martes, 24 de octubre de 2023

capitulo 8, Adiós en Barrancabermeja, una Vida Muchas vidas.


Adiós en Barrancabermeja

Llegué a Barrancabermeja sintiendo que me iba a morir en la clandestinidad. Había logrado que mi hijo y Katia regresaran a Córdoba. Ahora me encontraba a solas, aunque me había ena­morado de Mary Luz, una joven bumanguesa militante de la UP. Lo primero que se me ocurrió fue tomarme un barrio. Había entrado en contacto con un frente de las FARC que operaba cerca de la ciudad, en las junglas del departamento de Bolívar. Cuando los visité, en chalupa, descubrí que se trataba de un grupo joven, compuesto por muchachos que venían de la ciu­dad, parte de las juventudes comunistas y campesinos muy mal armados. Aun así, se notaba que tenían el control del territorio. Allá me presentaron su contacto urbano en Barrancabermeja.


En aquella visita les pedí que nos ayudaran con armas para la toma del barrio. Ellos accedieron. Yo en ese momento me sen­tía ofuscado. Todos los cambios me habían desorientado y no me percaté de que ese frente estaba infiltrado. En realidad, lo dirigía el Ejército. Habíamos quedado en que ellos nos iban a entregar las armas de noche, en un barrio de Barranca horas antes de la toma. Cuando llegamos a la ubicación pactada, los soldados nos rodearon y nos cogieron presos a todos.


Nosotros teníamos en nuestra posesión muchas copias de un panfleto que yo había escrito, inspirado en la consigna del M-19 que había escuchado en la radio. Su contenido consistía en una propuesta política para el Magdalena Medio, en un pacto de paz regional. Mi objetivo era hacer política, lograr que el movimiento jugara un papel en la región e influenciara a la sociedad. Me preocupaba lo que veía a mi alrededor, sobre todo el desarrollo de la guerrilla tradicional y el avance del paramilitarismo. Yo quería, como jefe del M-19 en la ciudad, abrir una nueva trocha y ofrecer una perspectiva diferente a lo que ya sobrevenía, que era la masacre generalizada. Por eso había escrito el panfleto, con el fin de repartirlo en el barrio. Ya incluso había alistado a unos periodistas para que lo volvieran noticia a nivel nacional.


Cuando nos cogieron, estábamos desarmados. Lo único que cargábamos eran los panfletos, que terminaron en manos de esa unidad militar. El comandante leyó el mensaje en voz alta, incluida la frase con la que acababa: “¡Vida a la nación, paz a las fuerzas armadas, y guerra a la oligarquía!”. Yo me encontraba, junto a mis compañeros, tirado sobre el pavimento, pero supe, por el talante oficial de su voz, que quien había leído el panfleto fue el comandante. Para asustarnos, hicieron como si nos fue­ran a pasar un camión por encima. En un momento, me agarra­ron la cabeza y la colocaron justo debajo de una de las llantas. Enseguida un soldado disparó un fusil. Yo me dije: “Ahora sí me mataron”. Tirado allí en el pavimento, sentí el roce en los labios del beso que me había dado Mary Luz, la que sería mi primera esposa. Pensé que ese beso sería la última sensación sobre la tie­rra y me alisté a morir. No le veía salida a la situación. Estaba en la capital del Magdalena Medio, en el corazón de la vorágine. Entonces, nos dijeron que saliéramos corriendo, para ver si podíamos escapar. Nosotros teníamos claro que si nos ponía­mos a correr nos iban a dar un tiro en la espalda.


La unidad militar que nos capturó no era del Magdalena Medio. Venía del Valle del Cauca. El Estado había concentrado sus esfuerzos militares en la región para apaciguar todo el movi­miento que se presentaba en el nororiente colombiano. Su lucha era contra las guerrillas, pero sobre todo contra la movilización campesina y las insurrecciones en Barrancabermeja que promo­vía el ELN. Por eso, más que un conflicto militar, era un conflicto social. Y el Ejército lidiaba con estas protestas como si fueran enfrentamientos militares, masacrando personas. En ese enton­ces, el general Farouk Yanine Díaz, uno de los grandes promoto­res del paramilitarismo en Colombia, ya operaba en la región.


