Una vez terminada la Constituyente, decidí participar en
las elecciones legislativas de 1991. Yo, al igual que el resto de la militancia del M-19, creía que teníamos mucha relevancia política después de ser la
fuerza mayoritaria de la Constituyente. Por eso pensaba que no sería difícil
volverme congresista. Tenía toda la fuerza organizativa después de liderar los
80 comités en el departamento de Cundinamarca. Asi que me centré en garantizar
que Navarro no me sacara a bolígrafo limpio de encabezar la lista en la Cámara
de Representantes de Cundinamarca. Me costó mucho esfuerzo, pero aproveché toda
la fuerza que habíamos desplegado, y me lancé creyendo que ganaríamos, como ya
lo habíamos logrado en la Constituyente.
Hoy,
al reflexionar sobre esa época, considero que haberme lanzado a las elecciones
legislativas fue una decisión acertada. Llegué con los ánimos en alto porque no
me desgasté en la Constituyente, a la que en realidad ni siquiera me postulé.
Yo postulé a un pequeño empresario, y lo pusieron en la lista, pero el señor
quedó en el puesto 33, sin ninguna posibilidad de ser elegido, pues de la
elección solo salieron 19 constituyentes. Ahora, la escasa probabilidad que
tenía de ser elegido no fue la única razón por la que no participé en la lista.
Tampoco me llamaba la atención ser asesor; me parecía un puesto muy burocrático.
Implicaba sentarse en una oficina en el centro de Bogotá y perder toda relación
con la gente real. Esa opción me parecía terrible. Yo quería mantener mi
contacto con la población de Cundinamarca, seguir andando por sus carreteras,
desvelarme en sus trochas, hablar directamente con el pueblo.
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. |
Cuando se terminaron los comicios y descubrí que había ganado, no solo me sorprendieron mis resultados, sino también el bajo número de victorias del M-19. Solo habíamos quedado elegidos nueve senadores y trece representantes. La mayoría de los candidatos habían perdido. Éramos una minoría y, por eso, los demás congresistas no tardaron en miramos por encima del hombro. Nos relegaron a las últimas sillas del recinto y allí permanecimos durante los siguientes cuatro años. El grueso de nuestra bancada no participaba y, cuando se atrevía a hacerlo, lo hacía sin convicción, sin decir nada relevante. Solo Gloria Quiceno y Everth Bustamante encabezaron una resistencia relativamente importante a la Ley 100 de la salud en 1993, pero incluso en ese caso hubo concertación. El nuevo M-19, en otras palabras, empezó a olvidar la revolución que lo había llevado a las montañas y a luchar por otra Colombia. La cooptación política terminó ganando la partida. El movimiento, en cuestión de meses, se convirtió en un partido político tradicional, con clientelismo y búsqueda de puestos; perdió toda idea de un movimiento popular.
Nota: La presencia del M-19 fue significativa (en la contituyente de 1991) al obtener 19 delegatarios entre los 70 integrantes de la Asamblea, erigiéndose como la segunda fuerza después del liberalismo, que logró 24 escaños. Le siguió el Movimiento de Salvación Nacional (11), el Partido Social Conservador (5), y otras fuerzas minoritarias que incluyeron movimientos guerrilleros recientemente desmovilizados con voz pero sin voto. Esta participación es considerada el mayor éxito electoral de la Alianza Democrática M-19. Luego participó en listas para el Congreso obteniendo 12 curules en las elecciones del mismo año 9 senadores y tres represtantes -Gustavo Petro, Gloria Quiceno, Everth Bustamantes.
