lunes, 17 de julio de 2023

capitulo 2, El Eme, una Vida Muchas vidas

El Eme (Capitulo 2)

 Indice 

Presentación  13, 
Los Petro (capitulo 1) 15, El Eme (capitulo 2) 47, La organización y el Bolívar 83 (capitulo 3) 65
Traición y entusiasmo (capitulo 4) 75, Cárcel y tortura (capitulo 5) 81,  
La toma del Palacio  (capitulo 6) 87, La clandestinidad en Santander (capitulo 7) 105, 
La reunión (capitulo 8) 119,  Adiós en Barrancabermeja  (capitulo 9) 131
Diálogo tolimense (capitulo 10) 141, “El comunicado de Ortega”  (capitulo 11) 153, 
El heavy metal latinoamericano (capitulo 12) 163, La Constituyente  (capitulo 13) 177, 
La derrota y el exilio (capitulo 14) 187, El Congreso (capitulo 15) 205, El regreso (capitulo 16) 223, 
Mi reunión con Carlos Castaño (capitulo 17) 235, Un presidente paramilitar (capitulo 18) 243, 
El coraje de la verdad (capitulo 19) 255,  Las elecciones de 2010 (capitulo 20) 261, 
La Bogotá Humana (capitulo 21) 269, El cambio climático (capitulo 22) 299, 
La paz  (capitulo 23)  307, Una respuesta al presente (capitulo 24) 317, Epílogo (capitulo 25) 327.


El Eme

Pío Quinto Jaimes me entregó los documentos donde se resumía la Conferencia del M-19, que no era otra cosa que el equivalente a un congreso de un partido político. En esta deliberación, relativamente democrática de los integrantes del grupo, estaban plasmadas las conductas políticas, las líneas teóricas y de acción del movimiento, hasta que se reuniera la próxima conferencia. 

Se trataba de la Quinta Conferencia. Lo primero que me sorprendió fue que estaba muy bien editada, y había un cuidado formal en la publicación, eso quería decir que en la sección de comunicaciones del M-19 había gente muy capaz. El documento me encantó: el M-19 articulaba los planteamientos socialistas de la izquierda tradicional de la época, pero iba mucho más allá para proponer algo que sigue pareciendo obvio pero que no lo es tanto; una democracia real para Colombia. 

Esa discusión entre socialismo y democracia recorrió todo el siglo XX, pues con la aparición del mundo soviético se socavó la idea democrática, incluso desoyendo a quienes habían creado esas teorías. La eliminación de la libertad individual marcó el fin del concepto democrático, que era un bien muy querido por las luchas obreras del mundo. Y en esta discusión, un tanto alejada de los centros del mundo, en un país llamado Colombia, el M-19 apostaba por la democracia. Porque ese fue siempre el objetivo: era un proyecto democrático, y así comenzó a denominarse la búsqueda de una alternativa para Colombia,

Esta era una concepción completamente diferente a la del ELN, las PARC, el Partido Comunista, o los diversos grupos de izquierda universitaria, que entablaban un diálogo con modelos como el soviético, el cubano o el chino, mientras que nosotros pensábamos en un proyecto propio nacionalista y democrático.

Y allí, obviamente, esa apertura de conceptos que introdujo el M-19 nos provocaba temor a quienes estabamos en Zipaquirá, quizás porque era más fácil pensar en la idea del socialismo, y no de construir un pensamiento propio. El documento, sin embargo, nos atrajo y lo leimos. En ese momento, existía un protocolo que consistía en que quienes pretendían entrar al grupo debían leer primero este tipo de documentos con el ideario del M-19, para que una vez lo hicieran pudieran tomar la decisión de entrar o no al movimiento.

En 1978 el M-19 era un movimiento realmente urbano, y su forma de organización clandestina consistía en comandos, y algo que se llamaba “la compartimentación”: ningún comando sabía algo distinto de las demás personas de otros comandos; solo se ligaba con la organización a través del jefe del comando que integraba uno de mayor jerarquía, y así se construía la red de comandos jerarquizada. La información era mínima desde el punto de vista organizativo para quienes ingresábamos previendo que, ante un golpe desde el Estado, nadie pudiera rastrear la cadena. Eso se lo habían aprendido a los Tupamaros uruguayos. A Germán Ávila y a mí, entonces, nos invitaron a integrar el primer comando de Zipaquirá.

