martes, 24 de octubre de 2023

capitulo 7, La clandestinidad en Santander, La reunion, una Vida Muchas vidas

 

Mi época en la clandestinidad empezó en 1987 y continuó hasta la dejación de armas del M-19. Fue un periodo breve en mi vida, marcado por el hecho de que yo dejé de ser un ciudadano colombiano. Asumí una identidad diferente. Utilizaba cédulas de ciu­dadanía falsas para pasar por debajo del radar de las autoridades. Fue una experiencia nueva para mí. Me tocó desenvolverme en una vida separada de lo que, hasta ese momento, había sido mi existencia. En esos años no tuve contacto con mis amigos ni con mi familia, y no pisé las coordenadas geográficas que yo cono­cía. Fue un salto al vacío, apenas atenuado por la presencia a mi lado de mi pareja, Katia, y de mi hijo, Nicolás, que había nacido cuando yo estaba en la cárcel.


Nunca había vivido con una mujer. Tampoco había hecho vida en familia. Sin embargo, después de salir de la cárcel La Pi­cota, sentí la responsabilidad de criar a Nicolás. La coyuntura no podía ser peor para mi proyecto de formar un hogar. Las con­diciones no eran ideales, no solo por mis ingresos económicos, sino por la seguridad que debe tener un niño durante sus pri­meros meses y años de vida. Aun así, entre los tres conforma­mos en 1987 un núcleo familiar.


En Santander, el M-19 se había concentrado en hacer un tra­bajo sindical. Andrés Almarales había orquestado esa operación y, gracias a él, el movimiento tenía mucha influencia en lo que en su momento se llamó Utrasan, la unión de trabajadores de Santander, y que después pasó a llamarse Usitras (Unión Sindical de Trabajadores de Santander). Me sentía tan honrado de conti­nuar la labor de Almarales que, en su honor, me cambié de nom­bre. Dejé de ser Aureliano para ser conocido, en Santander, como Andrés. Además, me sentía familiarizado con el trabajo, pues en Zipaquirá había trabajado con sindicatos y trabajadores.


Así que partí rumbo a Santander. El centro de operaciones iba a ser Bucaramanga. La región incluía el sur del César y una parte del Magdalena Medio, que yo conocía porque había pasado por Yacopí y la provincia Comunera de Santander. Al principio llegué solo, sin Nicolás ni Katia, porque quería explo­rar la zona y evitar que pasaran penurias cuando hicieran el viaje. Me conseguí un apartamento pequeño en Girón, al lado de Bucaramanga, aunque no recuerdo cómo pude obtenerlo sin papeles. La dueña era una trabajadora sexual, de edad avanzada. Tenía un amante que era un agente del DAS, lo cual era peligro­sísimo para mí. Todo esto lo descubrí después, pero ella nunca me puso problemas. Era un apartamento caluroso. Quedaba muy cerca del núcleo colonial de la ciudad, que de noche yo recorría a pie. Esa ciudad vieja de Girón, de donde había salido la canción de “Pueblito viejo” que nos enseñaban en el colegio, era un lugar verdaderamente hermoso.


Mi primer reto consistió en conseguir un colchón. Para traer a Nicolás y a Katia. necesitaba como mínimo un lugar donde pudieran dormir al menos cómodamente. Yo no sabía cómo obte­nerlo. No tenía los recursos. Un día un sindicalista que había conocido me dijo que me regalaba uno. Eso sí, me advirtió que tenía que ir a recogerlo y que lo tenía guardado en otro pueblo. Fui a buscarlo y me tocó cargarlo, casi sin poder soportar el peso, hasta que un bus urbano me llevó a Girón. Desde ahí caminé con el cochón a cuestas, lo subí sobre mis hombros hasta el quinto piso y lo desplegué sobre el piso de la alcoba después de mucho esfuerzo. Ese colchón era en aquel momento todo el patrimonio que tenía en el mundo.


Una vez solucionado el problema de dónde dormir, y de conseguir una cuna para el niño, me dediqué a armar una biblio­teca. Como no tenía cómo comprar libros, robé algunos de una librería. Un día, el dueño me descubrió. Yo tenía en mis manos unos tomos de algún libro que no recuerdo, pero era de teoría económica. Creo que era La cuestión agraria, de Kautsky. Él me miró la cara y, de alguna manera, comprendió que yo lo que bus­caba era poder leer. No me dijo nada y me dejó salir del local dado que tenía una orden de captura vigente por ser miembro de la dirección nacional. Me salvé, porque el señor pudo haber llamado a la Policía, y yo hubiera caído por culpa de un libro.


Finalmente llegaron Katia y Nicolás. Los tres vivíamos de lo que me enviaba Jaime Bermeo, un integrante de la dirección nacio­nal del M-19 y mi enlace dentro del movimiento. No era mucho, pero nos alcanzaba para comprar unos mercados grandes, de mar­cas venezolanas; el contrabando en esa región era muy extendido. A veces iba al San Andresito, que estaba ubicado en un edificio nuevo. Me asombraban los avances tecnológicos. Nunca había tenido un televisor a color, el que tenía en la cárcel era a blanco y negro, desde donde veía la telenovela Gallito Ramírez y a Margarita Rosa de Francisco, quien actuaba en ella y que era una mujer que me encantaba, una especie de amor platónico. En las celdas veci­nas, algunos presos más adinerados tenían televisores a color recién importados. Me parecía extraño ver el color verde en las pantallas y me atraía el nuevo invento que llegaba a Colombia. En ese momento comenzaban a llegar de manera más masiva los videojuegos, los betamaxes, los walkmans, etcétera, pero sabía que eso no era para mí. Solo me encapriché una vez y compré un tele­visor a color muy pequeño. Me costó un esfuerzo inmenso, ya que era arriesgar la comida, pero Katia me apoyó. Ella para entonces ya había ingresado al M-19. Katia Burgos provenía de una fami­lia conservadora de la élite cordobesa. Era descendiente del gene­ral Burgos, los fundadores del departamento. Yo la había sacado de ese mundo; era el guerrillero que se lleva a la niña de la fami­lia de clase alta.


