El Eme (Capitulo 2)
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El Eme
Pío Quinto Jaimes me entregó los documentos donde se resumía la Conferencia del M-19, que no era otra cosa que el equivalente a un congreso de un partido político. En esta deliberación, relativamente democrática de los integrantes del grupo, estaban plasmadas las conductas políticas, las líneas teóricas y de acción del movimiento, hasta que se reuniera la próxima conferencia.
Se trataba de la Quinta Conferencia. Lo primero que me sorprendió fue que estaba muy bien editada, y había un cuidado formal en la publicación, eso quería decir que en la sección de comunicaciones del M-19 había gente muy capaz. El documento me encantó: el M-19 articulaba los planteamientos socialistas de la izquierda tradicional de la época, pero iba mucho más allá para proponer algo que sigue pareciendo obvio pero que no lo es tanto; una democracia real para Colombia.
Esa discusión entre socialismo y democracia
recorrió todo el siglo XX, pues con la aparición del mundo soviético se socavó
la idea democrática, incluso desoyendo a quienes habían creado esas teorías.
La eliminación de la libertad individual marcó el fin del concepto
democrático, que era un bien muy querido por las luchas obreras del mundo. Y en
esta discusión, un tanto alejada de los centros del mundo, en un país llamado
Colombia, el M-19 apostaba por la democracia. Porque ese fue siempre el
objetivo: era un proyecto democrático, y así comenzó a denominarse la búsqueda
de una alternativa para Colombia,
Esta era una concepción completamente diferente a la del
ELN, las PARC, el Partido Comunista, o los diversos grupos de izquierda
universitaria, que entablaban un diálogo con modelos como el soviético, el
cubano o el chino, mientras que nosotros pensábamos en un proyecto propio
nacionalista y democrático.
Y allí, obviamente, esa apertura de conceptos que introdujo
el M-19 nos provocaba temor a quienes estabamos en Zipaquirá, quizás porque
era más fácil pensar en la idea del socialismo, y no de construir un
pensamiento propio. El documento, sin embargo, nos atrajo y lo leimos. En ese
momento, existía un protocolo que consistía en que quienes pretendían entrar
al grupo debían leer primero este tipo de documentos con el ideario del M-19,
para que una vez lo hicieran pudieran tomar la decisión de entrar o no al movimiento.
En 1978 el M-19 era un movimiento realmente urbano, y su
forma de organización clandestina consistía en comandos, y algo que se llamaba
“la compartimentación”: ningún comando sabía algo distinto de las demás
personas de otros comandos; solo se ligaba con la organización a través del
jefe del comando que integraba uno de mayor jerarquía, y así se construía la
red de comandos jerarquizada. La información era mínima desde el punto de vista
organizativo para quienes ingresábamos previendo que, ante un golpe desde el
Estado, nadie pudiera rastrear la cadena. Eso se lo habían aprendido a los
Tupamaros uruguayos. A Germán Ávila y a mí, entonces, nos invitaron a integrar
el primer comando de Zipaquirá.
Se decía el “primer” comando, pero en el municipio ya existían
otros, aunque nosotros, desde luego, no los conocíamos. Para entonces, uno de
los tres G, Gonzalo Galvis, se había ido a Inglaterra. Él me mandaba cartas por
correo de cinco o seis folios escritos en letra pequeña, narrándome sus
experiencias en Londres. Su familia, que vivía en Caiicá, se había aventurado a
migrar a otro país, como muchos colombianos que a finales de los setenta
decidieron partir para, de alguna manera, buscar mejores opciones económicas y
vivir casi en la clandestinidad en países europeos o en los Estados Unidos.
Leía con mucha intensidad las peripecias de Gonzalo, porque además me traía el
recuerdo de mi afición por los mapas y la cartografía, que había convertido en
una forma de empapelar las paredes de mi cuarto.