Se decía el “primer” comando, pero en el municipio ya existían otros, aunque nosotros, desde luego, no los conocíamos. Para entonces, uno de los tres G, Gonzalo Galvis, se había ido a Inglaterra. Él me mandaba cartas por correo de cinco o seis folios escritos en letra pequeña, narrándome sus experiencias en Londres. Su familia, que vivía en Caiicá, se había aventurado a migrar a otro país, como muchos colombianos que a finales de los setenta decidieron partir para, de alguna manera, buscar mejores opciones económicas y vivir casi en la clandestinidad en países europeos o en los Estados Unidos. Leía con mucha intensidad las peripecias de Gonzalo, porque además me traía el recuerdo de mi afición por los mapas y la cartografía, que había convertido en una forma de empapelar las paredes de mi cuarto.

Decidimos, entonces, con Germán Ávila, tras leer la Quinta Conferencia, entrar al M-19. La escuela de Pío Quinto quedaba en una vereda cercana a Zipaquirá y comenzamos a visitarlo, pues, además de que era nuestro enlace, tenía unas hijas bellísimas que nos llamaban la atención. Pío Quinto se aseguró de enseñarnos algunas técnicas de chequeo y contra chequeo, provenientes de los mismos Tupamaros, como darle una vuelta a la manzana cuando fuéramos a ir a verlo para asegurarnos de que no nos siguieran y si lo hacían, encontrarnos de frente con el perseguidor. Solo una vez sospeché haberme topado con un agente encubierto del F2, aunque por supuesto no pueda asegurarlo, ya que el hombre desapareció de inmediato. Al llegar a la casa de Pío Quinto leíamos los documentos del M-19, discutíamos, y comenzábamos a planear actividades prácticas simples como pintar una consigna, dejar unos comunicados del M-19 de manera clandestina en algún baño, en algún salón de clase, en alguna esquina de la ciudad. Hacer algún tipo de actividad legal porque, y ese fue un poco el signo de los años siguientes; empezamos a tener una doble vida clandestina y legal.

En el M-19, no podía identificarme como me llamaba en la vida legal, entonces me pidieron que me pusiera un nombre, y el que encontré fue Aureliano, que me recordaba el Caribe, un poco algo de mí mismo y, por supuesto, a Cien años de soledad. Un Aureliano en Zipaquirá. Uno de los capítulos de su novela, que es el de Fernanda del Carpió, pienso que refleja el mundo zipaquireño. En su estancia en el municipio, en los años cuarenta, García Márquez se había enamorado de una niña muy linda, de apellido Laverde; yo conocí su foto después. Ella moriría luego de una manera terrible; la asesinaron en una hacienda cerca de Bogotá Si la menciono es porque, a mi modo de ver, ella fue la inspiración para Fernanda del Carpió.

En fin, además de que García Márquez había estudiado en Zipaquirá, y de que mi familia, también caribe, hubiera llegado allí, existía otra conexión que tenía que ver con la sal. La concesión Salinas era una empresa pública que en ese entonces industrializaba tanto la sal marina como la sal continental subterránea: Manaure, Cartagena y Zipaquirá estaban unidos simbólicamente por la industrialización, y por la planta colombiana de soda, que después se llamó Alcalis. “Con la sal de Zipaquirá se ha bautizado la República’ es uno de los lemas de la ciudad, pues allí llegaron los comuneros provenientes de Boyacá, Santander y Cundinamarca. Fue en ese territorio donde esperaron las Capitulaciones, en el puente del Común, muy cerca de Chía. Es, entonces, un pueblo libertador: el pueblo donde llegó el general Meló, el ejército libertador y sus artesanos democráticos a dar una batalla para defender a Bogotá de los ejércitos de ios esclavistas y los importadores; aquel que vivió una gran insu¬rrección por el asesinato de Gaitán; un pueblo anapista como mi madre, un pueblo que, poco a poco, comenzó a ofrecer sus casas para resguardar a los comandos del M-19.

