miércoles, 25 de octubre de 2023

capitulo 17, El coraje de la verdad, una Vida Muchas vidas.

El coraje de la verdad


Cuando llegué al Senado, como parte del nuevo partido de izquierda Polo Democrático, en 2006, sentí la necesidad de vol­ver a investigar el paramilitarismo región por región. En espe­cial, me llamaba la atención el caso de Antioquia. Tenía la sensación de que a traves de esa investigación podría finalmente descubrir los nexos fundamentales que ataban al presidente Alvaro Uribe Vélez con el fenómeno paramilitar. No era una labor sencilla, y por eso nos preparamos durante meses. Toda mi UTL pasaba días y noches dedicada a esa labor. Como era tradicional en nuestra metodología, lanzábamos apartes a la opi­nión pública para generar expectativa. Pero, en este caso, era más delicado: estábamos jugando con fuego, porque el presi­dente de la República sabía que nuestra labor era contra él. Cuando anunciamos el debate, nos cayó encima una ofensiva durísima.

En cuestión de meses, mi familia tuvo que exiliarse, apare­cieron consignas en las paredes de la escuela donde enseñaba mi hermana, envenenaron a mis perros, iniciaron una profunda labor de inteligencia en la casa de mi madre e interceptaron mis celulares. De este último episodio surgió otro debate, el de las interceptaciones telefónicas (que se conocieron como las "chu­zadas" del DAS), que organicé a finales de mi periodo en el Senado. Además de todo lo que padecieron mis familiares, a mí me empezaron a vigilar de manera constante. Mis escoltas de seguridad, miembros de la Policía y del DAS, los ponía el Estado. Mejor dicho, no eran realmente mis escoltas, sino mis vigilan­tes. Los habían puesto para observarme a toda hora, minuto a minuto, en cada paso que daba. Sentí una enorme presión, incluso la posibilidad de que me asesinaran.

Pero seguimos avanzando y recopilando información con lo poco que quedaba de los documentos sobre las Convivir, que nos remitió la Superintendencia de Vigilancia. Buena parte de esos papeles habían desaparecido, pero, aun así, con la informa­ción parcial que teníamos pudimos encontrar los mapas y la his­toria de la formación del paramilitarismo en Antioquia, así como el papel fundamental de la familia Uribe Vélez.


En esos documentos descubrimos el papel que jugó Santiago Uribe Vélez, el hermano del presidente, como gestor del grupo de limpieza social “Los Doce Apóstoles”, que llegó a matar cerca de 500 personas en el norte de Antioquia, en la región lechera. Se conocían como las Autodefensas Lecheras de Colombia. También encontramos un grupo al que llamaban Los Erres, que desaparecía estudiantes de la Universidad de Antioquia y los arrojaban en embalses donde se criaban caimanes, cocodrilos y babillas. En los operativos del grupo Erre, aparecieron los nom­bres de Santiago Uribe Vélez y de Mario Uribe Escobar, el primo segundo del presidente, que en ese momento ejercía como sena­dor de la República. Uribe Escobar estaba, además, ligado a un cafetero muy rico del sur del departamento, el fundador de un grupo paramilitar conocido como La Escopeta.


Cuando llegamos a la parte sobre la Hacienda Guacharacas nos sorprendió encontrar la historia de Andrés Escobar, el fut­bolista de la Selección Colombia que había sido asesinado. Quedé estupefacto. La prensa había asegurado que él había muerto en un lío de faldas en una discoteca. Pero, al parecer, Escobar, quizás sin saberlo, se había'enfrentado al paramilitarismo de Antioquia, porque quien lo asesinó fue Santiago Gallón Henao, un socio de Alvaro Uribe Vélez.


Gracias a esos documentos, logramos construir una radio­grafía muy detallada del paramilitarismo en Antioquia y pudimos entender el papel de Alvaro Uribe Vélez en la estructura del grupo. Por razones obvias, muchas personas no estaban felices con nuestras investigaciones, y nos lo hicieron saber. Antes del debate en el Senado, hachearon los computadores de mi oficina en el Congreso, pero por fortuna nosotros ya teníamos toda la información guardada en un lugar seguro. Incluso nos aseguramos de dejar una trampa, que era un listado de personas de Antioquia ligadas al paramilitarismo. Esa lista la filtró a la prensa el intelectual fascista José Obdulio Gaviria. Después hubo un intento de allanamiento a mi oficina. Llegaron miembros de la Policía a hacer una inspección judicial, que nunca entendimos de dónde surgió. Pero, en todo caso, habían conseguido una orden de algún fiscal y querían revisar los computadores y todos los archivos.


El día del debate di a conocer todos estos intentos de inti­midación. El Gobierno no estaba preparado para responder. Entonces Dilian Francisca Toro, la presidenta del Senado, trató de sabotear el debate para ayudar a Uribe. Adelantó la hora a las dos de la tarde para intentar disminuir el número de televiden­tes. Los debates siempre se hacían a las siete de la noche, cuando el público llega a su casa y enciende el televisor. Pero a mí eso no me importó. Llegué a las dos y empecé a presentar, subregión por subregión, toda la documentación que teníamos. Para el debate, además, tenía un as bajo la manga: inauguré por primera vez en el Congreso el uso del computador, transmitiendo el con­tenido de mi investigación en las grandes pantallas del Senado. Fue un golpe de modernidad.


