En los días previos a la primera reunión con el
Gobierno aprendí un hecho crucial: el que tiene la comunicación tiene el poder.
Pizarro, a través de la radio, manejaba la organización del M-19. Los líderes
ubicados en varios puntos del país se comunicaban con él a una hora
determinada, por medio de una frecuencia específica. En esas sesiones se
decidían los pasos por seguir, y el que no tuviera acceso a la radio no tenía
poder en la toma de decisiones. En algunas ocasiones, yo escuchaba las
conversaciones, oía voces de conocidos, de amigos, pero era consciente de que
los radios estaban en manos de las fuerzas militares del M-19. Los que
estábamos en busca de la paz no teníamos ni voz ni voto. Nuestros esfuerzos por
lograr el diálogo estaban desconectados del centro de decisiones. En el caso
del Tolima, Carlos Erazo tenía el radio. Toda la información entraba o salía a
través de él. La relación de Pizarro y Carlos era fluida. Carlos venía del
Cauca, había peleado junto a él. En cambio, mi relación con Pizarro era
difícil. No nos entendíamos muy bien. Esa era la realidad.
El Gobierno llegó a nuestro encuentro sin saber de los planes de Pizarro y Jacobo Arenas. Sabían, eso sí, que la primera reunión sería la más importante, en la que se conocerían las posturas de todos los involucrados. Para llegar al punto de encuentro, los funcionarios del Gobierno tenían que tomar una carretera desde el pueblo de Natagaima y luego caminar dos horas. No era un recorrido muy exigente, en términos logísticos. La única dificultad era cruzar la quebrada en la parte de abajo, cerca de su desembocadura en el río Magdalena. Cuando llovía, esa parte de la quebrada crecía bastante y podía llevarse a alguien.
Para que el agua no les impidiera el paso, la
delegación del Gobierno llegó para la primera reunión por la mañana. La sesión
inicial fue profundamente destructiva. Pizarro se sentó y les dijo lo que nos
había dicho a nosotros: que cualquier negociación de paz se debía hacer con
toda la Coordinadora Guerrillera Simón Bolívar. En otras palabras, que el
Estado, además de negociar con el M-19, tenía que hacer lo mismo con las FARC,
éí ELN y el EPL. Mejor dicho, palabras más, palabras menos, les dio a entender
que la negociación no se podría llevar a cabo. Pizarro sabía que era imposible
que se lograra hacer una reunión de paz conjunta. El Gobierno, por su lado,
repetía una y otra vez: “Pero queremos hacer una negociación solo con ustedes”.
Así transcurrió toda la mañana. Fue infructuosa, un diálogo de sordos.
Al mediodía, invitamos a los funcionarios del
Gobierno a un almuerzo al estilo nuestro. Entre todos compartimos una gallina
guisada, que nos ayudaron a preparar los indígenas y campesinos de la zona.
Cuando nos retiramos, Pizarro tuvo una condescendencia conmigo que no me
esperaba. Caminó hacia mí y me anunció: “En cinco minutos nos reunimos los miembros
de la dirección nacional” Los miembros éramos apenas tres: Carlos, Pizarro y
yo. Yo invité a Édgar Molano a la reunión y Pizarro a Laura, su compañera. Los
cinco nos reunimos al lado de la quebrada.
Nunca olvidaré ese momento. Allí, envuelto por el
sonido del agua, sentado sobre unas rocas, tuve una epifanía. Yo no soy ni he
sido nunca practicante; creo en las energías, en la luz que recorre todo el
universo, pero en ese instante se me vino a la mente una reflexión profunda.
Pensé en las fuerzas de la vida, en tantos muchachos y muchachas heroicos,
hermosos, que había visto morir; pensé en el Dios de mis padres, pensé en mi
hijo, que apenas conocía. Pedí fuerzas a mi , cuerpo raquítico, a mi voluntad,
a mi inteligencia. No sé si eso fuera una oración en aquellas montañas entre
aquellos vientos. Pero pedí la fuerza para no fallarle a la paz, a nuestro
pueblo, a la lucha por la justicia social.
Hoy, tantos años después de ese momento, sé que la
paz no se ha cumplido. Pero yo creía que en aquella reunión se podía definir
realmente la paz de Colombia. A la postre, solo se logró una parte, porque las
décadas siguientes transcurrieron bajo el signo de la violencia. A pesar de
eso, sentí, al lado del agua cristalina de la quebrada, que estabamos ante
una definición clave para la historia del país; sentí las energías de un
momento histórico. Y solo estábamos nosotros cinco, junto al agua y su ruido.
Los demás combatientes estaban lejos, retirados, haciendo un círculo de
seguridad. Pensé, en medio de mi reflexión: “De pronto de mí depende la paz. De
mi capacidad argumentativa’.
Pizarro, mientras tanto, nos explicaba su decisión.
Nos decía que él venía de hacer un trato con Jacobo Arenas y que la ofensiva
militar ya estaba en marcha. Yo sabía que Carlos Erazo no lo iba a contradecir,
por su vocación militar. Era, al fin y al cabo, su subordinado. Edgar tampoco
iba a decir nada; era mi acompañante y dependía de mí. Entonces pensé: “Pues
me tocó a mí; voy a articular mi argumentación”. Así que abrí la boca y hablé.
Defendí lo que hasta el momento había sido el proceso del Diálogo Regional.
Pizarro enseguida se burló de mí. Mencionó el hecho de que yo hubiese hablado
con Santofimio, a quien yo realmente no conocía, para desacreditar mis
argumentos. Dijo: “Nosotros no vamos a hacer un proceso de paz con Santofimio”.
