miércoles, 25 de octubre de 2023

Capitulo 19, La Bogotá Humana, una Vida Muchas vidas.

 

La Bogotá Humana

En el 2011 decidí participar en la campaña a la Alcaldía de Bogotá. Recuerdo a Alejandra Rodríguez, una activista política que había sido edil de Kennedy por el Polo, cuando pasó por mi oficina y me dijo que debía lanzarme a esa posición que, desde hacía 15 años, era una posibilidad en mi carrera pública. Así lo hice. Mi campaña comenzó en julio y las elecciones eran el 20 de octubre. Así que nos dedicamos a crear una campaña que demostrara nuestra línea política y la filosofía detrás del que sería nuestro gobierno.


Para mí era muy importante el contacto directo con la gente, así que salí a repartir mi programa por las calles de la ciudad. Mientras andaba como cualquier peatón por las diferentes loca­lidades, mi candidatura comenzó a tomar fuerza. Se vincularon muchas personas que no hacían parte del Polo, muchos jóvenes y personas de los sectores populares. Eso me dio un aire renova­dor a la campaña, aquellos a quienes comenzamos a nombrar como “las nuevas ciudadanías”. La campaña se convirtió en un acumulado de las luchas sociales de la ciudad de Bogotá: se unie­ron grupos ambientalistas, feministas, colectivos de arte urbano que participaron en las movilizaciones con grafitis, y música: del hip hop, al ska, pasando por la salsa o géneros más duros como el metal. Los colectivos animalistas también hicieron parte de nuestra campaña, pues me había comprometido con la ciudad a no permitir las corridas de toros. Nuestra campaña ter­minó siendo un inmenso caldo de juventud. Tal como había pronosticado César Caballero, desde Cifras y Conceptos, nues­tra campaña creció mucho y terminó en un triunfo.


Ese triunfo vino al poco tiempo de salir del Polo, cuando creíamos que estábamos comenzando, otra vez, desde cero. Fue una sorpresa haber ganado la alcaldía de la principal ciudad de Colombia. Nos propusimos mirar el tema urbano como un tejido de narrativas diferentes, enfocado en los sectores popu­lares: en los estratos 1 y 2. Otra de nuestras ideas centrales, que aún no se había vuelto un tema tan fuerte y abrazado por movi­mientos populares, era el cambio climático. La discusión del medio ambiente casi siempre estaba limitada a un contexto local; sin embargo, pensaba que el tema del cambio climático era —y es, tal como lo estamos viendo hoy con las inundacio­nes, las emisiones de carbono, los aumentos de temperatura, el plástico que inunda y acaba con la fauna y flora marina, etcé­tera— un asunto global. Se trataba y se trata de supervivencia humana, y de una crítica al capitalismo y a la acumulación de capital en todas sus formas. Ese tema para mí era central como un programa político dentro de la campaña a la alcaldía. Me parecía importante preguntarse cómo adaptar la ciudad al cam­bio climático y cómo mitigar ese fenómeno en la ciudad, de ahí que este se convirtiera en un punto central de la agenda política.


Estábamos construyendo una nueva narrativa de la ciudad, alejada de la visión clásica tradicional de izquierda, que mante­nía el Polo Democrático sobre la ciudad, y que había estado detrás de las concesiones de gobiernos como el de Lucho Garzón y el de Samuel Moreno. También era una visión de ciudad tre­mendamente diferente a la propuesta por el neoliberalismo sal­vaje de Enrique Peñalosa y alejada de la idea mockusiana de construcción de ciudadanía en singular. Gran parte de la pobla­ción entendió esa nueva propuesta, que se hizo desde un movi­miento que llamamos “progresista” y que se construyó a partir de recoger firmas. Se trató, por fin, de un movimiento eminen­temente popular.


Así comenzó un gobierno alejado de los partidos políticos tradicionales. Logramos un éxito rotundo en las elecciones, gra­cias a la genialidad de algún compañero que logró vincular buena parte de la votación a la alcaldía, al Concejo. Pudimos elegir una bancada de 9 concejales de 45. Aunque logramos una bancada importante, seguíamos siendo minoría.


Las mayorías del Concejo, pasaron a ser grupos de oposi­ción a mi alcaldía. En esas mayorías se encontraba el Partido Verde y fue interesante ver cómo el partido que había ayudado a fundar, ahora respondía a los intereses y a la visión de ciudad de Peñalosa. Era paradójico que ese partido fuera oposición a mi gobierno. De hecho, el Partido Verde nos quitó la posibili­dad de una mayoría en el Concejo: ellos tenían 4 concejales, y a nosotros nos tocó gobernar sin Concejo. Era una tarea muy difí­cil, pues sabíamos que la alternativa para conquistar la mayoría en el Concejo era entregar, como lo había hecho Samuel Moreno, cuotas burocráticas a los partidos tradicionales. Cada vez que eso se había intentado, resultaba en procesos de corrupción y nosotros no queríamos eso.


La configuración del equipo de gobierno se organizó para garantizar que hubiera paridad de género. Era un mensaje polí­tico para la ciudad. La mitad del gabinete eran mujeres, incluso llegaron a tener más poder que los hombres. Las huestes de fun­cionarios públicos de los nuevos programas eran en su mayoría mujeres, así que buena parte de los programas de la Bogotá Humana fueron ejecutados por fuerzas femeninas. Propusimos tres programas centrales: el primero buscaba superar la segrega­ción social en una de las ciudades más desiguales del mundo, el segundo propuso programas para mitigar el cambio climático, y el tercero giró en torno al fortalecimiento del poder público.


La desigualdad social llevaba a una segregación territorial. Los pobres en un lado, y los ricos en el otro. Existía una dife­rencia en la calidad de los servicios públicos urbanos, ofreci­dos según los estratos. Queríamos apostarle a superar la desigualdad social en Bogotá y por ello esta fue una de nues­tras banderas. El segundo tema que gravitaba alrededor del cambio climático implicaba un ordenamiento de la ciudad alre­dedor del agua. El eje rector de una adaptación al cambio cli­mático tiene que ver con el ordenamiento territorial alrededor del cuidado del agua. El ciclo del agua es el primero que se ve afectado por la crisis climática y por eso queríamos que este tema fuera central en nuestro gobierno. Y el tercer eje, que tenía que ver con el fortalecimiento del poder público, era el instru­mento que permitía avanzar en las dos primeras tareas. Aquí rompimos por completo con una visión neoliberal de la ciudad, pues nuestra idea era fortalecer las empresas e iniciativas públi­cas. Bogotá tenía unas empresas públicas que habían resistido los embates de la privatización, y eran empresas poderosas que queríamos fortalecer, como la Empresa de Energía Eléctrica, la Empresa de Telecomunicaciones de Bogotá y la Empresa de Acueducto de la ciudad. No era coincidencia que lograr ese for­talecimiento también nos fuera a ayudar en los primeros dos ejes de mi gobierno.


