miércoles, 25 de octubre de 2023

capitulo 12, La derrota y el exilio, una Vida Muchas vidas.

 

La derrota y el exilio

Una vez terminada la Constituyente, decidí participar en las elecciones legislativas de 1991. Yo, al igual que el resto de la militancia del M-19, creía que teníamos mucha relevancia política después de ser la fuerza mayoritaria de la Constituyente. Por eso pensaba que no sería difícil volverme congresista. Tenía toda la fuerza organizativa después de liderar los 80 comités en el depar­tamento de Cundinamarca. Asi que me centré en garantizar que Navarro no me sacara a bolígrafo limpio de encabezar la lista en la Cámara de Representantes de Cundinamarca. Me costó mucho esfuerzo, pero aproveché toda la fuerza que habíamos desplegado, y me lancé creyendo que ganaríamos, como ya lo habíamos logrado en la Constituyente.


Lo verdad, casi me quemo. Se elegían a siete representante? y yo quedé de sexto. No me ayudó que Navarro, al igual que había ocurrido con la Asamblea, planteara de entrada la tesis de establecer una coalición política. Como resultado de esa estra­tegia, figuras de otras fuerzas políticas encabezaron la lista, como Alvaro Leyva, Carlos Ossa Escobar y Angelino Garzón. Por eso mismo, ser elegido era significativamente más difícil para los que habíamos estado en la clandestinidad. Yo, además, no era un gran dirigente ni un comandante, nada por el estilo. La única razón por la que quedé elegido a la Cámara de Representantes fue por el apoyo de la gente de Zipaquirá. 

Tuve una alta votación, gracias al trabajo que había realizado allá como concejal. También influyó que los zipaquireños me habían visto luchar. Ellos habían sido testigos de mi determinación y de mi amistad con las fuerzas obreras del municipio. De no ser por eso, no habría sido congresista y mi vida sería otra.

Hoy, al reflexionar sobre esa época, considero que haberme lanzado a las elecciones legislativas fue una decisión acertada. Llegué con los ánimos en alto porque no me desgasté en la Constituyente, a la que en realidad ni siquiera me postulé. Yo postulé a un pequeño empresario, y lo pusieron en la lista, pero el señor quedó en el puesto 33, sin ninguna posibilidad de ser elegido, pues de la elección solo salieron 19 constituyentes. Ahora, la escasa probabilidad que tenía de ser elegido no fue la única razón por la que no participé en la lista. Tampoco me lla­maba la atención ser asesor; me parecía un puesto muy buro­crático. Implicaba sentarse en una oficina en el centro de Bogotá y perder toda relación con la gente real. Esa opción me parecía terrible. Yo quería mantener mi contacto con la población de Cundinamarca, seguir andando por sus carreteras, desvelarme en sus trochas, hablar directamente con el pueblo.

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Cuando se terminaron los comicios y descubrí que había ganado, no solo me sorprendieron mis resultados, sino también el bajo número de victorias del M-19. Solo habíamos quedado elegidos nueve senadores y trece representantes. La mayoría de los candidatos habían perdido. Éramos una minoría y, por eso, los demás congresistas no tardaron en miramos por encima del hombro. Nos relegaron a las últimas sillas del recinto y allí per­manecimos durante los siguientes cuatro años. El grueso de nuestra bancada no participaba y, cuando se atrevía a hacerlo, lo hacía sin convicción, sin decir nada relevante. Solo Gloria Quiceno y Everth Bustamante encabezaron una resistencia rela­tivamente importante a la Ley 100 de la salud en 1993, pero incluso en ese caso hubo concertación. El nuevo M-19, en otras palabras, empezó a olvidar la revolución que lo había llevado a las montañas y a luchar por otra Colombia. La cooptación polí­tica terminó ganando la partida. El movimiento, en cuestión de meses, se convirtió en un partido político tradicional, con clientelismo y búsqueda de puestos; perdió toda idea de un movi­miento popular. 