Le di la razón: no se trataba de hacer un proceso de paz con él. Simplemente lo
había contactado porque él era una fuerza fundamental dentro del Tolima.
Lo que yo no sabía era que cierto círculo enemigo
de la paz en el M-19 se había agarrado de mi reunión con Santofimio para
destruir las posibilidades del diálogo. En ese momento no se sabía todo lo que
se sabe hoy de Santofimio, pero algunos ya conocían sus vínculos con el cartel
de Medellín; ellos habían hablado con Pizarro y por eso él, en un comienzo, no
se tomó en serio mis argumentos. Los miembros de ese círculo no hacían parte de
las fuerzas militares del M-19. Aunque estaban vinculados al movimiento,
operaban en la legalidad. Yo ya me los había encontrado en Santander, con los
sindicalistas del ‘Tuerto’ Gil, por ejemplo. Con esos círculos siempre tuve
problemas. Entendía su posición, pero no me gustaba que actuaran desde la
legalidad, cuando nosotros aún estábamos en la clandestinidad y en la guerra.
Yo tampoco les gustaba porque ellos veían que yo podía afectar su comodidad.
Para ellos, yo era una piedra en el zapato. No era una situación fácil para
mí: los militares creían que yo era un mamerto, mientras que los que vivían en
la legalidad me consideraban un militar. Me sentía como el protagonista de la
canción de Facundo Cabral llamada “No soy de aquí, ni soy de allá”.
Cuando Pizarro criticó el hecho de que me hubiera
reunido con Santofimio, me sentí agredido. Para mis adentros, me dije: “Comencé
mal” Entonces desarrollé mi argumentación desde otro punto de vista. Le dije
que el M-19 solo podría volver a juntarse con la sociedad colombiana si
proponía la paz. Y que tenía que ser una paz para la nación. Miré a Pizarro a
los ojos y afirmé: “Cada vez que hablamos de paz, la nación gira alrededor de
nosotros. Hoy podemos transformarnos en la vanguardia de los colombianos”.
Hablé durante 25 minutos y, cuando terminé, Pizarro asumió un gesto reflexivo,
al estilo de él. No dijo nada, solo se quedó pensando, y con esa expresión se
dirigió a la segunda sesión con los delegados del Gobierno.
Frente a ellos, pronunció un discurso completamente diferente al de la mañana. Abandonó el punto de vista de que el único proceso de paz tendría que hacerse con toda la Coordinadora Guerrillera y, en cambio, propuso un acuerdo de paz entre el Gobierno y el M -19. He pensado mucho en las razones que lo llevaron a cambiar de postura. No creo que yo lo hubiera convencido, porque él no tenía suficiente respeto por mí como para que ese hubiera sido el caso. A decir verdad, hasta el día de su muerte nosotros no fuimos amigos, no construimos conjuntamente; de hecho, nos veíamos en cierta forma como rivales, si bien yo no tenía la dimensión de él. En mi opinión, hoy pienso que su cambio de parecer se debió a su intuición. Pizarro siempre tuvo una personalidad intuitiva. No era un hombre de conocimientos teóricos profundos, no era analítico. Era, más bien, un hombre pasional. No por nada sus amigos lo habían apodado ‘Carro Loco.
Esa impulsividad de Pizarro cuajaba con su valentía
y se expresaba muy bien en el terreno militar. En la política, se expresaba
por medio de su intuición. Y eso fue, a mi parecer, lo que ocurrió cuando se
sentó con el Gobierno esa tarde. Pizarro sintió una oleada de intuición y
entendió que podía hacer historia. Y no por medio de una ofensiva militar
coordinada con las FARC, sino por medio de la paz. Comprendió, en otras palabras,
su propio papel histórico. Él sabía que, si hacía la paz como comandante
general del M-19, el país entero iba a girar en torno al proceso y que él iba a
ser su protagonista.
Sobre todo porque, en ese momento, el país atravesaba una profunda crisis y necesitaba 'una buena noticia. Para esas fechas, Pablo Escobar ya le había declarado la guerra al Estado y hacía detonar una bomba tras otra en las ciudades. El presidente estaba arrinconado por culpa de la ofensiva del narcotráfico, que ya no solo se cebaba contra el Gobierno sino que cometía actos generalizados de violencia contra la población civil. El M-19 jamás se había metido en el negocio de la droga, por convicción y porque en las regiones donde tenía presencia no había hoja de coca, salvo las pequeñas cantidades que cultivaban artesanalmente los indígenas del Cauca. El Gobierno necesitaba el oxígeno que le podía dar un proceso con el M-19. Los emisarios de Barco fueron muy explícitos en ese sentido: en la reunión nos propusieron hacer un frente común para declararle la guerra al narcotráfico.
Nos pidieron, también, que firmáramos un comunicado
de prensa conjunto en nombre de la paz. Para redactarlo, se creó una comisión. Por
parte del M-19, Pizarro me eligió a mí y a un muchacho llamado René, que era
muy de su confianza. El Gobierno nombró a Jaramillo y a Ricardo Santamaría. Los
cuatro nos sentamos a pensar en el contenido. No queríamos escribir un texto
extenso, sino uno preciso. El primer punto, el más importante, quedó así:
“Convocamos a todos los grupos alzados en armas y a toda la Nación a aportar de
manera definida sus esfuerzos para el logro de la paz”. El segundo lo redacté
yo mismo:
El Gobierno Nacional y el M-19 convocan a un diálogo
directo a las direcciones de los partidos políticos con representación
parlamentaria y a los comandantes de los grupos guerrilleros de la Coordinadora
Guerrillera Simón Bolívar para que en él se acuerde un camino hacia la solución
política del conflicto de la nación colombiana que tiene que expresarse en un
itinerario claro hacia la democracia plena y en un camino cierto hacia la
desmovilización guerrillera con todas las garantías necesarias.
