Mi destitución a manos del procurador Ordóñez
precedió por unos meses la contienda presidencial entre Juan Manuel Santos y
Óscar Iván Zuluaga, el candidato uribista, en 2014. A mí me había dolido que
Santos hubiera sido cómplice de mi destitución. Cuando dejé el Palacio de
Liévano durante un mes en 2014, la Comisión Interamericana de Derechos Humanos
me había expedido por unanimidad unas medidas cautelares que el presidente
desobedeció, un acto que jamás se había visto en Colombia. Nunca se había
desacatado, de manera explícita, una decisión de ese organismo. Y Santos lo
hizo contra mí. Respaldó a Alejandro Ordóñez, sin saber que él se convertiría
en uno de sus peores enemigos.
Había regresado a la alcaldía cuando el candidato del uribismo ganó la primera vuelta. El presidente se había desplomado en las encuestas y, en busca de una solución pragmática, me buscó para que lo apoyáramos. Pero, en ese momento, me sentía tan decepcionado con Santos que incluso llegué a contemplar lo que habría sido un error total: una conversación con el uribismo. Recuerdo haber estado en una reunión donde se estaba discutiendo esa posibilidad, y de repente llegó Iván Cepeda, que estaba metido de lleno en las negociaciones de paz con las PARC. Quizás porque preveía que yo podía dar ese paso, entró a disuadirme y para convencerme de lo que en ese momento me parecía imposible: que yo perdonara a Santos y apoyara el proceso de paz.
Antes de mi destitución, yo no conocía los pormenores de
los diálogos en La Habana, pero de vez en cuando Humberto de la Calle y Sergio
Jaramillo me visitaban y amablemente me narraban el estado de las
negociaciones. Para apoyarlos, yo organizaba enormes manifestaciones de la
ciudadanía en favor de la paz. Yo salía con Santos y por eso, cuando él se
volvió cómplice de mi destitución, lo sentí como una traición profunda. Sin
embargo, ese día Iván Cepeda me planteó el tema como tocaba: no en términos de
ayudar a Santos, sino para ayudar al país a salir de la guerra.
Nuestra conversación me hizo rememorar el momento cuando,
al pie de esa quebrada en el sur del Tolima, hablé con Pízarro sobre la
necesidad de lograr el proceso de paz del M-19. Cuando Iván terminó su alegato,
le di la razón: yo no podía convertirme en un instrumento de la guerra y de la
violencia solo por mi encono con Santos. Si su gobierno era la única posibilidad
para sacar adelante la paz con las FARC, yo lo iba a respaldar. Me comí todos
mis rencores.
Algún tiempo después, se organizó una reunión con Martín
Santos, el hijo del presidente. Ellos estaban preocupados, porque las encuestas
no eran prometedoras y todo parecía indicar que el uribismo volvería al poder.
En la reunión, el presidente me dijo de entrada: “Doctor Petro, su destitución
me ha costado 4 puntos en las encuestas. Ayúdeme". Yo le respondí que así
sería. En ese momento, Santos nos propuso que entráramos al Gobierno, pero yo
rechacé esa posibilidad. Creía que debíamos mantener nuestra independencia, a
diferencia de Germán Vargas Lleras, que vio su oportunidad y le vendió la idea
a Santos de que sin él no era posible ganar las elecciones. Ante el apremio de
vencer a Zuluaga, el presidente prácticamente le entregó medio gobierno.
Para nosotros eso fue terrible, porque Vargas Lleras actuó pensando
en su propia candidatura presidencial para 2018, y pronto se dio a la tarea de
impedir que yo fuera candidato. Él es, en buena parte, el responsable de que
Bogotá no tenga metro subterráneo, porque hizo sus cálculos y entendió que si
Santos aprobaba ese proyecto yo sería el próximo presidente. Así que lo saboteó
pensando en su propia aspiración. La alianza entre Vargas Lleras y el
presidente, sin embargo, no influenció las encuestas. Santos había cometido un
error y, más adelante, reconoció que su error era habernos golpeado.
Nuestra actitud en ese momento fue tratar de reparar esas
diferencias en aras de la paz. Recuerdo haberle dicho a Santos: “Yo lo que
quiero es que usted haga la paz”. Ese fue el punto real de nuestra negociación.
Establecimos un acuerdo político para que políticas de la Bogotá Humana fueran
llevadas al Gobierno nacional. El presidente, en un discurso, alcanzó a decir
que su gobierno debía seguir la política social de la Bogotá Humana. Pero, en
realidad, nosotros no hicimos un acuerdo burocrático. No quisimos hacer parte
de su gobierno porque no nos sentíamos representados, pero sí estábamos de
acuerdo en que el mayor interés de Colombia era acabar la guerra. Por eso ni
siquiera llamamos a votar por la candidata de la izquierda, Clara López. Ella
después entendió nuestra posición, porque además la hizo suya también.
