sábado, 21 de octubre de 2023

capitulo 4, Traición y entusiasmo, Una Vida Muchas vidas, Gustavo Petro

 Traición y entusiasmo (capitulo 4)

 Indice 

Presentación  13, 
Los Petro (capitulo 1) 15, El Eme (capitulo 2) 47, La organización y el Bolívar 83 (capitulo 3) 65,
Traición y entusiasmo (capitulo 4) 75, Cárcel y tortura (capitulo 5) 81,  
La toma del Palacio  (capitulo 6) 87, La clandestinidad en Santander (capitulo 7) 105, 
La reunión (capitulo 8) 119,  Adiós en Barrancabermeja  (capitulo 9) 131,
Diálogo tolimense (capitulo 10) 141, “El comunicado de Ortega”  (capitulo 11) 153, 
El heavy metal latinoamericano (capitulo 12) 163, La Constituyente  (capitulo 13) 177, 
La derrota y el exilio (capitulo 14) 187, El Congreso (capitulo 15) 205, El regreso (capitulo 16) 223, 
Mi reunión con Carlos Castaño (capitulo 17) 235, Un presidente paramilitar (capitulo 18) 243, 
El coraje de la verdad (capitulo 19) 255,  Las elecciones de 2010 (capitulo 20) 261, 
La Bogotá Humana (capitulo 21) 269, El cambio climático (capitulo 22) 299, 
La paz  (capitulo 23)  307, Una respuesta al presente (capitulo 24) 317, Epílogo (capitulo 25) 327.


Me encontré con el verdadero mundo del M-19 que nunca había conocido. Mi mundo era el de Zipaquirá; el de los obreros y Bolívar 83, pero a medida que avanzaba el bus por las carrete­ras comprendí que me internaba en una geografía muy distinta. En algún momento, pasé por Florida, Valle, donde acababan de atentar contra Carlos Pizarro. El pueblo estaba lleno de bande­ras azul, blanco y rojo: todo el pueblo estaba con el M-19, y por ese hecho ya se había producido una insurrección. La Policía abandonó el pueblo, el M-19 controló de inmediato el lugar. Me bajé hasta Corinto y me encontré las formaciones guerrilleras que venían de las montañas. Reconocí incluso antiguos compa­ñeros de Bogotá ahora convertidos en guerrilleros, y la primera impresión que me dio fue la dureza de las personas que me encontraba. Eran hombres y mujeres convertidos en soldados de la Fuerza Militar de Occidente que dirigía Pizarro, eran gue­rreros y guerreras, y me los encontraba de frente. Eran dos mun­dos de nuevo, muchas vidas que habían tomado caminos distintos. Yo estaba en el mundo popular y ellos en la guerra.


Por primera vez, vi la cara de Carlos Pizarro. Era un hom­bre muy buen mozo. Llegaba herido a firmar la paz; estaba, por supuesto, alterado y no tenía un buen discurso. Sin embargo, el pueblo se dedicó a bailar todos los días y las noches que estuvi­mos ahí. Era como una verbena popular, la gente quería una fiesta como revolución, recordando a Bateman. Me crucé con Andrés Amarales, con Vera Grabe, con Antonio Navarro, a quien no conocía y tenía mucha inquietud de verlo, pues había sido el director del Plan de Estudios de Ingeniería Sanitaria en la Universidad del Valle. Tenía pinta de alemán hiperactivo, una disciplina para la actividad física enorme y venía del mundo universitario urbano, y eso me hacía sentir cercano. Obviamente él estaba en el Comando de Diálogo Nacional y yo en el de Cundinamarca, pues, como lo advertí antes, el cariño del M-19 hacia mí no era tanto y entendía bien que estaba allí por lo que había hecho en Zipaquirá, por la demostración de fuerza que habíamos tenido. Digamos que, en ese escenario, los militares retrocedían y quienes estábamos en escenarios legales cobrábam­os valor.


