LIBRO I
CONDENA: «Sócrates es culpable de no reconocer a los dioses en los que cree la ciudad, introduciendo, en cambio, nuevas divinidades. También es culpable de corromper a la juventud» .
PARTE 1
1
A menudo me he preguntado sorprendido con qué razones pudieron
convencer a los atenienses quienes acusaron 1 a Sócrates de merecer
la muerte a los ojos de la ciudad. Porque la acusación pública formulada contra
él decía lo siguiente: «Sócrates es culpable de no reconocer a los dioses en
los que cree la ciudad, introduciendo, en cambio, nuevas divinidades. También
es culpable de corromper a la juventud» .
2
En cuanto al
primer punto, que no reconocía a los dioses que reconoce la ciudad, ¿qué prueba
utilizaron? Porque era evidente que hacía frecuentes sacrificios en su casa,
los hacía a menudo también en los altares públicos de la ciudad, y tampoco era
un secreto que utilizaba la adivinación. Se había divulgado, en efecto, que
Sócrates afirmaba que la divinidad le daba señales, que es la razón fundamental
por la que yo creo que le acusaron de introducir divinidades nuevas.
3
Pero nada introducía más nuevo que
otros que por creer en un arte adivinatoria utilizan pájaros, voces, signos y
sacrificios. Ya que estas personas suponen no que los pájaros o los encuentros
fortuitos saben lo que conviene a los consultantes, sino que los dioses se lo
manifiestan a través de ellos, y Sócrates también lo creía
así.
4
Sin embargo, la
mayoría de las personas dicen que los pájaros y los encuentros 4 les
disuaden y les estimulan, pero Sócrates lo decía como lo pensaba, o sea, que la
divinidad le daba señales, y aconsejaba a muchos amigos suyos que hicieran unas
cosas y no hicieran otras, según las indicaciones de la divinidad, y les iba
bien a quienes le creían, pero los que no le creían se arrepentían.
5
Como quiera que
sea, ¿quién se negaría a reconocer que él no deseaba pasar por necio ni por
impostor ante sus amigos? Habría pasado por ambas cosas si, después de
anunciarse como mensajero de la divinidad, hubiera resultado falso. Por ello es
evidente que no lo habría anunciado si no hubiera creído que decía la verdad. Y
en tales asuntos, ¿quién se fiaría de otro ser sino de un dios? Y fiándose de
los dioses, ¿cómo no iba a creer que los dioses existen?
6
Pero también
trataba a sus amigos de la siguiente mañera: en los asuntos inevitables,
aconsejaba actuar como creía que tendría mejor resultado, y en cuanto a los de
resultado incierto, les enviaba a consultar al oráculo para saber lo que debían
hacer.
7
Decía
que quienes se disponen a gobernar correctamente casas y ciudades necesitaban
la adivinación, pues creía que llegar a ser carpintero, herrero, labrador,
gobernante de hombres, experto en tales actividades, contable, administrador o
comandante militar, todas son enseñanzas asequibles a la inteligencia humana.
8
Pero lo más importante de estas
actividades, decía, se lo han reservado los dioses para ellos y no dejan ver
nada a los hombres. Porque ni el que hace una buena siembra sabe quién recogerá
la cosecha, ni el que construye bien una casa sabe quién la habitará, ni para
el general está claro si su mando es útil, ni sabe el político si conviene que
esté al frente del Estado, ni el que se casa con una bella mujer para disfrutar
de ella sabe si por su culpa se sentirá desgraciado, ni quien ha conseguido
parientes influyentes en la ciudad sabe si por culpa de ellos no se verá
privado de la ciudadanía.
9
Pero quienes creían
que ninguna de estas cuestiones compete a la divinidad, sino que son propias de
la razón humana, decía que estaban locos, como por locos tenía también a
quienes consultaban el oráculo sobre materias que los dioses concedieron a los
hombres para que aprendieran a decidir (como, por ejemplo, si alguien
preguntara si es mejor contratar como cochero a uno que sepa conducir o a uno
que no sepa 5, o si es preferible contratar como piloto de una nave
a un experto o a uno que no lo sea) o lo que se puede saber con la ayuda del
cálculo, de la medida o del peso: consideraban como una impiedad consultar
tales cosas a los dioses. Decía que se debe aprender lo que los dioses
concedieron aprender a hacer, pero lo que está oculto a los mortales debemos
intentar averiguarlo por medio de los dioses, pues los dioses dan señales a
quienes les resultan propicios.
10
Por lo demás,
Sócrates siempre estaba en público. Muy de mañana iba a los paseos y gimnasios,
y cuando la plaza estaba llena 6, allí se le veía, y el resto del
día siempre estaba donde pudiera encontrarse con más gente. Por lo general,
hablaba, y los que querían podían escucharle.
11
Nadie vio nunca ni
oyó a Sócrates hacer o decir nada impío o ilícito. Tampoco hablaba, como la
mayoría de los demás oradores, sobre la naturaleza del universo , examinando en
qué consiste lo que los sofistas llaman kósmos y por qué leyes necesarias se
rige cada uno de los fenómenos celestes, sino que presentaba como necios a
quienes se preocupan de tales cuestiones.
12
En primer lugar
investigaba si tales individuos, por creer saber suficientemente las cosas
humanas, se dedicaban a preocuparse de lo referente a aquellas otras, o si,
dejando de lado los problemas humanos e investigando lo divino, creían hacer lo
que es conveniente.
13
Se sorprendía de
que no vieran con claridad que los hombres no pueden solucionar tales enigmas, ya
que incluso quienes más orgullosos están de su discurso sobre estos temas no
tienen entre sí las mismas opiniones, sino que se comportan entre ellos como
los locos.
14 Entre los locos,
en efecto, unos no temen ni siquiera lo temible, otros temen incluso lo no
temible, unos creen que ni siquiera en público es vergonzoso decir o hacer
cualquier cosa, otros creen que ni siquiera pueden aparecer entre la gente,
unos no respetan santuario, ni altar, ni ninguna cosa divina, mientras que
otros veneran piedras, el primer trozo de madera que encuentran y los animales.
Y en cuanto a los que cavilan sobre la naturaleza del universo, unos creen que
el ser es uno solo8 , otros que
es infinito en número9 , unos piensan que todo se mueve 10, otros que nada se mueve nunca 11, unos que todo nace y perece 12, otros que nada nace ni va a perecer 13.
15
También examinaba
sobre estos temas si, de la misma manera que los que han aprendido la
naturaleza humana creen que podrán aplicar lo que han aprendido en beneficio de
sí mismos o de cualquier otro que lo desee, así también los que investigan las
cosas divinas esperan, una vez que sepan por qué leyes necesarias se produce
cada cosa, poder aplicar, cuando lo deseen, vientos, aguas, estaciones y
cualquier otra cosa de éstas que necesiten. O bien si no esperan nada de ello y
les basta saber simplemente cómo se produce cada uno de estos fenómenos.
