capitulo 22, Una respuesta al presente
Cuando me presenté a
las elecciones presidenciales de 2018, no pensaba que iba a llegar muy lejos.
En un comienzo, de hecho, participé para apoyar a Humberto de la Calle. Sin
embargo, no quería hacer lo que el Partido Liberal y el establecimiento siempre
han esperado de nosotros, que es la concesión, sino que quería probar nuestra
fuerza y ponerla a disposición de una gran coalición. En ese momento,
sobrevaloraba la fuerza política del Gobierno y subvaloraba la mía.
De alguna manera, en medio de tantas luchas y resistencias,
de una vida que decidió no arrodillarse, llegué a la campaña presidencial del
2018, superando todas las barreras jurídicas que quisieron interponerme, los
embargos, que no me dejaban sino pensar cómo iría a conseguir la comida del día
siguiente. No me había robado un peso de la alcaldía; seguir el camino de la
corrupción podría haber solucionado mis problemas económicos, pero yo ya había
vivido el hecho de tener apenas dos pantalones y dos camisas, y no me asustaba
la pobreza; sabía que si me robaba un peso, mi contrincante social me volvería
añicos, y sabía que mantenerme alejado de la corrupción era lo único que me
permitiría volver real la posibilidad de la transformación real de Colombia.
El camino de la justicia social ahora se marcaba por mi transparencia total.
De pronto al caminar las calles fui sintiendo que cada vez
más la gente se abalanzaba sobre mi, tocándome, queriéndome. Ya no podía
entregar mis periódicos, mi propaganda, todo se volvía tumulto multitudinario.
Un día llegué a Valledupar y no pude caminar más de una cuadra. Me había
convertido en una alternativa real, veía los jóvenes llorar desesperados por
tener un futuro, sentía cómo me iba convirtiendc en una esperanza. Mi corazón
se había llenado de una energía nueva que había dejado de tener en el 2016. Mi
crisis integral en ese año estaba pasando. En el 2018 dejé de sentirme como un
individuo, los vientos de las gentes me llevaban de un lugar a otro, me hacían
un gigante.
Después de Valledupar, decidí llenar la plaza pública como
antaño lo hacían los grandes lideres del país, como Gaitán y López Pumarejo. Y
las plazas se llenaron, eran océanos de gentes. Era una energía popular que se
había decidido, que veía en mí el instrumento para cambiar la historia del
país. Mis discursos se llenaron de esa energía. En las noches, ante la plaza
llena de decenas de ciudades del país, tomaba el aire, sentía las vibraciones,
dejaba fluir las palabras; inspirado como el artista, mis palabras iban tomado
las formas de la multitud, su fuerza. Viví un momento de magia, viví lo que
sentían Andrés Almarales y Alfonso Jacquin, la gracia de García Márquez
convertida palabra hablada que vuela en el viento, que ent.a en el corazón,
que se vuelve huracán, que genera la multitud, única transformadora de la
historia.
La campaña mágica, así la llamé, me dio de nuevo la fuerza.
La vida había cambiado definitivamente, no tenía regreso y lo que pasara
conmigo dependería de la gente.
Creía que lo que necesitábamos era una confluencia de fuerzas
que contara con el apoyo de De la Calle, Fajardo y otros. Por eso propuse una
consulta popular para escoger un candidato común. Según las encuestas, no era
yo quien ganaba, sino Fajardo, aunque a mí me parecía incoherente que después
de la negociación de paz el artífice práctico ue ese proceso, De la Calle, no
tuviera fuerza. Para mí tenía sentido que él fuera el candidato más capaz de
ganar la consulta.
Me reuní con los liberales, pero ellos no estaban
preparados para asumir esa propuesta. En una reunión con César Gaviria y
Humberto de la Calle, el primero tomó la palabra y no la soltó, haciéndome
entender que él era el jefe real. Gaviria había sido el gran arquitecto del
neoliberalismo en Colombia, así que, para él, un acuerdo programático con
fuerzas que buscaban cambiar el modelo de la salud, las pensiones y la
educación resultaba muy incómodo. Por eso saboteó la consulta. Clara López, por
su lado, hizo un salto diferente: se volvió la fórmula vicepresidencial de
Humberto de la Calle, en vez de fortalecer la consulta que habíamos citado
públicamente.
Por esas fechas me visitaron Claudia López,
Angélica Lozano y Antonio Navarro. Claudia me dijo que no me presentara a las
elecciones, que yo era un buen senador y me pidió que me lanzara al Senado.