De todos modos, era un mundo militar al que estaba lle­gando. Yo no quise ponerme uniforme aunque, de alguna manera, eso les daba estatus en todos los sentidos a quienes lo portaban. Una de aquellas noches me entregaron una carabina y me instalaron en una de las entradas al pueblo, pero quizás fue la única función marcial que desempeñé. Más bien, me intere­saba ir y hablar con la gente. Salía de la zona de seguridad con amigos de Bogotá, conversábamos con la población de Corinto que se mostraba entusiasta con nosotros. Se le ocurrió a alguien pedirles que se inscribieran quienes quisieran ser del M-19 y se formaron filas larguísimas. Eso nos comprobaba, cada vez más, que era un movimiento popular. La perspectiva de la paz atrajo la simpatía de la gente, así que pensé que eso podía trasladarse a las ciudades; Corinto era muy pequeño, pero tal vez podía ser una muestra de que en los barrios, tal como lo había comprobado en Zipaquirá, podíamos desencadenar un gran movimiento. No se trataba de elecciones, pues al fin y al cabo eso ya lo había probado, sino de involucrar a muchos en este diálogo nacional para proponer reformas profundas, y si no eran acep­tadas por la oligarquía el pueblo podía tomarse el poder.


Tras unos días, nos despedimos de Corinto. Muchos se fue­ron hacia la cordillera, hacia un punto que después se volvió famoso, que fueron Los Robles, en donde se celebraría, más ade­lante, el Congreso por la Paz y la Democracia, organizado del 13 al 17 de febrero. Volví a Zipaquirá. Había conocido la guerrilla rural de Colombia o el Ejército Libertador, que era como nos llamaban, la Fuerza Militar de Occidente; había conocido a toda la plana mayor del M-19, que aún sobrevivía, pues de los mandos solo Bateman había muerto en el accidente, y el doctor Carlos Toledo Plata había sido asesinado en Bucaramanga estando en la lega­lidad, producto de la tregua, el 10 de agosto de 1984.


Se había acabado mi distanciamiento, y podía trabajar en lo que a mí me gustaba, en convocar a la población. Entonces tra­bajé, durante unos meses, en actividades políticas legales. Poco a poco, vi cómo se llenaban las plazas y la simpatía que arras­trábamos. En Zipaquirá, hice pública mi pertenencia al M-19. Eso cambió muchas cosas, pues, así fuera concejal, me convertí en alguien incómodo. No hay que olvidar que el establecimiento, a través del Ejército, quería sabotear el proceso, objetivo que al final logró: como siempre, no estaba dispuesto a negociar refor­mas democráticas y pensaba en que se trataba de acabar con un grupo de revolucionarios. Ese momento lo he pensado mucho, pues creo que lo que debió plantearse de inmediato era una Constituyente como una manera de reformar de verdad a la sociedad. Fue de todos modos tal la presión de provocarnos para que nos lanzáramos a la guerra.


Y eso, finalmente, fue lo que ocurrió.


El 20 de diciembre el Ejército lanzó la operación Garfio en contra del campamento de La Libertad, en Yarumales. Creían que era una operación de trámite, y la defensa de ese lugar, durante 27 días, le demostró al país que estaban ante un ejército formado y entrenado, que era capaz de defender sus posiciones. Pizarro, que estaba allí al frente de las tropas, atrapó al ejército entre dos fuegos. Esa fue una derrota tremenda para el Ejército que hizo que se instalara una convicción de capacidad y triunfo militar en el M-19, y eso fue lo que llevó a la toma del Palacio de Justicia.


Obviamente no estuve en Yarumales. Había estado en la Costa, en Ciénaga de Oro, y al regresar a Zipaquirá el Ejército comenzó a hostigar a la gente del Bolívar 83, buscando armas. Al llegar, comenzaron a apresarme una y otra vez, sin razones, pero me soltaban porque no tenían nada contra mí. Me fui vol­viendo una especie de miliciano en el barrio, dormía ahí, e iza­mos las banderas del M-19, que la Policía tumbaba una y otra vez. Había un ambiente que no era propiamente el de una tre­gua, y en junio estalló un paro nacional, en julio Pizarro declaró el fin de la tregua, y comenzó de nuevo la guerra.


