miércoles, 25 de octubre de 2023

capitulo 13, El Congreso, una Vida Muchas vidas.

 

El Congreso

Mi oficina parecía una trinchera en mi último día en el Congreso: mi unidad de trabajo legislativo (UTL), compuesta por personas del M-19, corría de un lado al otro, con papeles y cajas en las manos. En un momento dado, me detuve y los miré con tristeza, recordando a quienes habían luchado a mi lado y habían muerto. Se me vino a la cabeza la historia de mi amigo Enán Lora, injus­tamente acusado por el secuestro de Gloria Lara. Enán era un hombre brillante, un poeta y músico impresionante. A mí me atraía su voz, sus canciones y su interpretación del porro. Lo había traído a trabajar conmigo, pero debió volver a la clandestinidad antes de que se acabara el periodo legislativo por culpa de la orden de captura que expidieron en su contra. A pesar de que era de conocimiento público que el responsable del secuestro era un grupo de delincuentes comunes, el DAS encontró a Enán en Bogotá, lo torturó y luego lo mató. Cuando hablé con el director del DAS, él negó que lo tuvieran y dos días después apareció muerto en una carretera en Facatativá.


El mismo día en que me enteré de su muerte salí con algu­nos compañeros hacia ese pueblo. El alcalde no quería dejarnos examinar su cadáver; lo había puesto detrás de una reja. Desde donde estábamos, sin embargo, alcanzamos a ver que estaba quemado. A su lado había otros cuerpos de militantes del M-19, todos tirados sobre el cemento. Después de hacer las gestiones para enviar su cuerpo de regreso a su tierra, Ciénaga de Oro, finalmente me dejaron entrar a verlo de cerca. Pude abrazar su cuerpo quemado. Tenía el labio completamente destrozado. La tortura había sido brutal. Lo trasladamos al féretro que lo lle­varía a su pueblo. Nunca me he olvidado de él. Cada vez que escucho “Elegía”, el poema de Miguel Hernández cantado por Serrat, lo recuerdo no es el Ramón Sijé de la canción, el repu­blicano español muerto; es Enán Lora el que me invade la mente y el corazón. Lloro cada vez que la escucho. Enán se me fue, como tantos amigos.


Por las fechas en que dejé el Congreso pensé mucho en mis compañeros muertos. Zumbaban preguntas en mi cabeza: ¿qué he hecho yo? ¿Ha sido suficiente? Sentía un dolor intenso. César Gaviria tenía miedo de que nos mataran a todos y por eso nos ofreció unos cargos diplomáticos de bajo nivel Pensé en recha­zar su oferta, pero no sabía qué podía hacer en Colombia. Tampoco tenía claro qué nos podría pasar si nos quedábamos. Yo tenía dos niños pequeños, Andrés y Andrea, casi de brazos, y también por ellos decidí salir con mi familia para Bélgica. Me embargaba la tristeza y la sensación de que habíamos sido derro­tados. Llegué a pensar que mi salida del país sería definitiva.


Nunca antes había estado en un vuelo tan largo. Todo hacía parte de una nueva experiencia, como si atrás, en Colombia, hubiera dejado mi vida vieja. Aterrizamos en París, donde debía­mos hacer una escala, a finales de octubre de 1994, terminando el otoño. Los guardias nos detuvieron porque teníamos tantas mochilas y maletas que seguramente creyeron que éramos inmi­grantes ilegales. Por mi fisonomía latinoamericana, tuve que aguantar una requisa. Cuando me pidieron mis papeles, les entre­gué mi pasaporte diplomático. Al constatar que todo estaba en orden, nos dejaron seguir y nos montamos en otro vuelo rumbo a Bruselas. Gaviria me había dado la oportunidad de elegir mi destino. Tenía la opción de llegar a París, a Londres, a Madrid o a Bruselas. Consideré ir a Madrid, por el idioma. Había leído que en Bélgica la mitad de la población hablaba francés y la otra mitad un idioma germánico que allá denominan “flamón”. La idea de ir a Bruselas era menos atractiva, pero me llamaba la atención estar en la capital de la Unión Europea, desde el punto de vista diplo­mático. Así que escogí esa ciudad. Por esas mismas fechas, Vera Grabe llegó a Madrid, Aníbal Palacios a Londres, Eduardo Chaves a París y Bernardo Gutiérrez a Roma.


