miércoles, 25 de octubre de 2023

capitulo 22, Una respuesta al presente

 capitulo 22, Una respuesta al presente

Una respuesta al presente

Cuando me presenté a las elecciones presidenciales de 2018, no pensaba que iba a llegar muy lejos. En un comienzo, de hecho, participé para apoyar a Humberto de la Calle. Sin embargo, no quería hacer lo que el Partido Liberal y el establecimiento siem­pre han esperado de nosotros, que es la concesión, sino que que­ría probar nuestra fuerza y ponerla a disposición de una gran coalición. En ese momento, sobrevaloraba la fuerza política del Gobierno y subvaloraba la mía.

De alguna manera, en medio de tantas luchas y resistencias, de una vida que decidió no arrodillarse, llegué a la campaña pre­sidencial del 2018, superando todas las barreras jurídicas que quisieron interponerme, los embargos, que no me dejaban sino pensar cómo iría a conseguir la comida del día siguiente. No me había robado un peso de la alcaldía; seguir el camino de la corrupción podría haber solucionado mis problemas económi­cos, pero yo ya había vivido el hecho de tener apenas dos pan­talones y dos camisas, y no me asustaba la pobreza; sabía que si me robaba un peso, mi contrincante social me volvería añicos, y sabía que mantenerme alejado de la corrupción era lo único que me permitiría volver real la posibilidad de la transforma­ción real de Colombia. El camino de la justicia social ahora se marcaba por mi transparencia total.


De pronto al caminar las calles fui sintiendo que cada vez más la gente se abalanzaba sobre mi, tocándome, queriéndome. Ya no podía entregar mis periódicos, mi propaganda, todo se volvía tumulto multitudinario. Un día llegué a Valledupar y no pude caminar más de una cuadra. Me había convertido en una alternativa real, veía los jóvenes llorar desesperados por tener un futuro, sentía cómo me iba convirtiendc en una esperanza. Mi corazón se había llenado de una energía nueva que había dejado de tener en el 2016. Mi crisis integral en ese año estaba pasando. En el 2018 dejé de sentirme como un individuo, los vientos de las gentes me llevaban de un lugar a otro, me hacían un gigante.


Después de Valledupar, decidí llenar la plaza pública como antaño lo hacían los grandes lideres del país, como Gaitán y López Pumarejo. Y las plazas se llenaron, eran océanos de gen­tes. Era una energía popular que se había decidido, que veía en mí el instrumento para cambiar la historia del país. Mis discur­sos se llenaron de esa energía. En las noches, ante la plaza llena de decenas de ciudades del país, tomaba el aire, sentía las vibra­ciones, dejaba fluir las palabras; inspirado como el artista, mis palabras iban tomado las formas de la multitud, su fuerza. Viví un momento de magia, viví lo que sentían Andrés Almarales y Alfonso Jacquin, la gracia de García Márquez convertida pala­bra hablada que vuela en el viento, que ent.a en el corazón, que se vuelve huracán, que genera la multitud, única transforma­dora de la historia.


La campaña mágica, así la llamé, me dio de nuevo la fuerza. La vida había cambiado definitivamente, no tenía regreso y lo que pasara conmigo dependería de la gente.


Creía que lo que necesitábamos era una confluencia de fuer­zas que contara con el apoyo de De la Calle, Fajardo y otros. Por eso propuse una consulta popular para escoger un candidato común. Según las encuestas, no era yo quien ganaba, sino Fajardo, aunque a mí me parecía incoherente que después de la negociación de paz el artífice práctico ue ese proceso, De la Calle, no tuviera fuerza. Para mí tenía sentido que él fuera el candidato más capaz de ganar la consulta.


Me reuní con los liberales, pero ellos no estaban preparados para asumir esa propuesta. En una reunión con César Gaviria y Humberto de la Calle, el primero tomó la palabra y no la soltó, haciéndome entender que él era el jefe real. Gaviria había sido el gran arquitecto del neoliberalismo en Colombia, así que, para él, un acuerdo programático con fuerzas que buscaban cambiar el modelo de la salud, las pensiones y la educación resultaba muy incómodo. Por eso saboteó la consulta. Clara López, por su lado, hizo un salto diferente: se volvió la fórmula vicepresidencial de Humberto de la Calle, en vez de fortalecer la consulta que había­mos citado públicamente.