Poco a poco me fui adaptando a Santander. Empecé a esta­blecer contacto con los militantes del M-19 en la región y, des­afortunadamente la relación no empezó con buen pie. No tardé en darme cuenta de que allá el movimiento se había burocratizado. No había unidades militares. Todos eran sindicalistas que vivían en sus casas con sus mujeres e hijos. Iban todos los días a trabajar, organizaban a los obreros, formulaban peticiones. Querían que todo el trabajo se hiciera a través de los sindicatos y con expresiones políticas legales. Yo deseaba romper con esa mentalidad. En otras partes del país, el M-19 estaba en plena guerra y mi intención era desarrollar ideas de lucha militar de masas. Eso no les gustó ni un poquito. Ellos me veían como un ente extraño que podía afectar su comunidad y su forma de vida. Además, no les gustaba mi origen zipaquireño. Empecé a tener problemas con ellos.


Pronto descubrí que tenía un rival. Se llamaba Luis Alberto el Tuerto’ Gil y era el dirigente de los maestros del sindicato de Norte de Santander. Él se creía el jefe del movimiento en la región. Tenía unas ideas que a mí me parecieron contrarias a lo que noso­tros buscábamos. Él quería vivir muy bien de las fuentes socia­les y económicas sindicales. Lograba captar dineros de una ONG internacional y realizaba un trabajo popular relativamente de izquierda, pero muy cómodo, Gil y los suyos no deseaban hacer una revolución, a diferencia mía, y por eso chocábamos. Entonces, si yo lograba ponerle mi sello al M-19 en Santander, y lanzába­mos lo que yo llamaba “línea militar de masas”, se acabarían las comodidades que ellos tanto disfrutaban. Gil quería sacarme de la región e impedir que mis esfuerzos se consolidaran.


Fue un momento difícil. Me sentía solo contra el mundo, dudaba de mí mismo. De todas formas, a partir de ese aisla­miento, y casi arañando las piedras, empecé a trabajar desde la clandestinidad para que el M-19 tuviera más presencia en la región. A medida que pasaron las semanas, adquirí más fuerza dentro del movimiento. Los jóvenes de la Universidad Industrial de Santander (UIS) me ayudaron. Con la juventud de ellos y la mía nos pusimos en la tarea de dinamizar el trabajo. De su mano, empecé a recorrer la zona. Conocí el barrio Primero de Mayo, en Barrancabermeja, muy pobre, donde vivían sobre todo los trabajadores ferroviarios. Ahí dormí varias noches y comencé a comprender las dinámicas del Magdalena Medio. También conocí otra región, en la cual deposité muchas esperanzas: San Alberto, en el sur del César, un municipio de trabajadores de palma, quienes profesaban mucho cariño por el M-19, que a su vez tenía allá mucha influencia.


Quería hacer acciones de comando para que la presencia del M-19 en la región fuera de nuevo pública. En Zipaquirá, había liderado algunas, como tomas de barrio o propaganda urbana. Empezamos a trabajar en ello con los muchachos de la UIS. Una de esas acciones la llevé a cabo yo mismo, durante una temporada que pasé en San Alberto. Los trabajadores allá tenían una asamblea sindical que se realizaba en el barrio Primero de Mayo. Decidí tomarme la asamblea para ver qué reacción sus­citaba mi presencia en la base trabajadora. Los reuní a todos y, con un revólver en la mano y mi pañoleta del M-19 cubrién­dome la cara, me subí a la tribuna y les hablé sobre el movi­miento y lo que nos proponíamos. Me ovacionaron durante varios minutos, pero la reunión fue corta porque si se demoraba mucho corría el riesgo de que apareciera el Ejército.


Por esas mismas fechas conocí un corregimiento llamado El Burro, en el César, un poco más al norte de San Alberto, pero antes de llegar a Pailitas. De allí salí para Palestina, en dirección del río Magdalena, donde había una estación del antiguo tren que recorría toda la Costa. En Palestina pasé mucho tiempo, viviendo en medio de unos campesinos que habían logrado con­solidarse en unas haciendas. A pesar de la presencia que tenía el M-19 en esa zona que se habían tomado del sur del César, la región entera estaba bajo la influencia del paramilitarismo. Puerto Boyacá había sido declarada años atrás la “capital anti­subversiva de Colombia” y los hermanos Castaño empezaban a cometer masacres en pueblos como El Tomate, Punta Coquitos y La Negra. El mercenario israelí Yair Klein ya había llegado a la región para entrenarlos.


Durante una de mis en estancias en esas invasiones campesi­nas, los paramilitares se tomaron San Alberto, a menos de 40 kiló­metros, y de noche nos tocó montar guardia. En otra ocasión, en un baño en San Alberto, puse una bandera del M-19 y fui a cam­biarme. Un compañero del sindicalismo bajó la bandera del susto. El miedo era cada vez más extendido. Desde luego, una bandera del M-19 en medio del corazón del paramilitarismo en el sur del César no dejaba de ser una provocación que podía traducirse en el asesinato de nuestros propios compañeros sindicalistas, como efectivamente pasó años después: asesinaron a más de 200 traba­jadores de Indupalma, la mayoría sindicalizados, una masacre similar a la que desarrollaba el paramilitarismo en el Urabá con los trabajadores bananeros.


