Mi oficina parecía una trinchera en mi último día
en el Congreso: mi unidad de trabajo legislativo (UTL), compuesta por personas
del M-19, corría de un lado al otro, con papeles y cajas en las manos. En un
momento dado, me detuve y los miré con tristeza, recordando a quienes habían
luchado a mi lado y habían muerto. Se me vino a la cabeza la historia de mi
amigo Enán Lora, injustamente acusado por el secuestro de Gloria Lara. Enán
era un hombre brillante, un poeta y músico impresionante. A mí me atraía su
voz, sus canciones y su interpretación del porro. Lo había traído a trabajar
conmigo, pero debió volver a la clandestinidad antes de que se acabara el
periodo legislativo por culpa de la orden de captura que expidieron en su
contra. A pesar de que era de conocimiento público que el responsable del
secuestro era un grupo de delincuentes comunes, el DAS encontró a Enán en
Bogotá, lo torturó y luego lo mató. Cuando hablé con el director del DAS, él
negó que lo tuvieran y dos días después apareció muerto en una carretera en
Facatativá.
El mismo día en que me enteré de su muerte salí con
algunos compañeros hacia ese pueblo. El alcalde no quería dejarnos examinar su
cadáver; lo había puesto detrás de una reja. Desde donde estábamos, sin
embargo, alcanzamos a ver que estaba quemado. A su lado había otros cuerpos de
militantes del M-19, todos tirados sobre el cemento. Después de hacer las
gestiones para enviar su cuerpo de regreso a su tierra, Ciénaga de Oro,
finalmente me dejaron entrar a verlo de cerca. Pude abrazar su cuerpo quemado.
Tenía el labio completamente destrozado. La tortura había sido brutal. Lo
trasladamos al féretro que lo llevaría a su pueblo. Nunca me he olvidado de
él. Cada vez que escucho “Elegía”, el poema de Miguel Hernández cantado por
Serrat, lo recuerdo no es
el Ramón Sijé de la canción, el republicano español muerto; es Enán Lora el
que me invade la mente y el corazón. Lloro cada vez que la escucho. Enán se me
fue, como tantos amigos.
Por las fechas en que dejé el Congreso pensé mucho
en mis compañeros muertos. Zumbaban preguntas en mi cabeza: ¿qué he hecho yo?
¿Ha sido suficiente? Sentía un dolor intenso. César Gaviria tenía miedo de que
nos mataran a todos y por eso nos ofreció unos cargos diplomáticos de bajo nivel Pensé en rechazar su oferta, pero no sabía qué podía hacer en Colombia.
Tampoco tenía claro qué nos podría pasar si nos quedábamos. Yo tenía dos niños
pequeños, Andrés y Andrea, casi de brazos, y también por ellos decidí salir con
mi familia para Bélgica. Me embargaba la tristeza y la sensación de que
habíamos sido derrotados. Llegué a pensar que mi salida del país sería
definitiva.
Nunca antes había estado en un vuelo tan largo.
Todo hacía parte de una nueva experiencia, como si atrás, en Colombia, hubiera
dejado mi vida vieja. Aterrizamos en París, donde debíamos hacer una escala,
a finales de octubre de 1994, terminando el otoño. Los guardias nos detuvieron
porque teníamos tantas mochilas y maletas que seguramente creyeron que éramos
inmigrantes ilegales. Por mi fisonomía latinoamericana, tuve que aguantar una
requisa. Cuando me pidieron mis papeles, les entregué mi pasaporte
diplomático. Al constatar que todo estaba en orden, nos dejaron seguir y nos
montamos en otro vuelo rumbo a Bruselas. Gaviria me había dado la oportunidad
de elegir mi destino. Tenía la opción de llegar a París, a Londres, a Madrid o
a Bruselas. Consideré ir a Madrid, por el idioma. Había leído que en Bélgica la
mitad de la población hablaba francés y la otra mitad un idioma germánico que
allá denominan “flamón”. La idea de ir a Bruselas era menos atractiva, pero me
llamaba la atención estar en la capital de la Unión Europea, desde el punto de
vista diplomático. Así que escogí esa ciudad. Por esas mismas fechas, Vera
Grabe llegó a Madrid, Aníbal Palacios a Londres, Eduardo Chaves a París y
Bernardo Gutiérrez a Roma.
