miércoles, 25 de octubre de 2023

capitulo 23, Epílogo, una Vida Muchas vidas.

 

Epílogo

En este momento, estoy en Florencia, Italia. Veo por mi ventana un callejón estrecho, vacío, en adoquín. El silencio arropa a la ciudad. La gente está encerrada en sus casas porque a las diez de la noche, la hora local, hay toque de queda. El apartamento donde me estoy quedando con mi esposa y mi hija es sencillo, frugal: consiste en una pieza, una sala y un baño. El edificio es viejo, ubicado casi encima del río Arno. Las aguas están creci­das porque se aproxima el invierno. La historia de Florencia se respira en el aire que se cuela por la ventana. A pesar de ser una ciudad pequeña, su pasado es enorme. Aquí nació el capitalismo.


Las familias más ricas del mundo vivieron acá. Había muchos banqueros, que se hicieron muy ricos por el comercio. Ellos financiaron las escuelas del arte del Renacimiento. Le pagaban la vida a una serie de artistas que hoy son de talla universal, como Miguel Ángel, Leonardo o Rafael. También en esa época vivió y murió Maquiavelo. Esa intelectualidad, esa cultura, se construyó sobre una base financiera que les ofreció una independencia terrenal para que ellos se centraran en la producción. En otras palabras, ese momento de oro en el pensamiento humano exis­tió sobre un excedente económico. Ese es el origen del capitalismo.


Florencia ha sido bendecida en términos de la pandemia. Mientras que el norte del país ha sido literalmente asolado, aquí la entrada del Covid-19 ha sido benigna, porque es una ciudad turística. Por lo general, por las calles de Florencia caminan 15 millones de turistas; en este momento solo han llegado 80.000. Eso, por supuesto, implica un quiebre económico, pero también por eso la incidencia del virus ha sido menor que, por ejemplo, en Bogotá o en Londres.

Mientras transito la ciudad, hoy fantasmal, no dejo de pen­sar en la relación entre el virus y el capital. Si uno hace una geo­grafía de los grandes centros del capital y mide la presencia del virus, se da cuenta de que coinciden. La razón es básica: el capi­tal necesita una circulación de personas. Durante estos últimos días he tenido la oportunidad de volver a leer El capital de Marx. Lo había leído por primera vez en la universidad, cuando estu­dié Economía en el Externado. En este momento, quise volver a sus páginas para reflexionar sobre el cambio climático y su relación con el Covid-19. El capital permite eso: es una de esas obras cumbre de la humanidad que adquieren diferentes mati­ces dependiendo de cuándo y en qué contexto se aprecien.

Lo mismo ocurre con la Biblia y algunos libros de Hegel, que son parte de nuestra herencia como latinoamericanos que lee­mos el pensamiento europeo. Porque nosotros no hemos tenido la oportunidad de leer otras fuentes que también hacen parte de nuestra herencia, como el pensamiento africano, árnbc o indi gena. Realmente no hemos sido capaces de construir un diálogo con el sur del mundo. En cierta forma, la élite revolucionaria lati­noamericana se creó así, a partir de un diálogo con los france­ses. Por esa vía se construyeron nuestras repúblicas. En los últimos años, la izquierda ha ampliado un poco el panorama, pero seguimos hablando, sobre todo, con Europa. Y El capital de Marx, sin duda, hace parte de esa tradición.

Ahora, ¿qué percibe uno al leer esa obra viviendo en Flo­rencia? Para Marx, el capital es un fluido que circula y se acu­mula, cada vez más grande, sobre la base del trabajo ajeno. Es un plus valor que crece interminable e indefinidamente, como una especie de huracán que amplía cada vez más su radio y que necesita circular. Pero esa circulación no es solo de mercancías, sino de gente. Y ese es hoy el mundo del capital: una gran agio - meración de gente, apiñada en talleres, en mercados, en una larga cadena para transportar bienes. El virus del Covid-19, al igual que todos los que han surgido en los últimos años, son los hijos directos de ese modelo. No surgieron porque algún explo­rador, creyéndose Robinson Cnsoe, se metió en la selva y se los encontró por accidente. No. Son el producto de las grandes ganaderías, que son justamente grandes para disminuir el pre­cio unitario de la carne, sea de res, de pollo, de cerdo; en todo caso, el alimento de la fuerza de trabajo en el mundo. Porque el capital, para crecer su excedente y su riqueza, necesita dismi­nuir el valor, no la cantidad.