16
Esto es lo que decía de quienes
se entrometen en tales cuestiones. En cambio, él siempre conversaba sobre temas
humanos, examinando qué es piadoso, qué es impío, qué es bello, qué es justo,
qué es injusto, qué es la sensatez, qué cosa es locura, qué es valor, qué
cobardía, qué es ciudad, qué es hombre de Estado, qué es gobierno de hombres y
qué un gobernante, y sobre cosas de este tipo, considerando hombres de bien a
quienes las conocían, mientras que a los ignorantes creía que con razón se les debía llamar esclavos.
17
No es sorprendente que los jueces se equivocaran en las cuestiones en
las que no era público cómo pensaba, pero en lo que todo el mundo sabía ¿no es
extraño que no se pararan a reflexionarlo?
18
En efecto, en una ocasión en que
era consejero 14 y había prestado juramento como tal, para cumplir
con su cargo de acuerdo con las leyes, le correspondió presidir la asamblea
cuando el pueblo quiso condenar a muerte ilegalmente con una sola votación a
los nueve generales, entre los que se encontraban Trasilo y Erasínides, y él se
negó a proceder a la votación, a pesar de que la asamblea se irritó contra él y
aunque muchas personas influyentes le amenazaban. Tuvo para él más valor
mantener su juramento que congraciarse con el pueblo contra toda justicia y
protegerse de las amenazas.
19
Y es que estaba
convencido de que los dioses se preocupan de los seres humanos, pero no como la
masa cree. Pues ésta piensa que los dioses saben unas cosas y otras no,
mientras que Sócrates creía que los dioses lo saben todo, lo que se dice, lo
que se hace y lo que se debate en secreto, que están presentes en todas partes
y que dan señales a los hombres en todos los problemas de los hombres 15.
20
Por ello me
sorprende que los atenienses se dejaran convencer de que Sócrates no tenía una
opinión sensata sobre los dioses, a pesar de que nunca dijo o hizo nada impío,
sino que más bien decía y hacía respecto a los dioses lo que diría y haría una
persona que fuera considerada piadosísima.
1 El escrito de acusación contra Sócrates fue presentado al arconte rey por Meleto, apoyado por Licón y por Ánito, riquísimo curtidor y alma de la acusación, que pagó, según el escoliasta de Platón (Apol. 18a y 23e) una fuerte cantidad para que fuera el hombre de paja. Cf. también JEN., Ap. 29-31.
2 Según DIÓGENES LAERCIO (II 40), el sofista Favorino afirmaba haber visto todavía el texto en los archivos del templo de ea en Atenas. La versión que da Diógenes coincide con ésta, precedida de un encabezamiento que presenta como acusador a
Meleto. Cf. también el texto de PLATÓN, Apol. 246.
3 Para expresar ese «algo divino», como lo llama Cicerón, Jenofonte emplea el neutro tŏ daimónion, menos comprometido que
el masculino ho daímón, como un ser divino personal. Era creencia común que un genio tutelar, bueno o malo, acompañaba a
cada hombre durante su vida (PLATÓN, Fedón 107d, 108b, 113d). El Sócrates platónico habla de un genio ti daimónion, que le
advierte para que no obre en un sentido determinado. En Jenofonte, este daimónion se convierte en una divinidad anunciadora
del futuro y también indicadora de lo que se debe hacer, ajustándolo a sus propias convicciones religiosas.
4 Estos encuentros (symboioi), como en Apología 13, corresponden a un procedimiento de adivinación por interpretación de
encuentros casuales en la calle o de voces oídas casualmente, muy usado en diversos tiempos y lugares.
5Ciropedia I 6, 6.
6 Es la hora de la máxima concurrencia en el mercado, de diez a doce de la mañana.
7 Ya en las Nubes aparece Sócrates como peligrosamente absorbido por las especulaciones físicas, y Jenofonte exagera aquí su
oposición a estas especulaciones. El término «sofistas», en el amplio sentido de personas que hacían profesión de sabios, no
adquirió sentido peyorativo hasta el siglo rv.
8 Escuela eleática.
9 Escuela atomística de Demócrito.
10 Heráclito, de la escuela jónica.
11 Zenón de Elea.
12 Leucipo.
13 Doctrina eleática.
14 Miembro de! Consejo de los Quinientos, dividido en grupos de 50 (10 tribus), que se alternaban cada 35 (o 36) días para llevar, en una especie de comisión permanente, los asuntos públicos. El presidente de la comisión se designaba por sorteo entre.
16 Las posesiones de Sócrates se evalúan en el Económico (II 3) en cinco minas, que Libanio hace subir a 80. Si cada mina tenía 100 dracmas, y a su vez ésta seis óbolos, se podría calcular el capitál de Sócrates en unos mil jornales (tres óbolos diarios) que cobraban los jueces.
17 Sócrates (Platón, Apología 33) afirmó no haber sido nunca maestro de nadie. Fiel a esta idea, Jenofonte alude a «sus
acompañantes», «los que estaban con él» o «los que pasaban el tiempo con él».
que provocó una buena parte de la literatura apologética del maestro, incluidos estos Recuerdos.
19 Una parte de los magistrados se elegía por el sistema del haba, consistente en poner dos urrnas, una con habas blancas y de
color y otra con los nombres de los candidatos. Se nombraba a los que sacaban haba blanca. Aristófanes llama kuamotróx
(tragahabas) al demo ateniense.
20 Para la vida de Alcibíades pueden verse Plutarco y Cornelio Nepote. Para la de Critias, Jenofonte, Helénicas II 3 y 4, y ates, no por temor a ser sancionados o
los 50, y presidía la Asamblea del pueblo. Sobre esta actuación de Sócrates cf. Helénicas I 7, 15, y PLATÓN, Apología 32b.15 Ciropedia I 6, 46. Que dios lo ve todo es una idea que ya está en Hesíodo.
PARTE 2
Defensa a Sócrates: era en primer lugar el más austero del mundo para los placeres del amor y de la comida, y en segundo lugar durísimo frente al frío y el calor y todas las fatigas; por último, estaba educado de tal manera para tener pocas necesidades que con una pequeñísima fortuna tenía suficiente para vivir con mucha comodidad ¿Cómo entonces una persona así habría podido hacer impíos a otros o delincuentes, glotones o lujuriosos, o blandos frente a las fatigas? Más bien apartó a muchos de estos vicios haciéndoles desear la virtud e infundiéndoles la esperanza de que cuidándose de sí mismos llegarían a ser hombres de bien.
1
También me parece sorprendente que algunos se dejaran convencer de que
Sócrates corrompía a los jóvenes, un hombre que, además de lo que ya se ha
dicho, era en primer lugar el más austero del mundo para los placeres del amor
y de la comida, y en segundo lugar durísimo frente al frío y el calor y todas
las fatigas; por último, estaba educado de tal manera para tener pocas necesidades que con una
pequeñísima fortuna tenía suficiente para vivir con mucha comodidad 16.