Los periodistas, inquietos, querían saber qué
estaba pasando. A mí me tocó encargarme de ellos. Por supuesto, todos querían la chiva. Como en esa época no había internet ni celulares, ellos tenían que
encontrar la manera de comunicar la noticia. Para que el proceso fuera justo,
organicé una especie de carrera. Puse una hora y un punto de partida: el que
lograra ponerse en contacto con su medio de primeras se llevaba la chiva.
Antes de entregarles el comunicado, Pizarro y yo tuvimos la astucia de ponerle
de título “El comunicado de Ortega”. Ese pueblo quedaba a decenas de
kilómetros al norte de nuestra ubicación, pero así podíamos despistar al
Ejército y tener un margen de maniobra en caso de que nos quisieran
bombardear. Cuando finalmente les dimos el comunicado a los periodistas, un
muchacho del Tolima que trabajaba para la radio tuvo la inteligencia de bajar a
Natagaima y coger el primer teléfono disponible para llamar a su emisora. La
noticia causó un terremoto político en todo el país.
Así nació la paz del M-19. Indudablemente, fue un
día histórico que cambió, para siempre, la trayectoria del movimiento. Los
procesos reales siempre son diferentes a lo que uno piensa. Yo no me imaginaba
como congresista de Colombia, sino como el constructor de una organización
social. Ese era mi sueño. Y lo quería hacer al lado Mary Luz. Lo primero que
pensé, una vez se divulgó el comunicado, fue que ella iba a salir de la cárcel
Pero aún quedaban asuntos por resolver en Natagaima.
El giro hacia la paz tomó por sorpresa a las FARC.
Pizarro, en la reunión con el Gobierno, en ningún momento pidió una pausa para
consultar su cambio de opinión con Arenas. Fue una apuesta arriesgada: ellos
habían pactado la ofensiva militar tres o cuatro días antes. Además, nos
acompañaba el frente 21 y varios de sus combatientes estaban a veinte metros de
la mesa de negociación. Ellos estaban a la expectativa del desenlace y les
debió causar consternación ver a todos los funcionarios del Gobierno tan
agitados, pasando por delante de sus narices. Ese día, alrededor de las seis o siete
de la noche, se les informó que la paz era inminente. Los de las FARC no
supieron a dónde mirar. ¿Cuál paz? ¿Cómo así? No entendían nada. Lo primero que
hicieron fue comunicarse radialmente con Casa Verde.
La reacción de Arenas fue fulminante. Inmediatamente
se puso en contacto con Pizarro y lo empezó a insultar con groserías. Lo llamó
“traidor” y le gritó: “Usted es un no sé qué, usted es un tal por cual”. Yo
estaba al lado de Pizarro y escuché, atónito, la conversación; de hecho, fue la
única vez que oí la voz de Arenas por radio. Entendía, hasta cierto punto, su
rabia. Pizarro había negociado la paz a sus espaldas, ignorando el acuerdo que
los dos grupos habían hecho. Pero, por otro lado, la estrategia de Pizarro me
había parecido la más lógica; yo jamás le hubiera pedido permiso a las FARC.
Cuando Arenas colgó, sentí que él se había
convertido en un enemigo nuestro. Empecé a notar el trasegar de los fusiles y
comprendí que iba a haber un problema. Carlos se anticipó a cualquier acción
y le puso una guardia personal a Pizarro. Yo, en cambio, de inmediato me dirigí
a donde estaba Roberto, el comandante del frente 21. Nos habíamos vuelto amigos
por cuenta de que yo le había enseñado a leer y escribir, así que aproveché
nuestra buena relación para hablar con él. Le dije que lo mejor era una
separación amistosa. Le expliqué que toda la idea de la fuerza conjunta se
había esfumado. Roberto, para mí sorpresa, reaccionó bien. Me dijo: “Bueno,
nosotros mañana nos retiramos porque no podemos seguir acá con ustedes”. Y
efectivamente hubo una separación. Ahí me despedí de cada uno de ellos; todos
me dieron la mano. Fue un momento conmovedor. Yo sentí que realmente había
ejercido un liderazgo sobre ellos. No volví a ver a gente de las FARC sino
hasta su desmovilización en 2016.
Al día siguiente, cuando ellos partieron, nosotros
quedamos solos, con mucha menos fuerza militar. Habíamos quedado realmente
expuestos; sobre todo Pizarro. Esa mañana él se me acercó y me dijo que
debíamos concentrar en un mismo lugar a nuestros hombres y nuestras armas
porque nos podían destruir. Yo empecé a subir todo a la escuela militar. Bajaba
y subía la montaña, extenuado. Finalmente logramos el objetivo y nos fortalecimos
allí durante los próximos días, pues aún había detalles que apuntillar con la
delegación del Gobierno. En ese momento, los emisarios de Barco me empezaron a
buscar con cierta regularidad. Se habían dado cuenta de que yo tenía cultura
política y que sabía de teoría, y por eso me pusieron el ojo encima. Para bien
y para mal, me había convertido en un elemento inquietante para ellos.
