miércoles, 25 de octubre de 2023

capitulo 23, Epílogo, una Vida Muchas vidas.

 

Epílogo

En este momento, estoy en Florencia, Italia. Veo por mi ventana un callejón estrecho, vacío, en adoquín. El silencio arropa a la ciudad. La gente está encerrada en sus casas porque a las diez de la noche, la hora local, hay toque de queda. El apartamento donde me estoy quedando con mi esposa y mi hija es sencillo, frugal: consiste en una pieza, una sala y un baño. El edificio es viejo, ubicado casi encima del río Arno. Las aguas están creci­das porque se aproxima el invierno. La historia de Florencia se respira en el aire que se cuela por la ventana. A pesar de ser una ciudad pequeña, su pasado es enorme. Aquí nació el capitalismo.


Las familias más ricas del mundo vivieron acá. Había muchos banqueros, que se hicieron muy ricos por el comercio. Ellos financiaron las escuelas del arte del Renacimiento. Le pagaban la vida a una serie de artistas que hoy son de talla universal, como Miguel Ángel, Leonardo o Rafael. También en esa época vivió y murió Maquiavelo. Esa intelectualidad, esa cultura, se construyó sobre una base financiera que les ofreció una independencia terrenal para que ellos se centraran en la producción. En otras palabras, ese momento de oro en el pensamiento humano exis­tió sobre un excedente económico. Ese es el origen del capitalismo.


Florencia ha sido bendecida en términos de la pandemia. Mientras que el norte del país ha sido literalmente asolado, aquí la entrada del Covid-19 ha sido benigna, porque es una ciudad turística. Por lo general, por las calles de Florencia caminan 15 millones de turistas; en este momento solo han llegado 80.000. Eso, por supuesto, implica un quiebre económico, pero también por eso la incidencia del virus ha sido menor que, por ejemplo, en Bogotá o en Londres.

Mientras transito la ciudad, hoy fantasmal, no dejo de pen­sar en la relación entre el virus y el capital. Si uno hace una geo­grafía de los grandes centros del capital y mide la presencia del virus, se da cuenta de que coinciden. La razón es básica: el capi­tal necesita una circulación de personas. Durante estos últimos días he tenido la oportunidad de volver a leer El capital de Marx. Lo había leído por primera vez en la universidad, cuando estu­dié Economía en el Externado. En este momento, quise volver a sus páginas para reflexionar sobre el cambio climático y su relación con el Covid-19. El capital permite eso: es una de esas obras cumbre de la humanidad que adquieren diferentes mati­ces dependiendo de cuándo y en qué contexto se aprecien.

Lo mismo ocurre con la Biblia y algunos libros de Hegel, que son parte de nuestra herencia como latinoamericanos que lee­mos el pensamiento europeo. Porque nosotros no hemos tenido la oportunidad de leer otras fuentes que también hacen parte de nuestra herencia, como el pensamiento africano, árnbc o indi gena. Realmente no hemos sido capaces de construir un diálogo con el sur del mundo. En cierta forma, la élite revolucionaria lati­noamericana se creó así, a partir de un diálogo con los france­ses. Por esa vía se construyeron nuestras repúblicas. En los últimos años, la izquierda ha ampliado un poco el panorama, pero seguimos hablando, sobre todo, con Europa. Y El capital de Marx, sin duda, hace parte de esa tradición.

Ahora, ¿qué percibe uno al leer esa obra viviendo en Flo­rencia? Para Marx, el capital es un fluido que circula y se acu­mula, cada vez más grande, sobre la base del trabajo ajeno. Es un plus valor que crece interminable e indefinidamente, como una especie de huracán que amplía cada vez más su radio y que necesita circular. Pero esa circulación no es solo de mercancías, sino de gente. Y ese es hoy el mundo del capital: una gran agio - meración de gente, apiñada en talleres, en mercados, en una larga cadena para transportar bienes. El virus del Covid-19, al igual que todos los que han surgido en los últimos años, son los hijos directos de ese modelo. No surgieron porque algún explo­rador, creyéndose Robinson Cnsoe, se metió en la selva y se los encontró por accidente. No. Son el producto de las grandes ganaderías, que son justamente grandes para disminuir el pre­cio unitario de la carne, sea de res, de pollo, de cerdo; en todo caso, el alimento de la fuerza de trabajo en el mundo. Porque el capital, para crecer su excedente y su riqueza, necesita dismi­nuir el valor, no la cantidad.

Existen personas que han vulgarizado la discusión diciendo que el problema es la cantidad, que los trabajadores se van a morir de hambre. Pero no. El problema es el valor relativo de la fuerza de trabajo frente al valor relativo del plus valor. Mejor dicho, el excedente, que es lo que busca el capital. Un empresario puede tener 10.000 reses quietas en una finca en Estados Unidos o en Europa. Pero la comida tiene que ser llevada de las grandes plan­taciones de soya en Bolivia o en Argentina. Entonces se usan buques transatlánticos. Con la comida, las reses se engordan quie­tas y, después de matarlas, su carne sale en otras tractomulas a los restaurantes, a los mercados. Eso pasa también con los pollos, los cerdos, con varias especies. Y es justamente en esas ganaderías estancadas donde se desarrolla el contacto con ciertos animales que vienen de la montaña, no han tenido contacto con el ser humano y que muerden a un empleado, depositando el virus.


Por eso el Covid-19, que al parecer se produjo cuando un murciélago mordió a un animal en una ganadería china, es un virus del mercado. Es una enfermedad que el capital ha puesto en contacto con la humanidad. Porque esas ganaderías son anti­naturales. Ni las vacas ni los pollos, dejados a solas, viven así. No es su naturaleza. Estos animales son víctimas de una cons­trucción humana. Y esa incapacidad nuestra de entender a la naturaleza, de equilibrarnos con ella, es lo que provoca que el capital tenga una circulación huracanada y que nos vuelva sus­ceptibles a los virus. El cambio climático va a agudizar esta diná­mica acelerando la creación de nuevos virus que, como decía Stephen Hawking, podrían llevar a la extinción de la especie humana. Un proceso que sería paulatino: cada día simplemente sería un poco peor.

La pregunta, entonces, es la siguiente: ¿qué deberíamos cam­biar? La respuesta es sencilla: el capital. Si queremos mantener la especie humana, tenemos que superar el capital. De manera curiosa, lo único que ha detenido su circulación es la misma pan­demia del Covid-19. Se ha detenido la circulación de mercancías, pero también de personas. El consumidor, que a veces es el mismo trabajador, no sale al almacén. Y, así, se ha paralizado, parcial­mente, el capitalismo. El resultado, sin embargo, es la tensión política.

Los grandes capitales no están dispuestos a escuchar que su sistema lo ha frenado un virus. Ellos ahora están usando a los Estados, no para que estos cuiden a la gente, sino para que sal­ven al capital. Esa es nuestra coyuntura actual. ¿Y cuái ha sido la respuesta de los Estados? Invertir grandes cantidades de dinero, pero no para aliviar la situación de sus ciudadanos. Mi vecina, por ejemplo, es una señora de edad y está sola porque el capital le hace eso al ser humano: le recorta sus vínculos socia­les. Ella vive amargada, con miedo y encerrada. ¿Y el Gobierno italiano la está defendiendo? No. Está tratando de salvar a los grandes capitales emitiendo dinero que no es riqueza, porque la riqueza está en el trabajo. Ese dinero va a través de la banca privada hacia los grandes capitales, qu? a su vez lo usan para comprar acciones. Todas las bolsas de valores están disparadas mientras la producción se ha detenido, mientras las utilidades reales han caído, mientras los trabajadores están encerrados, mientras los consumidores ya ni siquiera tienen cosas que con­sumir en la calle, mientras el mundo se ha detenido.