2
¿Cómo entonces una persona así habría podido hacer
impíos a otros o delincuentes, glotones o lujuriosos, o blandos frente a las
fatigas? Más bien apartó a muchos de estos vicios haciéndoles desear la virtud
e infundiéndoles la esperanza de que cuidándose de sí mismos llegarían a ser
hombres de bien.
3
Aun
así, nunca se las dio de maestro en estas materias, pero poniendo en evidencia
su manera de ser hizo nacer en sus discípulos 17 la esperanza de que imitándole llegarían a ser como él.
4
Por lo
demás, nunca descuidó su cuerpo, y reprochaba su descuido a los que se
abandonaban. Así, desaprobaba el comer en demasía para hacer un trabajo
excesivo, pero aceptaba trabajar proporcionalmente a lo que el espíritu admite
de buen grado, pues decía que este régimen es suficientemente sano y no estorba
el cuidado del alma.
5
Tampoco era
afectado ni presumido en el vestir ni en el calzar, ni en su régimen de vida en
general. Nunca fomentaba la codicia en sus discípulos, pues además de
liberarles de otras apetencias no intentó cobrar dinero a los que deseaban su
compañía.
6
Rodeándose de esta
abstención pensaba que aseguraba su libertad. En cambio, a los que aceptaban un
salario por su conversación les acusaba de venderse como esclavos, porque se
obligaban a conversar con aquellos de quienes recibían dinero.
7
Se sorprendía de que hiciera dinero uno
que predicaba la virtud, en vez de pensar que la mayor ganancia era adquirir un
buen amigo, como si temiera que el que llegó a convertirse en hombre de bien
no fuera a sentir el mayor agradecimiento hacia quien le había hecho el mayor
favor.
8
Sócrates
nunca hizo tal ofrecimiento a nadie, pero tenía confianza en que los discípulos
que aceptaban las recomendaciones que él les hacía serían para
él y entre sí buenos amigos para toda la vida. ¿Cómo habría podido entonces un
hombre así corromper a la juventud? A no ser que el cuidado de la virtud sea
corrupción.
9
Pero,
¡por Zeus!, decía su acusador 18, Sócrates inducía a sus discípulos
a despreciar las leyes establecidas, cuando afirmaba que era estúpido nombrar a
los magistrados de la ciudad por el sistema del haba 19, siendo así
que nadie querría emplear un piloto elegido por sorteo, ni un constructor, ni
un flautista, ni a cualquier otro artesano, a pesar de que los errores
cometidos por ellos hacen mucho menos daño que ios fallos en el gobierno de la
ciudad. Tales argumentos, afirmaba el acusador, impulsan a los jóvenes a
despreciar la constitución establecida y los hacen violentos.
10
Yo, en cambio, opino que los que
practican la prudencia y se consideran capaces de dar enseñanzas útiles a los
ciudadanos son los que resultan menos violentos, porque saben que las
enemistades y los peligros son propios de la violencia, mientras que con la
persuasión se consiguen las mismas cosas sin peligro y con amistad. Los
violentados, en efecto, nos odian como si fuéramos ladrones, mientras que los
persuadidos sienten estima como si se les hubiera hecho un favor. Por
consiguiente, emplear la violencia no es propio de quienes practican la
prudencia, sino de quienes poseen la fuerza sin la razón.
11
Además, el que se arriesga a la violencia
necesita muchos valedores, mientras que quien puede persuadir no necesita
ninguno, pues él solo cree que es capaz de convencer. En absoluto se les
ocurre a tales individuos el asesinato, porque ¿quién preferiría matar a
alguien antes de tener vivo a un seguidor convencido?
12
Pero, decía su acusador, al menos dos contertulios que tuvo Sócrates,
Critias y Alcibíades 20, hicieron muchísimo daño a la ciudad. Pues
Critias fue el más ladrón y violento de cuantos ocuparon el poder en la
oligarquía, y Alcibíades, por su parte, fue el más disoluto e insolente de los
personajes de la democracia.
13
Por mi
parte, no voy a defenderles, si estos dos hicieron algún daño a la ciudad, pero
explicaré su relación con Sócrates tal como ocurrió.
14
Estos
dos hombres fueron por naturaleza los más ambiciosos de todos los atenienses,
querían que todo se hiciera por mediación de ellos y llegar a ser más famosos
que nadie. Sabían que Sócrates con poquísimo dinero vivía en tal independencia,
que era muy morigerado en todos los placeres y que a cuantos conversaban con él
los manejaba con sus razonamientos como quería.
15
Al darse cuenta los dos de ello y siendo
como hemos dicho antes, ¿podría decir alguien que aspiraban a la compañía de
Sócrates deseando participar de la vida moderada que llevaba, o porque creían
que si trataban con él llegarían a ser capacitadísimos en el arte de hablar y
obrar?
16
Porque, por mi parte, creo
que si un dios les hubiera propuesto vivir toda su vida como veían vivir a
Sócrates o morir, ambos habrían preferido más bien morir. Con su conducta se
pusieron en evidencia, pues tan pronto como se consideraron superiores a sus
compañeros, se apartaron de Sócrates y se dedicaron a la política, que es la
razón por la que le buscaron.
17
Tal vez alguien podría objetar que Sócrates debió enseñar a sus discípulos
la prudencia antes que la política. Contra ello yo no tengo nada que decir,
pero veo que todos ios maestros muestran a sus discípulos de qué manera hacen
lo que enseñan y los conducen por medio de la palabra. Sé que también Sócrates
se mostraba a sus discípulos como un hombre de bien y como tal dialogaba
bellisima mente sobre la virtud y las otras cualidades humanas.
18
También sé
que ellos dos fueron prudentes mientras estuvieron con Sócrates, no por temor a
ser sancionados o azotados, sino porque realmente creían
entonces que lo mejor era obrar así.
19
Tal vez muchos de los que se llaman filósofos podrían objetar que un
hombre justo nunca puede volverse injusto ni el prudente hacerse insolente, ni
en ninguna otra cosa objeto de aprendizaje puede nunca el que ha aprendido algo
llegar a ser ignorante de ello. Yo en este punto no estoy de acuerdo 21,
pues veo que de la misma manera que los que no han entrenado sus cuerpos son
incapaces de hacer actividades corporales, así, tampoco las actividades del
espíritu son posibles para quienes no han ejercitado su espíritu, pues no
pueden hacer lo que deben hacer ni abstenerse de lo que deben evitar.
20
Por ello procuran los padres
mantener a sus hijos, aunque sean prudentes, apartados de los hombres
perversos, en la idea de que el trato con los buenos es un ejercicio de virtud
y el trato con los malos es su ruina. Lo testimonia el poeta que dice:
De los buenos aprenderás cosas buenas, pero si te mezclas con los
malos, perderás hasta el entendimiento que tengas22. Y el
que afirma:
Un hombre bueno, unas veces es cobarde y otras valiente.
