miércoles, 25 de octubre de 2023

capitulo 10, “El comunicado de Ortega”, El heavy metal latinoamericano, una Vida Muchas vidas.

 

“El comunicado de Ortega”

En los días previos a la primera reunión con el Gobierno aprendí un hecho crucial: el que tiene la comunicación tiene el poder. Pizarro, a través de la radio, manejaba la organización del M-19. Los líderes ubicados en varios puntos del país se comunicaban con él a una hora determinada, por medio de una frecuencia espe­cífica. En esas sesiones se decidían los pasos por seguir, y el que no tuviera acceso a la radio no tenía poder en la toma de decisio­nes. En algunas ocasiones, yo escuchaba las conversaciones, oía voces de conocidos, de amigos, pero era consciente de que los radios estaban en manos de las fuerzas militares del M-19. Los que estábamos en busca de la paz no teníamos ni voz ni voto. Nuestros esfuerzos por lograr el diálogo estaban desconectados del centro de decisiones. En el caso del Tolima, Carlos Erazo tenía el radio. Toda la información entraba o salía a través de él. La relación de Pizarro y Carlos era fluida. Carlos venía del Cauca, había peleado junto a él. En cambio, mi relación con Pizarro era difícil. No nos entendíamos muy bien. Esa era la realidad.


El Gobierno llegó a nuestro encuentro sin saber de los pla­nes de Pizarro y Jacobo Arenas. Sabían, eso sí, que la primera reunión sería la más importante, en la que se conocerían las pos­turas de todos los involucrados. Para llegar al punto de encuen­tro, los funcionarios del Gobierno tenían que tomar una carretera desde el pueblo de Natagaima y luego caminar dos horas. No era un recorrido muy exigente, en términos logísticos. La única difi­cultad era cruzar la quebrada en la parte de abajo, cerca de su desembocadura en el río Magdalena. Cuando llovía, esa parte de la quebrada crecía bastante y podía llevarse a alguien.


Para que el agua no les impidiera el paso, la delegación del Gobierno llegó para la primera reunión por la mañana. La sesión inicial fue profundamente destructiva. Pizarro se sentó y les dijo lo que nos había dicho a nosotros: que cualquier negociación de paz se debía hacer con toda la Coordinadora Guerrillera Simón Bolívar. En otras palabras, que el Estado, además de negociar con el M-19, tenía que hacer lo mismo con las FARC, éí ELN y el EPL. Mejor dicho, palabras más, palabras menos, les dio a entender que la negociación no se podría llevar a cabo. Pizarro sabía que era imposible que se lograra hacer una reunión de paz conjunta. El Gobierno, por su lado, repetía una y otra vez: “Pero queremos hacer una negociación solo con ustedes”. Así transcurrió toda la mañana. Fue infructuosa, un diálogo de sordos.


Al mediodía, invitamos a los funcionarios del Gobierno a un almuerzo al estilo nuestro. Entre todos compartimos una gallina guisada, que nos ayudaron a preparar los indígenas y campesinos de la zona. Cuando nos retiramos, Pizarro tuvo una condescendencia conmigo que no me esperaba. Caminó hacia mí y me anunció: “En cinco minutos nos reunimos los miem­bros de la dirección nacional” Los miembros éramos apenas tres: Carlos, Pizarro y yo. Yo invité a Édgar Molano a la reunión y Pizarro a Laura, su compañera. Los cinco nos reunimos al lado de la quebrada.


Nunca olvidaré ese momento. Allí, envuelto por el sonido del agua, sentado sobre unas rocas, tuve una epifanía. Yo no soy ni he sido nunca practicante; creo en las energías, en la luz que recorre todo el universo, pero en ese instante se me vino a la mente una reflexión profunda. Pensé en las fuerzas de la vida, en tantos muchachos y muchachas heroicos, hermosos, que había visto morir; pensé en el Dios de mis padres, pensé en mi hijo, que ape­nas conocía. Pedí fuerzas a mi , cuerpo raquítico, a mi voluntad, a mi inteligencia. No sé si eso fuera una oración en aquellas mon­tañas entre aquellos vientos. Pero pedí la fuerza para no fallarle a la paz, a nuestro pueblo, a la lucha por la justicia social.


Hoy, tantos años después de ese momento, sé que la paz no se ha cumplido. Pero yo creía que en aquella reunión se podía definir realmente la paz de Colombia. A la postre, solo se logró una parte, porque las décadas siguientes transcurrieron bajo el signo de la violencia. A pesar de eso, sentí, al lado del agua cris­talina de la quebrada, que estabamos ante una definición clave para la historia del país; sentí las energías de un momento histó­rico. Y solo estábamos nosotros cinco, junto al agua y su ruido. Los demás combatientes estaban lejos, retirados, haciendo un círculo de seguridad. Pensé, en medio de mi reflexión: “De pronto de mí depende la paz. De mi capacidad argumentativa’.


Pizarro, mientras tanto, nos explicaba su decisión. Nos decía que él venía de hacer un trato con Jacobo Arenas y que la ofen­siva militar ya estaba en marcha. Yo sabía que Carlos Erazo no lo iba a contradecir, por su vocación militar. Era, al fin y al cabo, su subordinado. Edgar tampoco iba a decir nada; era mi acom­pañante y dependía de mí. Entonces pensé: “Pues me tocó a mí; voy a articular mi argumentación”. Así que abrí la boca y hablé. Defendí lo que hasta el momento había sido el proceso del Diálogo Regional. Pizarro enseguida se burló de mí. Mencionó el hecho de que yo hubiese hablado con Santofimio, a quien yo realmente no conocía, para desacreditar mis argumentos. Dijo: “Nosotros no vamos a hacer un proceso de paz con Santofimio”. Le di la razón: no se trataba de hacer un proceso de paz con él. Simplemente lo había contactado porque él era una fuerza fun­damental dentro del Tolima.