Por esas fechas me visitaron Claudia López, Angélica Lozano y Antonio Navarro. Claudia me dijo que no me presen­tara a las elecciones, que yo era un buen senador y me pidió que me lanzara al Senado. Estaba aburrido de la rama legislativa, a pesar de que ya habían pasado ocho años desde mi último día en el Congreso. Intuía, además, que estábamos ante una situa­ción en la que íbamos a poder determinar el Gobierno. Al eva­luar lo ocurrido con Santos en las elecciones en 2014, sabía que nosotros habíamos sido determinantes en su victoria. Ahora quería cogobernar, y eso implicaba un acuerdo programático.


En esa reunión les propuse que, al día siguiente, juntáramos las listas al Senado y que en ellas salieran las tres opciones pre­sidenciales: Claudia, Fajardo y yo. De esa manera podíamos dar un paso hacia algún tipo de unidad. Pero ellos hicieron lo con­trario: me engañaron, En menos de 24 horas Claudia y Robledo renunciaron a sus candidaturas y se adhirieron a la de Fajardo, como el gran candidato de esa coalición. Fajardo, con el apoyo de todos los grupos políticos, rechazó la opción de una consulta, que terminamos haciendo Carlos Caicedo y yo.

Como era obvio que la iba a ganar, pensé en suspenderla. Clara López era de esa misma opinión. Argumentó que no tenía razón de ser, y estuve de acuerdo. Sin embargo, la noche antes de la rueda de prensa, Carlos me convenció y decidimos seguir. Esa mañana Julio Sánchez Cristo entrevistó a Clara López y ella afirmó con convicción que no habría una consulta. Pero Julio la corrigió y le comunicó que finalmente sí se haría. Esa consulta, en realidad, no era una contienda entre Carlos y yo, sino una competencia de números con la consulta de la derecha.

Hasta ese momento pensaba que iba a apoyar a Humberto de la Calle, pero los hechos me obligaron a cambiar de mentali­dad, porque estaba metido de lleno en el proceso electoral. Habíamos entrado en competencia directa con las fuerzas que aspiraban gobernar a Colombia y que, hacía poco, habían recha­zado la opción de la unidad, en la que siempre había insistido. Cuando llegaron los resultados, saqué 2.800.000 votos y Carlos 500.000; mejor dicho, sumados teníamos 3 200 000. Solo estuvo por encima de la nuestra la consulta de Duque, que contó con la irrestricta ayuda del señor Galindo, un hombre oscuro, que repartió fotocopias de manera irregular.

En ese momento, entendí que la contienda sería, realmente, entre Duque y yo. Así lo había decidido el escenario político. Él tenía ventaja y la única manera de superarlo era si las fuerzas ver­des, las de Fajardo y Humberto de la Calle, confluían conmigo. Esa era la llave de la victoria, pero no estuvieron dispuestos a dar ese paso y permitieron la victoria del uribismo. Nosotros, sin embargo, lo que hicimos fue crecer. Aceptamos el reto de compe­tir y pasamos a la segunda vuelta con mucha fuerza. En la primera, vuelta obtuvimos casi cinco millones de votos y en la segunda, ocho millones. Ahí la historia cambió. Desapareció el santismo y apareció la Colombia Humana.

Nosotros tomamos la bandera de defender la paz, pero el uribismo volvió al poder. ¿Cómo? Con miedo, con la retórica de Venezuela. La única manera de lograr esa mayoría popular fue sobre la base de una mentira y no de una propuesta. En el primer y segundo mandato de Uribe, la consigna había sido la destruc­ción de las FARC, que de alguna manera sintonizaba con una sociedad que se sentía agredida, pero en 2018 no propus Won nada. Simplemente se encargaron de hacer que la gente pensara que, si yo ganaba, Colombia se volvería Venezuela. Eso fue todo.


Yo pensaba que la sociedad había madurado lo suficiente como para no repetir la historia del plebiscito, pero no fue así. La sociedad colombiana realmente maduró al ver que el Gobierno que eligió mandó a la sociedad al abismo. Con esto se destruyó el gran peso político de Uribe. Y la razón es sencilla: el uribismo ya no tiene razón de ser en el momento histórico que está viviendo el país. No lograron escaparse de su propio discurso guerrerista y fueron incapaces de plantearle al país de hoy solu­ciones a los problemas que nos aquejan. Esa incapacidad los aisló de la sociedad, los debilitó y les quitó su legitimidad. Pero tam­bién están nuestras propuestas de 2018, que tienen su raíz en la Bogotá Humana, y que ahora son vistas por la sociedad como absolutamente pertinentes. Son una respuesta al presente de una nación que no puede vivir más en el pasado.


