Entre 2007 y 2010 denuncié públicamente otros
crímenes de lesa humanidad que sucedieron en el gobierno de Uribe. El principal
fue el de los llamados “falsos positivos' en un debate del senado. Juan Manuel
Santos, ministro de defensa de Uribe, quien no respondió pero tomó nota. Después
de unas semanas, suspendió la resolución del ministro Camilo Ospina, que
premiaba a los militares por bajas de la guerrilla y que habían originado este
crimen que llegó a asesinar de manera sistemática a 6402 jóvenes inocentes
fusilados por las armas oficiales. Luego, en 2008, María del Pilar Hurtado, la
nueva directora del DAS, fue a la cárcel. Se trataba de la tercera persona en
ese cargo durante el gobierno de Uribe que había terminado presa. Por esas
fechas empezó, también, un juicio a generales de la República por el tema de
los falsos positivos. En ese momento me di cuenta de que había una parte de la
sociedad que comenzaba a reaccionar ante los hechos de corrupción y las
alianzas con el narcotráfico y los paramilitares. Se había abierto un espacio,
que yo llamé el espacio democrático.
Aunque empezó a surgir una oposición al gobierno Uribe, todavía era muy tímida. Por otro lado, la prensa aún trataba a Uribe como un monarca. De hecho, cuando se casó uno de sus hijos, hicieron del matrimonio toda una parafernalia periodística, asemejando la boda a la del hijo de un rey. Sin embargo, Uribe había sido golpeado por nosotros, y en mis cábalas personales me fui haciendo a la idea de que valía la pena organizar el gran debate público de la sociedad colombiana: entre Uribe y yo. Sentía los efectos de mis debates y creía que me había vuelto un eje de la política nacional. Treinta y cinco de 100 senadores estaban presos por sus vínculos con el paramilitarismo, eso nunca había sucedido en Colombia, y ese hecho me confirmaba que mis debates habían sido efectivos.
Pero el costo había sido alto, como me lo
demostraron las encuestas del 2007. Sin embargo, al ver que Uribe se preparaba
para lanzarse por una tercera vez a la presidencia, decidí que ya era hora de
dejar mi actividad parlamentaria. Quería enfrentarme con él delante de la
sociedad, en la elecciones presidenciales. No era un objetivo sencillo. Para
empezar, no contaba con el apoyo de mi propio partido. El efecto de mis debates
había sido tan negativo para mí en las encuestas que buena parte del Polo
Democrático ya no estaba de mi lado. Cada vez que yo discutía en el Congreso
generaba malestar entre mis copartidarios. Además, tenía que luchar contra el
espíritu caníbal de la izquierda colombiana, que durante muchos años ha tenido
una cultura de pequeñez. La izquierda en el país nunca ha tenido la visión de
llegar al poder, y ese pensamiento la lleva a la nimiedad.
Así que mi primer reto, si quería enfrentarme a Uribe en una contienda electoral, consistía en derrotar a la mayoría de mi propio partido para poder ser el candidato presidencial. Incluso llegué a plantearme si la mejor opción era abandonar el Polo. De hecho, estaba seguro de que era lo que más me convenía. Pero decidí quedarme un tiempo más porque Lucho Garzón había acabado su mandato como alcalde de Bogotá y yo quería estar a su lado. Pero pronto los dos descubrimos que la misma mayoría que se oponía a mí también se oponía a él.
La idea de salir del Polo no me abandonaba. Así que un día me senté a hablar con Antanas Mockus, que siempre había sido mi amigo, y empezamos a hablar de fundar un nuevo partido. El M-19 que había desaparecido como proyecto político, aún mantenía el cascarón de su personería jurídica y había optado por llamarse Opción Centro. Como era un partido muy marginal, le propuse a Mockus que habláramos con ellos para juntar fuerzas y cambiarle el nombre a Partido Verde.
El medio ambiente aún no había aparecido en mis debates
porque la lucha contra el paramilitarismo y las masacres en Colombia me copó
toda la atención, pero nunca había dejado de ser una de mis cuitas. Por mis
estudios en la Universidad de Lovaina, entendía que la nueva conflictividad
política que desataría el capitalismo, como relación social de producción, era
el enfrentamiento y la destrucción de la naturaleza. Decidí volver a la lectura
e investigar a fondo la temática del cambio climático y, pronto, el tema
ambiental pasó a ser parte de mi ideario político. Sentía, sin embargo, que la
izquierda aún no comprendía su importancia. El Polo, en especial, no compartía
mis inquietudes. No entendían qué quería decir una organización en red. Para
ellos, el final de las jerarquías se leía como un atentando en contra de su
propio mundo burocrático y basado en la autoridad.