Lo que yo no sabía era que cierto círculo enemigo de la paz en el M-19 se había agarrado de mi reunión con Santofimio para destruir las posibilidades del diálogo. En ese momento no se sabía todo lo que se sabe hoy de Santofimio, pero algunos ya conocían sus vínculos con el cartel de Medellín; ellos habían hablado con Pizarro y por eso él, en un comienzo, no se tomó en serio mis argumentos. Los miembros de ese círculo no hacían parte de las fuerzas militares del M-19. Aunque estaban vincu­lados al movimiento, operaban en la legalidad. Yo ya me los había encontrado en Santander, con los sindicalistas del ‘Tuerto’ Gil, por ejemplo. Con esos círculos siempre tuve problemas. Entendía su posición, pero no me gustaba que actuaran desde la legalidad, cuando nosotros aún estábamos en la clandestini­dad y en la guerra. Yo tampoco les gustaba porque ellos veían que yo podía afectar su comodidad. Para ellos, yo era una pie­dra en el zapato. No era una situación fácil para mí: los milita­res creían que yo era un mamerto, mientras que los que vivían en la legalidad me consideraban un militar. Me sentía como el protagonista de la canción de Facundo Cabral llamada “No soy de aquí, ni soy de allá”.


Cuando Pizarro criticó el hecho de que me hubiera reunido con Santofimio, me sentí agredido. Para mis adentros, me dije: “Comencé mal” Entonces desarrollé mi argumentación desde otro punto de vista. Le dije que el M-19 solo podría volver a jun­tarse con la sociedad colombiana si proponía la paz. Y que tenía que ser una paz para la nación. Miré a Pizarro a los ojos y afirmé: “Cada vez que hablamos de paz, la nación gira alrededor de nosotros. Hoy podemos transformarnos en la vanguardia de los colombianos”. Hablé durante 25 minutos y, cuando terminé, Pizarro asumió un gesto reflexivo, al estilo de él. No dijo nada, solo se quedó pensando, y con esa expresión se dirigió a la segunda sesión con los delegados del Gobierno.


Frente a ellos, pronunció un discurso completamente dife­rente al de la mañana. Abandonó el punto de vista de que el único proceso de paz tendría que hacerse con toda la Coordi­nadora Guerrillera y, en cambio, propuso un acuerdo de paz entre el Gobierno y el M -19. He pensado mucho en las razones que lo llevaron a cambiar de postura. No creo que yo lo hubiera convencido, porque él no tenía suficiente respeto por mí como para que ese hubiera sido el caso. A decir verdad, hasta el día de su muerte nosotros no fuimos amigos, no construimos conjun­tamente; de hecho, nos veíamos en cierta forma como rivales, si bien yo no tenía la dimensión de él. En mi opinión, hoy pienso que su cambio de parecer se debió a su intuición. Pizarro siem­pre tuvo una personalidad intuitiva. No era un hombre de cono­cimientos teóricos profundos, no era analítico. Era, más bien, un hombre pasional. No por nada sus amigos lo habían apodado ‘Carro Loco.


Esa impulsividad de Pizarro cuajaba con su valentía y se expresaba muy bien en el terreno militar. En la política, se expre­saba por medio de su intuición. Y eso fue, a mi parecer, lo que ocurrió cuando se sentó con el Gobierno esa tarde. Pizarro sin­tió una oleada de intuición y entendió que podía hacer historia. Y no por medio de una ofensiva militar coordinada con las FARC, sino por medio de la paz. Comprendió, en otras pala­bras, su propio papel histórico. Él sabía que, si hacía la paz como comandante general del M-19, el país entero iba a girar en torno al proceso y que él iba a ser su protagonista.


Sobre todo porque, en ese momento, el país atravesaba una profunda crisis y necesitaba 'una buena noticia. Para esas fechas, Pablo Escobar ya le había declarado la guerra al Estado y hacía detonar una bomba tras otra en las ciudades. El presidente estaba arrinconado por culpa de la ofensiva del narcotráfico, que ya no solo se cebaba contra el Gobierno sino que cometía actos generalizados de violencia contra la población civil. El M-19 jamás se había metido en el negocio de la droga, por convicción y porque en las regiones donde tenía presencia no había hoja de coca, salvo las pequeñas cantidades que cultiva­ban artesanalmente los indígenas del Cauca. El Gobierno nece­sitaba el oxígeno que le podía dar un proceso con el M-19. Los emisarios de Barco fueron muy explícitos en ese sentido: en la reunión nos propusieron hacer un frente común para decla­rarle la guerra al narcotráfico.


Nos pidieron, también, que firmáramos un comunicado de prensa conjunto en nombre de la paz. Para redactarlo, se creó una comisión. Por parte del M-19, Pizarro me eligió a mí y a un mucha­cho llamado René, que era muy de su confianza. El Gobierno nombró a Jaramillo y a Ricardo Santamaría. Los cuatro nos sen­tamos a pensar en el contenido. No queríamos escribir un texto extenso, sino uno preciso. El primer punto, el más importante, quedó así: “Convocamos a todos los grupos alzados en armas y a toda la Nación a aportar de manera definida sus esfuerzos para el logro de la paz”. El segundo lo redacté yo mismo:

El Gobierno Nacional y el M-19 convocan a un diálogo directo a las direcciones de los partidos políticos con representación parlamentaria y a los comandantes de los grupos guerrilleros de la Coordinadora Guerrillera Simón Bolívar para que en él se acuerde un camino hacia la solución política del conflicto de la nación colombiana que tiene que expresarse en un itine­rario claro hacia la democracia plena y en un camino cierto hacia la desmovilización guerrillera con todas las garantías necesarias.