Existen personas que han vulgarizado la discusión diciendo que el problema es la cantidad, que los trabajadores se van a morir de hambre. Pero no. El problema es el valor relativo de la fuerza de trabajo frente al valor relativo del plus valor. Mejor dicho, el excedente, que es lo que busca el capital. Un empresario puede tener 10.000 reses quietas en una finca en Estados Unidos o en Europa. Pero la comida tiene que ser llevada de las grandes plan­taciones de soya en Bolivia o en Argentina. Entonces se usan buques transatlánticos. Con la comida, las reses se engordan quie­tas y, después de matarlas, su carne sale en otras tractomulas a los restaurantes, a los mercados. Eso pasa también con los pollos, los cerdos, con varias especies. Y es justamente en esas ganaderías estancadas donde se desarrolla el contacto con ciertos animales que vienen de la montaña, no han tenido contacto con el ser humano y que muerden a un empleado, depositando el virus.


Por eso el Covid-19, que al parecer se produjo cuando un murciélago mordió a un animal en una ganadería china, es un virus del mercado. Es una enfermedad que el capital ha puesto en contacto con la humanidad. Porque esas ganaderías son anti­naturales. Ni las vacas ni los pollos, dejados a solas, viven así. No es su naturaleza. Estos animales son víctimas de una cons­trucción humana. Y esa incapacidad nuestra de entender a la naturaleza, de equilibrarnos con ella, es lo que provoca que el capital tenga una circulación huracanada y que nos vuelva sus­ceptibles a los virus. El cambio climático va a agudizar esta diná­mica acelerando la creación de nuevos virus que, como decía Stephen Hawking, podrían llevar a la extinción de la especie humana. Un proceso que sería paulatino: cada día simplemente sería un poco peor.

La pregunta, entonces, es la siguiente: ¿qué deberíamos cam­biar? La respuesta es sencilla: el capital. Si queremos mantener la especie humana, tenemos que superar el capital. De manera curiosa, lo único que ha detenido su circulación es la misma pan­demia del Covid-19. Se ha detenido la circulación de mercancías, pero también de personas. El consumidor, que a veces es el mismo trabajador, no sale al almacén. Y, así, se ha paralizado, parcial­mente, el capitalismo. El resultado, sin embargo, es la tensión política.

Los grandes capitales no están dispuestos a escuchar que su sistema lo ha frenado un virus. Ellos ahora están usando a los Estados, no para que estos cuiden a la gente, sino para que sal­ven al capital. Esa es nuestra coyuntura actual. ¿Y cuái ha sido la respuesta de los Estados? Invertir grandes cantidades de dinero, pero no para aliviar la situación de sus ciudadanos. Mi vecina, por ejemplo, es una señora de edad y está sola porque el capital le hace eso al ser humano: le recorta sus vínculos socia­les. Ella vive amargada, con miedo y encerrada. ¿Y el Gobierno italiano la está defendiendo? No. Está tratando de salvar a los grandes capitales emitiendo dinero que no es riqueza, porque la riqueza está en el trabajo. Ese dinero va a través de la banca privada hacia los grandes capitales, qu? a su vez lo usan para comprar acciones. Todas las bolsas de valores están disparadas mientras la producción se ha detenido, mientras las utilidades reales han caído, mientras los trabajadores están encerrados, mientras los consumidores ya ni siquiera tienen cosas que con­sumir en la calle, mientras el mundo se ha detenido.

Imaginarse en esta situación a los autores que escribieron sus textos de economía política en el siglo XIX es una experien­cia surrealista. Ellos, desde luego, intuían desde la teoría qué podría suceder si se detiene la circulación del capital, pero jamás hubieran podido conjurar que un virus creado por el capital hubiera sido capaz de detener al capital.