Nota: La presencia del M-19 fue significativa (en la contituyente de 1991) al obtener 19 delegatarios entre los 70 integrantes de la Asamblea, erigiéndose como la segunda fuerza después del liberalismo, que logró 24 escaños. Le siguió el Movimiento de Salvación Nacional (11), el Partido Social Conservador (5), y otras fuerzas minoritarias que incluyeron movimientos guerrilleros recientemente desmovilizados con voz pero sin voto. Esta participación es considerada el mayor éxito electoral de la Alianza Democrática M-19. Luego participó en listas para el Congreso obteniendo 12 curules en las elecciones del mismo año 9 senadores y tres represtantes -Gustavo Petro, Gloria Quiceno, Everth Bustamantes.


Senadores

1991Alianza Democrática M-19
senadores
Vera Grabe Loewenherz
Alianza Democrática M-19454.467
Pedro Antonio Bonnet LocarnoAlianza Democrática M-19
Carlos Albornoz GuerreroAlianza Democrática M-19
Bernardo Gutiérrez ZuluagaAlianza Democrática M-19
Mario Alberto Laserna PinzónAlianza Democrática M-19
Everth Bustamante GarcíaAlianza Democrática M-19
Eduardo Chávez LópezAlianza Democrática M-19
Samuel Gustavo Moreno RojasAlianza Democrática M-19
Aníbal Palacio TamayoAlianza Democrática M-19

representantes

1991Alianza Democrática M-19
Gloria Elena Quiceno AcevedoAntioquiaAlianza Democrática M-1938.376
Manuel Antonio Espinosa CastillaAtlánticoAlianza Democrática M-1942.406
Ramiro Alberto Lucio EscobarBogotáAlianza Democrática M-1960.153
Jesús Artunduaga RodríguezBogotáAlianza Democrática M-19
Luis Fernando Rincón LópezCesarAlianza Democrática M-1915.061
Gustavo Francisco Petro UrregoCundinamarcaAlianza Democrática M-1912.940

A mí me protegió de entrar en el mundo de la política tra­dicional el hecho de que yo no encajaba. El primer día que ingresé al Congreso llegué con un vestido que me había rega­lado Ricardo Mestizo, un empresario de Cundinamarca que había sido de la Anapo y del M-19. Muchos congresistas se bur­laron de mi traje, que era bastante barato y que por eso mismo contrastaba con los de los parlamentarios de la clase política. En esa exclusión, sin embargo, encontré un refugio, a diferencia de mis compañeros, que pronto sucumbieron a la forma tradicio­nal de hacer política. Entonces, hallé mi tabla de salvación en los debates. Al principio me sentía inseguro, no conocía las reglas, pero tan pronto las aprendí me lancé al ruedo: hice el debate sobre la privatización de Alcalis de Colombia. Yo cono­cía a los obreros de la empresa y sabía que allí trabajaban muchos comandos del M-19, así que me pareció una lucha que debía librar en el Congreso.

Álcalis era la productora encargada de la transformación química de sal: de ahí salía el sodio, el cloro y la soda cáustica. Tiempo después me enteré de que la soda cáustica la usaban para la producción de cocaína. Las tractomulas salían cargadas de ella para diversos lugares del país y algunas iban a los labo­ratorios de ios narcotrafícantes en el sur. La materia prima fun­damental de esa gran industria química, sin embargo, era la sal. Mejor dicho, el Gobierno iba a privatizar las minas de sal de Zipaquirá y del resto del país.

Decidí visitar una planta en Zipaquirá. Averigüé la fecha de la siguiente asamblea de trabajadores y llegué ese día para hablar­les Cuando todos se congregaron, me puse de pie y les plantee lo que sabía sobre la privatización. Les dije: “Hermanos, a esta empresa la van a privatizar y hay que prepararnos para resistir” Mi intención era usar un artículo de la nueva Constitución que permitía que los empleados se quedaran con la empresa si el Estado impulsaba su privatización. De esa manera, los trabaja­dores de las salinas se quedarían con las salinas y los trabajado­res de Álcalis, con esa empresa. Pero mi incursión en la asamblea fue un fiasco: terminó en una chiflatina por parte de los trabaja­dores. En ese momento, me pregunté, perplejo: “¿Y dónde está el M-19? ¿Me están chiflando aquí, a mí, que luché por Zipaquirá durante tanto tiempo?