Muy cerca de San Alberto quedaba la Hacienda Bellacruz, luego rebautizada Hacienda La Gloria. El dueño era Carlos Arturo Marulanda, el empresario que el presidente Virgilio Barco (1986-1990) nombró ministro de Desarrollo en 1988 y que era muy conocido en la región por ser un jefe paramilitar. Yo había tenido mi primera visión del paramilitarismo antes de mudarme a Santander, en Yacopí, cuando me invitó a su casa rural un cam­pesino que vivía en el Bolívar 83. En esa ocasión vi a los paramilitares quemar los ranchos en la cordillera de al frente. En San Alberto, Cesar, volví a cruzarme con ellos. Cabalgaban, revól­ver al cinto, por los barrios populares. Los obreros, desde las esquinas, cuchicheaban que eran los paramilitares y que su cuar­tel general quedaba en la base militar Morrison, que de ahí salían a propagar la muerte. Por primera vez, empezaba a ver el con­flicto armado con mis propios ojos.


Los paramilitares no eran los únicos en la región. El ELN tenía mucha fuerza. Su estilo era muy distinto al del M-19; usa ban núcleos armados para la organización campesina y la enmascaraban en algo que llamaban “A luchar”. Tenía presen­cia en todo el nororiente del país, en el norte de Santander y en el sur del César; en los alrededores de Bucaramanga y en el cora­zón de Barrancabermeja. Las FARC aún contaban con núcleos en el Magdalena Medio y el EPL tenía organismos militares en Norte de Santander. La organización nacional armada más pequeña era el M-19, que solo desarrollaba trabajos puntuales en las invasiones al sur del Cesar, además del sindicalismo que cjcicla en Bucaramanga y un poco en Barrancabermeja. Toda la región, realmente, estaba en una guerra intensa por el control del territorio.


Yo pasaba desapercibido en medio de la guerra sucia. Nadie sabía quién era yo y eso me protegía. Con el correr de los meses, empecé a pasar menos y menos tiempo en Girón, que era, por así decirlo, mi hogar. Viajaba largas temporadas por las regio­nes, siempre como un ciudadano anónimo. Me movía sobre todo en bus y, si había un retén en la carretera, sacaba la cédula de un primo mío; Katia se la había quitado sin que él se diera cuenta. Los dos éramos muy parecidos físicamente y eso me ayudó muchísimo. Por fortuna, en esa época no revisaban la huella porque la unidad tecnológica del Ejército aún era inci­piente. Lo único que tenía que hacer era grabarme el nombre de mi primo y el número de su cédula. Era un ejercicio de memo­ria que practicaba a diario para que, en el caso de que hubiera un retén, no se me notara ninguna perturbación. Así me sentía relativamente protegido, pues nadie me conocía. Ante los ojos de los demás, yo era un ciudadano común y corriente.


Pero no todas las experiencias en bus fueron buenas. Una vez bajé en bus de Bucaramanga hasta Aguachica para reunirme con Luis Fernando Rincón, quien más adelante ganaría la alcaldía en ese municipio. Recuerdo muy bien ese trayecto porque, en un punto, tenía que cruzar a pie un puente altísimo sobre una vía férrea y yo siempre le he tenido miedo a las altu­ras. El caso es que Rincón había conseguido un dinero y me lo entregó para que yo comprara unas armas en Bucaramanga. Para que el dinero pasara desapercibido, lo escondí dentro de un talego de tomates y me monté en un bus de la empresa Copetrán. Todo iba de acuerdo con mis planes cuando, de pronto, el Ejército entró a la estación de buses de Aguachica y empezó a requisar a todos los pasajeros. Cuando se subieron al bus en el que yo estaba, pensé: “Hasta aquí llegué, ¿cómo voy a justificar este dinero?”. Por fortuna, me había sentado en la penúltima silla y, preciso, cuando los soldados llegaron a la silla delante de la mía, un joven se agarró con uno de los militares y se fueron a las trompadas. Los uniformados decidieron sacar al muchacho y no continuar esculcando a ios pasajeros. El bus salió, y respiré.


Hoy, al hacer un balance de esa época, me parece que el ELN, al generalizar en la región el secuestro —y en eso eran seguidos en menor grado por las FARC y el EPL—, terminó afectando de manera innecesaria a unas capas medias santandereanas. Usualmente, secuestraban a pequeños agricultores del arroz, de la palma, de la ganadería; y eso tuvo como consecuen­cia que unas secciones de la población decidieran apoyar a los paramilitares. En uno de mis primeros viajes a Barrancabermeja, crucé el río hacia un municipio anIioqueño llamado Yondó. Allí había una familia con mucha influencia política. No habían ganado la alcaldía, pero tenía presencia en el consejo y en el gobierno local. Esa familia era del M-19 hasta que las FARC, en su lógica de expansión y de ocupación militar, los golpeó y mató a uno de sus miembros. Uno de los muchachos de la familia, que nunca había estado en las filas del M-19 se volvió paramilitar y, en venganza, asesinó a más de 300 personas en el Magdalena Medio. Lo apodaban el Chita’. Nunca lo conocí, pero en Yondó me decían que él, en sus incursiones paramilitares, lograba dis­tinguir quiénes eran de las FARC y quiénes del M-19. El Chita solo mataba a los de las FARC y respetaba a los del M-19 por la historia de su familia. Ese tipo de odios se fueron generando y expandiendo a escala regional en esos años.