El clima me propinó el primer golpe. Jamás había sentido tanto frío, ni siquiera en los páramos del Cauca. Unas semanas después descubrí que la temperatura realmente baja aún no había llegado. A esa sensación de frío se unió la rigidez de una ciudad que me era extraña, en la que se hablaba un idioma que no era el mío. Además, yo no hablaba inglés, a pesar de que siempre había querido. El que había aprendido en el colegio público en Zipaquirá era básico: pencil, girl, boy. El mismo pro­fesor no sabía inglés, así que era imposible que nos lo enseñara. De haber elegido Londres, hubiera sido la oportunidad perfecta para aprenderlo.


De todos modos, me dediqué a estudiar francés. Hoy en día leo en ese idioma y entiendo cuando alguien me conversa, pero me cuesta trabajo hablarlo. Comprendí que los idiomas se aprenden a partir de la personalidad de cada individuo. Cuando una persona habla mucho, tiende a aprender idiomas oralmente. Cuando una persona lee más, entonces su ruta es la lectura. Mi acercamiento al francés fue a través de los libros. Mis hijos, en cambio, aprendieron francés antes que español. Aquella terminó siendo su lengua materna y eso me vinculó para siempre con la enseñanza del francés de ellos. Una vez retorné a Bogotá, para que no perdieran ese idioma, entraron al Liceo Francés, un cole­gio adscrito al sistema público francés que tiene una educación racionalista laica y permite que los jóvenes aprendan a pensar con cierta rigurosidad. Mucha gente no valora la importancia de aprender a pensar. Hoy considero que aún no hemos desa­rrollado esa capacidad en el sistema educativo colombiano, sis­tema el cual se basa en la memoria, la repetición y el examen.


A pesar del tremendo frío que sentí a mi llegada, vivir en Bruselas resultó ser una experiencia totalmente interesante. Por ser la capital institucional de la Unión Europea, es una ciudad que atrae a personas de todo el mundo. En una calle cualquiera, me cruzaba con gente de treinta o cuarenta nacionalidades. De hecho, en ese entonces, en Bruselas vivía gente de alrededor de 140 países. Era como si el mundo entero se hubiera apeñuscado en una ciudad de más o menos un millón de habitantes. Me parecía curioso estar rodeado de tantos lenguajes sin poder comunicarme con sus hablantes. De igual manera, me emocio­naba la diversidad. Nunca había visto algo igual.


De niño me gustaba dibujar mapas. Era uno de mis pasa­tiempos. Cogía los atlas, que tenían todos los mapas en la misma escala, y jugaba a juntar continentes como si se trata de un rom­pecabezas. Me pasaba horas enteras dibujando, pintaba las mon­tañas con colores verde y marrón, reconocía bahías, soñaba con visitar rincones remotos y lejanos. Perdí parte de mi vista desa­rrollando esta actividad, porque tenía muy mala luz, pero logré crear una visión del mundo. Cuando llegué a Europa, fue como ver esas historias en vivo, como si todo lo que había leído se vol­viera realidad.


Los olores en Bruselas eran diferentes a los de Colombia. Eran peculiares, tal vez por la pintura que usaban en las calles o en las casas. La manera como unos y otros se relacionaban en espacios públicos también era distinta. Yo estaba acostumbrado a cierto nivel de interacción que se da entre los transeúntes en Colombia. En Bruselas, en cambio, la gente pocas veces se salu­daba. Las personas caminaban con la mirada al frente, perdida, indiferentes a lo que ocurriera a su alrededor.


Después descubrí que los ciudadanos bugas no vivían en Bruselas y no deambulaban por esas calles. Los únicos que habi­taban la ciudad eran inmigrantes y los miles de empleados que hacían parte de la burocracia internacional. Los locales, en cam­bio, se habían refugiado en los pueblos vecinos. Por eso real­mente no tuve contacto con la sociedad belga, sino con la enorme ciudad cosmopolita y con el enorme influjo de expa­triados que llegaba a esa ciudad.


