sábado, 18 de noviembre de 2023

tesis 1 16 tesis de Economía Politica. Introduccion. El ciclo espiral de la vida. Necesidad, valor de uso y consumo

 

Tesis 1

El ciclo espiral de la vida. Necesidad, valor de uso y consumo

[1.1]    Materia, energía y entropía

[1.1.1]   Nuestro universo (¿hubo o hay otros?) tiene miles de millones de años desde su explosión inicial. Está constituido por materia y energía. La física tradicional desde I. Newton nos incli­nó a pensar que leyes necesarias nos permitían analizar los movi­mientos del universo en el tiempo hacia el futuro o el pasado de manera reversible, ya que los fenómenos son repetibles y por ello previsibles.1 Esta concepción de la física está detrás de la filoso­fía moderna y de la economía estandar actual dominante como ciencia. Se pensaba en un círculo cerrado. Desde 1824 Sadi Camot inaugura la termodinámica que propone otro paradigma científico. Un cuerpo caliente comunica al medio físico el calor, se va en­friando entonces, hasta alcanzar una temperatura media. Pero di­cha calor no puede regresar al cuerpo caliente originario y repetir el proceso. En la «flecha del tiempo» (I. Prigogine) ese calenta­miento del ambiente es irreversible y de una complejidad no li­neal ni cerrada.

Esquema 1.01. Permanencia y transformación de la materia y la energía 

   

 Materia y energía
         cuantitativamente permanecen inalterados   
     cualitativamente de recursos accesibles (útiles)  = el metabolismo de la vida los transforma =  recursos inaccesibles (inútiles)

 



[1.1.2]    La materia y energía en el universo (en la Tierra hay nueva materia por algunos meteoritos que caen en su superficie y pérdida de ella por elementos que se expanden fuera de su grave­dad) cuantitativamente permanece igual, no hay creación ni pér­dida absoluta de ninguna de las dos. Pero cualitativamente dicha materia y energía se transforma de ciertos elementos en otros (por ejemplo, de hidrógeno en otros más pesados), y con respecto a la vida (fenómeno por ahora sólo situado en la Tierra) en materia y energía disponibles para el metabolismo de la vida como recur­sos utilizados o consumidos por dicho proceso vital. Una vez que son consumidos no pueden recuperar la propiedad anterior de dis­ponibles para la vida; son ahora disipados, dispersos, no utilizables. En el caso de la vida humana transforma la materia y energía con valor de uso consumiendo dicho valor y transformándolas en inútiles, sin valor de uso, como hemos dicho. De manera que la vida se constituye en un factor que acelera la entropía propia del universo inorgánico. Esto tendrá, como veremos, efectos esencia­les en la economía.

[1.2]   El ser humano viviente

[1.2.1]    Situémonos entonces en el inicio mismo del discurso argumentativo de la filosofía de la economía desde su origen mis­mo. El planeta Tierra, que se originó hace unos 5.000 millones de años, un punto perdido entre millones de galaxias, es sin embargo el lugar, desde hace unos 3.500 millones, donde se dieron las con­diciones para que emergiera el fenómeno de los seres vivos. La complejidad de una simple célula, es mayor que la de todo el universo inorgánico, constituido sólo de macro moléculas que se expanden a la velocidad de la luz en un universo inmenso con distancias de millones de años luz. El proceso evolutivo de la vida llegó al nivel de los seres más desarrollados, los mamífe­ros, entre ellos los primates, y sólo hace unos 4 millones de años apareció el homo habilis. Siguiendo el proceso evolutivo, hace unos 150 mil años se expande desde el centro y este del África tropical el homo sapiens, que se impone sobre las otras espe­cies menos evolucionadas, y se dispersa por toda la superficie terráquea en el Paleolítico, llegando a Europa y a América a partir de unos 50 a 30 mil años.


[1.2.2]                  El homo sapiens tiene una constitución físico natural peculiar: es una corporalidad viviente con capacidad cerebral de conciencia y autoconciencia[1] sobre sus actos. Como ser vivo —y esta característica tiene esencial importancia para toda economía posible, aunque parezca ingenua u obvia— tiene un metabolismo que consume energía (en último término solar, sintetizada por las bacterias y los vegetales) y otros insumos materiales que debe perentoriamente reponer. El ser vivo es frágil, vulnerable. Si no se alimenta se desnutre, y si come sobre el límite se indigesta y pone en peligro su existencia; si no bebe el líquido necesario se deshidrata, y si bebe demasiado se ahoga; si pierde temperatura se enfría, y si la sufre en alto grado se carboniza bajo el sol impla­cable del desierto. La vida humana está delimitada dentro de estrechos marcos o condiciones que deben ser respetados con todo rigor, de tal modo que si no se cumplen la muerte es el desenlace inevitable. Es una trágica dialéctica de vida o muerte. Siendo un ser viviente posee un subsistema cerebral (que siente el dolor, por ejemplo, como síntoma de peligro), que tiene la función de advertir la falta de energía o alimento en el organis­mo (del azúcar en la sangre) y de otros recursos, que le indican que debe producir una reposición de los mismos. Además, por su memoria (también cultural), dicho sistema de detección de los elementos de su contexto permiten tener una conciencia en general de aquello que le hace falta.