En mi opinión, esa lógica de expansión fue ana equivoca­ción garrafal. En ninguna de las zonas donde el M-19 tuvo pre­sencia se desarrolló el fenómeno paramilitar justamente porque el movimiento trataba de abarcar el conjunto de la población. No generaba enemigos ni agredía civiles. Pero esa era la menta­lidad de algunas guerrillas. Las FARC, el ELN y el EPL sabían que no tenían la estructura militar para poder enfrentarse con el Ejército (mucho menos el M-19, que apenas contaba en la región con unos sindicalistas desarmados y a quienes no les inte­resaba la acción militar). Así que. sin enfrentamientos propia­mente dichos con el Ejército, esas tres guerrillas desarrollaron otro tipo de guerra armada: la de la construcción casa por casa del control territorial- Así mismo, continuaban con prácticas que se originaban en la violencia liberal-conservadora de mediados del siglo XX. Las FARC, sobre todo, solían asesinar a los que con­sideraran sapos y mataban a miembros de la población. Ese fenó­meno fortaleció el paramilitarismo, que a su vez utilizó su influencia y su liderazgo social en la zona para empezar a intro­ducir unos hechos de terror tremendos.


En Barrancabermeja se hablaba de la presencia cada vez más grande de Los Masetos, que eran paramilitares derivados de la escuela de Jair Klein. El nombre de su facción provenía de MAS (Muerte a Secuestradores), el movimiento embrionario del paramilitarismo en Colombia que fundaron Gonzalo Rodríguez Gacha y Pablo Escobar para afianzarse militarmente y ocupar el territorio de sus haciendas. La del primero se encontraba en el Magdalena Medio cundinamarqués, en Puerto Salgar; la del segundo, la Hacienda Nápoles, en El Doradal, en Antioquia. Por esas fechas Los Masetos mataron a todos los concejales comu­nistas de La Dorada y a los que trabajaban en dos grandes capi­tales paramilitares de la región: Puerto Boyacá y Puerto Berrío. Fueron ellos también los que se tomaron Yacopí cuando visité la casa del campesino que vivía en el Bolívar 83.


Si bien en Barrancabermeja Los Masetos eran conocidos, ellos no habían logrado consolidarse en el núcleo de la ciudad. Había una especie de frontera, o por lo menos así se sentía, en parte tra­zada por el movimiento de los obreros sindicalizados de la indus­tria petrolera. Esos obreros estaban muy organizados y eran muy progresistas, pero estaban completamente desligados del mundo popular, de la mitad de la población que, abandonada, aguantaba hambre en las barriadas, a menudo sin agua. Ese desliz entre el obrero industrial y la gente más pobre, que es la mayoría, existe en toda Colombia, pero en Barrancabermeja lo viví en carne pro­pia. Yo decidí dirigir el trabajo del M-19 a esas barriadas con la idea de formar milicias armadas. Pero eso era un sueño, pues noso­tros éramos una minoría.


Ahí logré, de todas formas, contactarme con el jefe suplente de la juventud del Frente de Izquierda Liberal Auténtico (FILA), el movimiento político que había fundado, entre otros, Horacio Serpa. Muchos de los integrantes de FILA militaron con noso­tros. Preferían trabajar con el M-19 y no, por ejemplo, con el ELN, por culpa de su lógica autodestructiva. Viví esas barriadas desde adentro y me convencí de que un movimiento popular bien organizado sería indestructible. También llegué a la convicción de que el paramilitarismo no iba a poder cobrar fuerza en Barrancabermeja. Pero no fue así. Entre el 87 y los primeros meses del 88, llegué a contar más de 140 asesinatos de dirigen­tes y de muchachos.


Descartada la opción de tener milicias armadas en Barran­cabermeja, me fue surgiendo la idea de desarrollar un frente militar en algún municipio de la región. La idea me la incentivó Jaime Bermeo durante un viaje que hice a la capital para recibir instrucciones y enterarme de la situación del M-19 a nivel nacio­nal. Él quería que yo lo creara y, para el efecto, me mandó un fusil sin proveedor en un jeep que pasó todos los retenes entre Bogotá y Girón. Era un M16 al que le puse el nombre de ‘Miranda^ Lo escondí en mi casa entre los pañales de mi hijo, aún bebé y, también entre pañales, transportaba municiones en los buses. Era un riesgo altísimo, pero mi objetivo era llevar las municiones a las invasiones campesinas de Palestina, para fun­dar el primer frente costeño del M-19. Logré, incluso, aliarme con un grupo de gente del M-19 que estaba realizando un esfuerzo similar por los lados de Codazzi, junto a Valledupar.


Los santandereanos, en cambio, querían que el frente se fun­dara en el sur de ese departamento, en la región de Bolívar, cerca de Barbosa, donde hay una caída hacia el Magdalena Medio muy cerca de Puerto Boyacá. Era una zona donde había muchos sim­patizantes del movimiento. Así que decidí, por mis ancestros y porque en la Costa rae sentía más cómodo, que lo fundaría en las inmediaciones de San Alberto. Mi idea era mandar el fusil de Girón a Barranca y allí, aprovechando que el sindicato de trabajadores ferroviarios estaba influenciado por el M-19, enviarlo en tren a Palestina dentro de un bulto de mango. Pero todo el plan se fue al traste porque estalló un paro en Barrancabermeja. En esa época, el ELN convocaba paros regularmente. Los paros del nororiente. En Barrancabermeja, la población bloqueaba las entradas de la ciudad con barricadas y aparecían elenos por­tando sus brazaletes en público. La gente los apoyaba. Muchos simpatizantes eran personas de las barriadas que estaban en contra de los obreros industriales, a quienes llamaban “pata de vaca” porque trataban de cruzar las barricadas para ir a traba­jar. Los paros eran reacciones ante la presencia del paramilitarismo, que tenía como aliado a la armada en Barrancabermeja.


