El segundo gran tema de nuestra Bogotá Humana fue
el ambiental, ligado centralmente al cambio climático. Teníamos una posición
vanguardista y empezamos a construir una narrativa para mitigar los efectos del
calentamiento global, que me parecía importante porque de esa lucha depende el
futuro de la humanidad. Aunque casi nadie entendía nuestro proyecto, ni
siquiera la izquierda tradicional, pienso que nuestras ideas fueron acertadas y
que hoy son parte del patrimonio histórico del progresismo en América Latina.
Eso sí, nunca nos imaginamos la resistencia a la que nos íbamos a enfrentar.
Por mi lucha medioambiental recibí el ataque más feroz durante mi tiempo como
alcalde, una embestida que ni siquiera se presentó cuando luché contra la
segregación social.
Nosotros queríamos poner a Bogotá, que no es una ciudad que produce grandes cantidades de CO2, en las vanguardias de la lucha contra el cambio climático, desde el punto de vista de la adaptación. Para usar el lenguaje de las Naciones Unidas, el paquete de la adaptación implicaba reorganizar el territorio alrededor del agua. Esto lo entendieron los jóvenes de la ciudad, pero no el resto de la ciudadanía. Si se mira la historia, Bogotá creció en contra del agua, a diferencia de la mayoría de ciudades del mundo, que han convivido con el agua. La capital no tiene acceso al mar y tampoco a un río navegable justamente porque creció sin entenderla importancia del agua. Además, en Bogotá, hay 300 quebradas enterradas por decisión de los españoles y del Estado.
Esas quebradas se conocen en Barcelona como ramblas. Pero,
a diferencia de Bogotá, los catalanes construyeron avenidas sobre esos ríos
enterrados. Hoy, las ramblas son grandes espacios públicos para peatones. En
Bogotá, lo que se hizo fue construir pequeñas calles y barrios sobre las
quebradas, y se enterró toda el agua. El rio Bogotá es una cloaca que nadie
visita y nadie ve. Es tan invisible como los habitantes de la calle. En una frase,
es el resumen de lo que ha sido la historia de la ciudad. Pero nuestro
discurso giraba en torno a mitigar el cambio climático y, por eso, no podíamos
tratar las fuentes hídricas como un recuso desechable.
Bogotá es una ciudad establecida sobre lo que antes fue un
lago. Si los picos climáticos empeoran, esa agua va a retornar. El cambio
climático va a traer el agua sobre las calles y sobre los barrios que se
construyeron encima. Las quebradas enterradas saldrán por su propia fuente. Así
pasó en Barranquilla, en donde la dinámica urbanística ha consistido en
enterrar arroyos. Con el cambio climático, ese es un error garrafal, porque el
agua se vengará en dlguii momento y lo único que quedara enterrado es la plata
que se invirtió.
Nosotros analizamos la huella hídrica de Bogotá y descubrimos
una realidad muy grave: el cambio climático podía llevar a unas condiciones^en
las que superaríamos el registro mínimo histórico más alto. Nuestru deseo de
proteger las fuentes hídricas de la ciudad, sin embargo, entró en conflicto
con los deseos de especulación inmobiliaria y de construcción nueva. Mejor
dicho, con la lógica de la ciudad de Peñalosa, que se basa en el poder y en un
historial de grandes fortunas que se amasaron a partir de la fórmula
rentística. Sin embargo, volver urbano un pedazo de tierra que era rural no
representa un crecimiento de riqueza desde el punto de vista de la economía
política. La riqueza nace a partir de la producción. Uno podría argumentar que
en Bogotá se dio la producción de edificios, de apartamentos y de espacio
urbano, pero el incremento del precio de la tierra por decisiones públicas no
es más que una renta. Es una transferencia de riqueza, que no se puede coi;
úderar producción. En otras palabras, lo que la ciudad ha hecho sobre todo en
el norte no es más que transferir riqueza.
En mi debate de 1998 demostré que la urbanización en el
extremo norte de Bogotá representó, de un solo plumazo, unas ganancias de tres
mil millones de dólares a los poseedores de esa tierra, que no pasaban de ser
50 personas y eran todos miembros de las élites: los Pastrana, los Santos, los
Mazuera. La política de adaptación al cambio climático chocaba contra esa
vieja lógica que había imperado en la ciudad durante décadas, y un grupo de
poder actuó de inmediato en contra nuestra a través de un gremio que se llamó
Camacol.
No obstante, esa pugna les generó una división con los constructores,
porque el constructor capitalista no es rentista. Cuando hablábamos con ellos,
nos dijeron que su interés era construir edificios. Como lo he dicho varias
veces, no les importa si era en el extremo norte o en el centro de la ciudad,
siempre y cuando los números dieran. Mi deseo era que hubiera muchos edificios
en el centro de la ciudad, porque eso disminuiría el costo de vida y los
desplazamientos. Era una forma de adaptar la ciudad al cambio climático.