La tradición educativa de Zipaquirá, además, era plausible. De su colegio público, se habían graduado el nobel de Literatura, el presidente Santiago Pérez, la familia Hinestrosa, clave en el Externado, los Castro Caycedo, el maestro Guillermo Quevedo y Everth Bustamante, un hombre que, para finales de los años setenta, había alcanzado cierta altura política dentro del M-19.

En ese contexto entré al M-19. Nadie podía saberlo, por supuesto. Y nosotros tampoco conocíamos a alguien, más allá de Pío Quinto. Germán Ávila y yo teníamos una relación con los trabajadores obreros industriales de Alcalis y de Peldar. El primer comando —que debía ser mínimo de tres y máximo de cinco personas— incorporó a Héctor Jaimes, un trabajador de Peldar. Mientras tanto, Germán y yo estudiábamos en el Externado, en donde me gradué como economista. Germán desertó a la Universidad Nacional en algún momento, donde también estudió Economía. Héctor se quedó en el municipio y debe ser hoy un hombre pensionado. Recuerdo que estando en esas se casó. Eso ocasionó que su señora nos mirara con mucha desconfianza. Desde entonces, aprendí que, de cierta forma, los tejemanejes clandestinos que pretendían cambiar el país —aún sin que ella supiera de qué se trataba— eran una amenaza per¬manente para un hogar. En ese entonces, no entendía el pro¬blema que eso suponía pues, ni más ni menos, alejaba a las mujeres de la posibilidad de transformar un país, y comencé a entenderlo al lado de los obreros industriales que no tenían la misma audacia que nosotros, en razón de que resguardaban su familia, su casa, tenían un ancla, por decirlo de alguna manera. Hoy, con perspectiva, pienso que nosotros estábamos hechos para el sacrificio y los obreros para la vida. Y eso entrañaba una diferencia, aunque los dos estuviéramos en la misma lucha.

Comenzamos a tener una doble vida, una como estudiantes normales —yo seguía durmiendo en mi casa, ahora en Cajicá, pues mi papá, sin decirme nada, presentía algo, y por temor decidió establecer a la familia allí— y otra clandestina. Era 1978 y se había elegido como presidente a Julio César Turbay, quien desde el primer momento proclamó el Estatuto de Seguridad, un régimen legal para hacer frente a los grupos guerrilleros y a los movimientos sociales, mediante el cual se proclamaba un estado de sitito permanente, que le permitía a Turbay gobernar sin pasar por el Congreso, y profundizar la represión cuya teoría había sido parte de la doctrina de seguridad de Estados Unidos, que se había comenzado a aplicar en ei sur del continente, mediante dictaduras militares. En septiembre de 1978, cuando se firmó el Decreto 1923, hubo una gran manifestación: había estallado, oficialmente la represiórrturbayista. Recuerdo haber salido desde el Externado a la plaza de Bolívar, junto a miles de estudiantes a protestar. Fue la primera universidad en manifestarse. Aún hoy me sorprende lo mucho que cambió la universidad; de aquella que fue capaz de salir a la calle a luchar por la democracia, a defender al profesor Manuel Gaona Cruz, quien habíí librado una batalla constitu-cional contra Turbay, no queda mucho. Recuerdo la asamblea alrededor de Gaona, pues ahi ya era militante del M-19. Miles de estudiantes nos reunimos en esa plazoleta junto a la cafetería. A pesar de que Gaona Cruz había dicho que no era pertinente salir a la calle a protestar en contra del Estatuto en Seguridad, fue la primera vez que vi la represión de frente, porque nos golpeó la policía, que desbarató la manifestación antes de llegar a la plaza de Bolívar. El gobierno de Turbay estaba convencido de que había que atacar de frente a los estudiantes, a los intelectuales, a la clase media, pues pensaban que así podían descubrir o dar con militantes del M-19.