Los periodistas, inquietos, querían saber qué estaba pasando. A mí me tocó encargarme de ellos. Por supuesto, todos querían la chiva. Como en esa época no había internet ni celulares, ellos tenían que encontrar la manera de comunicar la noticia. Para que el proceso fuera justo, organicé una especie de carrera. Puse una hora y un punto de partida: el que lograra ponerse en con­tacto con su medio de primeras se llevaba la chiva. Antes de entregarles el comunicado, Pizarro y yo tuvimos la astucia de ponerle de título “El comunicado de Ortega”. Ese pueblo que­daba a decenas de kilómetros al norte de nuestra ubicación, pero así podíamos despistar al Ejército y tener un margen de manio­bra en caso de que nos quisieran bombardear. Cuando final­mente les dimos el comunicado a los periodistas, un muchacho del Tolima que trabajaba para la radio tuvo la inteligencia de bajar a Natagaima y coger el primer teléfono disponible para llamar a su emisora. La noticia causó un terremoto político en todo el país.

Así nació la paz del M-19. Indudablemente, fue un día his­tórico que cambió, para siempre, la trayectoria del movimiento. Los procesos reales siempre son diferentes a lo que uno piensa. Yo no me imaginaba como congresista de Colombia, sino como el constructor de una organización social. Ese era mi sueño. Y lo quería hacer al lado Mary Luz. Lo primero que pensé, una vez se divulgó el comunicado, fue que ella iba a salir de la cárcel Pero aún quedaban asuntos por resolver en Natagaima.


El giro hacia la paz tomó por sorpresa a las FARC. Pizarro, en la reunión con el Gobierno, en ningún momento pidió una pausa para consultar su cambio de opinión con Arenas. Fue una apuesta arriesgada: ellos habían pactado la ofensiva militar tres o cuatro días antes. Además, nos acompañaba el frente 21 y varios de sus combatientes estaban a veinte metros de la mesa de negociación. Ellos estaban a la expectativa del desenlace y les debió causar consternación ver a todos los funcionarios del Gobierno tan agitados, pasando por delante de sus narices. Ese día, alrededor de las seis o siete de la noche, se les informó que la paz era inminente. Los de las FARC no supieron a dónde mirar. ¿Cuál paz? ¿Cómo así? No entendían nada. Lo primero que hicie­ron fue comunicarse radialmente con Casa Verde.


La reacción de Arenas fue fulminante. Inmediatamente se puso en contacto con Pizarro y lo empezó a insultar con grose­rías. Lo llamó “traidor” y le gritó: “Usted es un no sé qué, usted es un tal por cual”. Yo estaba al lado de Pizarro y escuché, atónito, la conversación; de hecho, fue la única vez que oí la voz de Arenas por radio. Entendía, hasta cierto punto, su rabia. Pizarro había negociado la paz a sus espaldas, ignorando el acuerdo que los dos grupos habían hecho. Pero, por otro lado, la estrategia de Pizarro me había parecido la más lógica; yo jamás le hubiera pedido permiso a las FARC.


Cuando Arenas colgó, sentí que él se había convertido en un enemigo nuestro. Empecé a notar el trasegar de los fusiles y com­prendí que iba a haber un problema. Carlos se anticipó a cual­quier acción y le puso una guardia personal a Pizarro. Yo, en cambio, de inmediato me dirigí a donde estaba Roberto, el comandante del frente 21. Nos habíamos vuelto amigos por cuenta de que yo le había enseñado a leer y escribir, así que apro­veché nuestra buena relación para hablar con él. Le dije que lo mejor era una separación amistosa. Le expliqué que toda la idea de la fuerza conjunta se había esfumado. Roberto, para mí sor­presa, reaccionó bien. Me dijo: “Bueno, nosotros mañana nos retiramos porque no podemos seguir acá con ustedes”. Y efecti­vamente hubo una separación. Ahí me despedí de cada uno de ellos; todos me dieron la mano. Fue un momento conmovedor. Yo sentí que realmente había ejercido un liderazgo sobre ellos. No volví a ver a gente de las FARC sino hasta su desmovilización en 2016.


Al día siguiente, cuando ellos partieron, nosotros quedamos solos, con mucha menos fuerza militar. Habíamos quedado real­mente expuestos; sobre todo Pizarro. Esa mañana él se me acercó y me dijo que debíamos concentrar en un mismo lugar a nues­tros hombres y nuestras armas porque nos podían destruir. Yo empecé a subir todo a la escuela militar. Bajaba y subía la mon­taña, extenuado. Finalmente logramos el objetivo y nos fortale­cimos allí durante los próximos días, pues aún había detalles que apuntillar con la delegación del Gobierno. En ese momento, los emisarios de Barco me empezaron a buscar con cierta regulari­dad. Se habían dado cuenta de que yo tenía cultura política y que sabía de teoría, y por eso me pusieron el ojo encima. Para bien y para mal, me había convertido en un elemento inquietante para ellos.


