miércoles, 25 de octubre de 2023

CAPITULO 18, Las elecciones de 2010, una Vida Muchas vidas.

 

Las elecciones de 2010

Entre 2007 y 2010 denuncié públicamente otros crímenes de lesa humanidad que sucedieron en el gobierno de Uribe. El princi­pal fue el de los llamados “falsos positivos' en un debate del senado. Juan Manuel Santos, ministro de defensa de Uribe, quien no respondió pero tomó nota. Después de unas semanas, sus­pendió la resolución del ministro Camilo Ospina, que premiaba a los militares por bajas de la guerrilla y que habían originado este crimen que llegó a asesinar de manera sistemática a 6402 jóvenes inocentes fusilados por las armas oficiales. Luego, en 2008, María del Pilar Hurtado, la nueva directora del DAS, fue a la cárcel. Se trataba de la tercera persona en ese cargo durante el gobierno de Uribe que había terminado presa. Por esas fechas empezó, también, un juicio a generales de la República por el tema de los falsos positivos. En ese momento me di cuenta de que había una parte de la sociedad que comenzaba a reaccionar ante los hechos de corrupción y las alianzas con el narcotráfico y los paramilitares. Se había abierto un espacio, que yo llamé el espacio democrático.


Aunque empezó a surgir una oposición al gobierno Uribe, todavía era muy tímida. Por otro lado, la prensa aún trataba a Uribe como un monarca. De hecho, cuando se casó uno de sus hijos, hicieron del matrimonio toda una parafernalia periodís­tica, asemejando la boda a la del hijo de un rey. Sin embargo, Uribe había sido golpeado por nosotros, y en mis cábalas per­sonales me fui haciendo a la idea de que valía la pena organizar el gran debate público de la sociedad colombiana: entre Uribe y yo. Sentía los efectos de mis debates y creía que me había vuelto un eje de la política nacional. Treinta y cinco de 100 senadores estaban presos por sus vínculos con el paramilitarismo, eso nunca había sucedido en Colombia, y ese hecho me confirmaba que mis debates habían sido efectivos.

Pero el costo había sido alto, como me lo demostraron las encuestas del 2007. Sin embargo, al ver que Uribe se preparaba para lanzarse por una tercera vez a la presidencia, decidí que ya era hora de dejar mi actividad parlamentaria. Quería enfren­tarme con él delante de la sociedad, en la elecciones presiden­ciales. No era un objetivo sencillo. Para empezar, no contaba con el apoyo de mi propio partido. El efecto de mis debates había sido tan negativo para mí en las encuestas que buena parte del Polo Democrático ya no estaba de mi lado. Cada vez que yo discutía en el Congreso generaba malestar entre mis copartidarios. Además, tenía que luchar contra el espíritu caní­bal de la izquierda colombiana, que durante muchos años ha tenido una cultura de pequeñez. La izquierda en el país nunca ha tenido la visión de llegar al poder, y ese pensamiento la lleva a la nimiedad.

Así que mi primer reto, si quería enfrentarme a Uribe en una contienda electoral, consistía en derrotar a la mayoría de mi propio partido para poder ser el candidato presidencial. Incluso llegué a plantearme si la mejor opción era abandonar el Polo. De hecho, estaba seguro de que era lo que más me conve­nía. Pero decidí quedarme un tiempo más porque Lucho Garzón había acabado su mandato como alcalde de Bogotá y yo quería estar a su lado. Pero pronto los dos descubrimos que la misma mayoría que se oponía a mí también se oponía a él.

La idea de salir del Polo no me abandonaba. Así que un día me senté a hablar con Antanas Mockus, que siempre había sido mi amigo, y empezamos a hablar de fundar un nuevo partido. El M-19 que había desaparecido como proyecto político, aún mantenía el cascarón de su personería jurídica y había optado por llamarse Opción Centro. Como era un partido muy margi­nal, le propuse a Mockus que habláramos con ellos para juntar fuerzas y cambiarle el nombre a Partido Verde.

El medio ambiente aún no había aparecido en mis debates porque la lucha contra el paramilitarismo y las masacres en Colombia me copó toda la atención, pero nunca había dejado de ser una de mis cuitas. Por mis estudios en la Universidad de Lovaina, entendía que la nueva conflictividad política que desa­taría el capitalismo, como relación social de producción, era el enfrentamiento y la destrucción de la naturaleza. Decidí volver a la lectura e investigar a fondo la temática del cambio climático y, pronto, el tema ambiental pasó a ser parte de mi ideario político. Sentía, sin embargo, que la izquierda aún no comprendía su impor­tancia. El Polo, en especial, no compartía mis inquietudes. No entendían qué quería decir una organización en red. Para ellos, el final de las jerarquías se leía como un atentando en contra de su propio mundo burocrático y basado en la autoridad.