[1.2.3]                   Obsérvese, y ya lo hemos indicado, que todo el proceso o el metabolismo de la vida humana, acelera el proceso entrópico del planeta Tierra, porque la especie humana gastará desde su inicio más materia y energía que las obras especies, desde siem­pre, desde su origen.


[1.3]     La necesidad

[1.311 Llamamos necesidad la captación emotivo-cognitiva que siente la subjetividad viviente (en el ámbito del sistema límbico cerebral principalmente) de la falta de (es una negatividad física primera) un satisfactor posible que pueda reponer la materia y la energía consumidas que no pueden dejar de estar presenten en el proceso vital. Vivir es consumir, y el consumo exige reposición. La necesidad se funda entonces en el hecho mismo físico, real, empírico de la corporalidad del sujeto humano como viviente, que es el punto de referencia originario del campo económico (porque en su esencia el ser humano es un ser que economiza energía para reponerla con la menor cantidad de esfuerzo posible, y así garantizar su vida perpetua[2] en la Tierra). Esta vida humana no es un concepto, ni un principio, y como tal ni siquiera un crite­rio. Primeramente es el mismo modo de la realidad del ser huma­no: es el Urfaktum (hecho original originante) de todo el campo y de todos los sistemas económicos. En tanto viviente el ser huma­no tiene necesidades, y en tanto tiene necesidades pone (siendo simultáneamente una intención constituyente fenomenológica igual­mente original) a todas las cosas que le rodean en el mundo como posibles satisfactores de esas necesidades (que no son meras pre­ferencias, como veremos más adelante). El hambriento interpreta a todos los entes, las cosas, los objetos como posible alimento, y gracias a su inteligencia práctica, que descubre las características de la realidad física de las cosas circundante, escoge aquellas que son interpretadas como las que cumplen inmediatamente con esa necesidad. El sujeto necesitado puede equivocarse e ingerir algo venenoso como si fuera alimenticio. Ese error, o no-verdad, pue­de causarle la muerte.[3] En ese caso, la vida se transforma en el primer criterio de verdad (aún del conocimiento teórico, y evi­dentemente del práctico o del económico).


[1.3.2] La intención fenomenológica que constituye a las cosas como satisfactores, estima la capacidad que tiene dicho bien en cuanto a la posibilidad de negar la negación; si el hambre es nega­ción por ser falta-de, el comer es negar dicha negación afirmando al satisfactor en su cualidad real de tal; es decir, en cuanto tiene propiedades que el ser viviente necesita para sobrevivir: es en­tonces afirmación de la vida. El cumplimiento de las necesidades básicas (comer, beber, vestirse, habitar, tener una cultura, etc.) constituyen, además, las exigencias éticas o normativas fundamen­tales de los sistemas económicos que toman con seriedad la mate­rialidad de la subjetividad de la corporalidad humana.[4]

Esquema 1.02. La espiral de la vida

[1.4]      El valor de uso


[1.4.1]     La constitución fenomenológica de la cosa como satisfactor de una necesidad es lo que se denomina desde Aristóteles valor de uso. Es decir, la cosa real en sus propiedades de cosa, con sus determinaciones físicas, puede situarse como una mediación de consumo del sujeto humano necesitado, para calmar o colmar una necesidad. El valor de uso es la cualidad real que tiene la cosa y que se transforma en el contenido del consumo: es decir, es la utilidad de la cosa. El vestido ejerce su valor de uso en el acto de tenerlo puesto; si se lo guarda en el ropero es meramente potencial, es decir, no es actualmente valor de uso. Esencialmente, en su fundamento, el valor de uso es útil en tanto mediación actual que sirve para reproducir la vida. Valor de uso y utilidad son semánticamente correlativos (no se da uno sin el otro), aunque el primero indica una cualidad concreta y la segunda su denominación abstracta. Sin viviente no hay valores de uso; hay sólo propiedades físicas. Sin necesidades las cosas meramente existen, pero no tie­nen valor de uso, porque no habría nadie que las use. Por otra parte, sin el ser humano no hay autoconciencia de las necesidades.