De hecho, existe un video de la segunda reunión con el Gobierno en el que yo salgo portando el sombrero tolimense, que se había vuelto famoso entre nuestra tropa. Esos sombre­ros, que eran de fibra sintética, daban cierta elegancia mascu­lina. Se usan mucho en el Tolima. A mí me gustaba más el café o el verde que el blanco, por razones de camuflaje, pues este último resaltaba en la montaña. Nosotros le regalamos uno a Pizarro. Él lo usó durante el proceso y hasta el día de su muerte. Se convirtió en su símbolo. De hecho, lo llevaba puesto cuando nos reunió para avisarnos que había decidido partir caminando hacia el Cauca.


Después de su larga travesía, que le tomó varias jornadas completas, Pizarro llegó a la vereda de Santo Domingo, donde comenzó la parte final de la historia militar del M-19. Allí, el 9 de marzo de 1990, el Movimiento 19 de Abril dejó las armas para ingresar en la vida civil. Yo permanecí un tiempo más en Natagaima. No sabía bien cuál debía ser mi próximo paso. Tenía a mi pareja en la cárcel y un poco de experiencia política. Sabía que en el futuro habría un espacio para mí, en algún lado, aun­que no tenía idea dónde. Me sentía como un náufrago en tierra firme. Así que partí hacia Ibagué. Llegué a la ciudad, pero no me hallaba. Me pesaba mucho la soledad. No había procesado el hecho de que mi vida en la montaña había llegado a su fin. El proceso de paz se había desplazado hacia el Cauca, donde yo no tenía cabida. Ya había cumplido mi papel. Dentro de mí, a toda hora, retumbaba la misma pregunta: bueno, ¿y ahora qué?


El heavy metal latinoamericano

Mi próximo paso debía ser regresar a Bogotá. En las montañas del Tolima, ya no había un solo combatiente del M-19. Todos se habían dirigido a Santo Domingo, en el Cauca. Sin embargo, no me sentía preparado para hacer el viaje a la capital. Ya nada físico me ataba al departamento donde había vivido durante el último año: mi patrimonio consistía en los mismos dos bluyines y dos camisas con los que había llegado. Pero sí tenía un vínculo emo­cional: Mar y Luz seguía presa en Ibagué y no quería alejarme demasiado de ella. Sabía que su salida era inminente y me daba un temor inmenso abandonarla a su suerte.


Por otro lado, ¿a dónde iba a llegar a Bogotá? ¿A la casa de mi madre, que en ese momento vivía en Cajicá? Ella, para ese enton­ces, ya se había separado de mi papá; mi paso por la cárcel los había distanciado emocionalmente. Yo sentía que regresar a donde ella era un paso hacia atrás, como si todo lo que había pasado en los últimos años no hubiera existido. Como si todo el sacrificio, la cárcel, las torturas, las caminatas por las montañas, los riesgos y los peligros jamás hubieran sucedido. Volver al punto de par­tida no era una opción. No estaba dispuesto, por nada del mundo, a dormir de nuevo en la cama en la que había dormido de adoles­cente, rodeado por todos mis recuerdos juveniles.


Finalmente, después de pasar unas semanas en Girardot, llegué a la casa en Teusaquillo de Pilar Rueda Jiménez, quien hoy es esposa del senador Iván Cepeda. Ella y una compañera me abrieron las puertas de su hogar y, a pesar de no tener mucho, me entregaron un colchón para que durmiera en la cocina. Ambas eran simpatizantes del M-19, aunque tenían unas vidas normales, en la legalidad. Con ellas viví un tiempo que hoy recuerdo con ansiedad, pues no tenía a dónde ir ni qué hacer. Me pasaba los días caminando de un lado al otro, presa de la angustia que me producía el encarcelamiento de Mary Luz.


Una vez concluyó el proceso de paz en Santo Domingo, los líderes del movimiento llegaron a la capital para hacer política bajo las banderas del nuevo partido Alianza Democrática M-19. Para mí su llegada representó un alivio. La dirección nacional empezó a tener reuniones regularmente. Pizarro sabía de mi experiencia como concejal en Zipaquirá y por eso me pidió que dirigiera el esfuerzo organizativo del M-19 en Cundinamarca. Esa labor me llevó de nuevo a mi origen en la política. En un principio fue difícil en términos económicos. Del Gobierno reci­bíamos cincuenta mil pesos mensuales, una verdadera limosna que yo dejé de aceptar al segundo mes.


Por otro lado, tenía miedo, al igual que todos. Volver a estar entre la población civil nos generaba cierto desasosiego. No sabíamos qué iba a pasar con nuestras vidas. La mayoría de la gente del M-19 tenía una vocación militar y era de origen rural. Para la fecha en que dejamos las armas, el componente urbano, el que había sido la marca inicial del movimiento, había desa­parecido. En realidad, había sido asesinado. O se encontraba en el exilio. El grueso de las filas consistía en campesinos y, sobre todo, en indígenas. Para muchos era la primera vez en Bogotá, en ese torbellino de cemento y ruido que se movía a velocida­des vertiginosas. Eso los desestabilizó. Nadie podía responder con certeza la pregunta de qué iba a ser de nosotros.


