miércoles, 25 de octubre de 2023

capitulo 9, Diálogo Tolimense, una Vida Muchas vidas.

 

Diálogo Tolimense

Llegué al Tolima poco después de que el M-19 liberara al líder conservador Alvaro Gómez Hurtado. El movimiento lo había retenido el 29 de mayo de 1988 como parte de la guerra contra la oligarquía que había propuesto Pizarro en el Campamento del Reencuentro. Durante la retención, sin embargo, se empezó a construir un diálogo político. Pizarro y Navarro, que se invo­lucró de lleno en el proceso desde Panamá, entablaron una negociación con una serie de fuerzas políticas, muchos amigos políticos de Gómez, y se terminó produciendo lo contrario al objetivo inicial: los globitos de la paz, como los llamaba Pizarro, empezaron a crecer.


En Ibagué me encontré con Édgar Molano, que había estado preso conmigo en Bogotá. Le tenía un cariño enorme. Admiraba su capacidad creativa. Era un constructor permanente de ideas. Cuando nos vimos, él estaba dedicado a los movimientos cultu­rales en la capital del Tolima. Molano me contactó con la com­pañía Jorge Eliécer Gaitán, del M-19, que en ese momento ya no dirigía Helio, pues Pizarro lo había reemplazado, al igual que a mí, por un comandante del Cauca. El nuevo líder se llamaba Carlos Erazo.


La compañía Jorge Eliécer Gaitán había cuidado a Pizarro durante las negociaciones que se desarrollaron en torno a la reten­ción de Gómez Hurtado. Cuando me uní a la compañía en las montañas del Tolima, me di cuenta de que había una sensación —en el país, en el Gobierno, dentro de nosotros mismos— de que se podía plantear otro proceso de paz. Era, sin duda, un resultado paradójico: la guerra contra la oligarquía había desembocado en una posible salida negociada del conflicto. Muchos miembros del M-19 nos acogimos pronto a esa iniciativa porque, al final, no nos habíamos olvidado de la idea democrática. Nosotros considerá­bamos que era absolutamente imprescindible que el M-19 saliera de su retraimiento y volviera a ser un eje en la vida política de Colombia. Desde el Cauca, Raulito Rojas Niño abanderó la pro­puesta de una negociación de paz. La llamó Diálogo Regional. Nosotros, coordinados con él, lanzamos una propuesta similar en el Tolima, llamada el Diálogo Tolimense por la Paz.


Mary Luz, mi pareja, también estaba comprometida con la idea de la paz. Ella había viajado conmigo al Tolima a pesar de que mi patrimonio en ese momento consistía en dos camisas, dos bluyines, una chuspa plástica y algo de dinero para coger el bus. Ella había estado en la Unión Patriótica y, si bien cada uno tenía ideas políticas propias, nos teníamos un grado suficiente de confianza y de admiración mutua para que no hubiera cho­ques. Los dos nos integramos a la compañía Jorge Eliécer Gaitán y convivíamos en las montañas, hasta que ella cometió un error y la cogieron presa en Ibagué. La ruptura fue violenta. Sentí que el Estado había roto mi enamoramiento. Sentí mucha rabia. Aunque el riesgo no era menor, empecé a meterme en la cárcel donde la tenían presa para verla unos minutos y llevarle merca­dos. A diario pensaba en formas de lograr que ella saliera libre.


La desazón que sentía por el encarcelamiento de Mary Luz no me distrajo de mis objetivos. Debía construir atmósferas favo­rables para lograr la paz. Me puse entonces en la tarea de contac­tar a casi toda la dirigencia política y económica del Tolima. De esa manera, conocí ai liberal Guillermo Jaramillo, que recién había dejado su cargo como gobernador del departamento. También me reuní con el liberal Alberto Santofimio. Me senté con gente que, hoy en día, es colaboradora de la Colombia Humana, pero que en ese momento eran parte de las filas de los partidos tradicionales. Hablé con un señor Giraldo, muy decente, que era con­cejal de Ibagué. También con Marco Emilio Hincapié, que ha sido dipútado del Tolima y que actualmente vive pendiente de la Colombia Humana. No sé qué imagen se habrán formado de mí, un joven flaco y pobre que se arriesgaba a hablar con ellos bajando de la montaña y yendo hasta sus casas. En unas pocas ocasiones, subí a algunos de ellos a nuestro campamento rural.