Bruselas tiene una plaza muy bonita, La Grand Place, de la que había oído leyendas antes de viajar. Cuando la visité, me acordé de inmediato que me encontraba en una de las ciudades donde había nacido el capitalismo. Ese modelo económico había sur­gido en algunas ciudades italianas durante el Renacimiento, sobre todo en las del norte, como Florencia y Venecia; pero también en algunas ciudades de Europa del Norte, como Amberes, Rótterdam, Ámsterdam y Bruselas. Esos fueron los dos núcleos Después pasó a Inglaterra, donde se desarrolló el capitalismo mundial. Más ade­lante creció gracias al oro de nuestros países que saquearon los españoles. Mientras veía las cúpulas de La Gran Place, construi­das con oro americano, recordé que en un sitio llamado La Rose Blanche, ubicado al lado de la plaza, Marx había escrito parte de El capital. Aquella plaza tenía mucha historia.


En Bruselas, mis hijos entraron a un jardín infantil público cerca de donde vivíamos. Recuerdo llevarlos allá de la mano. Esa experiencia me encantaba, sobre todo por el hecho de poder caminar libremente en la calle, algo que en Colombia no podía hacer. En Bélgica, lo hacía todos los días. Los fines de semana sacaba a mis hijos a un parque muy bonito donde a veces había conciertos de música clásica. Ellos disfrutaban, sobre todo, con los cisnes que había en el lago. Correteaban felices. Fueron momentos inolvidables. Recuerdo la emoción que sentía al lle­gar y verlos en una casa caliente en los meses de invierno. Era una sensación de hogar que permanece en mi memoria.


Sin embargo, mi estancia en Bruselas se tomó más dura con el paso del tiempo. La soledad me golpeó, si bien la presencia de familia amortiguó el golpe. Yo era secretario primero en la embajada, pero no tenía ni idea cuál era exactamente mi labor. Debía reportarme ante el embajador, Carlos Arturo Marulanda, un hombre de baja estatura y profundamente pretencioso que usaba vestidos finísimos. Él mismo los mandaba a hacer con sastres muy acreditados de Bruselas y París. Parecía un monarca y actuaba como si perteneciese a una aristocracia. Tardé unos meses en conocerlo en persona.


La embajada, muy modesta, apenas ocupaba un piso de un edificio. Tenía una decoración frugal; ni siquiera había un cuadro de Botero. La residencia del embajador, en cambio, era un casti­llo, pagado por el Estado colombiano. Solo visité aquel palacete una vez. Había tapices hechos en hilo de seda y muchos cuadros. Marulanda era el ejemplo perfecto de nuestra oligarquía. Después descubrí que era un terrateniente riquísimo del sur del César y que tenía nexos paramilitares. Sus fincas eran las mismas que había pisado como oficial del M-19; era yo el que había organi­zado algunos de los campesinos que reclamaban sus tierras.


Cuando nos conocimos, su desprecio por mí fue evidente. De seguro, estaba al tanto de que algunos militantes del M-19 habían llegado a las embajadas colombianas en Europa como una medida para proteger sus vidas. Y, al descubrir que yo era uno de ellos, Marulanda quiso vengarse de mí. Me empezó a tratar de manera profundamente despectiva. Se aseguraba de que yo no tuviera función ni trabajo alguno y, para humillarme, me mandó al sótano del edificio donde quedaba la embajada, que no tenía calefacción y en el invierno se ponía helado.


Los problemas en el trabajo hicieron que mi tiempo en Bruselas se tornara difícil. Yo traía ya la carga de la derrota y la nostalgia de estar lejos de mi país. Quería estar en la lucha polí­tica, en la lucha por el cambio, pero me encontraba arrinconado en un sótano frío, bajo las órdenes de un paramilitar y en una ciu­dad completamente extraña, donde los únicos colombianos a los que tenía acceso eran los que votaban en las elecciones y un cír­culo pequeño de lagartos que visitaban la embajada sobre todo cuando llegaban visitas oficiales de ministros o presidentes.


