miércoles, 25 de octubre de 2023

capitulo 15, Mi reunión con Carlos Castaño, una Vida Muchas vidas.

 

Mi reunión con Carlos Castaño

En el año 2000 me hicieron una invitación para hablar con los paramilitares. En un comienzo rechacé la oferta, pero con mi equipo en Bogotá evaluamos si era conveniente sostener esa reu­nión. Desde mi época en el M-19, siempre habíamos priorizado el diálogo con nuestros enemigos así que, después de analizarlo en detalle, accedí. Le pedí su consejo al hermano de Germán Castro Caycedo, que estaba al frente de la Defensoría del Pueblo. Él me dijo que fuera acompañado a la reunión de Castaño. Me mencionó a Milene Andrade, la defensora de Córdoba. Me pare­ció una buena idea, porque ella me podía proteger incluso desde un punto de vista jurídico.


También consulté a Angelino Garzón, quien ya había hablado con Garlos Castaño. Su consejo fue que hablara con mucha firmeza desde el comienzo, porque el líder paramilitar se disminuía ante las personas con convicciones fuertes. Con esa sugerencia en mente volé de Bogotá a Sincelejo. Allí se encontraba Verónica, mi novia de entonces, y ella manejó el carro que me llevó de manera clandestina hasta la casa de Andrade en Montería. Yo había asumido que ella, al ser una tra­bajadora del Estado, me iba a prestar su cobertura para que me sintiera seguro durante la riesgosa entrevista. Pero, más ade­lante, cuando hice mis investigaciones sobre el paramilitarismo, descubrí que ella hacía parte del proyecto paramilitar. Mejor dicho, sin saberlo me había metido en la boca del lobo.


Pero, claro, en ese momento yo no sabia que Andrade estaba bajo las órdenes de los Castaño. Para mí solo era una empleada común y corriente de la Defensoría del Pueblo. Incluso, al llegar a su casa, conocimos a su esposo. Todo nos pareció normal. Así que me despedí de Verónica y le avisé que, si llegaba a demorarme más de la cuenta, seguramente estaría en poder de los paramilitares. Andrade y yo salimos y nos montamos en un jeep viejo que había venido a recogernos. Camino a la reunión, oí en la radio que habían secuestrado a Carlos Alonso Lucio, un antiguo mili­tante del M-19. Yo me dirigía a hablar con Carlos Castaño, y nadie podía asegurarme que no me iba a suceder lo mismo que a Lucio. Ese día, los paramilitares tenían el poder de matar a dos pájaros de un tiro.


Las canciones que sonaron en la radio del carro me toma­ron por sorpresa. Ignoraba que, para entonces, las emisoras de Córdoba ya no transmitían vallenato o porro, un género oriundo de la zona que me encanta. En cambio, solo sonaba música nor­teña, del norte de México. Era evidente que la nueva música hacía parte de un cambio cultural más profundo, ligado a la nueva realidad de una sociedad que estaba profundamente paramilitarizada y gobernada por el narcotráfico. Era como estar presenciando una especie de invasión en la cultura popular.


Ni Andrade ni el conductor sabían que yo era oriundo de Ciénaga de Oro y que, por eso, sabía por dónde me llevaban. Traté de grabarme la geografía en mi cabeza para ubicarme. El primer recorrido fue por una carretera pavimentada, parte de la ruta que conecta a Montería con Tierra Alta. Conocía esa vía porque mi tío, Alvaro Petro, tenía una pequeña finca en la zona. De hecho, pasamos al lado de la entrada. Cuando la vi sentí el deseo de bajarme del carro y quedarme allí. Un tiempo después, calculé que estábamos cerca de Tierra Alta, pero enton­ces el carro giró a la derecha. Yo sabía que, pronto, tendríamos que cruzar el río Sinú, y efectivamente así fue.


Atravesamos el río en un planchón. Los que lo manejaban tenían camisetas de las Fuerzas Militares, pero eran paramilitares. Pensé que, a pesar de no saber nadar, de pronto me tocaría tu arme al agua. Si lograba aferrarme a un tronco, sobreviviría, conocía la geografía y sabía qué había aguas abajo. Por fortuna, no necesité de mi plan de escape. Después de cruzar el río, pasr mos por un caserío donde se veían niños muy pobres, flacos y en las calles. Cruzamos grandes ganaderías. Se notaba el influjo latifundista, el control paramilitar. Empezó un ascenso por la serranía y. mientras tanto, yo hacía cálculos para saber cuál podía ser. La cordillera Central se divide en tres serranías cuando llega a Córdoba: Abibe, San Jerónimo y Ayapel. Supuse que estaba en San Jerónimo y, cuando llegamos al filo, empecé a ver los filos de las ametralladoras de mis anfitriones. Nos baja­mos en una hacienda. Me percaté de que, mientras la guerrilla se movía por trochas y montañas, el paramilitarismo se movía en camionetas y entre grandes haciendas.