En el eje de la inclusión social, la educación, la salud, y la inclusión de los grupos discriminados por motivos de género, orientación sexual o por razones étnicas, se volvieron temas fun­damentales para la Colombia Humana. Configuré un equipo de gobierno que fuese capaz de acometer estos retos. Entendíamos que no podían tener un éxito total en tan solo cuatro años de gobierno, pero la Bogotá Humana, como llamamos a nuestra administración, se convirtió en una transición para alcanzar gradualmente estos objetivos.

Uno de los temas que rescato de mi administración es que hubo mucha coherencia. Las actividades diarias y administra­tivas iban de la mano con los programas que nos propusimos. Nosotros no construimos un programa con ideas alquiladas que solo buscaban remediar las urgencias del momento, sino que por el contrario trabajamos incansablemente durante cuatro años en estos tres ejes programáticos.

En mi opinión, el resultado fue muy importante. Fue mi pri­mera experiencia de gobierno y una experiencia del progre­sismo a escala latinoamericana. Creo que es una experiencia que debe ser tenida en cuenta, porque los programas concretos que aplicamos en los tres ejes programáticos fueron una especie de laboratorio de una política pública muy interesante. Ese labo­ratorio tiene vigencia para ser extendido a todo el país, de hecho, el programa de la Colombia Humana de carácter presidencial que construimos para el 2018 tiene sus raíces en buena parte en esta experiencia de la Alcaldía de Bogotá.

La educación se convirtió en un tema central en nuestro objetivo de superar la segregación territorial. Existe una brecha entre la educación pública y la educación privada en Bogotá que determina un punto de partida de desigualdad para la juventud. Hay una brecha entre quienes reciben educación privada y quie­nes reciben educación pública. Geográficamente, esa diferen­cia también estaba creando una brecha territorial en mi alcaldía, que resultó en segregación territorial. Para revertir este modelo, lanzamos un programa de incremento de la calidad educativa pública, porque, por lo menos hasta la secundaria, no existía un programa de calidad en la educación en la ciudad.

Ese incremento de calidades tuvo que ver con la adecuación de las infraestructuras educativas. Fue necesario mejorar su nivel tecnológico, implementar desde cero las bandas anchas para que los colegios pudieran estar conectados a internet y mejorar la educación del profesorado. Pensamos que, si se que­ría ver un aumento en la calidad educativa, lo más importante era fortalecer la educación de los profesores.

Desde el distrito pagamos todos los ciclos de educación de posgrados para profesores en Bogotá. Existían unos 34 000 maes­tros y maestras y logramos cubrir 5000 posgrados. Lo considera­mos un número bastante importante, que les dio acceso a programas de doctorado, maestrías y especializaciones. Nuestro objetivo no era cambiar a los profesores, sino darles acceso a una mejor educación. Fue un proceso de transformación.


También se incrementaron las horas de estudio, que habían sido reducidas por una política neoliberal del Gobierno nacio­nal, que le había quitado recursos a la educación, para transfe­rirlos a la guerra. Nosotros hicimos un proceso inverso y contratamos cerca de 5000 nuevos maestros. Los nuevos pro­gramas educativos ya no giraban solo en torno a las matemáti­cas, la física y la química, sino que se crearon programas para la historia, el arte y la cultura. A mí me parecía fundamental la for­mación en cultura, pues creía que permitiría que los niños y niñas pudieran entender y crecer con el poder y el capital sim­bólico de las artes en general. Como me había ocurrido a mí con la lectura, más allá de la alfabetización o la memorización de algunos contenidos, los libros me hicieron libre y consciente de la diversidad del mundo.


Pensaba que si esa generación tenía esa oportunidad, habría una explosión artística en la ciudad de Bogotá. El arte y la cul­tura deben ser una de las grandes cualidades de una ciudad que no tiene mar, no tiene río navegable y está en el centro de un país grande, es decir, una ciudad con escasas posibilidades de conexión geográfica con el mundo. En este sentido, hubo dos programas en mi administración que fueron claves para fomen­tar ese capital acumulado. El primero fue convertirla Orquesta Filarmónica de Bogotá en una escuela de música clásica pagada por el distrito. Convertimos a los músicos en maestros para que pudieran irradiar una educación musical en todos los colegios públicos de la ciudad. Alrededor de 20.000 jovencitos y jovencitas se vincularon al programa. El modelo intentaba aprender de “El Sistema’, creado en Venezuela en 1975 por José Antonio Abreu, que irradió a una sociedad y del cual es hijo el director Gustavo Dudamel, entre miles de músicos profesionales que tiene el país vecino.


La vinculación al programa de música no se hizo con un sis­tema barrial, sino desde el colegio, pero de alguna manera eso también afectó a los barrios de la ciudad. El programa permitió que los niños y niñas de los barrios más pobres de la ciudad estu­vieran con expresiones artísticas y produjeran ellos mismos obras de calidad. De repente, esto también cambiaba la cara de los barrios. Ahora se veía a una niña, de bajas condiciones eco­nómicas, salir de su casa con un violín al hombro. Todo el vecin­dario tenía ese nuevo paisaje. Hicimos compras masivas de este tipo de instrumentos musicales para los colegios. Los estudian­tes que se vinculaban a estos procesos, podían practicar en sus propias casas. Fueron cambios revolucionarios, que cerraron la brecha entre la educación pública y la privada.


Llegué a pensar que en mi gobierno esa brecha se reduciría a cero. En realidad, lo que hizo fue impulsar un esfuerzo pri­vado para aumentar la calidad educativa en los colegios. Fue un proceso virtuoso. A partir de los saltos educativos, la ciudad dis­minuyó la desigualdad social. Aún hay una tarea por cumplir en la educación superior, pues lo que logramos fue a paso bal­buceante. Queríamos conseguir los mismos avances en la edu­cación superior, pues es un paso necesario para la construcción de una sociedad de conocimiento. Durante mi alcaldía, funda­mos tres sedes universitarias en localidades pobres de la ciudad: Ciudad Bolívar, Bosa y Kennedy.


Creo que esta es una crítica que me hago a mí mismo. Si hubiéramos percibido más rápidamente el tema, habríamos podido incentivar otras tres sedes. El programa quedó parali­zado después, pero lograr una cobertura del 100 % de educación superior en la ciudad de Bogotá es hoy posible con los recursos de la capital. Es un tema fundamental.