El clima me propinó el primer golpe. Jamás había
sentido tanto frío, ni siquiera en los páramos del Cauca. Unas semanas después
descubrí que la temperatura realmente baja aún no había llegado. A esa
sensación de frío se unió la rigidez de una ciudad que me era extraña, en la
que se hablaba un idioma que no era el mío. Además, yo no hablaba inglés, a
pesar de que siempre había querido. El que había aprendido en el colegio
público en Zipaquirá era básico: pencil, girl,
boy. El mismo profesor no sabía
inglés, así que era imposible que nos lo enseñara. De haber elegido Londres,
hubiera sido la oportunidad perfecta para aprenderlo.
De todos modos, me dediqué a estudiar francés. Hoy en día leo en ese idioma y entiendo cuando alguien me conversa, pero me cuesta trabajo hablarlo. Comprendí que los idiomas se aprenden a partir de la personalidad de cada individuo. Cuando una persona habla mucho, tiende a aprender idiomas oralmente. Cuando una persona lee más, entonces su ruta es la lectura. Mi acercamiento al francés fue a través de los libros. Mis hijos, en cambio, aprendieron francés antes que español. Aquella terminó siendo su lengua materna y eso me vinculó para siempre con la enseñanza del francés de ellos. Una vez retorné a Bogotá, para que no perdieran ese idioma, entraron al Liceo Francés, un colegio adscrito al sistema público francés que tiene una educación racionalista laica y permite que los jóvenes aprendan a pensar con cierta rigurosidad. Mucha gente no valora la importancia de aprender a pensar. Hoy considero que aún no hemos desarrollado esa capacidad en el sistema educativo colombiano, sistema el cual se basa en la memoria, la repetición y el examen.
A pesar del tremendo frío que sentí a mi llegada,
vivir en Bruselas resultó ser una experiencia totalmente interesante. Por ser la
capital institucional de la Unión Europea, es una ciudad que atrae a personas de todo el mundo. En una calle cualquiera, me cruzaba con gente de treinta o
cuarenta nacionalidades. De hecho, en ese entonces, en Bruselas vivía gente de
alrededor de 140 países. Era como si el mundo entero se hubiera apeñuscado en
una ciudad de más o menos un millón de habitantes. Me parecía curioso estar
rodeado de tantos lenguajes sin poder comunicarme con sus hablantes. De igual
manera, me emocionaba la diversidad. Nunca había visto algo igual.
De niño me gustaba dibujar mapas. Era uno de mis
pasatiempos. Cogía los atlas, que tenían todos los mapas en la misma escala, y
jugaba a juntar continentes como si se trata de un rompecabezas. Me pasaba
horas enteras dibujando, pintaba las montañas con colores verde y marrón,
reconocía bahías, soñaba con visitar rincones remotos y lejanos. Perdí parte de
mi vista desarrollando esta actividad, porque tenía muy mala luz, pero logré
crear una visión del mundo. Cuando llegué a Europa, fue como ver esas
historias en vivo, como si todo lo que había leído se volviera realidad.
Los olores en Bruselas eran diferentes a los de Colombia. Eran peculiares, tal vez por la pintura que usaban en las calles o en las casas. La manera como unos y otros se relacionaban en espacios públicos también era distinta. Yo estaba acostumbrado a cierto nivel de interacción que se da entre los transeúntes en Colombia. En Bruselas, en cambio, la gente pocas veces se saludaba. Las personas caminaban con la mirada al frente, perdida, indiferentes a lo que ocurriera a su alrededor.
Después descubrí que los ciudadanos bugas no vivían
en Bruselas y no deambulaban por esas calles. Los únicos que habitaban la
ciudad eran inmigrantes y los miles de empleados que hacían parte de la
burocracia internacional. Los locales, en cambio, se habían refugiado en los
pueblos vecinos. Por eso realmente no tuve contacto con la sociedad belga,
sino con la enorme ciudad cosmopolita y con el enorme influjo de expatriados
que llegaba a esa ciudad.