De esa experiencia aprendí que a los trabajadores no les gusta escuchar malas noticias. Y, además, que no habían comprendido las implicaciones de la privatización. No habían entendido que iban a ser despedidos y que era importante tener una estrategia para que se volvieran propietarios. Uno de ellos, miembro de la Junta Directiva del Sindicato, se paró y me anunció: “Nosotros somos obreros, no dueños de empresas”. Después de ese suceso nunca volví a saber de la asamblea de trabajadores de las Salinas, porque privatizaron la empresa y los echaron a todos.


También privatizaron Álcalis y despidieron a los trabajadores, incluso después de que el Gobierno aceptara que ellos la com­praran. Gracias a ese episodio, conocí la astucia y la perversidad de la que son capaces algunos funcionarios públicos en nuestro país. Alberto Moreno, el ministro de Desarrollo, nos había dicho que los trabajadores podían adquirir Álcalis, pero que les tocaba buscar la plata. Ellos, por supuesto, no la tenían. Yo hablé con unos cooperativistas, pero la suma era muy elevada, valía como dos mil o tres mil millones de pesos de la época. Hablé también con bancos, pero ellos no les prestaban a trabajadores. Así que era misión imposible, por lo menos para los empleados. Porque cuando el Sindicato Antioqueño mostró interés, un banco le prestó la plata y en poco tiempo se hizo dueño de todas las empre­sas. Esa fue la primera vez que vi a la Constitución del 91 vulne­rada. La Carta estipulaba con claridad que, antes de enajenar cualquier bien, el Estado debía ofrecérselo a los empleados. En el caso de Álcalis, los involucrados se pasaron esa consideración por la galleta, despreciaron completamente esa regla.


La privatización ya se había formalizado cuando llegó la fecha del debate. Yo estaba nerviosísimo, no sabía ni cómo me debía parar en ese atril. Me refugié en estudiar los datos. Conocía a Álcalis y tenía una fuente relativamente importante que me había entregado información interna contable. De todas formas, estaba asustado. Era la primera vez que iba a tener un ministro frente a mí. Yo pensaba que él era una persona muy inteligente y que me iba a desbaratar los argumentos. Pero, de pronto, cuando me paré, descubrí que el ministro estaba temblando. Estaba más nervioso que yo. Verlo así me dio aliento y, después del debate, me sentí confiado. De alguna manera, su nerviosismo impulsó mi carrera parlamentaria y el resto de mis deba­te? Muchos se volvieron famosos.


Empecé a sentir que nosotros podíamos ser más que ellos. Mis compañeros, por el contrario, cada vez hablaban menos. No proponían ni agenciaban los debates que se debían dar. Su actitud me frustró. Yo me había unido al M-19 hacía más de una década y me costaba trabajo entender que el impulso vital que había galvanizado al movimiento había quedado reducido a un partido político sin mucha influencia y, además, amedrentado.


A pesar del cambio que había sufrido el M-19, estaba conven­cido de que podía existir en el país un movimiento alternativo integral. Y, en esas, en 1993, apareció en mi vida José Cuesta, un bogotano de Puente Aranda y militante del M-19 que había estado en todos los procesos del movimiento y que ofrecía un flujo de ideas y discusiones teóricas para pensar en la construcción de un modelo distinto para Colombia. Cuesta había pasado por la cárcel y había sido torturado por los militares. Más ade­lante, las Fuerzas Armadas habían intentado desaparecerlo, y estuvo a punto de morir, pero se salvó por la presión que se ejer­ció en ese momento. Había estudiado Filosofía y, cuando nos volvimos cercanos, daba clases en diversas universidades para sobrevivir. Siempre estaba pensando en cómo formar un movi­miento práctico que diera inicio a un proyecto alternativo y con­tundente en el país.


