viernes, 20 de octubre de 2023

capitulo 3, La organización y el Bolívar 83, una Vida Muchas vidas

 La organización y el Bolívar 83

 Indice 

Presentación  13, 
Los Petro (capitulo 1) 15, El Eme (capitulo 2) 47, La organización y el Bolívar 83 (capitulo 3) 65
Traición y entusiasmo (capitulo 4) 75, Cárcel y tortura (capitulo 5) 81,  
La toma del Palacio  (capitulo 6) 87, La clandestinidad en Santander (capitulo 7) 105, 
La reunión (capitulo 8) 119,  Adiós en Barrancabermeja  (capitulo 9) 131
Diálogo tolimense (capitulo 10) 141, “El comunicado de Ortega”  (capitulo 11) 153, 
El heavy metal latinoamericano (capitulo 12) 163, La Constituyente  (capitulo 13) 177, 
La derrota y el exilio (capitulo 14) 187, El Congreso (capitulo 15) 205, El regreso (capitulo 16) 223, 
Mi reunión con Carlos Castaño (capitulo 17) 235, Un presidente paramilitar (capitulo 18) 243, 
El coraje de la verdad (capitulo 19) 255,  Las elecciones de 2010 (capitulo 20) 261, 
La Bogotá Humana (capitulo 21) 269, El cambio climático (capitulo 22) 299, 
La paz  (capitulo 23)  307, Una respuesta al presente (capitulo 24) 317, Epílogo (capitulo 25) 327.

Con la elección de Belisario Betancur se abría un espacio, pero la verdad es que nosotros nos habíamos quedado asilados. Por eso trabajamos de manera independiente en Zipaquirá, pues ante la falta de noticias pensábamos que el M-19 se había aca­bado. Lo del Caquetá no era del todo público y, como no nos conocíamos entre nosotros, fuimos adquiriendo una idea muy independiente de la política anclada ai mundo obrero, diferente de lo que estaba pasando con el M-19 a nivel nacional, que se estaba buscando e! universo de lo campesino y lo rural. íbamos, pues, en dos direcciones distintas. La columna José María Meló comenzó a pensar en combinar formas de lucha, una legal y otra clandestina, y aquello iba en contravía de las directrices del M-19. que pensaba que uno no podía estar en los dos lugares a) mismo tiempo.


Sin embargo, nosotros, por ese aislamiento del que he hablado, lo hicimos. Para eso, me volví periodista, y casi toda la cúpula del M-19 en Zipaquirá se unió a la idea de hacer un periódico. Se lla­maba Carta del Pueblo, estaba muy bien hecho, era autofinan- ciado. lo vendíamos nosotros mismos, caminábamos hasta el último recoveco de Zipaquirá, y así conocimos realmente el terri­torio, vendiendo lo que escribíamos. Más o menos, vendíamos mil ejemplares por número. Alcanzamos a hacer nueve. Era una idea leninista: íbamos construyendo una organización política legal que se llamaba la Carta al Pueblo y, además, manteníamos una estructura subclandestina en el M-19. El movimiento deci­dió lanzarse a las elecciones al Concejo en 1982.


Salió elegido Bernardo Chinchilla como concejal. Tuvimos un éxito electoral en un momento que era muy difícil. Alcan­zamos 600 votos. El M-19, a través de Bateman, había ordenado boicotear las elecciones, en unas acciones que no tuvieron mayor contundencia, pero era obvio que pretendíamos asuntos distin­tos. Ahí aprendimos un poco de cultura política: fuimos exito­sos, teníamos un concejal, tuvimos que entrar en una coalición que a su vez nombraba el personero y entonces salí elegido. Fue mi primer empleo público. A su vez, el M-19 nos invitó a la Octava Conferencia. Yo decidí no asistir, pues quería graduarme, y eso hizo que no conociera a la dirigencia del movimiento que se reunió en el Putumayo, a donde sí fue Germán Ávila. Me ganó el peso académico más que la militancia, y ahora no me arre­piento, porque si no hubiera ido creo que nunca me hubiera gra­duado, y eso fue muy importante para mí después. El costo de no haber ido fue no conocer a Jaime Bateman, que moriría al año siguiente. Cuando Germán volvió estaba fascinado, con las estructuras militares, y eso comenzó a separarnos. Nosotros rei­vindicábamos una independencia que nos habíamos ganado, lo cual, por supuesto, no era bien visto. En dicha independencia, construimos nuestros valores propios, pues teníamos un movi­miento político legal. Ernesto Cuevas planteó que tendríamos que construir un feudo en donde lográramos una verdadera influencia popular. Así, ideamos un concepto que llamamos “línea militar de masas”, o lo que hoy se conocería como “mili­cias”: la población debía armarse para protagonizar una verda­dera insurrección. Se trataba de un movimiento popular armado, y para eso se nos ocurrió la idea de construir im barrio, el Bo­lívar 83.