Cuando el fusil llegó a Barranca yo estaba en el sur del Cesar. El compañero que lo recibió decidió llevarlo a una barri­cada popular en el sector de As De Copas, en medio de la explo­sión popular, y allí disparó contra el ejército. Los soldados inmediatamente retrocedieron; no esperaba una reacción de ese estilo en medio de un paro cívico. Cuando la gente vio a los soldados desandar sus pasos, la reacción se multiplicó por diez De ese episodio existe una fotografía, en la que sale el único fusil del M-19 rodeado por unas mil personas.


Durante esos paros el ELN mostró toda su capacidad de movi­lización, que creo es la máxima que ha tenido en su historia. Según los cálculos que hicimos, ellos movilizaron cerca de 100 000 cam­pesinos en Arauca, en Norte de Santander, en Cúcuta, en Pailitas y en Barrancabermeja, donde el Ejército masacró a unos campe­sinos. Las FARC no tenían ese poder, el EPL tampoco, nosotros menos. Después de que el ELN desatara esos paros, vino la arre­metida de los pararcilitares y del Estado. Casi todos los dirigen­tes de las manifestaciones fueron desaparecidos en los próximos meses, incluidos unos compañeros nuestros, como Christian Roa, a quien conocí personalmente. Sobre Barrancabermeja llovió la muerte.


En una de esas arremetidas, el Ejército entró en el aparta­mento de un jefe del ELN en Bucaramanga, que vivía con su esposa a bebé, y asesinó al bebé. Para mí eso fue una radio­grafía de lo que me podía pasar, porque yo vivía con Katia y Nicolás Lo primero que pensé fue que no podía segui r en medio de esa vorágine con mi hijo. Entonces tomé la decisión interna de separarme de Katia, aunque en ese momento no se la comu­niqué. Iviils adelante, después de la separación, ella siguió apo­yando al M-19. Nos volvimos a ver en las montañas de Santo Domingo, en 1989, durante los diálogos de paz. Para entonces, Katia se había llevado a Nicolás a Córdoba, donde él se crio con la familia de ella, en Ciénaga de Oro.


Esta serie de episodios me hicieron reflexionar. Caí en la cuenta de que el proyecto de fundar un frente militar en el sur del César estaba destinado al fracaso. Sí, había campesinos que realmente querían irse con nosotros a caminar las montañas. Sí, era la posibilidad de tener una línea militar de masas, lo que no había podido lograr en Zipaquirá. Con Pacho Paz y Alejandro Cardona, que acaba de morir, hicimos una escuela militar en los alrededores de las recuperaciones campesinas de Palestina. Allí nos llegó un fusil M16 pero sin proveedor. Quien lo embarcó en el tren en Barrancabermeja no sabía que los fusiles necesitan proveedores de munición, y no los envió. El fusil era inservible así, pero nos permitió crear una primera móvil del M-19 en el sur del Cesar. Era mi primer esfuerzo para acercarme desde las armas al Caribe que soñaba, a la tierra del sol y de la música El sueño se me esfumó bien pronto. Pero yo me había equivo­cado al máximo. No había forma de hacerlo y entendí que no era una buena idea seguir con la línea del ELN. Mis únicas ven­tajas eran la clandestinidad y el hecho de que pertenecía a un movimiento muy pequeño; la inteligencia del Ejército se enfo­caba en el ELN.


La reunión

En diciembre de 1987 se convocó una reunión del M-19 a nivel nacional. La última se había realizado en Robles, en el 85, cuando me eligieron para hacer parte de la dirección nacional. Desde entonces, el movimiento había sufrido muchos golpes; prácticamente todos los jefes habían muerto. La reunión fue en el páramo de Moras, en el Cauca. Yo salí desde Florida y no paré de caminar durante trece días. Me acompañaban Afranio Parra, José Domingo Gómez, que venía de Zipaquirá, y unos ocho o nueve compañeros más. Mientras subíamos por las montañas, a lo lejos sonaban las fiestas de Navidad en las casas indígenas. El 24 lo pasamos en la trocha, en una soledad compartida, hom­bres y mujeres caminando, ensimismados; no sabíamos a dónde íbamos a llegar ni qué nos esperaba.


La travesía en el páramo no fue fácil. Un día se nos perdió un muchacho indígena que hacía las veces de escolta mío. Otro día cometí el error de reventarme una ampolla en mi pie con una navaja y se me infectó. Llegué al campamento práctica­mente con una pierna. Allí una enfermera rubia me dijo que me iba a poner una inyección para el dolor, pero apenas vi la aguja me desmayé. De todas formas, me sentía orgulloso de haber lle­gado hasta Moras sin rendirme, sin haber dejado entrever que no podía caminar las docenas de kilómetros que recorrimos a diario. No estaba nada mal para alguien que tenía un pasado predominantemente intelectual.


El campamento quedaba en un lugar recóndito y gris. Lo llamamos el Campo del Reencuentro, pues era donde se gesta­ría el reencuentro de lo que quedaba del M-19. Al poco tiempo de llegar me di cuenta de que buena parte de las estructuras del movimiento descansaban sobre hombros como los míos. Ya no estaban nuestros jefes de antaño. Era una sensación muy extraña, como de orfandad. La conducción del movimiento, de repente, había quedado en manos de los muchachitos que habían sobre­vivido. Había personas que apenas estaban aprendiendo las dinámicas de esa vida y que ahora eran responsables de regio­nes enteras. Helio, un joven campesino, tenía la responsabilidad de comandar todo el Tolima. Robert, otro hijo del campesinado, jovencísimo, tenía en sus manos la organización en el Caquetá, con toda la historia de ese departamento. Y yo llegaba como el responsable de Santander. Éramos los herederos de toda una historia y no sabíamos exactamente qué íbamos a hacer.


