En este momento, estoy en
Florencia, Italia. Veo por mi ventana un callejón estrecho, vacío, en adoquín.
El silencio arropa a la ciudad. La gente está encerrada en sus casas porque a
las diez de la noche, la hora local, hay toque de queda. El apartamento donde
me estoy quedando con mi esposa y mi hija es sencillo, frugal: consiste en una
pieza, una sala y un baño. El edificio es viejo, ubicado casi encima del río
Arno. Las aguas están crecidas porque se aproxima el invierno. La historia de
Florencia se respira en el aire que se cuela por la ventana. A pesar de ser una
ciudad pequeña, su pasado es enorme. Aquí nació el capitalismo.
Las
familias más ricas del mundo vivieron acá. Había muchos banqueros, que se
hicieron muy ricos por el comercio. Ellos financiaron las escuelas del arte del
Renacimiento. Le pagaban la vida a una serie de artistas que hoy son de talla
universal, como Miguel Ángel, Leonardo o Rafael. También en esa época vivió y
murió Maquiavelo. Esa intelectualidad, esa cultura, se construyó sobre una base
financiera que les ofreció una independencia terrenal para que ellos se
centraran en la producción. En otras palabras, ese momento de oro en el
pensamiento humano existió sobre un excedente económico. Ese es el origen del
capitalismo.
Florencia
ha sido bendecida en términos de la pandemia. Mientras que el norte del país ha
sido literalmente asolado, aquí la entrada del Covid-19 ha sido benigna, porque
es una ciudad turística. Por lo general, por las calles de Florencia caminan 15
millones de turistas; en este momento solo han llegado 80.000. Eso, por
supuesto, implica un quiebre económico, pero también por eso la incidencia del
virus ha sido menor que, por ejemplo, en Bogotá o en Londres.
Mientras transito la ciudad, hoy fantasmal, no dejo de pensar en la
relación entre el virus y el capital. Si uno hace una geografía de los grandes
centros del capital y mide la presencia del virus, se da cuenta de que
coinciden. La razón es básica: el capital necesita una circulación de
personas. Durante estos últimos días he tenido la oportunidad de volver a leer El capital de Marx. Lo había leído por
primera vez en la universidad, cuando estudié Economía en el Externado. En
este momento, quise volver a sus páginas para reflexionar sobre el cambio
climático y su relación con el Covid-19. El
capital permite eso: es una de esas obras cumbre de la humanidad que
adquieren diferentes matices dependiendo de cuándo y en qué contexto se
aprecien.
Lo mismo ocurre con la Biblia y algunos libros de Hegel, que son parte
de nuestra herencia como latinoamericanos que leemos el pensamiento europeo.
Porque nosotros no hemos tenido la oportunidad de leer otras fuentes que
también hacen parte de nuestra herencia, como el pensamiento africano, árnbc o
indi gena. Realmente no hemos sido capaces de construir un diálogo con el sur
del mundo. En cierta forma, la élite revolucionaria latinoamericana se creó
así, a partir de un diálogo con los franceses. Por esa vía se construyeron
nuestras repúblicas. En los últimos años, la izquierda ha ampliado un poco el
panorama, pero seguimos hablando, sobre todo, con Europa. Y El capital de Marx, sin duda, hace parte de
esa tradición.
Ahora, ¿qué percibe uno al leer esa obra viviendo en Florencia? Para Marx, el capital es un fluido que circula y se acumula, cada vez más grande, sobre la base del trabajo ajeno. Es un plus valor que crece interminable e indefinidamente, como una especie de huracán que amplía cada vez más su radio y que necesita circular. Pero esa circulación no es solo de mercancías, sino de gente. Y ese es hoy el mundo del capital: una gran agio - meración de gente, apiñada en talleres, en mercados, en una larga cadena para transportar bienes. El virus del Covid-19, al igual que todos los que han surgido en los últimos años, son los hijos directos de ese modelo. No surgieron porque algún explorador, creyéndose Robinson Cnsoe, se metió en la selva y se los encontró por accidente. No. Son el producto de las grandes ganaderías, que son justamente grandes para disminuir el precio unitario de la carne, sea de res, de pollo, de cerdo; en todo caso, el alimento de la fuerza de trabajo en el mundo. Porque el capital, para crecer su excedente y su riqueza, necesita disminuir el valor, no la cantidad.