El 30 de diciembre de ese año, el M-19 realizó la operación Ballena Azul y parte de las armas se guardaron en una caleta en Zipaquirá que nosotros ayudamos a construir sin saber con qué fin la estábamos haciendo. Como se recordará, fue una operación que causó una gran conmoción en el Ejército y en la sociedad, pues se recuperaron 5000 armas del Cantón Norte. El golpe fue muy duro desde el punto de vista simbólico. A través de un túnel, construido desde una casa aledaña, se habían metido a las entrañas del cantón más importante en el entorno militar más poderoso de Colombia, ubicado al norte de Bogotá. Por allí, en el Año Nuevo de 1979, salieron 5000 armas para una organización que no estaba preparada. Allí se hirió de tal manera al orgullo militar que la decisión del general Luis Carlos Cenacho Leyva fue encargar al general Miguel Vega Uribe para Iniciar una represión inmediata para destruir a la organización a la que yo, con apenas 18 años, había decidido ingresar. Mis sentimien¬tos eran difíciles. Cada día aparecían en la prensa operativos en los cuales capturaban a presuntos militantes. El Ejército logró recuperar buena parte de las armas. Allanaron la casa donde vivía Orlando Fals Borda y su esposa. Nunca supe si ellos se habían vinculado realmente al M-19. Persiguieron a Gabriel García Márquez, que tuvo que exiliarse en México. Se inició una represión muy dura. Se habla de más o menos diez mil personas capturadas en esos años, entre 1979 y 1980. La inmensa mayoría nada tenía que ver con ei M-19, pero pertenecían a una clase media intelectual de la que Turbay y los mandos militares suponían que. había salido el M-19, Ellos tenían muy claro que nuestro origen social no era propiamente el mismo del ELN y de las FARC. O sea, nuestro origen no era rural. Nuestro origen era urbano, pues en él habían confluido los artistas, los intelectuales v el mundo obrero.

La represión de Vega Uribe consistía en capturar mucha gente con el objetivo de encontrar a alguien que pudiera delatar a alguien más y así poder seguir la cadena de los comandos. La tortura buscaba eso. Que alguien flaqueara y se pudiera comenzar a rastrear la estructura en ese mundo compartimen- tado. Para esa épGca, el Ejército logró capturar cerca de 300 miembros reales del M-19S la mayor parte de su dirección nacio¬nal, como Alvaro Fayad, Antonio Navarro, Gerardo Ardila o Carlos Pizarro, entre otros. A todos los encerraron en La Picota y ellos decidieron organizarse dentro de la cárcel, que se convirtió de un momento a otro en la oficina pública del M-19. Fue una forma de resistir. En ese momento, todos nos dimos cuenta de que muchos de los miembros del M-19 vivían todavía en sus casas, en donde los capturaban. Nosotros en Zipaquirá estábamos esperando que llegaran por nosotros.

Con toda esa presión encima, me enfermé. Quizás por eso mi padre decidió el trasteo a Cajicá, que era un pueblo más pequeño, conservador, a donde podíamos estar más protegidos, pues nos mudamos a una casa semirrurai que adecuamos nosotros mis¬mos. Pero mi papá estaba equivocado, la represión no hacía esas diferenciaciones. A nosotros nos salvó un solo y simple hecho: lograron detectar que Everth Bustamante era el enlace en Zipaquirá. La verdad, no era muy difícil porque él era anapista, formaba parte del periódico que publicaba el partido, del cual hacían parte personas como Andrés Almarales e Israel Santamaría. De hecho, Almarales fue una de las figuras de la jefatura del M-19, que pude conocer personalmente. Él llegó a Zipaquirá porque se movía en el Movimiento Obrero Nacional. Había sido el gran fundador de Ultrasan y Usitras en Santander. Era abogado laboralista, hijo de un obrero de las bananeras que había vivido la época de las masacres. Se movía muy bien dentro de los obreros de los astilleros y los puertos de Colombia, que lo querían muchísimo, y por esa vía había llegado al movimiento sindical de Zipaquirá. Y allí, en una reunión clandestina, le reuní varios dirigentes obreros en una noche. Recuerdo que él llegó con una pareja joven, muy elegante, y dictó una conferencia sobre el mundo obrero y los trabajadores por la democracia. A mí me encantó la figura de Almarales, porque era un caribeño que llegaba a Zipaquirá, de mi misma organización. Al poco tiempo, lo cogieron también preso. Por eso nosotros comenzamos a sentir que nos quedábamos solos, que al M-19 lo estaban acabando y que, por alguna razón, nosotros éramos una especie de isla en el país.