Me recibieron con un plato de sopa. Había un muchacho muy joven que oficiaba como relacionista público. Yo estaba "n tanto nervioso, pero recordaba la frase de Garzón: tenía c, le *er firme. Me dejaron en un cuartico con Andrade. En algún momento, comenzó una reunión en un quiosco de la finca. No alcanzaba a ver los rostros de las personas reunidas, pero debían ser unos treinta o cuarenta, todos bien vestidos. Supuse que eran ganaderos o latifundistas del departamento. A mí me lle­varon a un cuarto y, minutos después, entraron los que eran integrantes de la cúpula del paramilitarismo. No reconocí a muchos, pero al lado de Castaño había un hombre muy gordo, tal vez Don Berna o Monoleche. Castaño empezó a hablar y a repetir que Córdoba había llegado a su estado natural gracias a ellos. Esa misma frase se la había escuchado por radio al pre­sidente de la Federación de Ganaderos de Córdoba, que tam­bién terminó relacionado con el paramilitarismo.


Si ese era el estado natural de las cosas, ¿qué era lo “anor­mal”? ¿El movimiento campesino, la insurgencia armada, la lucha popular cordobesa? Por otra parte, ¿a qué se referían con la palabra “natural”? ¿A ser terratenientes y tener cabezas de ganado? Entonces les aseguré, con voz firme y sin que se me notara el miedo que sentía, que ese no era el estado natural de Córdoba. Yo conocía ese departamento desde mi infancia, así que me pronuncié un discurso sobre la imposibilidad de gene­rar desarrollo con un proyecto latifundista que engordaba a las vacas, pero no a los niños hambrientos.


Castaño respondió a mi discurso con otro sobre Cuba. Seguramente suponía que yo era una especie de apéndice del régi­men castrista. Volví a responder con firmeza y entonces descubrí al Carlos Castaño del que me había hablado Angelino Garzón. El hombre se empezó a desmoronar ante mí. Se notaba que, en el fondo, era una persona débil mentalmente, que se diluía ante con­trincantes con convicciones e ideas profundas. Al cabo de unos minutos ya tartamudeaba y retrocedía. Sus supuestos subordina­dos militares lo interrumpían y hablaban en su lugar. Uno, incluso, le quitó la palabra, lo silenció y, para acorralarme, se jactó de que conocía mucho sobre la vieja izquierda. Yo no me dejé.encerrar, pero sí comprendí que Carlos Castaño no era el jefe del parami­litarismo. Era apenas una figura que ponían ante las cámaras y las personas vulnerables para asustar.


Cuando entendí ese hecho, me empecé a sentir un poco más seguro. De todas maneras, yo ya había trazado en mi cabeza una ruta de escape. Quizás habría sido suicida, porque toda la hacienda estaba rodeada de hombres armados: pero intuía que, si salía de noche, podía burlar el cerco de escoltas. Después solo tendría que bajar por la serranía para encontrar de nuevo el río Sinú.


 Transcurridas dos horas de la reunión, yo seguía sin enten­der para qué me habían citado. No me habían propuesto nada. Tal vez solo querían conocerme o quizás no se atrevían a propo­ner nada. En algún punto pensé que me iban a decir que yo era un secuestrado más y que Lucio se encontraba amordazado en la habitación de al lado. Pero, de pronto, se calmaron los ánimos, quizás por la presencia de la defensora, y decidieron dejarme ir. Hacia las horas de la tarde me montaron de nuevo en el jeep. Llegamos a la casa de Andrade en Montería y nos despedimos. Minutos después, Verónica y yo partimos hacia Sincelejo.


En su momento, para mí fue difícil encontrarle un sentido al episodio. Sin embargo, más adelante, cuando descubrí que exis­tía una operación militar en mi contra, entendí que esa cúpula probablemente estaba dividida y no sabía si ejecutar el atentado. Hoy tengo la sensación de que Castaño no quería matarme y que, a su manera, pensaba que me debían respetar. En la reunión yo había hablado con mucha vehemencia sobre la posibilidad de un proceso de paz con los paramilitares, y creo que por eso él quería dejarme vivir. Para entonces ellos ya contemplaban la opción de la paz y, pocos años después, el gobierno de Uribe se sentó a nego­ciar con ellos, pero no la paz, sino su legalización.


La propuesta que les hice era distinta. Yo no tenía en mente el proceso del M-19 en Santo Domingo. Ellos no eran, a fin de cuentas, un actor político, sino un actor narcotraficante con poder político. Y, por eso, el proceso de paz de ellos no podía ser como el de un actor político armado. Esa noche le dije a Castaño: “Señor, si usted no hace un proceso de paz, sus pro­pios hombres lo van a matar. Porque el narcotráfico se carcome a sí mismo. Usted va a quedar prisionero tanto del narcotráfico como de sus propias fuerzas. No será la guerrilla, no será la izquierda, no será la posibilidad de un cambio político lo que lo va a matar. A usted lo va a matar su gente”.