Estaba aburrido de la rama legislativa, a pesar de que ya habían pasado ocho
años desde mi último día en el Congreso. Intuía, además, que estábamos ante una
situación en la que íbamos a poder determinar el Gobierno. Al evaluar lo
ocurrido con Santos en las elecciones en 2014, sabía que nosotros habíamos sido
determinantes en su victoria. Ahora quería cogobernar, y eso implicaba un
acuerdo programático.
En esa reunión les propuse que, al día siguiente,
juntáramos las listas al Senado y que en ellas salieran las tres opciones presidenciales:
Claudia, Fajardo y yo. De esa manera podíamos dar un paso hacia algún tipo de
unidad. Pero ellos hicieron lo contrario: me engañaron, En menos de 24 horas
Claudia y Robledo renunciaron a sus candidaturas y se adhirieron a la de
Fajardo, como el gran candidato de esa coalición. Fajardo, con el apoyo de
todos los grupos políticos, rechazó la opción de una consulta, que terminamos
haciendo Carlos Caicedo y yo.
Como era obvio que la
iba a ganar, pensé en suspenderla. Clara López era de esa misma opinión.
Argumentó que no tenía razón de ser, y estuve de acuerdo. Sin embargo, la noche
antes de la rueda de prensa, Carlos me convenció y decidimos seguir. Esa mañana
Julio Sánchez Cristo entrevistó a Clara López y ella afirmó con convicción que
no habría una consulta. Pero Julio la corrigió y le comunicó que finalmente sí
se haría. Esa consulta, en realidad, no era una contienda entre Carlos y yo,
sino una competencia de números con la consulta de la derecha.
Hasta ese momento
pensaba que iba a apoyar a Humberto de la Calle, pero los hechos me obligaron a
cambiar de mentalidad, porque estaba metido de lleno en el proceso electoral.
Habíamos entrado en competencia directa con las fuerzas que aspiraban gobernar
a Colombia y que, hacía poco, habían rechazado la opción de la unidad, en la
que siempre había insistido. Cuando llegaron los resultados, saqué 2.800.000
votos y Carlos 500.000; mejor dicho, sumados teníamos 3 200 000. Solo estuvo por
encima de la nuestra la consulta de Duque, que contó con la irrestricta ayuda
del señor Galindo, un hombre oscuro, que repartió fotocopias de manera
irregular.
En ese momento, entendí que la contienda sería, realmente, entre Duque y yo. Así lo había decidido el escenario político. Él tenía ventaja y la única manera de superarlo era si las fuerzas verdes, las de Fajardo y Humberto de la Calle, confluían conmigo. Esa era la llave de la victoria, pero no estuvieron dispuestos a dar ese paso y permitieron la victoria del uribismo. Nosotros, sin embargo, lo que hicimos fue crecer. Aceptamos el reto de competir y pasamos a la segunda vuelta con mucha fuerza. En la primera, vuelta obtuvimos casi cinco millones de votos y en la segunda, ocho millones. Ahí la historia cambió. Desapareció el santismo y apareció la Colombia Humana.
Nosotros tomamos la bandera de defender la paz, pero el
uribismo volvió al poder. ¿Cómo? Con miedo, con la retórica de Venezuela. La
única manera de lograr esa mayoría popular fue sobre la base de una mentira y
no de una propuesta. En el primer y segundo mandato de Uribe, la consigna había
sido la destrucción de las FARC, que de alguna manera sintonizaba con una
sociedad que se sentía agredida, pero en 2018 no propus Won nada. Simplemente
se encargaron de hacer que la gente pensara que, si yo ganaba, Colombia se volvería
Venezuela. Eso fue todo.
Yo pensaba que la sociedad había madurado lo suficiente
como para no repetir la historia del plebiscito, pero no fue así. La sociedad
colombiana realmente maduró al ver que el Gobierno que eligió mandó a la
sociedad al abismo. Con esto se destruyó el gran peso político de Uribe. Y la
razón es sencilla: el uribismo ya no tiene razón de ser en el momento histórico
que está viviendo el país. No lograron escaparse de su propio discurso
guerrerista y fueron incapaces de plantearle al país de hoy soluciones a los
problemas que nos aquejan. Esa incapacidad los aisló de la sociedad, los
debilitó y les quitó su legitimidad. Pero también están nuestras propuestas de
2018, que tienen su raíz en la Bogotá Humana, y que ahora son vistas por la
sociedad como absolutamente pertinentes. Son una respuesta al presente de una nación que no
puede vivir más en el pasado.