Como por esas fechas el debate sobre el paramilitarismo
había pasado a instancias judiciales, me centré en la lucha ambiental. Por eso
les sugerí a Mockus y a Lucho el nombre de Partido Verde. Los dos aceptaron la
idea, pero Mockus temía ser relacionado con la izquierda. Lucho venía del
Partido Comunista y yo, del M-19. Entonces a la asesora de Mockus se le ocurrió
que había que construir un equilibrio, así que invitaron a Enrique Peñalosa y
a Sergio Fajardo a hacer parte del proyecto. Peñalosa, para mí, era un insulto
al nombre del Partido Verde, pues con él había tenido mi gran debate sobre el
borde
Uribe había sido golpeado por nosotros, y en mis cábalas
personales me fui haciendo a la idea de que valía la pena organizar el gran
debate público de la sociedad colombiana: entre Uribe y yo. Sentía los efectos
de mis debates y creía que me había vuelto un eje de la política nacional.
Treinta y cinco de 100 senadores estaban presos por sus vínculos con el
paramilitarismo, eso nunca había sucedido en Colombia, y ese hecho me
confirmaba que mis debates habían sido efectivos.
Pero el costo había sido alto, como me lo demostraron
las encuestas del 2.007. Sin embargo, al ver que Uribe se preparaba para
lanzarse por una tercera vez a la presidencia, decidí que ya era hora de dejar
mi actividad parlamentaria. Quería enfrentarme con él delante de la sociedad,
en la elecciones presidenciales. No era un objetivo sencillo. Para empezar, no
contaba con el apoyo de mi propio partido. El efecto de mis debates había sido
tan negativo para mí en las encuestas que buena parte del Polo Democrático ya
no estaba de mi lado. Cada vez que yo discutía en el Congreso generaba malestar
entre mis copartidarios. Además, tenía que luchar contra el espíritu caníbal
de la izquierda colombiana, que durante muchos años ha tenido una cultura de
pequeñez. La izquierda en el país nunca ha tenido la visión de llegar al poder,
y ese pensamiento la lleva a la nimiedad.
Así que mi primer reto, si quería enfrentarme a
Uribe en una contienda electoral, consistía en derrotar a la mayoría de mi
propio partido para poder ser el candidato presidencial. Incluso llegué a
plantearme si la mejor opción era abandonar el Polo. De hecho, estaba seguro de
que era lo que más me convenía. Pero decidí quedarme un tiempo más porque
Lucho Garzón había acabado su mandato como alcalde de Bogotá y yo quería estar
a su lado. Pero pronto los dos descubrimos que la misma mayoría que se oponía a
mí también se oponía a él.
La idea de salir del Polo no me abandonaba. Así que
un día me senté a hablar con Antanas Mockus, que siempre había sido mi amigo, y
empezamos a hablar de fundar un nuevo partido. El M-19, que había desaparecido
como proyecto político, aún mantenía el cascarón de su personería jurídica y
había optado por llamarse Opción Centro. Como era un partido muy marginal, le
propuse a Mockus que habláramos con ellos para juntar fuerzas y cambiarle el
nombre a Partido Verde.
El medio ambiente aún no había aparecido en mis
debates porque la lucha contra el paramilitarismo y las masacres en Colombia me
copó toda la atención, pero nunca había dejado de ser una de mis cuitas. Por mis
estudios en la Universidad de Lovaina, entendía que la nueva conflictividad
política que desataría el capitalismo, como relación social de producción, era
el enfrentamiento y la destrucción de la naturaleza. Decidí volver a la lectura
e investigar a fondo la temática del cambio climático y, pronto, el tema
ambiental pasó a ser parte de mi ideario político. Sentía, sin embargo, que la
izquierda aún no comprendía su importancia. El Polo, en especial, no compartía
mis inquietudes. No entendían qué quería decir una organización en red. Para
ellos, el final de las jerarquías se leía como un atentando en contra de su
propio mundo burocrático y basado en la autoridad.
Como por esas fechas el debate sobre el
paramilitarismo había pasado a instancias judiciales, me centré en la lucha
ambiental. Por eso les sugerí a Mockus y a Lucho el nombre de Partido Verde.
Los dos aceptaron la idea, pero Mockus temía ser relacionado con la izquierda.
Lucho venía del Partido Comunista y yo, del M-19. Entonces a la asesora de Mockus
se le ocurrió que había que construir un equilibrio, así que invitaron a
Enrique Peñalosa y a Sergio Fajardo a hacer parte del proyecto. Peñalosa, para
mí, era un insulto al nombre del Partido Verde, pues con él había tenido mi
gran debate sobre el borde norte de la ciudad, la urbanización y la
especulación. Pero Peñalosa quiso entrar. Fajardo, en cambio, no. Incluso se
habló de meter a Marta Lucía Ramírez. Fue tal la cantidad de nombres que llegó
un momento en que a mí ni siquiera me invitaban a las reuniones.