Podíamos liberar espacio, y los constructores de Bogotá estuvieron de acuerdo
conmigo.
Uno de los ejercicios que hacía cuando iba por la avenida
Circunvalar era mirar cuántas grúas había en el centro de la ciudad. Al
comienzo de mi alcaldía, prácticamente no había; al final, en cambio, se veían
muchísimas. En el 2000 yo había ido a Shanghái y me había reunido con su
alcalde. Los dos tuvimos una discusión interesantísima. Él me dijo que la
competencia era el socialismo y que el 17 % de las grúas del mundo estaban en
su ciudad. Cuando me asomé por la ventana del hotel después de nuestro
encuentro, me di cuenta de que era cierto: había un mar de grúas.
En Bogotá, los alcaldes nunca habían querido tocar
el centro. Se había vuelto una zona degradada, con muchos edificios viejos
vueltos bodega. La gente ya no vivía allí y de noche era prácticamente un
desierto sin vida. Una política de adaptación al cambio climático implicaba,
sin embargo, que mucha gente viviera ahí. Nosotros creíamos en el incremento de
la densificación, y el centro de la ciudad era el lugar ideal para ejecutar
esa idea; en últimas, se trataba de una zona donde había centenares de
hectáreas de barrios de casas de dos pisos, que podían ser densificados,
generando más espacio público y liberando espacios a la urbe.
En el transcurso de los cuatro años logramos que se
levantaran numerosos edificios, muchos con el criterio que nosotros habíamos
establecido, porque desde el comienzo buscamos que los habitantes que ya vivían
allí pudieran permanecer en la zona. Y, si en el lote no vivía nadie, entonces
quisimos construir espacios de vivienda de interés social y popular para
llevar a nuevos habitantes. Nuestra idea era atraer nuevos restaurantes,
teatros y una vida cultural muy rica. Nueva York, por ejemplo, nunca ha perdido
eso. Su zona de teatro, que es de fama mundial, está ubicada en un lugar al que
no se llega en carro, sino en taxi o en metro.
En Teusaquillo, por otro lado, enfocamos otra visión de urbanismo. Trabajamos en la ciclovía, en la arborización, en la peatonalización, en el arreglo de las aceras, en la estimulación de la cultura y en el cuidado arquitectónico de un barrio que es muy hermoso. Después me enteré de que la mayoría de la gente de la zona votó por Peñalosa, quien siempre ha hablado de destruir ese tipo de barrios.
Otro de los proyectos que siempre quise desarrollar
fue la recuperación del río Fucha, porque corre por el centro de la ciudad y
habría generado la dinámica de un parque lineal. Desafortunadamente nos
estrellamos contra los especuladores de la tierra, los mismos que habían
comprado grandes cantidades de tierras en el norte de la ciudad y que estaban a
la espera de la expansión. Y como nuestra propuesta no era que la ciudad se
expandiera, sino que se densificara en el centro, nos frenaron con el POT (Plan
de Ordenamiento Territorial).
Nuestro proyecto estaba enfocado en articular,
quizás por primera vez en el mundo, el urbanismo y el cambio climático. Sin
embargo, cuando se presentó ante el Consejo de Bogotá, se hundió en menos de
una hora. Incluso concejales progresistas, como Juan Carlos Flores, no
entendieron la lógica de nuestros argumentos. En un intento por rescatar ese
trabajo lo decreté, porque había una norma que lo permitía, aunque de una
manera un poco confusa. Entonces una magistrada amiga del procurador general,
Alejandro Ordóñez, suspendió el POT de Bogotá. El procurador, en nombre del
fascismo colombiano, había emprendido una cruzada contra todos los progresistas
y, por eso, en una en una maniobra jurídica muy oscura, logró con su amiga
paralizar el POT.
En ese momento, empezamos a notar un nivel de virulencia contra nosotros que no vimos, por ejemplo, cuando expandimos la educación pública. Cada vez que hablábamos de la crisis climática, esa oposición saltaba a la vista para hacernos la guerra. Para ellos, mitigar el cambio climático implicaba un cambio de sistema en el poder mundial y una derrota para los poderes establecidos.
Además de la densificación del centro, nosotros nos concentramos en disminuir las emisiones de CO2. Bogotá nunca ha sido una gran productora de estas emisiones porque es una ciudad compacta. Pero, si el modelo fuese como el de Miami, la historia sería otra. Mejor dicho, si Bogotá se expande hacia los suburbios, deja de ser sostenible. En ese escenario, la gente solo usaría carros para movilizarse, pues cualquier sistema público se quebraría por la dispersión poblacional. Si el mundo fuera así, nos extinguiríamos. De hecho, Miami es una ciudad rodeada de agua, en riesgo, y podría desaparecer con el cambio climático. Peñalosa y otros han querido dar ese salto en Bogotá, en línea con unos patrones culturales arribistas. Para mí, la solución es otra: que la capital, que ya está densificada, tenga un transporte público eléctrico de alta capacidad. Con líneas de metro que se autofinancien, Bogotá sería, según nuestros cálculos, tan eficaz como Hong Kong.