Quemaba el tiempo caminando por las calles en el frío, conociendo los rincones de Bruselas. Como no hablaba el idioma, no podía entablar una conversación con nadie. Así que recorría la ciudad en silencio, envuelto en una profunda sole­dad. Poco a poco, me familiaricé con los barrios más bullicio­sos, porque extrañaba esa energía. En ocasiones, entraba en alguna taberna, pedía una cerveza y trataba de escuchar a la gente, aunque a menudo mis únicos vecinos eran hombres y mujeres de edad avanzada, tan solitarios como yo. Muchas veces esperé con la ilusión de que el alcohol los relajara y cambiara la dinámica de la taberna, pero al final siempre salían tambaleán­dose por las calles frías, sin haber pronunciado siquiera una palabra. Era un mundo solitario que no comprendía.


Cuando no salía a la calle, estudiaba en casa. Aprendí sobre un héroe popular de Flañdes que se llamaba Jan de Lichte, una especie de Robin Hood belga. A través de él, descubrí la historia de los movimientos obreros del país. La inmigración italiana había construido, en las minas de carbón de Bélgica, una organización sindical muy fuerte y, de hecho, el partido más grande había sido el. socialista. Desafortunadamente, de ese florecimiento comuni­tario quedaba muy poco, y en las calles solo deambulaban indi­viduos solitarios. Esos seres grises eran víctimas del capitalismo avanzado, que rompe los lazos de las comunidades para construir consumidores. Todos ellos se habían convertido en entes andan­tes cuya capacidad de ser interesantes estaba circunscrita a su capacidad de consumir.


Al cabo de unos meses, empecé a sentir más confianza y decidí frecuentar las tabernas donde se reunían los árabes y los negros del Congo. La música que oían me llamaba la atención, porque sin duda sus canciones tenían nexos indiscutibles con los sonidos del Caribe. Aunque me sentía más en casa, al final de la noche no lograba sacudirme de encima el frío y la sensa­ción de estar lejos de casa. Con el tiempo, sin embargo, comencé a dejar a un lado esa soledad, que hoy podría llamarse una represión. No me dejé hundir, porque estaba con mi familia y ellos eran mi válvula de escape.


Un día, de casualidad, encontré una taberna colombiana, la única que existía en toda la ciudad. Los sábados ponían salsa y se llenaba de colombianos y ecuatorianos. Pero el estableci­miento tenía un ambiente pesado. Pude haberme equivocado, pero me pareció que ahí se movía el negocio de la droga y que las personas que lo frecuentaban eran lo que nosotros llamaría­mos “jíbaros”. De tal forma que nunca pude sentirme cómodo, a pesar de ser el único lugar donde sentía a Colombia.


Más adelante aprendí que la mayoría de los colombianos no iban a esa taberna, sino que trataban de pasar desapercibidos. Trataban de mimetizarse y de pasar por debajo del radar, a posar de sus rasgos físicos característicos. Y una de las maneras de lograr ese objetivo consistía en no formar una comunidad colombiana. Las familias estaban aisladas unas de las otras, no había fiestas ni lugares de encuentro. Ese era el mundo del colombiano que deja atrás su país en busca de un mejor futuro, y que lo encuentra a pesar de las barreras culturales y de la soledad. El conductor de la embajada, por ejemplo, se sentía privilegiado por haber conse­guido su puesto. Me comentaba que para él la definición de éxito era tener la nevera llena. El próximo paso, me comentaba, era tener un carro viejo y, luego, formar una familia en Bruselas.


Los colombianos que conocí en Bélgica no querían moles­tar a nadie y no querían que nadie los molestara. Se resignaban a vivir con una nostalgia que los acompañaba año tras año, década tras década, hasta que finalmente morían. Sus hijos cre­cían con la cultura de sus nuevos países y, en la mayoría de los casos, no les interesaba regresar a Colombia. Si el padre o la madre, nostálgicos, quieren volver, tampoco los dejaban. Y de esa manera vivían una existencia amarga, en la que la vida se garantizaba, pero no su intensidad.