| Senadores | 1991 | Alianza Democrática M-19 |
| senadores Vera Grabe Loewenherz | Alianza Democrática M-19 | 454.467 |
| Pedro Antonio Bonnet Locarno | Alianza Democrática M-19 | |
| Carlos Albornoz Guerrero | Alianza Democrática M-19 | |
| Bernardo Gutiérrez Zuluaga | Alianza Democrática M-19 | |
| Mario Alberto Laserna Pinzón | Alianza Democrática M-19 | |
| Everth Bustamante García | Alianza Democrática M-19 | |
| Eduardo Chávez López | Alianza Democrática M-19 | |
| Samuel Gustavo Moreno Rojas | Alianza Democrática M-19 | |
| Aníbal Palacio Tamayo | Alianza Democrática M-19 |
| representantes | 1991 | Alianza Democrática M-19 |
| Gloria Elena Quiceno Acevedo | Antioquia | Alianza Democrática M-19 | 38.376 |
| Manuel Antonio Espinosa Castilla | Atlántico | Alianza Democrática M-19 | 42.406 |
| Ramiro Alberto Lucio Escobar | Bogotá | Alianza Democrática M-19 | 60.153 |
| Jesús Artunduaga Rodríguez | Bogotá | Alianza Democrática M-19 | |
| Luis Fernando Rincón López | Cesar | Alianza Democrática M-19 | 15.061 |
| Gustavo Francisco Petro Urrego | Cundinamarca | Alianza Democrática M-19 | 12.940 |
A
mí me protegió de entrar en el mundo de la política tradicional el hecho de
que yo no encajaba. El primer día que ingresé al Congreso llegué con un vestido
que me había regalado Ricardo Mestizo, un empresario de Cundinamarca que había
sido de la Anapo y del M-19. Muchos congresistas se burlaron de mi traje, que
era bastante barato y que por eso mismo contrastaba con los de los
parlamentarios de la clase política. En esa exclusión, sin embargo, encontré un
refugio, a diferencia de mis compañeros, que pronto sucumbieron a la forma
tradicional de hacer política. Entonces, hallé mi tabla de salvación en los
debates. Al principio me sentía inseguro, no conocía las reglas, pero tan
pronto las aprendí me lancé al ruedo: hice el debate sobre la privatización de
Alcalis de Colombia. Yo conocía a los obreros de la empresa y sabía que allí
trabajaban muchos comandos del M-19, así que me pareció una lucha que debía
librar en el Congreso.
Álcalis
era la productora encargada de la transformación química de sal: de ahí salía
el sodio, el cloro y la soda cáustica. Tiempo después me enteré de que la soda
cáustica la usaban para la producción de cocaína. Las tractomulas salían
cargadas de ella para diversos lugares del país y algunas iban a los laboratorios
de ios narcotrafícantes en el sur. La materia prima fundamental de esa gran
industria química, sin embargo, era la sal. Mejor dicho, el Gobierno iba a
privatizar las minas de sal de Zipaquirá y del resto del país.
Decidí
visitar una planta en Zipaquirá. Averigüé la fecha de la siguiente asamblea de
trabajadores y llegué ese día para hablarles Cuando todos se congregaron, me
puse de pie y les plantee lo que sabía sobre la privatización. Les dije:
“Hermanos, a esta empresa la van a privatizar y hay que prepararnos para
resistir” Mi intención era usar un artículo de la nueva Constitución que permitía que los empleados se quedaran con la empresa si el Estado impulsaba su
privatización. De esa manera, los trabajadores de las salinas se quedarían con
las salinas y los trabajadores de Álcalis, con esa empresa. Pero mi incursión
en la asamblea fue un fiasco: terminó en una chiflatina por parte de los
trabajadores. En ese momento, me pregunté, perplejo: “¿Y dónde está el M-19?
¿Me están chiflando aquí, a mí, que luché por Zipaquirá durante tanto tiempo?
De
esa experiencia aprendí que a los trabajadores no les gusta escuchar malas
noticias. Y, además, que no habían comprendido las implicaciones de la
privatización. No habían entendido que iban a ser despedidos y que era
importante tener una estrategia para que se volvieran propietarios. Uno de
ellos, miembro de la Junta Directiva del Sindicato, se paró y me anunció:
“Nosotros somos obreros, no dueños de empresas”. Después de ese suceso nunca
volví a saber de la asamblea de trabajadores de las Salinas, porque
privatizaron la empresa y los echaron a todos.