Todos decidimos apoyar a Santos y así fue que nos metimos
en la aventura de salvar la paz de Colombia. El presidente quería pasar a la
historia por haber acabado la guerra con las FARC, que en el fondo implicaba
acabar con este grupo guerrillero. No necesariamente era lo mismo, pero, desde
una visión del establecimiento, de todas formas era un gran triunfo. La
responsabilidad, sin embargo, no era solo del Estado, sino también de la
guerrilla, que construyó las condiciones de su desaparición política en su
momento de mayor gloria militar. Ellos le habían apostado a fortalecerse
armamentísticamente. Desde 1993, por su contacto con el narcotráfico, se habían
inscrito dentro de una fase que se puede llamar “la fase de la guerra”
Las FARC ya no tenían nada que ver con la revolución y por
eso en un comienzo me produjo mucha desconfianza un proceso de paz en esas
condiciones. En ese momento, levanté la tesis de la paz pequeña y la paz
grande. La grande siempre la concebí como el gran acuerdo entre toda la
sociedad, no exclusivamente entre el Estado y un grupo guerrillero. En cambio,
fui crítico de la paz pequeña, pero oponerse significaba mandar a la muerte a
centenares de jóvenes en ambos bandos, y ese tampoco era mi objetivo. Posturas
como esa me separaban de los uribistas, que no habrían tenido el menor problema
en destruir una opción que permitía salvar vidas humanas.
Para mí, el proceso de paz de Santos tenía un problema y es
que no abarcaba la posibilidad de una paz grande. En mi opinión, era un proceso
para rendir a una guerrilla que ya estaba rendida, y eso no es la paz. Sin
embargo, consideraba que pasar la página del episodio de las FARC era
importante para Colombia. Cualquier otra alternativa hubiera sido un hoyo
negro, sin ningún tipo de efecto constructivo. Ya llevábamos 60 años en eso y
no se podía prolongar más. Firmada la paz, el país podría pensar en otros
asuntos, como la democracia y las reivindicaciones sociales. En ese sentido, el
esfuerzo de Santos era válido.
Así que, cuando nos metimos en la actividad electoral para
ayudar a Santos en la segunda vuelta, la opinión pública de la capital
respondió y entendió. Nuestro mensaje fue que Bogotá tenía que ser la capital
de la paz y no podía permitir la destrucción de esa esperanza. Si en la
primera vuelta Zuluaga había ganado en la capital, en la segunda la ciudad
apoyó mayoritariamente a Santos, lo que le permitió obtener su segundo
período presidencial.
El rol que
jugamos en la victoria de Santos nos convirtió en un factor determinante para
la política colombiana. Las normas de la política tradicional establecen que
habríamos podido negociar una serie de objetivos por nuestra participación en
las elecciones. Algunos años después me pregunté por qué no habíamos pedido el
metro subterráneo a cambio de nuestro apoyo. Alvaro Leyva me había dicho que
Santos era básicamente un jugador de poker que no da puntada sin dedal. Todo lo
calculaba y de él podía surgir la colaboración, pero también la traición, como
ya lo habíamos probado. Es probable que él nos hubiera apoyado con el metro,
pero no quise usar esa carta. Puede que yo haya sido ingenuo, pero en el fondo
creo que nuestra independencia nos preservó como alternativa. La otra opción
habría sido volvernos santistas y participar en un gobierno que no estaba marcado
por una visión popular y democrática, sino que pertenecía al establecimiento, a
pesar de que muchos miembros de los clubes y de los espacios de la élite
atacaran a Santos y lo tildaran de traidor, comunista, farsante o guerrillero.
Con el presidente estábamos juntos en un tema, que era la
paz, y yo creo que se cumplió. Él hizo el esfuerzo de acabar una guerra, y esa
guerra terminó. Uno de los eventos que recuerdo de esos años fue el plebiscito
para refrendar el Acuerdo de Paz en 2016. Yo sentía que el plebiscito se iba a
perder. El nivel defake news que había
construido el uribismo me daba la impresión de que ellos iban a ganar. Santos
nunca pensó que iba a perder y muchísima gente en Colombia y fuera del país
veía como un imposible el hecho de que la sociedad misma se suicidara. Pero la
mentira y el miedo vencieron y fueron decisivos en ese triunfo electoral del
uribismo. Fue el mismo método empleado por Goebbels, el jefe de comunicaciones
de Hitler, y su efectividad fue rotunda.