De Antonio Gramsci siempre admiré la idea de entender las clases sociales más allá de la división clásica entre burgueses y proletarios. Nosotros, poco a poco, nos habíamos deslindado de los movimientos obreros, pues sentíamos que ahí por lo menos había algunas condiciones, mínimas, pero al fin y al cabo les per­mitían tener una vida, una familia, unas conquistas sociales y unos barrios construidos con materiales dignos. Por eso comenzamos a mirar hacia la gente más pobre del municipio, a aquellos que no tenían, literalmente, nada. Entre ellos estaban los coteros de las plazas de mercado, las trabajadoras de las flores, la delincuencia, los trabajadores del carbón, los desempleados, etcétera. Así comenzamos a aglutinar gente, primero 20 o 30 familias, y con ellos nos propusimos una toma de tierras. Había varias personas que confluimos, como el sacerdote Saturnino Sepúlveda, Francisco Vargas, trabajador de Peldar, y yo, como personero municipal. Elegimos un terreno que pertenecía a la curia. El lugar se llamaba El Cedro. Pusimos una fecha y persuadimos a todos los involu­crados de que se trataba de una operación al estilo militar. Nos dividimos en varios grupos, conformados por lideres y población.


Cuando llegó el día señalado, rodeamos el terreno, que estaba cercado por una barda. Estaba impaciente, nervioso, por eso, cinco minutos antes de la hora fijada le pedí a mi grupo que saltáramos. De repente, decenas de personas hicieron lo mismo. Fue una verdadera invasión: la gente comenzó a traer madera, a hacer cambuches, y poco a poco se regó la bola y comenzó a llegar más gente de apoyo. De repente había unas mil personas en el terreno. La gente había venido de Pacho, Yacopí, y aunque no lo entendíamos del todo eran los primeros, desplazados por el narcotráfico reinante en Pacho, bajo la ola de terror sembrada por Gonzalo Rodríguez Gacha y del Magdalena Medio, que con­fluye con Cundinamarca a través del río Negro. Ese territorio había sido controlado por las FARC y el Partido Comunista, así que ese campesinado era desde hada mucho tiempo comunista. Al llegar a Zipaquirá, se vinculó directamente a nuestra toma.


Como personero municipal, estuve ahí haciendo las veces de mediador. Supuse —mal— que como la alcaldesa era del Nuevo Liberalismo y estábamos en terrenos de la iglesia, iba a haber mayor solidaridad. Yo he admirado siempre a San Francisco de Asís, y pensé que ante la evidencia de que se trataba de gente sin nada iba a lograrse el asentamiento. Sin embargo, unas horas des­pués me di cuenta de mi tremendo error. Unos trescientos poli­cías de la Fuerza Disponible —el equivalente al Esmad de hoy— rodearon el lugar. Mientras tanto, Germán Ávila había lle­gado con su línea propia, con un comando aliado del M-19 de Bogotá que se había apertrechado en unos techos esperando la represión.


Cuando fui consciente de lo que podía ocurrir, debí tomar la decisión de quedarme y de no irme, como el funcionario que era, con las personas de la alcaldía. Me quedé con la gente, pero la represión era muy dura. Sin embargo, otra gente se organizó de los barrios aledaños y estalló una verdadera insurrección con barricadas. En unas horas, Zipaquirá estaba tomada: un grupo fue a la catedral, otro rodeó la alcaldía, uno más bloqueó la entrada al pueblo. La Policía se vio sobrepasada y la gente sin­tió que habíamos triunfado. Esa noche llegué a Cajicá sabiendo que me iban a mandar a la Procuraduría  me iban a empape­lar. Después me pusieron una multa, pero, volviendo a esa noche, me fui a una casa de seguridad que teníamos —otra de las herencias de las enseñanzas de los Tupamaros—; me acosté al lado de una muchacha samaria muy hermosa y militante del movimiento.