Si lo comparamos con el tema de la cultura, Bogotá es una ciudad que no tiene ninguna posibilidad en el mundo, si no es a partir de la construcción de una sociedad de conocimiento. Bogotá debe construir ramas productivas urbanas que tengan como eje central el conocimiento en la industria, en la manufactura y en los servicios. La ciudad no tiene otro futuro. El presupuesto para la educación en mi alcaldía fue mayor que el del gobierno de Lucho Garzón, que había sido un hito en la ciudad. Sin embargo, en los medios de comunicación del establecimiento, se vendía la idea de que no habíamos hecho ningún colegio nuevo. Hablaban sobre nuestro proyecto educativo de una manera muy perversa, porque trastocaron algunos conceptos que la ciudadanía no lograba enten­der. Nosotros habíamos construido sedes nuevas en colegios pre­existentes para extender las plazas de estudios, pero la prensa aseguraba que nosotros no habíamos creado ni un solo colegio.


No era cierto que no habíamos creado colegios, porque construimos colegios en zonas deficitarias. Llegamos a comple­tar 45 sedes nuevas 23 fueron entregadas por nosotros y las otras las dejamos en el proceso de construcción o de contrata­ción. La ciudadanía hoy no es consciente del salto educativo en la capital, del enorme esfuerzo que se dio.


En el tema de la salud, también decidimos romper con el modelo neoliberal de la Ley 100, copiando algunos modeles internacionales. Como ya lo he dicho, la Ley 100 desfinanció la red hospitalaria pública; los hospitales públicos se caían y exis­tía un déficit contable enorme. No tenían para pagar los contra­tos de las enfermeras, de los médicos, disminuían servicios, echaban personal, y lo que teníamos era un esqueleto del régi­men de salud público. Todo esto se dio con la complicidad de los gobiernos de izquierda jue no se atrevieron a romper con la Ley 100.


En la alcaldía de Lucho, se implemento un programa muy marginal, liderado por médicos de izquierda, que trataba de imi­tar el modelo costarricense y cubano de atención en el hogar. En el mandato de Samuel Moreno, eso se había paralizado, y lo que hizo su alcaldía fue crear una EPS dentro del modelo de la Ley 100. Ese caso fue terrible porque el mayor presupuesto salía de la alcaldía, pero una EPS privada y corrupta se llevó ese dinero a sus propias clínicas y hospitales. Este programa generó un enorme déficit contable por más de 250.000 millones de pesos, unos 125 millones de dólares de la época, para la red pública hospitalaria, que cuenta con 22 hospitales. Catorce de esos hospitales ya estaban prácticamente quebrados cuando lle­gamos nosotros, y a eso le dimos un cambio sustancial.


El tema de la salud lo dividimos en dos programas. El pri­mero fue el programa que había iniciado Lucho, de médicos a su hogar. Lo volvimos poderoso. Creamos 1.000 equipos médi­cos, y nos enfocamos en los estratos 1 y 2. Los equipos médicos tenían presencia en 1.000 microterritorios de 800 familias cada uno y cada equipo médico tenía la capacidad de visitar un hogar, varias veces al año. Logramos cubrir cerca de 800.000 hogares, una población total de 3.800.000 personas. En el último año de mi alcaldía, completamos 7.700.000 consultas. Esto se convirtió en una gran base de investigación científica sobre la ciudad de Bogotá. 


Dentro ese programa también montamos los llamados Camad, Centros de Atención Médica a Drogadictos, que fueron una revolución, porque eran centros de atención a personas que llegaban voluntariamente con problemas de adic­ción. Comenzamos esta atención en el sitio más degradado de Bogotá, conocido como el Bronx. Nos dejó unas experiencias enormes. Se hicieron 65.000 consultas en esta materia y la mayo­ría de quienes llegaban no eran habitantes de calle, sino jóvenes de colegios de barrios populares. Esas 65.000 consultas también fueron una gran base científica para estudiar el problema de la drogadicción en Bogotá. Lo revolucionario de este programa era que por primera vez en Colombia la relación del Estado con el adicto no era con un bolillo y el calabozo, sino con un médico. La atención que se brindaba era pública y la concepción del asunto era que se trataba de un problema de salud pública.


Todos estos elementos generaron una gran ruptura con las visiones tradicionales de la administración y de la política a nivel nacional. Durante nuestra alcaldía también generamos ideas de nuevo urbanismo. La ciudad de Bogotá, por su propio creci­miento demográfico, como resultado de la emigración que las violencias han traído, se ha ido expandiendo. Es una de las ciu­dades más grandes del mundo y su expansión ha sido utilizada por el mercado para fines especulativos, sobre todo al norte de la ciudad. De eso se hizo un enorme negocio corrupto con par­ticipación de funcionarios. El negocio consistía en expandir la ciudad, porque la expansión de una ciudad implica de igual manera la expansión de sus servicios públicos y la movilidad, entre otros aspectos. Ese movimiento va volviendo la ciudad más cara y segregada, ya que las familias pobres se van al lugar donde la tierra es más barata. Eso lo encontraron al sur de la ciu­dad, donde no había servicios públicos. Tras aquel negocio se acumularon enormes fortunas. Los especuladores compran la tierra rural barata y luego con su influencia política convierten esos terrenos en urbanos y multiplicah por diez o veinte lo que invirtieron.

Ese negocio llegó a ser más poderoso que el de la cocaína. Aquí generamos una política alternativa para detener el creci­miento de la ciudad e hicimos una política de bordes. Esto tam­bién tenía que ver con la adaptación de la ciudad al cambio climático. Lo que pensábamos era que densificar la ciudad en el centro permitiría reducir costos de servicios públicos y mejo­rar la movilidad. La gente podría usar la bicicleta como método de transporte o incluso caminar, y se disminuiría el uso del carro particular, que destruye cualquier ciudad.

Lo que queríamos era llevar a las personas pobres a vivir dentro de la nueva urbanización en el centro de Bogotá. De esta manera también conseguíamos mezclar los estratos, pues esto permitiría superar la segregación social. El Gobierno nacional no creía que fuera posible construir vivienda para personas pobres en el centro de la ciudad, porque la tierra es muy costosa, pero probamos que sí se puede. Simplemente combinamos los usos en una sola edificación. En el primer y segundo piso, ubi­camos locales comerciales de alto valor, y ese dinero fue usado para financiar el resto de los pisos. En últimas, logramos subsi­diar la vivienda para familias pobres, con los dos primeros pisos de uso comercial. A esto le llamamos vivienda de interés prio­ritario y logramos ubicar población muy pobre dentro del área central de la ciudad, lo cual los puso en contacto con la mayor parte de las transacciones económicas y les dio acceso a opor­tunidades que les permitieron salir de la pobreza.