También estaba el Batallón Nueva Granada, al que todo el mundo le tenía pavor. Quien caía en manos de aquella unidad difícilmente salía con vida. El grado de influencia paramilitar en el conflicto era enorme. También el salvajismo. Yo alcancé a pensar que nos había capturado ese batallón, pero, por algún azar del destino, terminamos en manos de una unidad militar del Valle que había llegado de refuerzo. Eso nos salvó. No tengo otra explicación. Tuvimos la suerte de que esos soldados, en aquel momento, no operaran bajo las prácticas de guerra sucia a las que probablemente hubieran recurrido otros. Porque per­fectamente hubieran podido matarnos. De eso no tengo duda.


Después de leer el documento, el comandante dijo: “Ah, estos son los menos malos. Son del eme”. Él creía que había cap­turado guerrilleros del ELN o de las FARC. Le sorprendió que hubiera militantes del M 19 en la región. Después de asustar­nos con el camión, la unidad nos entregó a la Policía, que nos sometió a una terrible tortura en un sitio llamado La Tigrera. Unos 200 policías nos hicieron pasar en fila india, mientras nos daban garrotazos. Luego nos electrocutaron. Un compañero, oriundo de Barrancabermeja, llegó a la celda arrastrándose. Yo llevaba mi cédula falsa y me había grabado el nombre y el número. Cuando nos las decomisaron, pensé que mi identidad iba a quedar al descubierto. Me hicieron una serie de preguntas y las respondí sin problema, por lo que jamás supieron que me habían capturado. Creí, también, que tendrían mis huellas, pero no fue el caso.


La Policía nos trasladó de La Tigrera a la cárcel de Barrancabermeja. Era una cárcel terrible; no había sino una celda inmensa donde dormían todos los presos. Entre nosotros había unos compañeros muy jóvenes. A ellos los cuidé yo mismo, pues ya tenía experiencia carcelaria. Por las noches, dormíamos debajo de las pocas camas que había, porque nunca apagaban la luz. Desde ahí, veía la antorcha de la refinería. Nos llegaba a toda hora el olor que despide la quema de petróleo. Tiempo des­pués hice una manifestación frente a esa antorcha. Uno de los presos tenía un televisorcito en blanco y negro, y yo desde debajo de la cama lo miraba de vez en cuando. Una noche, por pura coincidencia, estaban pasando Novecento, de Bernardo Bertolucci. Yo había visto esa película a los 16 años. Me había marcado de manera profunda, pues cuenta la historia del movi­miento campesino y del proletariado agrario cerca de Roma. Es una película hermosísima y, al verla de nuevo en la cárcel, en las peores condiciones de mi vida, se me salieron las lágrimas. Lloré y me sentí, al mismo tiempo, con esperanza.


La trama de Novecento transcurre en una hacienda italiana, en la que se libra una lucha entre comunistas y fascistas. Hay una escena en particular que me cautivó de adolescente. El líder campesino atraviesa el momento más difícil de su vida. Su patrón, con quien se crio desde que ambos eran jovencitos, no congenia con el fascismo, y lo deja ser. Pero el capataz de la hacienda, no. Él sí es fascista, de los que se toman el poder. El líder comienza a sentir los rigores de la época. Se siente apresado. Su mujer ha muerto y su hija ha crecido, es una adolescente. Entonces decide separarse de ella: la manda en bicicleta a otra zona y se va con los partisanos, con luchadores antifascistas italíanos. Como dice la canción Bella ciáo, partían a las montañas, a la resistencia, a la guerrilla. Mejor dicho, el líder opta por la clandestinidad. Yo jamás imaginé que iba a vivir una situación similar. La trama de la película se parecía mucho a mi vida, por­que yo también me estaba despidiendo de mi hijo, al que nunca crie. Ni siquiera alcancé a tener la experiencia de padre; las cir­cunstancias del país me lo impidieron.


En ese momento me sentía un hombre derrotado. Aislado de todo, hasta de mi hijo, en el centro de la dinámica de la gue­rra social, salvado por el azar. No me habían asesinado, pero centenares de personas a mi alrededor habían muerto violenta­mente. Me habían vuelto a torturar, estaba de regreso en la cár­cel. La probabilidad de sobrevivir era baja. Me sentía incluso abandonado por el M-19. La decisión de Pizarro de cambiar la comandancia, que siempre me pareció una tontería, me había dejado en un estado de enorme vulnerabilidad. Los militantes que se hicieron cargo del nororiente del país venían del bloque caucano y, aunque todos eran santandereanos, no tenían la com­prensión del trabajo ni tampoco conocían las circunstancias de la región. A ellos les pareció muy fácil mandarme a Barrancabermeja, con la idea de dejarme en un lugar sin mucha impor­tancia, cuando en realidad me estaban enviando al centro de una guerra.