Pero cuando empezamos a movernos en dirección del
metro, unos grupos poderosos empezaron a trabar el proyecto. Principalmente
tuvimos problemas con los poseedores de la tierra y los del transporte a nivel
público y privado. El negocio de los transportadores privados está construido
alrededor del bus de diésel, que es un factor de emisión de gases de efecto
invernadero. Para corregir ese efecto, pensamos en buses eléctricos, pero ese
vehículo no soluciona la saturación de pasajeros. Una ciudad con ocho millones
de habitantes no puede tener un sistema unimodal de transporte público, y
mucho menos si además es de baja capacidad.
Hoy, el número de buses en Bogotá es excesivo, pero
solo porque es el único medio de transporte masivo. En la capital, las personas
se suben a los buses por millones, no caben en ellos y esto lo padecen a
diario, de ida y regreso, por más de dos horas. Por eso volcar la ciudad hacia
un sistema de transporte más poderoso como el metro es una necesidad. Pero, por
supuesto, si millones de personas dejan de subirse a un bus y pasan a subirse a
un metro, se pierde un negocio enorme. Los dueños de los buses, que son 13
familias, sabotearon la idea de construir el metro subterráneo en la ciudad, a
pesar de que hubiera beneficiado a la ciudadanía entera.
En medio de esas discusiones, establecimos el
reciclaje como otro mitigador del cambio climático. Los residuos que se entie-
rran producen gas metano, un elemento 23 veces más poderoso que el CO2 a la hora de calentar el planeta. Para nosotros,
salir del relleno sanitario era imprescindible. Sabíamos que debíamos pasar a
sistemas de reciclaje que no solo ahorraran metano, sino que también nos
acercaran a los modelos de economía circular.
Para ello, teníamos que desprivatizar el servicio,
porque éramos conscientes de que solo así un mayor porcentaje de residuos
podía ser reciclado. En Bogotá, ese es el trabajo de 14 000 familias pobres,
que rayan con la condición de habitantes de calle y, por eso, cuando cambiamos
el modelo de aseo, incluimos una política para remunerar a los recicladores.
El cambio, naturalmente, enfureció a tos empresarios del negocio del aseo en la
ciudad. Nuestro mensaje iba en contravía de las políticas que se hauían
implementado en Colombia durante los últimos treinta años. Desde la llegada del
neoliberalismo al país, los gobiernos se habían encargado de privatizar los
servicios públicos y nosotros queríamos revertir esa tendencia.
Hicimos lo mismo con el acueducto y con la empresa de energía de Bogotá. Ahí debo reconocer que fui muy débil en pasar a energías limpias; logramos que se constituyera una empresa para el transporte eléctrico, pero nunca funcionó, pues lo primero que hizo Peñalosa fue liquidarla. Por otro lado, logramos crecer Aguas de Bogotá, que empezó a dar utilidades como la empresa de aseo más grande de carácter público del país. Sin embargo, nos causó nuestro tercer choque con el establecimiento.
Cuando nos metimos a desprivatizar el aseo, nos
cayó encima toda una ofensiva mediática, jurídica y estatal. Recuerdo que hasta
Juan Manuel Santos se metió y delegó al superintendente de Industria y
Comercio, que no es el superintendente de Servicios Públicos, pero de todos
modos se tomó esa atribución, y allanó la Empresa de Acueducto y
Alcantarillado de Bogotá para frenar la desprivatización. Los dueños de la
empresa privada del acueducto terminaron siendo los financiadores de su
propio jefe político, el señor Germán Vargas Lleras, que estuvo detrás de toda
la arquitectura de la destrucción de la Bogotá Humana.
Trataron de sacarme de la alcaldía y con ese fin se
aliaron con el procurador Ordoñez. Después de un proceso de más o menos un año,
me removieron de mi cargo. La destitución duró un mes y fue avalada por el
presidente de la República. Sin embargo, logré salir adelante porque la gente
salió a las calles y con eso logramos que jueces pudieran producir sentencias a
mi favor. Pasará a la historia que el enfrentamiento más agudo con el
establecimiento se dio por nuestras políticas de mitigación del cambio
climático. Esto nos muestra un escenario hacia adelante muy difícil, pero
estamos seguros de que ese es el camino que debemos seguir si queremos vivir en
este planeta.
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