También privatizaron Álcalis y despidieron a los trabajadores, incluso después de que el Gobierno aceptara que ellos la compraran. Gracias a ese episodio, conocí la astucia y la perversidad de la que son capaces algunos funcionarios públicos en nuestro país. Alberto Moreno, el ministro de Desarrollo, nos había dicho que los trabajadores podían adquirir Álcalis, pero que les tocaba buscar la plata. Ellos, por supuesto, no la tenían. Yo hablé con unos cooperativistas, pero la suma era muy elevada, valía como dos mil o tres mil millones de pesos de la época. Hablé también con bancos, pero ellos no les prestaban a trabajadores. Así que era misión imposible, por lo menos para los empleados. Porque cuando el Sindicato Antioqueño mostró interés, un banco le prestó la plata y en poco tiempo se hizo dueño de todas las empresas. Esa fue la primera vez que vi a la Constitución del 91 vulnerada. La Carta estipulaba con claridad que, antes de enajenar cualquier bien, el Estado debía ofrecérselo a los empleados. En el caso de Álcalis, los involucrados se pasaron esa consideración por la galleta, despreciaron completamente esa regla.
La
privatización ya se había formalizado cuando llegó la fecha del debate. Yo
estaba nerviosísimo, no sabía ni cómo me debía parar en ese atril. Me refugié
en estudiar los datos. Conocía a Álcalis y tenía una fuente relativamente
importante que me había entregado información interna contable. De todas
formas, estaba asustado. Era la primera vez que iba a tener un ministro frente
a mí. Yo pensaba que él era una persona muy inteligente y que me iba a
desbaratar los argumentos. Pero, de pronto, cuando me paré, descubrí que el
ministro estaba temblando. Estaba más nervioso que yo. Verlo así me dio aliento
y, después del debate, me sentí confiado. De alguna manera, su nerviosismo
impulsó mi carrera parlamentaria y el resto de mis debate? Muchos se volvieron
famosos.
Empecé
a sentir que nosotros podíamos ser más que ellos. Mis compañeros, por el
contrario, cada vez hablaban menos. No proponían ni agenciaban los debates que
se debían dar. Su actitud me frustró. Yo me había unido al M-19 hacía más de
una década y me costaba trabajo entender que el impulso vital que había
galvanizado al movimiento había quedado reducido a un partido político sin
mucha influencia y, además, amedrentado.
A pesar del cambio que
había sufrido el M-19, estaba convencido de que podía existir en el país un
movimiento alternativo integral. Y, en esas, en 1993, apareció en mi vida José
Cuesta, un bogotano de Puente Aranda y militante del M-19 que había estado en
todos los procesos del movimiento y que ofrecía un flujo de ideas y discusiones
teóricas para pensar en la construcción de un modelo distinto para Colombia.
Cuesta había pasado por la cárcel y había sido torturado por los militares. Más
adelante, las Fuerzas Armadas habían intentado desaparecerlo, y estuvo a punto
de morir, pero se salvó por la presión que se ejerció en ese momento. Había
estudiado Filosofía y, cuando nos volvimos cercanos, daba clases en diversas
universidades para sobrevivir. Siempre estaba pensando en cómo formar un movimiento
práctico que diera inicio a un proyecto alternativo y contundente en el país.
Con
Cuesta se nos ocurrió participar en las elecciones de 1994. Como eran locales,
llegamos a pensar en que yo me lanzara a la Alcaldía de Bogotá, pero nos bastó
analizar la situación un poco para darnos cuenta de que era una verdadera
locura. Así que pensamos en otros candidatos y surgió el nombre de Antanas
Mockus, que se había vuelto famoso a nivel nacional por cuenta del episodio de
la bajada de pantalones. En octubre de 1993, el entonces rector de la
Universidad Nacional había asistido a una reunión con unos estudiantes en el
auditorio León de Greitf y, cuando estos lo silbaron, él respondió dándoles la
espalda y mostrándoles el trasero.