Decidimos, entonces, con Germán Ávila, tras leer la Quinta
Conferencia, entrar al M-19. La escuela de Pío Quinto quedaba en una vereda
cercana a Zipaquirá y comenzamos a visitarlo, pues, además de que era nuestro
enlace, tenía unas hijas bellísimas que nos llamaban la atención. Pío Quinto
se aseguró de enseñarnos algunas técnicas de chequeo y contra chequeo,
provenientes de los mismos Tupamaros, como darle una vuelta a la manzana
cuando fuéramos a ir a verlo para asegurarnos de que no nos siguieran y si lo
hacían, encontrarnos de frente con el perseguidor. Solo una vez sospeché
haberme topado con un agente encubierto del F2, aunque por supuesto no pueda
asegurarlo, ya que el hombre desapareció de inmediato. Al llegar a la casa de
Pío Quinto leíamos los documentos del M-19, discutíamos, y comenzábamos a
planear actividades prácticas simples como pintar una consigna, dejar unos
comunicados del M-19 de manera clandestina en algún baño, en algún salón de
clase, en alguna esquina de la ciudad. Hacer algún tipo de actividad legal
porque, y ese fue un poco el signo de los años siguientes; empezamos a tener
una doble vida clandestina y legal.
En el M-19, no podía identificarme como me llamaba en la
vida legal, entonces me pidieron que me pusiera un nombre, y el que encontré
fue Aureliano, que me recordaba el Caribe, un poco algo de mí mismo y, por
supuesto, a Cien años de soledad. Un Aureliano en Zipaquirá. Uno de los
capítulos de su novela, que es el de Fernanda del Carpió, pienso que refleja el
mundo zipaquireño. En su estancia en el municipio, en los años cuarenta,
García Márquez se había enamorado de una niña muy linda, de apellido Laverde;
yo conocí su foto después. Ella moriría luego de una manera terrible; la
asesinaron en una hacienda cerca de Bogotá Si la menciono es porque, a mi modo
de ver, ella fue la inspiración para Fernanda del Carpió.
En fin, además de que García Márquez había estudiado en
Zipaquirá, y de que mi familia, también caribe, hubiera llegado allí, existía
otra conexión que tenía que ver con la sal. La concesión Salinas era una
empresa pública que en ese entonces industrializaba tanto la sal marina como
la sal continental subterránea: Manaure, Cartagena y Zipaquirá estaban unidos
simbólicamente por la industrialización, y por la planta colombiana de soda,
que después se llamó Alcalis. “Con la sal de Zipaquirá se ha bautizado la
República’ es uno de los lemas de la ciudad, pues allí llegaron los comuneros
provenientes de Boyacá, Santander y Cundinamarca. Fue en ese territorio donde
esperaron las Capitulaciones, en el puente del Común, muy cerca de Chía. Es,
entonces, un pueblo libertador: el pueblo donde llegó el general Meló, el
ejército libertador y sus artesanos democráticos a dar una batalla para
defender a Bogotá de los ejércitos de ios esclavistas y los importadores; aquel
que vivió una gran insu¬rrección por el asesinato de Gaitán; un pueblo anapista
como mi madre, un pueblo que, poco a poco, comenzó a ofrecer sus casas para
resguardar a los comandos del M-19.
La tradición educativa de Zipaquirá, además, era plausible.
De su colegio público, se habían graduado el nobel de Literatura, el presidente
Santiago Pérez, la familia Hinestrosa, clave en el Externado, los Castro
Caycedo, el maestro Guillermo Quevedo y Everth Bustamante, un hombre que, para
finales de los años setenta, había alcanzado cierta altura política dentro del
M-19.
En ese contexto entré al M-19. Nadie podía saberlo, por
supuesto. Y nosotros tampoco conocíamos a alguien, más allá de Pío Quinto.
Germán Ávila y yo teníamos una relación con los trabajadores obreros
industriales de Alcalis y de Peldar. El primer comando —que debía ser mínimo de
tres y máximo de cinco personas— incorporó a Héctor Jaimes, un trabajador de
Peldar. Mientras tanto, Germán y yo estudiábamos en el Externado, en donde me
gradué como economista. Germán desertó a la Universidad Nacional en algún
momento, donde también estudió Economía. Héctor se quedó en el municipio y debe
ser hoy un hombre pensionado. Recuerdo que estando en esas se casó. Eso
ocasionó que su señora nos mirara con mucha desconfianza. Desde entonces,
aprendí que, de cierta forma, los tejemanejes clandestinos que pretendían
cambiar el país —aún sin que ella supiera de qué se trataba— eran una amenaza
per¬manente para un hogar. En ese entonces, no entendía el pro¬blema que eso
suponía pues, ni más ni menos, alejaba a las mujeres de la posibilidad de
transformar un país, y comencé a entenderlo al lado de los obreros industriales
que no tenían la misma audacia que nosotros, en razón de que resguardaban su familia,
su casa, tenían un ancla, por decirlo de alguna manera. Hoy, con perspectiva,
pienso que nosotros estábamos hechos para el sacrificio y los obreros para la
vida. Y eso entrañaba una diferencia, aunque los dos estuviéramos en la misma
lucha.