De hecho, existe un video de la segunda reunión con
el Gobierno en el que yo salgo portando el sombrero tolimense, que se había
vuelto famoso entre nuestra tropa. Esos sombreros, que eran de fibra
sintética, daban cierta elegancia masculina. Se usan mucho en el Tolima. A mí
me gustaba más el café o el verde que el blanco, por razones de camuflaje, pues
este último resaltaba en la montaña. Nosotros le regalamos uno a Pizarro. Él lo
usó durante el proceso y hasta el día de su muerte. Se convirtió en su símbolo.
De hecho, lo llevaba puesto cuando nos reunió para avisarnos que había decidido
partir caminando hacia el Cauca.
Después de su larga travesía, que le tomó varias
jornadas completas, Pizarro llegó a la vereda de Santo Domingo, donde comenzó
la parte final de la historia militar del M-19. Allí, el 9 de marzo de 1990, el
Movimiento 19 de Abril dejó las armas para ingresar en la vida civil. Yo
permanecí un tiempo más en Natagaima. No sabía bien cuál debía ser mi próximo
paso. Tenía a mi pareja en la cárcel y un poco de experiencia política. Sabía
que en el futuro habría un espacio para mí, en algún lado, aunque no tenía
idea dónde. Me sentía como un náufrago en tierra firme. Así que partí hacia
Ibagué. Llegué a la ciudad, pero no me hallaba. Me pesaba mucho la soledad. No
había procesado el hecho de que mi vida en la montaña había llegado a su fin.
El proceso de paz se había desplazado hacia el Cauca, donde yo no tenía cabida.
Ya había cumplido mi papel. Dentro de mí, a toda hora, retumbaba la misma
pregunta: bueno, ¿y ahora qué?
El heavy metal latinoamericano
Mi próximo paso debía ser regresar a Bogotá. En las
montañas del Tolima, ya no había un solo combatiente del M-19. Todos se habían
dirigido a Santo Domingo, en el Cauca. Sin embargo, no me sentía preparado para
hacer el viaje a la capital. Ya nada físico me ataba al departamento donde había
vivido durante el último año: mi patrimonio consistía en los mismos dos
bluyines y dos camisas con los que había llegado. Pero sí tenía un vínculo emocional:
Mar y Luz seguía presa en Ibagué y no quería alejarme demasiado de ella. Sabía
que su salida era inminente y me daba un temor inmenso abandonarla a su suerte.
Por otro lado, ¿a dónde iba a llegar a Bogotá? ¿A
la casa de mi madre, que en ese momento vivía en Cajicá? Ella, para ese entonces,
ya se había separado de mi papá; mi paso por la cárcel los había distanciado
emocionalmente. Yo sentía que regresar a donde ella era un paso hacia atrás,
como si todo lo que había pasado en los últimos años no hubiera existido. Como
si todo el sacrificio, la cárcel, las torturas, las caminatas por las montañas,
los riesgos y los peligros jamás hubieran sucedido. Volver al punto de partida
no era una opción. No estaba dispuesto, por nada del mundo, a dormir de nuevo
en la cama en la que había dormido de adolescente, rodeado por todos mis
recuerdos juveniles.
Finalmente, después de pasar unas semanas en
Girardot, llegué a la casa en Teusaquillo de Pilar Rueda Jiménez, quien hoy es
esposa del senador Iván Cepeda. Ella y una compañera me abrieron las puertas de
su hogar y, a pesar de no tener mucho, me entregaron un colchón para que
durmiera en la cocina. Ambas eran simpatizantes del M-19, aunque tenían unas
vidas normales, en la legalidad. Con ellas viví un tiempo que hoy recuerdo con
ansiedad, pues no tenía a dónde ir ni qué hacer. Me pasaba los días caminando de
un lado al otro, presa de la angustia que me producía el encarcelamiento de
Mary Luz.
Una vez concluyó el proceso de paz en Santo
Domingo, los líderes del movimiento llegaron a la capital para hacer política
bajo las banderas del nuevo partido Alianza Democrática M-19. Para mí su
llegada representó un alivio. La dirección nacional empezó a tener reuniones
regularmente. Pizarro sabía de mi experiencia como concejal en Zipaquirá y por
eso me pidió que dirigiera el esfuerzo organizativo del M-19 en Cundinamarca.
Esa labor me llevó de nuevo a mi origen en la política. En un principio fue
difícil en términos económicos. Del Gobierno recibíamos cincuenta mil pesos
mensuales, una verdadera limosna que yo dejé de aceptar al segundo mes.
Por otro lado, tenía miedo, al igual que todos.
Volver a estar entre la población civil nos generaba cierto desasosiego. No
sabíamos qué iba a pasar con nuestras vidas. La mayoría de la gente del M-19
tenía una vocación militar y era de origen rural. Para la fecha en que dejamos
las armas, el componente urbano, el que había sido la marca inicial del
movimiento, había desaparecido. En realidad, había sido asesinado. O se
encontraba en el exilio. El grueso de las filas consistía en campesinos y,
sobre todo, en indígenas. Para muchos era la primera vez en Bogotá, en ese
torbellino de cemento y ruido que se movía a velocidades vertiginosas. Eso los
desestabilizó. Nadie podía responder con certeza la pregunta de qué iba a ser
de nosotros.
Sobre todo porque los nuevos retos no eran militares, sino políticos. Por ejemplo, al mes de la desmovilización, en una jugada en mi opinión prematura, Pizarro se lanzó a la Alcaldía de Bogotá y navarro a la de Cali. Ninguno de los dos ganó la contienda y, ademas, la votación que obtuvo Pizarro no fue buena, de unos 70000 votos. El abogado Alfonso Cabrera, en cambio, sí quedó elegido como concejal, y entró con Ramiro Lucio como suplente. Yo, por mi lado, empecé a analizar cómo nos podíamos abrir un espacio en las elecciones de Cundinamarca. En ese departamento no teníamos fuerza política alguna, ni siquiera una figura popular. Yo, acaso, era el más conorido, porque había sido concejal en Zipaquirá, pero en el resto del departamento no me conocían. El reto, gigantesco, me sedujo de entrada.