21
Yo mismo soy un
testimonio para ellos, pues veo que lo mismo que los poemas en verso se olvidan
si no se practican, así, también los discursos instructivos pasan al olvido si
no se ejercitan. Cuando se olvidan discursos didácticos, pasa al olvido también
la experiencia que siente el alma cuando desea la prudencia, y si se olvida
aquélla, no es de extrañar que se olvide también la misma prudencia.
22
Veo también que
los que se dan a la bebida o se revuelven en los placeres carnales tienen menos
capacidad para ocuparse de lo necesario y para abstenerse de lo que no tienen
que hacer. Pues muchos que podían ahorrar dinero antes de enamorarse, cuando se
enamoran ya no pueden, y una vez que han derrochado el dinero dejan de
renunciar a lucros que antes evitaban por considerarlos
vergonzosos.
23
Siendo así, ¿cómo no va a ser posible que
uno que antes era moderado pierda la moderación, y que quien antes era capaz de
obrar con justicia luego no sea capaz? Yo, por mi parte, pienso que todo lo
honroso y bueno es susceptible de entrenamiento, especialmente la prudencia,
pues implantados en el mismo cuerpo conjuntamente con el alma, los placeres tratan
de convencerla para que abandone la prudencia y se apresure a darles gusto a
ellos y al cuerpo.
24
Efectivamente, mientras
estuvieron con Sócrates, Critias y Alcibíades pudieron dominar sus malas
pasiones utilizándole como aliado, pero una vez que se apartaron de él, Critias
huyó a Tesalia y allí se reunió con hombres que anteponían la ilegalidad a la
justicia, mientras que Alcibíades, acosado a causa de su belleza por una
multitud de mujeres distinguidas, se vio corrompido por una gran cantidad de
personajes poderosos debido a su influencia en la ciudad y entre los aliados.
Honrado por el pueblo sin que le costara ningún esfuerzo destacar, lo mismo que
los atletas que consiguen fácilmente ser los primeros en los certámenes
gimnásticos y descuidan su entrenamiento, así, también él se descuidó de sí
mismo.
25
Al juntarse en ellos dos
estas circunstancias, hinchados de orgullo por su estirpe, ufanos de su riqueza,
envanecidos por su influencia, enervados por las muchas adulaciones,
corrompidos por todas estas circunstancias y largo tiempo separados de
Sócrates, ¿qué tiene de extraño que se volvieran tan soberbios?
26
Además, si cometieron algún delito, ¿ha
de culpar de ello el acusador a Sócrates? ¿No le parece al acusador que es
digno de elogio el hecho de que siendo jóvenes, cuando es lógico que fueran más
insensatos e intemperantes, Sócrates los hiciera discretos? Sin embargo, no se
juzga así en general.
27
Porque ¿qué
flautista, qué citarista, qué otro maestro será considerado culpable si,
después de formar a sus discípulos, éstos se van con otros maestros y se
adocenan? ¿Qué padre, si su hijo alterna con un amigo y se hace sensato, y
luego con otro se hace malo, acusará al primero? ¿No elogia tanto más al
primero cuanto peor se haya
vuelto con el segundo? Ni siquiera los propios padres que conviven con sus
hijos, cuando éstos se descarrían, se consideran responsables, si ellos mismos
siguen llevando una vida moderada. Así sería justo juzgar a Sócrates.
28
Si él mismo cometía alguna mala acción, podía
lógicamente ser considerado perverso, pero si pasó su vida siendo prudente,
¿cómo podría en justicia ser responsable de una maldad que no tenía?
29
Pero
si, aun no haciendo nada perverso él mismo, aprobara las malas acciones que les
viera cometer, con razón sería objeto de censura. Pues bien, al tratarse en
cierta ocasión de que Critias estaba enamorado de Eutidemo 23 y
trataba de aprovecharse de él como los que se aprovechan de los cuerpos para
los placeres amorosos, intentaba apartarle diciendo que era indigno de un
hombre libre e impropio de un hombre de bien requerir al enamorado, a cuyos
ojos deseaba parecer muy digno, suplicando y pidiendo como los mendigos una
limosna que encima no es buena.
30
Y
como Critias no atendía tales sugerencias ni se dejaba convencer, se dice que
Sócrates en presencia de otros muchos y del propio Eutidemo dijo que le parecía
que a Critias le ocurría lo que a los cerdos, porque estaba deseando rascarse
contra Eutidemo como los cerdos contra las piedras.
31
Desde entonces, Critias odiaba a
Sócrates, hasta el punto que, cuando llegó a ser uno de ios Treinta y redactor
de leyes 24 con Caricles, se acordó de él y entre las leyes dictó
una prohibiendo enseñar el arte de la palabra, tratando así de insultar a Sócrates
sin tener por donde cogerle, más que atribuyéndole lo que la mayoría echa en
cara a los filósofos 25» y calumniarlo ante la multitud. Porque ni
yo mismo oí nunca tal cosa a Sócrates ni supe de ningún otro que lo dijera.
32
Pero la verdad se puso en evidencia,
porque, cuando los Treinta condenaron a muerte a un
gran número de ciudadanos de los más respetables e impulsaban a muchos al
delito, Sócrates dijo que le parecería sorprendente que un pastor de vacas 26
que hiciera menguar y empeorar su ganado no reconociera que era un mal vaquero,
pero más sorprendente todavía que un político que hiciera menguar y empeorar a
los ciudadanos no se avergonzara ni reconociera que era un mal gobernante.
33
Cuando les llegó esta observación, Critias y Caricles mandaron llamar a
Sócrates, le mostraron la ley y le prohibieron dirigirse a los jóvenes.
Entonces preguntó Sócrates si podía pedir una aclaración en el caso de no haber
entendido algún punto de las normas.
34
Ellos respondieron que sí. «Pues bien», dijo Sócrates, «estoy dispuesto
a obedecer las leyes, pero para no infringirlas por ignorancia, sin darme
cuenta, quiero saber con claridad una cosa de vosotros, si creéis que el arte
de la palabra del que me mandáis abstenerme es el del razonamiento correcto o
el del razonamiento incorrecto. Porque si se trata del razonamiento correcto,
es evidente que habría que abstenerse de hablar correctamente, y si es del
incorrecto, está claro que hay que intentar hablar correctamente».
35
Entonces, Caricles, irritándose,
le dijo:
—
Puesto que eres un ignorante, Sócrates, te
hacemos una prohibición que es más fácil de entender: te prohibimos
terminantemente hablar con los jóvenes.
Y
Sócrates:
—
Entonces, para que no haya ninguna duda de que
no hago nada fuera de lo prohibido, precisadme hasta cuántos años hay que
considerar jóvenes a los hombres.
Caricles
dijo:
—
En tanto no pueden pertenecer al Consejo por
no ser todavía juiciosos. No hables con personas más jóvenes de treinta años.