Con una amiga colombiana exploré incluso el consumo de algunas drogas, la experimentación con las sensaciones, el viaje hacia el interior, hacia lo profundo, desligado de los nexos de la sociedad, de mi propia lucha y vocación; trataba de explorar los nuevos rincones de una geografía interna. Exploré también las músicas del mundo, las raíces étnicas del universo, exploré las calles, los rincones, las piedras. Un lugar de árboles era mi remanso. Aprendí que, gracias a mi contacto con las montañas colombianas, mi mejor aliado era el árbol, oír cantar los pája­ros. La soledad me llevaba a una exploración profunda, que se volvió además intelectual.


* * *

Me propuse volver a la senda de los estudios para explorar las nuevas ideas políticas que movían al mundo. Había dejado a un lado mi camino académico con la Especialización en Admi­nistración Pública que empecé y no terminé en la Escuela Superior de Administración Pública, en Colombia. Solo me faltó presentar la tesis. Para 1995, mi nivel de francés era lo suficientemente bueno como para estudiar en una universidad local. Quería investigar los fundamentos del neoliberalismo y com­prender por qué habían desaparecido todas las alternativas polí­ticas en el mundo. Me parecía imprescindible volver a un pensamiento abstracto y por eso me inscribí en la Universidad Católica de Lovaina.


Esa ciudad quedaba a treinta kilómetros al este de Bruselas. De entrada, me gustó la idea de estudiar allá porque Camilo Torres Restrepo, quien dejó buena parte de su legado en Bélgica, también había estudiado en esa institución. La universidad era católica y era similar a la Javeriana, pero mucho más barata, pues la educación en ese país hace parte del sistema público. Fue de las primeras universidades del mundo y tiene el francés y el neerlandés como lenguas de instrucción. Por supuesto, crei que el francés sería una lengua de instrucción más sencilla para mí, así que me dirigí a Lovaina la nueva, como le decimos algunos.


El primer día me recibió el director del departamento y varias personas que conocían de Colombia. Hablamos un tiempo y poco después me informaron de que me habían acep­tado en la universidad. En cuestión de días, inicié un diplomado en Medio Ambiente y Desarrollo Poblacional, que duró más o menos un año. Como la mayoría de mis compañeros de clase acababan de graduarse de sus pregrados, yo era uno de los estu­diantes más viejos. La mitad de ellos eran de origen belga y la otra mitad venía de otros países. Habia árabes, africanos y lati­noamericanos. Los latinos éramos tres colombianos y un chi­leno. El profesorado era completamente belga.


Uno de los profesores que más me impresionó fue Jean- Philippe Peemans. No he leído muchos de sus textos, pero era un hombre al que se le notaba su trayectoria intelectual. Entre los estudiantes era el más afamado e indudablemente sus clases eran muy profundas. Su objetivo era mostrarnos, de manera muy crítica, la téoría del desarrollo económico. Un día me dio un libro con lecturas fotocopiadas sobre ese tema; más o menos 200 o 300 páginas de diversos autores en sus idiomas. Descubrí dos cosas: la primera, que aquello que estaba leyendo era tam­bién la realidad que estábamos viviendo; la segunda, que había empezado a pasar de un idioma a otro en mis lecturas, sin pro­blemas de comprensión. Saltaba del español al francés, después al inglés. Me sentí realizado. El inglés me costaba muchísimo trabajo, pero poder leerlo fue para mí una victoria, sobre todo porque leer teoría económica no es sencillo.


En la universidad me sentí inmerso en un mundo cosmo­polita. No me refiero a la sensación que experimenté cuando llegué a Bruselas y me topé en la calle con personas de diversas culturas, sino al mundo de las ideas, que se abría ante mí en diversas lenguas. Ahora podía acercarme a la teoría, a los con­ceptos que criticaban lo que yo observaba, ese capitalismo voraz y neoliberal que se había devorado al planeta en unos pocos años. Y lo entendí, por primera vez, desde la relación entre el desarrollo económico y la naturaleza. Ese descubrimiento marcó mi paso por la Universidad de Lovaina.