Existen personas que han vulgarizado la discusión diciendo que el
problema es la cantidad, que los trabajadores se van a morir de hambre. Pero
no. El problema es el valor relativo de la fuerza de trabajo frente al valor
relativo del plus valor. Mejor dicho, el excedente, que es lo que busca el
capital. Un empresario puede tener 10.000 reses quietas en una finca en Estados
Unidos o en Europa. Pero la comida tiene que ser llevada de las grandes plantaciones
de soya en Bolivia o en Argentina. Entonces se usan buques transatlánticos. Con
la comida, las reses se engordan quietas y, después de matarlas, su carne sale
en otras tractomulas a los restaurantes, a los mercados. Eso pasa también con
los pollos, los cerdos, con varias especies. Y es justamente en esas ganaderías
estancadas donde se desarrolla el contacto con ciertos animales que vienen de
la montaña, no han tenido contacto con el ser humano y que muerden a un
empleado, depositando el virus.
Por eso el Covid-19, que al parecer se produjo cuando un murciélago
mordió a un animal en una ganadería china, es un virus del mercado. Es una
enfermedad que el capital ha puesto en contacto con la humanidad. Porque esas
ganaderías son antinaturales. Ni las vacas ni los pollos, dejados a solas,
viven así. No es su naturaleza. Estos animales son víctimas de una construcción
humana. Y esa incapacidad nuestra de entender a la naturaleza, de equilibrarnos
con ella, es lo que provoca que el capital tenga una circulación huracanada y
que nos vuelva susceptibles a los virus. El cambio climático va a agudizar
esta dinámica acelerando la creación de nuevos virus que, como decía Stephen
Hawking, podrían llevar a la extinción de la especie humana. Un proceso que sería
paulatino: cada día simplemente sería un poco peor.
La pregunta, entonces, es la siguiente:
¿qué deberíamos cambiar? La respuesta es sencilla: el capital. Si queremos
mantener la especie humana, tenemos que superar el capital. De manera curiosa,
lo único que ha detenido su circulación es la misma pandemia del Covid-19. Se
ha detenido la circulación de mercancías, pero también de personas. El
consumidor, que a veces es el mismo trabajador, no sale al almacén. Y, así, se
ha paralizado, parcialmente, el capitalismo. El resultado, sin embargo, es la
tensión política.
Los grandes capitales no están dispuestos
a escuchar que su sistema lo ha frenado un virus. Ellos ahora están usando a
los Estados, no para que estos cuiden a la gente, sino para que salven al
capital. Esa es nuestra coyuntura actual. ¿Y cuái ha sido la respuesta de los
Estados? Invertir grandes cantidades de dinero, pero no para aliviar la
situación de sus ciudadanos. Mi vecina, por ejemplo, es una señora de edad y
está sola porque el capital le hace eso al ser humano: le recorta sus vínculos
sociales. Ella vive amargada, con miedo y encerrada. ¿Y el Gobierno italiano
la está defendiendo? No. Está tratando de salvar a los grandes capitales
emitiendo dinero que no es riqueza, porque la riqueza está en el trabajo. Ese
dinero va a través de la banca privada hacia los grandes capitales, qu? a su
vez lo usan para comprar acciones. Todas las bolsas de valores están disparadas
mientras la producción se ha detenido, mientras las utilidades reales han
caído, mientras los trabajadores están encerrados, mientras los consumidores ya
ni siquiera tienen cosas que consumir en la calle, mientras el mundo se ha
detenido.
Imaginarse
en esta situación a los autores que escribieron sus textos de economía política
en el siglo XIX es una experiencia surrealista. Ellos, desde luego, intuían
desde la teoría qué podría suceder si se detiene la circulación del capital,
pero jamás hubieran podido conjurar que un virus creado por el capital hubiera
sido capaz de detener al capital.