Con Cuesta se nos ocurrió participar en las elecciones de 1994. Como eran locales, llegamos a pensar en que yo me lan­zara a la Alcaldía de Bogotá, pero nos bastó analizar la situación un poco para darnos cuenta de que era una verdadera locura. Así que pensamos en otros candidatos y surgió el nombre de Antanas Mockus, que se había vuelto famoso a nivel nacional por cuenta del episodio de la bajada de pantalones. En octubre de 1993, el entonces rector de la Universidad Nacional había asistido a una reunión con unos estudiantes en el auditorio León de Greitf y, cuando estos lo silbaron, él respondió dándoles la espalda y mostrándoles el trasero.


José Cuesta y yo decidimos visitar a Mockus en su casa para proponerle la idea. Él creía que estaba inhabilitado por haber sido rector de la universidad, pero encontramos que las inhabi­lidades para ser alcalde eran las mismas que para ser presidente, y que su cargo no aparecía en esa lista. Una vez solucionamos ese impase, él se mostró interesado. En ese momento, el liberal Enrique Peñalosa y el conservador Moreno de Caro, por cuenta de su estrategia populista, encabezaban las encuestas. Teníamos la intuición de que Mockus podía ganarles y, al poco tiempo, los tres hicimos pública su candidatura en una pequeña taberna con tres cervezas. Invitamos a unos periodistas y yo anuncié que él era nuestro candidato a la Alcaldía de Bogotá.

La noticia fue una verdadera bomba mediática. En cuestión de cuatro días ya encabezaba las encuestas. Peñalosa, hasta ese momento el favorito, nunca me perdonó esa jugada. Mockus ganó con el 64 % de los votos y se convirtió en el primer alcalde de verdad independiente de los partidos tradicionales en la capi­tal colombiana. Tenía un programa relativamente innovador para ese entonces. Gracias a su indudable bagaje intelectual, modernizó los métodos de la acción política. Su único error fue no presentar una crítica contundente al neoliberalismo. Lo acep­taba, como lo aceptaba todo el mundo, porque para la mayoría era una manera pragmática de hacer las cosas.

Por las fechas de la candidatura de Mockus, a Cuesta se le ocurrió otra idea: traer a Hugo Chávez a Colombia. El venezo­lano era un militar que había intentado una insurrección y que había fracasado. La izquierda venezolana no tenía la capacidad de sacar al pueblo a las calles, y por eso su sublevación se redujo a un golpe de Estado que, a pesar de lo malogrado, tenía una plataforma ideológica profundamente bolivariana. Eso nos unía a él: el M-19 se había fundado sobre la idea de Bolívar como un eje de la construcción democrática de la Colombia contemporánea. De ahí viene el símbolo de la espada de Bolívar, que era muy significativo para el movimiento.

Cuesta se empeñó en que conociéramos a Chávez y por fin logró comunicarse telefónicamente con él. Fue toda una proeza si se tiene en cuenta que el venezolano no nos conocía. Solo sabía, de manera vaga, de la existencia del M-19. Yo en ese momento estaba en el Congreso y era cercano a Navarro, también había construido una amistad muy interesante con Gómez Hurtado, quien me invitaba a la biblioteca de su casa y hablábamos mucho. En una de esas visitas, le devolví los cuadros de caballos que él había pintado cuando lo retuvo el M-19. Alguna persona los había guardado y me los entregó a mí, porque sabía de nuestra amistad. Con Gómez hablábamos sobre todo de 1a Constituyente. El desconocía la perspectiva de nuestro movimiento y yo, la del suyo. Fueron sesiones muy instructivas. También me había vuelto amigo de Horacio Serpa, a quien había conocido durante mi tiempo dirigiendo la operación del M-19 en Santander. El caso es que mi cercanía con Navarro, Gómez y Serpa me per­mitió armar una agenda para que Chávez pudiera dialogar con todos ellos y conocer más sobre la Constituyente, uno de los temas que le había mencionado a Cuesta cuando hablaron por teléfono.

Chávez aterrizó en Bogotá el 25 de julio de 1994. Recién había salido de la cárcel y no tenía mucho dinero, así que lo alo­jamos en la sede de la Juventud Trabajadora de Colombia (JTC). Llegó con dos escoltas que lo habían acompañado en el intento de golpe de Estado.