En la cárcel me encontré con los asesinos del poeta José Manuel Chacón, líder sindical de la USO. Ellos eran de la Armada. Era una situación peligrosa. Decidí escaparme. No podía perma­necer allí. En mi contra había una orden de captura por la toma del Palacio de Justicia y sabía que, si los guardias lograban esta­blecer mi identidad, no saldría de allí en mucho tiempo. Intentaba ocultarles la cara, para que luego no me pudieran identificar. Llegué a formular unos cuatro o cinco planes de escape. En un momento dado, alcancé a meter dinamita en la cárcel en unas 


FALTA UNA HOJA 


lidad en el M -19 en Santander habría sido máxima, y no hubiera habido otro camino para mí que encontrar la muerte.


También me empujó a tomar esa decisión una noticia recibí por esas fechas y que me afectó profundamente. A media­dos de abril el Estado desapareció a Jaime Bermeo, que era entonces mi único contacto real dentro del M-19. Él era el res­ponsable del movimiento en Bogotá. Era un muchacho inteligente, proveniente del Huila. Cuando me enteré de la noticia, viajé a la capital para averiguar qué había pasado. Edgar Ávila, el hermano de Germán Ávila, me puso al tanto de la situación. Al parecer, habían infiltrado el movimiento en el Cauca, casi matando a Pizarro, y también habían capturado a muchas personas. Nadie sabía qué había pasado con ellos ni dónde se halla­ban. El DAS habIa detenido a Jaime mientras salia de Bogotá su Renault 4 amarillo. Algunos compañeros propusieron que diéramos una entrevista y, como no había muchas opciones, sugirieron que yo fuera el vocero.


La entrevista se llevó a cabo en una casa de un barrio popu­lar. La dueña de la vivienda me pintó unos bigotes, para que no me pudieran identificar, y me puso una gorra. El entrevistador fue Daniel Coronell, aunque en ese entonces yo no sabía quién era él. Durante nuestra conversación, denuncié las desaparicio­nes y subrayé la responsabilidad del Estado. Nombré a cada uno de los compañeros capturados. La entrevista, sin embargo, no salió al aire sino hasta hace pocos años, durante las elecciones presidenciales de 2018.


Poco después de hablar con Coronell, empezaron a apare­cer los cuerpos de los compañeros desaparecidos. Los tortura­ron y los mataron a todos. El cuerpo de Jaime lo encontraron el 21 de abril. Le habían disparado 18 veces y tenía el cráneo frac­turado, además de una cantidad de hematomas. La noticia me golpeó: me había quedado sin mi contacto y sin mi amigo. Jaime se había convertido en mi paño de lágrimas durante la difícil etapa que viví en el nororiente colombiano. Además, era quien me conseguía fondos para sobrevivir allá. Después de su muerte, Afranio Parra lo reemplazó en la conducción política de Bogotá.


No fue fácil despedirme de Santander. Tenía la certeza de que esa región iba en caída libre hacia las fauces abiertas de la violen­cia. Ya nunca volvería a ser la misma; ni siquiera se asemejaría a la que a mí me tocó. Me fui junto a Mary Luz, una mujer de quien me había enamorado y que, más adelante, se convertiría en mi primera esposa. Ella era militante de la Unión Patriótica y tenía un acumu­lado ideológico un poco diferente del mío. Cuando llegamos a Bogotá, permanecí debajo del radar durante unos días y me dedi­qué a reflexionar sobre mi tiempo en el nororiente del país.


El trabajo del M-19 en Santander nunca fue estelar. La coman­dancia que mandó Pizarro se fue al sur del departamento para fundar un frente que se llamó Dora María Téllez. Ese frente, even­tualmente, partió en bus hacia Santo Domingo, en el Cauca, durante la desmovilización del movimiento. Nunca le hizo segui­miento a todo el trabajo que yo había realizado en el sur del César. Después de mi partida, sin embargo, la región entera sufrió bajo el oportunismo de Luis Alberto el Tuerto’ Gil. Él se apoderó de la zona y nunca soltó las riendas. Sus acciones tuvieron unas con­secuencias tan deplorables en el desarrollo del progresismo en Santander que, de un plumazo, lo aniquiló. Lo que no pudo hacer el Ejército y la represión lo logró el Tuerto Gil con su alianza paramilitar, copando la salud, primero con Finsema, y luego con Solsalud.


