Tesis 1
El ciclo espiral
de la vida. Necesidad, valor de uso y consumo
[1.1] Materia, energía
y entropía
[1.1.1] Nuestro universo (¿hubo o hay otros?) tiene miles de millones de años desde su explosión inicial. Está constituido por materia y energía. La física tradicional desde I. Newton nos inclinó a pensar que leyes necesarias nos permitían analizar los movimientos del universo en el tiempo hacia el futuro o el pasado de manera reversible, ya que los fenómenos son repetibles y por ello previsibles.1 Esta concepción de la física está detrás de la filosofía moderna y de la economía estandar actual dominante como ciencia. Se pensaba en un círculo cerrado. Desde 1824 Sadi Camot inaugura la termodinámica que propone otro paradigma científico. Un cuerpo caliente comunica al medio físico el calor, se va enfriando entonces, hasta alcanzar una temperatura media. Pero dicha calor no puede regresar al cuerpo caliente originario y repetir el proceso. En la «flecha del tiempo» (I. Prigogine) ese calentamiento del ambiente es irreversible y de una complejidad no lineal ni cerrada.
Esquema 1.01. Permanencia y transformación de la materia y la energía
[1.1.2]
La materia y energía en el universo (en la Tierra
hay nueva materia por algunos meteoritos que caen en su superficie y pérdida de
ella por elementos que se expanden fuera de su gravedad) cuantitativamente permanece igual, no
hay creación ni pérdida absoluta de ninguna de las dos. Pero cualitativamente dicha materia y energía
se transforma de ciertos elementos en otros (por ejemplo, de hidrógeno en otros
más pesados), y con respecto a la vida (fenómeno por ahora sólo situado en la
Tierra) en materia y energía disponibles
para el metabolismo de la vida como recursos utilizados o consumidos por dicho
proceso vital. Una vez que son consumidos no pueden recuperar la propiedad
anterior de disponibles para la vida; son ahora disipados, dispersos, no
utilizables. En el caso de la vida humana transforma la materia y energía con
valor de uso consumiendo dicho valor y transformándolas en inútiles, sin valor
de uso, como hemos dicho. De manera que la vida se constituye en un factor que
acelera la entropía propia del universo inorgánico. Esto tendrá, como veremos,
efectos esenciales en la economía.
[1.2] El ser humano viviente
[1.2.1]
Situémonos entonces en el inicio mismo del
discurso argumentativo de la
filosofía de la economía desde su origen mismo. El planeta
Tierra, que se originó hace unos 5.000 millones de años, un punto perdido entre
millones de galaxias, es sin embargo el lugar, desde hace unos 3.500 millones,
donde se dieron las condiciones para que emergiera el fenómeno de los seres
vivos. La complejidad de una simple célula, es mayor que la de todo el universo
inorgánico, constituido sólo de macro moléculas que se expanden a la velocidad
de la luz en un universo inmenso con distancias de millones de años luz. El
proceso evolutivo de la vida llegó al nivel de los seres más desarrollados, los
mamíferos, entre ellos los primates, y sólo hace unos 4 millones de años
apareció el homo habilis.
Siguiendo el proceso evolutivo, hace unos 150 mil años se expande desde el
centro y este del África tropical el homo
sapiens, que se impone sobre las otras especies menos
evolucionadas, y se dispersa por toda la superficie terráquea en el
Paleolítico, llegando a Europa y a América a partir de unos 50 a 30 mil años.
[1.2.2]
El homo sapiens tiene una constitución
físico natural peculiar: es una corporalidad viviente con capacidad cerebral de
conciencia y autoconciencia[1] sobre sus
actos. Como ser vivo —y
esta característica tiene esencial importancia para toda economía posible,
aunque parezca ingenua u obvia— tiene un metabolismo que consume energía (en
último término solar, sintetizada por las bacterias y los vegetales) y otros
insumos materiales que debe perentoriamente reponer. El ser vivo es frágil,
vulnerable. Si no se alimenta se desnutre, y si come sobre el límite se
indigesta y pone en peligro su existencia; si no bebe el líquido necesario se
deshidrata, y si bebe demasiado se ahoga; si pierde temperatura se enfría, y si
la sufre en alto grado se carboniza bajo el sol implacable del desierto. La
vida humana está delimitada dentro de estrechos marcos o condiciones que deben
ser respetados con todo rigor, de tal modo que si no se cumplen la muerte es el
desenlace inevitable. Es una trágica dialéctica de vida o muerte. Siendo un ser
viviente posee un subsistema cerebral (que siente el dolor, por ejemplo, como
síntoma de peligro), que tiene la función de advertir la falta de energía o alimento en el
organismo (del azúcar en la sangre) y de otros recursos, que le indican que
debe producir una reposición de los mismos. Además, por su memoria (también
cultural), dicho sistema de detección de los elementos de su contexto permiten
tener una conciencia en general de aquello que le hace falta.