 Los tres eran hombres castrenses y, por eso, invitamos a un grupo de militares colombianos retirados que pertenecían al Movimiento Bolivariano 200 a la celebración del cumpleaños de Chávez el 28 en la JTC. Fue una reunión intere­santísima, en la que también participó el general ecuatoriano Frank Pasos. El líder venezolano me dejó una muy buena impre­sión, hacía parte de la estirpe de militares nacionalistas. En un momento dado, me comentó que él había querido hacer una operación similar a la recuperación de la espada de Bolívar, pero con la espada de un héroe venezolano.


Yo no conocía bien el mundo castrense, pero sentí que Chávez era un líder nato, un hombre que amaba a su pueblo y que tenía ganas de luchar por él Por eso, creo yo, quería cono­cer de cerca la experiencia de la Constitución colombiana. Las reuniones con los constituyentes se dieron por separado y la conversación más interesante fue entre Gómez y Chávez, a pesar de sus diferencias ideológicas. Yo asistí a la entrevista. Gómez nos contó la experiencia de la negociación con Navarro para que el periodo de la Constituyente se ampliara y el enorme eiTor que cometió el jefe del M-19 al negociar con el Gobierno la inhabilidad de los constituyentes.


Luego hablamos con Navarro, quien admitió su error estra­tégico; le dijo a Chávez que una constituyente era como un mazo para hacer reformas y que una vez levantado había que dejarlo caer, es decir, que el esfuerzo transformador no se debía dete­ner. Poco tiempo después del regreso de Chávez a Venezuela, se volvió presidente elegido por el pueblo y logró convocar una Asamblea Constituyente. Se convirtió en un líder latinoameri­cano hasta su muerte. Chávez fue mi amigo y respeté su pro­ceso, pero me sembró muchas dudas el hecho de que en la fase final tratase de imitar el modelo cubano. El modelo cubano es un derivado del sistema soviético, y América Latina debe pro­poner un camino nuevo, precisamente uno que se cimente en la diversidad, en alejarse de ser simples extractores de materias primas como el petróleo o el carbón, en basar nuestra econo­mía en el conocimiento. Chávez lo sabía, pero al final quedó atrapado en el petróleo y en la imitación de un modelo, como el cubano, que estaba por rehacerse. Yo le envié una carta cuando decidió salirse del Sistema Interamericano de Derechos Humanos, le pedí reconsiderar su decisión. El sistema intera­mericano es un acumulado de luchas liberales y democráticas que es un pilar para las libertades de América Latina.


Tampoco me gustaba que el círculo que rodeaba a Chávez tuviera como su referente en Colombia a las FARC. No eran conscientes del enorme desprestigio del movimiento. Chávez caía en la trampa que le tendía Uribe de meterlo en un proceso que significaba más guerra para Colombia: el intercambio humanitario, el canje de prisioneros de guerra. Una cosa es can­jear prisioneros, tema estricto de la guerra, y otra cosa es acabar la guerra, que era nuestro propósito. Los venezolanos nunca nos entendieron, se cegaban más por la retórica y la imagen del gue­rrillero armado. El proceso venezolano no había sido de insurgencia armada y justo ese origen innovador, su pluralismo, su pacifismo y su camino propio eran su principal riqueza.

* * *

Durante mi primer paso por el Congreso, aprendí mucho sobre cómo opera Colombia. Descubrí que la política en el país existe, realmente, en los días previos a las elecciones, cuando la maqui­naria de los partidos se encarga de entregar dinero en efectivo en un barrio o en un pueblo a cambio de votos por un candi­dato. En eso consiste toda la participación política de la mayo­ría de los electores colombianos. Ese es, en resumidas cuentas, el sistema político del país; uno que depende del dinero y del poder, dos fuerzas que indudablemente van de la mano. Pero, a comienzos de los noventa, a esa realidad hay que sumarle el hecho de que entraron en juego los poderes mafiosos, una arti­culación entre un sector político del establecimiento colom­biano y el narcotráfico.


