miércoles, 25 de octubre de 2023

capitulo 21, La paz, una Vida Muchas vidas.

La paz

Mi destitución a manos del procurador Ordóñez precedió por unos meses la contienda presidencial entre Juan Manuel Santos y Óscar Iván Zuluaga, el candidato uribista, en 2014. A mí me había dolido que Santos hubiera sido cómplice de mi destitu­ción. Cuando dejé el Palacio de Liévano durante un mes en 2014, la Comisión Interamericana de Derechos Humanos me había expedido por unanimidad unas medidas cautelares que el presidente desobedeció, un acto que jamás se había visto en Colombia. Nunca se había desacatado, de manera explícita, una decisión de ese organismo. Y Santos lo hizo contra mí. Respaldó a Alejandro Ordóñez, sin saber que él se convertiría en uno de sus peores enemigos.


Había regresado a la alcaldía cuando el candidato del uribismo ganó la primera vuelta. El presidente se había desplo­mado en las encuestas y, en busca de una solución pragmática, me buscó para que lo apoyáramos. Pero, en ese momento, me sentía tan decepcionado con Santos que incluso llegué a con­templar lo que habría sido un error total: una conversación con el uribismo. Recuerdo haber estado en una reunión donde se estaba discutiendo esa posibilidad, y de repente llegó Iván Cepeda, que estaba metido de lleno en las negociaciones de paz con las PARC. Quizás porque preveía que yo podía dar ese paso, entró a disuadirme y para convencerme de lo que en ese momento me parecía imposible: que yo perdonara a Santos y apoyara el proceso de paz.


Antes de mi destitución, yo no conocía los pormenores de los diálogos en La Habana, pero de vez en cuando Humberto de la Calle y Sergio Jaramillo me visitaban y amablemente me narraban el estado de las negociaciones. Para apoyarlos, yo orga­nizaba enormes manifestaciones de la ciudadanía en favor de la paz. Yo salía con Santos y por eso, cuando él se volvió cómplice de mi destitución, lo sentí como una traición profunda. Sin embargo, ese día Iván Cepeda me planteó el tema como tocaba: no en términos de ayudar a Santos, sino para ayudar al país a salir de la guerra.


Nuestra conversación me hizo rememorar el momento cuando, al pie de esa quebrada en el sur del Tolima, hablé con Pízarro sobre la necesidad de lograr el proceso de paz del M-19. Cuando Iván terminó su alegato, le di la razón: yo no podía con­vertirme en un instrumento de la guerra y de la violencia solo por mi encono con Santos. Si su gobierno era la única posibili­dad para sacar adelante la paz con las FARC, yo lo iba a respal­dar. Me comí todos mis rencores.


Algún tiempo después, se organizó una reunión con Martín Santos, el hijo del presidente. Ellos estaban preocupados, porque las encuestas no eran prometedoras y todo parecía indicar que el uribismo volvería al poder. En la reunión, el presidente me dijo de entrada: “Doctor Petro, su destitución me ha costado 4 puntos en las encuestas. Ayúdeme". Yo le respondí que así sería. En ese momento, Santos nos propuso que entráramos al Gobierno, pero yo rechacé esa posibilidad. Creía que debíamos mantener nues­tra independencia, a diferencia de Germán Vargas Lleras, que vio su oportunidad y le vendió la idea a Santos de que sin él no era posible ganar las elecciones. Ante el apremio de vencer a Zuluaga, el presidente prácticamente le entregó medio gobierno.


Para nosotros eso fue terrible, porque Vargas Lleras actuó pensando en su propia candidatura presidencial para 2018, y pronto se dio a la tarea de impedir que yo fuera candidato. Él es, en buena parte, el responsable de que Bogotá no tenga metro subterráneo, porque hizo sus cálculos y entendió que si Santos aprobaba ese proyecto yo sería el próximo presidente. Así que lo saboteó pensando en su propia aspiración. La alianza entre Vargas Lleras y el presidente, sin embargo, no influenció las encuestas. Santos había cometido un error y, más adelante, reco­noció que su error era habernos golpeado.


Nuestra actitud en ese momento fue tratar de reparar esas diferencias en aras de la paz. Recuerdo haberle dicho a Santos: “Yo lo que quiero es que usted haga la paz”. Ese fue el punto real de nuestra negociación. Establecimos un acuerdo político para que políticas de la Bogotá Humana fueran llevadas al Gobierno nacional. El presidente, en un discurso, alcanzó a decir que su gobierno debía seguir la política social de la Bogotá Humana. Pero, en realidad, nosotros no hicimos un acuerdo burocrático. No qui­simos hacer parte de su gobierno porque no nos sentíamos repre­sentados, pero sí estábamos de acuerdo en que el mayor interés de Colombia era acabar la guerra. Por eso ni siquiera llamamos a votar por la candidata de la izquierda, Clara López. Ella después entendió nuestra posición, porque además la hizo suya también.