[1.4.2]                  Además, las necesidades humanas determinan el consu­mir humano. El consumir humano no es un mero consumir animal. Es un acto cultural, hasta ritual, y por ello se puede festejar. Pero consumir, en su significación primera físico material, significa ne­gar a la cosa real en su ser de cosa independiente e incorporarla,[5] subsumirla en la interioridad de la misma corporalidad humana (el pan que es introducido en el órgano bucal, para desde allí desarrollar todos los momentos de la digestión hasta su ingestión intestinal). Esta ingestión es reposición de energía y de otros mo­mentos materiales anteriormente negados (consumidos por el pro­ceso metabólico de la vida), y por lo tanto es reposición o repro­ducción de la vida. Se repone lo consumido (en el proceso vital) por el consumo (de la cosa con valor de uso).


[1.4.3]                  Puede entonces entenderse, y lo hemos ya indicado, que el valor «de uso» de las cosas reales sólo es puesto por el ser viviente, no en tanto propiedad real de la cosa, sino en tanto valor «de uso». ¿Cómo podría tener «uso» algo simplemente real en la naturaleza que por ello no tendría utilidad ninguna ya que no se relacionaría a ningún ser viviente? Lo «de uso» del valor signifi­ca que la propiedad real de la cosa en-sí es para-otro (necesita­do) útil. Utilidad y necesidad son los extremos dialécticos de la relación. Sin la propiedad real de la cosa la necesidad del vivien­te no descubre nada útil en su entorno (son cosas inútiles). Pero, desde el otro término, sin necesidad ninguna propiedad real apa­rece como útil; es simplemente real ahí. Los términos se definen mutuamente sólo en la relación dialéctica misma en acto. Sin em­bargo, puede decirse que la propiedad real de la cosa es fruto de la naturaleza misma, no su utilidad. K. Marx indica que el valor de uso está dado por la naturaleza, por ejemplo en la Crítica al pro­grama de Gotha: a) sí, en tanto propiedad real (el árbol da como fruto una manzana con propiedades reales); b) no, en tanto útil (el árbol que da manzanas no las produce en acto alimenticias, sino para el que en su hambre las constituye como alimento). El ser humano puede encontrar esa propiedad real ya existente en la naturaleza, y en ese caso la usa. O puede producir la misma pro­piedad real (cuando planta la semilla de un manzano para cose­char las manzanas). En ese caso el valor de uso del satisfactor (la manzana que alimenta) es un producto humano que tiene un valor de uso producido (y por lo tanto tiene igualmente, por ser fruto del trabajo, otro tipo de valor: véase tesis 2.1).

[1.4.4)   No hay que olvidar que el valor de uso son las propie­dad físicas de la materia y la energía disponibles para la vida humana, que transforma entrópicamente a dicha materia y energía en inútiles, es decir, no-valiosas, no disponibles para el metabo­lismo vital humano.

[1.5]      El consumo

[1.5.1]    El sujeto necesitado se procura el satisfactor, como recolector, cazador o pescador nómade al comienzo de la historia; obtiene la cosa cuyo contenido aquieta la necesidad en cuanto incorpora a su subjetividad física la propiedad real de ese bien que revierte el estado de ansiedad del peligro de no poder satisfa­cer lo exigido por la vida para sobrevivir. Se denomina consumo el acto mismo por el que la posesión de la cosa se consuma en la incorporación real del satisfactor en la subjetividad sentiente (por ejemplo, en el caso de la bola alimenticia que es tocada por las papilas gustativas o por las mucosas del estómago que desvía la capacidad disolvente del ácido gástrico, que producía la sensa­ción de hambre, un cierto dolor, hacia el alimento que va siendo digerido por el estómago; en el caso del vestido, por ejemplo, significa el sentir y realizar el conservar la temperatura; en el caso de la casa, el guarecerse efectivamente, sobre todo durante la noche, de los elementos hostiles; etc.). El consumo es la «subjetivación de la objetividad» (dice K. Marx en los Grundrisse).