José
Cuesta y yo decidimos visitar a Mockus en su casa para proponerle la idea. Él
creía que estaba inhabilitado por haber sido rector de la universidad, pero
encontramos que las inhabilidades para ser alcalde eran las mismas que para
ser presidente, y que su cargo no aparecía en esa lista. Una vez solucionamos
ese impase, él se mostró interesado. En ese momento, el liberal Enrique
Peñalosa y el conservador Moreno de Caro, por cuenta de su estrategia populista,
encabezaban las encuestas. Teníamos la intuición de que Mockus podía ganarles
y, al poco tiempo, los tres hicimos pública su candidatura en una pequeña
taberna con tres cervezas. Invitamos a unos periodistas y yo anuncié que él era
nuestro candidato a la Alcaldía de Bogotá.
La noticia fue una verdadera
bomba mediática. En cuestión de cuatro días ya encabezaba las encuestas.
Peñalosa, hasta ese momento el favorito, nunca me perdonó esa jugada. Mockus
ganó con el 64 % de los votos y se convirtió en el primer alcalde de verdad
independiente de los partidos tradicionales en la capital colombiana. Tenía un
programa relativamente innovador para ese entonces. Gracias a su indudable
bagaje intelectual, modernizó los métodos de la acción política. Su único error
fue no presentar una crítica contundente al neoliberalismo. Lo aceptaba, como
lo aceptaba todo el mundo, porque para la mayoría era una manera pragmática de
hacer las cosas.
Por las fechas de la
candidatura de Mockus, a Cuesta se le ocurrió otra idea: traer a Hugo Chávez a
Colombia. El venezolano era un militar que había intentado una insurrección y
que había fracasado. La izquierda venezolana no tenía la capacidad de sacar al
pueblo a las calles, y por eso su sublevación se redujo a un golpe de Estado
que, a pesar de lo malogrado, tenía una plataforma ideológica profundamente
bolivariana. Eso nos unía a él: el M-19 se había fundado sobre la idea de
Bolívar como un eje de la construcción democrática de la Colombia contemporánea.
De ahí viene el símbolo de la espada de Bolívar, que era muy significativo para
el movimiento.
Cuesta se empeñó en que conociéramos a Chávez y por fin logró comunicarse telefónicamente con él. Fue toda una proeza si se tiene en cuenta que el venezolano no nos conocía. Solo sabía, de manera vaga, de la existencia del M-19. Yo en ese momento estaba en el Congreso y era cercano a Navarro, también había construido una amistad muy interesante con Gómez Hurtado, quien me invitaba a la biblioteca de su casa y hablábamos mucho. En una de esas visitas, le devolví los cuadros de caballos que él había pintado cuando lo retuvo el M-19. Alguna persona los había guardado y me los entregó a mí, porque sabía de nuestra amistad. Con Gómez hablábamos sobre todo de 1a Constituyente. El desconocía la perspectiva de nuestro movimiento y yo, la del suyo. Fueron sesiones muy instructivas. También me había vuelto amigo de Horacio Serpa, a quien había conocido durante mi tiempo dirigiendo la operación del M-19 en Santander. El caso es que mi cercanía con Navarro, Gómez y Serpa me permitió armar una agenda para que Chávez pudiera dialogar con todos ellos y conocer más sobre la Constituyente, uno de los temas que le había mencionado a Cuesta cuando hablaron por teléfono.
Chávez aterrizó en Bogotá el 25 de julio de 1994. Recién había salido de la cárcel y no tenía mucho dinero, así que lo alojamos en la sede de la Juventud Trabajadora de Colombia (JTC). Llegó con dos escoltas que lo habían acompañado en el intento de golpe de Estado.
Los tres eran hombres castrenses
y, por eso, invitamos a un grupo de militares colombianos retirados que
pertenecían al Movimiento Bolivariano 200 a la celebración del cumpleaños de
Chávez el 28 en la JTC. Fue una reunión interesantísima, en la que también
participó el general ecuatoriano Frank Pasos. El líder venezolano me dejó una
muy buena impresión, hacía parte de la estirpe de militares nacionalistas. En
un momento dado, me comentó que él había querido hacer una operación similar a
la recuperación de la espada de Bolívar, pero con la espada de un héroe
venezolano.