Imaginarse en esta situación a los autores que escribieron sus textos de economía política en el siglo XIX es una experien­cia surrealista. Ellos, desde luego, intuían desde la teoría qué podría suceder si se detiene la circulación del capital, pero jamás hubieran podido conjurar que un virus creado por el capital hubiera sido capaz de detener al capital.


Ahora tenemos las vacunas. De Margaret Thatcher para acá, los sistemas de salud de todos los países capitalistas se privatiza- ron y escogieron convertir la salud en una mercancía. Por eso no tienen cómo aplicar las vacunas; millones de ellas se están per­diendo porque no hay cómo aplicarlas. En Cuba, en cambio, la situación es diferente. Si comparamos a ese país con la Florida o con Colombia, uno descubre que en la Isla no han priorizado el capital, sino la gente. Por eso ha muerto tan poca gente en Cuba. En Colombia, en cambio, hay periodistas indignados porque se eligió vacunar primero a las personas de tercera edad y no a los jóvenes, que son la fuerza de trabajo. Éso se llama un darwinismo social, eso se llama nazismo. Es exactamente la concepción de los nazis, que decían: “¿Por qué vamos a salvar a los judíos?”. En el fondo, en ese pensamiento la muerte es una política, y revela una terrible realidad: para el capital, la mayor parte de la humanidad sobra porque su consumo y su producción son marginales.


Sobran los pueblos africanos, los pueblos asiáticos, los pue­blos latinoamericanos; incluso al interior de los países ricos, como sucede en Estados Unidos, sobran los afro, los indígenas, los latinos no blancos. Porque allá se diferencia entre el latino­americano blanco y el mestizo. El primero, que hace parte de la élite, estuvo con Trump. El uribismo entendió eso muy bien, pero se equivocó con el curso de la historia. Entre estas élites blancas de nuestro continente existe una nueva alianza que busca defender al capital a pesar del cambio climático y del virus. Son parte de unos sectores adictos al mercado. No hacen parte del consumidor que compra un mercado para subsistir, sino son miembros de una élite, pequeña en Colombia, pero muy grande en Europa y Estados Unidos, cuya vida es el mer­cado. La crisis del cambio climático les dice: “Es importante disminuir el consumo” Pero ellos rechazan ese consejo.

Ellos no están dispuestos a dejar de comer carne, a usar carros sin gasolina, a dejar de comprar abrigos de pieles. Ese sec­tor, intensivamente consumista, argumenta que no les pueden quitar la libertad. Entonces aparecen fuerzas políticas que los respaldan. Si yo salgo a caminar solo de noche, fácilmente me podría encontrar con la extrema derecha. Y, como yo no hablo italiano, podría tener un gran problema. Si fuera árabe, ni se diga. Si. yo fuera negro en Estados Unidos, la situación sería igual. Los partidos políticos que respaldan esta discriminación crecen cada vez más. Y obtienen millones y millones de votos. Son los neofascistas, los neonazis. Trump es un ejemplo de esta tendencia. Uribe, otra. Acá, en Italia, el culto a Mussolini no deja de crecer. ¿Por qué?


Primero, porque hubo una revolución obrera. En 1920, este grupo estaba organizado y era poderoso. Ellos lograron su cometido y derrotaron al fascismo, que justamente hoy crece en respuesta a ese cambio, por miedo a una nueva revolución. Sin embargo, hoy eso no podría suceder, la posibilidad de una revo­lución no hace parte del mundo actual. Pero el fascismo le tiene miedo al negro, al inmigrante, a la mujer y su poder, al cambio climático y a la restricción de consumo que, para ellos, es una restricción de su libertad. La toma del Capitolio en Estados Unidos por parte de los seguidores de Trump fue, en esencia, un intento de revolución hacia atrás, como aquellas en las que izaron las banderas confederadas en nombre del Ku Klux Klan y de la esclavitud.


Esa nueva derecha de Estados Unidos ve a las élites latino americanas como sus hermanos menores, de igual forma a como los alemanes veían a los daneses y austríacos. Esa mino­ría Dlanca colombiana, venezolana, cubana, puertorriqueña es parte de la gran coalición de Trump, quien no quiere volver graade de nuevo a América, como decía en sus consignas, sino volver a América blanca de nuevo. Que haya obtenido 75 millo­neo de votos es una barbarie. Pero en nuestra región, guarda­das las diferencias, ha sucedido algo similar: en Brasil; en Argentina; en Colombia, por medio del uribismo. El miedo a las FARC le permitió a esa fuerza gobernar el país durante todo el siglo XXI. Y, como las FARC ya no existen, ahora inventan nuevos miedos: a Venezuela, a Petro, al cambio. Hoy millones de colombianos se alimentan de ese miedo. ¿Cuál es la diferen­cia entre este nuevo fascismo y el de Hitler y Mussolini? Que esos dos dictadores europeos creían que iban a fundar un nuevo milenio; tenían la esperanza, la ilusión, de montar un nuev o orden. El fascismo de hoy, en cambio, actúa desde la desespe ración: no tiene futuro.


Yo creo que en esta coyuntura el progresismo debe cons­truirse como una alternativa. De lo contrario, caeríamos en una distopía como las que salen en las películas. En esas cin­tas se aprecia cómo la humanidad, incluso al borde de la extin­ción, en los últimos escalones, se destruye a sí misma. No es el virus el que destruye a la humanidad: el ser humano se auto- destruye antes. Y esa distopía puede ser una realidad. Uno lo percibe como una tendencia actual en los fascismos contem­poráneos. Sin embargo, existe la alternativa, que debemos tejer entre todos.

Mientras releía El capital, me preguntaba una y otra vez ¿qué habrá pensado Marx del futuro? No pensaba, desde luego, en la Unión Soviética, sino en una sociedad poscapitalista basada en una nueva riqueza: el tiempo disponible. Porque la productividad que el capital acrecienta por su propia ley implica la llegada de la tecnología y las máquinas. Marx, de seguro, no se imaginó el nivel tecnológico al que hemos llegado. Pero así ha sucedido y hoy muchas cosas podrían valer casi cero; existe una abundancia general. La única manera como el capital logra ponerle precios a las cosas es con las marcas. Actualmente, por ejemplo, a través de una máquina casi automática, se pueden producir camisetas para toda la humanidad. Así que la única manera de que esa camiseta sea un negocio o esté en el mercado es con una marca, pero la camiseta en sí misma ya no vale por­que la productividad reduce el valor unitario de las mercancías. Marx preveía esta posibilidad y por eso decía que una sociedad poscapitalista tendría tanta productividad y abundancia que la gran riqueza sería el tiempo Ubre. Y no se refería al desempleo, sino al tiempo disponible para que cada cual haga lo que quiera porque ya tiene sus medios de vida solucionados.

Ese es un concepto diferente de la libertad. Y era también a lo que él llamó socialismo o comunismo. Ahora, ¿fue eso lo que realmente sucedió? No. Ocurrió, en cambio, que su modelo se construyó en sociedades atrasadas y, por eso, tuvieron que tra­bajar incluso más porque no había productividad. Marx se ima­ginaba que la revolución se haría en Inglaterra, en Estados Unidos, en Alemania, pero aconteció en Rusia, en China, en Cuba. Mejor dicho, en sociedades que, antes que nada, tenían que superar la pobreza, y para eso implemen^iron esquemas de trabajo casi forzado. Sucedió, al final, lo contrario de lo que Marx planteaba.