Este proyecto lo hicimos en la práctica, no de manera masiva, pero logramos demostrar que se podía hacer. Inauguramos varios proyectos de interés social y le dimos prioridad de acceso a las madres cabeza de hogar. En mis últimos años de administración quise llevar estos proyectos a otras zonas de la ciudad, entre esas al norte de Bogotá» en las áreas más ricas de la capital. Sabía que iba a ser muy difícil la implementación en estos sectores y no le auguraba mucho éxito al proyecto, a pesar de que había sido exi­toso en otras ciudades del mundo, como Nueva York y Londres.

Las edificaciones habrían sido estéticamente similares a las de su entorno y le permitiría a familias pobres vivir en zonas ricas de ia ciudad. Este proyecto causó escándalo. Usaron jue­ces para detener el programa, nos quitaron el pie necesario para poder implementarlo, y al final esto mostró la dinámica de segregación social que está tan arraigada en la mente de la clase media bogotana. Es una lógica dañina para la ciudad que per­petúa la segregación social.


Según cifras del DAÑE, la entidad oficial de estadística de Colombia, que es independiente a la Alcaldía de Bogotá, la pobreza multidimensional cayó sustancialmente en nuestro mandato. Recibimos la ciudad con un 12 % de la población en pobreza multidimensional, y entregamos la ciudad con 4.7 %. ¡Ese fue el indicador cumbre! La pobreza multidimensional es un indicador construido por las Naciones Unidas que mide la eficiencia de los gobiernos locales. La reducción de la pobreza multidimensional en el año 2015 fue el gran resultado de la Bogotá Humana.


Dicha cifra después se revirtió, pero nos permitió ver la efi­cacia de la política pública que habíamos construido. Eso tam­bién tuvo correlación con estadísticas más concretas, por ejemplo, en la salud. Casi todos los indicadores internacionales de morbi­lidad y mortalidad fueron exitosos en el programa de la Bogotá Humana. Igualmente, me enorgullece mucho que cumplimos el objetivo del milenio en cuanto a mortalidad materna. Logramos la disminución en la tasa de la mortalidad materna, los niveles de reducción de desnutrición fueron sustanciales y 65.000 niños dejaron de trabajar.

Viendo hoy todas las estadísticas sociales, antes de la pan­demia, la ciudad nunca había alcanzado unos niveles de desa­rrollo social como los que se lograron en la Bogotá Humana. La prensa nos criticó y nos tildaron de populistas, por el gasto de dinero público en programas sociales. Algunos decían que estaba regalando la plata, pero invertir en salud y en educador no es regalar la plata , es invertirla.

También nos criticaron porque no estábamos haciendo nada por el tema económico, pero la experiencia y las cifras de la Bogotá Humana demuestran lo contrario. Si se observa con cui­dado el cuadro de tasa de ocupación laboral, que incluye el sec­tor formal e informal, fue la más alta en la historia del país. Entre más se hizo un esfuerzo para disminuir la pobreza y la desigual­dad social, más crecio la tasa de ocupación. Este resultado choca con los planteamientos del neoliberalismo, pero yo creo tener una explicación: disminuir la pobreza con un fuerte componente de política estatal lleva a aumentar el mercado interno. En el caso de la ciudad de Bogotá, eso es clave, pues por su tamaño la ciu­dad vive de sí misma. Entonces, el incremento del mercado interno permite una expansión de actividades económicas que a su vez generan empleo. En últimas, dicha dinámica contribuye con la disminución de la pobreza, se incrementan puestos de trabajo y hay nuevas oportunidades. Eso fue lo que se vivió en Bogotá. Por esa raz m las cifras del crecimiento económico galo­paron por encima del promedio nacional.

De manera paralela, hubo una gran política de inclusión a grupos discriminados en la ciudad. Tratando de ser coherentes con nuestro programa, nos centramos en varios grupos, uno de esos fueron los recicladores. La Corte Constitucional nos exigía remunerarlos por su servicio público. A mí me apasionó este tema. Cambiamos nuestro modelo de aseo, incluimos a los recicladores en ese modelo y desprivatizamos. Esto nos permitió bajar las tarifas al usuario, porque los cuatro empresarios del aseo se estaban robando el dinero. Redujimos tarifas que, aún reduci­das, daban utilidad para la empresa pública de aseo, que se con­virtió en la más grande de Colombia, y que fue la Empresa de Acueducto. Esta empresa empezó a tener mayor valor, y esto fue coherente con nuestra idea política de fortalecer el poder público.

Aun reduciendo las tarifas al usuario, pudimos remunerar la actividad de los recicladores. Esa remuneración nunca se había hecho y fue lo que, en parte, permitió superar la pobreza. También se dignificó el trabajo de los recicladores, que antes se veían como personajes harapientos sacando de las basuras lo que consideraban que se podía vender después en alguna bodega y viviendo al límite con sus niños en una zorra, esa especie de carruaje tirado por un caballo flaco.


Con los recicladores hicimos una serie de cambios y mejo­ras que me parecieron mágicos. Liberamos los 2700 caballos de trabajo que había en la ciudad. Los entregamos a gente volun­taria, dueña de fincas en los alrededores de Bogotá, y se acabó el trabajo animal en la ciudad. Fue un reequilibrio en las activi­dades económicas del ser humano y la naturaleza. Sesenta y cinco mil hijos de los recicladores dejaron de trabajar y se dedi­caron a estudiar. Las familias recicladoras recibieron uniformes. Esas mismas familias lograron cambiar sus sitios de vivienda y mejoraron su calidad de vida. También empezaron a mecanizar sus labores, y esto aumentó el reciclaje, que es fundamental en una política de mitigación del cambio climático.


Otro programa que fue fundamental, y me arrepiento de no haberlo comenzado antes en mi alcaldía, fue la labor con las tra­bajadoras sexuales. Iniciamos con aquella mujeres mayores que prácticamente vivían en la calle y tratamos de solucionar el pro­blema de arriendos. Otro trabajo importante, desde el punto de vista de la discriminación, fue con la juventud marginada. Nos metimos con pandillas que ya estaban en la delincuencia. Teniamos una juventud excluida completamente de las oportu­nidades. La mitad de los jóvenes que salen del colegio público no ingresan a la universidad. La mayoría de los muchachos ingresan a grupos delincuenciales en la calle y las muchachas quedan embarazadas y les toca fundar una familia solas. Ese, por un lado, es un círculo de pobreza, pero también un círculo de inseguridad ciudadana.