Desde entonces, la lucha por el medio ambiente y por el ree­quilibrio con la naturaleza ha sido una de mis cruzadas políti­cas. La expresión “cambio climático”, sin embargo, no la escuché en la universidad. En 1995 aún no era popular, ni siquiera en la academia. Hacía parte de las discusiones que sostenían físicos, químicos y meteorólogos, pero no había llegado a las ciencias humanas y a la teoría económica. De todas formas, lo que aprendí en la universidad me dio los elementos para compren­der la cuestión. Cuando regresé a Colombia en el año 97, llegué con la intención de plantear ese debate. En el país nadie había levantado aquella bandera desde el punto de vista político, y eso me permitió convertirme en una figura innovadora.


Pero en Lovaina no solo aprendí de teoría. También me compré un carro por primera vez en mi vida. Tenía muy poca experiencia conduciendo, pero como el trayecto entre Bruselas y Lováina era apenas de 20 minutos asumí el reto. No tardé mucho en descubrir que manejar en invierno era terrible, sobre todo cuando caía una nevada fuerte. Lo único que me tranqui­lizaba era el conocimiento de que las carreteras y la seguridad vial en ese país eran muy superiores a las de Colombia. Ese año mi familia y yo hicimos un viaje de Bruselas a Barcelona y fue, sin duda, mi gran proeza como conductor. Fueron diez horas de ida y regreso. En una autopista solitaria decidí ensayar cómo era manejar a alta velocidad. Llegué hasta los ciento ochenta kilómetros por hora. A mi regreso a Colombia, sin embargo, dejé de conducir, y llevo 26 años sin hacerlo. En un principio, lo abandoné por miedo, pero después por mi visión política, cuando comprendí el daño que le ocasionaban los carros a las grandes ciudades y al medio ambiente.


* * *

Colombia no era muy conocida en Europa. Los noticieros y perió­dicos solo publicaban noticias negativas: hablaban de las masacres, de Pablo Escobar, del narcotráfico, de la prostitución. Bélgica no era un destino para la prostitución colombiana, pero parecía ser una ruta de tránsito que tenía como destino final Ámsterdam.


En una de esas noches solitarias, fui a. esa ciudad y recorrí el Barrio Rojo. Me sorprendió constatar que exhibían cuerpos humanos en vitrinas, como si fueran mercancía. Así, me enteré, existe la prostitución en los países del norte de Europa. Las muje­res detrás de las vitrinas no tienen contacto real con la sociedad. Generalmente hablan idiomas diferentes y son cuidadas por un proxeneta que mide el tiempo de los clientes y que, si este se demora más de la cuenta, les pasan la cuenta a las trabajadoras sexuales. Es una forma de esclavitud, y allí terminaban muchas colombianas, sobre todo del Eje Cafetero.


Esa noche hablé con una de ellas. Tuvimos una interacción amistosa. Un hombre que cuidaba la calle se dio cuenta y la obligó a entrar al edificio, pero alcancé a darle el teléfono de la Embajada. Nunca llamó, pero se me ocurrió que sería impor­tante contratar una ONG belga, experta en esos temas, para hacer una investigación sobre la trata de colombianas en Bélgica y Holanda. Me puse a averiguar y descubrí que la investigación hubiera costado unos diez mil dólares de hoy. No era mucha plata, pero recibí un no rotundo por parte de la embajada.


A pesar de que no logré llevar a cabo mi proyecto sobre escla­vitud sexual, mi viaje a Ámsterdam me empujó a conocer otras ciudades. Empecé a ampliar mi visión. Sabía que desde Bruselas podía conocer buena parte de Europa y en los viajes encontré una forma de escape. Los fines de semana mi familia y yo cogíamos un tren para visitar, por ejemplo, Ginebra o París. También cono­cimos Luxemburgo, Holanda, Alemania, Dinamarca, España, Inglaterra y Francia. En una ocasión, viajé ocho horas al norte de Estocolmo a visitar a los campesinos que habían sido acusados falsamente del secuestro de Gloria Lara. Vivían dos metros bajo la nieve, y eran de Sucre. Eso me pareció como sacado de un cuento de García Márquez.