Ahora, si miramos la tesis de Marx hoy, existe un problema, porque alcanzar tanta abundancia puede destruir a la natura­leza. Por eso tenemos que pensar en otros términos. Si uno ana­liza corrientes políticas actuales que aún no han aterrizado en Colombia, ellas habla i de que, en los países de gran capital, llegó el momento para decrecer. Para mí, llegó la hora de empezar a producir solo cosas necesarias. ¿Pero cómo se construye el con­cepto de necesidad? ¿Qué es necesario? ¿Vestir abrigos de pie­les? ¿Comer mucha carne? Mejor dicho, ¿cómo llegamos a una sociedad que se pueda reconciliar con la naturaleza y en donde estarían las libertades y las nuevas sensaciones que todo ser humano busca como una idea de progreso? Esa es la discusión.

Hoy, por ejemplo, existen centenares de millones de vacu­nas producidas por unas empresas multinacionales que usaron recursos públicos para financiar sus investigaciones, pero que privatizaron la vacuna de inmediato y la convirtieron en una mercancía. ¿Para quién? Para quien la puede pagar primero: los países más ricos del mundo, que a finales de 2020 tenían el 95 % de los centenares de millones de vacunas producidas a la fecha. Entonces, ¿cuál era la pelea progresista? Que la vacuna no sea una mercancía, como muchas que, en el pasado, no lo eran. Es decir, no estamos habiendo de algo nuevo. Sin embargo, ¿dónde estuvo el progresismo mundial para que esa vacuna no fuera una mercancía? ¿Cuándo llegó la democratización de la vacuna?

Los progresismos a nivel mundial nos han fallado. Ayudaron a elegir a Biden, sí; ayudaron a elegir a Sánchez en España, sí; pero todos se concentraron en que hubiera vacunas para sus países. Los intelectuales del siglo XX llamaban a esa mentalidad social chovinismo. En la Primera Guerra Mundial, por ejemplo, los obreros de una nación se mataban con los obreros de otra nación: eso es el social chovinismo. En el caso latinoamericano, los gobiernos progresistas tampoco reaccionaron. Se limitaron a negociar las vacunas de sus países, y ya; ni siquiera se atrevie­ron a coordinar a toda la región para una negociación común o para dar una pelea global por la vacuna y las patentes, a pesar de que existen laboratorios con gran capacidad de producción en Argentina, Brasil y México. En Cuba, el Gobierno lidera una investigación y piensa anunciar pronto 100 millones de vacu­nas, cuando solo necesita 22 millones para cubrir a su pobla­ción. Podrían, si quisieran, liderar una vacuna sin patente; entregársela ala Organización Mundial de la Salud para su pro­ducción en cualquier parte. En ese caso, ya no hablaríamos de 100 millones, sino de miles de millones de inmunizaciones.

En nuestros países, el progresismo no ha cogido la bandera de un bien público global. Ha replicado, en cambio, la estrate­gia de otros países: el social chovinismo. Así que tenemos una humanidad que está siendo testigo de una enorme inmoralidad que solo nos puede comparar con la de los nazis. En los pueblos del mundo, la mayoría de la humanidad ve cómo los ricos se vacunan y salvan sus vidas, mientras nosotros vamos como rebaño directo al matadero, que ya no es el campo de concen­tración, sino nuestras propias calles.


En Florencia, los Médici hicieron un puente elevado y cerrado, una especie de corredor, entre sus oficinas en la plaza de la Señoría, y lo hicieron pasar por el hoy famoso Puente Viejo, encima del Arno, hasta llegar a su Palacio Pitti y sus jardines. El único objetivo de esa gran obra fue para que en tiempos de pestes, de virus, la familia Médici, dueña de los bancos de la época y del poder, no tuviera contacto con las marejadas de pobres que enfermaban. Creo que el tema del poder y de la eco­nomía no ha cambiado mucho en estos siglos.


Desde al año 2000 hasta la fecha me ha acompañado Verónica, y Sofía y Antonella, mi hija menor; he vuelto a ver mucho a mi hijo Nicolás, que tuve en la cárcel y quien se ha vuelto compa­ñero mío en mi lucha He vuelto a ver a Andrés y Andrea, mis hijos del comienzo de mi vida no guerrera. He criado al hijo de Verónica: Nicolás, como si fuera mío. La mayoría ha partido a sus destinos, los he dejado ser. Ahora viven en Canadá, en Francia. Andrea me ha hecho abuelo con dos pequeñas marsellesas.

De alguna manera, en medio de tantas luchas y resistencias, de una vida que decidió no arrodillarse, de una construcción vital en la que decidí a mi manera ser un hombre libre, ha estado el amor detrás, como en el telón de fondo, como en la base de la tarima. Como en la fuerza que me permite seguir.

Desde niño fui descubriendo que la fuerza fundamental que ha permitido mi existencia es el amor. El amor a la mujer y el amor de las mujeres que me amaron, las que amé; el amor a los pobres que sentí y siento con intensidad, con mucha profundi­dad, y fui aprendiendo del amor hacia los hijos, hacia mis hijas, que más me acompañaron en la vida que pude tener y la que pude darles, Sofía y Antoneiia, que han recorrido muchos de mis rincones, que han sentido mi mano y mis debilidades, a las que llevé a recorrer esos lugares que de niño dibujaba en los mapas que pegaba en las paredes y que ahora recorría de la mano de ellas; de Andrea, de Andrés, de Sofía y Antoneiia. Quizás ellas, extrañadas de la emoción que me producían, no se daban cuenta del recuerdo que me traía un nombre de una calle, de algún lugar del mundo, que me recordaba el lugar del mapa que dibujaba y coloreaba cuando tenía sus años. De pronto lo que más me gustaba no era vivir de verdad el lugar antes dibu­jado, sino sentir el calor de la mano de mis hijas, hacerlas reír, mostrarles maravillas. Una vez llevé a Antonella no a un lugar lejano y recóndito de mis mapas, sino a un lugar cercano y vivido: el Bolívar 83, fui con ella a hablar con las viejitas que habían luchado a mis 22 años a mi lado. A veces, pongo en con­tacto esos mundos diversos; aveces, resumo así mi vida en ape­nas instantes que se me vuelven intensos.

El amor me ha rodeado, me ha perseguido y lo he perse­guido. La mujer amante ha estado al lado mío aun en los instan­tes inminentes que preceden a la muerte. Quizás ese amor la ha detenido, ha espantado la muerte, no ha dejado que me abrace. Después de tantos años cuando miro hacia atrás, siempre en cada momento difícil había una mujer amante protegiéndome. Cuando encontré a Verónica al comienzo del siglo, quizás por sus ojos azules y su pelo claro, me recordó de inmediato las val- quirias, el paraíso de los guerreros germánicos; así la llamé y así sentí que penetró en mi vida; con su propia fuerza, que es inmensa, me ha acompañado en lo que va del siglo, ha sufrido mis miedos, mis peligros, los momentos azarosos; la fuerza de la valquiria me ha permitido construir la más fuerte alternativa popular de la historia reciente de Colombia. Quizás es hora de que las valquirias me reemplacen.


No puede haber una revolución sin el amor. La fuerza motora de la historia no es solo la lucha de clases, como pen­saba Marx, sino también la fuerza del amor. La fuerza del amor es la que permite las resistencias, la que permite sobrepasar los momentos más oscuros de la humanidad, cuando todo está casi perdido. Por eso el paradigma del amor, lo que llamo la política del amor, hace parte sustancial de la reproducción de la vida.


A veces pienso que, al final, todo se trata de eso, de la repro­ducción de la vida, que incluye el sexo y el comer, que incluye el respirar, y que en el caso de la humanidad incluye la economía, el poder, la cultura, el pensamiento.