Ahora tenemos las vacunas. De Margaret Thatcher para acá, los sistemas de salud de todos los países capitalistas se privatiza- ron y escogieron convertir la salud en una mercancía. Por eso no tienen cómo aplicar las vacunas; millones de ellas se están per­diendo porque no hay cómo aplicarlas. En Cuba, en cambio, la situación es diferente. Si comparamos a ese país con la Florida o con Colombia, uno descubre que en la Isla no han priorizado el capital, sino la gente. Por eso ha muerto tan poca gente en Cuba. En Colombia, en cambio, hay periodistas indignados porque se eligió vacunar primero a las personas de tercera edad y no a los jóvenes, que son la fuerza de trabajo. Éso se llama un darwinismo social, eso se llama nazismo. Es exactamente la concepción de los nazis, que decían: “¿Por qué vamos a salvar a los judíos?”. En el fondo, en ese pensamiento la muerte es una política, y revela una terrible realidad: para el capital, la mayor parte de la humanidad sobra porque su consumo y su producción son marginales.


Sobran los pueblos africanos, los pueblos asiáticos, los pue­blos latinoamericanos; incluso al interior de los países ricos, como sucede en Estados Unidos, sobran los afro, los indígenas, los latinos no blancos. Porque allá se diferencia entre el latino­americano blanco y el mestizo. El primero, que hace parte de la élite, estuvo con Trump. El uribismo entendió eso muy bien, pero se equivocó con el curso de la historia. Entre estas élites blancas de nuestro continente existe una nueva alianza que busca defender al capital a pesar del cambio climático y del virus. Son parte de unos sectores adictos al mercado. No hacen parte del consumidor que compra un mercado para subsistir, sino son miembros de una élite, pequeña en Colombia, pero muy grande en Europa y Estados Unidos, cuya vida es el mer­cado. La crisis del cambio climático les dice: “Es importante disminuir el consumo” Pero ellos rechazan ese consejo.

Ellos no están dispuestos a dejar de comer carne, a usar carros sin gasolina, a dejar de comprar abrigos de pieles. Ese sec­tor, intensivamente consumista, argumenta que no les pueden quitar la libertad. Entonces aparecen fuerzas políticas que los respaldan. Si yo salgo a caminar solo de noche, fácilmente me podría encontrar con la extrema derecha. Y, como yo no hablo italiano, podría tener un gran problema. Si fuera árabe, ni se diga. Si. yo fuera negro en Estados Unidos, la situación sería igual. Los partidos políticos que respaldan esta discriminación crecen cada vez más. Y obtienen millones y millones de votos. Son los neofascistas, los neonazis. Trump es un ejemplo de esta tendencia. Uribe, otra. Acá, en Italia, el culto a Mussolini no deja de crecer. ¿Por qué?


Primero, porque hubo una revolución obrera. En 1920, este grupo estaba organizado y era poderoso. Ellos lograron su cometido y derrotaron al fascismo, que justamente hoy crece en respuesta a ese cambio, por miedo a una nueva revolución. Sin embargo, hoy eso no podría suceder, la posibilidad de una revo­lución no hace parte del mundo actual. Pero el fascismo le tiene miedo al negro, al inmigrante, a la mujer y su poder, al cambio climático y a la restricción de consumo que, para ellos, es una restricción de su libertad. La toma del Capitolio en Estados Unidos por parte de los seguidores de Trump fue, en esencia, un intento de revolución hacia atrás, como aquellas en las que izaron las banderas confederadas en nombre del Ku Klux Klan y de la esclavitud.


Esa nueva derecha de Estados Unidos ve a las élites latino americanas como sus hermanos menores, de igual forma a como los alemanes veían a los daneses y austríacos. Esa mino­ría Dlanca colombiana, venezolana, cubana, puertorriqueña es parte de la gran coalición de Trump, quien no quiere volver graade de nuevo a América, como decía en sus consignas, sino volver a América blanca de nuevo. Que haya obtenido 75 millo­neo de votos es una barbarie. Pero en nuestra región, guarda­das las diferencias, ha sucedido algo similar: en Brasil; en Argentina; en Colombia, por medio del uribismo. El miedo a las FARC le permitió a esa fuerza gobernar el país durante todo el siglo XXI. Y, como las FARC ya no existen, ahora inventan nuevos miedos: a Venezuela, a Petro, al cambio. Hoy millones de colombianos se alimentan de ese miedo. ¿Cuál es la diferen­cia entre este nuevo fascismo y el de Hitler y Mussolini? Que esos dos dictadores europeos creían que iban a fundar un nuevo milenio; tenían la esperanza, la ilusión, de montar un nuev o orden. El fascismo de hoy, en cambio, actúa desde la desespe ración: no tiene futuro.