Sobre todo porque los nuevos retos no eran militares, sino políticos. Por ejemplo, al mes de la desmovilización, en una jugada en mi opinión prematura, Pizarro se lanzó a la Alcaldía de Bogotá y navarro a la de Cali. Ninguno de los dos ganó la contienda y, ademas, la votación que obtuvo Pizarro no fue buena, de unos 70000 votos. El abogado Alfonso Cabrera, en cambio, sí quedó elegido como concejal, y entró con Ramiro Lucio como suplente. Yo, por mi lado, empecé a analizar cómo nos podíamos abrir un espacio en las elecciones de Cundinamarca. En ese departamento no teníamos fuerza política alguna, ni siquiera una figura popu­lar. Yo, acaso, era el más conorido, porque había sido concejal en Zipaquirá, pero en el resto del departamento no me conocían. El reto, gigantesco, me sedujo de entrada.


Me puse, entonces, en la tarea de estructurar una intensa labor organizativa. Sabía que Cundinamarca era uno de los departamentos con más municipios de Colombia. En ese momento tenía 114 (hoy tiene 116). El primer paso consistió en construir un comité del M-19 en cada uno de los municipios, lo cual implicaba un desgaste físico considerable. Nos tocaba coger trocha día y noche en un Nissan Patrol que nos prestaba Ricardo Mestizo, un empresario del carbón que había sido militante de la Anapo. El carro tenía doble tracción, era justo el que necesi­tábamos. El encargado de manejarlo era Gonzalo ‘Gordo' Suárez, otro viejo anapista que me quería mucho y que había hecho parte del M-19 en Zipaquirá. El Gordo, que murió hace poco, me había colaborado en los días del Bolívar 83. La otra persona que nos acompañaba en el carro era Jaime Gómez, que había sido mi suplente en el concejo de Zipaquirá. Los tres nos dimos a la tarea de organizar el esfuerzo del M-19 en el departamento. Aunque no logramos llegar a todos los municipios, cubrimos alrededor de ochenta, que no era poca cosa. Pocos militantes del M-19 hicieron una labor similar. Muchos estaban metidos de lleno en el que era, sin duda, el proyecto principal del movimiento por esas fechas: la campaña presidencial de Pizarro.

Mis viajes por toda Cundinamarca coincidieron con la libe­ración de Mary Luz. Cuando me enteré de su salida, corrí a toda prisa a Ibagué para recibirla personalmente. Al poco tiempo nos mudamos a un apartaestudio pequeñísimo en Bogotá. Y fue allí, en nuestro sencillo pero acogedor hogar, que recibí la noticia que sacudió los cimientos de nuestra recién iniciada vida en la lega­lidad. Ocurrió pocos días después de mi cumpleaños 31, el 26 de abril de 1990. Esa mañana, mientras preparábamos el desayuno, prendí la radio, como era mi costumbre. Sintonicé Caracol Radio. El periodista Yamid Amat estaba entrevistando a Pizarro. Después de conversar durante unos minutos sobre la campaña electoral, Pizarro se excusó porque tenía que salir al aeropuerto. Estaba afanado. Anunció que viajaba a Barranquilla. En ese instante me entró una sensación incómoda. Mi instinto de hombre clandes­tino, que aún llevaba por dentro, me decía que uno nunca debía anunciar para dónde va. Intenté justificarlo. No por nada ya está­bamos en la legalidad, y mucha gente, incluida su escolta, debía saber del viaje. Pero no me podía sacudir la impresión de que Pizarro había cometido un error. Era mejor no dar a conocer el itinerario de uno, y menos en una emisora.

Mary Luz y yo terminamos de desayunar y de limpiar la cocina cuando, de pronto, la radio anunció una noticia de última hora: un sicario había atentado contra el candidato presidencial al interior del avión, Y entonces sentí el golpe. Un golpe como pocos en la vida, similar al momento en que me cogieron preso. Al instante me derrumbé sobre la cama y lloré durante una buena media hora. Cuando me compuse, pensé en los escoltas. Yo sabía que ellos no nos iban a proteger; eran agentes del F2, de la Policía, y nos veían como sus enemigos. Era un ambiente malsano. En los carros asignados ellos nos miraban mal y a veces nos hablaban de manera denigrante. Tenían la costumbre de no cumplir con los horarios que uno ponía. Así fue el día en que mataron a Pizarro: llegaron a recogerme una hora tarde. Yo estaba desesperado, quería salir de inmediato al hospital a donde lo habían llevado, pues el avión había regresado a Bogotá inme­diatamente después del atentado. No alcancé a verlo. En el carro recibí la noticia de que había muerto, de que había recibido dis­paros en el cerebro.

Cuando llegué al hospital, me encontré con varios compañe­ros del M-19. Todo era un desorden. Nos embargaba un senti­miento de desolación. La mayoría sentimos que la única opción que nos quedaba era volver a las armas. Esa tarde, como a las cua­tro, mientras alistaban a Pizarro para el velorio, nos reunimos en una casa en Teusaquillo. No recuerdo exactamente en cuál, pero Navarro citó allí a toda la dirección nacional del movimiento. Las riendas del M-19 habían quedado en sus manos. Durante la reunión, muchos opinamos que, como mínimo, debíamos volver a Santo Domingo. Pero Navarro se negó. Nos convenció de que debíamos mantenernos firmes en el proceso de paz. Nosotros aceptamos, a regañadientes, su propuesta de continuar en la. lega­lidad. Hoy creo que esa fue la decisión acertada.


La muerte de Pizarro desembocó en una enorme manifes­tación que se tomó la carrera séptima en dirección de la plaza de Bolívar En medio de la lluvia y del desorden, miles marcha­ron hacia el Capitolio, donde se llevó a cabo lo que se llama una cámara ardiente en su honor. Filas interminables se presenta­ron para ver su cadáver. Yo me acerqué y vi el rostro muerto de Pizarro. Yo ya había visto el de Jaime Jaramillo Ossa. el candi­dato presidencial de la Unión Patriótica que había sido asesi­nado un mes antes, el 22 de marzo Tenía presente también el de Luis Carlos Galán, que había muerto abaleado en agosto del 89. La muerte parecía cernirse sobre nosotros. Todos los candi­datos presidenciales progresistas habían sido asesinados. La gran sombrilla del progresismo liberal estaba hecha añicos.