Me puse, entonces, en la tarea de estructurar una intensa
labor organizativa. Sabía que Cundinamarca era uno de los departamentos con más
municipios de Colombia. En ese momento tenía 114 (hoy tiene 116). El primer
paso consistió en construir un comité del M-19 en cada uno de los municipios,
lo cual implicaba un desgaste físico considerable. Nos tocaba coger trocha día
y noche en un Nissan Patrol que nos prestaba Ricardo Mestizo, un empresario del
carbón que había sido militante de la Anapo. El carro tenía doble tracción, era
justo el que necesitábamos. El encargado de manejarlo era Gonzalo ‘Gordo'
Suárez, otro viejo anapista que me quería mucho y que había hecho parte del
M-19 en Zipaquirá. El Gordo, que murió hace poco, me había colaborado en los
días del Bolívar 83. La otra persona que nos acompañaba en el carro era Jaime
Gómez, que había sido mi suplente en el concejo de Zipaquirá. Los tres nos
dimos a la tarea de organizar el esfuerzo del M-19 en el departamento. Aunque
no logramos llegar a todos los municipios, cubrimos alrededor de ochenta, que
no era poca cosa. Pocos militantes del M-19 hicieron una labor similar. Muchos
estaban metidos de lleno en el que era, sin duda, el proyecto principal del
movimiento por esas fechas: la campaña presidencial de Pizarro.
Mis viajes por toda
Cundinamarca coincidieron con la liberación de Mary Luz. Cuando me enteré de
su salida, corrí a toda prisa a Ibagué para recibirla personalmente. Al poco
tiempo nos mudamos a un apartaestudio pequeñísimo en Bogotá. Y fue allí, en
nuestro sencillo pero acogedor hogar, que recibí la noticia que sacudió los
cimientos de nuestra recién iniciada vida en la legalidad. Ocurrió pocos días
después de mi cumpleaños 31, el 26 de abril de 1990. Esa mañana, mientras
preparábamos el desayuno, prendí la radio, como era mi costumbre. Sintonicé
Caracol Radio. El periodista Yamid Amat estaba entrevistando a Pizarro. Después
de conversar durante unos minutos sobre la campaña electoral, Pizarro se excusó
porque tenía que salir al aeropuerto. Estaba afanado. Anunció que viajaba a
Barranquilla. En ese instante me entró una sensación incómoda. Mi instinto de
hombre clandestino, que aún llevaba por dentro, me decía que uno nunca debía
anunciar para dónde va. Intenté justificarlo. No por nada ya estábamos en la
legalidad, y mucha gente, incluida su escolta, debía saber del viaje. Pero no
me podía sacudir la impresión de que Pizarro había cometido un error. Era mejor
no dar a conocer el itinerario de uno, y menos en una emisora.
Mary Luz y yo
terminamos de desayunar y de limpiar la cocina cuando, de pronto, la radio
anunció una noticia de última hora: un sicario había atentado contra el
candidato presidencial al interior del avión, Y entonces sentí el golpe. Un
golpe como pocos en la vida, similar al momento en que me cogieron preso. Al
instante me derrumbé sobre la cama y lloré durante una buena media hora. Cuando
me compuse, pensé en los escoltas. Yo sabía que ellos no nos iban a proteger;
eran agentes del F2, de la Policía, y nos veían como sus enemigos. Era un
ambiente malsano. En los carros asignados ellos nos miraban mal y a veces nos
hablaban de manera denigrante. Tenían la costumbre de no cumplir con los horarios
que uno ponía. Así fue el día en que mataron a Pizarro: llegaron a recogerme
una hora tarde. Yo estaba desesperado, quería salir de inmediato al hospital a
donde lo habían llevado, pues el avión había regresado a Bogotá inmediatamente
después del atentado. No alcancé a verlo. En el carro recibí la noticia de que
había muerto, de que había recibido disparos en el cerebro.
Cuando llegué al hospital, me encontré con varios
compañeros del M-19. Todo era un desorden. Nos embargaba un sentimiento de desolación.
La mayoría sentimos que la única opción que nos quedaba era volver a las armas.
Esa tarde, como a las cuatro, mientras alistaban a Pizarro para el velorio,
nos reunimos en una casa en Teusaquillo. No recuerdo exactamente en cuál, pero
Navarro citó allí a toda la dirección nacional del movimiento. Las riendas del
M-19 habían quedado en sus manos. Durante la reunión, muchos opinamos que, como
mínimo, debíamos volver a Santo Domingo. Pero Navarro se negó. Nos convenció de
que debíamos mantenernos firmes en el proceso de paz. Nosotros aceptamos, a
regañadientes, su propuesta de continuar en la. legalidad. Hoy creo que esa
fue la decisión acertada.
La muerte de Pizarro desembocó en una enorme
manifestación que se tomó la carrera séptima en dirección de la plaza de Bolívar En medio de la lluvia y del desorden, miles marcharon hacia el
Capitolio, donde se llevó a cabo lo que se llama una cámara ardiente en su
honor. Filas interminables se presentaron para ver su cadáver. Yo me acerqué y
vi el rostro muerto de Pizarro. Yo ya había visto el de Jaime Jaramillo Ossa.
el candidato presidencial de la Unión Patriótica que había sido asesinado un
mes antes, el 22 de marzo Tenía presente también el de Luis Carlos Galán, que
había muerto abaleado en agosto del 89. La muerte parecía cernirse sobre
nosotros. Todos los candidatos presidenciales progresistas habían sido
asesinados. La gran sombrilla del progresismo liberal estaba hecha añicos.