Yo creo que
Duque ganó solo con el fraude. El fraude está en aquellas mesas que tienen
tanto número de votos que es imposible que en la realidad se hubieran
producido. Un elector demora dos minutos en promedio en el proceso de votar. La
jornada electoral tiene 480 minutos, es decir, en un mesa votan en la práctica
240 personas. Las mesas con más de 300 votos no son reales. En el 2018 hubo más
de 53.000 mesas de las 90.000 con ese comportamiento atípico e irreal. En las
mesas típicas, Duque y yo empatamos, mientras que en las atípicas él tomó dos
millones de votos de ventaja. Allí se realizó el fraude. Los alcaldes, la mayoría
son del régimen, ponen en las mesas atípicas jurados homogéneos: sus
funcionarios y contratistas; allí sin testigos, meten los votos fraudulentos en
las urnas y llenan los formularios de votantes irreales, nombre que les pasan
funcionarios corruptos de la Registraduría y que pertenecen a personas que se
fueron del pías y no volvieron a votar, hay seis millones de estas personas que
jamás sabrán que están votando en Colombia. Cuando llega el conteo, ya el
fraude está hecho. Así metieron dos millones de votos no existentes, así
ganaron la presidencia.
* * *
A veces me pregunto ¿qué futuro se merece Colombia? Para
mí, la respuesta incluye dos elementos: el saber y el reequilibrio con la
naturaleza. Si el país se mueve hacia la mitigación del cambio climático y
hacia la universidad expandida, tiene futuro. De lo contrario, no tendrá otra
opción sino fenecer.
A pesar de toda la ofensiva contra mi alcaldía, si
lo analizo hoy, esos dos pilares nos mantuvieron vivos en esos años. Nos
permitieron mostrarle al país un programa progresista posible y hablarle con
autoridad moral en las elecciones de 2018. Obtuvimos ocho millones de votos, y
si uno analiza los resultados electorales en Bogotá, le ganamos a Duque. En la
capital, obtuve 1800 000 votos; nadie había sacado jamás esa votación en la
historia de la ciudad. Ahora, mirando hacia adelante, las encuestas dicen que
tenemos el 53 % de la intención de voto en Bogotá; es decir, gracias a Bogotá y
a las reflexiones que han hecho sus ciudadanos, yo podría ser el próximo
presidente de Colombia.
El tiempo nos ha mostrado que siguen en mis
programas los pilares de mi alcaldía, si bien en este moménto yo cambiaría
algunas cosas. Al día de hoy, aún pienso que el Grupo Energía Bogotá tiene que
ser generador de energías limpias, .10 transmisor de
energías sucias; y que la Empresa de Telecomunicaciones de Bogotá (ETB) debe
llevar fibra óptica a los hogares pobres. También existen retos en cuanto a la
educación. Actualmente, creo que no se trata de expandir la educación, sino de
mejorarla. Hay que garantizar la universidad pública y gratuita y, por último,
hay que seguir con el proyecto del metro.
Muchos me han preguntado si el metro subterráneo
volvería a estar en mi agenda presidencial, y la respuesta es que esto depende
de qué tan avanzado esté el proyecto dei metro elevado. Ya se firmó un
contrato, pero a la fecha no se ha presentado un estudio de ingeniería, así que
no tenemos claro cuánto puede costal el metro elevado y tampoco sabemos si sea
viable. Así que es probable que el próximo presidente pueda tener dos estudios:
el del metro elevado y del metro subterráneo. Si yo soy el presidente, escojo
el que implique el mejor costo beneficio. Eso podría implicar la reformulación
del contrato.
Y es que el metro no es una política
revolucionaria. En la mayoría de ciudades del mundo moderno, hacer líneas de
metro forma parte de una política común y corriente. Pero aquí, unos grupos de
poder específicos que acumulan mucho dinero a partir de viejas tecnologías muy
depredadoras lo han convertido en un tema controversial. Chocamos con la
ortodoxia neoliberal que provocó la destitución y mi salida del Gobierno, pero
también vimos a la ciudadanía salir a la calle, llenar la plaza de Bolívar y
expresarse a favor de defender sus derechos democráticos.