Después de la cámara ardiente, nuestra organización, hecha flecos, se dirigió al cementerio Central, toda una odisea en medio del caos que reinaba. Recuerdo que Darío, el comandante de nuestras desmontadas fuerzas especiales, me reconoció entre la multitud y, cogiéndome del pelo, prácticamente me arrastró para que pudiera entrar. Solo ingresamos unos pocos. Familiares, miembros del M-19. Mucha gente se quedó en los alrededores del cementerio para asistir, a su manera, al entierro.


Unos días después, cuando procesamos un poco el dolor de la muerte de Pizarro, vinieron las reflexiones. No tardamos mucho en entender que Carlos Pizarro había sido asesinado con la complicidad del DAS. El cuerpo de inteligencia dependía directamente del presidente Virgilio Barco, el mismo que había enviado a Rafael Pardo a firmar el acuerdo de paz con Pizarro en Santo Domingo. Un analista común y corriente podría concluir que Pizarro había sido víctima de una trampa. Podría argumentar que el Gobierno lo convenció de dejar las armas para matarlo durante su campaña presidencial. Pero, si se hace un análisis más profundo de cómo funciona la política colombiana, resulta que ese plan no necesa­riamente estaba del todo articulado.


¿Por qué? Porque en los gobiernos coexisten una pluralidad de fuerzas. Es decir, no gobiernan desde una sola posición. El pre­sidente Barco era, en realidad, una figura fantasmal, a la merced de un gabinete donde operaba desde el narcotráfico hasta el pro­gresismo liberal. Si se entiende de esta manera; se entiende por qué, mientras unos firmaban la paz, otros se encargaban de aten­tar contra ella. El Gobierno había empezado a ceder sus puestos de control y a compartirlos con la mafia. Al tiempo que tenía en sus filas a Rafael Pardo, un estratega político del establecimiento, también tenía a Maza Márquez en cabeza del DAS, que estaba ase­sinando literalmente no solo a los militantes del M-19 que caían en sus manos, sino a integrantes de la Unión Patriótica.


En esos años cayeron por miles figuras de la izquierda colom­biana, a lo largo y ancho del país. El fenómeno se conoció como la guerra sucia. El M-19 había dejado las armas en esa coyuntura, sentando un precedente importante. Se trataba del primer pro­ceso de paz de una guerrilla insurgente en Latinoamérica durante los años de la Guerra Fría. Un hecho precursor, que ocurrió diez años antes del triunfo electoral de Hugo Chávez en Venezuela. Cuando llegó al poder, Chávez encabezó la transformación pací­fica de la realidad política de su país y, a la vez, inauguró una década en la que varios movimientos progresistas llegaron al poder en diversos países del contiene sin recurrir a las armas. El M-19 fue un predecesor de esos vientos de cambio. Se puede decir que inau­guró una era, una en la que se volvió posible que la izquierda vol­viera a acceder al poder por medio de las urnas, con todos sus aspectos positivos y negativos, con todas sus equivocaciones y frustraciones. Esa situación no se vivía en el continente desde el golpe de Estado contra Allende, en 1973. Debieron transcurrir casi treinta años de guerra en la región, de dictaduras militares violentas en el Cono Sur, de centenares de miles de muertos, de desaparecidos, de millones de exiliados. El M-19 fue el primero que proclamó en todo el continente la posibilidad de otro camino pacífico, un camino que diez años después realmente se empezó a construir, aunque no en Colombia.


En ese sentido, el M-19 se convirtió en una especie de van­guardia latinoamericana. Algún publicista nos llamó el heavy metal latinoamericano. Ese papel siempre es complicado, pues el vanguardista está adelantado a su tiempo y puede terminar aislado en su visión. Su labor no solo es marcar el camino por seguir, sino cerciorarse de no ir tan lejos para no perder los lazos con su propia sociedad. Y fue en esa ambigüedad en la que al movimiento le tocó encontrar una voz para articular su proyecto político en la legalidad. Para 1990, la mayoría de los integrantes del M-19 coincidían en que la paz era la mejor forma de trans­formar al país. En términos de la narrativa de entonces, la de hacer la revolución, el movimiento le apostó a la idea de que las transformaciones sociales que los países de la región necesita­ban se podían lograr por la vía pacífica de la democracia.

El proyecto del M-19 no era socialista. Buscaba una profundización de la democracia y una disminución de la injusticia social, que era la manera como se denominaba la profunda desigualdad que ha hecho de América Latina la región más desigual del mundo. Plantear la justicia social, en mi opinión, era una estrategia cuerda y razonable, incluso para el desarrollo del capitalismo. Porque el M-19 buscaba un capitalismo democrático. Esos dos términos son, de alguna manera, contradictorios, pero tenían que ver con la idea de desarrollar la pequeña y mediana empresa, con fomen­tar la industria no monopólica, con llevar a cabo una reforma agraria, que es también una parte central del término “justicia social”. La idea, en últimas, era ofrecer un planteamiento para que Colombia pasara de la premodernidad semifeudal al capitalismo. Esa era la nueva revolución del M-19: buscar, a través de la dis­puta democrática, sin recurrir a las armas, que el país se volviera moderno económicamente.