Aquel día sentí que, para Castaño, yo podía ser útil en el futuro, y por eso defendió la tesis de no asesinarme. Por eso, creo, salí de la hacienda ubicada en las alturas de la serranía. Pero había otra ala del paramilitarismo que desconocía y que posiblemente ya me tenía en la mira. Se trataba de los hombres al mando del bloque Tolima. La muerte de Carlos Castaño a manos de su hermano Vicente, quizás fue producto del temor que sintieron los grandes narcotraficantes ante la posibilidad de una negociación con las autoridades norteamericanas. Carlos Castaño ya había iniciado esos contactos y esa posibilidad no era bien vista por muchos. Porque el hombre que yo había cono­cido en Córdoba y que había tartamudeado frente a mí acababa de tener a una hija que había nacido muy enferma y, tal vez, por eso había empezado a ver al país con ojos distintos.


Hoy considero que la reunión no tenía lógica. Ellos no habían pensado en hacerme ningún tipo de propuesta. Solo querían conocerme para atemorizarme y, finalmente, cooptarme. Quizás esa era su intención de fondo. Aunque sus ideas eran bastante inconexas e incoherentes, trataron de hablarme acerca de una izquierda buena y de una mala Tuve la sensación de que ellos me querían encasillar; que yo les dijera que pertenecía a la izquierda buena para usar eso de gancho y ponerme a su servi­cio. Su intención no era conocer mis ideas, sino la de convertirme en su aliado. Ellos no querían matarme, como llegué a pensar. Por el contrario, deseaban vincularme a su proyecto y que yo me convirtiera en un elemento clave para su proceso de paz.


No fue sino hasta años más tarde que me convertí en un objetivo militar de ellos, cuando mis debates se tornaron incó­modos y peligrosos para su organización. Pero, ya en ese momento, para ello se volvió difícil asesinarme. El Gobierno estaba arrinconado y el escenario internacional jugó un rol de presión importante, en particular los Estados Unidos. Muchos se sorprendieron de mis relaciones políticas con ese país. Era un momento muy crítico y varias personas de origen estadouni­dense me dijeron que era importante que yo fuera a Washington. Me organizaron una reunión con el demócrata Edward Kennedy, al que conocí y con quien me tomé una foto. Él me dijo que yo era un hombre valiente. No sé qué tanto sabría de mí, pero yo sí conocía algo de su historia. Sabía que su familia tenía un pasado de inmigrantes irlandeses y que ellos eran demócratas radica­les. En cierta forma, él aún era un demócrata radical. Kennedy se había enterado de mis debates contra el paramilitarismo en Colombia y de que me habían puesto al filo de la muerte. Así que preparó una carta con 40 firmas de congresistas norteame­ricanos y se la mandó a Álvaro Uribe exigiendo mi protección. Creo que Edward Kennedy salvó mi vida.


En ese viaje a Estados Unidos también me reuní con una serie de organizaciones de derechos humanos que me confirie­ron un premio por mis debates contra el paramilitarismo. Me entregaron una medalla y hubo un acto hermosísimo que me conmovió. Hubiera querido recibir ese homenaje de la sociedad colombiana, del Congreso de la República de Colombia, pero en cambio me lo otorgaron los norteamericanos. Guardo esa medalla con mucho cariño en mi oficina.


Al regresar al país publiqué la foto que me había tomado con Kennedy, pero ningún medio le prestó atención. Yamid Amat fue el único que la comentó en su noticiero. Creo que les sorprendió, y seguramente se les revolvió el estómago al pensar que el llamado comunista Petro era ahora un protegido de Ted Kennedy. Muchos intentaron calumniarme por mi relación con una parte del establecimiento norteamericano. Dijeron que yo era protegido del filántropo húngaro norteamericano George Soros, una absoluta falsedad. El MOIR, de hecho lanzó un ata­que, incluso llegó a asegurar que yo era de la CIA. Pero, más allá de eso, mi periplo por la política norteamericana congeló cual­quier posibilidad de asesinato en mi contra.


Los paramilitares con los que me reuní en el 2.000, así como otros que aparecieron más adelante, como Salvatore Mancuso, terminaron respetándome. Esos hombres, hoy presos en cárce­les de Estados Unidos, se sintieron traicionados por su aliado político y sintieron que cometieron un grave error al confiar en Álvaro Uribe. Esa traición les ha hecho reflexionar sobre el papel que tuvieron en el genocidio en Colombia y en la forma como fueron usados por el establecimiento. Por eso, años más tarde, Mancuso confesó que el paramilitarismo no fue más que un pro­yecto del Estado. Por supuesto, el Estado lo niega, pero parti­cipó en el genocidio del pueblo de Colombia, en las muertes de más de 100.000 colombianos asesinados a partir de la fuerza ver­tebrada del establecimiento político y económico del país. Y no deja de resultar paradójico que hoy los paramilitares sientan que la única posibilidad de paz real en Colombia es con Petro, ese personaje al que quisieron asesinar. 



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