los grandes medios creían que yo mentía y que me inventaba las pruebas. Nunca les dieron crédito a mis debates y jamás investigaron mis acusaciones. Yo entendía la razón: el blanco de mis denuncias no era otro que la élite de la ciudad; personas prestantes como Luis Alberto Moreno, el canciller Fernández de Soto o el esposo de la señora Kling Mazuera. La prensa los protegía, porque eran del establecimiento.


Sin embargo, tan pronto algún fiscal anunciaba que se abri­ría una investigación en mi contra por falta de méritos, todos los medios propagaban la noticia. Su intención era construir una narrativa de que yo era un mentiroso. En una ocasión, El Tiempo me atacó con un nivel de encono que no me esperaba. Durante el debate sobre el norte de Bogotá, un editorial de ese periódico pidió públicamente que me arrestaran por mis denun­cias. Después descubrí que el editorialista Jaime Ruiz no era el único implicado en la especulación de tierras, sino también miembros de la familia Santos, que eran propietarios de lotes en San Simón. Cuando ventilé este hecho en público, los ataques del periódico cesaron de inmediato.


En 2002 me lancé de nuevo a la Cámara, esta vez encabe­zando la lista de Vía Alterna. Logré la mayor votación. Mis deba­tes me habían dado tal figuración en la opinión pública que me permitió ganar con apenas 74 votos menos que Antonio Navarro. Eso me ubicaba en la palestra de los dirigentes políti­cos del país. Fue una votación que, si se examina desde un esquema social, era básicamente popular. Descubrí, entonces, un fenómeno que me llamó poderosamente la atención y del que me sentí orgulloso. Mi rival más cercana en ese momento era Gina Parody. Ella venía de esas candidaturas que yo llamo “de club” del estrato cinco y seis de Bogotá, de las élites. Yo no solo le gané con toda la prensa en mi contra, sino que el esquema social de la votación me dio un mensaje fundamental: entre más pobre era el barrio, más ganaba yo y mientras más rico el barrio, más ganaba ella. Es decir, en Bogotá ya empezaba a aparecer una selección política que buscaba intereses sociales, que no eran únicamente diversos, sino antagónicos.


Ese mismo año presenté el debate sobre el paramilitarismo. Empezó como una discusión sobre los cupos indicativos o auxi­lios parlamentarios por la Constitución, pero terminó con un mapa que mostraba la coincidencia entre recursos públicos que se robaban y la conformación de las organizaciones paramilitares. Concluí afirmando que el paramilitarismo se estaba finan­ciando en Colombia con dineros públicos.


Sin embargo, antes de adentrarme del todo en ese debate, es importante enmarcarlo propiamente. Y, para eso, debo con­tar la historia de la vez que conocí al líder paramilitar más cono­cido del país. 


Los debates del Banco del Pacífico, del borde norte de Bogotá y de los cupos secretos de contratación a congresistas hicieron, sin que supiera, que algunos de estos políticos pidie­ran la intervención del fiscal general, amigo de ellos, Luis camilo Osorio, contra mí. Pero la cúpula de la Fiscalía, en vez de iniciar alguna investigación jurídica contra mí, inició un lobby sobre Carlos Castaño, el jefe del paramilitarismo, para que me matara. Yo desconocía por completo esos caminos oscuros. Mi vida ya estaba en la mesa de los asesinos, ya habían lanzado los galgos asesinos, ya estaba el dinero puesto e incluso ya se entrenaban los asesinos en un establecimiento militar. Mientras tanto, yo vivía una tragedia personal. Mi matrimonio había entrado en crisis. Había llegado a la conclusión de que tenía que partir. Inicié la separación y entregué todos los bienes. Entregué la que por ese entonces era mi segunda biblioteca —la primera se per­dió cuando me fui a la clandestinidad—, entregué la casa que había hecho en el lote de mi familia en Cajicá, entregué todo lo que tenía. En el periodo de la crisis matrimonial, había decidido buscar el amor, construía nuevas relaciones, exploraba: Ángela, Érika. Quería volver a amar. Exploraba y exploraba hasta que, en Sincelejo, conocí una mujer muy pero muy hermosa, que me recordó de nuevo a Alejo Carpentier y su bailarina rusa en el Caribe, y a las valquirias, porque cerca de mí sonaban los vien­tos de la muerte.

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