De vez en cuando me reunía con los otros exmilitantes del M-19 que vivían en Europa. Nos veíamos en distintas ciudades: en Madrid, en París, en Londres, en Bruselas. Siempre éramos cuatro o cinco personas, así que las reuniones eran relativamente fáciles de organizar. Para mí, estar con ellos era una bocanada de aire fresco. En esas sesiones, me surgió la idea de montar un nuevo proyecto político. Pensaba en darle una segunda vida al M-19, pero esos espacios, en últimas, solo sirvieron como un escape de la realidad.


En una ocasión fui hasta Capadocia, en Turquía. Cuando lle­gué ya era una región en guerra. Había conflictos por el lado de la antigua Yugoslavia y por el lado de Chechenia, en la frontera con la antigua Unión Soviética. Fue fascinante adentrarme un poco en la geopolítica turca. En ese viaje vísite las ruinas de la ciu­dad de Éfeso, donde el apóstol Pablo escribió la Carta a los Efesios. Me comnovió recorrer los restos del gran estadio de los asirios caldeos. También estaban las construcciones griegas en un sitio hermosísimo llamado el castillo de algodón, donde además había unas aguas termales en la parte alta, desde donde se veía el mar Egeo vías cordilleras salpicadas con nieve. Los griegos, definiti­vamente, no se equivocaron en su manera de vivir.


Ese viaje a Turquía fue especial. Me emocionó sobremanera encontrarme en un país y en una región con tanta historia. Visité la casa donde se dice que se refugiaron María y el apóstol Juan, y donde este último escribió una parte de su evangelio. Esos sitios mágicos me trasladaron al mundo de los mapas que dibujaba de niño. A lo lejos, veía el estrecho del Bosforo y el mar Negro. Recuerdo haberme comprado un saco de marinero de ese cuerpo de agua, porque era un sitio que siempre había soñado con conocer.


Los viajes y los días que asistía a !a Universidad de Lovaina me servían para escaparme de la embajada y, sobre todo, de Marulanda. Pero, después de un tiempo, encontré otra forma de ocupar el tiempo: los computadores. En 1995, llegaron a la embajada unos equipos Apple, que hoy serían unas reliquias. Yo había alcanzado a usar unos en Colombia, pero eran aparatos con sistemas operativos muy complejos que no se podían usar a menos que uno supiera un sin número de convenciones de memoria. Los Apple, en cambio, eran fáciles de utilizar. Tenían la practicidad de las ventanas que tenemos hoy en día. Así que un día compré para la casa un computador mucho más avanzado que los de la embajada. Para ese entoncés, ya tenían pan­tallas a color. Aprendí qué era el internet y logré descargar la edición diaria de El Tiempo, una de las primeras páginas de internet que se hicieron en Colombia.


Había entrado al mundo moderno y, cacharreando, me familiaricé con el computador. Empecé a escribir artículos y a navegar la web. El aprendizaje me llevó a unas circunstancias muy especiales. El embajador, para poder imprimir sus docu­mentos conectó todos los computadores a la red de la emba­jada. Pocos funcionarios los sabían manejar tan bien como yo y, gracias a eso, logré meterme en los archivos de los demás empleados de la embajada. Más o menos, me volví un hacker. Un hacker rudimentario, pero en cualquier caso con acceso. Utilicé esa oportunidad para entrar al computador del embaja­dor y, así, volver a mi lucha política. Lo que no sabía era que me había topado con una mina de oro.


En mis pesquisas descubrí muchas cosas. Una de las prime­ras fue la manera como la embajada y el Gobierno colombiano manejaban en el exterior los debates sobre derechos humanos. Para 1995, Colombia ya sufría una epidemia de masacres; de eso leía todos los días en el portal de El Tiempo. Me interesaba saber qué estaba haciendo Samper y también entender cómo había logrado que el mundo no conociera la terrible noche por la que atravesaba Colombia. En mi nueva actividad, me enteré de que los miembros del Partido Socialista Obrero Español, par­lamentarios en la Unión Europea, habían ayudado al Gobierno colombiano a frenar los debates sobre derechos humanos.