Yo creo que en esta coyuntura el progresismo debe cons­truirse como una alternativa. De lo contrario, caeríamos en una distopía como las que salen en las películas. En esas cin­tas se aprecia cómo la humanidad, incluso al borde de la extin­ción, en los últimos escalones, se destruye a sí misma. No es el virus el que destruye a la humanidad: el ser humano se auto- destruye antes. Y esa distopía puede ser una realidad. Uno lo percibe como una tendencia actual en los fascismos contem­poráneos. Sin embargo, existe la alternativa, que debemos tejer entre todos.

Mientras releía El capital, me preguntaba una y otra vez ¿qué habrá pensado Marx del futuro? No pensaba, desde luego, en la Unión Soviética, sino en una sociedad poscapitalista basada en una nueva riqueza: el tiempo disponible. Porque la productividad que el capital acrecienta por su propia ley implica la llegada de la tecnología y las máquinas. Marx, de seguro, no se imaginó el nivel tecnológico al que hemos llegado. Pero así ha sucedido y hoy muchas cosas podrían valer casi cero; existe una abundancia general. La única manera como el capital logra ponerle precios a las cosas es con las marcas. Actualmente, por ejemplo, a través de una máquina casi automática, se pueden producir camisetas para toda la humanidad. Así que la única manera de que esa camiseta sea un negocio o esté en el mercado es con una marca, pero la camiseta en sí misma ya no vale por­que la productividad reduce el valor unitario de las mercancías. Marx preveía esta posibilidad y por eso decía que una sociedad poscapitalista tendría tanta productividad y abundancia que la gran riqueza sería el tiempo Ubre. Y no se refería al desempleo, sino al tiempo disponible para que cada cual haga lo que quiera porque ya tiene sus medios de vida solucionados.

Ese es un concepto diferente de la libertad. Y era también a lo que él llamó socialismo o comunismo. Ahora, ¿fue eso lo que realmente sucedió? No. Ocurrió, en cambio, que su modelo se construyó en sociedades atrasadas y, por eso, tuvieron que tra­bajar incluso más porque no había productividad. Marx se ima­ginaba que la revolución se haría en Inglaterra, en Estados Unidos, en Alemania, pero aconteció en Rusia, en China, en Cuba. Mejor dicho, en sociedades que, antes que nada, tenían que superar la pobreza, y para eso implemen^iron esquemas de trabajo casi forzado. Sucedió, al final, lo contrario de lo que Marx planteaba.

Ahora, si miramos la tesis de Marx hoy, existe un problema, porque alcanzar tanta abundancia puede destruir a la natura­leza. Por eso tenemos que pensar en otros términos. Si uno ana­liza corrientes políticas actuales que aún no han aterrizado en Colombia, ellas habla i de que, en los países de gran capital, llegó el momento para decrecer. Para mí, llegó la hora de empezar a producir solo cosas necesarias. ¿Pero cómo se construye el con­cepto de necesidad? ¿Qué es necesario? ¿Vestir abrigos de pie­les? ¿Comer mucha carne? Mejor dicho, ¿cómo llegamos a una sociedad que se pueda reconciliar con la naturaleza y en donde estarían las libertades y las nuevas sensaciones que todo ser humano busca como una idea de progreso? Esa es la discusión.

Hoy, por ejemplo, existen centenares de millones de vacu­nas producidas por unas empresas multinacionales que usaron recursos públicos para financiar sus investigaciones, pero que privatizaron la vacuna de inmediato y la convirtieron en una mercancía. ¿Para quién? Para quien la puede pagar primero: los países más ricos del mundo, que a finales de 2020 tenían el 95 % de los centenares de millones de vacunas producidas a la fecha. Entonces, ¿cuál era la pelea progresista? Que la vacuna no sea una mercancía, como muchas que, en el pasado, no lo eran. Es decir, no estamos habiendo de algo nuevo. Sin embargo, ¿dónde estuvo el progresismo mundial para que esa vacuna no fuera una mercancía? ¿Cuándo llegó la democratización de la vacuna?