—
36
Y en el
caso de que quiera comprar algo, si el vendedor no
tiene aún treinta años, ¿puedo preguntarle cuánto pide?
—
Eso sí, dijo Caricles. Es que tú, Sócrates,
tienes la costumbre de preguntar cosas que en su mayoría ya sabes cómo son.
Esto es lo que no debes preguntar.
—
En ese caso, dijo, ¿no debo responder si algún
joven me pregunta algo que yo sé, por ejemplo dónde vive Caricles o dónde está
Critias?
—
Eso al menos sí, dijo Caricles.
37
Y Critias dijo:
—
En cambio tendrás que abstenerte de los
zapateros, carpinteros y herreros 27, pues creo que ya los tienes
desgastados y ensordecidos.
—
Entonces, dijo Sócrates, ¿pasa lo mismo
también con lo que les atañe, lo justo, lo piadoso y otras cosas por el estilo?
—
Sí, por Zeus, exclamó Caricles, y también con
los vaqueros, pues de lo contrario procura no menguar tú también las vacas.
38
Asi quedaba en
evidencia que les habían contado el cuento de las vacas y estaban indignados
con Sócrates.
Queda dicho con
ello cuál era la amistad entre Critias y Sócrates y cuáles sus mutuas
relaciones.
39
Yo añadiría que no
hay educación posible recibida de un maestro que no agrada. Ahora bien, todo el
tiempo que alternaron con él, Critias y Alcibíades no tuvieron relaciones con
Sócrates porque Sócrates les agradara, sino que desde el mismo principio toda
su ambición iba dirigida al gobierno de la ciudad, y mientras estaban con él,
sólo intentaban conversar con los más destacados políticos.
40
Así se cuenta que Alcibíades,
cuando aún no tenía veinte años, mantuvo con Pericles, que era su tutor y
estaba al frente de la ciudad, la siguiente conversación sobre las leyes:
—
41 Dime,
Pericles, ¿podrías explicarme qué es una ley?
—
Sin duda, respondió Pericles.
—
¡Enséñamelo, por los dioses!, dijo Alcibíades.
Pues cuando yo oigo que se alaba a algunas personas que respetan las leyes,
pienso que no debería recibir en justicia este elogio uno que no sabe qué es
una ley.
42
No deseas nada difícil,
Alcibíades, dijo Pericles, cuando quieres saber qué es una ley. Porque son
leyes todo lo que el pueblo reunido en asamblea y mediante acuerdo ha decretado,
diciendo lo que se debe hacer y lo que no.
—
¿En el sentido de que se debe hacer lo bueno o
lo malo?
—
Lo bueno, por Zeus, muchacho, no lo malo.
—
43 Y si no
es el pueblo, sino que, como ocurre en la
oligarquía, unos pocos reunidos decretan lo que hay que hacer, ¿qué es esto?
—
Todo cuanto el poder deliberante de la ciudad
decide que hay que hacer se llama ley.
—
Pero si un tirano que domina la ciudad decreta
lo que deben hacer los ciudadanos, ¿también eso es ley?
—
También lo que el tirano en el ejercicio del
gobierno decreta, también eso se llama ley.
—
44 ¿Qué es
entonces la violencia y la ilegalidad, Pericles? ¿No es cuando el más fuerte
obliga al más débil, sin persuadirle, a hacer lo que a él le parece?
—
Al menos es lo que yo creo, dijo Pericles.
—
Entonces, cuantas acciones obliga a hacer un
tirano, sin persuadir a los ciudadanos, ¿es ilegalidad?
—
Yo creo que sí, dijo Pericles, y en ese caso
retiro lo de que es ley cuanto ordena un tirano prescindiendo de la persuasión.
—
45 Y lo que
unos pocos decretan sin convencer a la mayoría,
sino porque tienen la fuerza, ¿diremos qye es violencia o lo negaremos?
—
Yo creo que todo lo que uno obliga a hacer a
alguien sin convencerle, tanto si lo decreta como si no, es violencia más que
ley, dijo Pericles.
—
Entonces, lo que la multitud en pleno,
ejerciendo su poder sobre los que tienen dinero, decreta sin utilizar la persuasión,
sería más violencia que ley.
—46 Verdaderamente, Alcibíades, dijo
Pericles, también nosotros cuando teníamos tu edad éramos muy agudos en estas
cuestiones, pues nos ejercitábamos haciendo sofismas como los que me parece que
tú ahora estás practicando.
Dicen que
Alcibíades respondió a esto:
—
¡Ojalá me hubiera relacionado contigo,
Pericles, cuando estabas en la cumbre de tu agudeza!
47 Pues
bien, tan pronto como creyeron ser superiores a los políticos dirigentes de la
ciudad, ya no se acercaron más a Sócrates, porque, aparte de que no le tenían simpatía, cada
vez que se acercaban a él les molestaba que les examinara de los errores que
cometían. Se dedicaron a la política, que era la razón por la que habían
acudido a Sócrates.
48 En cambio, Critón era un compañero de Sócrates, como Querefonte,
Querécrates, Hermógenes, Simias, Cebes, Fedondas28 y otros que se
reunían con él, no para convertirse en oradores de la asamblea o judiciales,
sino para llegar a ser hombres de bien y poder tener una buena relación con su
familia, con el servicio, sus parientes y amigos con la ciudad y sus
conciudadanos. Y ninguno de ellos, ni de joven ni de mayor, hizo mal alguno ni
incurrió en ninguna acusación.
49
Pero Sócrates,
decía el acusador, enseñaba a ultrajar a los padres29, persuadiendo
a sus amigos de que los hacía más sabios que sus padres, afirmando que, según
la ley, podían incluso atar a su padre convicto de locura, empleando como
argumento que era lícito que el más sabio encadenara al más ignorante.
50
En realidad,
Sócrates creía que quien encadenaba a otro por ignorancia, él mismo debería en
justicia ser encadenado por los que saben lo que él mismo no sabe. Por este
motivo, con frecuencia examinaba en qué se diferencia la ignorancia de la
locura y consideraba el que los locos fueran atados como algo conveniente para
ellos mismos y para sus amigos, y que los que ignoraban las cosas necesarias
era justo que las aprendieran de quienes las sabían.
51
Pero Sócrates,
decía el acusador, hacía que no sólo los padres sino también los otros
allegados fueran despreciados por los que trataban con él afirmando que ni a
los enfermos ni a los encausados les sirven de ayuda sus parientes, sino los
médicos a los primeros y a los otros los que saben defender en un juicio.
52 Decía también de
los amigos que su benevolencia no sirve de nada, a no ser que puedan ser
útiles. Únicamente merecen consideración, decía, los que saben lo necesario y
son capaces de explicarlo. Y así, como trataba de convencer a los jóvenes de
que él era el más sabio y también el más capaz de hacer sabios a los otros,
disponía de tal manera a sus adeptos que entre ellos los demás no eran nada en
comparación con él.