[1.2.3]
Obsérvese,
y ya lo hemos indicado, que todo el proceso o el metabolismo de la vida humana,
acelera el proceso entrópico del planeta Tierra, porque la especie humana
gastará desde su inicio más materia y energía que las obras especies, desde
siempre, desde su origen.
[1.3] La necesidad
[1.311 Llamamos necesidad la captación
emotivo-cognitiva que siente la subjetividad viviente (en el ámbito del sistema
límbico cerebral principalmente) de la falta
de (es una negatividad
física primera) un satisfactor
posible que pueda reponer la materia y la energía consumidas que no pueden
dejar de estar presenten en el proceso vital. Vivir es consumir, y el consumo
exige reposición. La necesidad se funda entonces en el hecho mismo físico,
real, empírico de la corporalidad del sujeto humano como viviente, que es el punto de
referencia originario del campo económico (porque en su esencia el ser humano es un ser que economiza energía para reponerla con la
menor cantidad de esfuerzo posible, y así garantizar su vida perpetua[2] en la Tierra). Esta vida humana no es un concepto, ni un
principio, y como tal ni siquiera un criterio. Primeramente es el mismo modo de la realidad del ser humano: es
el Urfaktum (hecho
original originante) de todo el campo
y de todos los sistemas
económicos. En tanto viviente el ser humano tiene necesidades, y en tanto
tiene necesidades pone (siendo simultáneamente una intención constituyente fenomenológica
igualmente original) a todas las cosas que le rodean en el mundo como posibles
satisfactores de esas
necesidades (que no son meras preferencias, como veremos más adelante). El
hambriento interpreta a todos los entes, las cosas, los objetos como posible
alimento, y gracias a su inteligencia práctica, que descubre las
características de la realidad física de las cosas circundante, escoge aquellas
que son interpretadas como las que cumplen inmediatamente con esa necesidad. El
sujeto necesitado puede equivocarse e ingerir algo venenoso como si fuera
alimenticio. Ese error, o no-verdad, puede causarle la muerte.[3] En ese caso,
la vida se transforma en el primer criterio de verdad (aún del conocimiento
teórico, y evidentemente del práctico o del económico).
[1.3.2] La
intención fenomenológica que constituye a las cosas como satisfactores, estima
la capacidad que tiene dicho bien en cuanto a la posibilidad de negar la
negación; si el hambre es negación por ser falta-de,
el comer es negar dicha negación afirmando al satisfactor en su cualidad real
de tal; es decir, en cuanto tiene propiedades que el ser viviente necesita para
sobrevivir: es entonces afirmación de la vida. El cumplimiento de las
necesidades básicas (comer, beber, vestirse, habitar, tener una cultura, etc.)
constituyen, además, las exigencias éticas o normativas fundamentales de los sistemas
económicos que toman con seriedad la materialidad de la subjetividad de la
corporalidad humana.[4]
Esquema 1.02. La espiral de la vida
[1.4] El valor de uso
[1.4.1]
La constitución fenomenológica de la cosa como satisfactor de una necesidad es lo
que se denomina desde Aristóteles valor
de uso. Es decir, la cosa real en sus propiedades de cosa, con
sus determinaciones físicas, puede situarse como una mediación de consumo del sujeto humano necesitado,
para calmar o colmar una necesidad. El valor
de uso es la cualidad real que tiene la cosa y que se transforma
en el contenido del
consumo: es decir, es la utilidad
de la cosa. El vestido ejerce su valor de uso en el acto de tenerlo puesto; si
se lo guarda en el ropero es meramente potencial, es decir, no es actualmente
valor de uso. Esencialmente, en su fundamento, el valor de uso es útil en tanto mediación actual que sirve
para reproducir la vida. Valor de uso y utilidad son semánticamente
correlativos (no se da uno sin el otro), aunque el primero indica una cualidad
concreta y la segunda su denominación abstracta. Sin viviente no hay valores de
uso; hay sólo propiedades físicas. Sin necesidades las cosas meramente existen,
pero no tienen valor de uso, porque no habría nadie que las use. Por otra
parte, sin el ser humano no hay autoconciencia de las necesidades.