El tema de la seguridad ha sido problemático en Colombia, y divide los sectores políticos y sociales. En Bogotá, desde la alcal­día de Mockus, venimos argumentando que la seguridad depende de la construcción social y no de la represión policiva. Hicimos un programa específico, que dio muy buenos resultados. El pro­grama consistía en pagarles a los integrantes de pandillas para que sostuvieran a sus familias y dejaran de robar; a cambio, ellos entra­ban a estudiar. Ese programa lo usaban en otras ciudades del mundo, como en Los Ángeles, que tiene una problemática muy compleja en el tema.


Antes de este programa no había ningún contacto entre el Estado y la juventud delincuencial, que no fuera a través de la Policía. Así que los primeros contactos fueron muy dramáticos. Fue bastante difícil hacer una reunión entre jóvenes y funcio­narios, dejando los cuchillos a la entrada, pues se podían matar entre ellos o podían agredir a algún funcionario. Creo que lo más importante para lograr el programa fue que los jóvenes creían en mí. Nuestro impacto en la juventud fue tal que incluso los jóvenes más excluidos veían en mí una esperanza. Los mucha­chos confiaron en que nosotros no íbamos a pasar listas con nombres a la Policía, y que íbamos a manejar esto de una manera no represiva. Fueron llegando de a poco, pero de un momento a otro se expandió el programa hasta que 10 000 jóvenes pandi­lleros se habían integrado.


Coparon el 100% del presupuesto que teníamos, que era cercano a los cien mil millones de pesos, unos 30 millones de dólares. Sabíamos que la crítica iba a llegar, y muchos funciona­rios públicos se asustaron con la magnitud del programa. El pro­grama debía tener un medidor para saber si era eficaz. Al principio pensé que ese indicador iba a ser la tasa de homicidios en los lugares pobres, pero me equivoqué. Después descubrí que los jóvenes no buscaban matar, sino que hurtaban con otras intenciones. Nos dimos de cuenta, por ejemplo, que los jóvenes no robaban celulares para comprar drogas, sino que robaban un celular para regalárselo a su novia. Ellos tenían algunos mitos urbanos, y un celular de marca o unos tenis de marca eran el regalo perfecto. Como no tenían los recursos para comprar estos elementos de marca, entonces los hurtaban, pero no mataban, como habíamos pensado inicialmente. Así que donde se evi­denciaba el éxito del programa no era los sitios donde había muertos, sino en el centro de la ciudad, donde se movían las actividades económicas. Ahí era donde se realizaba el hurto. La reducción del hurto en la ciudad fue del 30 %.


Habíamos logrado establecer un programa de inclusión juvenil, que era también un programa de seguridad ciudadana. Si se hubiera mantenido, habría dado muy buenos rebultados. Recuerdo haber ido a dos de esas reuniones, que me hicieron llorar. Una de esas fue cuando se logró graduar el primer grupo como bachilleres. Ver a aquellos jóvenes con las mejores pin­tas que habían podido conseguir, algunos de corbata, otros de sastre, con su toga, me conmovió mucho. Me puse a llorar de inmediato, me encargaron el discurso y no me salían las pala­bras. Mi emoción no fue por el éxito del programa de la alcal­día, sino por la emoción de ver esos jóvenes, graduándose. Eran jóvenes que habrían podido terminar muy mal, pero tuvieron otras oportunidades.


La otra ocasión en que no Jogré contener las lágrimas fue en una pequeña reunión en Fontibón. Sin que se hubiese planeado, un grupo de jóvenes se reunió conmigo. Se paró a hablar un joven con su lenguaje de barrio popular, y me dijo: “¡Petro! Yo quiero ser médico y usted me ha dado la oportunidad. Usted me ha per­mitido creer que puedo ser médico ’. Eso me emocionó mucho. Ese muchacho con un cuchillo habría asustado a c;j siquier can­tidad de personas, pero el programa lo que había logrado era que los jóvenes creyeran que eran capaces de salir adela nte.


En síntesis, quería una forma de gobierno en donde la gente pudiera decidir las políticas públicas. Esto se conoce como demo­cracia participativa, y consiste en incluir a la ciudadanía en la cons­trucción de dichas políticas. Es una forma distinta de hacer política, alejada de esa manera tradicional, que considera a las personas únicamente en las fechas de elecciones. Esto le da al pue­blo la capacidad real de incidir en la construcción de lo público.


El instrumento que configuramos, siguiendo la historia del país, fue el cabildo. Baste recordar que los cabildos fueron, durante la época de la Independencia, las instancias populares y decisorias en las que se establecían derroteros para el futuro del país. El cabildo, pues, eran reuniones amplias y abiertas, con sectores sociales específicos donde se hablaba, se construían propuestas, y nosotros, como gobernantes, tomábamos aque lias propuestas. El resultado fue una política pública que se cons­truyó a partir de lo que decía la gente.


Lo que normalmente pasaba en una alcaldía es que los téc­nicos y especialistas en un tema creaban las políticas públicas. Con el tiempo, estos técnicos se dieron cuenta de que habían perdido poder, es decir, que las decisiones no las tenían ellos, basados en sus criterios técnicos, sino que su técnica entraba en deliberación con la sociedad. Creo que ese tema es fundamen­tal para comprender una democracia. En muchas naciones, la experticia pasa a tomar las decisiones políticas de una sociedad; a eso se le llama “tecnocracia” La tecnocracia no es democracia. Nosotros no queríamos criticar la opinión técnica o experta, sino ponerla en diálogo con la población. Ese diálogo resultó mucho más fructífero y con experiencias más importantes en nuestra alcaldía.


Los cabildos fueron claves en ese diálogo que establecimos con la ciudadanía. En los primeros cabildos, convocamos a la ciudadanía a escoger cuáles vías en sus barrios querían pavi­mentar. Ellos debían tomar esa decisión considerando que los recursos eran escasos y que había una gran crisis en el sistema vial barrial, porque los recursos para vías de la ciudad se habían invertido en las grandes troncales de Transmilenio.


Las víctimas de esos proyectos estaban en los barrios de la ciudad. La pavimentación de las calles en los barrios tenía menos que ver con el tema de la movilidad, y más que ver con la digni­dad. Puede ser que las personas ni siquiera tuvieran carro, pero un barrio pavimentado es un mejor barrio. De hecho, la pavi­mentación tiene consecuencias importantes en la salud, sobre todo para prevenir enfermedades pulmonares.


Dejamos que la gente decidiera, y ahí entraron los proble­mas técnicos, porque salía un collage de propuestas inconexas entre ellas. El enfoque de los técnicos era construir grandes corredores donde pudiera fluir el vehículo sin mayores proble­mas, pero el sistema participativo no lo permitió, pues sus prio­ridades no eran necesariamente las del carro. Al final, los técnicos aceptaron el criterio de la gente y se priorizaron más o menos unos 3000 tramos viales por la comunidad.