53 Ahora bien, yo sé
que empleaba este lenguaje refiriéndose a los padres, a los demás parientes y
amigos. Y a esto añadía que cuando ha salido el alma, única sede de la
inteligencia, sacan cuanto antes el cuerpo, aunque sea el más querido, y lo
hacen desaparecer.
54 Decía que todo
hombre, mientras vive, aparta personalmente de su propio cuerpo, que estima
sobre todas las cosas, y se lo da a otro, lo que considera innecesario e
inúltil. Se deshacen de sus propias uñas, sus cabellos, los callos, se dejan
sajar y quemar por los médicos entre sufrimientos y dolores y creen que, en
agradecimiento, incluso deben pagar honorarios. Escupen la saliva de la boca lo
más lejos que pueden, porque dentro no les sirve de nada, sino que más bien les
perjudica.
55 Ahora bien, cuando
decía esto no estaba dando lecciones para enterrar al padre vivo o
auto mutilarse, sino tratando de explicar que lo absurdo es indigno de estima, y
exhortaba a preocuparse para ser lo más razonable y útil posible, con el fin de
que, si alguien quiere tener la consideración de su padre o de otro cualquiera,
no debe descuidarse confiando en el parentesco, sino que debe intentar ser útil
a aquellos cuya estima desea.
56 También decía el
acusador que Sócrates había seleccionado los pasajes más perversos de los
poetas más ilustres, y, empleándolos como testimonio, enseñaba a sus discípulos
a ser malvados y despóticos. De Hesíodo* citaba lo de que
El trabajo no es ninguna vergüenza,
la ociosidad es vergüenza 330.
El acusador
pretendía que Sócrates citaba este verso haciendo ver que el poeta exhorta a no
abstenerse de ningún trabajo, ni injusto ni vergonzoso, sino a hacer también
éstos con vistas a la ganancia.
57
Pero
aunque Sócrates había reconocido que el ser trabajador es útil y bueno para el
hombre y ser vago es perjudicial y malo, o sea, que el trabajo es una bendición
y la ociosidad una desgracia, también decía que trabajan los que hacen algo
bueno y son buenos trabajadores, mientras que a los que juegan a los dados o
realizan alguna otra ocupación mala o sancionable los llamaba vagos. En este
sentido podría ser correcto el verso de que
El trabajo no es ninguna vergüenza,
la ociosidad es vergüenza.
De Homero
afirmaba el acusador que Sócrates citaba con frecuencia aquel pasaje en el que
muestra cómo Ulises 31
- Cada vez que encontraba a un rey y a un hombre distinguido,
- colocado ante él lo detenía con palabras suaves:
- Ilustre, no está bien que sientas miedo como un cobarde,
- Antes bien,
siéntate y haz que los pueblos se
sienten.
- Pero cuando veía a un hombre del pueblo y lo encontraba [gritando,
- golpeábale con el cetro y le increpaba con palabras:
- ¡Desdichado!,
siéntate en silencio y escucha las
palabras [de otros
- que son más poderosos que tú. Tú eres
pacífico y débil,
- no cuentas en
la guerra ni en el consejo.
Decía que
explicaba este pasaje dando a entender que el poeta elogiaba el que se golpeara
a los hombres pobres del pueblo.
59
Pero
Sócrates no quería decir tal cosa, porque en otro caso habría pensado que él
mismo debía ser golpeado. Decía más bien que las personas que no son útiles ni
de palabra ni de obra, incapaces de ayudar al ejército, a la ciudad y al propio
pueblo en caso necesario, sobre todo si encima son atrevidos, deben ser
castigados por
todos los medios, por muy ricos que sean.32
60
Sócrates, por el contrario, era evidentemente un
hombre popular y amigable, pues a pesar de tener numerosos discípulos,
extranjeros y ciudadanos, nunca sacó dinero de este trato, sino que a todos Ies
hacía partícipes de sus bienes con prodigalidad. Algunos de ellos, después de
recibir de él gratis algunas cosas insignificantes, las vendieron a buen precio
a otros y no se mostraron como él amigos del pueblo, sino que se negaban a
tratar con quienes no tenían dinero.
61
De modo que Sócrates ante los ojos de todo el mundo
fue orgullo de la ciudad, mucho más que Licas lo fue para Esparta, y se hizo
famoso por ello. Porque Licas recibía en su mesa a los extranjeros que acudían
a Esparta en las Gimnopedias 33, y Sócrates, en cambio, a lo largo de toda su vida
fue generoso con su hacienda y prestó los mayores servicios a todos los que lo
deseaban, pues despedía perfeccionados a los que acudían a él.
62 En mi
opinión, Sócrates con su manera de ser era más digno del respeto de la ciudad
que de muerte. A esta conclusión llegaría quien lo examinara desde el punto de
vista legal. Según las leyes, si alguien es convicto de ladrón, roba vestidos,
cortabolsas, rompeparedes, traficante de esclavos o saqueador de templos, su
castigo es la pena de muerte. Pero nadie más alejado de estos crímenes que
Sócrates.
63
Nunca fue culpable ante
la ciudad ni de una guerra desastrosa, ni de una revuelta o una traición ni
ningún otro daño. Tampoco en privado sustrajo bienes a nadie, ni le complicó en
algún mal ni fue nunca acusado de alguno de los crímenes citados.
64
En ese caso, ¿cómo se le podría implicar
en la acusación? Un hombre que en vez de no creer en los dioses, como estaba
escrito en la acusación, era evidente que rendía culto a los dioses más que
nadie, y que en vez de corromper a la juventud, como le echaba en cara el
acusador, era indudable que reprimía las malas pasiones de sus discípulos y los
inclinaba a desear la más
bella y más magnífica de las virtudes, por la que se gobiernan a la perfección
ciudades y casas. Y si hacía tales cosas, ¿cómo podría no ser digno del mayor
honor ante los ojos de la ciudad?
21 Ciropedia VII 5, 75. Alude a Antístenes.
22 Teognis, 35-36. Jenofonte lo pone en boca de Sócrates en Simposio II 4 y Platón, en Menón 95d. El hexámetro siguiente es
de autor desconocido.
23 Este hermoso Eutidemo (cf. IV 4) no debe confundirse con Eutidemo de Quíos, el sofista.
24 El «nomoteta» era un miembro de la comisión en la que se discutían los proyectos de ley nueva o reforma y supresión de las
existentes.
25 Es decir, hacer bueno el discurso malo. En Platón, Apología 19b, Sócrates alude a Aristófanes (Nubes) como autor de este
cargo contra él. Aristóteles, Retórica B 24, 11, relaciona esta práctica con el nombre de Protágoras.
26 Ciropedia VIII 2, 14.
27 Ciropedia VII 2, 57.
28 Los hermanos Querofonte y Querécrates aparecen también en II 3, III 3 y 47, y Querefonte en la Apología 14. Hermógenes
aparece también en Apología y Banquete. Todos ellos, menos Querefonte, muerto con anterioridad, son conocidos por su lealtad
a Sócrates en los días de su muerte.