A mi me interesaba el mundo de la política legal para hacerlo gravitar alrededor de nuestra propuesta de paz, así que un día le pedí a jaramillo que me llevara al Congreso de la República. Él accedió y viajamos en su carro a Bogotá. Como Jaramillo era par­lamentario en ese entonces, nos dejaron estacionar en el parquea­dero sin ningún problema y, en seguida, entramos al recinto. Yo no podía creer que estuviera allí siendo combatiente del M-19, y menos aún que ese lugar sería, años más tarde, mi lugar de tra­bajo. Jaramillo me puso en contacto con algunos tolimenses con quienes yo aún no había hablado. En medio de esas presentaciones, vi de lejos a Turbay. Pensé: “Este fue el que nos torturó”.


Después de salir del Congreso, asistimos a una reunión con los santofimistas en un lugar llamado Casa del Tolima. Por pura coincidencia, en ese momento, la Autodefensa Obrera (ADO), una organización guerrillera, se tomó el Cinep, que quedaba en una casa en la misma cuadra. Enseguida todos los techos se lle­naron de militares. Yo pensé que venían a capturarnos, a mí y a Edgar Molano, que me había acompañado. Pasamos un susto tenaz. Los políticos también. Pero fue una simple coincidencia. Unas horas después, regresamos al Tolima y a sus montañas. Me fui de Bogotá contento: a todos los políticos con los que había hablado, independientemente de si eran conservadores o liberales, les había gustado la propuesta del diálogo tolimense por la paz. Yo sentía que las posibilidades de éxito del proyecto eran reales.


Raulito, mientras tanto, avanzaba en la misma dirección desde el Cauca. El único problema que teníamos era que Pizarro no estaba tan de acuerdo. Él había establecido una relación epis­tolar con Gómez Hurtado y, para entonces, tenía sus propias ideas. Por las fechas en que yo llegué al Tolima, Pizarro salió hacia la cordillera Oriental, al otro lado del río Magdalena, en busca de los campamentos de las FARC. Esa guerrilla aún seguía en tregua con el Gobierno por cuenta de un proceso similar al que nosotros habíamos hecho con Betancur. De ese diálogo había surgido la famosa Casa Verde, el campamento madre de las FARC en la cordillera Oriental, en la caída hacia los Llanos. Pizarro viajó allá con la idea de construir un proyecto que él había denominado la Coordinadora Guerrillera. Consistía en que el M-19 instruyera a las otras guerrillas para que sus fren­tes se convirtieran en unidades de ejército.


Varios combatientes de nuestro movimiento se entusiasma­ron con ese proyecto, entre ellos Carlos, el líder de nuestra com­pañía. Él comprendía la importancia de hacer política, pero no era de su gusto. Se sentía más cómodo manteniéndose en la tra­dición rural y de combate del M-19. Cada vez que yo hacía una reunión con algún político, tratando de avanzar el diálogo toli­mense por la paz, él empezaba a hablar de tomarse un pueblo. Particularmente, quería avanzar sobre una población llamada Ortega. Así que, mientras nuestro mando militar estaba planifi­cando esa acción, y dialogaba con la FARC para crear la Coordinadora Guerrillera Simón Bolívar, yo adelantaba un diá­logo regional de tipo político. En el campamento establecimos un equilibrio muy difícil entre quienes preferían la acción militar y aquellos que preferían el diálogo, que ál final se alivió cuando se postergó, en parte por mis intervenciones, la idea de tomarse Ortega.