Yo no
conocía bien el mundo castrense, pero sentí que Chávez era un líder nato, un
hombre que amaba a su pueblo y que tenía ganas de luchar por él Por eso, creo
yo, quería conocer de cerca la experiencia de la Constitución colombiana. Las
reuniones con los constituyentes se dieron por separado y la conversación más
interesante fue entre Gómez y Chávez, a pesar de sus diferencias ideológicas.
Yo asistí a la entrevista. Gómez nos contó la experiencia de la negociación con
Navarro para que el periodo de la Constituyente se ampliara y el enorme eiTor
que cometió el jefe del M-19 al negociar con el Gobierno la inhabilidad de los
constituyentes.
Luego
hablamos con Navarro, quien admitió su error estratégico; le dijo a Chávez que
una constituyente era como un mazo para hacer reformas y que una vez levantado
había que dejarlo caer, es decir, que el esfuerzo transformador no se debía
detener. Poco tiempo después del regreso de Chávez a Venezuela, se volvió
presidente elegido por el pueblo y logró convocar una Asamblea Constituyente.
Se convirtió en un líder latinoamericano hasta su muerte. Chávez fue mi amigo
y respeté su proceso, pero me sembró muchas dudas el hecho de que en la fase
final tratase de imitar el modelo cubano. El modelo cubano es un derivado del
sistema soviético, y América Latina debe proponer un camino nuevo,
precisamente uno que se cimente en la diversidad, en alejarse de ser simples
extractores de materias primas como el petróleo o el carbón, en basar nuestra
economía en el conocimiento. Chávez lo sabía, pero al final quedó atrapado en
el petróleo y en la imitación de un modelo, como el cubano, que estaba por
rehacerse. Yo le envié una carta cuando decidió salirse del Sistema
Interamericano de Derechos Humanos, le pedí reconsiderar su decisión. El
sistema interamericano es un acumulado de luchas liberales y democráticas que
es un pilar para las libertades de América Latina.
Tampoco me gustaba que el
círculo que rodeaba a Chávez tuviera como su referente en Colombia a las FARC.
No eran conscientes del enorme desprestigio del movimiento. Chávez caía en la
trampa que le tendía Uribe de meterlo en un proceso que significaba más guerra
para Colombia: el intercambio humanitario, el canje de prisioneros de guerra.
Una cosa es canjear prisioneros, tema estricto de la guerra, y otra cosa es
acabar la guerra, que era nuestro propósito. Los venezolanos nunca nos
entendieron, se cegaban más por la retórica y la imagen del guerrillero
armado. El proceso venezolano no había sido de insurgencia armada y justo ese
origen innovador, su pluralismo, su pacifismo y su camino propio eran su
principal riqueza.
* * *
Durante mi primer paso
por el Congreso, aprendí mucho sobre cómo opera Colombia. Descubrí que la política
en el país existe, realmente, en los días previos a las elecciones, cuando la
maquinaria de los partidos se encarga de entregar dinero en efectivo en un
barrio o en un pueblo a cambio de votos por un candidato. En eso consiste toda
la participación política de la mayoría de los electores colombianos. Ese es,
en resumidas cuentas, el sistema político del país; uno que depende del dinero
y del poder, dos fuerzas que indudablemente van de la mano. Pero, a comienzos
de los noventa, a esa realidad hay que sumarle el hecho de que entraron en
juego los poderes mafiosos, una articulación entre un sector político del
establecimiento colombiano y el narcotráfico.
Aquella
alianza, para usar el término de Gómez Hurtado, sostiene el régimen. Un
concepto que, para mí, expresa no solo una forma política sino un contenido
económico. Es, en últimas, una serie de relaciones alrededor de la economía
que producen la mayor de las desigualdades: la social. Y sus consecuencias
son devastadoras: la apropiación depredadora de la riqueza, la explotación del
trabajo, la extracción de las materias primas de la naturaleza y del recurso
público para ponerlo en manos de las personas que manejan el poder político y
económico en Colombia.