Los que se sentaron a negociar en Santo Domingo con el M-19 no creían que el movimiento pudiera aspirar a tanto. Si uno lee el libro 9 de marzo de 1990, de Rafael Pardo, el principal negociador de Barco, resulta evidente que, para ellos, estábamos derrotados militarmente. Desde entonces, esa ha sido la línea de negociación de los distintos gobiernos colombianos: provocar una derrota militar para hacer una negociación política que es, en el fondo, una rendición. La expresión “negociación política” solo sería el nombre que le dan al tratado de rendición. Esa lógica sin duda surge de una mentalidad oligárquica, pero es equivocada. Por lo menos en el caso del M-19, nosotros nunca nos sentimos derrotados militarmente, no estábamos cansados ni creíamos que una derrota era inminente. Al contrario. Cuando Pizarro llegó a las montañas del sur del Tolima, tenía pensado llevar a cabo una ofen­siva militar. Nuestras circunstancias psicológicas eran completa­mente diferentes a ias que plantea Pardo en su libro. En cambio, quien estaba sufriendo una derrota militar era Barco. No en manos del M-19, sino en manos de la mafia, que se había convertido en un protagonista de la política colombiana al interior mismo del establecimiento.

El M-19, en resumidas cuentas, no le apostó a la paz porque le tocó, sino porque la opción pacifista tenía una larga trayecto­ria en el M-19. La había iniciado Jaime Bateman y la había man­tenido, en los ochenta, Iván Marino Ospina, Incluso se había firmado en 1984, cuando se hizo la paz con el gobierno de Betancur. Pizarro nunca rechazó la alternativa de la paz. Él sabía que no estábamos derrotados, pero tampoco creía que la victoria militar era la única manera de conseguir las transformacio­nes en un país como Colombia. Siempre existió la opción de establecer una conversación, lo que Bateman llamó “el diálogo nacional”. Pizarro, además, por las fechas de la negociación en los montes de Tolima, había conversado a distancia con Alvaro Gómez Hurtado, quien ya había esbozado el concepto del “régi­men” palabra con la que calificaba el sistema político colom­biano. Para él, era necesario cambiar el régimen existente y, por tanto, eso le abría al M-19 la posibilidad de una futura concertación para proponer un nuevo modelo para el país.


Pizarro. Para sorpresa de todo el establecimiento, consiguió una buena cantidad de votos, según los estándares de los movimien­tos progresistas. De hecho, en ese momento fue la cantidad más alta en la historia: 700 000 votos. Ese número, sin embargo, no colmó nuestras expectativas. En realidad, nos parecía que era bajo tomando en cuenta la fuerza popular del movimiento y la enorme importancia que había tenido el proceso de paz. En los comicios resultó electo el liberal César Gaviria, quien compar­tía con Navarro el hecho de que él también había reemplazado a un candidato asesinado, en su caso a Luis Carlos Galán.


A la hora de escoger su gabinete, Gaviria tomó una decisión arriesgada. Para mantener la fuerza del M-19 en la paz, le entregó el Ministerio de Salud a Navarro. Fue un acto audaz de parte y parte. Navarro era, al fin de cuentas, un insurgente que hacía parte del primer movimiento que firmaba la paz en la his­toria contemporánea de América Latina. Pero, en mi opinión, visto en retrospectiva, esa decisión hizo parte de una dinámica que a mí me parece crucial analizar cuando se piensa en los procesos de paz de las insurgencias latinoamericanas. Me refiero a que, al entregarle el ministerio, Gaviria en realidad buscó la cooptación política del M-19. En otras palabras, Gaviria, en nombre del establecimiento., creía que el proceso de paz con el M-19 había sido realmente una rendición. Y no una rendición militar, sino una política.


Gaviria operaba bajo la convicción de que los objetivos polí­ticos que había trazado el movimiento para transformar a Colombia no tenían peso alguno. Bajo esa lógica, el nuevo pre­sidente le estaba propinando un golpe mortal al M-19 al ofre­cerle el ministerio a Navarro, porque las derrotas militares a fin de cuentas son solo militares, pero una derrota política es defi­nitiva. Todavía hoy recuerdo cuando Navarro nos pidió a todos que nos pusiéramos corbata. Era un elemento simbólico, pero ¿qué expresaba? Navarro y Rosemberg Pabón intentaron expli­carnos con discursos pseudoteóricos la nueva realidad política y las razones por las cuales no debíamos hacer nuestra revolu­ción. Bajo su liderazgo, el objetivo político del movimiento pasó de ser el de cómo construir una democracia a cómo ganarle a una clase política corrupta. Ese cambio de discurso ocurrió cuando Navarro asumió el ministerio y se tramitó la Ley 10, que significó la descentralización de la salud en Colombia. Navarro había terminado en un gabinete cuya inmensa mayoría se puso en la tarea de tramitar la llegada del neoliberalismo al país. En otras palabras, de abrir las compuertas de la apertura económica.