29 Esta acusación aparece ya en Nubes 1321 y sigs., donde Fidípides apalea a su padre después de haber asistido a la escuela
socrática y refleja un conflicto entre autoridad y conciencia, más bien expuesto confusamente aquí por Jenofonte.
* En la traducción de Gredos aparece, por errata, Heródoto.
30 Trabajos y días 311. Hay una ambigüedad gramatical, pues puede leerse que «el trabajo no es ninguna afrenta» o que «ningún trabajo es afrenta». Los acusadores de Sócrates lo interpretan como «ninguna obra es vergonzosa, ni las malas acciones, con tal de hacer algo».
31 Ilíada II 188-191 y 198-202.
PARTE 3
1
Y
ahora, como Sócrates me parecía que ayudaba a sus discípulos, unas veces
mediante acciones que mostraban su manera de ser y otras dialogando con ellos,
voy a presentar por escrito todos los ejemplos que recuerdo de ello. En lo que
se refiere a los dioses, hablaba y actuaba evidentemente de acuerdo con las
respuestas de la Pitia a los que preguntaban cómo se debe proceder en materia
de sacrificios, el culto a los antepasados o sobre alguna otra cosa de este
tipo. La respuesta de la Pitia, en efecto, es que se obra piadosamente si se
actúa de acuerdo con las leyes de la ciudad.
Sócrates procedía de esta manera y
lo recomendaba a los otros, pero consideraba indiscretos y necios a los que
obraban de otra manera.
2
Pedía
simplemente a los dioses que le concedieran bienes, en la idea de que los
dioses saben perfectamente cuáles son tales bienes: creía que quienes piden
oro, plata, poder absoluto, o alguna otra cosa parecida, no piden nada distinto
de una jugada de dados, una batalla o cualquier otra cosa cuyo resultado sea
evidentemente incierto.34
3
Y
cuando ofrecía sacrificios modestos,
según sus modestas posibilidades, no creía quedar por debajo de quienes con
grandes fortunas ofrecen numerosos y magníficos sacrificios. Porque ni estaría
bien que los dioses se mostraran más complacidos con grandes sacrificios que
con sacrificios pequeños (pues a menudo les resultarían más gratas las ofrendas
de los malvados que la de los buenos), ni para los hombres valdría la pena
vivir si las ofrendas de los malvados fueran más gratas a los dioses que las de
los buenos. Por el contrario, Sócrates creía que los dioses se complacían más
con los homenajes de las personas más piadosas, y elogiaba la siguiente
sentencia:
- En la medida de tus fuerzas, haz sacrificios a los dioses inmortales 35
Decía que «en la medida de tus
fuerzas» era una hermosa recomendación tanto con los amigos como con los
enemigos y en las circunstancias de la vida en general.
4
Si le parecía que le venía alguna señal de
los dioses, se habría dejado convencer para obrar contra sus indicaciones menos
que si alguien hubiera tratado de convencerle de que contratara para un viaje a
un guía ciego o que no conociera el camino, en vez de uno que viera y lo
supiera. Acusaba de locura a cuantos hacen algo contra las señales de los dioses
tratando de protegerse de la impopularidad humana. Él, en cambio» despreciaba
todas las opiniones humanas comparadas con el consejo de la divinidad.
5
En
cuanto al régimen de vida, había educado su espíritu y su cuerpo de tal manera
que podía vivir con confianza y seguridad, si no ocurría nada extraordinario,
sin carecer de recursos para tan pocos gastos. Era, en efecto, tan frugal que
no sé si alguien habría podido trabajar tan poco como para cobrar lo que le
bastaba a Sócrates. Sólo comía lo necesario para comer a gusto y se dirigía a
las comidas dispuesto de tal modo que el apetito le servía de golosina. En
cuanto a la bebida, toda le resultaba agradable, porque no bebía si no tenía
sed.
6
Y si alguna vez le invitaban y
se mostraba dispuesto a acudir a una cena, lo que para la mayoría es más
difícil, es decir, evitar llenarse hasta la saciedad, él lo resistía con la
mayor facilidad. Y a los que no podían seguir esta conducta les aconsejaba
evitar los aperitivos que empujan a comer sin tener hambre y a beber sin tener
sed, porque aseguraba que alteran el estómago, la cabeza y el alma.
7
Y añadía en broma que él creía que Circe
convertía a la gente en cerdos 36 invitándola con estos manjares en
abundancia, y que Ulises, gracias a las advertencias de Hermes, con su
autocontrol, y absteniéndose de probar tales manjares hasta la saciedad, no se
había convertido en cerdo.
8
Así
bromeaba sobre este tema, al tiempo que lo razonaba seriamente.
En cuanto a los placeres sexuales,
aconsejaba abstenerse resueltamente de las personas bellas, ya que no era fácil
disfrutarlas y conservar la sensatez. Un día que se enteró de que Critobulo, hijo
de Critón 37, había besado al hijo de Alcibíades, que era un hermoso
muchacho, preguntó a Jenofonte en presencia de Critobulo:
9
— Dime, Jenofonte,
¿no creías tú que Critobuio era un hombre sensato más que atrevido y más
prudente que insensato y temerario?
—
Desde luego, dijo Jenofonte.
—
Entonces, a partir de ahora considéralo el
hombre más fogoso y atolondrado, que sería capaz de dar volteretas sobre
cuchillos de punta y de saltar en el fuego.
10
— ¿Y qué le has
visto hacer para que le condenes
de esa manera?, dijo Jenofonte.
—
¿Pues no se atrevió a darle un beso al hijo de
Alcibíades, que es guapísimo y muy atractivo?
—
Entonces, dijo Jenofonte, si tal es su hazaña
temeraria, creo que yo también correría ese peligro.
11
— ¡Desgraciado!,
dijo Sócrates, ¿y qué crees que te pasaría después de darle un beso a una
belleza? ¿No serías al punto esclavo en vez de libre, derrocharías mucho dinero
en placeres funestos, no te quedaría tiempo para pensar en nada noble y
hermoso, y en su lugar te verías obligado a tomar en serio cosas por la que ni
un loco lo haría?
12
— ¡Por Hércules!, dijo Jenofonte, ¡qué alarmante poder concedes a un
beso!
—
¿Y ello te sorprende?, dijo Sócrates. ¿No
sabes que las tarántulas38, que no tienen el tamaño de medio óbolo,
sólo con tocar con la boca hacen polvo con sus dolores a las personas y les
quitan el sentido?
—
Sí, por Zeus, dijo Jenofonte, porque la
tarántula inocula algo con el mordisco.
—
¿Y tú crees, so necio, que los muchachos
bellos no inoculan nada cuando besan, aunque tú no lo veas?