Carlos Pizarro llegó al Campo del Reencuentro en una región inhóspita. Estaba barbudo y enmontañado. Para entonces él era el jefe de la comandancia del M-19. Tenía alrededor de 34 anos. Durante el tiempo que pasé en la cárcel, Pizarro había construido una unidad militar del M-19, que se llamaba Batallón América, con la intención de hacer una insurrección en Cali, donde había miles de milicianos. Fue algo que nunca se había visto: el batallón peleó una y otra vez contra el Ejército en camino a Cali y lo ven­ció continuamente. Aunque al final llegó a la capital del Valle, por los lados de Pance, la insurrección nunca estalló: el batallón quedó desgastado y eventualmente se desintegró. Pizarro y sus hombres retrocedieron hacia los páramos caucanos en una situación de debilidad, y fue de allí de donde salieron hacia la reunión.


En términos militares, Pizarro fue un gran estratega. Desa­rrolló una especie de concentración de fuerzas y de construc­ción de ejército. Por eso no era una guerrilla tradicional. El M-19 se salia de la definición conceptual de lo que significa ser una guerrilla, porque se construía como unidades de ejército. Eso quiere decir que en los enfrentamientos se quedaba plantado y recurría a estrategas técnico-militares, en vez de salir corriendo, que es la estrategia usual de las guerrillas. Eso era lo que hacían las FARC, el ELN y el EPL. A la reunión del 87, sin embargo, todos llegaron conscientes de que esa lógica había fracasado, El movimiento estaba aislado de la población, eso se notaba, Se había militarizado, se había endurecido. Yo mismo me había endurecido. Existía una larga distancia entre el muchacho que vivió en Zipaquirá y el que soportó el torbellino del conflicto armado en Santander.


El movimiento, además, tenía poco dinero. eso lo entendí unos meses después, cuando me reuní con mi amigo y compa­ñero Enán Lora en Barrancabermeja. Para ese entonces, E1 ya había transitado a las filas del EPL por amor a una muchacha médica que militaba allí si bien había asistido al campamento en Moras. En esa ocasión, Enán me pidió que nos viéramos en un hotel para hablar de manera clandestina. Cuando nos reuni­mos, me sorprendió que pagara el cuarto en efectivo y me rega­lara un dinero, con el que compré un pequeño comedor, una camá y conseguí algo de dignidad. Llegaba a mi hogar en Girón. Yo no entendía por qué tenía mucha plata, cuando nosotros los del M-19 sobrevivíamos raspando la olla. En ese momento com­prendí que en las otras guerrillas ya se había normalizado el secuestro. Después de esa reunión no lo volví a ver hasta muchos años después, jamás volveríamos juntos a su Ciénaga de Oro del alma.


El M-19 no dependía de esa práctica, tampoco de la extor­sión. El movimiento solo había secuestr ado ocasionalmente, y por razones políticas, no económicas. Por eso mismo, el M-19 era una organización pobre y, claro, no tenia cómo comprar fusiles. Nuestra forma de actuar venía de la escuela del Che Guevara: recuperar los fusiles del enemigo en pleno combate; esa había sido la lógica imperante. Para 1987 habían quedado atrás las grandes operaciones, como el Cantón Norte o la del avión de Aeropesca que aterrizó en el río Orteguaza, en el Caquetá, con el dinero entregado por el gobierno de Turbay en la embajada dominicana para comprar cargamentos masivos de fusiles. Ya no era así; cuando nos reunimos estábamos realmente en una situación muy difícil.


Sin embargo, la mayoría de los combatientes tenían la moral muy alta, nunca vi desmoralización en el M-19, sino siempre unas ganas inmensas de triunfar. Eso lo constaté hablando con los muchachos de la unidad deñ Huila, liderada por el mítico Marcos Chalita y en la que militaba mi amigo Germán Ávila. También con los de la famosa compañía del comandante Pizarro. Cuando llegaron e hicieron el orden cerrado, solo eran 35 hombres y muje­res, apenas un pelotón; de compañía no tenía ya ni rastro.


Entre ellos estaba el comandante Óscar, quien después de Pizarro se llevaba todos los aplausos femeninos. Era del Caquetá y, como todo campesino cuando se arma, era un militar de gran talla, guiado por una valentía casi desbocada. Eso suele ocurrir en nuestro país. Tiene que ver con la capacidad mental que ha adqui­rir .i el campesinado colombiano después de tantas guerras. Los padres les pasan a sus hijos esa mentalidad y así sucesivamente, sobre todo en las regiones de colonización. Estos hijos del campe­sinado, que crecieron durante la época de la Violencia, se vuelven combatientes formidables y, bajo la influencia de cualquier con­ducción política, terminan en la barbarie o sosteniendo guerras durante décadas. La oligarquía colombiana, en su ignorancia, los bombardea y los reprime, sin entender que están generando comandancias militares más capacitadas que las de su propio ejér­cito. dispuestas a continuar guerras que se vuelven perpetuas.


Durante la reunión en el Campamento del Reencuentro hubo una fuerte división. La idea era decidir cuál estrategia seguir, dada la difícil situación. Dos líneas se enfrentaron. La primera era la de Pizarro, que estaba profundamente militarizado. Él representaba lo que se llamaba la comandancia rural, la fuerza militar del M-19, que tenía como asiento el Cauca. De su lado se encontraban los cuadros de origen indígena y campesino Ellos estaban comprometidos con el enfrentamiento. Óscar era uno de ellos. También Eliot, Robert, Chalita. Germán ‘Raúl’ Rojas Niño y Navarro, que seguía en Cuba y en México por sus heridas. La otra línea era la comandancia urbana. La dirigía Vera Grabe y Otto Patiño (ellos dos, junto a Pizarro, eran los únicos que quedaban de la comandancia original). Yo, sin saberlo, per­tenecía a esta segunda línea.