Los progresismos a nivel mundial nos han fallado. Ayudaron a elegir a Biden, sí; ayudaron a elegir a Sánchez en España, sí; pero todos se concentraron en que hubiera vacunas para sus países. Los intelectuales del siglo XX llamaban a esa mentalidad social chovinismo. En la Primera Guerra Mundial, por ejemplo, los obreros de una nación se mataban con los obreros de otra nación: eso es el social chovinismo. En el caso latinoamericano, los gobiernos progresistas tampoco reaccionaron. Se limitaron a negociar las vacunas de sus países, y ya; ni siquiera se atrevie­ron a coordinar a toda la región para una negociación común o para dar una pelea global por la vacuna y las patentes, a pesar de que existen laboratorios con gran capacidad de producción en Argentina, Brasil y México. En Cuba, el Gobierno lidera una investigación y piensa anunciar pronto 100 millones de vacu­nas, cuando solo necesita 22 millones para cubrir a su pobla­ción. Podrían, si quisieran, liderar una vacuna sin patente; entregársela ala Organización Mundial de la Salud para su pro­ducción en cualquier parte. En ese caso, ya no hablaríamos de 100 millones, sino de miles de millones de inmunizaciones.

En nuestros países, el progresismo no ha cogido la bandera de un bien público global. Ha replicado, en cambio, la estrate­gia de otros países: el social chovinismo. Así que tenemos una humanidad que está siendo testigo de una enorme inmoralidad que solo nos puede comparar con la de los nazis. En los pueblos del mundo, la mayoría de la humanidad ve cómo los ricos se vacunan y salvan sus vidas, mientras nosotros vamos como rebaño directo al matadero, que ya no es el campo de concen­tración, sino nuestras propias calles.


En Florencia, los Médici hicieron un puente elevado y cerrado, una especie de corredor, entre sus oficinas en la plaza de la Señoría, y lo hicieron pasar por el hoy famoso Puente Viejo, encima del Arno, hasta llegar a su Palacio Pitti y sus jardines. El único objetivo de esa gran obra fue para que en tiempos de pestes, de virus, la familia Médici, dueña de los bancos de la época y del poder, no tuviera contacto con las marejadas de pobres que enfermaban. Creo que el tema del poder y de la eco­nomía no ha cambiado mucho en estos siglos.


Desde al año 2000 hasta la fecha me ha acompañado Verónica, y Sofía y Antonella, mi hija menor; he vuelto a ver mucho a mi hijo Nicolás, que tuve en la cárcel y quien se ha vuelto compa­ñero mío en mi lucha He vuelto a ver a Andrés y Andrea, mis hijos del comienzo de mi vida no guerrera. He criado al hijo de Verónica: Nicolás, como si fuera mío. La mayoría ha partido a sus destinos, los he dejado ser. Ahora viven en Canadá, en Francia. Andrea me ha hecho abuelo con dos pequeñas marsellesas.

De alguna manera, en medio de tantas luchas y resistencias, de una vida que decidió no arrodillarse, de una construcción vital en la que decidí a mi manera ser un hombre libre, ha estado el amor detrás, como en el telón de fondo, como en la base de la tarima. Como en la fuerza que me permite seguir.

Desde niño fui descubriendo que la fuerza fundamental que ha permitido mi existencia es el amor. El amor a la mujer y el amor de las mujeres que me amaron, las que amé; el amor a los pobres que sentí y siento con intensidad, con mucha profundi­dad, y fui aprendiendo del amor hacia los hijos, hacia mis hijas, que más me acompañaron en la vida que pude tener y la que pude darles, Sofía y Antoneiia, que han recorrido muchos de mis rincones, que han sentido mi mano y mis debilidades, a las que llevé a recorrer esos lugares que de niño dibujaba en los mapas que pegaba en las paredes y que ahora recorría de la mano de ellas; de Andrea, de Andrés, de Sofía y Antoneiia. Quizás ellas, extrañadas de la emoción que me producían, no se daban cuenta del recuerdo que me traía un nombre de una calle, de algún lugar del mundo, que me recordaba el lugar del mapa que dibujaba y coloreaba cuando tenía sus años. De pronto lo que más me gustaba no era vivir de verdad el lugar antes dibu­jado, sino sentir el calor de la mano de mis hijas, hacerlas reír, mostrarles maravillas. Una vez llevé a Antonella no a un lugar lejano y recóndito de mis mapas, sino a un lugar cercano y vivido: el Bolívar 83, fui con ella a hablar con las viejitas que habían luchado a mis 22 años a mi lado. A veces, pongo en con­tacto esos mundos diversos; aveces, resumo así mi vida en ape­nas instantes que se me vuelven intensos.