Las luchas que damos son para reproducir la vida, es sim­plemente una vitalidad que quiere ser trascendente en la inma­nencia misma del planeta. Pero la vida no es más que amor. La reproducción de la vida es la reproducción del amor. Un ser que no busque el amor, que pierda el ímpetu de hallarlo en el otro, en la otra, ya no podrá jamás producir una revolución, ya no podrá entregarle a su generación la posibilidad de reprodu­cir la vida, la Vida inmensa de la humanidad en el planeta Tierra.

La vida es al final la luz, toda la energía recibida, transfor­mada, que viaja al universo. A veces miro las estrellas, las luces quizás de cosas muertas hace mucho tiempo, planetas, soles, tal vez vidas, hr la iuz va todo, la iuz es eterna, quizás, infinita. Aiii viajamos, desde lugares astronómicamente lejanos desde donde posiblemente nos observan, allí llegamos quizás ya muertos, pero hemos viajado, en cierta forma incluso hemos trascendido a nuestro propio cuerpo. A lo mejor a nuestro propio planeta, en esa luz que viaja va todo nuestro amor, nuestra energía. Baña quizás a otros, a la inmensidad. Quizás en esa luz está la con­fluencia de todos los dioses de las religiones humanas. Quizás ese dios es la energía total, la luz total, la inmensidad eterna e infinita que nos resume a todos. Sea como sea, en la luz va el amor que se* 'irnos y que aun muertos físicamente viajará eterno.

Por eso la lucha por reproducir la vida es una forma de tras­cendencia. En eso quizás no se equivocaban los viejos guerre­ros libertarios cuando pensaban que quienes llegaban a aquellas cumbres de permanencia en luchar por la vida se convertían en los seres máximos, los que más luz pueden aportar por la ener­gía del amor a esa luz inmensa e infinita del universo. No soy un ser máximo, he luchado permanentemente con las penum­bras, con la oscuridad que intenta invadirnos, que nos rodea llenando los instantes de la muerte. En esta vida relatada que no es solo de instantes y momentos, sino de pensamientos que flu­yen, he amado, he irradiado luz y han tratado de invadirme las penumbras.

Por eso me he escapado un tanto de la vieja pelea entre ateos y creyentes. ¿Qué sabemos nosotros? Somos viajeros y lo que nos trasciende no es más sino el amor..

capitulo 22, Una respuesta al presente

 capitulo 22, Una respuesta al presente

Una respuesta al presente

Cuando me presenté a las elecciones presidenciales de 2018, no pensaba que iba a llegar muy lejos. En un comienzo, de hecho, participé para apoyar a Humberto de la Calle. Sin embargo, no quería hacer lo que el Partido Liberal y el establecimiento siem­pre han esperado de nosotros, que es la concesión, sino que que­ría probar nuestra fuerza y ponerla a disposición de una gran coalición. En ese momento, sobrevaloraba la fuerza política del Gobierno y subvaloraba la mía.

De alguna manera, en medio de tantas luchas y resistencias, de una vida que decidió no arrodillarse, llegué a la campaña pre­sidencial del 2018, superando todas las barreras jurídicas que quisieron interponerme, los embargos, que no me dejaban sino pensar cómo iría a conseguir la comida del día siguiente. No me había robado un peso de la alcaldía; seguir el camino de la corrupción podría haber solucionado mis problemas económi­cos, pero yo ya había vivido el hecho de tener apenas dos pan­talones y dos camisas, y no me asustaba la pobreza; sabía que si me robaba un peso, mi contrincante social me volvería añicos, y sabía que mantenerme alejado de la corrupción era lo único que me permitiría volver real la posibilidad de la transforma­ción real de Colombia. El camino de la justicia social ahora se marcaba por mi transparencia total.


De pronto al caminar las calles fui sintiendo que cada vez más la gente se abalanzaba sobre mi, tocándome, queriéndome. Ya no podía entregar mis periódicos, mi propaganda, todo se volvía tumulto multitudinario. Un día llegué a Valledupar y no pude caminar más de una cuadra. Me había convertido en una alternativa real, veía los jóvenes llorar desesperados por tener un futuro, sentía cómo me iba convirtiendc en una esperanza. Mi corazón se había llenado de una energía nueva que había dejado de tener en el 2016. Mi crisis integral en ese año estaba pasando. En el 2018 dejé de sentirme como un individuo, los vientos de las gentes me llevaban de un lugar a otro, me hacían un gigante.


Después de Valledupar, decidí llenar la plaza pública como antaño lo hacían los grandes lideres del país, como Gaitán y López Pumarejo. Y las plazas se llenaron, eran océanos de gen­tes. Era una energía popular que se había decidido, que veía en mí el instrumento para cambiar la historia del país. Mis discur­sos se llenaron de esa energía. En las noches, ante la plaza llena de decenas de ciudades del país, tomaba el aire, sentía las vibra­ciones, dejaba fluir las palabras; inspirado como el artista, mis palabras iban tomado las formas de la multitud, su fuerza. Viví un momento de magia, viví lo que sentían Andrés Almarales y Alfonso Jacquin, la gracia de García Márquez convertida pala­bra hablada que vuela en el viento, que ent.a en el corazón, que se vuelve huracán, que genera la multitud, única transforma­dora de la historia.


La campaña mágica, así la llamé, me dio de nuevo la fuerza. La vida había cambiado definitivamente, no tenía regreso y lo que pasara conmigo dependería de la gente.


Creía que lo que necesitábamos era una confluencia de fuer­zas que contara con el apoyo de De la Calle, Fajardo y otros. Por eso propuse una consulta popular para escoger un candidato común. Según las encuestas, no era yo quien ganaba, sino Fajardo, aunque a mí me parecía incoherente que después de la negociación de paz el artífice práctico ue ese proceso, De la Calle, no tuviera fuerza. Para mí tenía sentido que él fuera el candidato más capaz de ganar la consulta.


Me reuní con los liberales, pero ellos no estaban preparados para asumir esa propuesta. En una reunión con César Gaviria y Humberto de la Calle, el primero tomó la palabra y no la soltó, haciéndome entender que él era el jefe real. Gaviria había sido el gran arquitecto del neoliberalismo en Colombia, así que, para él, un acuerdo programático con fuerzas que buscaban cambiar el modelo de la salud, las pensiones y la educación resultaba muy incómodo. Por eso saboteó la consulta. Clara López, por su lado, hizo un salto diferente: se volvió la fórmula vicepresidencial de Humberto de la Calle, en vez de fortalecer la consulta que había­mos citado públicamente.


Por esas fechas me visitaron Claudia López, Angélica Lozano y Antonio Navarro. Claudia me dijo que no me presen­tara a las elecciones, que yo era un buen senador y me pidió que me lanzara al Senado. Estaba aburrido de la rama legislativa, a pesar de que ya habían pasado ocho años desde mi último día en el Congreso. Intuía, además, que estábamos ante una situa­ción en la que íbamos a poder determinar el Gobierno. Al eva­luar lo ocurrido con Santos en las elecciones en 2014, sabía que nosotros habíamos sido determinantes en su victoria. Ahora quería cogobernar, y eso implicaba un acuerdo programático.


En esa reunión les propuse que, al día siguiente, juntáramos las listas al Senado y que en ellas salieran las tres opciones pre­sidenciales: Claudia, Fajardo y yo. De esa manera podíamos dar un paso hacia algún tipo de unidad. Pero ellos hicieron lo con­trario: me engañaron, En menos de 24 horas Claudia y Robledo renunciaron a sus candidaturas y se adhirieron a la de Fajardo, como el gran candidato de esa coalición. Fajardo, con el apoyo de todos los grupos políticos, rechazó la opción de una consulta, que terminamos haciendo Carlos Caicedo y yo.