Como por esas fechas el debate sobre el paramilitarismo había pasado a instancias judiciales, me centré en la lucha ambiental. Por eso les sugerí a Mockus y a Lucho el nombre de Partido Verde. Los dos aceptaron la idea, pero Mockus temía ser relacionado con la izquierda. Lucho venía del Partido Comunista y yo, del M-19. Entonces a la asesora de Mockus se le ocurrió que había que construir un equilibrio, así que invita­ron a Enrique Peñalosa y a Sergio Fajardo a hacer parte del pro­yecto. Peñalosa, para mí, era un insulto al nombre del Partido Verde, pues con él había tenido mi gran debate sobre el borde


Uribe había sido golpeado por nosotros, y en mis cábalas per­sonales me fui haciendo a la idea de que valía la pena organizar el gran debate público de la sociedad colombiana: entre Uribe y yo. Sentía los efectos de mis debates y creía que me había vuelto un eje de la política nacional. Treinta y cinco de 100 senadores estaban presos por sus vínculos con el paramilitarismo, eso nunca había sucedido en Colombia, y ese hecho me confirmaba que mis debates habían sido efectivos.

Pero el costo había sido alto, como me lo demostraron las encuestas del 2.007. Sin embargo, al ver que Uribe se preparaba para lanzarse por una tercera vez a la presidencia, decidí que ya era hora de dejar mi actividad parlamentaria. Quería enfren­tarme con él delante de la sociedad, en la elecciones presiden­ciales. No era un objetivo sencillo. Para empezar, no contaba con el apoyo de mi propio partido. El efecto de mis debates había sido tan negativo para mí en las encuestas que buena parte del Polo Democrático ya no estaba de mi lado. Cada vez que yo discutía en el Congreso generaba malestar entre mis copartidarios. Además, tenía que luchar contra el espíritu caní­bal de la izquierda colombiana, que durante muchos años ha tenido una cultura de pequeñez. La izquierda en el país nunca ha tenido la visión de llegar al poder, y ese pensamiento la lleva a la nimiedad.

Así que mi primer reto, si quería enfrentarme a Uribe en una contienda electoral, consistía en derrotar a la mayoría de mi propio partido para poder ser el candidato presidencial. Incluso llegué a plantearme si la mejor opción era abandonar el Polo. De hecho, estaba seguro de que era lo que más me conve­nía. Pero decidí quedarme un tiempo más porque Lucho Garzón había acabado su mandato como alcalde de Bogotá y yo quería estar a su lado. Pero pronto los dos descubrimos que la misma mayoría que se oponía a mí también se oponía a él.

La idea de salir del Polo no me abandonaba. Así que un día me senté a hablar con Antanas Mockus, que siempre había sido mi amigo, y empezamos a hablar de fundar un nuevo partido. El M-19, que había desaparecido como proyecto político, aún mantenía el cascarón de su personería jurídica y había optado por llamarse Opción Centro. Como era un partido muy margi­nal, le propuse a Mockus que habláramos con ellos para juntar fuerzas y cambiarle el nombre a Partido Verde.

El medio ambiente aún no había aparecido en mis debates porque la lucha contra el paramilitarismo y las masacres en Colombia me copó toda la atención, pero nunca había dejado de ser una de mis cuitas. Por mis estudios en la Universidad de Lovaina, entendía que la nueva conflictividad política que desa­taría el capitalismo, como relación social de producción, era el enfrentamiento y la destrucción de la naturaleza. Decidí volver a la lectura e investigar a fondo la temática del cambio climático y, pronto, el tema ambiental pasó a ser parte de mi ideario político. Sentía, sin embargo, que la izquierda aún no comprendía su impor­tancia. El Polo, en especial, no compartía mis inquietudes. No entendían qué quería decir una organización en red. Para ellos, el final de las jerarquías se leía como un atentando en contra de su propio mundo burocrático y basado en la autoridad.

Como por esas fechas el debate sobre el paramilitarismo había pasado a instancias judiciales, me centré en la lucha ambiental. Por eso les sugerí a Mockus y a Lucho el nombre de Partido Verde. Los dos aceptaron la idea, pero Mockus temía ser relacionado con la izquierda. Lucho venía del Partido Comunista y yo, del M-19. Entonces a la asesora de Mockus se le ocurrió que había que construir un equilibrio, así que invita­ron a Enrique Peñalosa y a Sergio Fajardo a hacer parte del pro­yecto. Peñalosa, para mí, era un insulto al nombre del Partido Verde, pues con él había tenido mi gran debate sobre el borde norte de la ciudad, la urbanización y la especulación. Pero Peñalosa quiso entrar. Fajardo, en cambio, no. Incluso se habló de meter a Marta Lucía Ramírez. Fue tal la cantidad de nombres que llegó un momento en que a mí ni siquiera me invitaban a las reuniones.