Ese descubrimiento me sorprendió. No entendía por qué el Partido Socialista Obrero Español, del que tenía una idea mítica por la lucha en la clandestinidad de Felipe González, por la lucha contra el franquismo, por la época de la República, se había aliado con lo peor de la sociedad colombiana y defendía las peo­res injusticias. Ellos no habían permitido que el mundo cono­ciera el genocidio del pueblo colombiano y, además, sus altos directivos confabulaban con la oligarquía colombiana. Tanto ellos como mi jefe, el embajador Marulanda, habían sido clave para detener el informe Zeta, un documento que un grupo de ingleses e irlandeses iban a presentar a la Comisión de Derechos Humanos del Parlamento Europeo. El texto revelaba el cobro de comisiones a la empresa Siemens por la construcción del Metro de Medellín. Al conocer el contenido del informe Zeta, entendí una parte fundamental de la política exterior de España respecto a América Latina. Independientemente de si el partido era de derecha o de izquierda, los negocios eran los negocios.


En el computador de Marulanda también me enteré de que su única función real como embajador era defender los intere­ses de las bananeras y del empresariado bananero colombo-ecuatoriano, que estaba ligado al paramilitarismo. Por eso mi propuesta de contratar una ONG para investigar las rutas de la trata de mujeres colombianas en esa región le sonó como una estridencia comunista. A él solo le interesaban dos cosas: los negocios del banano y defender al Gobierno colombiano de cualquier tipo de debate que se hiciera sobre derechos humanos.


Por esas fechas, en medio de la cruenta arremetida paramilitar que vivía Colombia, estalló el caso de la Hacienda Bellacruz, que era propiedad de mi jefe. Yo ya había recorrido ese predio en 1987, cuando dirigí el esfuerzo del M-19 en el nororiente colom­biano. En esa época, viví de cerca la experiencia de las recupera­ciones de tierra que llevaron a cabo los campesinos del sur del Cesar, una práctica que siguieron ejerciendo con el correr de los años. En 1996, un grupo de ellos se tomó parte de la hacienda de Marulanda y, a los pocos días, los terratenientes aliados con los paramilitares arremetieron con sangre y fuego contra los campe­sinos. Salvatore Mancuso y sus hombres quemaron 250 ranchos y torturaron, desaparecieron y asesinaron a más de 200 civiles.


Como esa noticia y otras similares aparecían en los porta­les de El Tiempo y El Espectador, tomé la decisión de difundir­las en Bruselas. Imprimí treinta o cuarenta páginas y se las entregué a los contactos del embajador y otros que yo había con­seguido. Quería impactarlos. Las noticias eran en español, así que, si llegaban a alguien que no conocía el idioma, hasta ahí llegaba su difusión. Pero esa fue mi manera de solidarizarme con la tragedia. Cuando el embajador se enteró de mi plan, intentó prohibirme el uso del papel y de la fotocopiadora de la embajada, pero yo ya había emprendido un trabajo en función de la resistencia popular en Colombia.


Como parte de mi investigación también pude descubrir que la compra de lós tapices de seda se había hecho con dinero público. Todas las compras aparecían con destino a la embajada, pero él se las llevaba a su castillo. Constaté, también, que el tapiz era diez veces más caro de lo que yo le había pedido para hacer la inves­tigación sobre la trata de blancas. El final de mis pesquisas coin­cidió con mi decisión de volver al país. Antes, sin embargo, tenía que dejarle a alguien la información que había recopilado. Conocía a una persona, un funcionario del Parlamento Europeo de izquierda., que no me quería mucho, pero que era la persona indicada. Le entregué un fajo de documentos.


Marulanda cayó un tiempo después. No cayó por la masa­cre de Bellacruz ni fue juzgado por poner la embajada al servi­cio de los bananeros, sino por el tapete de hilo de seda que compró con dineros públicos y puso en su casa. Eso era lo de menos, pero por lo menos cayó por algo. Creo que Carlos Arturo Marulanda jamás me olvidará.



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