Ahora
tenemos las vacunas. De Margaret Thatcher para acá, los sistemas de salud de
todos los países capitalistas se privatiza- ron y escogieron convertir la salud
en una mercancía. Por eso no tienen cómo aplicar las vacunas; millones de ellas
se están perdiendo porque no hay cómo aplicarlas. En Cuba, en cambio, la
situación es diferente. Si comparamos a ese país con la Florida o con Colombia,
uno descubre que en la Isla no han priorizado el capital, sino la gente. Por
eso ha muerto tan poca gente en Cuba. En Colombia, en cambio, hay periodistas
indignados porque se eligió vacunar primero a las personas de tercera edad y no
a los jóvenes, que son la fuerza de trabajo. Éso se llama un darwinismo social,
eso se llama nazismo. Es exactamente la concepción de los nazis, que decían:
“¿Por qué vamos a salvar a los judíos?”. En el fondo, en ese pensamiento la
muerte es una política, y revela una terrible realidad: para el capital, la
mayor parte de la humanidad sobra porque su consumo y su producción son
marginales.
Sobran
los pueblos africanos, los pueblos asiáticos, los pueblos latinoamericanos;
incluso al interior de los países ricos, como sucede en Estados Unidos, sobran
los afro, los indígenas, los latinos no blancos. Porque allá se diferencia entre
el latinoamericano blanco y el mestizo. El primero, que hace parte de la
élite, estuvo con Trump. El uribismo entendió eso muy bien, pero se equivocó
con el curso de la historia. Entre estas élites blancas de nuestro continente
existe una nueva alianza que busca defender al capital a pesar del cambio
climático y del virus. Son parte de unos sectores adictos al mercado. No hacen
parte del consumidor que compra un mercado para subsistir, sino son miembros de
una élite, pequeña en Colombia, pero muy grande en Europa y Estados Unidos,
cuya vida es el mercado. La crisis del cambio climático les dice: “Es
importante disminuir el consumo” Pero ellos rechazan ese consejo.
Ellos
no están dispuestos a dejar de comer carne, a usar carros sin gasolina, a dejar
de comprar abrigos de pieles. Ese sector, intensivamente consumista, argumenta
que no les pueden quitar la libertad. Entonces aparecen fuerzas políticas que
los respaldan. Si yo salgo a caminar solo de noche, fácilmente me podría
encontrar con la extrema derecha. Y, como yo no hablo italiano, podría tener un
gran problema. Si fuera árabe, ni se diga. Si. yo fuera negro en Estados
Unidos, la situación sería igual. Los partidos políticos que respaldan esta
discriminación crecen cada vez más. Y obtienen millones y millones de votos. Son
los neofascistas, los neonazis. Trump es un ejemplo de esta tendencia. Uribe,
otra. Acá, en Italia, el culto a Mussolini
no deja de crecer. ¿Por qué?
Primero,
porque hubo una revolución obrera. En 1920, este grupo estaba organizado y era
poderoso. Ellos lograron su cometido y derrotaron al fascismo, que justamente
hoy crece en respuesta a ese cambio, por miedo a una nueva revolución. Sin
embargo, hoy eso no podría suceder, la posibilidad de una revolución no hace
parte del mundo actual. Pero el fascismo le tiene miedo al negro, al
inmigrante, a la mujer y su poder, al cambio climático y a la restricción de
consumo que, para ellos, es una restricción de su libertad. La toma del
Capitolio en Estados Unidos por parte de los seguidores de Trump fue, en
esencia, un intento de revolución hacia atrás, como aquellas en las que izaron
las banderas confederadas en nombre del Ku Klux Klan y de la esclavitud.
Esa nueva derecha de Estados Unidos ve a las élites latino americanas
como sus hermanos menores, de igual forma a como los alemanes veían a los
daneses y austríacos. Esa minoría Dlanca colombiana, venezolana, cubana,
puertorriqueña es parte de la gran coalición de Trump, quien no quiere volver
graade de nuevo a América, como decía en sus consignas, sino volver a América
blanca de nuevo. Que haya obtenido 75 milloneo de votos es una barbarie. Pero
en nuestra región, guardadas las diferencias, ha sucedido algo similar: en
Brasil; en Argentina; en Colombia, por medio del uribismo. El miedo a las FARC
le permitió a esa fuerza gobernar el país durante todo el siglo XXI. Y, como
las FARC ya no existen, ahora inventan nuevos miedos: a Venezuela, a Petro, al
cambio. Hoy millones de colombianos se alimentan de ese miedo. ¿Cuál es la diferencia
entre este nuevo fascismo y el de Hitler y Mussolini? Que esos dos dictadores
europeos creían que iban a fundar un nuevo milenio; tenían la esperanza, la
ilusión, de montar un nuev o orden. El fascismo de hoy, en cambio, actúa desde
la desespe ración: no tiene futuro.