Los debates siempre generan una carga significativa de adre­nalina, así que pude descansar cuando se acabó. Quería dormir durante tres o cuatro días seguidos, pero aun así me sentía for­talecido por el resultado. No había sido un debate cualquiera El Gobierno no había sido capaz de justificarse y los amigos de Uribe en el Congreso habían quedado golpeados. Muchos de sus colegas, de hecho, ya habían sido procesados por la Corte Suprema de Justicia. El 30 % del Senado había ido a parar a la cárcel por sus vínculos con el paramilitarismo. El día del debate me di cuenta de que me había quedado sin opositores en el Senado; no había quien defendiera al Gobierno.


Al día siguiente, Uribe dio una rueda de prensa para defen­derse, pero cometió un error: confirmó, al lado de Andrés Peñate, el director del DAS, que a nosotros se nos hacía segui­miento. Un senador de la República no puede ser seguido, por­que la única autoridad que existe para juzgar a un Congresista es la Corte Suprema de Justicia. El periodista Félix de Bedout, que estaba allí presente, le preguntó al presidente: “¿Usted le está haciendo seguimientos a la oposición en Colombia?” Y Uribe contestó que quien debía responder esa pregunta era Peñate. Fue una revelación escandalosa, justamente porque el anterior director del DAS, Jorge Noguera, estaba preso por sus vínculos con las autodefensas. El debate, mejor dicho, había sido un ver­dadero éxito.


* *

Pero entonces salieron unas encuestas de favorabilidad que gol­pearon mi estabilidad emocional. El debate del paramilitarismo en Antioquia había sido, tal vez, mi mejor intervención. Había mostrado con pruebas la vinculación de Uribe al fortalecimiento del paramilitarismo en Antioquia. Y, en efecto, el debate había duplicado mi registro nacional: la mitad de la sociedad sabía quién era Petro. Sin embargo, el aumento en popularidad se tra­dujo en una opinión desfavorable. Mejor dicho, mis debates me generaban reconocimiento porque eran estruendosos, pero no apoyo.


Ese episodio me hizo entender un poco mejor a la sociedad colombiana, aunque me dejó un sinsabor en la boca. Había arriesgado mi vida para hacer esos debates y, además, no estaba del todo seguro de que fuera a sobrevivir por mucho tiempo. Me había enfrentado a decenas de miles de asesinos, al centro del poder político de Colombia, aquel que estaba ligado al lati­fundio, al narcotráfico, al atraso político y a la violencia perma­nente del país. De alguna manera, le había mostrado al país lo que Foucault llamaba la “microfísica del poder”. En un debate en particular, por ejemplo, evidencié cómo en un pequeño municipio en los Montes de María se tejieron redes de alianza alrededor de la posesión de la tierra a través de la masacre, del desalojo del ejército privado y de la articulación con la clase polí­tica. Lo que estaba mostrando no era simplemente un pequeño terruño marginal, sino la microfísica del poder.


Por esas fechas encontré un texto de Foucault, de una de sus clases en el College de France, que se llamaba El coraje de la ver­dad. Una de las expresiones griegas que explora Foucault en el texto es “parresía”. No conocía el término. En esencia, el vocero de la parresía es un individuo cuya función es decirle la verdad al tirano. Las únicas opciones que tiene ese hombre son que el tirano acceda a la verdad, o el ostracismo, que es la exclusión de su territorio de por vida. El desarrollo de mis debates durante la época de Uribe me llevó a calificarme como un vocero de la parresía: un hombre que debía tener el coraje de decir la verdad. Creo que una parte del país lo entendió así. Y, según la teoría de Foucault, en esa coyuntura mi destino era perecer en el reino del tirano o bien terminar en el ostracismo.


Un número importante de colombianos había aplaudido al tirano, en lugar de solidarizarse con el esfuerzo de encontrar la verdad. No había entendido que el uribismo gozaba del apoyo de la mayoría de la sociedad, hasta que comencé a frecuentar ciertas calles de la ciudad. Cuando visitaba un centro comercial con mis hijos y mi esposa, por ejemplo, siempre había algún tipo de agresión o mirada de odio. Esas miradas eran las que más me asustaban. Episodios de ese tipo se empezaron a volver cotidia­nos y alguna gente incluso me decía que me fuera del país, a Cuba o a Venezuela.

 

Al haber ejercido la parresía, por tanto, producía mucho odio, contrario alo que esperaba. Ese odio se mantiene incluso hoy en una parte minoritaria de la población. Muchas veces me he preguntado por qué la sociedad colombiana es así. Tal vez la razón es que, de algún modo, los dineros del narcotráfico y de la corrupción han fluido dentro del país de manera voluntaria. Al final, quizás los colombianos de clase media e incluso de muchos sectores populares perciben que tienen una mejor vida porque ese capital circula en las calles.



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