En diciembre de 1988, después de reunirse con las FARC en Casa Verde, Pizarro regresó al Tolima. Tomó el mismo camino por el cual había partido: bajó la cordillera Oriental, cruzó el río Magdalena y subió la cordillera Central. Yo salí, con mis com­pañeros, a su encuentro. La idea era reunimos arriba del muni­cipio de Natagaima, en una vereda llamada La María. En los tiempos de la violencia de mediados del siglo XX se movía un bandolero apodado ‘Chispas! Allí había una escuela de entre­namiento militar de las FARC. Yo partí desde los lados de Ortega y subí por la cordillera de Calarma, por donde antes se movía el Chita.


Las caminatas eran arduas, pero para ese entonces yo tenía un muy buen físico. Nunca me quedaba colgado en una cami­nata. En la cárcel había hecho ejercicio a diario y realmente salí muy diferente de como entré. El ejercicio me curó las migra­ñas. Eso no quiere decir, desde luego, que recorrer las trochas tolimenses fuera sencillo. Las montañas del Tolima son extre­madamente empinadas, mucho más que las caucanas. El Cauca es un juego de niños al lado del Tolima. Aun así, mis compañe­ros nunca me dejaron atrás. Jamás perdí el paso ni me cansé.


Me había acostumbrado a la vida de monte. Dormir en el piso, en una hamaca o en una casa campesina no era un pro­blema. En el Bolívar 83 había dormido, por lo menos, en 200 camas distintas. Nada de eso representaba un choque para mí. De niño nunca viví como pobre, pues mi papá era un hombre asalariado, pero a duras penas daba con los gastos de la casa. No había tenido una vida de lujos, no sabía qué era tener un carro, aunque tampoco me interesaba. En las montañas del Tolima estaba viviendo mi revolución. Además, era parte del M-19, una de las vanguardias de la vida política del país. Hacia parte de un esfuerzo por transformar la historia de Colombia. Con sus erro­res y aciertos, pero, al fin y al cabo, comprometido con la acción.


En La María había un cabildo de los indígenas coyaima natagaima. Yo tenía amigos en esa comunidad. De hecho, muchos eran integrantes del M-19. Ellos, estratégicos, se habían tomado unas tierras. El líder del cabildo en Coyaima, Poloche, había sido el fundador del movimiento en la zona. Cuando fui a reunirme con Pizarro, ellos me acogieron en sus casas. Me gus­taba estar con ellos y dormir en sus hamacas. Ellos sacaban sus chirimías y yo les pedía que cantaran el Bunde, esa música pasio­nal que se convirtió en el himno del Tolima. Su cultura me recor­daba al Caribe, al mundo americano antes de la llegada de los españoles, cuando el río Magdalena emparentaba a las comuni­dades indígenas del país. Con ellos sentía que el Magdalena no era la salida de los Andes, sino su entrada. Desde el cabildo se veía el cerro de Pacandé, todo un referente para los guerrilleros. El cerro les decía dónde estaban ubicados. Siempre me dieron ganas de subirlo, pero nunca tuve la oportunidad.


La escuela militar de las FARC estaba ubicada dentro del cabildo. Allí nos reunimos con la fuerza militar del M-19, pues Pizarro, en su esfuerzo por crear la Coordinadora Guerrillera nos había juntado con ellos. Él, sin embargo, no estaba cuando nosotros llegamos. Los de las FARC eran muchos más que noso­tros, uno 200 hombres mal armados, con escopetas. No tenían fusiles; nosotros, en cambio, sí. Eso descrestaba a la muchachada campesina.


En la escuela entrenaban a personas jóvenes. Les enseñaban a disparar y los preparaban para una eventual ofensiva militar. Me sentía allí como mosco en leche. Mi interés era construir el diálogo regional, no participar en una operación bélica. A tra­vés del diálogo, hacía todo lo posible para aplazar las ofensivas y darle espacio y tiempo al desarrollo político. Sentía que, más pronto que tarde, iba a haber una colisión entre ambas facciones.