Como era obvio que la iba a ganar, pensé en suspenderla. Clara López era de esa misma opinión. Argumentó que no tenía razón de ser, y estuve de acuerdo. Sin embargo, la noche antes de la rueda de prensa, Carlos me convenció y decidimos seguir. Esa mañana Julio Sánchez Cristo entrevistó a Clara López y ella afirmó con convicción que no habría una consulta. Pero Julio la corrigió y le comunicó que finalmente sí se haría. Esa consulta, en realidad, no era una contienda entre Carlos y yo, sino una competencia de números con la consulta de la derecha.

Hasta ese momento pensaba que iba a apoyar a Humberto de la Calle, pero los hechos me obligaron a cambiar de mentali­dad, porque estaba metido de lleno en el proceso electoral. Habíamos entrado en competencia directa con las fuerzas que aspiraban gobernar a Colombia y que, hacía poco, habían recha­zado la opción de la unidad, en la que siempre había insistido. Cuando llegaron los resultados, saqué 2.800.000 votos y Carlos 500.000; mejor dicho, sumados teníamos 3 200 000. Solo estuvo por encima de la nuestra la consulta de Duque, que contó con la irrestricta ayuda del señor Galindo, un hombre oscuro, que repartió fotocopias de manera irregular.

En ese momento, entendí que la contienda sería, realmente, entre Duque y yo. Así lo había decidido el escenario político. Él tenía ventaja y la única manera de superarlo era si las fuerzas ver­des, las de Fajardo y Humberto de la Calle, confluían conmigo. Esa era la llave de la victoria, pero no estuvieron dispuestos a dar ese paso y permitieron la victoria del uribismo. Nosotros, sin embargo, lo que hicimos fue crecer. Aceptamos el reto de compe­tir y pasamos a la segunda vuelta con mucha fuerza. En la primera, vuelta obtuvimos casi cinco millones de votos y en la segunda, ocho millones. Ahí la historia cambió. Desapareció el santismo y apareció la Colombia Humana.

Nosotros tomamos la bandera de defender la paz, pero el uribismo volvió al poder. ¿Cómo? Con miedo, con la retórica de Venezuela. La única manera de lograr esa mayoría popular fue sobre la base de una mentira y no de una propuesta. En el primer y segundo mandato de Uribe, la consigna había sido la destruc­ción de las FARC, que de alguna manera sintonizaba con una sociedad que se sentía agredida, pero en 2018 no propus Won nada. Simplemente se encargaron de hacer que la gente pensara que, si yo ganaba, Colombia se volvería Venezuela. Eso fue todo.


Yo pensaba que la sociedad había madurado lo suficiente como para no repetir la historia del plebiscito, pero no fue así. La sociedad colombiana realmente maduró al ver que el Gobierno que eligió mandó a la sociedad al abismo. Con esto se destruyó el gran peso político de Uribe. Y la razón es sencilla: el uribismo ya no tiene razón de ser en el momento histórico que está viviendo el país. No lograron escaparse de su propio discurso guerrerista y fueron incapaces de plantearle al país de hoy solu­ciones a los problemas que nos aquejan. Esa incapacidad los aisló de la sociedad, los debilitó y les quitó su legitimidad. Pero tam­bién están nuestras propuestas de 2018, que tienen su raíz en la Bogotá Humana, y que ahora son vistas por la sociedad como absolutamente pertinentes. Son una respuesta al presente de una nación que no puede vivir más en el pasado.


Yo creo que Duque ganó solo con el fraude. El fraude está en aquellas mesas que tienen tanto número de votos que es imposible que en la realidad se hubieran producido. Un elector demora dos minutos en promedio en el proceso de votar. La jor­nada electoral tiene 480 minutos, es decir, en un mesa votan en la práctica 240 personas. Las mesas con más de 300 votos no son reales. En el 2018 hubo más de 53.000 mesas de las 90.000 con ese comportamiento atípico e irreal. En las mesas típicas, Duque y yo empatamos, mientras que en las atípicas él tomó dos millo­nes de votos de ventaja. Allí se realizó el fraude. Los alcaldes, la mayoría son del régimen, ponen en las mesas atípicas jurados homogéneos: sus funcionarios y contratistas; allí sin testigos, meten los votos fraudulentos en las urnas y llenan los formula­rios de votantes irreales, nombre que les pasan funcionarios corruptos de la Registraduría y que pertenecen a personas que se fueron del pías y no volvieron a votar, hay seis millones de estas personas que jamás sabrán que están votando en Colombia. Cuando llega el conteo, ya el fraude está hecho. Así metieron dos millones de votos no existentes, así ganaron la presidencia.

* * *

A veces me pregunto ¿qué futuro se merece Colombia? Para mí, la respuesta incluye dos elementos: el saber y el reequilibrio con la naturaleza. Si el país se mueve hacia la mitigación del cambio climático y hacia la universidad expandida, tiene futuro. De lo contrario, no tendrá otra opción sino fenecer.

A pesar de toda la ofensiva contra mi alcaldía, si lo analizo hoy, esos dos pilares nos mantuvieron vivos en esos años. Nos permitieron mostrarle al país un programa progresista posible y hablarle con autoridad moral en las elecciones de 2018. Obtuvimos ocho millones de votos, y si uno analiza los resultados electora­les en Bogotá, le ganamos a Duque. En la capital, obtuve 1800 000 votos; nadie había sacado jamás esa votación en la historia de la ciudad. Ahora, mirando hacia adelante, las encuestas dicen que tenemos el 53 % de la intención de voto en Bogotá; es decir, gracias a Bogotá y a las reflexiones que han hecho sus ciudada­nos, yo podría ser el próximo presidente de Colombia.

El tiempo nos ha mostrado que siguen en mis programas los pilares de mi alcaldía, si bien en este moménto yo cambiaría algunas cosas. Al día de hoy, aún pienso que el Grupo Energía Bogotá tiene que ser generador de energías limpias, .10 trans­misor de energías sucias; y que la Empresa de Telecomunicaciones de Bogotá (ETB) debe llevar fibra óptica a los hogares pobres. También existen retos en cuanto a la educación. Actualmente, creo que no se trata de expandir la educación, sino de mejorarla. Hay que garantizar la universidad pública y gratuita y, por último, hay que seguir con el proyecto del metro.


Muchos me han preguntado si el metro subterráneo volve­ría a estar en mi agenda presidencial, y la respuesta es que esto depende de qué tan avanzado esté el proyecto dei metro elevado. Ya se firmó un contrato, pero a la fecha no se ha presentado un estudio de ingeniería, así que no tenemos claro cuánto puede costal el metro elevado y tampoco sabemos si sea viable. Así que es probable que el próximo presidente pueda tener dos estudios: el del metro elevado y del metro subterráneo. Si yo soy el presi­dente, escojo el que implique el mejor costo beneficio. Eso podría implicar la reformulación del contrato.


Y es que el metro no es una política revolucionaria. En la mayoría de ciudades del mundo moderno, hacer líneas de metro forma parte de una política común y corriente. Pero aquí, unos grupos de poder específicos que acumulan mucho dinero a partir de viejas tecnologías muy depredadoras lo han conver­tido en un tema controversial. Chocamos con la ortodoxia neo­liberal que provocó la destitución y mi salida del Gobierno, pero también vimos a la ciudadanía salir a la calle, llenar la plaza de Bolívar y expresarse a favor de defender sus derechos democráticos.