Pizarro, en nombre de la comandancia rural, defendía una profundización de la guerra. Esa era su postura. Lo apoyaba un joven urbano que nos sorprendió encontrar allí. Se trataba de Carlos Alonso Lucio. Ellos dos siempre tuvieron una relación extraña; habían sido vecinos de barrio y compartían una amis­tad de antaño, de clase media alta. Esa amistad llevó a Lucio al M-19. Él tenía una personalidad audaz y aventurera. Difundía la tesis de llevar la guerra, como él decía, a la casa de la oligarquía.


Esa estrategia era quitarle prioridad a la lucha agraria que había defendido Bateman y Fayad. Era convertir el M-19 en una especie de comandos urbanos para golpear a la oligarquía. Nosotros, hijos de la tesis de la organización de masas, no había­mos dejado de perder el espíritu de las milicias, de buscar que la población se armara. En esa lógica yo me sentía cómodo; toda mi experiencia había sido entre obreros, campesinos y barrios populares. Por eso la estrategia de Pizarro chocaba tanto con la nuestra. Lo que nosotros proponíamos, de acuerdo con la expe­riencia que habíamos vivido durante el proceso de paz del 84 y 85, era que el M-19 volviera a proponer la paz. Y no como la de esos años, cuando no dejamos las armas, sino una paz que nos permitiera hacer política, como instrumento de acogida popu­lar, de ampliación de trabajo, de convocatoria nacional.


Para el M-19, hacer política fue siempre el eje central, la estra­tegia principal para tomarse el poder. Ahora la pregunta a la que nos enfrentábamos todos era la siguiente: ¿cuál es el mejor camino? Uno camino era el de formar un ejército, que era lo que veníamos haciendo, para vencer al Ejército Nacional y tomamos el Estado. Esa era una visión clásica de la revolución latinoame­ricana, que no nace de un proceso insurreccional, sino de la toma del poder a través de la guerra popular. Así había ocurrido en China, en Vietnam y en Cuba, que venía a ser el referente regio­nal. Y, más recientemente, había sucedido en Nicaragua. En toda la región se estaba desarrollando, con un brillo profundo en Centroamérica, el levantamiento popular por medio de formas organizativas militares, no insurreccionales.


En ese entonces, todo el poder estaba concentrado en el Estado. Hoy, en cambio, no es posible porque el poder ya no está concentrado allí. Para 1987, aún era difícil hablar de la globalización, si bien el desarrollo del capitalismo mundial iba hacia allá, hacia la ruptura del Estado de bienestar, en los cuales creía mucho el M-19. Su visión ideológica era socialdemócrata. No estaba proponiendo el socialismo, sino una democracia con jus­ticia social. Si uno junta esos dos términos —democracia y jus­ticia social— sin cuestionar al capitalismo, lo que se está proponiendo es una salida socialdemócrata. Y el M-19 era un movimiento de esa vertiente, que operaba bajo la creencia de que solo a través de una revolución armada se podía construir una democracia social en Colombia.


La “socialdemocracia” es una expresión europea. Corresponde a un esfuerzo que se consolida después de las revoluciones socialistas, la de Rusia, Alemania, Austria (derrotada), Italia (derro­tada) y la de España, que al final fue derrotada por el fascismo, que es una forma de totalitarismo burgués. El fascismo destruyó la idea fundante de Europa, que provino de la Revolución francesa, y que es la democracia liberal. Después de estos episodios, Europa encontró un camino por medio de pactos sociales entre obreros y empresarios, que se estaban matando, y que se tradujo en que los empresarios redujeron sus tasas de ganancias a través de impuestos para financiar lo que se conoce como el Estado de bien­estar. Mejor dicho, la salud, la educación, las pensiones, el cuerpo trabajador. Eso es lo que permitió la paz europea. Después de la Segunda Guerra Mundial y de 50 millones de muertos, los euro­peos construyeron una democracia social que aún permanece.


Muchos partidos socialistas de Europa, defensores de esa tesis, terminaron en el Gobierno. Pero la socialdemocracia incluso se generalizó a tal punto que abarcó movimientos de derecha que la defendieron durante todo ese periodo histórico. Estados Unidos vivió algo similar, con otro nombre: el New Deal, de Roosevelt, que funcionó igualmente. Fue un pacto de garantías, de conquistas laborales. El salario real de los obreros subió tanto que muchos latinoamericanos migraron allá para hacer parte del sueño americano, que incluye carro, casa y visi­tas semanales a los centros comerciales. Todo esto se dio gracias a un pacto entre empresarios y obreros.


Cuando estas ideas se trasladaron a América Latina, que era la región más atrasada en los años de la posguerra, surgió un pen­samiento propio, el de la Cepal (Comisión Económica para América Latina y el Caribe). Desde el punto de vista económico, esta escuela trazó una directriz relativamente coherente de indus­trialización, que implicaba una alianza de clases entre empresa­rios y campesinos, como sucedió en México, o entre empresarios y trabajadores, como ocurrió en el Cono Sur, en Uruguay, el sur del Brasil, Argentina y Chile. En toda la región, este proceso adqui­rió otro nombre: populismo. Y, más específicamente, populismo latinoamericano. Su exponente más conocido fue Perón. Muchos de estos líderes lograron reformas agrarias en favor del campesi­nado, como en México, o procesos de industrialización relativa­mente importantes, como en Argentina, el sur de Brasil y México. Después de la experiencia del pacto social, estos gobiernos se hun­dieron en unas dictaduras que acabaron con los pactos.