Cuando se comenzó a hablar de que Everth Bustamante iba a ser capturado, él contradijo las órdenes de los mandos más altos, quienes habían dicho que debíamos quedarnos, y abandonó el país. Algunas figuras del M-19 incumplieron porque tenían mucho miedo de las torturas y la cárcel. Uno de ellos, que conocí muchos años después en el exilio, fue Carlos Vidales, quien tenía una experiencia enorme: había pasado por la revolución boliviana en contra de Hugo Banzer; conocía la experiencia chilena como asesor del Gobierno de Salvador Allende, y de allí había pasado a fundar el M-19, en Colombia. Era homosexual, hijo del poeta Luis Vidales, cuya casa habían allanado buscando la espada de Bolívar, que el M-19 había recuperado el 17 de enero de 1975, de la Quinta de Bolívar en el centro de Bogotá. La caída de la espada era, simbólicamente, la destrucción del M-19. Menciono la orientación sexual de Vidales porque creo que es importante decir que el grupo se adelantó en muchas cosas en Colombia, Una de ellas, en no juzgar a nadie por sus preferencias y orientaciones sexuales. Era una sensibilidad mucho más contemporánea que no aparecía en los libros ni en los tratados, que no aparecía en Marx ni en Lenin, y que de alguna manera intentó que hubiera una igualdad de género, que . las mujeres tuvieran voz, aunque obviamente era un asunto incipiente.

Que un miembro de la dirección nacional del M-19 fuera homosexual y lo reprimieran era algo importante para esa época. Vidales entró entonces en una especie de paranoia y salió del país, ayudado por nosotros sin que lo supiéramos. Muchos años después me lo encontré en un viaje que hice a Suecia, de manera fortuita, en un bus público. Él se me acercó, me dijo quién era. De hecho, me regaló un libro muy interesante llamado Rebeldes y revolucionaros, de donde extraje la tesis de que mucha de la gente del M-19 era rebelde, pero no revolucionaria. 

Esto tiene que ver con la historia de las resistencias en Colombia, pues la rebeldía ha sido una especie de contraélite, incluidas las guerrillas, que no han buscado cambiar las relaciones de poder de la sociedad, sino reemplazar a otros que estaban allí. Es el típico ejemplo de guerrillero que, al volverse parlamentario después de un proceso de paz, no plantea nada nuevo sino que se acomoda a su nueva vida. Esas con  las élites se pueden volver muy conservadoras, que es lo que sostenía Vidales, quien venía de ese movimiento que llamamos los “Comuneros 81” de Santander y que se integró con el M-19 de Zipaquirá.

La sensación de aislamiento nos llevó a una serie de discusiones en el municipio, donde nos dimos cuenta de que éramos unos 80 a 100. Eso conformaba dos “intermedias”, como se les conocía en nuestra forma de organización. Una intermedia estaba constituida por de tres a cinco comandos, integrados por oficiales —éramos oficiales de un ejército libertador como el de Bolívar—, como nos llamábamos, pues no nos sentíamos guerrilleros, y era la base para la construcción de una columna. Los oficiales primeros conformaban el comando de una columna. Nuestro entrenamiento militar era más en técnicas de clandestinidad, de aprender a resistir la tortura en caso de que nos capturaran. Ese momento influyó mucho en mi personalidad. Debíamos ser fuertes, centrados, silenciosos: ante la presión, debíamos aprender a guardar la tranquilidad. Eso me ha servido en la vida para, en los debates parlamentarios más duros, mantenerme tranquilo y centrado.

Las reuniones clandestinas en donde aprendíamos estas técnicas parecían un aquelarre. Alguna vez recuerdo que fui a una de ellas con la hermana de Carlos Pizarro —mucho tiempo después supe quién era ella, pues estaba encapuchada, por supuesto—. Ella me recogió en alguna esquina de Bogotá, en un Renault 4 y me dijo que mirara hacia el piso. Me pusieron una capucha, me condujeron a algún tipo de casa, no sé dónde. Ahí había otros comandos, todos"encapuchados. No podíamos ver nuestros rostros. En esas reuniones, se trazaban líneas de acción, se compartían técnicas o conocimientos, pero en realidad fue algo muy esporádico. La vida de la organización era más mi comando y poco más. No había lincamientos generales, no eran órdenes explícitas.