13
¿No sabes que esa fierecilla que llaman hermosa y atractiva es tanto más terrible que
las tarántulas, porque éstas contactan, mientras que el otro sin ni siquiera
tocar, si alguien lo mira aunque sea de lejos, inocula algo que hace
enloquecer? (Tal vez por eso se da el nombre de arqueros a los amores, porque
los muchachos hermosos hieren incluso de lejos.) Por ello te aconsejo,
Jenofonte, que cada vez que veas a un muchacho bello huyas precipitadamente.
Y a ti, Critobulo, te
aconsejo que te vayas al extranjero por un año, porque tal vez a duras penas
durante ese tiempo puedas curarte del mordisco...
14
Así pues, en lo
referente a los placeres carnales pensaba que quienes no se sienten seguros
frente a ellos debían entregarse en circunstancias en que, sin necesitarlo en
absoluto el cuerpo, el alma no los aceptaría, o, necesitándolo el cuerpo, no le
plantearían problemas. En cuanto a él, estaba evidentemente tan bien preparado
que se abstenía con más facilidad de los jóvenes más bellos y atractivos que
los demás de los más feos y desgraciados.
15
Tal era su
disposición respecto a la comida, la bebida y los placeres del amor, y creía
que disfrutaba de manera no menos suficiente que quienes se toman muchos
trabajos por ello, y que él iba a tener menos preocupaciones.
PARTE CUARTA
1
Y si algunos
piensan de Sócrates 39, de acuerdo con una 4 opinión
que se ha expuesto por escrito acerca de él, basándose en conjeturas, que fue
el mejor para exhortar a los hombres a la virtud, pero que, en cambio, no fue
capaz de llevarlos hasta ella, que consideren no sólo las preguntas que a modo
de castigo hacía para refutar a los que creen saberlo todo, sino también las
conversaciones que tenía en su trato diario con sus acompañantes, para examinar
si era capaz de hacer mejores a los que le seguían.
2
En primer lugar, contaré la
conversación que le oí mantener un día acerca de la divinidad con Aristodemo 40,
al que apodaban el enano. Al enterarse de que
éste no hacía sacrificios a los dioses ni consultaba la adivinación, sino que
incluso se burlaba de quienes lo hacían, le dijo:
—Dime,
Aristodemo, ¿hay personas a las que tú admires por su sabiduría?
—
Desde luego.
—
Desde luego.
3 — Dinos sus
nombres.
—
En la poesía épica admiro sobre todo a Homero,
en el ditirambo a Melanípides 41, en la tragedia a Sófocles, en la
escultura a Policleto y en la pintura a Zeuxis.
4 — ¿Y quiénes te
parecen más dignos de admiración, los que crean imágenes irracionales y sin
movimiento, o los que hacen seres inteligentes y activos?
—
¡Por Zeus! Con mucho prefiero a los que crean
seres vivos, a no ser que se produzcan por azar y no en virtud de un proyecto
inteligente.
—
Y entre las cosas que es imposible conjeturar
con qué fin están hechas y las que evidentemente tienen una utilidad, cuáles
crees que son obra del azar y cuáles de la inteligencia?
—
Parece lógico que las que tienen una utilidad
son obra de una inteligencia.
5 — ¿Y no te parece
entonces que quien desde el principio ha creado hombres les añadió con fines
utilitarios órganos con los que experimentaran sensaciones, ojos para que
pudieran ver lo visible, oídos para oír lo audible? Y en cuanto a los olores,
¿qué utilidad habrían tenido para nosotros si no hubiéramos sido provistos
además de nariz? ¿Qué sensación habríamos tenido de lo dulce, de lo picante y
de todos los placeres del gusto si no se hubiera creado la lengua para
discernirlos?
6
Además de eso, ¿no te parece obra de providencia que siendo la vista
algo delicado se la haya cerrado con párpados, que se abren cuando hay que
utilizarla, mientras que están cerrados durante el sueño y que, para que los
vientos tampoco la dañen, se hayan implantado como una criba las pestañas y que
se haya rebordeado con cejas la parte superior de los ojos, para que ni
siquiera el sudor de la frente los perjudique? ¿Y que el oído reciba todos los sonidos, pero nunca se llene de
ellos? ¿Y que los dientes de delante en todos los animales tengan capacidad de
cortar y los molares en cambio sean adecuados para machacar lo que reciben de
aquéllos? ¿Y que la boca, por la que los animales mandan dentro cuanto apetecen,
esté colocada cerca de los ojos y de la nariz, y en cambio, como las
deyecciones nos repugnan, hayan desviado sus conductos y los hayan llevado lo
más lejos posible de los sentidos? Estas cosas, tan providencialmente
preparadas, ¿todavía dudas sin son obra del azar o de la inteligencia?
7 —¡No, por Zeus!
dijo Aristodemo. Más bien, examinado de esa manera, parece totalmente obra de
un artesano entendido y amigo de los seres vivos.
¿Y el haber
infundido el deseo de tener hijos y en las madres el deseo de criarlos y en las
crías un amor grandísimo a la vida y un tremendo temor a la muerte?
Indudablemente,
todo eso tiene aspecto de ser cosa de alguien que ha decidido que haya seres
vivos.
8 — ¿Tú mismo crees que hay algo racional en ti?
—Pregunta
y te responderé.
—Y fuera de ti
¿no crees que haya nada racional? Y aun sabiendo que tienes en tu cuerpo una
pequeña parte de la tierra, que es mucha, y de la humedad, que es tan grande,
sólo tienes una pequeña porción, y sin duda de cada uno de los otros elementos,
que, siendo grandes, sólo has asumido una pequeña parte para ensamblar tu
cuerpo. Aun así, ¿crees haber acaparado, por una especie de buena suerte, la
inteligencia, que es lo único que no está en ninguna parte, y estos elementos
infinitos en número y grandeza te imaginas que se mantienen en orden sin una
inteligencia?
9 — ¡Por Zeus!, es que no veo a los responsables como veo a los artífices
de lo que aquí se produce.
—Tampoco ves tu
propia alma42, que es responsable del cuerpo; según eso, también
puedes decir que no haces nada con inteligencia, sino todo al azar.
10 Y Aristodemo dijo:
—No,
Sócrates, yo no desprecio la divinidad, pero sí creo que es demasiado elevada
como para necesitar de mi culto.
—Precisamente,
dijo Sócrates, cuando más elevada te parezca para ser digna de tus servicios,
tanto más debes honrarla.
11 — Puedes estar convencido de que si yo creyera que los dioses se
preocupan algo de los hombres, no me desentendería de ellos.
—
Entonces ¿no crees que se preocupan? Ellos que, lo primero, entre todos los
seres vivos sólo al hombre ío pusieron erguido, y esa postura erecta permite
que pueda ver más lejos, mirar mejor las cosas que están por encima de él y
estar menos expuestos a sufrir daños en la vista, el oído y la boca; además, si
a los otros animales terrestres les dieron pies que sólo les permiten andar, al
hombre le añadieron manos, gracias a las cuales lleva a cabo acciones con las
que es más feliz que aquéllos.
12