En 1987, nosotros estábamos viviendo en la época de las dictaduras latinoamericanas. El caso de Colombia era particu­lar: se manejaba como una dictadura a pesar de no tener un general en cabeza del Gobierno. Pero, claro, el estado de sitio y la doctrina de seguridad nacional fueron calcados del Cono Sur y de Centroamérica. Con una especificidad particular: acá los episodios dictatoriales, la preponderancia del Ejército y la con­ducción del país se hacen al lado de la mafia y del narcotráfico. De esa manera Colombia empieza a labrarse un destino muy específico, que va tomando forma en los años en los que yo estuve en medio de la vorágine en Santander.


El M-19, entonces, estaba defendiendo un populismo armado. Una democracia social y un proceso de industrialización con jus­ticia social. Mejor dicho, un pacto entre clases, que llamó el “Diálogo Nacional”. Ese era el eje de su propuesta de paz, y el que marcó la historia de todo el movimiento. Por eso, el M-19 nunca fue un movimiento marxista. Había, por supuesto, gente que estudiaba el marxismo, como yo. Pero, en general, la organiza­ción, sus estatutos y su articulación existían alrededor de una pla­taforma democrática que podríamos llamar “socialdemócrata”, y que otros teóricos podrían llamar “populismo”, pues en reali­dad el populismo latinoamericano es la misma socialaemocracia europea. La única diferencia es de perspectiva. En Europa, miran al populismo por encima del hombro porque consideran que la experiencia latinoamericana no es asimilable a lo que ocu­rre en Europa.


Durante la reunión en el Campo del Reencuentro nunca se pusieron en cuestión los objetivos del movimiento: la indepen­dencia nacional, la justicia social, la democracia. Estos ideales nos unían a todos. La discusión que se dio era alrededor de cómo lograrlo. Al final, venció la tesis de Pizarro con la ayuda extraña de Lucio, quien poco después se fue para Europa. Para mí fue difícil, porque más adelante me enteré de que Pizarro había nombrado a sus amigos en las regiones lideradas por combatientes de la comandancia urbana. Nunca imaginé que esa lle­gara a ser una de las consecuencias de la discusión política.


Fui uno de los primeros en irme del campamento. Salí, junto a algunos compañeros, por la misma ruta que entré. Si bien fue­ron otros 23 días de caminatas en medio del páramo, no tenía heridas y el tiempo transcurrió más rápido. Pacho Vargas, tam­bién de Zipaquirá, iba muy contento. La comisión la dirigía un muchacho que había perdido una mano y que era de un muni­cipio del Valle del Cauca. Le decían el Mocho’ Laureano. Su gente lo quería mucho. Era alegre y jovial. Cuando llegamos a tierra caliente, fue como si empezaran las vacaciones. El Mocho me dejó en una trocha donde cogí un bus viejísimo hasta Cali, pasando por Corinto. De Calí salí a Bogotá y de allá a Santander Otra vez volví a ver a mi hijo y a Katia, pero llegué a un escena­rio más difícil del que había partido, pues las consecuencias de la discusión política no tardaron en llegar.


Mientras caminaba por las trochas del Cauca de regreso a Girón alcancé a escuchar en la radio que nuestra reunión ya era noticia pública. De entrada, me preocupó la posibilidad de una ofensiva militar, pero por fortuna no ocurrió. En la radio se hablaba de un comunicado que se había redactado después de que yo saliera del campamento, en el que la comandancia, de alguna manera, había sintetizado la discusión en una consigna común: “¡Vida a la nación, paz a las Fuerzas Armadas, y guerra a la oligarquía!” “Paz a las Fuerzas Armadas” significaba que cesábamos hostilidades contra el Ejército colombiano, por lo menos las premeditadas. Era como una especie de rama de olivo al Ejército, para tratar de ponerlo de nuestro lado. “Vida a la nación” planteaba estrategias del M-19 alrededor de la demo­cracia y de la justicia social. “Guerra a la oligarquía” se refería a alzarnos en armas contra los directos responsables del desastre nacional, contra esa minoría que vivía en un país en función de sí misma. Esa parte de la consigna solo tuvo una expresión real con la retención de Alvaro Gómez Hurtado. Aún no sé qué hubiera podido pasar en el país si la consigna se hubiera exten­dido incluso más.


En Santander, no tenía claro qué iba a suceder ni cómo se iba a implementar esa consigna. Tenía pensado continuar el tra­bajo que venía haciendo. A las comunidades campesinas de Palestina ya había llegado nuestro famoso fusil y quizás era el momento de crear una unidad móvil, rural y armada, que esta­bleciera un puente con los militantes del M-19 en el norte del Cesar. Yo seguía empeñado en establecer el primer frente cos­teño, si bien los de Santander no me seguían la cuerda. En ese momento, sin embargo, yo no sabía que Pizarro había dado la orden. Cuando se produjo el cambio de mando, llega a la región una gente que estaba en el bloque militar del Cauca para hacerse cargo del esfuerzo. Tuve que entregarles todo el trabajo. Ellos me comunicaron que, a partir de ese momento, solo estaba a cargo de la conducción del M-19 en Barrancabermeja. Y para allá me fui.


Mientras corregía este libro, volví a Mosoco y pasé por el páramo de las Moras, esta vez en vehículo y rodeado de miles de indígenas nasa; uno de ellos, integrante de la guardia indigena, me dijo que quienes caminan por la noche en el silencio del páramo recogen los espíritus que habitan en los animales nocturnos: las serpientes, las dantas, los búhos, los osos y los venados, y que esos espíritus llenan al viajero de resistencias pro­fundas y contudentes. Mi guardia indígena, al saber que había sido uno de esos caminantes de la noche del páramo, me dijo, abrazándome, que era allí de donde había nacido la resistencia que había demostrado durante toda mi vida, y me pidió que lle­nara de muchos venados mi corazón, pues los venados tenían el espíritu de la alegría, de la fiesta y de la búsqueda permanente del amor.

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