Un día llegaron a la escuela las comandancias de los otros grupos guerrilleros que operaban en el Tolima, el EPL y el ELN. De repente, me encontré rodeado por todos estos jefes milita­res, muchos de origen campesino. Les empecé a hablar del diá­logo regional y, para mi sorpresa, me prestaron a atención. Me hacían preguntas y comentarios. El proyecto les llamaba la aten­ción. El hecho de que yo hubiera estudiado me daba una ven­taja. Al mismo tiempo, me sentía en una posición extraña: ¿cómo diablos me había convertido en una especie de consejero para todas las fuerzas guerrilleras del Tolima? Me parecía increí­ble. En ese proceso me ayudó Édgar Molano, que murió des­pués. Yo temía, por encima de todas las cosas, que realizaran una ofensiva militar coordinada. Para mis adentros, me repetía: “Si eso ocurre, esto se destruye a sí mismo”.

En ese momento estaba bastante desencantado con el mundo militar. Incluso con su teoría. Me gustaba su compo­nente matemático; determinar, por ejemplo, cómo se organiza una unidad a partir del tipo de fusil. Pero, en últimas, no enten­día su objetivo. ¿Para qué era todo esto? ¿Para matar a otros y no dejarse matar? De eso se trataba el entrenamiento en la escuela de La María. Esa era la guerra. No sentía placer en eso. No me llamaba la atención. Nunca sentí, a diferencié de muchos de mis compañeros, una vocación militar. No me apasionaba que me llamaran coronel (los grados en el M-19 eran similares a los militares). Yo quería era hacer la revolución. Me veía a mí mismo como un revolucionario, ese era mi título. Me unifor­maba, hacía el orden cerrado, cantaba el himno, me ponía fir­mes, daba órdenes; pero no lo disfrutaba. Me parecía que en ese mundo militar había una tendencia al orden y a la disciplina qui ­no encajaba con otras realidades que exigían más libertad.

Por otro lado, no dejaba de sorprenderme el bajo nivel de lectura de los combatientes. Había una displicencia generali­zada hacia los libros. En las FARC el atraso era aún más evidente. El comandante del frente 21, Roberto, ni siquiera sabía leer ni escribir. Yo me dediqué durante esos días a enseñarle. El anal­fabetismo de ellos me aturdía, pues sentía que estaban tomando decisiones a ciegas. También me aturdía no saber cuál era el paso por seguir. Muchas veces, durante mi paso por el Tolima, pasaba un mes entero subiendo y bajando montañas, escalando y des­cendiendo filos, durmiendo y comiendo, sin hacer nada más; y yo pensaba: “A este ritmo, ¿cuándo se hará la revolución?” Eso me exasperaba. No quería pasar los siguientes cincuenta años de mi vida caminando de un lado al otro. Y eso era lo que suce­día, en buena medida, con las FARC.


Muchos de ellos estaban preparados para vivir buena parte de sus vidas en la guerrilla. Hacían parte de una impresionante máquina de resistencia y estaban entregados a ese estilo de vida, sin mayores ambiciones de tomarse el poder o de incitar la revo­lución. Esas montañas y esos pueblos eran su mundo. Allí tenían sus novias, sus esposas, sus hijos, que también entraban a la gue­rrilla. Ese microcosmos despertaba mi curiosidad. Poco a poco lo empecé a estudiar, y este fue un ejercicio que me ayudó a entender, en parte, las complejas dinámicas de violencia en Colombia.


Lo que sucedía con los amoríos era muy interesante. Cuando llegamos a la escuela militar, las muchachas de las FARC se sin­tieron atraídas por los muchachos del M-19. Les llamaba la aten­ción que fueran más urbanos, un poco más educados, que tuvieran fusiles. Eso produjo algunos episodios de seducciones y de celos, en un mundo donde todos y todas cargaban armas. En una ocasión casi estalló una pequeña guerra entre el M-19 y las FARC por culpa de un romance. A mí me tocó mediar para que todos bajaran las armas. En ese momento entendí que el mundo de las FARC era profundamente parroquial.