Ese año las fake news
fueron claves en muchos triunfos de la derecha, como la elección de Trump o el
Brexit. El plebiscito hizo parte de esa tendencia. Yo sentía que, si me ponía a
hacer una campaña nacional, podía reunir unos apoyos que, al igual que cuando
triunfó Santos en la segunda vuelta, podían ser determinantes. Santos no lo vio
de esa manera y no me invitó a participar en esa campaña. En vez de eso,
contrató unas ONG que hicieron una pésima labor, porque no entendieron que,
como cualquier campaña, esta tenía que ser política.
Hoy pienso que probablemente nos excluyeron para no darme
fuerza electoral. Sin embargo, siempre he creído que la coalición Santos-Petro
debió haberse expresado en ese momento. Porque si yo hubiera tenido los
recursos para poderme mover por el país, el resultado habría sido el contrario.
Solo 65000 votos separaron al No del Sí. Era una diferencia que se habría
podido superar perfectamente. Cuando ganó el No, me sentí impotente, porque ni
siquiera se les ocurrió a nuestros propios amigos que eran parte del Gobierno y
que hacían parte de esas ONG, que era importante que nosotros nos comunicáramos
con la población.
En algún momento, un poco desesperado, me propuse hacer una
manifestación en Medellín, donde el uribismo era más fuerte, para intentar
disminuir la ventaja . Alcancé a dar la directriz, aunque no tenia dinero. Teresa
Muñoz nos iba a ayudar allá. Antes de concretar la idea la vi muy temerosa,
puso muchos peros, y justo en ese momento me enfermé. Me tuvieron que
hospitalizar durante siete días en la Fundación Santa Fe, porque había
expulsado sangre. Aparentemente había sido una úlcera, pero los médicos nunca
supieron la causa real. Quizás fue todo el estrés político, que se convirtió en
una dolencia física.
Mi hospitalización ocurrió más o menos una semana antes del
plebiscito. Yo me estaba preparando para ir a la única invitación que tuve en
campaña, en Quito. Correa aún estaba en el poder y me invitó a dar una
conferencia en un foro de grupos políticos. Yo me alcancé a recuperar a tiempo
para hacer el viaje. Todos los colombianos en Ecuador solo hablaban del triunfo
del plebiscito, y yo fui el único que auguró la derrota. Más que estar
desilusionados con esa posibilidad, la izquierda latinoamericana se desilusionó
conmigo. Como dicen, el culpable siempre es el mensajero y, al otro día,
efectivamente, llegó e.-u mala noticia.
Sentí una frustración inmensa, porque Uribe se
empoderó de nuevo con ese triunfo, justamente cuando lo creía derrotado. De la
noche a la mañana, se había convertido en la piedra en el zapato para la
posibilidad de la paz en Colombia. Santos, después de perder el plebiscito,
hizo una especie de baipás raro para salvar el acuerdo, pero ese proceso ya
estaba herido a muerte, poique había fracasado públicamente. Lo único que se
había obtenido era la rendición de las FARC y, visto así, era fácil que muchos
militantes de esa guerrilla volvieran a las armas y a la violencia.
En ese momento, el uribismo lanzó una consigna
vergonzosa que nunca han querido reconocer: la de hacer trizas la paz. Fue un
invento de Fernando Londoño Hoyos; y era tan fuerte que ni siquiera el mismo
Uribe la pronunciaba, pero de todas formas se regó como la pólvora y quemó el
edificio de la paz. Porque, en efecto, volvieron trizas la paz y el legado de
Santos quedó en puntos suspensivos. El plebiscito mostró la debilidad del acuerdo
y muchos nos empe, amos a preguntar ¿por qué razón seis millones de colombianos
votaron en contra de la paz?
No es una cuestión que se explica exclusivamente
por el uso eficaz de las fake news. En
realidad, el proceso no tema anclaje en la sociedad, en especial, en la urbana.
La situación fue distinta en las regiones que habían vivido la violencia y
que, de hecho, votaron por el Sí. Fueron las ciudades las que le dieron la
estocada final al plebiscito, evidenciando algunos nexos interesantes entre el
proceso de paz y ese mundo urbano.
En una localidad con tanto respaldo hacia mí como
Ciudad Bolívar, por ejemplo, ganó el No. De ahí mi impotencia, porque creo que
mi presencia habría podido cambiar las votaciones. Hay un dicho popular que
asegura que no hay mal que por bien no venga, y el fracaso de Santos provocó
nuestro ascenso. Pero, para eso, aún faltaba un poco.
* * *
Por las mismas fechas en que el engranaje de la
historia se torcía en torno al proceso de paz de Santos y las FARC, yo entré
en una crisis personal. A inicios de 2016, cuando finalizó mi alcaldía, me
quedé sin qué hacer y no supe cómo manejarlo. Me había acostumbrado a manejar
en Fórmula 1 y de repente me había quedado sin carro. Además, me había quedado
completamente solo. Es una de las derivas del poder. Cuando uno maneja
billones de pesos y puede dar miles de empleos, mucha gente se acerca con
diversas intenciones. Y cuando uno pierde ese poder la gente se aleja. Es una
marca del oportunismo con el que tenemos que lidiar todos los seres humanos.