Después de la cámara ardiente, nuestra
organización, hecha flecos, se dirigió al cementerio Central, toda una odisea
en medio del caos que reinaba. Recuerdo que Darío, el comandante de nuestras
desmontadas fuerzas especiales, me reconoció entre la multitud y, cogiéndome
del pelo, prácticamente me arrastró para que pudiera entrar. Solo ingresamos
unos pocos. Familiares, miembros del M-19. Mucha gente se quedó en los
alrededores del cementerio para asistir, a su manera, al entierro.
Unos días después, cuando procesamos un poco el
dolor de la muerte de Pizarro, vinieron las reflexiones. No tardamos mucho en
entender que Carlos Pizarro había sido asesinado con la complicidad del DAS.
El cuerpo de inteligencia dependía directamente del presidente Virgilio Barco,
el mismo que había enviado a Rafael Pardo a firmar el acuerdo de paz con
Pizarro en Santo Domingo. Un analista común y corriente podría concluir que
Pizarro había sido víctima de una trampa. Podría argumentar que el Gobierno lo
convenció de dejar las armas para matarlo durante su campaña presidencial.
Pero, si se hace un análisis más profundo de cómo funciona la política
colombiana, resulta que ese plan no necesariamente estaba del todo articulado.
¿Por qué? Porque en los gobiernos coexisten una
pluralidad de fuerzas. Es decir, no gobiernan desde una sola posición. El presidente
Barco era, en realidad, una figura fantasmal, a la merced de un gabinete donde
operaba desde el narcotráfico hasta el progresismo liberal. Si se entiende de
esta manera; se entiende por qué, mientras unos firmaban la paz,
otros se encargaban de atentar contra ella. El Gobierno había empezado a ceder
sus puestos de control y a compartirlos con la mafia. Al tiempo que tenía en
sus filas a Rafael Pardo, un estratega político del establecimiento, también
tenía a Maza Márquez en cabeza del DAS, que estaba asesinando literalmente no
solo a los militantes del M-19 que caían en sus manos, sino a integrantes de la
Unión Patriótica.
En esos años cayeron por miles figuras de la
izquierda colombiana, a lo largo y ancho del país. El fenómeno se conoció como
la guerra sucia. El M-19 había dejado las armas en esa coyuntura, sentando un
precedente importante. Se trataba del primer proceso de paz de una guerrilla
insurgente en Latinoamérica durante los años de la Guerra Fría. Un hecho
precursor, que ocurrió diez años antes del triunfo electoral de Hugo Chávez en
Venezuela. Cuando llegó al poder, Chávez encabezó la transformación pacífica
de la realidad política de su país y, a la vez, inauguró una década en la que
varios movimientos progresistas llegaron al poder en diversos países del
contiene sin recurrir a las armas. El M-19 fue un predecesor de esos vientos de
cambio. Se puede decir que inauguró una era, una en la que se volvió posible
que la izquierda volviera a acceder al poder por medio de las urnas, con todos
sus aspectos positivos y negativos, con todas sus equivocaciones y
frustraciones. Esa situación no se vivía en el continente desde el golpe de
Estado contra Allende, en 1973. Debieron transcurrir casi treinta años de
guerra en la región, de dictaduras militares violentas en el Cono Sur, de
centenares de miles de muertos, de desaparecidos, de millones de exiliados. El
M-19 fue el primero que proclamó en todo el continente la posibilidad de otro
camino pacífico, un camino que diez años después realmente se empezó a
construir, aunque no en Colombia.
En ese sentido, el M-19 se convirtió en una especie de vanguardia latinoamericana. Algún publicista nos llamó el heavy metal latinoamericano. Ese papel siempre es complicado, pues el vanguardista está adelantado a su tiempo y puede terminar aislado en su visión. Su labor no solo es marcar el camino por seguir, sino cerciorarse de no ir tan lejos para no perder los lazos con su propia sociedad. Y fue en esa ambigüedad en la que al movimiento le tocó encontrar una voz para articular su proyecto político en la legalidad. Para 1990, la mayoría de los integrantes del M-19 coincidían en que la paz era la mejor forma de transformar al país. En términos de la narrativa de entonces, la de hacer la revolución, el movimiento le apostó a la idea de que las transformaciones sociales que los países de la región necesitaban se podían lograr por la vía pacífica de la democracia.
El proyecto del M-19
no era socialista. Buscaba una profundización de la democracia y una
disminución de la injusticia social, que era la manera como se denominaba la
profunda desigualdad que ha hecho de América Latina la región más desigual del
mundo. Plantear la justicia social, en mi opinión, era una estrategia cuerda y
razonable, incluso para el desarrollo del capitalismo. Porque el M-19 buscaba
un capitalismo democrático. Esos dos términos son, de alguna manera,
contradictorios, pero tenían que ver con la idea de desarrollar la pequeña y
mediana empresa, con fomentar la industria no monopólica, con llevar a cabo
una reforma agraria, que es también una parte central del término “justicia
social”. La idea, en últimas, era ofrecer un planteamiento para que Colombia
pasara de la premodernidad semifeudal al capitalismo. Esa era la nueva
revolución del M-19: buscar, a través de la disputa democrática, sin recurrir
a las armas, que el país se volviera moderno económicamente.