En ese departamento, de todas formas, viví muchos episo­dios memorables. Nunca me separé del todo de la población popular, con ellos había hecho mi trabajo, y eso me daba forta­leza. Pude recorrer la región, hablar con los campesinos. De los meses en Barrancabermeja resalto el contacto permanente que tuve con lo popular. Sus ciudadanos abrieron mi conciencia. Era una población muy valiente, mucho más valiente que nosotros, porque se estaban enfrentando físicamente a lo peor del paramilitarismo. Y después lo pagaron. Hoy sabemos que el narcotraficante Guillermo Acevedo alias ‘Memo fantasma, estaba financiando desde el sur de Bolívar la toma paramilitar de Barrancabermeja. Yo creía que eso sería imposible, por el grado de conciencia que encontré entre sus gentes. Pero así ocurrió. Muchos en las bases milicianas se pasaron al paramilitarismo y ellos mismos denunciaron a sus compañeros y los mataron. Barranca se cerró completamente. Sobrevivió la Unión Sindical Obrera (USO), atrincherada en medio de un mar de paramilitarismo. Muchos de sus miembros fueron asesinados.


En alguna ocasión hablé con Gerardo Arcilla, que había sido el jefe del M-19 en Santander. Para entonces, él vivía exiliado en las montañas, donde trabajaba de profesor. Yo lo visité cuando partí hacia Santander y le dije: “Mano —como dicen ellos—, ¿qué me aconseja?”. Él me dio una lista de políticos que habían sido amigos suyos, quienes habían colaborado con procesos del M-19. Yo, que sentía esa vocación política, me puse a contactarlos. Hablé con varios de ellos, siempre desde la clandestinidad. Uno de ellos era Feisal Mustafá de la organización Palestina en Colombia. Era alvarista, pero creía en la posibilidad del diálogo y de la paz. El pro­blema era que el ELN lo acusaba de paramilitarismo, y me contó que lo querían matar. Como yo tenía el contacto de la jefatura del ELN en la zona, decidí ayudarlo. Hablé con ellos sobre el caso y les pedí que no le hicieran nada. Durante el tiempo que estuve en la región, no le pasó nada; lo visité en su casa, hablarnos mucho y construimos una cercanía política. Pero poco después de que me fuera, y a pesar de su vocación democrática, lo asesinaron.


Esa era la lógica perversa del paramilitarismo. Una lógica que tenía su fuente en la mafia, en el narcotráfico, pero que encontró un caldo de cultivo en las guerrillas. Las FARC y el ELN legitimaron y le dieron fuerza a esa forma de pensar, siguiendo una estrategia de limpieza que no dejaba de ser totalitarista, pues no admitía gente que pensara distinto a ellos en las zonas donde operaban. Eso nunca sucedió en el M-19. Y por eso el ELN terminó arrinconado en Santander. Perdió todas sus fuerzas y su dirigencia social. Las masacres de los paramilitares fueron terribles. Hoy el ELN está perdido completamente en el nororiente colombiano.


Nosotros nunca pudimos poner nuestra visión política y por eso, en parte, hubo un proceso de paramilitarización en toda la región que hoy se expresa en su uribización. A pesar de su his­toria progresista y revolucionaria, de los comuneros, de las luchas obreras en el Magdalena Medio, de los campesinos, hoy es una población que vota mayoritariamente por las fuerzas del uribismo, excepto en Barrancabermeja; y Norte de Santander está en unas circunstancias peores. Esa pelea política la perdi­mos. Yo me alejé de la zona y realmente nunca más volví hasta los tiempos de la legalidad.


Después de pasar unos días en Bogotá, salí en busca del M-19 en el Cauca. De nuevo regresé a las enormes montañas caucanas, volví a la vida rural de ese departamento. Allá hablé con Raulito y durante unos días volví a la vida guerrillera en las montañas. Raulito me hizo el contacto con Afranio Parra, en Bogotá, así que volví a la capital y me contacté con él. Nos vimos en una casa y Afranio, que era tolimense, me dijo: “Váyase para mi tierra” La idea me gustó de entrada y, a los pocos días, empa­qué mis pocas permanencias y salí rumbo a Ibagué.

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