La Bogotá Humana se convirtió en un laboratorio de lo que podría ser una alternativa de poder en Colombia. Nuestra alcaldía fue supremamente creativa y eficaz en la construcción de políticas públicas, la mayoría de las cuales dieron los resul­tados que buscábamos. No fuimos efectivos desde la perspec­tiva de los dueños del capital, que habrían preferido fuertes inversiones públicas en infraestructuras de capital fijo, basa­das en cemento y propiciatorias de concesiones privadas. Nosotros invertimos en la gente, volvimos al ser humano el centro de la acción del Estado. No fue necesario cambiar las leyes ni el modelo económico en Colombia, simplemente tuvi­mos una ruptura con el neoliberalismo. Fue un momento de vivencia democrática muy rica.


Las estadísticas refuerzan todo lo que decimos. Fueron cua­tro años muy interesantes, incluso para los estudios académi­cos. Mostramos resultados en muchos frentes. Evidenciamos que la política de prevención en salud difiere de la salud con­vertida en mercancía; mostramos el impacto que tiene genera­lizar la calidad educativa pública; resaltamos la importancia de la mitigación del cambio climático y fortalecimos el poder público.


La estadística histórica de ocupación laboral en Bogotá durante mi alcaldía fue la más alta en la historia de la ciudad. La mitad de la ocupacion laboral tiene que ver culi el empleo de rebusque y la otra mitad con puestos asalariados. ¿Cómo se explica ese éxito desde el punto de vista académico? Solo hay una explicación: el crecimiento de la ocupación laboral estuvo ligado al mejoramiento de las condiciones de vida de la pobla­ción más pobre. Es evidente que, durante esos cuatro años, con­vertimos a Bogotá en un hermoso laboratorio de construcción de política pública democrática, dentro de las limitaciones de civil1 en un país bajo el neoliberalismo y la violencia.


Para mí, fue una experiencia personal muy intensa. A dia­rio lograba, en las juntas y las reuniones de la administración, trasladar recursos hacia los más humildes. A través de mi tra­bajo estaba logrando construcciones reales de transformación democrática que en cierta forma eran la concreción de muchas décadas de lucha. Desde el punto de vista personal, la alcaldía fue muy enriquecedora. Aun en los momentos de mi destitu­ción, pude encontrar aspectos positivos. Uno de los que más ¡estaco fue la movilización popular que permitió mi regreso a la alcaldía.


Han pasado seis años y muchas cosas han cambiado. El último dato escalofriante revela que, en una ciudad de ocho millo­nes de habitantes, solo un millón de sus ciudadanos y ciudadanas pasa el umbral de la pobreza. Se invirtió completamente el pro­ceso que lograron 12 años de alcaldías progresistas. Nosotros fuimos responsables de un tercio de ese progreso social acele­rado. En esa docena de años obtuvimos resultados muchísimo mejores que los de cualquier país bajo gobiernos progresistas en América Latina.


Sin embargo, en un solo año se desbarató todo: en 2020, con el gobierno de Claudia López. La alcaldesa no fue capaz de hacer del presupuesto distrital un instrumento anticíclico contra la rea­lidad que provocó la pandemia del Covid-19. Muchos Estados reaccionaron ante la situación de emergencia y emitieron dinero en cantidades alarmantes para proteger a sus poblaciones. La deuuda, la pandemia también los golpeó, pero indudablemente fue muy inferior al vivido en Bogotá y el país en general. Las nacio­nes que invirtieron en la población lograron recuperar las con­diciones sociales de manera más rápida con ios sistemas de vacunación. Esto no ha ocurrido en Colombia.


Claudia López cayó en la ortodoxia neoliberal, en la narra­tiva de los sectores de poder de la ciudad, y perpetuó el modelo de Peñalosa, en un momento en que lo que se necesitaba era el modelo de la Bogotá Humana. La capital tenía la experiencia para enfrentar el Covid-19 y frenar el crecimiento del hambre, la pérdida de la capacidad productiva y la pobreza. Sin embargo, López decidió generar el mayor endeudamiento en la historia de Bogotá, cerca de 3000 millones de dólares, para hacer más de lo mismo: troncales de Transmilenio. Eso, en medio de una cri­sis como la que produjo la pandemia, es realmente una enorme irresponsabilidad que destruyó las conquistas sociales que se habían conseguido en Bogotá.

Hoy López está cosechando las consecuencias por medio del estallido social. Los bogotanos, incluso con miedo al Covid-19, decidieron que había que decirle basta ya, de la misma manera como los colombianos, en todo el país, salieron a mostrar su gran descontento con la presidencia de Duque, anacrónica y repre­siva. La sociedad entera clama por un cambio. Y ese cambio, por qué no, puede ser pronto el de todos nosotros: el de la Colombia Humana.


capitulo 21, La paz, una Vida Muchas vidas.

La paz

Mi destitución a manos del procurador Ordóñez precedió por unos meses la contienda presidencial entre Juan Manuel Santos y Óscar Iván Zuluaga, el candidato uribista, en 2014. A mí me había dolido que Santos hubiera sido cómplice de mi destitu­ción. Cuando dejé el Palacio de Liévano durante un mes en 2014, la Comisión Interamericana de Derechos Humanos me había expedido por unanimidad unas medidas cautelares que el presidente desobedeció, un acto que jamás se había visto en Colombia. Nunca se había desacatado, de manera explícita, una decisión de ese organismo. Y Santos lo hizo contra mí. Respaldó a Alejandro Ordóñez, sin saber que él se convertiría en uno de sus peores enemigos.


Había regresado a la alcaldía cuando el candidato del uribismo ganó la primera vuelta. El presidente se había desplo­mado en las encuestas y, en busca de una solución pragmática, me buscó para que lo apoyáramos. Pero, en ese momento, me sentía tan decepcionado con Santos que incluso llegué a con­templar lo que habría sido un error total: una conversación con el uribismo. Recuerdo haber estado en una reunión donde se estaba discutiendo esa posibilidad, y de repente llegó Iván Cepeda, que estaba metido de lleno en las negociaciones de paz con las PARC. Quizás porque preveía que yo podía dar ese paso, entró a disuadirme y para convencerme de lo que en ese momento me parecía imposible: que yo perdonara a Santos y apoyara el proceso de paz.


Antes de mi destitución, yo no conocía los pormenores de los diálogos en La Habana, pero de vez en cuando Humberto de la Calle y Sergio Jaramillo me visitaban y amablemente me narraban el estado de las negociaciones. Para apoyarlos, yo orga­nizaba enormes manifestaciones de la ciudadanía en favor de la paz. Yo salía con Santos y por eso, cuando él se volvió cómplice de mi destitución, lo sentí como una traición profunda. Sin embargo, ese día Iván Cepeda me planteó el tema como tocaba: no en términos de ayudar a Santos, sino para ayudar al país a salir de la guerra.


Nuestra conversación me hizo rememorar el momento cuando, al pie de esa quebrada en el sur del Tolima, hablé con Pízarro sobre la necesidad de lograr el proceso de paz del M-19. Cuando Iván terminó su alegato, le di la razón: yo no podía con­vertirme en un instrumento de la guerra y de la violencia solo por mi encono con Santos. Si su gobierno era la única posibili­dad para sacar adelante la paz con las FARC, yo lo iba a respal­dar. Me comí todos mis rencores.


Algún tiempo después, se organizó una reunión con Martín Santos, el hijo del presidente. Ellos estaban preocupados, porque las encuestas no eran prometedoras y todo parecía indicar que el uribismo volvería al poder. En la reunión, el presidente me dijo de entrada: “Doctor Petro, su destitución me ha costado 4 puntos en las encuestas. Ayúdeme". Yo le respondí que así sería. En ese momento, Santos nos propuso que entráramos al Gobierno, pero yo rechacé esa posibilidad. Creía que debíamos mantener nues­tra independencia, a diferencia de Germán Vargas Lleras, que vio su oportunidad y le vendió la idea a Santos de que sin él no era posible ganar las elecciones. Ante el apremio de vencer a Zuluaga, el presidente prácticamente le entregó medio gobierno.