Un ejemplo al que me referí atrás fue cuando se recuperaron las armas del Cantón Norte y debimos construir las caletas en las cuales se guardaron las armas que llevamos después hacia una vereda cercana a San Cayetano, Cundinamarca. Allí estaban dos hermanos, uno de ellos era Víctor Jairo Chinchilla, un experto profesor de educación física quien murió hace poco y que había desarrollado en Zipaquirá un trabajo muy importante al enfocar el deporte como una manera de salud preventiva: muchos de esos deportistas fueron del M-19. Víctor y su hermano, Bernardo, estaban ligados a otro profesor, José Domingo Gómez, quien venía de San Cayetano. Esa es una región minera que queda pasando el páramo de Guerrero y que separa a Zipaquirá de aquella zona. Llevamos las armas hacia allá porque Gómez, como los Chinchilla, y muchos otros tuvieron la idea de que en ese lugar podía conformarse una guerrilla rural, con los campesinos de San Cayetano que habían vivido la violencia liberal a mediados del siglo XX. Muchos de ellos eran de la familia de Gómez. Así, poco a poco construimos la arquitectura de nuestro Movimiento en Zipaquirá. La novia de José Domingo Gómez se llamaba Blanca Chavarlo, era economista de una familia prestigiosa de Zipaquirá y casi todos sus hijos fueron del M-19. Ellos dos participarían un año después, en febrero de 1980, de la toma de la Embajada de la República Dominicana en Bogotá con las armas que habíamos escondido.

En ese momento, el M-19 de Zipaquirá comenzó a tener relevancia. En una reunión de las intermedias, le pusimos un nombre a la columna, Se llamó José María Meló en honor al único presidente indígena que tuvo Colombia, en 1854, elegido por los artesanos que buscaban proteger su oficio en contra de los liberales y conservadores que pretendían abrir el libre comercio. Meló solo ocupó el cargo durante nueve meses, pues en diciembre de ese año Tomás Cipriano de Mosquera, José Hilario López, Joaquín París y el expresidente Alcántara Herrán se aliaron y lo derrotaron militarmente. La sociedad esclavista del Cauca y Antioquia triunfó y Meló fue desterrado. Murió fusilado en México, defendiendo la revolución de ese país, en 1860. Meló había sido teniente de Bolívar y a la muerte de este, en lugar de integrarse con Santander siendo descendiente de pijaos, se fue a revivir la idea de Bolívar de la Gran Colombia y participó en varias batallas, como las de Pichincha, Bomboná, Junín y Ayacucho. Cuando ocurrió la insurrección de los artesanos y la posterior derrota, uno de los decretos del nuevo Gobierno del panameño José de Obaldía fue acabar con el ejército del Libertador. No le perdonaron al ejército libertador que se hubiera aliado a los artesanos y tomado el poder. La oligarquía esclavista disolvió el ejército que nos dio la independencia. Por eso, este ejército que conocemos hoy es heredero de dicha ruptura, y de una concepción más prusiana —y más autoritaria—, que fue la de Rafael Núñez, en la Regeneración.

Con la ida de Everth Bustamante del país, era muy difícil que llegaran hasta nosotros. Por eso, tras la toma de la Embajada, nadie fue capturado en Zipaquirá. Por otro lado, Jaime Bateman, como comandante general del M-19, había entendido que era el momento de romper esquemas y trasladar la operación a las selvas del Caquetá, para crear un ejército más rural y emprender una serie de acciones más audaces. La móvil que trasladó Bateman hacia allá logró una importante influencia popular en el campesinado conservador. Caquetá tiene dos ríos, el Orteguaza y el Caquetá, y después de la violencia de mediados del siglo XX los conservadores se exilian en el Orteguaza y los liberales, en el Caquetá: los segundos se fueron con las FARC.