Los que se sentaron a
negociar en Santo Domingo con el M-19 no creían que el movimiento pudiera
aspirar a tanto. Si uno lee el libro 9 de marzo de
1990, de Rafael Pardo, el
principal negociador de Barco, resulta evidente que, para ellos, estábamos
derrotados militarmente. Desde entonces, esa ha sido la línea de negociación de
los distintos gobiernos colombianos: provocar una derrota militar para hacer
una negociación política que es, en el fondo, una rendición. La expresión
“negociación política” solo sería el nombre que le dan al tratado de rendición.
Esa lógica sin duda surge de una mentalidad oligárquica, pero es equivocada.
Por lo menos en el caso del M-19, nosotros nunca nos sentimos derrotados
militarmente, no estábamos cansados ni creíamos que una derrota era inminente.
Al contrario. Cuando Pizarro llegó a las montañas del sur del Tolima, tenía
pensado llevar a cabo una ofensiva militar. Nuestras circunstancias
psicológicas eran completamente diferentes a ias que plantea Pardo en su
libro. En cambio, quien estaba sufriendo una derrota militar era Barco. No en
manos del M-19, sino en manos de la mafia, que se había convertido en un
protagonista de la política colombiana al interior mismo del establecimiento.
El M-19, en resumidas cuentas, no le apostó a la
paz porque le tocó, sino porque la opción pacifista tenía una larga trayectoria
en el M-19. La había iniciado Jaime Bateman y la había mantenido, en los ochenta,
Iván Marino Ospina, Incluso se había firmado en 1984, cuando se hizo la paz con
el gobierno de Betancur. Pizarro nunca rechazó la alternativa de la paz. Él
sabía que no estábamos derrotados, pero tampoco creía que la victoria militar
era la única manera de conseguir las transformaciones en un país como
Colombia. Siempre existió la opción de establecer una conversación, lo que
Bateman llamó “el diálogo nacional”. Pizarro, además, por las fechas de la
negociación en los montes de Tolima, había conversado a distancia con Alvaro
Gómez Hurtado, quien ya había esbozado el concepto del “régimen” palabra con
la que calificaba el sistema político colombiano. Para él, era necesario
cambiar el régimen existente y, por tanto, eso le abría al M-19 la posibilidad
de una futura concertación para proponer un nuevo modelo para el país.
Pizarro. Para
sorpresa de todo el establecimiento, consiguió una buena cantidad de votos,
según los estándares de los movimientos progresistas. De hecho, en ese momento
fue la cantidad más alta en la historia: 700 000 votos. Ese número, sin
embargo, no colmó nuestras expectativas. En realidad, nos parecía que era bajo
tomando en cuenta la fuerza popular del movimiento y la enorme importancia que
había tenido el proceso de paz. En los comicios resultó electo el liberal César
Gaviria, quien compartía con Navarro el hecho de que él también había
reemplazado a un candidato asesinado, en su caso a Luis Carlos Galán.
A la hora de escoger su gabinete, Gaviria tomó una decisión
arriesgada. Para mantener la fuerza del M-19 en la paz, le entregó el Ministerio de Salud a Navarro. Fue un acto audaz de parte y parte. Navarro era,
al fin de cuentas, un insurgente que hacía parte del primer movimiento que
firmaba la paz en la historia contemporánea de América Latina. Pero, en mi
opinión, visto en retrospectiva, esa decisión hizo parte de una dinámica que a
mí me parece crucial analizar cuando se piensa en los procesos de paz de las
insurgencias latinoamericanas. Me refiero a que, al entregarle el ministerio,
Gaviria en realidad buscó la cooptación política del M-19. En otras palabras,
Gaviria, en nombre del establecimiento., creía que el proceso de paz con el M-19 había sido
realmente una rendición. Y no una rendición militar, sino una política.
Gaviria operaba bajo la convicción de que los objetivos
políticos que había trazado el movimiento para transformar a Colombia no
tenían peso alguno. Bajo esa lógica, el nuevo presidente le estaba propinando
un golpe mortal al M-19 al ofrecerle el ministerio a Navarro, porque las
derrotas militares a fin de cuentas son solo militares, pero una derrota
política es definitiva. Todavía hoy recuerdo cuando Navarro nos pidió a todos
que nos pusiéramos corbata. Era un elemento simbólico, pero ¿qué expresaba? Navarro
y Rosemberg Pabón intentaron explicarnos con discursos pseudoteóricos la nueva
realidad política y las razones por las cuales no debíamos hacer nuestra revolución.
Bajo su liderazgo, el objetivo político del movimiento pasó de ser el de cómo
construir una democracia a cómo ganarle a una clase política corrupta. Ese
cambio de discurso ocurrió cuando Navarro asumió el ministerio y se tramitó la
Ley 10, que significó la descentralización de la salud en Colombia. Navarro
había terminado en un gabinete cuya inmensa mayoría se puso en la tarea de
tramitar la llegada del neoliberalismo al país. En otras palabras, de abrir las
compuertas de la apertura económica.
Nosotros, lógicamente, nos sentíamos como mosco en leche.