Aquella alianza, para usar el término de Gómez Hurtado, sostiene el régimen. Un concepto que, para mí, expresa no solo una forma política sino un contenido económico. Es, en últi­mas, una serie de relaciones alrededor de la economía que pro­ducen la mayor de las desigualdades: la social. Y sus conse­cuencias son devastadoras: la apropiación depredadora de la riqueza, la explotación del trabajo, la extracción de las materias primas de la naturaleza y del recurso público para ponerlo en manos de las personas que manejan el poder político y econó­mico en Colombia.


El Congreso colombiano cumple dos funciones que permi­ten la perpetuación de los poderes mañosos. Primero, tiene la función de sostener la imagen de una democracia liberal. Nadie puede negar que en el país existe la rama ejecutiva, la legislativa y la judicial. La existencia misma del Congreso permite defen­der la tesis de que en Colombia existe la democracia, pero eso es un espejismo, una manipulación de la política colombiana, porque basta con analizar la situación para descubrir que la mayoría de integrantes del Congreso solo obtienen sus curules por la conexión que tienen con el régimen mañoso. De no ser por el dinero que entrega el narcotráfico para la compra de votos, la inmensa mayoría de los parlamentarios nunca llegaría al aparato legislativo.


La segunda función que cumple el Congreso colombiano es que los parlamentarios le ofrecen una base de apoyo social al régimen mañoso. Los electores que venden su voto, que son millones en nuestro país, aunque no tienen conciencia de aque­llo que está detrás del dinero, son los cimientos de ese sistema. Sin ellos no existiría dicho régimen. Se derrumbaría como un castillo de naipes. Aquellos electores, por lo general, vienen de los sectores más excluidos del país, son pobres y están al mar­gen del régimen económico capitalista. Son campesinos agota­dos, desempleados en las ciudades, trabajadores por cuenta propia que hacen parte de lo que se llama la “economía infor­mal”, que no es más que una economía premoderna de muy baja productividad y muy baja generación de riqueza que cumple la función de mantener con vida a la mitad de la población.


Esa economía informal es la que permite que las mafias hagan su agosto. Tienden sus tentáculos algunas veces para reclutar a jóvenes y configurar los ejércitos privados que con­trolan territorialmente partes de ciudades y regiones de Colombia, y otras veces para lavar sus dólares. También susti­tuyen el crédito bancario, pues los bancos no llegan a la mitad de la población colombiana, que está en la informalidad. De esta manera se construyen sistemas de crédito usurero que permi­ten el lavado de dólares de una buena parte del excedente cocai- nero. Además, se levantar bases sociales del mismo negocio de la cocaína, no solo para vender al detal y en pequeñas cantida­des en los mercados internos del país, sino también para que las rutas de exportación lleguen desde los laboratorios hasta los puertos de embarque. Ese trayecto resulta en una construcción social, que implica que una parte de la población lo cuide, o por lo menos se silencie ante su existencia para no ser asesinada.


Las rutas del narcotráfico no solo necesitan del control de la sociedad, sino también del poder político. Así se forma un vínculo entre poderes políticos locales y organizaciones narco- traficantes. La mafia conforma ejércitos privados para el con­trol de una ruta que actúa bajo el terror, el dinero, la seducción y las formas culturales que se han elaborado en los últimos cin­cuenta años. Yo llamo a esta estructura la sociedad traqueta. No es que la sociedad esté compuesta por millones de personas que se dedican al negocio del narcotráfico, sino que las personas se han adherido a ese tipo de negocio a partir de una serie de lazos que ha tejido nuestro régimen político actual.


Uno de esos lazos es precisamente la venta de votos. El dinero para la compra de votos es un dinero que viene, en buena parte, de la venta ue la cocaína. Aunque el elector no lo sabe, vende su voto y así fortalece esta estructura económica y polí­tica. El congresista elegido, a su vez, vende su voto, para que el establecimiento pueda aprobar sus leyes que en su totalidad giran alrededor de una concentración de la riqueza en el país. El neoliberalismo, que se articula en ese eje de normas transi­torias déla Constitución del 91, permitió el crecimiento del régi­men mañoso y este necesitó del neoliberalismo.