De quienes acompañaron al M-19 salió Marcos Chalita, a quien la gente conoció en la Constituyente de 1991. Ese comenzó a ser otro M-19, no el que la gente tenía referenciado. Ya no era un cuento urbano, sino miles de campesinos que configuraron los comandos de lucha local en medio de la represión turbayista que se estrelló contra ese apoyo. De repente, el M-19 había transitado su infancia, su adolescencia romántica, y ahora estaba en el terreno de la guerra, en los campos de Colombia. Eso fue lo que hizo la violencia de Turbay, producir más violencia. En el Caquetá los campesinos tenían una herencia de la Violencia. Así que comenzaron a hacerse operaciones, como la toma de Mocoa, que la hizo el mismo Bateman, apoyado por Gustavo Rojas, Gustavo Arias Londoño, que se escapó de la cárcel, e Iván Marino Ospina. La realidad de la guerra se había instalado.

Fueron dos años muy duros, hasta que Bateman, apoyado sobre la culata de un fusil, le mandó un mensaje a Belisario Betancur, quien ganó las elecciones de 1982, para que hiciera un proceso de paz. En ese momento y hasta hoy, se inicia la sucesión de conversaciones y procesos que hemos vivido en cuatro décadas en la historia contemporánea. La idea fue acogida por Betancur. Se trataba de una amnistía para sacar a decenas de militantes de las cárceles, el levantamiento del estado de sitio, que era la manera de imponer la dictadura disfrazada de corbata por parte del establecimiento colombiano como un reflejo de las del Cono Sur y sus técnicas de desaparición, tortura, apresamiento de intelectuales, etcétera. El Gobierno colombiano había logrado vender la tesis en el mundo de que Colombia era una democracia, pero era una dictadura al igual que lo habían hecho Pinochet, en Chile, y Videla, en Argentina. Nosotros luchábamos, precisamente, contra eso.

El Frente Nacional, que aún estaba vivo en ese entonces, había cerrado los espacios para cualquier fuerza política distinta, a los liberales o conservadores. El cierre de. la democracia fue lo que nos llevó a pensar que no había otro camino que la lucha armada. Sin embargo, Bateman estaba pensando en que había una posibilidad de llegar a un diálogo que permitiera salir de esas condiciones y pasar a construir el proyecto democrático que él creía que se hacía a través de un diálogo nacional. Era una idea audaz. Eso nada tenía que ver ni con Marx ni con Lenin, ni con izquierda tradicional de Colombia. Era una idea que no podían entender las PARC ni el ELN y que nos ponía en un lugar de vanguardia en la política colombiana, porque el pueblo sí entendía lo que queríanlos. Nos volvimos un movimiento popular muy querido. Y eso yo lo sentía en Zipaquirá: donde hadarnos operaciones muy simples: tomarnos una asamblea de obreros con el rostro cubierto y quizás algunos revólveres, y gritar unos vivas al M-19 y hablar 30 segundos, lanzar unos comunicados. De inmediato uno se daba cuenta de que se armaba una algarabía de apoyo de centenares de trabajadores, quienes comenzaban a arengar “Viva el M-19”. Nos tomábamos buses y pasaba lo mismo, y así en todos los rincones. A veces llegábamos a tomarnos algunos barrios por poco tiempo y lográbamos eludir a la Policía.

La Policía obviamente mandaba sus informes y sabía que en Zipaquirá había un fuerte movimiento con gente del M-19, que estaba haciendo operaciones de este tipo conocidas como “propaganda armada”. Nunca hubo una confrontación armada, ni murió nadie producto de enfrentamientos entre el Estado y nosotros. El único caso fue el de Ernesto Cuevas, quien se suicidó por despecho con un explosivo que pensábamos usar en el paro cívico para frenar un conducto de agua sal de la fábrica.