Si el muchacho afligido hubiera matado al otro, hubiera empezado a tejerse todo un tapiz de muerte. Porque entonces el muerto hubiera sido de una aldea tolimense y el que lo mató, de otra. Las familias se hubieran enemistado con la de la víctima y tomado la decisión de vengar su muerte. Y así sucesivamente. El odio hubiera empezado a pasarse de una generación a la otra, produciendo aún otra disputa que duraría décadas. En los pue­blos del Tolima conocí familias que llevaban cincuenta o sesenta años matándose entre ellas. Esa era, descubrí, la violencia en Colombia: un miembro de esas familias se unía a la guerrilla, un miembro de la otra se unía a los paramilitares, y el conflicto pasaba de un plano personal a uno nacional.


Durante mi tiempo en el Tolima aprendí muchas cosas que me sorprendieron. Por ejemplo, que el incesto era muy exten­dido en las familias campesinas de la zona. Cuando se descu­bría un incidente, inmediatamente los vecinos corrían a donde estaba el M-19 para pedirnos que fusiláramos al culpable. En nuestro movimiento había una consciencia de que no podía­mos matar a una persona así no más. En las FARC, sin embargo, no existía ese tipo de conciencia.


Un día llegamos a una casa campesina. No era una casa típica de esa región cafetera, en las que hay nevera, piso de cemento y uno se puede tomar un jugo de naranja o un pedazo de chicharrón; unas verdaderas delicias típicas de ese mundo rural. En la casa no había nada, se notaba la pobreza. Allí vivían una señora y un poco de muchachitos. Cuando llegamos, ape­nas nos saludaron. Ninguno hablaba, nos miraban en silencio. Eso me pareció extraño, pero aun así pasamos al solar. Por el lado de las FARC, estaban Roberto y otros integrantes de la comandancia. Por el lado del M-19, estábamos Carlos Erazo y yo. De repente, mientras hablábamos, me di cuenta de que está­bamos parados sobre una tumba. Apenas vi la cruz, dije: “Bueno, ¿aquí quién habrá muerto?” Los de las FARC se rieron. Carlos, curioso, los miró a los ojos: “¿Por qué se ríen?, ¿qué pasó?” Nos contaron, entonces, la anécdota: el señor de la casa, el marido de la señora que nos observaba en silencio, había sido acusado por un vecino de ser un “sapo”; mejor dicho, un informante. Los de las FARC, al enterarse, decidieron ponerle una trampa. Se vistieron con el uniforme del Ejército y entraron a la casa. El señor reaccionó amistosamente y les avisó: “Tranquilos, si viene la guerrilla, yo le echo veneno a la sopa”. Los guerrilleros, disfrazados, lo fusilaron ahí mismo.


Los muchachitos que nos acompañaban y que no decían ni una palabra eran hijos del señor. Por eso su silencio. Por eso su pobreza. Esa manera de reaccionar de las FARC hacía parte de lo que hoy llamaríamos su “cultura organizacionar. Con los años confirmé que esa práctica era cotidiana para ellos. Episodios de esa naturaleza sucedieron una y otra vez en las regiones con pre­sencia de las FARC. Era una especie de limpieza social, heredada de la Violencia, cuando liberales y conservadores exterminaban al que no pensara como ellos; un ejemplo más del microcosmos de la violencia. El M-19 jamás entró en esas dinámicas, y esa distinción nos salvó. Yo, personalmente, nunca he conocido a una persona común y corriente que profese odio hacia el M-19. Los pocos odios que existen están concentrados en la cúpula del poder, pero no en la base de la sociedad. No se puede decir lo mismo de las FARC: ellos sí despiertan odios, en parte por la manera en que actuaron en los campos de Colombia. Apenas supimos que pasó con el señor de la casa, ordenamos retirarnos para no herir más a esa familia humilde.