Cuando llegamos al Congreso de la República en 1991, éra­mos muy ingenuos. No conocíamos cómo operaba la maquina­ria política. Habíamos intentado analizar por qué se había hundido el proceso de paz en Santo Domingo entre el Gobierno y el M-19, sin llegar a una respuesta satisfactoria. Y solo la des­cubrimos cuando entendimos que el documento que había resultado del proceso era una reforma política que preocupaba al sistema clientelista. Por ejemplo, el acuerdo de paz sugería poner listas por partido y usar un modelo que permitiera que las formaciones nuevas eligieran más parlamentarios que las tradicionales. Nuestra idea era ayudar a romper el bipartídismo en Colombia, esa tradición que permitió que los partidos Liberal y Conservador se disputaran el poder durante dos siglos. Sin embargo, esa reforma asustaba a quienes practicaban el sistema clientelista; es decir a los aliados del régimen mañoso Por eso hundieron el proceso de paz. La mafia había tocado nuestro movimiento en varias ocasiones y esta, aunque implícitamente, fue una de esas veces.


Otro encuentro con la mafia ocurrió tras la retención de Marta Nieves Ochoa, miembro del clan mañoso de los Ochoa. El episodio de Marta Nieves desató una violencia que nosotros no habíamos siquiera calculado, en especial contra las estruc­turas del M-19 en Antioquia. La violencia llegó al punto que Pablo Escobar torturó personalmente a quien había dirigido la operación: José Helvencio Ruiz. Fue tal la virulencia de la tortura, y tal la resistencia de Ruiz, que Escobar sintió por él admiración, propia del machismo exacerbado de las mafias. Decidió, entonces, perdonarle la vida. Lo amarraron con unos costales y lo entregaron al Ejército en Bogotá.


Nuestro problema en el M-19 era que no analizábamos en detalle la realidad política del país. En alguna reunión, Rosemberg Pabón sugirió que la mafia era un factor de poder. No obstante, se refería a que era un elemento que debíamos tener en cuenta al momento de transformar a Colombia. Rosemberg buscaba que el M-19 entrara a jugar con los factores de poder. Pero esa men­talidad abandonaba por completo la idea fundacional del movi­miento, que planteaba la necesidad de transformar las estructuras en el país para devolverle el poder al pueblo.


Las consecuencias de esa lógica fueron nefastas: por su culpa, la operación del Palacio de Justicia fracasó de manera tan trágica: no previmos que la cúpula del Ejército estaba relacio­nada con Escobar, y que el jefe del cartel de Medellín se aliaría con las Fuerzas Armadas para asesinar a los magistrados que lo estaban juzgando a él y a los militares. Con esa misma ingenui­dad nos acercamos al proceso de paz en el 89. Creimos que el proceso se iba a aprobar en el Congreso por el simple hecho de que el presidente Barco así lo quería, pero no sabíamos que era la mafia, y no él, el verdadero poder detrás de los votos de la rama legislativa. Esa mafia terminó asesinando al hacedor de la paz del M-19, Carlos Pizarro, a través del Estado y a través del director del DAS, Miguel Maza Márquez.


*

Tras cada asesinato de un militante de la Unión Patriótica había una manifestación que iba a su entierro, lloraba junto al féretro y gritaba indignada, pero era una minoría. La gran mayo­ría de la población era indiferente a esos crímenes. Otra minoría, a su vez, aplaudía los asesinatos: celebraba que estuvieran matando “comunistas”. Para ellos, esos asesinos eran héroes, como lo eran los defensores políticos, aquellos congresistas que vendían sus votos y que yo atacaba en mis debates. Esa parte de la sociedad poco a poco creció hasta convertirse en la fuerza política que ha determinado el devenir del país en las últimas décadas.