Nosotros, lógicamente, nos sentíamos como mosco en leche. Estábamos perdidos. Para ese momento el bloque sovié­tico se deshacía por culpa de las políticas que había empezado a poner en marcha Gorbachov desde mediados de los ochenta. Al M-19 le tenía un poco sin cuidado la Unión Soviética, pero su desmoronamiento generó un clima muy particular. La caída del muro llegó con el discurso del fin de la historia que proclamó el politólogo Francis Fukuyama, según el cual, en un mundo sin contradicciones, reinaría una democracia liberal nueva, o el neoliberalismo. En todo el mundo se hablaba de la gran victo­ria del capital, del triunfe neoliberal de la inminente realidad de la globalización. La sensación que reinaba era que el mundo se había quedado sin alternativas. Todo discurso distinto al del establecimiento había sido borrado del mapa. En ese contexto, se empezó a diluir la intención del M-19 de hacer una revolu­ción para cambiar las estructuras económicas, sociales y políti­cas del país. Al mismo tiempo, la cooptación del Gobierno se volvió una especie de hoyo negro que, poco a poco, succionó a buena parte de la insurgencia colombiana.


Gaviria entendió desde un inicio que tenía en sus manos la oportunidad de implementar en el país el proyecto neoliberal, que venía andando desde los tiempos de Turbay. Comprendió, a su vez, que para llevarlo a cabo, para lograr la privatización y pasar sus proyectos de ley, necesitaba primero una reforma constitucio­nal. La Constitución de 1886 representaba un impedimento, sobre todo por las reformas que implemento el liberalismo progresista en 1936 y en 1968, durante el gobierno de Carlos Lleras. Gaviria no podía permitir esa camisa de fuerza institucional que hubiera llevado a Colombia alo que hoy llamaríamos nuevo-liberalismo; es decir, a la desregulación de los mercados. Entonces, empezó a crecer una idea dentro del establecimiento: la de redactar una nueva Carta Magna para derogar la que tenía más de cien años.

Esa misma idea la había promulgado el M-19 y algunos de sus aliados, como el partido Esperanza, Paz y Liberad, que nació a raíz de la desmovilización del EPL en 1991. Pero, para enten­der esa posición del M-19, es importante desandar un poco nuestros pasos. Como parte de su desmovilización, el movi­miento redactó un acuerdo meticuloso con el Gobierno en Santo Domingo. El documento, de unas cuarenta páginas, tenía una serie de puntos que, vistos en conjunto, consistían en una reforma política. En el texto se hablaba por primera vez de una serie de elementos que hoy son normales, pero que entonces no existían, como el tarjetón o un sistema de preferencias electo rales para que se privilegiaran las listas únicas. El M-19 pactó con el Gobierno que el acuerdo se volviera ley en el Congreso y que luego se convocaría a un referendo para reformar electoralmente la Constitución del 86. Pero la mafia actuó por medio de sus congresistas y tumbó el acuerdo con mayorías parlamenta­rias liberales y conservadoras. Ese episodio provocó la renuncia del ministro de Gobierno de Barco, Carlos Lemos Simmonds, que había participado en el proceso de paz.

Para nosotros, que nos encontrábamos en las ciudades, des­armados, fue una demostración más de que el establecimiento nos había engañado. Era, además, peligroso: el hundimiento del acuerdo también significaba la puesta en duda de las figuras jurídicas que impedían que nos cogieran presos. Y, en efecto, a los pocos días emitieron órdenes de captura. Pizarro, aún vivo, no se inmutó y, con boleta de captura incluida, se dirigió al Palacio de Nariño para reunirse con Barco. Pizarro entró al recinto con botas, sombrero y acompañado de Navarro. Allí lo esperaba el presidente junto a todo su gabinete, incluido Maza Márquez, y unos testigos de la Iglesia católica.

En la reunión, Pizarro y Barco firmaron un nuevo acuerdo, mucho menos extenso, de apenas tres párrafos. El nuevo docu­mento tenía un solo objetivo: que se convocara una Asamblea Nacional Constituyente para tramitar los puntos del acuerdo ori­ginal que había hundido el Congreso. Ese fue el último acto polí­tico de Pizarro. Y fue un logro hermoso, en términos históricos: el final de nuestra insurgencia desembocaría en una Constituyente. Después de tantos años de lucha en el monte, el pueblo colom­biano, a través del voto, podría ser el encargado de determinar el resultado de nuestra lucha y de la transformación del país.


Para finales de 1990, la idea de la nueva Constitución estaba en boca de todos. Los vientos de cambio soplaban sobre Colombia. Para la Alianza Democrática M-19, un movimiento cada vez más organizado, el proyecto representaba la oportuni­dad de rehacer el proceso de paz. Para los jóvenes de la Séptima Papeleta, la posibilidad de modernizar al país. Y, finalmente, para Gaviria, la manera de desarrollar su proyecto neoliberal. Poco a poco empezaron a aparecer encuestas en los medios. Todas arrojaban un resultado esperanzados sobre todo para el M-19, que punteaba, junto al Partido Liberal, en la intención de voto para elegir a los delegatarios de la asamblea.


Cuando llegó el 9 de diciembre, el día de las elecciones, había logrado configurar buena parte del trabajo organizativo en Cundinarnarca y me dediqué a promocionar la Constituyente haciendo afiches. Cuando, esa noche, se terminó el escrutinio, nuestra felicidad fue enorme. Habíamos sacado el 26 % de los votos, que se traducía a 19 de 70 de constituyentes, por encima del Movimiento de Salvación Nacional, de Alvaro Gómez Hurtado, que logró 11 escaños; y solo por debajo del Partido Liberal que consiguió 25. En otras palabras, íbamos a ser una fuerza determinante en la Asamblea Constituyente. Menos de un año después de dejar las armas, participaríamos en un espa­cio de poder que incluso podía suspender el mandato presiden­cial. Otty Patino, eufórico, clamó que alli estaba la revolución. Yo, en cambio, fui más cauto. Sospechaba que este final feliz no sería, a la larga, tan feliz.



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