Yo creo que en esta coyuntura el progresismo debe construirse como una
alternativa. De lo contrario, caeríamos en una distopía como las que salen en
las películas. En esas cintas se aprecia cómo la humanidad, incluso al borde
de la extinción, en los últimos escalones, se destruye a sí misma. No es el
virus el que destruye a la humanidad: el ser humano se auto- destruye antes. Y
esa distopía puede ser una realidad. Uno lo percibe como una tendencia actual
en los fascismos contemporáneos. Sin embargo, existe la alternativa, que
debemos tejer entre todos.
Mientras releía El capital, me preguntaba una y otra vez
¿qué habrá pensado Marx del futuro? No pensaba, desde luego, en la Unión
Soviética, sino en una sociedad poscapitalista basada en una nueva riqueza: el
tiempo disponible. Porque la productividad que el capital acrecienta por su
propia ley implica la llegada de la tecnología y las máquinas. Marx, de seguro,
no se imaginó el nivel tecnológico al que hemos llegado. Pero así ha sucedido y
hoy muchas cosas podrían valer casi cero; existe una abundancia general. La
única manera como el capital logra ponerle precios a las cosas es con las
marcas. Actualmente, por ejemplo, a través de una máquina casi automática, se
pueden producir camisetas para toda la humanidad. Así que la única manera de
que esa camiseta sea un negocio o esté en el mercado es con una marca, pero la
camiseta en sí misma ya no vale porque la productividad reduce el valor
unitario de las mercancías. Marx preveía esta posibilidad y por eso decía que
una sociedad poscapitalista tendría tanta productividad y abundancia que la
gran riqueza sería el tiempo Ubre. Y no se refería al desempleo, sino al tiempo
disponible para que cada cual haga lo que quiera porque ya tiene sus medios de
vida solucionados.
Ese es un concepto diferente de la
libertad. Y era también a lo que él llamó socialismo o comunismo. Ahora, ¿fue
eso lo que realmente sucedió? No. Ocurrió, en cambio, que su modelo se
construyó en sociedades atrasadas y, por eso, tuvieron que trabajar incluso
más porque no había productividad. Marx se imaginaba que la revolución se
haría en Inglaterra, en Estados Unidos, en Alemania, pero aconteció en Rusia,
en China, en Cuba. Mejor dicho, en sociedades que, antes que nada, tenían que
superar la pobreza, y para eso implemen^iron esquemas de trabajo casi forzado.
Sucedió, al final, lo contrario de lo que Marx planteaba.
Ahora, si miramos la tesis de Marx hoy, existe un problema, porque
alcanzar tanta abundancia puede destruir a la naturaleza. Por eso tenemos que
pensar en otros términos. Si uno analiza corrientes políticas actuales que aún
no han aterrizado en Colombia, ellas habla i de que, en los países de gran
capital, llegó el momento para decrecer. Para mí, llegó la hora de empezar a
producir solo cosas necesarias. ¿Pero cómo se construye el concepto de
necesidad? ¿Qué es necesario? ¿Vestir abrigos de pieles? ¿Comer mucha carne?
Mejor dicho, ¿cómo llegamos a una sociedad que se pueda reconciliar con la
naturaleza y en donde estarían las libertades y las nuevas sensaciones que todo
ser humano busca como una idea de progreso? Esa es la discusión.
Hoy, por ejemplo, existen centenares de millones de vacunas producidas
por unas empresas multinacionales que usaron recursos públicos para financiar
sus investigaciones, pero que privatizaron la vacuna de inmediato y la
convirtieron en una mercancía. ¿Para quién? Para quien la puede pagar primero:
los países más ricos del mundo, que a finales de 2020 tenían el 95 % de los centenares de millones de vacunas
producidas a la fecha. Entonces, ¿cuál era la pelea progresista? Que la vacuna
no sea una mercancía, como muchas que, en el pasado, no lo eran. Es decir, no
estamos habiendo de algo nuevo. Sin embargo, ¿dónde estuvo el progresismo
mundial para que esa vacuna no fuera una mercancía? ¿Cuándo llegó la
democratización de la vacuna?