Para nosotros eso fue terrible, porque Vargas Lleras actuó pensando en su propia candidatura presidencial para 2018, y pronto se dio a la tarea de impedir que yo fuera candidato. Él es, en buena parte, el responsable de que Bogotá no tenga metro subterráneo, porque hizo sus cálculos y entendió que si Santos aprobaba ese proyecto yo sería el próximo presidente. Así que lo saboteó pensando en su propia aspiración. La alianza entre Vargas Lleras y el presidente, sin embargo, no influenció las encuestas. Santos había cometido un error y, más adelante, reco­noció que su error era habernos golpeado.


Nuestra actitud en ese momento fue tratar de reparar esas diferencias en aras de la paz. Recuerdo haberle dicho a Santos: “Yo lo que quiero es que usted haga la paz”. Ese fue el punto real de nuestra negociación. Establecimos un acuerdo político para que políticas de la Bogotá Humana fueran llevadas al Gobierno nacional. El presidente, en un discurso, alcanzó a decir que su gobierno debía seguir la política social de la Bogotá Humana. Pero, en realidad, nosotros no hicimos un acuerdo burocrático. No qui­simos hacer parte de su gobierno porque no nos sentíamos repre­sentados, pero sí estábamos de acuerdo en que el mayor interés de Colombia era acabar la guerra. Por eso ni siquiera llamamos a votar por la candidata de la izquierda, Clara López. Ella después entendió nuestra posición, porque además la hizo suya también.


Todos decidimos apoyar a Santos y así fue que nos metimos en la aventura de salvar la paz de Colombia. El presidente que­ría pasar a la historia por haber acabado la guerra con las FARC, que en el fondo implicaba acabar con este grupo guerrillero. No necesariamente era lo mismo, pero, desde una visión del esta­blecimiento, de todas formas era un gran triunfo. La responsa­bilidad, sin embargo, no era solo del Estado, sino también de la guerrilla, que construyó las condiciones de su desaparición polí­tica en su momento de mayor gloria militar. Ellos le habían apostado a fortalecerse armamentísticamente. Desde 1993, por su contacto con el narcotráfico, se habían inscrito dentro de una fase que se puede llamar “la fase de la guerra”


Las FARC ya no tenían nada que ver con la revolución y por eso en un comienzo me produjo mucha desconfianza un pro­ceso de paz en esas condiciones. En ese momento, levanté la tesis de la paz pequeña y la paz grande. La grande siempre la concebí como el gran acuerdo entre toda la sociedad, no exclusivamente entre el Estado y un grupo guerrillero. En cambio, fui crítico de la paz pequeña, pero oponerse significaba mandar a la muerte a centenares de jóvenes en ambos bandos, y ese tampoco era mi objetivo. Posturas como esa me separaban de los uribistas, que no habrían tenido el menor problema en destruir una opción que permitía salvar vidas humanas.


Para mí, el proceso de paz de Santos tenía un problema y es que no abarcaba la posibilidad de una paz grande. En mi opinión, era un proceso para rendir a una guerrilla que ya estaba rendida, y eso no es la paz. Sin embargo, consideraba que pasar la página del episodio de las FARC era importante para Colombia. Cualquier otra alternativa hubiera sido un hoyo negro, sin ningún tipo de efecto constructivo. Ya llevábamos 60 años en eso y no se podía prolongar más. Firmada la paz, el país podría pensar en otros asuntos, como la democracia y las reivindicaciones sociales. En ese sentido, el esfuerzo de Santos era válido.


Así que, cuando nos metimos en la actividad electoral para ayudar a Santos en la segunda vuelta, la opinión pública de la capital respondió y entendió. Nuestro mensaje fue que Bogotá tenía que ser la capital de la paz y no podía permitir la destruc­ción de esa esperanza. Si en la primera vuelta Zuluaga había ganado en la capital, en la segunda la ciudad apoyó mayoritariamente a Santos, lo que le permitió obtener su segundo período presidencial.


El rol que jugamos en la victoria de Santos nos convirtió en un factor determinante para la política colombiana. Las normas de la política tradicional establecen que habríamos podido nego­ciar una serie de objetivos por nuestra participación en las elec­ciones. Algunos años después me pregunté por qué no habíamos pedido el metro subterráneo a cambio de nuestro apoyo. Alvaro Leyva me había dicho que Santos era básicamente un jugador de poker que no da puntada sin dedal. Todo lo calculaba y de él podía surgir la colaboración, pero también la traición, como ya lo habíamos probado. Es probable que él nos hubiera apoyado con el metro, pero no quise usar esa carta. Puede que yo haya sido ingenuo, pero en el fondo creo que nuestra independencia nos preservó como alternativa. La otra opción habría sido vol­vernos santistas y participar en un gobierno que no estaba mar­cado por una visión popular y democrática, sino que pertenecía al establecimiento, a pesar de que muchos miembros de los clu­bes y de los espacios de la élite atacaran a Santos y lo tildaran de traidor, comunista, farsante o guerrillero.


Con el presidente estábamos juntos en un tema, que era la paz, y yo creo que se cumplió. Él hizo el esfuerzo de acabar una gue­rra, y esa guerra terminó. Uno de los eventos que recuerdo de esos años fue el plebiscito para refrendar el Acuerdo de Paz en 2016. Yo sentía que el plebiscito se iba a perder. El nivel defake news que había construido el uribismo me daba la impresión de que ellos iban a ganar. Santos nunca pensó que iba a perder y muchísima gente en Colombia y fuera del país veía como un imposible el hecho de que la sociedad misma se suicidara. Pero la mentira y el miedo vencieron y fueron decisivos en ese triunfo electoral del uribismo. Fue el mismo método empleado por Goebbels, el jefe de comunicaciones de Hitler, y su efectividad fue rotunda.


Ese año las fake news fueron claves en muchos triunfos de la derecha, como la elección de Trump o el Brexit. El plebiscito hizo parte de esa tendencia. Yo sentía que, si me ponía a hacer una campaña nacional, podía reunir unos apoyos que, al igual que cuando triunfó Santos en la segunda vuelta, podían ser determinantes. Santos no lo vio de esa manera y no me invitó a participar en esa campaña. En vez de eso, contrató unas ONG que hicieron una pésima labor, porque no entendieron que, como cualquier campaña, esta tenía que ser política.


Hoy pienso que probablemente nos excluyeron para no darme fuerza electoral. Sin embargo, siempre he creído que la coalición Santos-Petro debió haberse expresado en ese momento. Porque si yo hubiera tenido los recursos para poderme mover por el país, el resultado habría sido el contrario. Solo 65000 votos separaron al No del Sí. Era una diferencia que se habría podido superar per­fectamente. Cuando ganó el No, me sentí impotente, porque ni siquiera se les ocurrió a nuestros propios amigos que eran parte del Gobierno y que hacían parte de esas ONG, que era importante que nosotros nos comunicáramos con la población.


En algún momento, un poco desesperado, me propuse hacer una manifestación en Medellín, donde el uribismo era más fuerte, para intentar disminuir la ventaja . Alcancé a dar la directriz, aunque no tenia dinero. Teresa Muñoz nos iba a ayudar allá. Antes de concretar la idea la vi muy temerosa, puso muchos peros, y justo en ese momento me enfermé. Me tuvieron que hospitalizar durante siete días en la Fundación Santa Fe, porque había expulsado sangre. Aparentemente había sido una úlcera, pero los médicos nunca supieron la causa real. Quizás fue todo el estrés político, que se convirtió en una dolencia física.