El
Congreso colombiano cumple dos funciones que permiten la perpetuación de los
poderes mañosos. Primero, tiene la función de sostener la imagen de una
democracia liberal. Nadie puede negar que en el país existe la rama ejecutiva,
la legislativa y la judicial. La existencia misma del Congreso permite defender
la tesis de que en Colombia existe la democracia, pero eso es un espejismo, una
manipulación de la política colombiana, porque basta con analizar la situación
para descubrir que la mayoría de integrantes del Congreso solo obtienen sus curules
por la conexión que tienen con el régimen mañoso. De no ser por el dinero que
entrega el narcotráfico para la compra de votos, la inmensa mayoría de los
parlamentarios nunca llegaría al aparato legislativo.
La segunda función que cumple el Congreso colombiano es que los parlamentarios le ofrecen una base de apoyo social al régimen mañoso. Los electores que venden su voto, que son millones en nuestro país, aunque no tienen conciencia de aquello que está detrás del dinero, son los cimientos de ese sistema. Sin ellos no existiría dicho régimen. Se derrumbaría como un castillo de naipes. Aquellos electores, por lo general, vienen de los sectores más excluidos del país, son pobres y están al margen del régimen económico capitalista. Son campesinos agotados, desempleados en las ciudades, trabajadores por cuenta propia que hacen parte de lo que se llama la “economía informal”, que no es más que una economía premoderna de muy baja productividad y muy baja generación de riqueza que cumple la función de mantener con vida a la mitad de la población.
Esa
economía informal es la que permite que las mafias hagan su agosto. Tienden sus
tentáculos algunas veces para reclutar a jóvenes y configurar los ejércitos
privados que controlan territorialmente partes de ciudades y regiones de
Colombia, y otras veces para lavar sus dólares. También sustituyen
el crédito bancario, pues los bancos no llegan a la mitad de la población
colombiana, que está en la informalidad. De esta manera se construyen sistemas
de crédito usurero que permiten el lavado de dólares de una buena parte del
excedente cocai- nero. Además, se levantar bases sociales del mismo negocio
de la cocaína, no solo para vender al detal y en pequeñas cantidades en los
mercados internos del país, sino también para que las rutas de exportación
lleguen desde los laboratorios hasta los puertos de embarque. Ese trayecto
resulta en una construcción social, que implica que una parte de la población
lo cuide, o por lo menos se silencie ante su existencia para no ser asesinada.
Las
rutas del narcotráfico no solo necesitan del control de la sociedad, sino
también del poder político. Así se forma un vínculo entre poderes políticos
locales y organizaciones narco- traficantes. La mafia conforma ejércitos
privados para el control de una ruta que actúa bajo el terror, el dinero, la
seducción y las formas culturales que se han elaborado en los últimos cincuenta
años. Yo llamo a esta estructura la sociedad traqueta. No es que la sociedad
esté compuesta por millones de personas que se dedican al negocio del
narcotráfico, sino que las personas se han adherido a ese tipo de negocio a
partir de una serie de lazos que ha tejido nuestro régimen político actual.
Uno de esos lazos es precisamente la venta de votos. El dinero para la compra de votos es un dinero que viene, en buena parte, de la venta ue la cocaína. Aunque el elector no lo sabe, vende su voto y así fortalece esta estructura económica y política. El congresista elegido, a su vez, vende su voto, para que el establecimiento pueda aprobar sus leyes que en su totalidad giran alrededor de una concentración de la riqueza en el país. El neoliberalismo, que se articula en ese eje de normas transitorias déla Constitución del 91, permitió el crecimiento del régimen mañoso y este necesitó del neoliberalismo.