Los progresismos a nivel mundial nos han fallado. Ayudaron a elegir a Biden, sí; ayudaron a elegir a Sánchez en España, sí; pero todos se concentraron en que hubiera vacunas para sus países. Los intelectuales del siglo XX llamaban a esa mentalidad social chovinismo. En la Primera Guerra Mundial, por ejemplo, los obreros de una nación se mataban con los obreros de otra nación: eso es el social chovinismo. En el caso latinoamericano, los gobiernos progresistas tampoco reaccionaron. Se limitaron a negociar las vacunas de sus países, y ya; ni siquiera se atrevieron a coordinar a toda la región para una negociación común o para dar una pelea global por la vacuna y las patentes, a pesar de que existen laboratorios con gran capacidad de producción en Argentina, Brasil y México. En Cuba, el Gobierno lidera una investigación y piensa anunciar pronto 100 millones de vacunas, cuando solo necesita 22 millones para cubrir a su población. Podrían, si quisieran, liderar una vacuna sin patente; entregársela ala Organización Mundial de la Salud para su producción en cualquier parte. En ese caso, ya no hablaríamos de 100 millones, sino de miles de millones de inmunizaciones.
En nuestros países, el progresismo no ha cogido la bandera de un bien
público global. Ha replicado, en cambio, la estrategia de otros países: el social
chovinismo. Así que tenemos una humanidad que está siendo testigo de una enorme
inmoralidad que solo nos puede comparar con la de los nazis. En los pueblos del
mundo, la mayoría de la humanidad ve cómo los ricos se vacunan y salvan sus
vidas, mientras nosotros vamos como rebaño directo al matadero, que ya no es el
campo de concentración, sino nuestras propias calles.
En Florencia, los Médici hicieron un puente elevado y cerrado, una especie de corredor, entre sus oficinas en la plaza de la Señoría, y lo hicieron pasar por el hoy famoso Puente Viejo, encima del Arno, hasta llegar a su Palacio Pitti y sus jardines. El único objetivo de esa gran obra fue para que en tiempos de pestes, de virus, la familia Médici, dueña de los bancos de la época y del poder, no tuviera contacto con las marejadas de pobres que enfermaban. Creo que el tema del poder y de la economía no ha cambiado mucho en estos siglos.
Desde al año 2000 hasta la fecha me ha acompañado Verónica, y Sofía y Antonella, mi hija menor; he vuelto a ver mucho a mi hijo Nicolás, que tuve en la cárcel y quien se ha vuelto compañero mío en mi lucha He vuelto a ver a Andrés y Andrea, mis hijos del comienzo de mi vida no guerrera. He criado al hijo de Verónica: Nicolás, como si fuera mío. La mayoría ha partido a sus destinos, los he dejado ser. Ahora viven en Canadá, en Francia. Andrea me ha hecho abuelo con dos pequeñas marsellesas.
De alguna manera, en medio de tantas
luchas y resistencias, de una vida que decidió no arrodillarse, de una
construcción vital en la que decidí a mi manera ser un hombre libre, ha estado
el amor detrás, como en el telón de fondo, como en la base de la tarima. Como
en la fuerza que me permite seguir.
Desde niño fui descubriendo que la fuerza
fundamental que ha permitido mi existencia es el amor. El amor a la mujer y el
amor de las mujeres que me amaron, las que amé; el amor a los pobres que sentí
y siento con intensidad, con mucha profundidad, y fui aprendiendo del amor
hacia los hijos, hacia mis hijas, que más me acompañaron en la vida que pude
tener y la que pude darles, Sofía y Antoneiia, que han recorrido muchos de mis
rincones, que han sentido mi mano y mis debilidades, a las que llevé a recorrer
esos lugares que de niño dibujaba en los mapas que pegaba en las paredes y que
ahora recorría de la mano de ellas; de Andrea, de Andrés, de Sofía y Antoneiia.
Quizás ellas, extrañadas de la emoción que me producían, no se daban cuenta del
recuerdo que me traía un nombre de una calle, de algún lugar del mundo, que me
recordaba el lugar del mapa que dibujaba y coloreaba cuando tenía sus años. De
pronto lo que más me gustaba no era vivir de verdad el lugar antes dibujado,
sino sentir el calor de la mano de mis hijas, hacerlas reír, mostrarles
maravillas. Una vez llevé a Antonella no a un lugar lejano y recóndito de mis
mapas, sino a un lugar cercano y vivido: el Bolívar 83, fui con ella a hablar
con las viejitas que habían luchado a mis 22 años a mi lado. A veces, pongo en
contacto esos mundos diversos; aveces, resumo así mi vida en apenas instantes
que se me vuelven intensos.