Ese fue el primer ejemplo de lo que significaba el poder deci­sorio de la gente. Fui muy celoso con cumplir lo que las comuni­dades querían. El tema se volvió más interesante cuando pasamos a aspectos sociales. El primer cabildo que se realizó con mi pre­sencia fue el de los habitantes de calle. Mis escoltas tenían tanto temor que esa vez me dejaron casi solo. Yo hablé con el padre que estaba al frente del Voto Nacional. Era un señor muy sensible a temas sociales y temas de paz. Él me pidió recuperar el Voto Nacional, que es una iglesia histórica en donde se firmó el pacto de paz, después de la guerra de los Mil días. Se llamó Voto Nacional porque era una plegaria de la nación por la paz. Logré la repara­ción de ese patrimonio que estaba olvidado. Hicimos un estudio, que fue muy complejo, pues era una restauración de patrimonio histórico. Se trataba de redignificar lugares y edificaciones que estaban o habían querido ser dejadas al garete. Logramos los pri­meros procesos de restauración de un símbolo de la paz de Colombia que se encontraba al lado del Bronx. En ese sitio se vivía una dinámica muy compleja, producto del desalojo al Cartucho impulsado por el gobierno de Peñalosa.

En Bogotá y otras ciudades del país, existe un área que se deprime urbanísticamente, ya que allí se ubican miles de habi­tantes de calle. Este lugar es ocupado por gente que deja de tener vínculos con su familia, adopta un modo de vivir callejero per­manente, y en una proporción muy alta es adicta al consumo de drogas. En muchas ocasiones, la adicción es producto de situa­ciones que suceden al interior de los hogares, porque son hoga­res sin vínculos afectivos y no les permite a las personas sentirse protegidas. De repente, se rompen todos los vínculos y esas per­sonas salen a la calle a consumir. Ahí pueden pasar años o incluso toda su vida.

En muchos casos, hay un proceso de degradación física, pues el consumo más frecuente es con lo que llamamos “bazuco”. El bazuco es la base de la producción de la cocaína, no es lo que se conoce en Estados Unidos como crack, sino una basura del proceso de producción. Lo venden muy barato, por ende, acceden a él los más pobres. Esta sustancia tiene unas características profundamente destructivas sobre el cerebro y la condición física. Su capacidad de adicción también es mucho más alta y el individuo que consume esto no come y no puede establecer sus bases vitales. Esa degradación es concomitante con un crecimiento de la ansiedad en personas que ya no pueden trabajar y que no tienen ingresos. Muchas veces, estas personas terminan involucradas en delitos, como el hurto, para conseguir el dinero, y poder comprar las “bichas”, como le llaman al bazuco en el Bronx.

Por ese camino se construyó una “nueva esclavitud”. Esta expresión se la escuché al papa Francisco. Cuando él la usó, se refería a los éxodos, pero en el caso de Bogotá lo ligué a este tema del Bronx. La dependencia de las bichas le permite a los vende­dores volverse dueños del habitante de calle. Es así como los usan para diversos fines, como ocupar el territorio, la desvalo­rización de sitios para comprar los inmuebles baratos, la expan­sión del mercado de la droga en los colegios y ejercer la violencia en contra del otro a través del asesinato en lugares ominosos como las casas de pique. Así, el Bronx se convirtió en una zona compleja y por esa razón quise abordar el tema desde una pers­pectiva progresista y democrática. Durante la alcaldía posterior n la nuestra, la segunda de Enrique Peñalosa, este tema se asu­mió desde una perspectiva represiva: se desalojó a la población de calle y buena parte se trasladó a otros lugares de la ciudad, para después mostrar unas obras urbanas que se hicieron sobre la gente, no con la gente.


En un intento por construir una política pública progresista que abordara fenómenos tan complejos como la adicción a las drogas, la habitabilidad en calle, la exclusión y la esclavitud moderna, decidimos organizar un cabildo. Queríamos escuchar a las personas que vivían en el Bronx, así que el padre nos per­mitió reunimos a un lado del monumento en una especie de salón que no tenía sino una puerta. Allí entraron en pánico mis escoltas, pues ellos veían al habitante de calle como un enemigo y sentían que un ataque no se podría mitigar. Yo me ubiqué en el lugar más peligroso del salón, al otro lado de la puerta. Para poder salir tenía que pasar toda la asamblea; pero escogí ese lugar porque me pareció que era un gesto de confianza que le daba al habitante de calle. Era un gesto para insistir en que yo como alcalde no tenía miedo y mi intervención no estaba moti­vada por ese sentimiento. El padre se sentó al lado mío; la poli­cía no estaba presente, y los escoltas se habían ido. Cerca de 300 habitantes de la calle coparon completamente el salón, se sen­taron y dejé que hablaran. De todos los cabildos que hice, este fue en donde encontré más altura intelectual.

Lo atribuí a que estaba hablando con gente que había tenido vidas anteriores: habían estudiado, eran médicos, artistas o arquitectos. Eran personas que por algunas circunstancias no cumplían con los requisitos de una sociedad capitalista, la socie­dad de la competencia. Es como estar en una carrera de caba­llos, con algunos caballos que buscan un escape. Eso se lo leí al filósofo francés Gilíes Deleuze, quien desarrolló un concepto denominado “líneas de fuga”. Deleuze decía que no se podía hacer una revolución en este mundo y que los individuos, en ese tipo de estructuras dominantes, solo podían buscar líneas de fuga. Él lo veía en ei arte y en la cultura, como una forma de expresar allí la rebeldía, y mencionaba otras líneas de fuga, como por ejemplo el transexualismo. Lo que encontré en estas reu­niones era gente que se había fugado de una sociedad competi­tiva, agresiva, violenta y darwinista, que excluía a personas que simplemente por su arquitectura psicológica no estaban en la disposición de admitir una competencia con otros seres huma­nos. Por eso buscaban líneas de fuga, y esas líneas las encontra­ban en la droga, y finalmente en la calle.

El nivel intelectual de esas personas era mucho más alto que el promedio de la sociedad bogotana. Ese fue el primer impacto que tuvimos, y ellos fueron expresando sus opiniones sobre cómo transformar el Bronx, cómo vivir ahí y qué debía hacer un Estado frente a ellos. Algunos llegaron con una visión cris­tiana y creían que a través de la religión podían superar la con­dición de habitabilidad de la calle, volver a un hogar y rehacer una familia. Otros me preguntaron de manera clara: ¿y qué pasa con los que no queremos dejar la calle? Desde una'perspectiva democrática, esa era una decisión que debía ser respetada. El padre lloró durante el cabildo. Estaba emocionado con aque­lla vivencia política. Nadie podía negar que ese era un encuen­tro político, pues al final se elaboró una política pública de la mano de los habitantes de calle.