Comenzamos a tener una doble vida, una como estudiantes
normales —yo seguía durmiendo en mi casa, ahora en Cajicá, pues mi papá, sin
decirme nada, presentía algo, y por temor decidió establecer a la familia
allí— y otra clandestina. Era 1978 y se había elegido como presidente a Julio
César Turbay, quien desde el primer momento proclamó el Estatuto de Seguridad,
un régimen legal para hacer frente a los grupos guerrilleros y a los
movimientos sociales, mediante el cual se proclamaba un estado de sitito
permanente, que le permitía a Turbay gobernar sin pasar por el Congreso, y
profundizar la represión cuya teoría había sido parte de la doctrina de
seguridad de Estados Unidos, que se había comenzado a aplicar en ei sur del
continente, mediante dictaduras militares. En septiembre de 1978, cuando se
firmó el Decreto 1923, hubo una gran manifestación: había estallado,
oficialmente la represiórrturbayista. Recuerdo haber salido desde el Externado
a la plaza de Bolívar, junto a miles de estudiantes a protestar. Fue la primera
universidad en manifestarse. Aún hoy me sorprende lo mucho que cambió la
universidad; de aquella que fue capaz de salir a la calle a luchar por la
democracia, a defender al profesor Manuel Gaona Cruz, quien habíí librado una
batalla constitu-cional contra Turbay, no queda mucho. Recuerdo la asamblea
alrededor de Gaona, pues ahi ya era militante del M-19. Miles de estudiantes
nos reunimos en esa plazoleta junto a la cafetería. A pesar de que Gaona Cruz
había dicho que no era pertinente salir a la calle a protestar en contra del
Estatuto en Seguridad, fue la primera vez que vi la represión de frente, porque
nos golpeó la policía, que desbarató la manifestación antes de llegar a la
plaza de Bolívar. El gobierno de Turbay estaba convencido de que había que atacar
de frente a los estudiantes, a los intelectuales, a la clase media, pues
pensaban que así podían descubrir o dar con militantes del M-19.
El 30 de diciembre de ese año, el M-19 realizó la operación
Ballena Azul y parte de las armas se guardaron en una caleta en Zipaquirá que
nosotros ayudamos a construir sin saber con qué fin la estábamos haciendo. Como
se recordará, fue una operación que causó una gran conmoción en el Ejército y
en la sociedad, pues se recuperaron 5000 armas del Cantón Norte. El golpe fue
muy duro desde el punto de vista simbólico. A través de un túnel, construido
desde una casa aledaña, se habían metido a las entrañas del cantón más
importante en el entorno militar más poderoso de Colombia, ubicado al norte de
Bogotá. Por allí, en el Año Nuevo de 1979, salieron 5000 armas para una
organización que no estaba preparada. Allí se hirió de tal manera al orgullo
militar que la decisión del general Luis Carlos Cenacho Leyva fue encargar al
general Miguel Vega Uribe para Iniciar una represión inmediata para destruir a
la organización a la que yo, con apenas 18 años, había decidido ingresar. Mis
sentimien¬tos eran difíciles. Cada día aparecían en la prensa operativos en los
cuales capturaban a presuntos militantes. El Ejército logró recuperar buena
parte de las armas. Allanaron la casa donde vivía Orlando Fals Borda y su
esposa. Nunca supe si ellos se habían vinculado realmente al M-19. Persiguieron
a Gabriel García Márquez, que tuvo que exiliarse en México. Se inició una
represión muy dura. Se habla de más o menos diez mil personas capturadas en
esos años, entre 1979 y 1980. La inmensa mayoría nada tenía que ver con ei
M-19, pero pertenecían a una clase media intelectual de la que Turbay y los
mandos militares suponían que. había salido el M-19, Ellos tenían muy claro que
nuestro origen social no era propiamente el mismo del ELN y de las FARC. O sea,
nuestro origen no era rural. Nuestro origen era urbano, pues en él habían
confluido los artistas, los intelectuales v el mundo obrero.