Cuando
llegamos al Congreso de la República en 1991, éramos muy ingenuos. No
conocíamos cómo operaba la maquinaria política. Habíamos intentado analizar
por qué se había hundido el proceso de paz en Santo Domingo entre el Gobierno y
el M-19, sin llegar a una respuesta satisfactoria. Y solo la descubrimos
cuando entendimos que el documento que había resultado del proceso era una
reforma política que preocupaba al sistema clientelista. Por ejemplo, el
acuerdo de paz sugería poner listas por partido y usar un modelo que permitiera
que las formaciones nuevas eligieran más parlamentarios que las tradicionales.
Nuestra idea era ayudar a romper el bipartídismo en Colombia, esa tradición que
permitió que los partidos Liberal y Conservador se disputaran el poder durante
dos siglos. Sin embargo, esa reforma asustaba a quienes practicaban el sistema
clientelista; es decir a los aliados del régimen mañoso Por eso hundieron el
proceso de paz. La mafia había tocado nuestro movimiento en varias ocasiones y
esta, aunque implícitamente, fue una de esas veces.
Otro
encuentro con la mafia ocurrió tras la retención de Marta Nieves Ochoa, miembro
del clan mañoso de los Ochoa. El episodio de Marta Nieves desató una violencia
que nosotros no habíamos siquiera calculado, en especial contra las estructuras
del M-19 en Antioquia. La violencia llegó al punto que Pablo Escobar torturó
personalmente a quien había dirigido la operación: José Helvencio Ruiz. Fue tal
la virulencia de la tortura, y tal la resistencia de Ruiz, que Escobar sintió
por él admiración, propia del machismo exacerbado de las mafias. Decidió,
entonces, perdonarle la vida. Lo amarraron con unos costales y lo entregaron al
Ejército en Bogotá.
Nuestro
problema en el M-19 era que no analizábamos en detalle la realidad política del
país. En alguna reunión, Rosemberg Pabón sugirió que la mafia era un factor de
poder. No obstante, se refería a que era un elemento que debíamos tener en
cuenta al momento de transformar a Colombia. Rosemberg buscaba que el M-19
entrara a jugar con los factores de poder. Pero esa mentalidad abandonaba por
completo la idea fundacional del movimiento, que planteaba la necesidad de
transformar las estructuras en el país para devolverle el poder al pueblo.
Las
consecuencias de esa lógica fueron nefastas: por su culpa, la operación del
Palacio de Justicia fracasó de manera tan trágica: no previmos que la cúpula
del Ejército estaba relacionada con Escobar, y que el jefe del cartel de
Medellín se aliaría con las Fuerzas Armadas para asesinar a los magistrados que
lo estaban juzgando a él y a los militares. Con esa misma ingenuidad nos
acercamos al proceso de paz en el 89. Creimos que el proceso se iba a aprobar
en el Congreso por el simple hecho de que el presidente Barco así lo quería,
pero no sabíamos que era la mafia, y no él, el verdadero poder detrás de los
votos de la rama legislativa. Esa mafia terminó asesinando al hacedor de la paz
del M-19, Carlos Pizarro, a través del Estado y a través del director del DAS,
Miguel Maza Márquez.
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Tras cada
asesinato de un militante de la Unión Patriótica había una manifestación que
iba a su entierro, lloraba junto al féretro y gritaba indignada, pero era una
minoría. La gran mayoría de la población era indiferente a esos crímenes. Otra
minoría, a su vez, aplaudía los asesinatos: celebraba que estuvieran matando
“comunistas”. Para ellos, esos asesinos eran héroes, como lo eran los
defensores políticos, aquellos congresistas que vendían sus votos y que yo
atacaba en mis debates. Esa parte de la sociedad poco a poco creció hasta
convertirse en la fuerza política que ha determinado el devenir del país en las
últimas décadas.
Yo
creía que nuestra victoria llegaría por medio de ganar debates. Pero no tuve
en cuenta que me había empezado a volver un político aristocrático. Me refiero
a que no analicé las consecuencias de que el saber no fuera democrático y
accesible a todos. En ese entonces, no se transmitían los debates por
televisión, ni siquiera en el canal público. No existía el internet, que hoy se
ha convertido en una herramienta crucial para la divulgación de los debates.