Me di cuenta de que empezaba a repetirse el problema que
había tenido con el Polo, pero ahora en un movimiento que había fundado
colectivamente con Mockus y Lucho. Yo era una persona incómoda, y ellos lo
sabían. Y no porque había sido del M-19, o porque fuera de izquierda, sino
porque con mis debates atraía el peligro. Me había enfrentado a Uribe y a eso lo empezaron a llamar ‘polarización” El presidente aún tenía mucho poder,
porque había construido una estrategia sobre la base del temor. En ese momento,
entendí que en el Partido Verde tampoco lograría ser candidato presidencial.
Decidí regresar al Polo y negocié mi entrada. Los emisarios
me dijeron que aceptaban que me candidatizara, pero que tenía que enfrentar a
Carlos Gavina, que venía de obtener 2.700.000 votos en las pasadas elecciones e
indudablemente era una figura atractiva. Gaviria era un hombre liberal, radical
y, además, era el presidente del Polo Democrático. Tenía alianzas con los
Moreno Rojas y con el MOIR, y eso le garantizaba un poder mayoritario.
Comprendí que, en realidad, me habían propuesto una alianza contra mí. Los
emisarios querían que me volviera un precandidato para hacer una consulta en
octubre, cuando no hay elecciones; mejor dicho, me estaban diciendo que me
derrotarían, porque se creían dueños de los aparatos de la izquierda.
Tuve un pálpito. Si lo que quería era enfrentarme con Uribe, tenía que aceptar esta primera prueba y, si no la superaba, lo habría perdido todo. La izquierda colombiana me había hecho entender que no estaba conmigo, a pesar de mis debates contra el paramilitarismo. Sin embargo, yo pensaba que podía ganar, que esos mismos debates despertarían solidaridad en un pueblo que había sufrido por culpa de las autodefensas, y que por eso se movilizaría a mi favor. Confiaba, sobre todo, en el voto de la gente de Bogotá, que había sido mi gran plaza política y donde ya había ganado elecciones parlamentarias. Confiaba, también, en el electorado costeño, mi lugar de origen y la zona del país en la que empecé mis debates sobre el paramilitarismo.
Con mi equipo de amigos del Polo empezamos a hacer cálculos
electorales. ¿Cómo podía derrotar a Carlos Gaviria? Ellos me decían que él nos
podía ganar con un margen amplio en Santander y en Antioquia, el departamento
donde nació, y que solo ganaríamos si empatábamos en Bogotá. Samuel Moreno, el
alcalde de la capital en ese momento, estaba con Gaviria, entonces para lograr
el empate dependíamos del apoyo de los barrios populares. En el occidente no
tenía opción de ganar, pues Navarro, el gobernador de Nariño, no me apoyaba.
Así que mi victoria dependía de sacar por lo menos la mitad de los votos en
capital y mucha ventaja en el Caribe colombiano.
Hechos los cálculos, nos lanzamos a las elecciones. El día
de los comicios, los resultados reflejaron el trabajo que habíamos hecho a partir
de nuestro análisis: logré empatar en Bogotá, disminuí la diferencia en
Santander gracias al trabajo de Guillermo Alfonso Jaramillo, perdí por un
margen muy amplio en Antioquia, pero finalmente triunfé en la contienda,
gracias a la enorme expresión del voto ciudadano en Córdoba y Sucre. Así, me
convertí en el candidato presidencial del Polo Democrático. Todas las caras de
la burocracia del partido palidecieron; mi victoria los había enmudecido. Y su
reacción fue la esperada: un reflejo de su pequeñez.
Cuatro años antes, nosotros habíamos apoyado la candidatura
de Gaviria con mucho entusiasmo, a pesar de que él había derrotado en una
consulta similar a Navarro, que era nuestro candidato. En parte por nuestros
esfuerzos, Gaviria había logrado quedar de segundo en las elecciones, por
delante de Horacio Serpa del Partido Liberal. A mí, en cambio, me dejaron solo
en 2.010. Mi victoria había sido pírrica. Si bien no contaba con el apoyo del
partido, de todas formas salí con mi equipo a intentar ver qué pasaba en este
país y qué reacción habían suscitado entre la gente mis debates contra el
paramilitarismo. Lo que vino después fue muy decepcionante.
A mí me emocionaba el prospecto de enfrentar a
Uribe, pero la Corte Constitucional tumbó el artículo que le permitía ser
candidato por tercera vez: la justicia finalmente le había puesto punto final a
su presidencia. En ese momento, Uribe perdió la posibilidad de seguir manejando
el país por sí mismo, pero optó por continuar en el poder por medio de otras
personas. De esa manera, lograría solventar la destrucción de su proyecto con
el paramilitarismo y darle la vuelta al hecho de que ya no habría reelecciones
indefinidas para presidentes. Así que designó a su sucesor: su último ministro
de Defensa, Juan Manuel Santos.