Todos decidimos apoyar a Santos y así fue que nos metimos en la aventura de salvar la paz de Colombia. El presidente que­ría pasar a la historia por haber acabado la guerra con las FARC, que en el fondo implicaba acabar con este grupo guerrillero. No necesariamente era lo mismo, pero, desde una visión del esta­blecimiento, de todas formas era un gran triunfo. La responsa­bilidad, sin embargo, no era solo del Estado, sino también de la guerrilla, que construyó las condiciones de su desaparición polí­tica en su momento de mayor gloria militar. Ellos le habían apostado a fortalecerse armamentísticamente. Desde 1993, por su contacto con el narcotráfico, se habían inscrito dentro de una fase que se puede llamar “la fase de la guerra”


Las FARC ya no tenían nada que ver con la revolución y por eso en un comienzo me produjo mucha desconfianza un pro­ceso de paz en esas condiciones. En ese momento, levanté la tesis de la paz pequeña y la paz grande. La grande siempre la concebí como el gran acuerdo entre toda la sociedad, no exclusivamente entre el Estado y un grupo guerrillero. En cambio, fui crítico de la paz pequeña, pero oponerse significaba mandar a la muerte a centenares de jóvenes en ambos bandos, y ese tampoco era mi objetivo. Posturas como esa me separaban de los uribistas, que no habrían tenido el menor problema en destruir una opción que permitía salvar vidas humanas.


Para mí, el proceso de paz de Santos tenía un problema y es que no abarcaba la posibilidad de una paz grande. En mi opinión, era un proceso para rendir a una guerrilla que ya estaba rendida, y eso no es la paz. Sin embargo, consideraba que pasar la página del episodio de las FARC era importante para Colombia. Cualquier otra alternativa hubiera sido un hoyo negro, sin ningún tipo de efecto constructivo. Ya llevábamos 60 años en eso y no se podía prolongar más. Firmada la paz, el país podría pensar en otros asuntos, como la democracia y las reivindicaciones sociales. En ese sentido, el esfuerzo de Santos era válido.


Así que, cuando nos metimos en la actividad electoral para ayudar a Santos en la segunda vuelta, la opinión pública de la capital respondió y entendió. Nuestro mensaje fue que Bogotá tenía que ser la capital de la paz y no podía permitir la destruc­ción de esa esperanza. Si en la primera vuelta Zuluaga había ganado en la capital, en la segunda la ciudad apoyó mayoritariamente a Santos, lo que le permitió obtener su segundo período presidencial.


El rol que jugamos en la victoria de Santos nos convirtió en un factor determinante para la política colombiana. Las normas de la política tradicional establecen que habríamos podido nego­ciar una serie de objetivos por nuestra participación en las elec­ciones. Algunos años después me pregunté por qué no habíamos pedido el metro subterráneo a cambio de nuestro apoyo. Alvaro Leyva me había dicho que Santos era básicamente un jugador de poker que no da puntada sin dedal. Todo lo calculaba y de él podía surgir la colaboración, pero también la traición, como ya lo habíamos probado. Es probable que él nos hubiera apoyado con el metro, pero no quise usar esa carta. Puede que yo haya sido ingenuo, pero en el fondo creo que nuestra independencia nos preservó como alternativa. La otra opción habría sido vol­vernos santistas y participar en un gobierno que no estaba mar­cado por una visión popular y democrática, sino que pertenecía al establecimiento, a pesar de que muchos miembros de los clu­bes y de los espacios de la élite atacaran a Santos y lo tildaran de traidor, comunista, farsante o guerrillero.


Con el presidente estábamos juntos en un tema, que era la paz, y yo creo que se cumplió. Él hizo el esfuerzo de acabar una gue­rra, y esa guerra terminó. Uno de los eventos que recuerdo de esos años fue el plebiscito para refrendar el Acuerdo de Paz en 2016. Yo sentía que el plebiscito se iba a perder. El nivel defake news que había construido el uribismo me daba la impresión de que ellos iban a ganar. Santos nunca pensó que iba a perder y muchísima gente en Colombia y fuera del país veía como un imposible el hecho de que la sociedad misma se suicidara. Pero la mentira y el miedo vencieron y fueron decisivos en ese triunfo electoral del uribismo. Fue el mismo método empleado por Goebbels, el jefe de comunicaciones de Hitler, y su efectividad fue rotunda.