Me levanté a la madrugada y regresé a Zipaquirá. Todo pare­cía un campo de batalla. Menos mal Germán Áviia y su comando se contuvieron, porque si no es por la gente de los barrios aquello habría sido una guerra con cientos de víctimas. Esa mañana sentí que estaba profundamente comprometido con esa pobla­ción. Aunque hubo algunas burlas cuando hablé de la política del amor en la campaña a la presidencia del 2018, eso me viene desde ese momento. Sentí que era amor defender a esos pobres a quienes el Estado y la sociedad habían abandonado. Al fin y al cabo, los obreros industriales sentían, y algunos sienten eso hasta hoy, que al haber alcanzado —como obreros asalaria­dos—, con conquistas laborales, un lugar en la sociedad, la lucha de los pobres no era ilegítima. El lumpen, se nos decía, no era el camino bajo la tesis marxista, nuestro deber era con los obre­ros. Sin embargo, pienso que mi cercanía con el cristianismo profundo, con la idea de San Francisco de Asís, me hacía darme cuenta de que sentía tanto amor por la gente pobre que estaba dispuesto a todo por ellos.


El Bolívar 83, como le llamamos al movimiento de la toma para conmemorar los doscientos años del natalicio de Simón Bolívar (1783), fue una lucha que dio sus frutos y un proceso muy interesante. Me mudé a los ranchos, a los inquilinatos, pues del terreno nos sacaron en apenas un día. Estando en ello, me llegó la noticia de que Jaime Bateman había desaparecido en una avioneta que iba. supuestamente, rumbo a Panamá, aunque hav toda suerte de historias al respecto. El M-19 lo buscó por todos los medios creyendo que había sobrevivido, pero se anunció de manera pública que estaba muerto y creo que todos sentimos, de alguna manera, un golpe muy duro. Recibí la noticia en los cambuches de la gente pobre de la toma del Cedro; sentí que esa lucha era también un homenaje al gran caribeño fundador del M-19.


Esos días jamás los olvidaré porque, como ya dije, me liga­ron para siempre al mundo de los pobres. Continuamos meses resistiendo, y, como parecíamos tener una autonomía en la lucha popular y seguíamos pensando que podían darse luchas desde la política tradicional, el M-19 nos expulsó, por orden de la negra Rebolledo —quien moriría luego en el Palacio de Jus­ticia—, a otro muchacho muy bien parecido de quien no recuerdo el nombre y a mí. Nos reunieron y nos dijeron que está­bamos por fuera. Confieso que no sentí un ápice de amargura. Ante Su insistencia de por qué no sonaban los disparos en Zipaquirá, nosotros pensábamos que estábamos dirigiendo al pueblo, y que no podían comprendernos, pues estaban era en la conformación de un ejército militar en los campos, mientras que nosotros nos encontrábamos en la insurrección popular. Así, me convertí más en un líder popular que cualquier otra cosa. Tenía 22 años. Conformamos una asamblea con la gente que había estado en la toma, y se nos convirtió en una obsesión conseguir un terreno para hacer un barrio para la gente más pobre. Me volví, pues, el dirigente popular de todos ellos: las señoras me daban tinto, dormía en sus casas de arriendo, por­que vivían en inquilinatos. Conocí, por fortuna, todo ese mundo. Ahí dormía y vivía e iba de vez en cuando a la casa, en donde me preguntaban en qué andaba metido, sin que yo dijera mucho.


Al cabo de unos meses, la alcaldesa María Fernanda Castañeda por fin comenzó a comprender qué era lo que nosotros planteá­bamos, impactada por la insurrección. El mundo político en Zipaquirá supo que había una bomba social por atender y una fuerza que los apoyaba. Ese momento es muy importante porque fue a través de un pacto social como conseguimos avanzar en el proceso. Resulta que Luis Eduardo Gutiérrez, el hombre más rico de Zipaquirá, de estirpe conservadora y campesina, amigo de Bertha Hernández de Ospina, a quien le había comprado su hacienda, decidió con audacia acercarse a nosotros. En lugar de apoyar la represión y además frenar la avanzada del M-19, se hizo amigo nuestro. Quizás él sabía, por lo que estaba ocurriendo en Pacho, que de llegar a profundizarse la guerra habría operativos económicos —secuestros—, y eso no le convenía a nadie, ni mucho menos que se conformaran ejércitos paramilitares, como ocurría en ese momento en el Magdalena Medio y en Pacho.


Ese fue un pacto entre el M-19 y la sociedad zipaquireña más tradicional y conservadora, y quien lideró fue Luis Eduardo Gutiérrez. Fue una isla en medio de todo lo que estaba pasando en el resto del país. Se decidió que se donaran unos terrenos que eran del municipio, y es el lugar donde hoy queda el barrio. Me acuerdo de las primeras noches cuando dormía ahí, tomába­mos tinto, empezábamos a hacer vigilancia, pues bajo la idea de la línea militar de masas organizamos los piquetes de vigilan­cia, integrados principalmente por mujeres: ellas fueron las líde­res de todo ese proceso. Unos arquitectos de la Universidad Nacional aparecieron y nos ayudaron; hicieron planos, levanta­mientos topográficos, el trazado del alcantarillado —que hicie­ron en quince días, sin un solo peso, los propios habitantes—. Fue algo muy estimulante: el barrio se levantó, yo puse muchos ladrillos con mis manos de estudiante, e hicimos el barrio Bolívar 83, y ese fue el fortín del M-19.