El amor me ha rodeado, me ha perseguido y lo he perse­guido. La mujer amante ha estado al lado mío aun en los instan­tes inminentes que preceden a la muerte. Quizás ese amor la ha detenido, ha espantado la muerte, no ha dejado que me abrace. Después de tantos años cuando miro hacia atrás, siempre en cada momento difícil había una mujer amante protegiéndome. Cuando encontré a Verónica al comienzo del siglo, quizás por sus ojos azules y su pelo claro, me recordó de inmediato las val- quirias, el paraíso de los guerreros germánicos; así la llamé y así sentí que penetró en mi vida; con su propia fuerza, que es inmensa, me ha acompañado en lo que va del siglo, ha sufrido mis miedos, mis peligros, los momentos azarosos; la fuerza de la valquiria me ha permitido construir la más fuerte alternativa popular de la historia reciente de Colombia. Quizás es hora de que las valquirias me reemplacen.


No puede haber una revolución sin el amor. La fuerza motora de la historia no es solo la lucha de clases, como pen­saba Marx, sino también la fuerza del amor. La fuerza del amor es la que permite las resistencias, la que permite sobrepasar los momentos más oscuros de la humanidad, cuando todo está casi perdido. Por eso el paradigma del amor, lo que llamo la política del amor, hace parte sustancial de la reproducción de la vida.


A veces pienso que, al final, todo se trata de eso, de la repro­ducción de la vida, que incluye el sexo y el comer, que incluye el respirar, y que en el caso de la humanidad incluye la economía, el poder, la cultura, el pensamiento.

Las luchas que damos son para reproducir la vida, es sim­plemente una vitalidad que quiere ser trascendente en la inma­nencia misma del planeta. Pero la vida no es más que amor. La reproducción de la vida es la reproducción del amor. Un ser que no busque el amor, que pierda el ímpetu de hallarlo en el otro, en la otra, ya no podrá jamás producir una revolución, ya no podrá entregarle a su generación la posibilidad de reprodu­cir la vida, la Vida inmensa de la humanidad en el planeta Tierra.

La vida es al final la luz, toda la energía recibida, transfor­mada, que viaja al universo. A veces miro las estrellas, las luces quizás de cosas muertas hace mucho tiempo, planetas, soles, tal vez vidas, hr la iuz va todo, la iuz es eterna, quizás, infinita. Aiii viajamos, desde lugares astronómicamente lejanos desde donde posiblemente nos observan, allí llegamos quizás ya muertos, pero hemos viajado, en cierta forma incluso hemos trascendido a nuestro propio cuerpo. A lo mejor a nuestro propio planeta, en esa luz que viaja va todo nuestro amor, nuestra energía. Baña quizás a otros, a la inmensidad. Quizás en esa luz está la con­fluencia de todos los dioses de las religiones humanas. Quizás ese dios es la energía total, la luz total, la inmensidad eterna e infinita que nos resume a todos. Sea como sea, en la luz va el amor que se* 'irnos y que aun muertos físicamente viajará eterno.

Por eso la lucha por reproducir la vida es una forma de tras­cendencia. En eso quizás no se equivocaban los viejos guerre­ros libertarios cuando pensaban que quienes llegaban a aquellas cumbres de permanencia en luchar por la vida se convertían en los seres máximos, los que más luz pueden aportar por la ener­gía del amor a esa luz inmensa e infinita del universo. No soy un ser máximo, he luchado permanentemente con las penum­bras, con la oscuridad que intenta invadirnos, que nos rodea llenando los instantes de la muerte. En esta vida relatada que no es solo de instantes y momentos, sino de pensamientos que flu­yen, he amado, he irradiado luz y han tratado de invadirme las penumbras.

Por eso me he escapado un tanto de la vieja pelea entre ateos y creyentes. ¿Qué sabemos nosotros? Somos viajeros y lo que nos trasciende no es más sino el amor..

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