[1.4.2]
Además,
las necesidades humanas determinan el consumir humano. El consumir humano no
es un mero consumir animal. Es un acto cultural, hasta ritual, y por ello se
puede festejar. Pero consumir, en
su significación primera físico material, significa negar a la cosa real en su ser de cosa
independiente e incorporarla,[5] subsumirla en la interioridad de la
misma corporalidad humana (el pan que es introducido en el órgano bucal, para
desde allí desarrollar todos los momentos de la digestión hasta su ingestión
intestinal). Esta ingestión es reposición de energía y de otros momentos
materiales anteriormente negados (consumidos por el proceso metabólico de la
vida), y por lo tanto es reposición o reproducción de la vida. Se repone lo
consumido (en el proceso vital) por el consumo (de la cosa con valor de uso).
[1.4.3]
Puede
entonces entenderse, y lo hemos ya indicado, que el valor «de uso» de las cosas reales sólo es puesto por el ser viviente, no en
tanto propiedad real de la cosa, sino en tanto valor «de uso». ¿Cómo podría tener «uso» algo simplemente real en la
naturaleza que por ello no tendría utilidad
ninguna ya que no se relacionaría a ningún ser viviente? Lo «de uso» del valor significa que la
propiedad real de la cosa en-sí es para-otro
(necesitado) útil. Utilidad y necesidad son los extremos dialécticos de la
relación. Sin la propiedad real de la cosa la necesidad del viviente no
descubre nada útil en su entorno (son cosas inútiles). Pero, desde el otro
término, sin necesidad ninguna propiedad real aparece como útil; es simplemente real ahí. Los
términos se definen mutuamente sólo en la relación dialéctica misma en acto.
Sin embargo, puede decirse que la propiedad real de la cosa es fruto de la
naturaleza misma, no su utilidad. K. Marx indica que el valor de uso está dado
por la naturaleza, por ejemplo en la Crítica
al programa de Gotha: a) sí,
en tanto propiedad real (el árbol da como fruto una manzana con propiedades
reales); b) no, en tanto
útil (el árbol que da manzanas no las produce en acto alimenticias, sino para
el que en su hambre las constituye
como alimento). El ser humano puede encontrar esa propiedad real ya existente en la naturaleza, y en ese
caso la usa. O puede producir la misma propiedad real (cuando planta la
semilla de un manzano para cosechar las manzanas). En ese caso el valor de uso
del satisfactor (la manzana que alimenta) es un producto humano que tiene un
valor de uso producido (y
por lo tanto tiene igualmente, por ser fruto del trabajo, otro tipo de valor:
véase tesis 2.1).
[1.4.4)
No hay que olvidar que el valor de uso son las
propiedad físicas de la materia y la energía disponibles para la vida humana,
que transforma entrópicamente a dicha materia y energía en inútiles, es decir,
no-valiosas, no disponibles para el metabolismo vital humano.
[1.5] El consumo
[1.5.1] El sujeto
necesitado se procura el satisfactor, como recolector, cazador o pescador
nómade al comienzo de la historia; obtiene la cosa cuyo contenido aquieta la
necesidad en cuanto incorpora a su subjetividad física la propiedad real de ese
bien que revierte el estado de ansiedad del peligro de no poder satisfacer lo
exigido por la vida para sobrevivir. Se denomina consumo el acto mismo por el que la
posesión de la cosa se consuma en la incorporación real del satisfactor en la
subjetividad sentiente (por ejemplo, en el caso de la bola alimenticia que es
tocada por las papilas gustativas o por las mucosas del estómago que desvía la
capacidad disolvente del ácido gástrico, que producía la sensación de hambre,
un cierto dolor, hacia el alimento que va siendo digerido por el estómago; en
el caso del vestido, por ejemplo, significa el sentir y realizar el conservar
la temperatura; en el caso de la casa, el guarecerse efectivamente, sobre todo
durante la noche, de los elementos hostiles; etc.). El consumo es la «subjetivación de la objetividad» (dice K. Marx en los Grundrisse).
[1.5.2] Por otra
parte, la satisfacción es el efecto físico y sensible subjetivo del hecho del
consumo realizado. El cerebro detecta en el acto de la ingestión la reposición
de azúcar en la sangre, por ejemplo, y la situación de hambre, de desagrado, de
la necesidad deja de sentirse. El sujeto se ha repuesto y el ciclo vital
primigenio (pre-económico) se ha cumplido. Y es anterior a la misma economía
porque todavía no ha habido trabajo, producción, modificación del entorno
físico-natural, intercambio. La cosa real y sus propiedades físicas como
satisfactor se encontraba ya
en el mundo circundante y fue necesario sólo tomarla, por «estar a la mano», y
consumirla, incorporarla, subsumirla. Es simbólica o míticamente el paraíso
anterior a la economía, o la economía de la abundancia de los recolectores y
cazadores del Paleolítico. Pero, en verdad, ni aún en ese caso el valor de uso era consumido puramente sin
algún esfuerzo, porque ir a recoger una raíz difícil de extraer o el cazar un
animal veloz significó ya un cierto trabajo. Por ello esa situación originaria
ideal es más bien un postulado que un hecho empírico. Un tal estado de naturaleza no existe nunca
realmente.