El Partido Conservador, por su lado, hizo una
consulta entre Andrés Felipe Arias, el ministro de Agricultura de Uribe, y
Noemí Sanín. Esa consulta la perdió Arias. Yo tenía una relación de amistad
con Noemí y, de hecho, había apoyado su candidatura contra Andrés Pastrana,
pero para 2.010 ella estaba muy disminuida. Los candidatos del Partido Verde,
por su lado, forjaron una alianza que, en efecto, eliminó todas mis
posibilidades de ser presidente. Ellos decidieron realizar una consulta el día
de las elecciones parlamentarias, en marzo del ano electoral. Nosotros
habíamos hecho la consulta del Polo en octubre del año pasado, por lo que ya
estaba fría y olvidada. El Partido Verde, en cambio, saltó al escenario en el
momento indicado con tres precandidatos: Enrique Peñalosa, Lucho Garzón y
Antanas Mockus.
La consulta la ganó Mockus por muchos votos. Eso fue mortal
para mí, porque ahí mismo perdí Bogotá y todas las grandes ciudades. El antiguo
alcalde de la capital pasó por encima mío en las encuestas y aumentó
rápidamente sus seguidores en redes sociales. Era la primera vez que Twitter y
Facebook hacían parte de las campañas y, si bien las usé primero, la
popularidad de Mockus en ellas no tardó en supurarme. Mockus, al final, me
derrotó, y pasó a la segunda vuelta para enfrentarse con Santos. Yo quedé
empatado con Germán Vargas Lleras y saqué 1375 000 votos; nada mal para un
excombatiente del M-19. Navarro sacó alrededor de 900 000 votos.
Esa fue mi primera campaña electoral a la presidencia, y me
llenó de bríos y pasión. Tenía 50 años. En ese punto ya sabía que no quería
regresar al Congreso había trabajado allí durante 20 años y quería aires
nuevos. Por otro lado, mi relación con el Polo atravesaba un momento difícil;
sentía que querían marginarme. Teníamos alguna información sobre la corrupción
del alcalde del Polo Democrático en Bogotá, Samuel Moreno, y como todavía era
senador, decidimos dar el debate sobre la corrupción en nuestro propio partido.
El concejal Carlos Vicente de Roux y el senador Luis Carlos Avellaneda me
acompañaron en ese debate, porque sabíamos que de todas formas iba a estallar y
probablemente iba a acabar con las posibilidades políticas del partido. De
hecho, parte de la razón por a cual muchos bogotanos votaron por Mockus y no
por mí se debía justamente a que rechazaban el clientelismo del partido en la
ciudad.
A mí me pareció que era nuestra responsabilidad política
evidenciar con pruebas, tal como lo habíamos hecho con el paramilitarismo,
con el DAS y con los falsos positivos, la corrupción de nuestro propio partido
en manos del clan Moreno Rojas. Empezamos esa investigación con 40 personas de
todas las UTL y, en poco tiempo, teníamos redactado el informe de la
contratación del Distrito Capital, donde salía que el alcalde Moreno y sus
aliados se habían robado cerca de 50 millones de dólares a través de un cartel
que llamamos el cartel de la contratación. Alcancé a vislumbrar el enganche
con Odebrecht y, por eso, empecé a hablar del cartel nacional de la
contratación. Cuando dimos la rueda de prensa, ninguno de los párrafos del
informe fue refutado. La investigación judicial corroboró cada uno de los
puntos.
Después de denunciar el cartel de Bogotá, me golpeó
la inevitable derrota en las elecciones presidenciales, en las que quedó
elegido Juan Manuel Santos, el candidato de Uribe. Me sentí derrotado, sobre
todo, por haber quedado en el cuarto lugar, y no haber podido pasar a la
segunda vuelta. Pero me alentaba una noticia positiva: tras mi debate contra
el cartel de la contratación, había vuelto a recuperar la confianza del electorado
en Bogotá. Fue como una especie de reconciliación con la ciudad. La capital
aplaudió que hubiera sido capaz de denunciar a miembros de mi propio partido.
Por esas fechas, le puse un ultimátum al Polo. O se
iba Iván Moreno, que no solo era el director nacional del partido y el hermano
del alcalde, sino uno de los protagonistas del desfalco, o me iba yo. La
Comisión de Ética se reunió, me entrevistó y les entregué la documentación del
informe de la contratación. Carlos Gaviria se había retirado tras su derrota.
No del partido, pero sí de la actividad política, y por eso a la cabeza del
Polo estaban Jorge Enrique Robledo, el MOIR y la familia Moreno Rojas. Robledo
nunca participó de la corrupción de Samuel Moreno. El partido decidió,
entonces, que Iván Moreno no se iba. En consecuencia, decidí marcharme.
No hay comentarios:
Publicar un comentario