Ese año las fake news fueron claves en muchos triunfos de la derecha, como la elección de Trump o el Brexit. El plebiscito hizo parte de esa tendencia. Yo sentía que, si me ponía a hacer una campaña nacional, podía reunir unos apoyos que, al igual que cuando triunfó Santos en la segunda vuelta, podían ser determinantes. Santos no lo vio de esa manera y no me invitó a participar en esa campaña. En vez de eso, contrató unas ONG que hicieron una pésima labor, porque no entendieron que, como cualquier campaña, esta tenía que ser política.


Hoy pienso que probablemente nos excluyeron para no darme fuerza electoral. Sin embargo, siempre he creído que la coalición Santos-Petro debió haberse expresado en ese momento. Porque si yo hubiera tenido los recursos para poderme mover por el país, el resultado habría sido el contrario. Solo 65000 votos separaron al No del Sí. Era una diferencia que se habría podido superar per­fectamente. Cuando ganó el No, me sentí impotente, porque ni siquiera se les ocurrió a nuestros propios amigos que eran parte del Gobierno y que hacían parte de esas ONG, que era importante que nosotros nos comunicáramos con la población.


En algún momento, un poco desesperado, me propuse hacer una manifestación en Medellín, donde el uribismo era más fuerte, para intentar disminuir la ventaja . Alcancé a dar la directriz, aunque no tenia dinero. Teresa Muñoz nos iba a ayudar allá. Antes de concretar la idea la vi muy temerosa, puso muchos peros, y justo en ese momento me enfermé. Me tuvieron que hospitalizar durante siete días en la Fundación Santa Fe, porque había expulsado sangre. Aparentemente había sido una úlcera, pero los médicos nunca supieron la causa real. Quizás fue todo el estrés político, que se convirtió en una dolencia física.


Mi hospitalización ocurrió más o menos una semana antes del plebiscito. Yo me estaba preparando para ir a la única invita­ción que tuve en campaña, en Quito. Correa aún estaba en el poder y me invitó a dar una conferencia en un foro de grupos políticos. Yo me alcancé a recuperar a tiempo para hacer el viaje. Todos los colombianos en Ecuador solo hablaban del triunfo del plebiscito, y yo fui el único que auguró la derrota. Más que estar desilusio­nados con esa posibilidad, la izquierda latinoamericana se desilu­sionó conmigo. Como dicen, el culpable siempre es el mensajero y, al otro día, efectivamente, llegó e.-u mala noticia.


Sentí una frustración inmensa, porque Uribe se empoderó de nuevo con ese triunfo, justamente cuando lo creía derrotado. De la noche a la mañana, se había convertido en la piedra en el zapato para la posibilidad de la paz en Colombia. Santos, después de perder el plebiscito, hizo una especie de baipás raro para sal­var el acuerdo, pero ese proceso ya estaba herido a muerte, poi­que había fracasado públicamente. Lo único que se había obtenido era la rendición de las FARC y, visto así, era fácil que muchos militantes de esa guerrilla volvieran a las armas y a la violencia.


En ese momento, el uribismo lanzó una consigna vergon­zosa que nunca han querido reconocer: la de hacer trizas la paz. Fue un invento de Fernando Londoño Hoyos; y era tan fuerte que ni siquiera el mismo Uribe la pronunciaba, pero de todas formas se regó como la pólvora y quemó el edificio de la paz. Porque, en efecto, volvieron trizas la paz y el legado de Santos quedó en puntos suspensivos. El plebiscito mostró la debilidad del acuerdo y muchos nos empe, amos a preguntar ¿por qué razón seis millones de colombianos votaron en contra de la paz?


No es una cuestión que se explica exclusivamente por el uso eficaz de las fake news. En realidad, el proceso no tema anclaje en la sociedad, en especial, en la urbana. La situación fue dis­tinta en las regiones que habían vivido la violencia y que, de hecho, votaron por el Sí. Fueron las ciudades las que le dieron la estocada final al plebiscito, evidenciando algunos nexos inte­resantes entre el proceso de paz y ese mundo urbano.


En una localidad con tanto respaldo hacia mí como Ciudad Bolívar, por ejemplo, ganó el No. De ahí mi impotencia, porque creo que mi presencia habría podido cambiar las votaciones. Hay un dicho popular que asegura que no hay mal que por bien no venga, y el fracaso de Santos provocó nuestro ascenso. Pero, para eso, aún faltaba un poco.

* * *

Por las mismas fechas en que el engranaje de la historia se tor­cía en torno al proceso de paz de Santos y las FARC, yo entré en una crisis personal. A inicios de 2016, cuando finalizó mi alcal­día, me quedé sin qué hacer y no supe cómo manejarlo. Me había acostumbrado a manejar en Fórmula 1 y de repente me había quedado sin carro. Además, me había quedado comple­tamente solo. Es una de las derivas del poder. Cuando uno maneja billones de pesos y puede dar miles de empleos, mucha gente se acerca con diversas intenciones. Y cuando uno pierde ese poder la gente se aleja. Es una marca del oportunismo con el que tenemos que lidiar todos los seres humanos. Una vez se terminó mi alcaldía, toda la bancada que habíamos elegido al Concejo se fue para otro partido. En su lugar, sin embargo, apa­recieron nuevas compañías.