Me di cuenta de que empezaba a repetirse el problema que había tenido con el Polo, pero ahora en un movimiento que había fundado colectivamente con Mockus y Lucho. Yo era una persona incómoda, y ellos lo sabían. Y no porque había sido del M-19, o porque fuera de izquierda, sino porque con mis deba­tes atraía el peligro. Me había enfrentado a Uribe y a eso lo empezaron a llamar ‘polarización” El presidente aún tenía mucho poder, porque había construido una estrategia sobre la base del temor. En ese momento, entendí que en el Partido Verde tampoco lograría ser candidato presidencial.


Decidí regresar al Polo y negocié mi entrada. Los emisarios me dijeron que aceptaban que me candidatizara, pero que tenía que enfrentar a Carlos Gavina, que venía de obtener 2.700.000 votos en las pasadas elecciones e indudablemente era una figura atractiva. Gaviria era un hombre liberal, radical y, además, era el presidente del Polo Democrático. Tenía alianzas con los Moreno Rojas y con el MOIR, y eso le garantizaba un poder mayoritario. Comprendí que, en realidad, me habían propuesto una alianza contra mí. Los emisarios querían que me volviera un precandi­dato para hacer una consulta en octubre, cuando no hay eleccio­nes; mejor dicho, me estaban diciendo que me derrotarían, porque se creían dueños de los aparatos de la izquierda.


Tuve un pálpito. Si lo que quería era enfrentarme con Uribe, tenía que aceptar esta primera prueba y, si no la superaba, lo habría perdido todo. La izquierda colombiana me había hecho entender que no estaba conmigo, a pesar de mis debates contra el paramilitarismo. Sin embargo, yo pensaba que podía ganar, que esos mismos debates despertarían solidaridad en un pueblo que había sufrido por culpa de las autodefensas, y que por eso se movilizaría a mi favor. Confiaba, sobre todo, en el voto de la gente de Bogotá, que había sido mi gran plaza política y donde ya había ganado elecciones parlamentarias. Confiaba, también, en el electorado costeño, mi lugar de origen y la zona del país en la que empecé mis debates sobre el paramilitarismo.


Con mi equipo de amigos del Polo empezamos a hacer cál­culos electorales. ¿Cómo podía derrotar a Carlos Gaviria? Ellos me decían que él nos podía ganar con un margen amplio en Santander y en Antioquia, el departamento donde nació, y que solo ganaríamos si empatábamos en Bogotá. Samuel Moreno, el alcalde de la capital en ese momento, estaba con Gaviria, entonces para lograr el empate dependíamos del apoyo de los barrios populares. En el occidente no tenía opción de ganar, pues Navarro, el gobernador de Nariño, no me apoyaba. Así que mi victoria dependía de sacar por lo menos la mitad de los votos en capital y mucha ventaja en el Caribe colombiano.


Hechos los cálculos, nos lanzamos a las elecciones. El día de los comicios, los resultados reflejaron el trabajo que había­mos hecho a partir de nuestro análisis: logré empatar en Bogotá, disminuí la diferencia en Santander gracias al trabajo de Guillermo Alfonso Jaramillo, perdí por un margen muy amplio en Antioquia, pero finalmente triunfé en la contienda, gracias a la enorme expresión del voto ciudadano en Córdoba y Sucre. Así, me convertí en el candidato presidencial del Polo Democrático. Todas las caras de la burocracia del partido pali­decieron; mi victoria los había enmudecido. Y su reacción fue la esperada: un reflejo de su pequeñez.


Cuatro años antes, nosotros habíamos apoyado la candida­tura de Gaviria con mucho entusiasmo, a pesar de que él había derrotado en una consulta similar a Navarro, que era nuestro candidato. En parte por nuestros esfuerzos, Gaviria había logrado quedar de segundo en las elecciones, por delante de Horacio Serpa del Partido Liberal. A mí, en cambio, me dejaron solo en 2.010. Mi victoria había sido pírrica. Si bien no contaba con el apoyo del partido, de todas formas salí con mi equipo a intentar ver qué pasaba en este país y qué reacción habían suscitado entre la gente mis debates contra el paramilitarismo. Lo que vino des­pués fue muy decepcionante.


A mí me emocionaba el prospecto de enfrentar a Uribe, pero la Corte Constitucional tumbó el artículo que le permitía ser candidato por tercera vez: la justicia finalmente le había puesto punto final a su presidencia. En ese momento, Uribe perdió la posibilidad de seguir manejando el país por sí mismo, pero optó por continuar en el poder por medio de otras perso­nas. De esa manera, lograría solventar la destrucción de su pro­yecto con el paramilitarismo y darle la vuelta al hecho de que ya no habría reelecciones indefinidas para presidentes. Así que designó a su sucesor: su último ministro de Defensa, Juan Manuel Santos.