Yo creía que nuestra victoria llegaría por medio de ganar deba­tes. Pero no tuve en cuenta que me había empezado a volver un político aristocrático. Me refiero a que no analicé las consecuen­cias de que el saber no fuera democrático y accesible a todos. En ese entonces, no se transmitían los debates por televisión, ni siquiera en el canal público. No existía el internet, que hoy se ha convertido en una herramienta crucial para la divulgación de los debates. Las discusiones que se libraban en el Congreso eran casi clandestinas, conocidas solo por los congresistas mismos. Y, cuando se debate a puerta cerrada, de espaldas a una sociedad que no tiene forma de escuchar los argumentos, la figura de ese polí­tico va quedando al margen, sin posibilidad de apoyo popular.


Pero, en mi candidez, no comprendí la importancia de transmitir nuestros mensajes. Lo debates se habían vuelto mi proyecto de vida. Mi objetivo principal era estudiar y tener ideas más contundentes que las de mis rivales. Tal vez me convertí en un político de vanguardia, en una persona necesaria para des­cubrir ciertas realidades, pero me alejé del apoyo de la sociedad. Poco a poco, entendí que era un actor recitando un monólogo en un teatro sin público.


Lo que pensé que me iba a dar una ventaja, al final, me aisló. No pude configurar un movimiento popular. No se me había pasado por la cabeza la posibilidad de ser incapaz de contar con ese apoyo. En cierto sentido, ya estaba cooptado. Simplemente me concebía como una figura brillante dentro del Congreso, muy parecido a cuando estudiaba en mi colegio de bachillerato y sacaba el primer puesto todos los meses. En ese momento, me bastaba con que me dijeran que era el mejor congresista. Yo me posicionaba como una especie de faro que brillaba en el Congreso, cuya luz solo veían los demás congresistas, que eran parte del régimen mafioso en Colombia. Solo de vez en cuando me mencionaba la prensa colombiana, que no tenía ningún inte­rés en presentar aquellos debates ante el público. Por entonces, sentía satisfacción personal, ciego al hecho de que esas victorias personales no influían de ninguna manera para cambiar el poder en Colombia.


Cuando llegaron las elecciones de 1994, el M-19 se había atomizado en un conjunto disperso de individualidades. No fui­mos capaces de juntarnos. Caímos víctimas de la ambición polí­tica personal y la pusimos por encima de un proyecto por el cual tanta gente había muerto, que representaba tanto para la histo­ria contemporánea de Colombia y que había escrito la Consti­tución del 91. Yo me creí el cuento. Me engañé pensando que con hacer brillantes debates iba a lograr los votos suficientes para ser senador de la República. Pero hice una campaña terri­ble, porque no tenía dinero. Nunca había hecho una campaña nacional, era la primera vez, y saqué 12 000 votos en todo el país. Era la mitad de lo que necesitaba. Nos quemamos todos, excepto una señora. Navarro, por su lado, entró en caída libre. En las elecciones a la Presidencia, solo obtuvo 400000 votos. Con ese resultado sus aspiraciones presidenciales llegaron a su fin y tam­bién el fin de lo que quedaba del M-19. La Constitución se quedó sin quien pudiera defenderla, mientras que, a lo largo y ancho del país, ocurrían, una tras otra, las masacres de los pueblos colombianos.


Mi situación personal y anímica se volvió muy difícil La pér­dida de las elecciones coincidió con la primera amenaza que me hicieron en público. Vino de un grupo que se llamaba Colsingue. La lista de los amenazados la encabezaba Manuel Cepeda, un colega y amigo mío. Luego seguía Vera Grave y des­pués yo. A Manuel Cepeda lo mataron. Yo había terminado amenazado, sin curul, sin sustento político y sin el proyecto que me había acompañado políticamente desde los 18 años. En ese momento tenía 34 años, el mundo soviético se había caído, las alternativas políticas no existían y la idea de hacer una revolu­ción se había desvanecido. Las principales figuras del M-19 que yo había apoyado y querido tenían un discurso neoliberal. Colombia se había quedado sin alternativas. Fue un momento de profunda desazón. Sentí, por primera vez, que nos habían derrotado, y solo fui capaz de superar aquella sensación mucho tiempo después.


En ese año, 1994, salí por primera vez de Colombia. Me fui llorando porque ese viaje, para mí, era la derrota total, Aquel viaje era la separación de mi patria.



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