Bruselas tiene una plaza muy bonita, La Grand
Place, de la que había oído leyendas antes de viajar. Cuando la visité, me
acordé de inmediato que me encontraba en una de las ciudades donde había nacido
el capitalismo. Ese modelo económico había surgido en algunas ciudades
italianas durante el Renacimiento, sobre todo en las del norte, como Florencia
y Venecia; pero también en algunas ciudades de Europa del Norte, como Amberes,
Rótterdam, Ámsterdam y Bruselas. Esos fueron los dos núcleos Después pasó a
Inglaterra, donde se desarrolló el capitalismo mundial. Más adelante creció
gracias al oro de nuestros países que saquearon los españoles. Mientras veía
las cúpulas de La Gran Place, construidas con oro americano, recordé que en un
sitio llamado La Rose Blanche, ubicado al lado de la plaza, Marx había escrito
parte de El capital. Aquella plaza
tenía mucha historia.
En Bruselas, mis hijos entraron a un jardín
infantil público cerca de donde vivíamos. Recuerdo llevarlos allá de la mano.
Esa experiencia me encantaba, sobre todo por el hecho de poder caminar
libremente en la calle, algo que en Colombia no podía hacer. En Bélgica, lo
hacía todos los días. Los fines de semana sacaba a mis hijos a un parque muy
bonito donde a veces había conciertos de música clásica. Ellos disfrutaban,
sobre todo, con los cisnes que había en el lago. Correteaban felices. Fueron
momentos inolvidables. Recuerdo la emoción que sentía al llegar y verlos en
una casa caliente en los meses de invierno. Era una sensación de hogar que
permanece en mi memoria.
Sin embargo, mi estancia en Bruselas se tomó más
dura con el paso del tiempo. La soledad me golpeó, si bien la presencia de
familia amortiguó el golpe. Yo era secretario primero en la embajada, pero no
tenía ni idea cuál era exactamente mi labor. Debía reportarme ante el
embajador, Carlos Arturo Marulanda, un hombre de baja estatura y profundamente
pretencioso que usaba vestidos finísimos. Él mismo los mandaba a hacer con
sastres muy acreditados de Bruselas y París. Parecía un monarca y actuaba como
si perteneciese a una aristocracia. Tardé unos meses en conocerlo en persona.
La embajada, muy modesta, apenas ocupaba un piso de
un edificio. Tenía una decoración frugal; ni siquiera había un cuadro de
Botero. La residencia del embajador, en cambio, era un castillo, pagado por el
Estado colombiano. Solo visité aquel palacete una vez. Había tapices hechos en
hilo de seda y muchos cuadros. Marulanda era el ejemplo perfecto de nuestra
oligarquía. Después descubrí que era un terrateniente riquísimo del sur del César y que tenía nexos paramilitares. Sus fincas eran las mismas que había
pisado como oficial del M-19; era yo el que había organizado algunos de los
campesinos que reclamaban sus tierras.
Cuando nos conocimos, su desprecio por mí fue
evidente. De seguro, estaba al tanto de que algunos militantes del M-19 habían
llegado a las embajadas colombianas en Europa como una medida para proteger sus
vidas. Y, al descubrir que yo era uno de ellos, Marulanda quiso vengarse de mí.
Me empezó a tratar de manera profundamente despectiva. Se aseguraba de que yo
no tuviera función ni trabajo alguno y, para humillarme, me mandó al sótano del
edificio donde quedaba la embajada, que no tenía calefacción y en el invierno
se ponía helado.
Los problemas en el trabajo hicieron que mi tiempo
en Bruselas se tornara difícil. Yo traía ya la carga de la derrota y la
nostalgia de estar lejos de mi país. Quería estar en la lucha política, en la
lucha por el cambio, pero me encontraba arrinconado en un sótano frío, bajo las
órdenes de un paramilitar y en una ciudad completamente extraña, donde los
únicos colombianos a los que tenía acceso eran los que votaban en las
elecciones y un círculo pequeño de lagartos que visitaban la embajada sobre
todo cuando llegaban visitas oficiales de ministros o presidentes.