Yo creo que Duque ganó solo con el fraude. El fraude está en aquellas mesas que tienen tanto número de votos que es imposible que en la realidad se hubieran producido. Un elector demora dos minutos en promedio en el proceso de votar. La jor­nada electoral tiene 480 minutos, es decir, en un mesa votan en la práctica 240 personas. Las mesas con más de 300 votos no son reales. En el 2018 hubo más de 53.000 mesas de las 90.000 con ese comportamiento atípico e irreal. En las mesas típicas, Duque y yo empatamos, mientras que en las atípicas él tomó dos millo­nes de votos de ventaja. Allí se realizó el fraude. Los alcaldes, la mayoría son del régimen, ponen en las mesas atípicas jurados homogéneos: sus funcionarios y contratistas; allí sin testigos, meten los votos fraudulentos en las urnas y llenan los formula­rios de votantes irreales, nombre que les pasan funcionarios corruptos de la Registraduría y que pertenecen a personas que se fueron del pías y no volvieron a votar, hay seis millones de estas personas que jamás sabrán que están votando en Colombia. Cuando llega el conteo, ya el fraude está hecho. Así metieron dos millones de votos no existentes, así ganaron la presidencia.

* * *

A veces me pregunto ¿qué futuro se merece Colombia? Para mí, la respuesta incluye dos elementos: el saber y el reequilibrio con la naturaleza. Si el país se mueve hacia la mitigación del cambio climático y hacia la universidad expandida, tiene futuro. De lo contrario, no tendrá otra opción sino fenecer.

A pesar de toda la ofensiva contra mi alcaldía, si lo analizo hoy, esos dos pilares nos mantuvieron vivos en esos años. Nos permitieron mostrarle al país un programa progresista posible y hablarle con autoridad moral en las elecciones de 2018. Obtuvimos ocho millones de votos, y si uno analiza los resultados electora­les en Bogotá, le ganamos a Duque. En la capital, obtuve 1800 000 votos; nadie había sacado jamás esa votación en la historia de la ciudad. Ahora, mirando hacia adelante, las encuestas dicen que tenemos el 53 % de la intención de voto en Bogotá; es decir, gracias a Bogotá y a las reflexiones que han hecho sus ciudada­nos, yo podría ser el próximo presidente de Colombia.

El tiempo nos ha mostrado que siguen en mis programas los pilares de mi alcaldía, si bien en este moménto yo cambiaría algunas cosas. Al día de hoy, aún pienso que el Grupo Energía Bogotá tiene que ser generador de energías limpias, .10 trans­misor de energías sucias; y que la Empresa de Telecomunicaciones de Bogotá (ETB) debe llevar fibra óptica a los hogares pobres. También existen retos en cuanto a la educación. Actualmente, creo que no se trata de expandir la educación, sino de mejorarla. Hay que garantizar la universidad pública y gratuita y, por último, hay que seguir con el proyecto del metro.


Muchos me han preguntado si el metro subterráneo volve­ría a estar en mi agenda presidencial, y la respuesta es que esto depende de qué tan avanzado esté el proyecto dei metro elevado. Ya se firmó un contrato, pero a la fecha no se ha presentado un estudio de ingeniería, así que no tenemos claro cuánto puede costal el metro elevado y tampoco sabemos si sea viable. Así que es probable que el próximo presidente pueda tener dos estudios: el del metro elevado y del metro subterráneo. Si yo soy el presi­dente, escojo el que implique el mejor costo beneficio. Eso podría implicar la reformulación del contrato.


Y es que el metro no es una política revolucionaria. En la mayoría de ciudades del mundo moderno, hacer líneas de metro forma parte de una política común y corriente. Pero aquí, unos grupos de poder específicos que acumulan mucho dinero a partir de viejas tecnologías muy depredadoras lo han conver­tido en un tema controversial. Chocamos con la ortodoxia neo­liberal que provocó la destitución y mi salida del Gobierno, pero también vimos a la ciudadanía salir a la calle, llenar la plaza de Bolívar y expresarse a favor de defender sus derechos democráticos.