Hasta ese momento, seguí teniendo una vida doble entre el M-19 y la universidad. Cogía el bus a las cinco de la mañana, caminaba desde la avenida Caracas, donde me dejaba la flota, en Los Mártires, y luego caminaba por la calle 12 hasta arriba. Eran como veinte cuadras. Es una calle larga, como del poema, que no puedo olvidar. Me iba muy bien en mi carrera, lograba las becas por mejor puntaje y como tenía una plata del Icetex, la ahorraba y compraba libros. Me iba a la Feria del Libro del parque Santander, en donde encontraba una serie de editoriales alternativas de literatura y filosofía, muy de izquierda todo. El mundo intelectual de esa época era de izquierda. Compraba mis libros aquí, me los llevaba a Zipaquirá y allá los leía. El mundo seguía siendo frío, gris, muy al estilo de Fernanda del Carpió, y yo era joven. Y había descubierto un mundo caribeño y tenía nostalgia del vallenato, que escuchaba en una emisora muy de vez en cuando, porque el vallenato no era promovido en Bogotá. Era música exótica. Y de los porros, que es la música de Córdoba, en realidad, y que no sonaban por ninguna parte.

Cuando terminaba el semestre me iba para Córdoba. Allá conocí el amor como debía; el amor no correspondido de Louris, una mujer de la que me enamoré perdidamente sin ser correspondido; tan enamorado estaba que escribía su nombre en griego en mis cuadernos. Esa también era, de alguna forma, una doble vida, la del mundo andino y la del baile, el mundo de la fiesta bajo la luna y, de repente, el regreso a la realidad gris y fría del altiplano.

En Córdoba también exploré el mundo de la izquierda, muy cercana a la Federación de Estudiantes de Córdoba (Fedecor) o a grupos cristianos militantes. Allí conocí a Enán Lora Mendoza, un muchacho que cantaba acompañado de su guitarra, siempre al lado de la iglesia, A él y a su grupo los veía en el parque, porque todas las noches salía allí a dar algunas vueltas y a mirar las muchachas. Era un joven supremamente inteligente, con un nivel intelectual superior al mío, un gran poeta, músico, en fin; nos hicimos amigos y lo invité a unirse al M 19. Fue uno de los pocos que invité en Ciénaga de Oro. Él me contestó que no se quería quedar en Córdoba y eventualmente llegó a Bogotá, en donde se unió a un comando, pues, dada la casi destrucción del M-19 en la ciudad, comenzamos a configurar comandos en Bogotá a la inversa de lo que había sucedido al comienzo. Así, yo desde el Externado y G Terman Ávila desde la Nacional, emprendimos una miiitancia más fuerte, captamos mucha gente para el M-19 y empezamos a reconfigurar una estructura dentro de Bogotá sin conocer mucho la ciudad, dentro de las universidades mismas.

Enán Lora se integró ahí y formó parte determinante de mi vida. En esa época, en 1981, Jaime Baternan se hizo público, y ese fue otro golpe de audacia. Todo el mundo lo conocía, la gente compraba esos periódicos porque querían saber qué planteábamos nosotros pero él le concedió una famosa entrevista a Germán Castro Caycedo, que El Tiempo no quiso publicar completa, como había sido la exigencia de Bateman, y entonces terminó en El Siglo, en donde Alvaro Gómez la publicó en toda su extensión. Así comenzamos a ver un M-19 que, a pesar de haber sido golpeado, crecía políticamente, y nosotros ya no estábamos en nuestras acciones de boy scouts, sino creciendo militarmente en el sur del país. Ahí empezamos a pensar que, en algún momento, nos iba a tocar irnos a nosotros también. Eso me producía gran temor. Yo era escuálido, pensaba que no iba a resistir las caminatas. Fue tanto el pánico que comencé a sentir por las amenazas invisibles, como ver llegar un camión militar cerca y pensar que venían por mí; hasta se me empezó a caer el pelo a manotadas y comencé a sufrir unas migrañas espantosas que arrancaban en las muelas y me subían por la cabeza. Un médico dio con el asunto, pues le confesé que yo era del M-19; fue a uno de los pocos a quien le dije la verdad en esa época. El dolor solo se me pasaba durmiendo, y entonces el doctor me dijo: “Eso se llama la enfermedad del soldado”. El estrés y la latencia del peligro habían producido ese estado por la idea de que me iban a capturar y a torturar; estaba somatizando y me recomendó hacer ejercicio. Ejercicio que haría.tiempo después en la cárcel y que definitivamente me curó, pero eso sería más adelante. Por ahora, así pasó el año hasta que Betancur llegó a la presidencia.


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