Esta política fue decisiva en la creación de los comedores comunitarios y los baños públicos. Muchos se preguntarán ¿por qué vive un habitante de la calle en andrajos sucios? ¿Por qué orina en la calle? ¿Por qué no lo dejan entrar en ninguna cafetería a hacer sus necesidades? ¿Por qué no se baña? ¿Por qué no se peluquea? La respuesta es sencilla: no existían baños ni peluquerías públi­cas en Bogotá. Todo eso lo pidieron ellos y el distrito los cons­truyó. Con el tiempo hicimos un comedor comunitario, un baño público y un jardín infantil para los niños que vivían allá. Luego montamos también un espacio en el Bacatá donde los habitantes de calle pudieran dormir con dignidad. El Bacatá tenía un cupo para 1000 personas y esa idea nació del cabildo con los habitan­tes de calle.


Un tema central fue el consumo de drogas. Yo ya conocía la esclavitud de los habitantes de calle generada por la adicción al bazuco e incitada por las organizaciones narcotraficantes. Para tratar este asunto, lo primero que hicimos fue poner un centro de atención médico. La relación con la Policía era tensa, porque yo quería ver si se lograba romper el lazo entre la mafia y el habi­tante de calle, sin que la Policía actuara como intermediario.

Desde una visión tradicional, se pensaba que la Policía debía cortar esa relación entre la mafia y el consumidor, pero con la experiencia entendimos que el Estado debía mitigar el daño cau­sado por el bazuco, sin prohibir el consumo. Por eso establecimos los centros regulados de consumo. Investigamos mucho el tema del bazuco e incluso tuvimos expertos que decían que se podía reemplazar el bazuco por la marihuana. Los habitantes de calle también nos habían dicho eso, y lo pusimos a prueba en el Bronx.

El bazuco es un estimulante, por eso genera una ansiedad salvaje que lleva incluso a cometer delitos. La marihuana tiene el efecto contrario, genera pasividad. Tuvimos algunas dudas de la marihuana como reemplazo al bazuco, pues, aunque mitigaba la ansiedad, también llevaba a las personas a perder su inicia­tiva. En este estudio no llegamos a ninguna conclusión. Creo que lo mejor habría sido dejar andar el proyecto un tiempo más, para tener mejores niveles de información, pero no lo hicimos así. En vez de ello, se montó el primer centro de atención médica a drogo dependientes. Era una camioneta en donde médicos y odontólogos atendían a los habitantes de calle e iban descu­briendo realidades que el Estado desconocía. Por ejemplo, des­cubrieron que muchas personas usaban el bazuco, para dejar de sentir el dolor que les producía una dentadura que nunca había tenido tratamiento. Así, evidenciamos que la solución para el consumo 4e algunos era simplemente un tratamiento odonto­lógico. Estos eran temas que ningún funcionario de la. alcaldía conocía y que solo en la práctica se pudieron conocer. Lo que establecimos fue un diálogo directo entre el Estado y la sociedad.

Con este diálogo fueron apareciendo ideas, y se nos ocu­rrió que tal vez podíamos convertir al Bronx en un centro para los habitantes de calle. Los edificios que estaban allá no tenían valor y se habían convertido en antros de las mafias, así que queríamos construir nuevos edificios y ponerlos al servicio de los habitantes de calle. Hubo un plan que implicaba dinamitar los edificios, y en una ocasión sacamos a los habitantes de calle. En eso ayudó la Policía y fue dramático, no se produjo ningún herido, pero el simple hecho de ver a la Policía casi provoca una confrontación.

De ese episodio salió una obra de arte urbano que se convir­tió en un símbolo. Los habitantes de calle tenían confianza en mí y en mi alcaldía, entonces, en vez de que se diera una confronta­ción, se produjo un beso entre dos jóvenes. La prensa tomó esa foto y luego se convirtió en el mural que está hoy en el edificio de la avenida 26. Espero que ese icono no se deteriore, porque se con­virtió en el símbolo de la limpieza, la salud pública y de una gran concertación entre la gente y el Estado. El evento también nos per­mitió ver que la construcción de nuevos edificios en esta zona era un reto inmenso. Esa idea nunca la pudimos concretar. Al final no se hizo nada, y después llegó el gobierno de Peñalosa, a repe­tir lo que había hecho en el Cartucho años atrás. Acabó con toda nuestra política pública. Hoy en día, no sé qué pasó con el jardín infantil que habíamos montado, ni dónde quedaron todos esos niños que habían encontrado un espado.


Nosotros siempre quisimos proteger a esos niños y a las per­sonas que habitaban el Bronx, aunque no fue fácil. Sufrimos ata­ques de la mafia, que se iba sintiendo impotente ante los cambios que habíamos conseguido para los habitantes de calle. Entonces nos atacaron: quemaron el Camad. Aunque lo reconstruimos, el hecho de quemar el Centro Médico de Atención a Progadictos indicaba que la política prohibicionista solo estaba al servicio de la mafia, que se sintió agredida por nuestra política, intentó quemar el comedor comunitario y mató a uno de los líderes que trabajaba con nosotros. Era un roquero joven y lo mataron en Usme. En ese momento, vimos que nuestra política competía contra la mafia y su objetivo de la esclavitud moderna de los habitantes de la calle.

El último cabildo que quise hacer fue con las trabajadoras sexuales. De nuevo se llenó el recinto con unas 300 trabajado­ras sexuales, que por primera vez hablaban con un funcionario público con m'íiiobra para tomar decisiones. Quería enfocarme mucho en las mujeres de edad, las que ya habían pasado de los 40 años y vivían en las calles en condiciones de pobreza. Les dimos la palabra y recuerdo que el evento se convirtió en una especie de catarsis. Ellas expresaron todas las frustraciones sobre un Estado que nunca las había tenido en cuenta. La única polí­tica pública que había era algo que se llamaba El Código. El Código era un instrumento policial, que las obligaba a ir a unos exámenes médicos, en los que les daban un carnet. Ellas tenían que mostrar el carnet a la Policía para poder trabajar, de lo contrario, se las llevaban. Era una especie de marca, al estilo nazi, pero no era una política pública real.

Ellas expresaron toda su frustración y varios de los funcio­narios de la alcaldía se molestaron por las críticas de las muje­res. Recuerdo que una de las funcionarlas que se sintió incómoda fue la secretaria de la Mujer, pero yo no entendía cómo podía­mos representar a un Estado con una distancia tan severa entre la Secretaría cíe la Mujer y estas mujeres que estaban expresando su inconformidad. Ella renunció ese día y me sorprendí mucho. No podía entender que una persona que había estado en el M-19 y que leía literatura feminista hubiese renunciado tras el cabildo de las trabajadoras sexuales.