Después de pasar Navidad y Año Nuevo en la escuela mili­tar, unos doscientos hombres armados de las FARC y un pequeño grupo del M-19 salimos a Natagaima, a donde íbamos a recibir a Pizarro. Llegamos a esa región hermosa, llena de gusanos vene­nosos y escorpiones. También había una quebrada llamada la quebrada de María, arriba, en una zona calurosa. Desde allí se veía el río Magdalena. Pizarro había convocado en esa zona de Natagaima a las fuerzas militares de la Coordinadora Guerrillera para desarrollar una ofensiva militar que había acordado con Jacobo Arenas en Casa Verde. Pero, justo en ese momento, por culpa de los runrunes que habíamos desatado con los diálogos regionales en el Tolima y en el Cauca, el Gobierno quería sen­tarse a hablar con Pizarro.


El Gobierno no había querido hablar con Pizarro durante la retención de Alvaro Gómez. Una vez liberado, en los pasillos del Palacio üe Nariño creció como la espuma la esperanza de un diálogo con el M-19. El presidente Virgilio Barco y Rafael Pardo, el consejero presidencial para la Paz, buscaron a Pizarro en enero del 89. Para mí, la idea de la paz era emocionante. No solo significaba que el M-19 podría ocupar un lugar más prominente en la política del país. También me llamaba la atención porque la paz representaba la oportunidad de que Mary Luz saliera de la cárcel. Ella empezó a ocupar mis pensamientos por los días en los que llegó la delegación del Estado, compuesta por Rafael Pardo, Ricardo Santamaría, Jaramillo y otros. Llegaron además varios periodistas, entre ellos Daniel Coronell. La presencia de los reporteros nos hizo caer en cuenta de que Barco le estaba apostando todo a la posibilidad de un proceso de paz.


Pizarro, por su parte, no estaba tan convencido. Había llegado a la escuela militar vestido de civil, con Laura, su compañera, y con su guardia personal. No llegaron a pie, sino probablemente en bus o carro. Se notaba su mal estado físico; debió haber pasado un tiempo largo fuera de las montañas. En los días siguientes, miembros del M-19 empezaron a llegar desde varias regiones del país, aunque no necesariamente para fortalecer el diálogo con el Gobierno. Pizarro estaba decidido a hacer una ofensiva militar. Una noche, de hecho, nos dijo en la escuela militar: "Hay que rom­perle al Gobierno los globitos de la paz”.

Sentía que, de manera simultánea, habitábamos dos mundos diferentes. El mundo de la paz y el mundo de la guerra. El plan de Pizarro era proponerles a los hombres de Barco una negocia­ción con toda la Coordinadora Guerrillera, sabiendo que ellos no lo aceptarían. De esa manera, podía matar dos pájaros de un solo tiro: librarse de la negociación, sin asumir del todo la res­ponsabilidad, y dedicarse a la ofensiva militar. Yo pensaba que estábamos cada vez más cerca de ir a la guerra. El lugar donde nos encontrábamos no era ideal en ese sentido, pues nuestro cam­pamento se hallaba en un sistema montañoso aislado de la cor­dillera Central. En otras palabras, estábamos acorralados.

Consciente de ese hecho, Pizarro me pidió que le llevara las fuerzas especiales del M-19, un grupo de muchachos y mucha­chas que conformaban una especie de élite militar, relativamente urbano. Yo tenía que subirlos hasta la escuela militar todos los días y luego bajarlos hasta el río Magdalena, donde ellos dor­mían. Así duré como una semana, extenuado, pero consciente de que tenía el estado físico para cumplir con la labor. En esas caminatas, cuando miraba a mi alrededor y veía a la gente armada, decía: “Esta va a ser la nueva batalla de Yarumales”. Esa sospecha se intensificó cuando, un día, empezaron a construir trincheras. Las FARC, mientras tanto, miraban y aprendían. Ellos no sabían cómo se hacían. Por la radio, Pizarro hablaba a menudo con Jacobo Arenas. Yo escuchaba las conversaciones de los muchachos y las muchachas. Todos querían combatir. Yo, en cambio, solo deseaba que se realizara la paz.


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