La Bogotá Humana se convirtió en un laboratorio de
lo que podría ser una alternativa de poder en Colombia. Nuestra alcaldía fue
supremamente creativa y eficaz en la construcción de políticas públicas, la
mayoría de las cuales dieron los resultados que buscábamos. No fuimos
efectivos desde la perspectiva de los dueños del capital, que habrían
preferido fuertes inversiones públicas en infraestructuras de capital fijo,
basadas en cemento y propiciatorias de concesiones privadas. Nosotros invertimos
en la gente, volvimos al ser humano el centro de la acción del Estado. No fue
necesario cambiar las leyes ni el modelo económico en Colombia, simplemente
tuvimos una ruptura con el neoliberalismo. Fue un momento de vivencia
democrática muy rica.
Las estadísticas refuerzan todo lo que decimos.
Fueron cuatro años muy interesantes, incluso para los estudios académicos.
Mostramos resultados en muchos frentes. Evidenciamos que la política de
prevención en salud difiere de la salud convertida en mercancía; mostramos el
impacto que tiene generalizar la calidad educativa pública; resaltamos la
importancia de la mitigación del cambio climático y fortalecimos el poder
público.
La estadística histórica de ocupación laboral en
Bogotá durante mi alcaldía fue la más alta en la historia de la ciudad. La
mitad de la ocupacion laboral tiene que ver culi el empleo de rebusque y la
otra mitad con puestos asalariados. ¿Cómo se explica ese éxito desde el punto
de vista académico? Solo hay una explicación: el crecimiento de la ocupación
laboral estuvo ligado al mejoramiento de las condiciones de vida de la población
más pobre. Es evidente que, durante esos cuatro años, convertimos a Bogotá en
un hermoso laboratorio de construcción de política pública democrática, dentro
de las limitaciones de civil1 en un país bajo el neoliberalismo y
la violencia.
Para mí, fue una experiencia personal muy intensa.
A diario lograba, en las juntas y las reuniones de la administración,
trasladar recursos hacia los más humildes. A través de mi trabajo estaba
logrando construcciones reales de transformación democrática que en cierta
forma eran la concreción de muchas décadas de lucha. Desde el punto de vista
personal, la alcaldía fue muy enriquecedora. Aun en los momentos de mi destitución,
pude encontrar aspectos positivos. Uno de los que más ¡estaco fue la
movilización popular que permitió mi regreso a la alcaldía.
Han pasado seis años y muchas cosas han cambiado. El último dato escalofriante revela que, en una ciudad de ocho millones de
habitantes, solo un millón de sus ciudadanos y ciudadanas pasa el umbral de la
pobreza. Se invirtió completamente el proceso que lograron 12 años de
alcaldías progresistas. Nosotros fuimos responsables de un tercio de ese
progreso social acelerado. En esa docena de años obtuvimos resultados
muchísimo mejores que los de cualquier país bajo gobiernos progresistas en
América Latina.
Sin embargo, en un solo año se desbarató todo: en 2020, con
el gobierno de Claudia López. La alcaldesa no fue capaz de hacer del
presupuesto distrital un instrumento anticíclico contra la realidad que
provocó la pandemia del Covid-19. Muchos Estados reaccionaron ante la situación
de emergencia y emitieron dinero en cantidades alarmantes para proteger a sus
poblaciones. La deuuda, la pandemia también los golpeó, pero indudablemente fue muy inferior al vivido en Bogotá y el país en
general. Las naciones que invirtieron en la población lograron recuperar las
condiciones sociales de manera más rápida con ios sistemas de vacunación. Esto
no ha ocurrido en Colombia.
Claudia López cayó en la ortodoxia neoliberal, en la narrativa
de los sectores de poder de la ciudad, y perpetuó el modelo de Peñalosa, en un
momento en que lo que se necesitaba era el modelo de la Bogotá Humana. La
capital tenía la experiencia para enfrentar el Covid-19 y frenar el crecimiento
del hambre, la pérdida de la capacidad productiva y la pobreza. Sin embargo,
López decidió generar el mayor endeudamiento en la historia de Bogotá, cerca de
3000 millones de dólares, para hacer más de lo mismo: troncales de
Transmilenio. Eso, en medio de una crisis como la que produjo la pandemia, es
realmente una enorme irresponsabilidad que destruyó las conquistas sociales que
se habían conseguido en Bogotá.
Hoy López está cosechando las consecuencias por
medio del estallido social. Los bogotanos, incluso con miedo al Covid-19,
decidieron que había que decirle basta ya, de la misma manera como los colombianos,
en todo el país, salieron a mostrar su gran descontento con la presidencia de
Duque, anacrónica y represiva. La sociedad entera clama por un cambio. Y ese
cambio, por qué no, puede ser pronto el de todos nosotros: el de la Colombia
Humana.
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