Aunque solo veía a mi familia, mi comunicación por Twitter o por Facebook me permitía estar en contacto con centenares de miles de personas a diario. Fue una soledad extraña, porque realmente no me sentía del todo a solas. Mucha gente humilde, que tenía esperanzas políticas en todo el país, me escribía cons­tantemente. Así, empecé a crear nuevas redes que me permitían pensar en una nueva construcción política. Esas redes se volvie­ron cada vez más fuertes y me ayudaron mucho. Yo no lograba medir la incidencia que tenía en la sociedad, pero caminar por las calles de Bogotá era halagador. El calor popular me hacía ver que los años de la Bogotá Humana no estaban perdidos, a pesar de estar viviendo bajo el gobierno de Peñalosa y tener que obser­var cómo él destruía paulatinamente por completo el trabajo que habíamos hecho.


Fue un momento muy difícil de sobrellevar, en especial por­que me habían inhabilitado políticamente. Ellos querían lle­varme a la cárcel y me querían quitar los derechos políticos, como ya había intentado Ordóñez sin éxito. Entonces recurrie­ron a ponerme sanciones con multas exorbitantes como resul­tado de mis políticas públicas, un acto que violaba la Convención Americana de Derechos Humanos.


Una de las artimañas fue la siguiente: el contralor de Bogotá sumó todo lo que había dejado de percibir el sistema de buses pri­vados después de mi decisión de no subir las tarifas del transporte público. Para llegar a la suma multiplicó 2 millones de viajes al día, por los 30 días de un mes, por los 12 meses de un año, por 3 años. Ese había sido el tiempo en el que había regido mi política de adecuación tarifaria, para que las personas pobres pudieran usar el sistema de transporte. El contralor convirtió esa suma en una multa contra mí. Y no lo hizo una sola vez, sino varias veces.


Creo que llegué a ser el hombre más endeudado de Colom­bia. Ni siquiera la corrupción desatada en la ruta del Sol II, por el consorcio de Odebrecht y Luis Carlos Sarmiento, llegó a ser multada con la misma magnitud que yo. En ese momento, no tenía ningún ingreso, mi única propiedad era mi casa familiar, que, por haberla puesto como propiedad de mis hijos, se salvó de los embargos, pero no tema ni cómo pagar las cuentas ban- carias del crédito hipotecario de esa vivienda. Quedé en una situación donde conseguir el mercado del día siguiente para mi familia era un problema.


Después surgió el caso de la Transportadora de Gas Internacional (TGI), por medio del cual el fiscal general Néstor Humberto Martínez intentó meterme preso. Según la informa­ción que tengo, él había discutido el asunto con Sarmiento Angulo. Ellos me acusaban de haber comprado acciones de esa empresa, que se había convertido en la transportadora de gas más importante de la Empresa de Energía de Bogotá. Pero su plan fracasó: el Gobierno de los Estados Unidos apresó al fiscal encargado de construir el proceso contra mí.


Al señor le habían grabado una conversación en la que hablaba sobre unas comisiones con un político corrupto y lo encontraron culpable en ese país. Increíblemente, cuando lo capturaron, los documentos de mi proceso estaban en su carro. El tema de TGI sí era criticable, pero no porque yo hubiera cometido un delito, sino porque mi gobierno no logró cambiar la matriz de la Empresa de Energía Bogotá, que se sustentaba en el gas. Es decir, en una fuente de energía sucia. Una de las tareas que quedó pendiente de mi mandato fue trasladar esa matriz hacia energías limpias.


A pesar de las multas, de los procesos en mi contra y de mi difícil situación económica, aparecieron manos que me ayuda­ron. Algunas muversidades por fuera áe Bogotá me apoyaron y, sin saber muy bien cómo, logré sobrevivir. No tuve que salir del país y derroté, uno a uno, los procesos que pretendían la pérdida de mis derechos políticos. Todos esos casos, que eran docenas, tenían la intención de que yo no pudiera inscribirme para las elec­ciones presidenciales de 2018. Pero, gracias a una serie de aboga­dos amigos, que no me cobraron un solo peso, pude vencerlos. Finalmente, la justicia suspendió todos los procesos en mi contra y la mayor parte de las multas que me quitaban mis derechos polí­ticos. Así que logré inscribirme como candidato presidencial a través de una recolección de firmas. Ahí empezó otra historia.

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