Estábamos perdidos. Para ese momento el bloque soviético se deshacía por culpa
de las políticas que había empezado a poner en marcha Gorbachov desde mediados
de los ochenta. Al M-19 le tenía un poco sin cuidado la Unión Soviética, pero
su desmoronamiento generó un clima muy particular. La caída del muro llegó con
el discurso del fin de la historia que proclamó el politólogo Francis Fukuyama,
según el cual, en un mundo sin contradicciones, reinaría una democracia liberal
nueva, o el neoliberalismo. En todo el mundo se hablaba de la gran victoria
del capital, del triunfe neoliberal de la inminente realidad de la
globalización. La sensación que reinaba era que el mundo se había quedado sin
alternativas. Todo discurso distinto al del establecimiento había sido borrado
del mapa. En ese contexto, se empezó a diluir la intención del M-19 de hacer
una revolución para cambiar las estructuras económicas, sociales y políticas
del país. Al mismo tiempo, la cooptación del Gobierno se volvió una especie de
hoyo negro que, poco a poco, succionó a buena parte de la insurgencia
colombiana.
Gaviria entendió desde un inicio que tenía en sus manos la
oportunidad de implementar en el país el proyecto neoliberal, que venía andando
desde los tiempos de Turbay. Comprendió, a su vez, que para llevarlo a cabo,
para lograr la privatización y pasar sus proyectos de ley, necesitaba primero
una reforma constitucional. La Constitución de 1886 representaba un
impedimento, sobre todo por las reformas que implemento el liberalismo
progresista en 1936 y en 1968, durante el gobierno de Carlos Lleras. Gaviria no
podía permitir esa camisa de fuerza institucional que hubiera llevado a
Colombia alo que hoy llamaríamos nuevo-liberalismo; es decir, a la
desregulación de los mercados. Entonces, empezó a crecer una idea dentro del
establecimiento: la de redactar una nueva Carta Magna para derogar la que tenía
más de cien años.
Esa misma idea la había promulgado el M-19 y algunos de sus aliados, como el partido Esperanza, Paz y Liberad, que nació a raíz de la desmovilización del EPL en 1991. Pero, para entender esa posición del M-19, es importante desandar un poco nuestros pasos. Como parte de su desmovilización, el movimiento redactó un acuerdo meticuloso con el Gobierno en Santo Domingo. El documento, de unas cuarenta páginas, tenía una serie de puntos que, vistos en conjunto, consistían en una reforma política. En el texto se hablaba por primera vez de una serie de elementos que hoy son normales, pero que entonces no existían, como el tarjetón o un sistema de preferencias electo rales para que se privilegiaran las listas únicas. El M-19 pactó con el Gobierno que el acuerdo se volviera ley en el Congreso y que luego se convocaría a un referendo para reformar electoralmente la Constitución del 86. Pero la mafia actuó por medio de sus congresistas y tumbó el acuerdo con mayorías parlamentarias liberales y conservadoras. Ese episodio provocó la renuncia del ministro de Gobierno de Barco, Carlos Lemos Simmonds, que había participado en el proceso de paz.
Para nosotros, que nos encontrábamos en las ciudades, desarmados, fue una demostración más de que el establecimiento nos había engañado. Era, además, peligroso: el hundimiento del acuerdo también significaba la puesta en duda de las figuras jurídicas que impedían que nos cogieran presos. Y, en efecto, a los pocos días emitieron órdenes de captura. Pizarro, aún vivo, no se inmutó y, con boleta de captura incluida, se dirigió al Palacio de Nariño para reunirse con Barco. Pizarro entró al recinto con botas, sombrero y acompañado de Navarro. Allí lo esperaba el presidente junto a todo su gabinete, incluido Maza Márquez, y unos testigos de la Iglesia católica.
En la reunión, Pizarro y Barco firmaron un nuevo
acuerdo, mucho menos extenso, de apenas tres párrafos. El nuevo documento
tenía un solo objetivo: que se convocara una Asamblea Nacional Constituyente
para tramitar los puntos del acuerdo original que había hundido el Congreso.
Ese fue el último acto político de Pizarro. Y fue un logro hermoso, en
términos históricos: el final de nuestra insurgencia desembocaría en una
Constituyente. Después de tantos años de lucha en el monte, el pueblo colombiano,
a través del voto, podría ser el encargado de determinar el resultado de
nuestra lucha y de la transformación del país.
Para finales de 1990, la idea de la nueva
Constitución estaba en boca de todos. Los vientos de cambio soplaban sobre
Colombia. Para la Alianza Democrática M-19, un movimiento cada vez más
organizado, el proyecto representaba la oportunidad de rehacer el proceso de
paz. Para los jóvenes de la Séptima Papeleta, la posibilidad de modernizar al
país. Y, finalmente, para Gaviria, la manera de desarrollar su proyecto
neoliberal. Poco a poco empezaron a aparecer encuestas en los medios. Todas
arrojaban un resultado esperanzados sobre todo para el M-19, que punteaba,
junto al Partido Liberal, en la intención de voto para elegir a los
delegatarios de la asamblea.
Cuando llegó el 9 de diciembre, el día de las elecciones, había logrado configurar buena parte del trabajo organizativo en Cundinarnarca y me dediqué a promocionar la Constituyente haciendo afiches. Cuando, esa noche, se terminó el escrutinio, nuestra felicidad fue enorme. Habíamos sacado el 26 % de los votos, que se traducía a 19 de 70 de constituyentes, por encima del Movimiento de Salvación Nacional, de Alvaro Gómez Hurtado, que logró 11 escaños; y solo por debajo del Partido Liberal que consiguió 25. En otras palabras, íbamos a ser una fuerza determinante en la Asamblea Constituyente. Menos de un año después de dejar las armas, participaríamos en un espacio de poder que incluso podía suspender el mandato presidencial. Otty Patino, eufórico, clamó que alli estaba la revolución. Yo, en cambio, fui más cauto. Sospechaba que este final feliz no sería, a la larga, tan feliz.
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