Quemaba el tiempo caminando por las calles en el
frío, conociendo los rincones de Bruselas. Como no hablaba el idioma, no podía
entablar una conversación con nadie. Así que recorría la ciudad en silencio,
envuelto en una profunda soledad. Poco a poco, me familiaricé con los barrios
más bulliciosos, porque extrañaba esa energía. En ocasiones, entraba en alguna
taberna, pedía una cerveza y trataba de escuchar a la gente, aunque a menudo
mis únicos vecinos eran hombres y mujeres de edad avanzada, tan solitarios como
yo. Muchas veces esperé con la ilusión de que el alcohol los relajara y
cambiara la dinámica de la taberna, pero al final siempre salían tambaleándose
por las calles frías, sin haber pronunciado siquiera una palabra. Era un mundo
solitario que no comprendía.
Cuando no salía a la calle, estudiaba en casa. Aprendí sobre un héroe popular de Flañdes que se llamaba Jan de Lichte, una especie de Robin Hood belga. A través de él, descubrí la historia de los movimientos obreros del país. La inmigración italiana había construido, en las minas de carbón de Bélgica, una organización sindical muy fuerte y, de hecho, el partido más grande había sido el. socialista. Desafortunadamente, de ese florecimiento comunitario quedaba muy poco, y en las calles solo deambulaban individuos solitarios. Esos seres grises eran víctimas del capitalismo avanzado, que rompe los lazos de las comunidades para construir consumidores. Todos ellos se habían convertido en entes andantes cuya capacidad de ser interesantes estaba circunscrita a su capacidad de consumir.
Al cabo de unos meses, empecé a sentir más
confianza y decidí frecuentar las tabernas donde se reunían los árabes y los
negros del Congo. La música que oían me llamaba la atención, porque sin duda
sus canciones tenían nexos indiscutibles con los sonidos del Caribe. Aunque me
sentía más en casa, al final de la noche no lograba sacudirme de encima el frío
y la sensación de estar lejos de casa. Con el tiempo, sin embargo, comencé a
dejar a un lado esa soledad, que hoy podría llamarse una represión. No me dejé
hundir, porque estaba con mi familia y ellos eran mi válvula de escape.
Un día, de casualidad, encontré una taberna
colombiana, la única que existía en toda la ciudad. Los sábados ponían salsa y
se llenaba de colombianos y ecuatorianos. Pero el establecimiento tenía un
ambiente pesado. Pude haberme equivocado, pero me pareció que ahí se movía el
negocio de la droga y que las personas que lo frecuentaban eran lo que nosotros
llamaríamos “jíbaros”. De tal forma que nunca pude sentirme cómodo, a pesar de
ser el único lugar donde sentía a Colombia.
Más adelante aprendí que la mayoría de los
colombianos no iban a esa taberna, sino que trataban de pasar desapercibidos.
Trataban de mimetizarse y de pasar por debajo del radar, a posar de sus rasgos
físicos característicos. Y una de las maneras de lograr ese objetivo consistía
en no formar una comunidad colombiana. Las familias estaban aisladas unas de
las otras, no había fiestas ni lugares de encuentro. Ese era el mundo del
colombiano que deja atrás su país en busca de un mejor futuro, y que lo
encuentra a pesar de las barreras culturales y de la soledad. El conductor de
la embajada, por ejemplo, se sentía privilegiado por haber conseguido su
puesto. Me comentaba que para él la definición de éxito era tener la nevera
llena. El próximo paso, me comentaba, era tener un carro viejo y, luego, formar
una familia en Bruselas.
Los colombianos que conocí en Bélgica no querían
molestar a nadie y no querían que nadie los molestara. Se resignaban a vivir
con una nostalgia que los acompañaba año tras año, década tras década, hasta
que finalmente morían. Sus hijos crecían con la cultura de sus nuevos países
y, en la mayoría de los casos, no les interesaba regresar a Colombia. Si el
padre o la madre, nostálgicos, quieren volver, tampoco los dejaban. Y de esa
manera vivían una existencia amarga, en la que la vida se garantizaba, pero no
su intensidad.