Una vez se terminó mi alcaldía, toda la bancada que habíamos elegido al Concejo
se fue para otro partido. En su lugar, sin embargo, aparecieron nuevas
compañías.
Aunque solo veía a mi familia, mi comunicación por
Twitter o por Facebook me permitía estar en contacto con centenares de miles de
personas a diario. Fue una soledad extraña, porque realmente no me sentía del
todo a solas. Mucha gente humilde, que tenía esperanzas políticas en todo el
país, me escribía constantemente. Así, empecé a crear nuevas redes que me
permitían pensar en una nueva construcción política. Esas redes se volvieron
cada vez más fuertes y me ayudaron mucho. Yo no lograba medir la incidencia que
tenía en la sociedad, pero caminar por las calles de Bogotá era halagador. El
calor popular me hacía ver que los años de la Bogotá Humana no estaban
perdidos, a pesar de estar viviendo bajo el gobierno de Peñalosa y tener que
observar cómo él destruía paulatinamente por completo el trabajo que habíamos
hecho.
Fue un momento muy difícil de sobrellevar, en especial porque
me habían inhabilitado políticamente. Ellos querían llevarme a la cárcel y me
querían quitar los derechos políticos, como ya había intentado Ordóñez sin
éxito. Entonces recurrieron a ponerme sanciones con multas exorbitantes como
resultado de mis políticas públicas, un acto que violaba la Convención
Americana de Derechos Humanos.
Una de las artimañas fue la siguiente: el contralor de
Bogotá sumó todo lo que había dejado de percibir el sistema de buses privados
después de mi decisión de no subir las tarifas del transporte público. Para
llegar a la suma multiplicó 2 millones de viajes al día, por los 30 días de un
mes, por los 12 meses de un año, por 3 años. Ese había sido el tiempo en el que
había regido mi política de adecuación tarifaria, para que las personas pobres
pudieran usar el sistema de transporte. El contralor convirtió esa suma en una
multa contra mí. Y no lo hizo una sola vez, sino varias veces.
Creo que llegué a ser el hombre más endeudado de Colombia.
Ni siquiera la corrupción desatada en la ruta del Sol II, por el consorcio de
Odebrecht y Luis Carlos Sarmiento, llegó a ser multada con la misma magnitud
que yo. En ese momento, no tenía ningún ingreso, mi única propiedad era mi casa
familiar, que, por haberla puesto como propiedad de mis hijos, se salvó de los
embargos, pero no tema ni cómo pagar las cuentas ban- carias del crédito
hipotecario de esa vivienda. Quedé en una situación donde conseguir el mercado
del día siguiente para mi familia era un problema.
Después surgió el caso de la Transportadora de Gas
Internacional (TGI), por medio del cual el fiscal general Néstor Humberto
Martínez intentó meterme preso. Según la información que tengo, él había
discutido el asunto con Sarmiento Angulo. Ellos me acusaban de haber comprado
acciones de esa empresa, que se había convertido en la transportadora de gas
más importante de la Empresa de Energía de Bogotá. Pero su plan fracasó: el
Gobierno de los Estados Unidos apresó al fiscal encargado de construir el
proceso contra mí.
Al señor le habían grabado una conversación en la que
hablaba sobre unas comisiones con un político corrupto y lo encontraron
culpable en ese país. Increíblemente, cuando lo capturaron, los documentos de
mi proceso estaban en su carro. El tema de TGI sí era criticable, pero no
porque yo hubiera cometido un delito, sino porque mi gobierno no logró cambiar
la matriz de la Empresa de Energía Bogotá, que se sustentaba en el gas. Es
decir, en una fuente de energía sucia. Una de las tareas que quedó pendiente de
mi mandato fue trasladar esa matriz hacia energías limpias.
A pesar de las multas, de los procesos en mi contra y de mi difícil situación económica, aparecieron manos que me ayudaron. Algunas muversidades por fuera áe Bogotá me apoyaron y, sin saber muy bien cómo, logré sobrevivir. No tuve que salir del país y derroté, uno a uno, los procesos que pretendían la pérdida de mis derechos políticos. Todos esos casos, que eran docenas, tenían la intención de que yo no pudiera inscribirme para las elecciones presidenciales de 2018. Pero, gracias a una serie de abogados amigos, que no me cobraron un solo peso, pude vencerlos. Finalmente, la justicia suspendió todos los procesos en mi contra y la mayor parte de las multas que me quitaban mis derechos políticos. Así que logré inscribirme como candidato presidencial a través de una recolección de firmas. Ahí empezó otra historia.
No hay comentarios:
Publicar un comentario