[1.5.3] Consumir no solamente es subsumir materia y
energía en el ser viviente, sino que es igualmente un momento entrópico terrestre
por el que cierta materia y energía son transformadas en residuos, basura,
cosas inútiles que ocupan lugar y que habrá que soportarías para siempre en la
Tierra. Es el efecto de un proceso entrópico que la economía moderna (y actual)
se niega a aceptar como necesaria. Es el inevitable efecto negativo de la vida.
Por ello no es un círculo vital,
sino más bien una espiral abierta,
en donde el proceso de la vida que crece radica y se nutre de una espiral
invertida que va disminuyendo sus cualidades (valores de uso) consumidas por el
proceso vital.
[1.6] La comunidad
viviente y necesitada.
[1.6.1]
Téngase
claramente en cuenta que esta espiral vital originaria (viviente-satisfactor-consumo-residuo,
Esquema 1.01) siempre
tuvo por actor colectivo a una comunidad,
sea una familia;. un clan, una tribu, etc. El individuo aislado y solitario de
Adam Smith (que se refiere al de Th. Hobbes) es una «robinsonada» absurda que
no vale como hipótesis, ni como postulado, ni siquiera como hecho histórico.
Es simplemente un punto de partida ideológico fetichizado, falso.
[1.6.2]
Por el
contrario, la comunidad es
la referencia intersubjetiva inevitable, tenga mucha densidad empírica (como
hoy entre los Aymaras de Bolivia) o poca (como en la vida urbana del siglo XXI
en numerosas ciudades de Europa o Estados Unidos), pero siempre se tienen
relaciones prácticas comunitarias. Son relaciones las más diversas,
institucionales o no, tales como las lingüísticas (como el lenguaje y la
comunicación), de familia y parentesco, de amistad informal, de adhesión, de
participación en asociaciones de la sociedad civil, educativas, voluntarias,
etc. La comunidad es el modo de la existencia humana y punto de partida de la
vida económica. Un cierto individualismo metafísico pretende partir de
individuos egoístas que estarían originariamente enfrentados por la competencia
en un hipotético (pero imposible) estado
de naturaleza hobbesiano. Dicho enfrentamiento siempre es posible
sobre el fundamento duro de la comunidad como condición a priori de posibilidad de la misma
competencia, porque ¿cómo podrían oponerse seres que no estuvieran en un mismo
campo, que no tuvieran una misma lengua, que no tuvieran bienes comunes por
los que lucharan y desde proyectos de existencia semejantes? La competencia de
los singulares ya presupone siempre como condición de posibilidad ontológica a
la comunidad, como el sustrato sobre el que se construye esa manera agresiva (y
patológica) de afirmación del sujeto competitivo.
[1.6.3)
Histórica y realmente, sin necesidad de avanzar
nada hipotéticamente, la comunidad gestiona siempre lo necesario y lo
distribuye equitativamente. Es lo que llamaremos un sistema equivalencial. Cada
miembro de la comunidad colabora en la obtención de los satisfactores con
valor de uso y no habría acumulación excesiva e injusta del excedente en manos
de algún miembro de la comunidad. Lo común se imponía.
[1] Véase mi Ética
de la Liberación(Dussel, 1998),
cap. I, § l.l [56ss].
[2]
La vida perpetua, ya lo veremos [T&sii 13.6.], ese! postulado ecológico
fundamental, pero es igualmente el postulado propiamente material délo económico en cuanto idea
regulativa que permite manejar
la escase: ( frecuentemente aparente) de ciertos recursos.
[3] Véaseel tema en Dussel, 2001, cap. 4, pp. !03ss: «La vida
humana como criterio de verdad».
[4] Véase el cap. 1 de Dussel, 1998. Ver más
adelante Tesis ¡3.8.
[5] El acto de «sub-sunciórt»
(Aujhebttng, en alemán,
concepto tanto hegelianocomo de K. Marx) supone por ello el doble movimiento:
a) de negar
io otro, y b) incorporándolo en la totalidad (en este caso corporal).
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