Con una amiga colombiana exploré incluso el consumo de algunas drogas, la experimentación con las sensaciones, el viaje hacia el interior, hacia lo profundo, desligado de los nexos de la sociedad, de mi propia lucha y vocación; trataba de explorar los nuevos rincones de una geografía interna. Exploré también las músicas del mundo, las raíces étnicas del universo, exploré las calles, los rincones, las piedras. Un lugar de árboles era mi remanso. Aprendí que, gracias a mi contacto con las montañas colombianas, mi mejor aliado era el árbol, oír cantar los pájaros. La soledad me llevaba a una exploración profunda, que se volvió además intelectual.
* * *
Me propuse volver a la senda de los estudios para explorar las nuevas ideas políticas que movían al mundo. Había dejado a un lado mi camino académico con la Especialización en Administración Pública que empecé y no terminé en la Escuela Superior de Administración Pública, en Colombia. Solo me faltó presentar la tesis. Para 1995, mi nivel de francés era lo suficientemente bueno como para estudiar en una universidad local. Quería investigar los fundamentos del neoliberalismo y comprender por qué habían desaparecido todas las alternativas políticas en el mundo. Me parecía imprescindible volver a un pensamiento abstracto y por eso me inscribí en la Universidad Católica de Lovaina.
Esa ciudad quedaba a treinta kilómetros al este de
Bruselas. De entrada, me gustó la idea de estudiar allá porque Camilo Torres
Restrepo, quien dejó buena parte de su legado en Bélgica, también había
estudiado en esa institución. La universidad era católica y era similar a la
Javeriana, pero mucho más barata, pues la educación en ese país hace parte del
sistema público. Fue de las primeras universidades del mundo y tiene el francés
y el neerlandés como lenguas de instrucción. Por supuesto, crei que el francés sería una lengua de
instrucción más sencilla para mí, así que me dirigí a Lovaina la nueva, como le
decimos algunos.
El primer día me recibió el director del
departamento y varias personas que conocían de Colombia. Hablamos un tiempo y
poco después me informaron de que me habían aceptado en la universidad. En
cuestión de días, inicié un diplomado en Medio Ambiente y Desarrollo
Poblacional, que duró más o menos un año. Como la mayoría de mis compañeros de
clase acababan de graduarse de sus pregrados, yo era uno de los estudiantes
más viejos. La mitad de ellos eran de origen belga y la otra mitad venía de
otros países. Habia árabes, africanos y latinoamericanos. Los latinos éramos
tres colombianos y un chileno. El profesorado era completamente belga.
Uno de los profesores que más me impresionó fue Jean- Philippe Peemans. No he leído muchos de sus textos, pero era un hombre al que se le notaba su trayectoria intelectual. Entre los estudiantes era el más afamado e indudablemente sus clases eran muy profundas. Su objetivo era mostrarnos, de manera muy crítica, la téoría del desarrollo económico. Un día me dio un libro con lecturas fotocopiadas sobre ese tema; más o menos 200 o 300 páginas de diversos autores en sus idiomas. Descubrí dos cosas: la primera, que aquello que estaba leyendo era también la realidad que estábamos viviendo; la segunda, que había empezado a pasar de un idioma a otro en mis lecturas, sin problemas de comprensión. Saltaba del español al francés, después al inglés. Me sentí realizado. El inglés me costaba muchísimo trabajo, pero poder leerlo fue para mí una victoria, sobre todo porque leer teoría económica no es sencillo.
En la universidad me sentí inmerso en un mundo cosmopolita.
No me refiero a la sensación que experimenté cuando llegué a Bruselas y me topé
en la calle con personas de diversas culturas, sino al mundo de las ideas, que
se abría ante mí en diversas lenguas. Ahora podía acercarme a la teoría, a los
conceptos que criticaban lo que yo observaba, ese capitalismo voraz y neoliberal
que se había devorado al planeta en unos pocos años. Y lo entendí, por primera
vez, desde la relación entre el desarrollo económico y la naturaleza. Ese
descubrimiento marcó mi paso por la Universidad de Lovaina.