Aunque estábamos expulsados, a mí no me importaba. En el año 84 decidí lanzarme como concejal. Saqué 800 votos. Nuestro electorado se había desplazado de obreros hacia pobres, pues todos los pobres votaron por mí, y aunque esperaba mucho más me volví concejal de Zipaquirá. Mi suplente fue Jaime Gómez, quien venía de la Anapo. Francisco Vargas se puso a organizar, a educar a la población, a establecer algo que llamá­bamos el Poder Popular; la idea era que la gente misma tomaba las decisiones, en un proceso organizativo muy fuerte. Desde ahí me volví un líder popular.


La Costa cada vez me quedaba más lejos, y me sentía absor­bido por otra realidad. En esas, volvió a aparecer el M-19. Recuerdo que apareció un muchacho de apellido Alvear, del Valle del Cauca, quien me puso una cita en Bogotá. Nos dijeron, porque la oferta de regresar incluía a vanos de los expulsados, que el nuevo líder sería Francisco Vargas. Me cobraron mi reti­cencia a las operaciones militares, pero aceptamos. A Bateman lo había reemplazado Iván Marino Ospina, a quien tampoco conocía, pero me parecía un guerrillero de la vieja época, venía de las FARC y era un mundo que no me llamaba la atención realmente.


Para ese entonces, habíamos conformado una red de coordi­nadoras de movimientos regionales. En esa red conocí a Carlos Horacio Urán, a Orlando Fals Borda, a Alfoso Cabrera, que tenía un movimiento en el Tolima, y a Ricardo Lara Parada, a quien asesinó el ELN en el Magdalena Medio. Carta al Pueblo era un movimiento popular y con esa organización regresamos al M-19.


Francisco Vargas, que había sido fundamental en la construc­ción del Bolívar 83, fue reclutado para irse a un campo de entre­namiento en Libia; el M-19 comenzaba a ampliar sus horizontes. Me enteré de todo eso tiempo después. Habían viajado al desierto del Sahara, conocido a Muammar Gadafi, y los colombianos fue­ron clave en la formación de muchas milicias. El campo terminó dirigiéndolo Otty Patiño. Además, se hicieron contactos y ligazo­nes con los palestinos, con un movimiento muy importante para nuestra historia de lucha, que era el Frente Polisario, del Sahara Occidental, con las guerrillas de Suráfirica, que representaban el pensamiento y la lucha de Nelson Mandela y con el movimiento Swapo, de Namibia.


Era un cosmopolitismo interesante para esa época y los zipaquireños estábamos presentes. El M -19 era una vanguardia en ese tipo de luchas, y cuando los comandos regresaban vía Panamá hubo un intento de creación de los batallones de la dignidad en los barrios, pero con Manuel Antonio Noriega todo eso se fue al traste, pues él decidió rendirse ante los norteamericanos. El M-19, además, había peleado en Nicaragua, muchos miembros habían sido oficiales del Ejército Popular Sandinista y obviamente la rai­gambre del movimiento cada vez era más militar. Esto lo escribo porque en medio de esta ampliación del campo de batalla había una contradicción con el discurso de Bateman sobre la paz. El M-19 parecía alistarse para profundizar la guerra, o quizás pre­veía lo que finalmente ocurrió, que fue, como lo llamó en la época Laura Restrepo, la historia de una traición.


No volví a ver a Pacho Vargas, pues él enfermó en el desierto de una afección propia del Mediterráneo sobre los riñones. Sí me reencontré con Enán Lora, dentro de las estructuras del M-19, pero yo ya era visto más como lo que era: un dirigente popular y concejal de Zipaquirá.


El diálogo nacional planteado por Bateman y recogido por Belisario avanzaba con muchas dificultades, ya que era obvio que al estamento militar no le interesaba legitimar un movi­miento que le había propinado golpes simbólicos y reales muy importantes. Iván Marino Ospina y la comandancia del M-19 firmó la tregua con el gobierno Betancur y se inició ese proceso en el cual, quienes estábamos de alguna manera en la legalidad, éramos importantes. Por eso me llamaron para asistir a la firma de los acuerdos de paz en Corinto, Cauca.


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