Para mí fue evidente que en la mentalidad progresista aún existían exclusiones. Había una lucha por la mujer y sus dere­chos, pero si esa mujer era trabajadora sexual entonces desapa­recía esa lucha. Tenía claro que debía haber una política pública alrededor de la mujer trabajadora sexual en Bogotá, sobre todo una para las mujeres de mayor edad. Para las trabajadoras sexua­les jóvenes, que son la mayoría, debía existir una política pública que abriera oportunidades. Así esas muchachas podían enten­der que tenían diversos caminos, que no estaban cerrados a la prostitución y que tenían opciones para escoger con libertad. Creamos programas específicos para madres cabeza de familia. Los programas contaban con oportunidades laborales y con un jardín infantil con funcionamiento en el día y en la noche. De esta manera el Estado entró a reemplazar al padre que no exis­tía, que se había ido. Cuando el hijo puede estar cuidado, se abren las posibilidades de esa madre joven. La madre joven ahora podía estudiar y trabajar.

Pero también queríamos crear programas para las trabaja­doras sexuales por encima de los 40 años. A estas mujeres las condiciones de la vida no les permiten las mismas oportunida­des. Así que se creó una política para subsidiar arriendos y obtener subsidios de transporte. También había mucha falta de información en políticas que ya teníamos, pero que no se usa­ban porque no las conocían. En ese programa fracasamos total­mente, porque nos encontramos con la oposición sistemática y la doble moral. Cuando pusimos en el presupuesto de una localidad un programa para subsidiar arriendos para trabaja­doras sexuales, se levantaron en oposición las juntas adminis­tradoras y los ediles. Fue muy frustrante, porque uno sabía que ellos mismos iban a los prostíbulos a acostarse con aquellas mujeres, pero lo importante era mantenerlas en condición de pobreza y de falta de oportunidades, porque eso es lo que les permite a los hombres prostituirlas. Es una lógica perversa y la viví con la aprobación de los presupuestos. Ese fue el último cabildo que hice durante mi último año en la alcaldía. No tuvi­mos el tiempo para defender, resistir y profundizar en el tema.


El trabajo con los habitantes de calle y con las trabajadoras sexuales fue una experiencia hermosa. A veces, cuando salgo a la calle y hay algún habitante de calle por ahí, generalmente se me tira y me abraza. Yo creo que me ven como un protector. Los escoltas se ponen muy nerviosos, pero al contrario, creo en ese gesto como algo auténtico, hay una conexión indudable ahí entre quien representa y el ciudadano de a pie. Recuerdo a un habitante de la calle llorando en mi pecho; en ellos quedó esa marca, el recuerdo de un gobernante que estuvo a su servicio.

Con la Bogotá Humana la gente creyó que era posible subir la escalera social, que la gente pobre podía salir de esa condi­ción. Eso fue lo que logramos. Después vinieron gobiernos que tumbaron esa escalera. Hoy no sé cuál es el porcentaje de pobla­ción en pobreza multidimensional en Bogotá, pero con la esta­dística actualizada a partir de la llegada del Covid-19 ya sabemos que prácticamente el 40% de ia población bogotana está en la pobreza.

En mi alcaldía fortalecimos a la clase media bogotana. La hici­mos crecer sacando a gente de la pobreza, y por eso la volvimos mayoría electoral. Ellos pasaron de vivir en casas maltrechas a vivir en edificios multifamiliares con zonas comunes, como los parqueaderos de carros. Ese cambio llevó a muchos a conseguir un automóvil, que por lo general compraban así estuvieran endeudados. El problema, para estas personas, dejó de ser la vivienda y para nosotros surgió el nuevo reto de cómo formu­lar una política para que todos los nuevos carros pudieran moverse en la calle rápidamente. El enfoque político de una buena parte de estos bogotanos cambió, porque ahora lo que deseaban era una ciudad para el carro y no para la gente, a pesar de que ese enfoque les había permitido dejar de ser pobres. Esta teoría, conocida como la teoría de la escalera, se hizo realidad en toda América Latina.

El número de personas que ascendió socialmente durante mi alcaldía, de hecho, fue inédito. Nunca antes una masa tan grande de la población había salido de la pobreza hacia la auto- denominada clase media. Pero este grupo de personas pronto se inscribió en una agenda de consumo, y cuando vieron que el progresismo seguía tratando de subir más gente tumbaron la escalera. Votaron contra los movimientos progresistas, engaña­dos por una falsa ilusión llamada arribismo. Es una paradoja: la clase media que dejó de ser pobre en mi alcaldía fue la misma que ayudó a destruir la escalera del acenso social para que otros no la pudieran subir.


Cuando llegaron las elecciones de 2016, ese segmento votó por Peñalosa para distanciarse de los que seguían abajo. Sobre todo, personas de estrato tres, en localidades como Fontibón, Engativá y Kennedy. En cambio, el sur de la ciudad siguió man­teniendo una afinidad con el progresismo. La cercanía entre esa clase media y Peñalosa también ha hecho que el uribismo sea más fuerte en la ciudad. Por eso la distancia que el progresismo puede sacarle al uribismo en Bogotá no es tan grande como la que el uribismo nos ha sacado en Antioquia. A veces, se piensa que el uribismo sigue en el poder por su popularidad en Antioquia. pero en realidad es la clase media bogotana la que impide que el progresismo triunfe en Colombia.


Esa población eligió también a María Fernanda Cabal, que llegó al Congreso por primera vez gracias al voto bogotano. En la capital, por eso, hoy existe una dinámica de indecisión. Por un lado, el progresismo, la conciencia popular y la conciencia juvenil tienen mucha fuerza, pero la clase media no ha asumido un papel progresista. De haberlo hecho, habría podido mante­ner el camino de la Bogotá Humana. En vez de eso, se ha aliado con la derecha y por eso ha derrumbado proyectos como el del metro subterráneo, que hubiera beneficiado a toda la ciudad.

Esa iba a ser la mayor obra de infraestructura en la historia de Colombia, pero se deshizo. El responsable de su parálisis ha sido esa ciudadanía que, de le. mano del poder, acabó con los proyec­tos que hubieran permitido el avance de la carrera progresista.

Ahora, paradójicamente, la pandemia del Covid-19 obligó a estas personas a bajar los peldaños que habían conquistado. En Bogotá, un millón Je personas volvieron a ser pobres. Y pronto descubrieron que la escalera por la que habían subido había desaparecido porque, justamente, ellos tomaron la deci­sión de botarla,

A muchos de los que lograron subir por la escalera, los vol­vieron a tumbar.

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