Desde entonces, la lucha por el medio ambiente y por el reequilibrio
con la naturaleza ha sido una de mis cruzadas políticas. La expresión “cambio
climático”, sin embargo, no la escuché en la universidad. En 1995 aún no era
popular, ni siquiera en la academia. Hacía parte de las discusiones que
sostenían físicos, químicos y meteorólogos, pero no había llegado a las
ciencias humanas y a la teoría económica. De todas formas, lo que aprendí en la
universidad me dio los elementos para comprender la cuestión. Cuando regresé a
Colombia en el año 97, llegué con la intención de plantear ese debate. En el
país nadie había levantado aquella bandera desde el punto de vista político, y
eso me permitió convertirme en una figura innovadora.
Pero en Lovaina no solo aprendí de teoría. También
me compré un carro por primera vez en mi vida. Tenía muy poca experiencia
conduciendo, pero como el trayecto entre Bruselas y Lováina era apenas de 20
minutos asumí el reto. No tardé mucho en descubrir que manejar en invierno era
terrible, sobre todo cuando caía una nevada fuerte. Lo único que me tranquilizaba
era el conocimiento de que las carreteras y la seguridad vial en ese país eran
muy superiores a las de Colombia. Ese año mi familia y yo hicimos un viaje de
Bruselas a Barcelona y fue, sin duda, mi gran proeza como conductor. Fueron
diez horas de ida y regreso. En una autopista solitaria decidí ensayar cómo era
manejar a alta velocidad. Llegué hasta los ciento ochenta kilómetros por hora.
A mi regreso a Colombia, sin embargo, dejé de conducir, y llevo 26 años sin
hacerlo. En un principio, lo abandoné por miedo, pero después por mi visión
política, cuando comprendí el daño que le ocasionaban los carros a las grandes
ciudades y al medio ambiente.
* * *
Colombia no era muy conocida en Europa. Los noticieros y periódicos solo publicaban noticias negativas: hablaban de las masacres, de Pablo Escobar, del narcotráfico, de la prostitución. Bélgica no era un destino para la prostitución colombiana, pero parecía ser una ruta de tránsito que tenía como destino final Ámsterdam.
En una de esas noches solitarias, fui a. esa ciudad y recorrí el Barrio Rojo. Me sorprendió constatar que exhibían cuerpos humanos en vitrinas, como si fueran mercancía. Así, me enteré, existe la prostitución en los países del norte de Europa. Las mujeres detrás de las vitrinas no tienen contacto real con la sociedad. Generalmente hablan idiomas diferentes y son cuidadas por un proxeneta que mide el tiempo de los clientes y que, si este se demora más de la cuenta, les pasan la cuenta a las trabajadoras sexuales. Es una forma de esclavitud, y allí terminaban muchas colombianas, sobre todo del Eje Cafetero.
Esa noche hablé con una de ellas. Tuvimos una
interacción amistosa. Un hombre que cuidaba la calle se dio cuenta y la obligó
a entrar al edificio, pero alcancé a darle el teléfono de la Embajada. Nunca
llamó, pero se me ocurrió que sería importante contratar una ONG belga,
experta en esos temas, para hacer una investigación sobre la trata de
colombianas en Bélgica y Holanda. Me puse a averiguar y descubrí que la
investigación hubiera costado unos diez mil dólares de hoy. No era mucha plata,
pero recibí un no rotundo por parte de la embajada.
A pesar de que no logré llevar a cabo mi proyecto
sobre esclavitud sexual, mi viaje a Ámsterdam me empujó a conocer otras
ciudades. Empecé a ampliar mi visión. Sabía que desde Bruselas podía conocer
buena parte de Europa y en los viajes encontré una forma de escape. Los fines
de semana mi familia y yo cogíamos un tren para visitar, por ejemplo, Ginebra o
París. También conocimos Luxemburgo, Holanda, Alemania, Dinamarca, España,
Inglaterra y Francia. En una ocasión, viajé ocho horas al norte de Estocolmo a
visitar a los campesinos que habían sido acusados falsamente del secuestro de
Gloria Lara. Vivían dos metros bajo la nieve, y eran de Sucre. Eso me pareció
como sacado de un cuento de García Márquez.