El amor me ha rodeado, me ha perseguido y lo he perseguido. La mujer
amante ha estado al lado mío aun en los instantes inminentes que preceden a la
muerte. Quizás ese amor la ha detenido, ha espantado la muerte, no ha dejado
que me abrace. Después de tantos años cuando miro hacia atrás, siempre en cada
momento difícil había una mujer amante protegiéndome. Cuando encontré a
Verónica al comienzo del siglo, quizás por sus ojos azules y su pelo claro, me
recordó de inmediato las val- quirias, el paraíso de los guerreros germánicos;
así la llamé y así sentí que penetró en mi vida; con su propia fuerza, que es inmensa,
me ha acompañado en lo que va del siglo, ha sufrido mis miedos, mis peligros,
los momentos azarosos; la fuerza de la valquiria me ha permitido construir la
más fuerte alternativa popular de la historia reciente de Colombia. Quizás es
hora de que las valquirias me reemplacen.
No puede haber una revolución sin el amor. La fuerza motora de la
historia no es solo la lucha de clases, como pensaba Marx, sino también la
fuerza del amor. La fuerza del amor es la que permite las resistencias, la que
permite sobrepasar los momentos más oscuros de la humanidad, cuando todo está
casi perdido. Por eso el paradigma del amor, lo que llamo la política del amor,
hace parte sustancial de la reproducción de la vida.
A veces pienso que, al final, todo se trata de eso, de la reproducción de la vida, que incluye el sexo y el comer, que incluye el respirar, y que en el caso de la humanidad incluye la economía, el poder, la cultura, el pensamiento.
Las luchas que damos son para reproducir la vida, es simplemente una
vitalidad que quiere ser trascendente en la inmanencia misma del planeta. Pero
la vida no es más que amor. La reproducción de la vida es la reproducción del
amor. Un ser que no busque el amor, que pierda el ímpetu de hallarlo en el
otro, en la otra, ya no podrá jamás producir una revolución, ya no podrá
entregarle a su generación la posibilidad de reproducir la vida, la Vida inmensa de la humanidad en el planeta Tierra.
La vida es al final la luz, toda la energía recibida, transformada,
que viaja al universo. A veces miro las estrellas, las luces quizás de cosas
muertas hace mucho tiempo, planetas, soles, tal vez vidas, hr la iuz va todo, la iuz es eterna, quizás,
infinita. Aiii viajamos, desde lugares astronómicamente lejanos desde donde
posiblemente nos observan, allí llegamos quizás ya muertos, pero hemos viajado,
en cierta forma incluso hemos trascendido a nuestro propio cuerpo. A lo mejor a
nuestro propio planeta, en esa luz que viaja va todo nuestro amor, nuestra
energía. Baña quizás a otros, a la inmensidad. Quizás en esa luz está la confluencia
de todos los dioses de las religiones humanas. Quizás ese dios es la energía
total, la luz total, la inmensidad eterna e infinita que nos resume a todos.
Sea como sea, en la luz va el amor que se* 'irnos y que aun muertos físicamente
viajará eterno.
Por eso la lucha por reproducir la vida es una forma de trascendencia. En eso quizás no se equivocaban los viejos guerreros libertarios cuando pensaban que quienes llegaban a aquellas cumbres de permanencia en luchar por la vida se convertían en los seres máximos, los que más luz pueden aportar por la energía del amor a esa luz inmensa e infinita del universo. No soy un ser máximo, he luchado permanentemente con las penumbras, con la oscuridad que intenta invadirnos, que nos rodea llenando los instantes de la muerte. En esta vida relatada que no es solo de instantes y momentos, sino de pensamientos que fluyen, he amado, he irradiado luz y han tratado de invadirme las penumbras.
Por eso me he escapado un tanto de la vieja pelea entre ateos y creyentes. ¿Qué sabemos nosotros? Somos viajeros y lo que nos trasciende no es más sino el amor..
No hay comentarios:
Publicar un comentario