Las discusiones que se libraban en el Congreso eran casi clandestinas,
conocidas solo por los congresistas mismos. Y, cuando se debate a puerta
cerrada, de espaldas a una sociedad que no tiene forma de escuchar los
argumentos, la figura de ese político va quedando al margen, sin posibilidad
de apoyo popular.
Pero,
en mi candidez, no comprendí la importancia de transmitir nuestros mensajes. Lo
debates se habían vuelto mi proyecto de vida. Mi objetivo principal era
estudiar y tener ideas más contundentes que las de mis rivales. Tal vez me
convertí en un político de vanguardia, en una persona necesaria para descubrir
ciertas realidades, pero me alejé del apoyo de la sociedad. Poco a poco,
entendí que era un actor recitando un monólogo en un teatro sin público.
Lo
que pensé que me iba a dar una ventaja, al final, me aisló. No pude configurar
un movimiento popular. No se me había pasado por la cabeza la posibilidad de
ser incapaz de contar con ese apoyo. En cierto sentido, ya estaba cooptado.
Simplemente me concebía como una figura brillante dentro del Congreso, muy
parecido a cuando estudiaba en mi colegio de bachillerato y sacaba el primer
puesto todos los meses. En ese momento, me bastaba con que me dijeran que era
el mejor congresista. Yo me posicionaba como una especie de faro que brillaba
en el Congreso, cuya luz solo veían los demás congresistas, que eran parte del
régimen mafioso en Colombia. Solo de vez en cuando me mencionaba la prensa
colombiana, que no tenía ningún interés en presentar aquellos debates ante el
público. Por entonces, sentía satisfacción personal, ciego al hecho de que esas
victorias personales no influían de ninguna manera para cambiar el poder en
Colombia.
Cuando
llegaron las elecciones de 1994, el M-19 se había atomizado en un conjunto
disperso de individualidades. No fuimos capaces de juntarnos. Caímos víctimas
de la ambición política personal y la pusimos por encima de un proyecto por el
cual tanta gente había muerto, que representaba tanto para la historia
contemporánea de Colombia y que había escrito la Constitución del 91. Yo me
creí el cuento. Me engañé pensando que con hacer brillantes debates iba a
lograr los votos suficientes para ser senador de la República. Pero hice una
campaña terrible, porque no tenía dinero. Nunca había hecho una campaña
nacional, era la primera vez, y saqué 12 000 votos en todo el país. Era la
mitad de lo que necesitaba. Nos quemamos todos, excepto una señora. Navarro, por
su lado, entró en caída libre. En las elecciones a la Presidencia, solo obtuvo
400000 votos. Con ese resultado sus aspiraciones presidenciales llegaron a su
fin y también el fin de lo que quedaba del M-19. La Constitución se quedó sin
quien pudiera defenderla, mientras que, a lo largo y ancho del país, ocurrían,
una tras otra, las masacres de los pueblos colombianos.
Mi
situación personal y anímica se volvió muy difícil La pérdida de las
elecciones coincidió con la primera amenaza que me hicieron en público. Vino de
un grupo que se llamaba Colsingue. La lista de los amenazados la encabezaba
Manuel Cepeda, un colega y amigo mío. Luego seguía Vera Grave y después yo. A
Manuel Cepeda lo mataron. Yo había terminado amenazado, sin curul, sin sustento
político y sin el proyecto que me había acompañado políticamente desde los 18
años. En ese momento tenía 34 años, el mundo soviético se había caído, las
alternativas políticas no existían y la idea de hacer una revolución se había
desvanecido. Las principales figuras del M-19 que yo había apoyado y querido
tenían un discurso neoliberal. Colombia se había quedado sin alternativas. Fue
un momento de profunda desazón. Sentí, por primera vez, que nos habían
derrotado, y solo fui capaz de superar aquella sensación mucho tiempo después.
En
ese año, 1994, salí por primera vez de Colombia. Me fui llorando porque ese
viaje, para mí, era la derrota total, Aquel viaje era la separación de mi
patria.
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