De vez en cuando me reunía con los otros exmilitantes del M-19 que vivían en Europa. Nos veíamos en distintas ciudades: en Madrid, en París, en Londres, en Bruselas. Siempre éramos cuatro o cinco personas, así que las reuniones eran relativamente fáciles de organizar. Para mí, estar con ellos era una bocanada de aire fresco. En esas sesiones, me surgió la idea de montar un nuevo proyecto político. Pensaba en darle una segunda vida al M-19, pero esos espacios, en últimas, solo sirvieron como un escape de la realidad.
En una ocasión fui hasta Capadocia, en Turquía.
Cuando llegué ya era una región en guerra. Había conflictos por el lado de la
antigua Yugoslavia y por el lado de Chechenia, en la frontera con la antigua
Unión Soviética. Fue fascinante adentrarme un poco en la geopolítica turca. En
ese viaje vísite las ruinas de
la ciudad de Éfeso, donde el apóstol Pablo escribió la Carta a los Efesios. Me
comnovió recorrer los restos del gran estadio de los asirios caldeos. También
estaban las construcciones griegas en un sitio hermosísimo llamado el castillo
de algodón, donde además había unas aguas termales en la parte alta, desde donde se veía el mar Egeo vías cordilleras salpicadas con nieve. Los griegos,
definitivamente, no se equivocaron en su manera de vivir.
Ese viaje a Turquía fue especial. Me emocionó
sobremanera encontrarme en un país y en una región con tanta historia. Visité
la casa donde se dice que se refugiaron María y el apóstol Juan, y donde este
último escribió una parte de su evangelio. Esos sitios mágicos me trasladaron
al mundo de los mapas que dibujaba de niño. A lo lejos, veía el estrecho del
Bosforo y el mar Negro. Recuerdo haberme comprado un saco de marinero de ese
cuerpo de agua, porque era un sitio que siempre había soñado con conocer.
Los viajes y los días que asistía a !a Universidad
de Lovaina me servían para escaparme de la embajada y, sobre todo,
de Marulanda. Pero, después de un tiempo, encontré otra forma de ocupar el tiempo: los computadores. En 1995, llegaron a la embajada unos equipos Apple,
que hoy serían unas reliquias. Yo había alcanzado a usar unos en Colombia, pero
eran aparatos con sistemas operativos muy complejos que no se podían usar a
menos que uno supiera un sin número de convenciones de memoria. Los Apple, en
cambio, eran fáciles de utilizar. Tenían la practicidad de las ventanas que tenemos hoy en día. Así que un día
compré para la casa un computador mucho más avanzado que los de la embajada. Para ese entoncés, ya
tenían pantallas a color. Aprendí qué era el internet y logré descargar la
edición diaria de El Tiempo, una de
las primeras páginas de internet que se hicieron en Colombia.
Había entrado al mundo moderno y, cacharreando, me
familiaricé con el computador. Empecé a escribir artículos y a navegar la web.
El aprendizaje me llevó a unas circunstancias muy especiales. El embajador,
para poder imprimir sus documentos conectó todos los computadores a la red de
la embajada. Pocos funcionarios los sabían manejar tan bien como yo y, gracias
a eso, logré meterme en los archivos de los demás empleados de la embajada. Más
o menos, me volví un hacker. Un hacker rudimentario, pero en cualquier caso
con acceso. Utilicé esa oportunidad para entrar al computador del embajador y,
así, volver a mi lucha política. Lo que no sabía era que me había topado con
una mina de oro.
En mis pesquisas descubrí muchas cosas. Una de las primeras
fue la manera como la embajada y el Gobierno colombiano manejaban en el
exterior los debates sobre derechos humanos. Para 1995, Colombia ya sufría una
epidemia de masacres; de eso leía todos los días en el portal de El Tiempo. Me interesaba saber qué estaba
haciendo Samper y también entender cómo había logrado que el mundo no conociera
la terrible noche por la que atravesaba Colombia. En mi nueva actividad, me
enteré de que los miembros del Partido Socialista Obrero Español, parlamentarios
en la Unión Europea, habían ayudado al Gobierno colombiano a frenar los debates
sobre derechos humanos.