El Partido Conservador, por su lado, hizo una consulta entre Andrés Felipe Arias, el ministro de Agricultura de Uribe, y Noemí Sanín. Esa consulta la perdió Arias. Yo tenía una relación de amis­tad con Noemí y, de hecho, había apoyado su candidatura con­tra Andrés Pastrana, pero para 2.010 ella estaba muy disminuida. Los candidatos del Partido Verde, por su lado, forjaron una alianza que, en efecto, eliminó todas mis posibilidades de ser presidente. Ellos decidieron realizar una consulta el día de las elecciones par­lamentarias, en marzo del ano electoral. Nosotros habíamos hecho la consulta del Polo en octubre del año pasado, por lo que ya estaba fría y olvidada. El Partido Verde, en cambio, saltó al esce­nario en el momento indicado con tres precandidatos: Enrique Peñalosa, Lucho Garzón y Antanas Mockus.


La consulta la ganó Mockus por muchos votos. Eso fue mor­tal para mí, porque ahí mismo perdí Bogotá y todas las grandes ciudades. El antiguo alcalde de la capital pasó por encima mío en las encuestas y aumentó rápidamente sus seguidores en redes sociales. Era la primera vez que Twitter y Facebook hacían parte de las campañas y, si bien las usé primero, la popularidad de Mockus en ellas no tardó en supurarme. Mockus, al final, me derrotó, y pasó a la segunda vuelta para enfrentarse con Santos. Yo quedé empatado con Germán Vargas Lleras y saqué 1375 000 votos; nada mal para un excombatiente del M-19. Navarro sacó alrededor de 900 000 votos.


Esa fue mi primera campaña electoral a la presidencia, y me llenó de bríos y pasión. Tenía 50 años. En ese punto ya sabía que no quería regresar al Congreso había trabajado allí durante 20 años y quería aires nuevos. Por otro lado, mi relación con el Polo atravesaba un momento difícil; sentía que querían marginarme. Teníamos alguna información sobre la corrupción del alcalde del Polo Democrático en Bogotá, Samuel Moreno, y como toda­vía era senador, decidimos dar el debate sobre la corrupción en nuestro propio partido. El concejal Carlos Vicente de Roux y el senador Luis Carlos Avellaneda me acompañaron en ese debate, porque sabíamos que de todas formas iba a estallar y probable­mente iba a acabar con las posibilidades políticas del partido. De hecho, parte de la razón por a cual muchos bogotanos vota­ron por Mockus y no por mí se debía justamente a que rechaza­ban el clientelismo del partido en la ciudad.


A mí me pareció que era nuestra responsabilidad política evidenciar con pruebas, tal como lo habíamos hecho con el paramilitarismo, con el DAS y con los falsos positivos, la corrupción de nuestro propio partido en manos del clan Moreno Rojas. Empezamos esa investigación con 40 personas de todas las UTL y, en poco tiempo, teníamos redactado el informe de la contratación del Distrito Capital, donde salía que el alcalde Moreno y sus aliados se habían robado cerca de 50 millones de dólares a través de un cartel que llamamos el cartel de la contra­tación. Alcancé a vislumbrar el enganche con Odebrecht y, por eso, empecé a hablar del cartel nacional de la contratación. Cuando dimos la rueda de prensa, ninguno de los párrafos del informe fue refutado. La investigación judicial corroboró cada uno de los puntos.

Después de denunciar el cartel de Bogotá, me golpeó la inevitable derrota en las elecciones presidenciales, en las que quedó elegido Juan Manuel Santos, el candidato de Uribe. Me sentí derrotado, sobre todo, por haber quedado en el cuarto lugar, y no haber podido pasar a la segunda vuelta. Pero me alen­taba una noticia positiva: tras mi debate contra el cartel de la contratación, había vuelto a recuperar la confianza del electo­rado en Bogotá. Fue como una especie de reconciliación con la ciudad. La capital aplaudió que hubiera sido capaz de denun­ciar a miembros de mi propio partido.

Por esas fechas, le puse un ultimátum al Polo. O se iba Iván Moreno, que no solo era el director nacional del partido y el her­mano del alcalde, sino uno de los protagonistas del desfalco, o me iba yo. La Comisión de Ética se reunió, me entrevistó y les entregué la documentación del informe de la contratación. Carlos Gaviria se había retirado tras su derrota. No del partido, pero sí de la actividad política, y por eso a la cabeza del Polo estaban Jorge Enrique Robledo, el MOIR y la familia Moreno Rojas. Robledo nunca participó de la corrupción de Samuel Moreno. El partido decidió, entonces, que Iván Moreno no se iba. En consecuencia, decidí marcharme.



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