[1.5.2] Por otra parte, la satisfacción es el efecto físico y sensi­ble subjetivo del hecho del consumo realizado. El cerebro detecta en el acto de la ingestión la reposición de azúcar en la sangre, por ejemplo, y la situación de hambre, de desagrado, de la necesidad deja de sentirse. El sujeto se ha repuesto y el ciclo vital primigenio (pre-económico) se ha cumplido. Y es anterior a la misma econo­mía porque todavía no ha habido trabajo, producción, modificación del entorno físico-natural, intercambio. La cosa real y sus propieda­des físicas como satisfactor se encontraba ya en el mundo circun­dante y fue necesario sólo tomarla, por «estar a la mano», y consu­mirla, incorporarla, subsumirla. Es simbólica o míticamente el pa­raíso anterior a la economía, o la economía de la abundancia de los recolectores y cazadores del Paleolítico. Pero, en verdad, ni aún en ese caso el valor de uso era consumido puramente sin algún esfuer­zo, porque ir a recoger una raíz difícil de extraer o el cazar un animal veloz significó ya un cierto trabajo. Por ello esa situación originaria ideal es más bien un postulado que un hecho empírico. Un tal estado de naturaleza no existe nunca realmente.


[1.5.3] Consumir no solamente es subsumir materia y energía en el ser viviente, sino que es igualmente un momento entrópico te­rrestre por el que cierta materia y energía son transformadas en residuos, basura, cosas inútiles que ocupan lugar y que habrá que soportarías para siempre en la Tierra. Es el efecto de un proceso entrópico que la economía moderna (y actual) se niega a aceptar como necesaria. Es el inevitable efecto negativo de la vida. Por ello no es un círculo vital, sino más bien una espiral abierta, en donde el proceso de la vida que crece radica y se nutre de una espiral invertida que va disminuyendo sus cualidades (valores de uso) consumidas por el proceso vital.


[1.6]     La comunidad viviente y necesitada.

[1.6.1]                  Téngase claramente en cuenta que esta espiral vital ori­ginaria (viviente-satisfactor-consumo-residuo, Esquema 1.01) siempre tuvo por actor colectivo a una comunidad, sea una fami­lia;. un clan, una tribu, etc. El individuo aislado y solitario de Adam Smith (que se refiere al de Th. Hobbes) es una «robinsonada» absurda que no vale como hipótesis, ni como postulado, ni siquie­ra como hecho histórico. Es simplemente un punto de partida ideo­lógico fetichizado, falso.

[1.6.2]                  Por el contrario, la comunidad es la referencia intersubjetiva inevitable, tenga mucha densidad empírica (como hoy entre los Aymaras de Bolivia) o poca (como en la vida urbana del siglo XXI en numerosas ciudades de Europa o Estados Uni­dos), pero siempre se tienen relaciones prácticas comunitarias. Son relaciones las más diversas, institucionales o no, tales como las lingüísticas (como el lenguaje y la comunicación), de familia y parentesco, de amistad informal, de adhesión, de participación en asociaciones de la sociedad civil, educativas, voluntarias, etc. La comunidad es el modo de la existencia humana y punto de partida de la vida económica. Un cierto individualismo metafísico pre­tende partir de individuos egoístas que estarían originariamente enfrentados por la competencia en un hipotético (pero imposible) estado de naturaleza hobbesiano. Dicho enfrentamiento siempre es posible sobre el fundamento duro de la comunidad como condi­ción a priori de posibilidad de la misma competencia, porque ¿cómo podrían oponerse seres que no estuvieran en un mismo cam­po, que no tuvieran una misma lengua, que no tuvieran bienes co­munes por los que lucharan y desde proyectos de existencia seme­jantes? La competencia de los singulares ya presupone siempre como condición de posibilidad ontológica a la comunidad, como el sustrato sobre el que se construye esa manera agresiva (y pato­lógica) de afirmación del sujeto competitivo.

[1.6.3)   Histórica y realmente, sin necesidad de avanzar nada hipotéticamente, la comunidad gestiona siempre lo necesario y lo distribuye equitativamente. Es lo que llamaremos un sistema equivalencial. Cada miembro de la comunidad colabora en la ob­tención de los satisfactores con valor de uso y no habría acumula­ción excesiva e injusta del excedente en manos de algún miembro de la comunidad. Lo común se imponía.




[1]  Véase mi Ética de la Liberación(Dussel, 1998), cap. I, § l.l [56ss].

[2] La vida perpetua, ya lo veremos [T&sii 13.6.], ese! postulado ecológico fundamen­tal, pero es igualmente el postulado propiamente material délo económico en cuanto idea regulativa que permite manejar la escase: ( frecuentemente aparente) de ciertos recursos.

[3] Véaseel tema en Dussel, 2001, cap. 4, pp. !03ss: «La vida humana como criterio de verdad».

[4]  Véase el cap. 1 de Dussel, 1998. Ver más adelante Tesis ¡3.8.

[5] El acto de «sub-sunciórt» (Aujhebttng, en alemán, concepto tanto hegelianocomo de K. Marx) supone por ello el doble movimiento: a) de negar io otro, y b) incorporándo­lo en la totalidad (en este caso corporal).

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