Habíamos recibido un casete grabado en donde se nos pedía no abandonar nuestras posiciones ante la declaratoria del fin de la tregua. El último círculo era el de la vida, es decir, había que batallar hasta la muerte, y yo hice caso, El Ejército había comen­zado a instigar más y más, había hecho una gran operación en Siloé, en Cali, a donde había matado a mucha gente. Una mañana me buscó Tatiana Rincón, que era mi amiga, abogada del Externado, y parte del comando para decirme que iba a haber algo muy grande en el país.


Decidí quedarme en el barrio unos días. Salí un par de veces, la última vez fui a donde un campesino de Yacopí que cuidaba un campo de golf en la parte plana de Zipaquirá. Tenía que ir a Bogotá a recibir unos mensajes de Jaime Bermeo, que era nuestro con­tacto y estando ahí, en ese campo de golf, vi cuando pasaban los tanques de guerra y las tanquetas hacia el barrio. Aunque tenía la posibilidad de irme, pensé en la orden de Pizarro y decidí regre­sar. En realidad, pensé en el amor por mi gente, la gente pobre del barrio, y sentí que mi lugar era estar con ellos. El barrio estaba rodeado, pero pude entrar disfrazado de minero. Me metí a la boca del lobo a defender a la población y a estar con mi novia, Katia Burgos, que era de una familia conservadora muy distin­guida de Ciénaga de Oro, y que me pareció siempre asombrosa, pues en medio de esa tensión militar, con el barrio rodeado y el peligro latente, ella se metía a visitarme. En el barrio, habíamos hecho trincheras y túneles para resguardarnos desde el estallido del paro nacional, pues nos habían declarado objetivo militar. Pensaba que si me cercaban tendría la alternativa de subirme hacia el páramo de Guerrero y que ahí, más adelante, estaban los cam­pesinos, los de José Domingo y San Cayetano, y perfectamente podía refugiarme allí.


Al cabo de un mes largo, mientras el Ejército entraba en la mañana y salía al terminar el día, una noche Katia me dijo que estaba embarazada. Quedé congelado, nos acostamos en una cama, debían ser como las diez de la noche, y a eso de las cua­tro de la mañana llegó la posta, un muchacho que me informaba, y me dijo que los camiones militares estaban entrando. Me puse unas botas, una ruana, para disfrazarme como campesino y me metí en un túnel que no tenía salida. Pensé que iba a pasar lo mismo de siempre y no me iban a encontrar, pero el Ejército entró amenazando a la gente, golpeándola casa por casa, y a un niño le dijeron que iban a matar a su mamá si no decía dónde se escondían los guerrilleros, entonces el pequeño reveló la exis­tencia de los túneles.


Comencé a escuchar encima nuestro las pisadas, las conver­saciones, y me di cuenta de que habían empezado a remover la tierra. Habíamos aguantado todo el día, pero en la tarde era inminente que nos capturarían. Se abrió el techo del túnel y sentí que me jalaban del pelo y me arrastraban. La gente, subida sobre los techos de las casas, comenzó a gritar. Había caído.


Mucho tiempo después, cuando era senador, entrando a una universidad, un celador fornido me pidió un minuto para hablar conmigo. “Yo fui el soldado que lo capturó en Bolívar 83, en Zipaquira’, me dijo. “Le quiero contar lo siguiente: la orden que yo tenía era tirarle una granada, y yo lo cogí del pelo fue para salvarlo. Ese día me echaron del Ejército”.


Casi me pongo a llorar en ese momento. Había pensado todo ese tiempo en otra versión de la historia. Ese soldado salvó mi vida, mientras un mayor de apellido Fúquene, quien por cierto había estudiado en mi mismo colegio, tenía mucha rabia porque no me habían matado, entonces decidió golpearme fuer­temente mientras me arrastraba fuera del túnel. De ahí, con la gente aterrorizada pero consciente de que me habían capturado, me subieron a un camión con unas diez personas más del barrio, muchos jóvenes, y comencé a sentir la humillación: me ponían las botas encima de la cara encapuchada y tras un trayecto largo, según pude entrever por la capucha, supe que estábamos lle­gando a la Escuela de Caballería, e) Cantón Norte


No hay comentarios:

Publicar un comentario