Ese descubrimiento me sorprendió. No entendía por qué el Partido Socialista Obrero Español, del que tenía una idea mítica por la lucha en la clandestinidad de Felipe González, por la lucha contra el franquismo, por la época de la República, se había aliado con lo peor de la sociedad colombiana y defendía las peores injusticias. Ellos no habían permitido que el mundo conociera el genocidio del pueblo colombiano y, además, sus altos directivos confabulaban con la oligarquía colombiana. Tanto ellos como mi jefe, el embajador Marulanda, habían sido clave para detener el informe Zeta, un documento que un grupo de ingleses e irlandeses iban a presentar a la Comisión de Derechos Humanos del Parlamento Europeo. El texto revelaba el cobro de comisiones a la empresa Siemens por la construcción del Metro de Medellín. Al conocer el contenido del informe Zeta, entendí una parte fundamental de la política exterior de España respecto a América Latina. Independientemente de si el partido era de derecha o de izquierda, los negocios eran los negocios.
En el computador de Marulanda también me enteré de
que su única función real como embajador era defender los intereses de las
bananeras y del empresariado bananero colombo-ecuatoriano, que estaba ligado
al paramilitarismo. Por eso mi propuesta de contratar una ONG para investigar
las rutas de la trata de mujeres colombianas en esa región le sonó como una
estridencia comunista. A él solo le interesaban dos cosas: los negocios del
banano y defender al Gobierno colombiano de cualquier tipo de debate que se
hiciera sobre derechos humanos.
Por esas fechas, en medio de la cruenta arremetida
paramilitar que vivía Colombia, estalló el caso de la Hacienda Bellacruz, que
era propiedad de mi jefe. Yo ya había recorrido ese predio en 1987, cuando
dirigí el esfuerzo del M-19 en el nororiente colombiano. En esa época, viví de
cerca la experiencia de las recuperaciones de tierra que llevaron a cabo los
campesinos del sur del Cesar, una práctica que siguieron ejerciendo con el
correr de los años. En 1996, un grupo de ellos se tomó parte de la hacienda de
Marulanda y, a los pocos días, los terratenientes aliados con los paramilitares
arremetieron con sangre y fuego contra los campesinos. Salvatore Mancuso y sus
hombres quemaron 250 ranchos y torturaron, desaparecieron y asesinaron a más de
200 civiles.
Como esa noticia y otras similares aparecían en los portales
de El Tiempo y El Espectador, tomé la decisión de difundirlas
en Bruselas. Imprimí treinta o cuarenta páginas y se las entregué a los
contactos del embajador y otros que yo había conseguido. Quería impactarlos.
Las noticias eran en español, así que, si llegaban a alguien que no conocía el
idioma, hasta ahí llegaba su difusión. Pero esa fue mi manera de solidarizarme
con la tragedia. Cuando el embajador se enteró de mi plan, intentó prohibirme
el uso del papel y de la fotocopiadora de la embajada, pero yo ya había
emprendido un trabajo en función de la resistencia popular en Colombia.
Como parte de mi investigación también pude descubrir que
la compra de lós tapices de seda se había hecho con dinero público. Todas las
compras aparecían con destino a la embajada, pero él se las llevaba a su
castillo. Constaté, también, que el tapiz era diez veces más caro de lo que yo
le había pedido para hacer la investigación sobre la trata de blancas. El
final de mis pesquisas coincidió con mi decisión de volver al país. Antes, sin
embargo, tenía que dejarle a alguien la información que había recopilado.
Conocía a una persona, un funcionario del Parlamento Europeo de izquierda., que
no me quería mucho, pero que era la persona indicada. Le entregué un fajo de
documentos.
Marulanda cayó un tiempo después. No cayó por la masacre
de Bellacruz ni fue juzgado por poner la embajada al servicio de los bananeros,
sino por el tapete de hilo de seda que compró con dineros públicos y puso en su
casa. Eso era lo de menos, pero por lo menos cayó por algo. Creo que Carlos
Arturo Marulanda jamás me olvidará.
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