Mi hospitalización ocurrió más o menos una semana antes del plebiscito. Yo me estaba preparando para ir a la única invita­ción que tuve en campaña, en Quito. Correa aún estaba en el poder y me invitó a dar una conferencia en un foro de grupos políticos. Yo me alcancé a recuperar a tiempo para hacer el viaje. Todos los colombianos en Ecuador solo hablaban del triunfo del plebiscito, y yo fui el único que auguró la derrota. Más que estar desilusio­nados con esa posibilidad, la izquierda latinoamericana se desilu­sionó conmigo. Como dicen, el culpable siempre es el mensajero y, al otro día, efectivamente, llegó e.-u mala noticia.


Sentí una frustración inmensa, porque Uribe se empoderó de nuevo con ese triunfo, justamente cuando lo creía derrotado. De la noche a la mañana, se había convertido en la piedra en el zapato para la posibilidad de la paz en Colombia. Santos, después de perder el plebiscito, hizo una especie de baipás raro para sal­var el acuerdo, pero ese proceso ya estaba herido a muerte, poi­que había fracasado públicamente. Lo único que se había obtenido era la rendición de las FARC y, visto así, era fácil que muchos militantes de esa guerrilla volvieran a las armas y a la violencia.


En ese momento, el uribismo lanzó una consigna vergon­zosa que nunca han querido reconocer: la de hacer trizas la paz. Fue un invento de Fernando Londoño Hoyos; y era tan fuerte que ni siquiera el mismo Uribe la pronunciaba, pero de todas formas se regó como la pólvora y quemó el edificio de la paz. Porque, en efecto, volvieron trizas la paz y el legado de Santos quedó en puntos suspensivos. El plebiscito mostró la debilidad del acuerdo y muchos nos empe, amos a preguntar ¿por qué razón seis millones de colombianos votaron en contra de la paz?


No es una cuestión que se explica exclusivamente por el uso eficaz de las fake news. En realidad, el proceso no tema anclaje en la sociedad, en especial, en la urbana. La situación fue dis­tinta en las regiones que habían vivido la violencia y que, de hecho, votaron por el Sí. Fueron las ciudades las que le dieron la estocada final al plebiscito, evidenciando algunos nexos inte­resantes entre el proceso de paz y ese mundo urbano.


En una localidad con tanto respaldo hacia mí como Ciudad Bolívar, por ejemplo, ganó el No. De ahí mi impotencia, porque creo que mi presencia habría podido cambiar las votaciones. Hay un dicho popular que asegura que no hay mal que por bien no venga, y el fracaso de Santos provocó nuestro ascenso. Pero, para eso, aún faltaba un poco.

* * *

Por las mismas fechas en que el engranaje de la historia se tor­cía en torno al proceso de paz de Santos y las FARC, yo entré en una crisis personal. A inicios de 2016, cuando finalizó mi alcal­día, me quedé sin qué hacer y no supe cómo manejarlo. Me había acostumbrado a manejar en Fórmula 1 y de repente me había quedado sin carro. Además, me había quedado comple­tamente solo. Es una de las derivas del poder. Cuando uno maneja billones de pesos y puede dar miles de empleos, mucha gente se acerca con diversas intenciones. Y cuando uno pierde ese poder la gente se aleja. Es una marca del oportunismo con el que tenemos que lidiar todos los seres humanos. Una vez se terminó mi alcaldía, toda la bancada que habíamos elegido al Concejo se fue para otro partido. En su lugar, sin embargo, apa­recieron nuevas compañías.


Aunque solo veía a mi familia, mi comunicación por Twitter o por Facebook me permitía estar en contacto con centenares de miles de personas a diario. Fue una soledad extraña, porque realmente no me sentía del todo a solas. Mucha gente humilde, que tenía esperanzas políticas en todo el país, me escribía cons­tantemente. Así, empecé a crear nuevas redes que me permitían pensar en una nueva construcción política. Esas redes se volvie­ron cada vez más fuertes y me ayudaron mucho. Yo no lograba medir la incidencia que tenía en la sociedad, pero caminar por las calles de Bogotá era halagador. El calor popular me hacía ver que los años de la Bogotá Humana no estaban perdidos, a pesar de estar viviendo bajo el gobierno de Peñalosa y tener que obser­var cómo él destruía paulatinamente por completo el trabajo que habíamos hecho.


Fue un momento muy difícil de sobrellevar, en especial por­que me habían inhabilitado políticamente. Ellos querían lle­varme a la cárcel y me querían quitar los derechos políticos, como ya había intentado Ordóñez sin éxito. Entonces recurrie­ron a ponerme sanciones con multas exorbitantes como resul­tado de mis políticas públicas, un acto que violaba la Convención Americana de Derechos Humanos.


Una de las artimañas fue la siguiente: el contralor de Bogotá sumó todo lo que había dejado de percibir el sistema de buses pri­vados después de mi decisión de no subir las tarifas del transporte público. Para llegar a la suma multiplicó 2 millones de viajes al día, por los 30 días de un mes, por los 12 meses de un año, por 3 años. Ese había sido el tiempo en el que había regido mi política de adecuación tarifaria, para que las personas pobres pudieran usar el sistema de transporte. El contralor convirtió esa suma en una multa contra mí. Y no lo hizo una sola vez, sino varias veces.


Creo que llegué a ser el hombre más endeudado de Colom­bia. Ni siquiera la corrupción desatada en la ruta del Sol II, por el consorcio de Odebrecht y Luis Carlos Sarmiento, llegó a ser multada con la misma magnitud que yo. En ese momento, no tenía ningún ingreso, mi única propiedad era mi casa familiar, que, por haberla puesto como propiedad de mis hijos, se salvó de los embargos, pero no tema ni cómo pagar las cuentas ban- carias del crédito hipotecario de esa vivienda. Quedé en una situación donde conseguir el mercado del día siguiente para mi familia era un problema.


Después surgió el caso de la Transportadora de Gas Internacional (TGI), por medio del cual el fiscal general Néstor Humberto Martínez intentó meterme preso. Según la informa­ción que tengo, él había discutido el asunto con Sarmiento Angulo. Ellos me acusaban de haber comprado acciones de esa empresa, que se había convertido en la transportadora de gas más importante de la Empresa de Energía de Bogotá. Pero su plan fracasó: el Gobierno de los Estados Unidos apresó al fiscal encargado de construir el proceso contra mí.


Al señor le habían grabado una conversación en la que hablaba sobre unas comisiones con un político corrupto y lo encontraron culpable en ese país. Increíblemente, cuando lo capturaron, los documentos de mi proceso estaban en su carro. El tema de TGI sí era criticable, pero no porque yo hubiera cometido un delito, sino porque mi gobierno no logró cambiar la matriz de la Empresa de Energía Bogotá, que se sustentaba en el gas. Es decir, en una fuente de energía sucia. Una de las tareas que quedó pendiente de mi mandato fue trasladar esa matriz hacia energías limpias.


A pesar de las multas, de los procesos en mi contra y de mi difícil situación económica, aparecieron manos que me ayuda­ron. Algunas muversidades por fuera áe Bogotá me apoyaron y, sin saber muy bien cómo, logré sobrevivir. No tuve que salir del país y derroté, uno a uno, los procesos que pretendían la pérdida de mis derechos políticos. Todos esos casos, que eran docenas, tenían la intención de que yo no pudiera inscribirme para las elec­ciones presidenciales de 2018. Pero, gracias a una serie de aboga­dos amigos, que no me cobraron un solo peso, pude vencerlos. Finalmente, la justicia suspendió todos los procesos en mi contra y la mayor parte de las multas que me quitaban mis derechos polí­ticos. Así que logré inscribirme como candidato presidencial a través de una recolección de firmas. Ahí empezó otra historia.