La Bogotá Humana se convirtió en un laboratorio de lo que podría ser una alternativa de poder en Colombia. Nuestra alcaldía fue supremamente creativa y eficaz en la construcción de políticas públicas, la mayoría de las cuales dieron los resul­tados que buscábamos. No fuimos efectivos desde la perspec­tiva de los dueños del capital, que habrían preferido fuertes inversiones públicas en infraestructuras de capital fijo, basa­das en cemento y propiciatorias de concesiones privadas. Nosotros invertimos en la gente, volvimos al ser humano el centro de la acción del Estado. No fue necesario cambiar las leyes ni el modelo económico en Colombia, simplemente tuvi­mos una ruptura con el neoliberalismo. Fue un momento de vivencia democrática muy rica.


Las estadísticas refuerzan todo lo que decimos. Fueron cua­tro años muy interesantes, incluso para los estudios académi­cos. Mostramos resultados en muchos frentes. Evidenciamos que la política de prevención en salud difiere de la salud con­vertida en mercancía; mostramos el impacto que tiene genera­lizar la calidad educativa pública; resaltamos la importancia de la mitigación del cambio climático y fortalecimos el poder público.


La estadística histórica de ocupación laboral en Bogotá durante mi alcaldía fue la más alta en la historia de la ciudad. La mitad de la ocupacion laboral tiene que ver culi el empleo de rebusque y la otra mitad con puestos asalariados. ¿Cómo se explica ese éxito desde el punto de vista académico? Solo hay una explicación: el crecimiento de la ocupación laboral estuvo ligado al mejoramiento de las condiciones de vida de la pobla­ción más pobre. Es evidente que, durante esos cuatro años, con­vertimos a Bogotá en un hermoso laboratorio de construcción de política pública democrática, dentro de las limitaciones de civil1 en un país bajo el neoliberalismo y la violencia.


Para mí, fue una experiencia personal muy intensa. A dia­rio lograba, en las juntas y las reuniones de la administración, trasladar recursos hacia los más humildes. A través de mi tra­bajo estaba logrando construcciones reales de transformación democrática que en cierta forma eran la concreción de muchas décadas de lucha. Desde el punto de vista personal, la alcaldía fue muy enriquecedora. Aun en los momentos de mi destitu­ción, pude encontrar aspectos positivos. Uno de los que más ¡estaco fue la movilización popular que permitió mi regreso a la alcaldía.


Han pasado seis años y muchas cosas han cambiado. El último dato escalofriante revela que, en una ciudad de ocho millo­nes de habitantes, solo un millón de sus ciudadanos y ciudadanas pasa el umbral de la pobreza. Se invirtió completamente el pro­ceso que lograron 12 años de alcaldías progresistas. Nosotros fuimos responsables de un tercio de ese progreso social acele­rado. En esa docena de años obtuvimos resultados muchísimo mejores que los de cualquier país bajo gobiernos progresistas en América Latina.


Sin embargo, en un solo año se desbarató todo: en 2020, con el gobierno de Claudia López. La alcaldesa no fue capaz de hacer del presupuesto distrital un instrumento anticíclico contra la rea­lidad que provocó la pandemia del Covid-19. Muchos Estados reaccionaron ante la situación de emergencia y emitieron dinero en cantidades alarmantes para proteger a sus poblaciones. La deuuda, la pandemia también los golpeó, pero indudablemente fue muy inferior al vivido en Bogotá y el país en general. Las nacio­nes que invirtieron en la población lograron recuperar las con­diciones sociales de manera más rápida con ios sistemas de vacunación. Esto no ha ocurrido en Colombia.


Claudia López cayó en la ortodoxia neoliberal, en la narra­tiva de los sectores de poder de la ciudad, y perpetuó el modelo de Peñalosa, en un momento en que lo que se necesitaba era el modelo de la Bogotá Humana. La capital tenía la experiencia para enfrentar el Covid-19 y frenar el crecimiento del hambre, la pérdida de la capacidad productiva y la pobreza. Sin embargo, López decidió generar el mayor endeudamiento en la historia de Bogotá, cerca de 3000 millones de dólares, para hacer más de lo mismo: troncales de Transmilenio. Eso, en medio de una cri­sis como la que produjo la pandemia, es realmente una enorme irresponsabilidad que destruyó las conquistas sociales que se habían conseguido en Bogotá.

Hoy López está cosechando las consecuencias por medio del estallido social. Los bogotanos, incluso con miedo al Covid-19, decidieron que había que decirle basta ya, de la misma manera como los colombianos, en todo el país, salieron a mostrar su gran descontento con la presidencia de Duque, anacrónica y repre­siva. La sociedad entera clama por un cambio. Y ese cambio, por qué no, puede ser pronto el de todos nosotros: el de la Colombia Humana.


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