La represión de Vega Uribe consistía en capturar mucha gente con el objetivo de encontrar a alguien que pudiera delatar a alguien más y así poder seguir la cadena de los comandos. La tortura buscaba eso. Que alguien flaqueara y se pudiera comenzar a rastrear la estructura en ese mundo compartimen- tado. Para esa épGca, el Ejército logró capturar cerca de 300 miembros reales del M-19S la mayor parte de su dirección nacio¬nal, como Alvaro Fayad, Antonio Navarro, Gerardo Ardila o Carlos Pizarro, entre otros. A todos los encerraron en La Picota y ellos decidieron organizarse dentro de la cárcel, que se convirtió de un momento a otro en la oficina pública del M-19. Fue una forma de resistir. En ese momento, todos nos dimos cuenta de que muchos de los miembros del M-19 vivían todavía en sus casas, en donde los capturaban. Nosotros en Zipaquirá estábamos esperando que llegaran por nosotros.
Con toda esa presión encima, me enfermé. Quizás por eso mi
padre decidió el trasteo a Cajicá, que era un pueblo más pequeño, conservador,
a donde podíamos estar más protegidos, pues nos mudamos a una casa semirrurai
que adecuamos nosotros mis¬mos. Pero mi papá estaba equivocado, la represión no
hacía esas diferenciaciones. A nosotros nos salvó un solo y simple hecho:
lograron detectar que Everth Bustamante era el enlace en Zipaquirá. La verdad,
no era muy difícil porque él era anapista, formaba parte del periódico que
publicaba el partido, del cual hacían parte personas como Andrés Almarales e
Israel Santamaría. De hecho, Almarales fue una de las figuras de la jefatura
del M-19, que pude conocer personalmente. Él llegó a Zipaquirá porque se movía
en el Movimiento Obrero Nacional. Había sido el gran fundador de Ultrasan y
Usitras en Santander. Era abogado laboralista, hijo de un obrero de las
bananeras que había vivido la época de las masacres. Se movía muy bien dentro
de los obreros de los astilleros y los puertos de Colombia, que lo querían
muchísimo, y por esa vía había llegado al movimiento sindical de Zipaquirá. Y
allí, en una reunión clandestina, le reuní varios dirigentes obreros en una
noche. Recuerdo que él llegó con una pareja joven, muy elegante, y dictó una
conferencia sobre el mundo obrero y los trabajadores por la democracia. A mí me
encantó la figura de Almarales, porque era un caribeño que llegaba a Zipaquirá,
de mi misma organización. Al poco tiempo, lo cogieron también preso. Por eso
nosotros comenzamos a sentir que nos quedábamos solos, que al M-19 lo estaban
acabando y que, por alguna razón, nosotros éramos una especie de isla en el
país.
Cuando se comenzó a hablar de que Everth Bustamante iba a ser capturado, él contradijo las órdenes de los mandos más altos, quienes habían dicho que debíamos quedarnos, y abandonó el país. Algunas figuras del M-19 incumplieron porque tenían mucho miedo de las torturas y la cárcel. Uno de ellos, que conocí muchos años después en el exilio, fue Carlos Vidales, quien tenía una experiencia enorme: había pasado por la revolución boliviana en contra de Hugo Banzer; conocía la experiencia chilena como asesor del Gobierno de Salvador Allende, y de allí había pasado a fundar el M-19, en Colombia. Era homosexual, hijo del poeta Luis Vidales, cuya casa habían allanado buscando la espada de Bolívar, que el M-19 había recuperado el 17 de enero de 1975, de la Quinta de Bolívar en el centro de Bogotá. La caída de la espada era, simbólicamente, la destrucción del M-19. Menciono la orientación sexual de Vidales porque creo que es importante decir que el grupo se adelantó en muchas cosas en Colombia, Una de ellas, en no juzgar a nadie por sus preferencias y orientaciones sexuales. Era una sensibilidad mucho más contemporánea que no aparecía en los libros ni en los tratados, que no aparecía en Marx ni en Lenin, y que de alguna manera intentó que hubiera una igualdad de género, que . las mujeres tuvieran voz, aunque obviamente era un asunto incipiente.
Que un miembro de la dirección nacional del M-19 fuera homosexual y lo reprimieran era algo importante para esa época. Vidales entró entonces en una especie de paranoia y salió del país, ayudado por nosotros sin que lo supiéramos. Muchos años después me lo encontré en un viaje que hice a Suecia, de manera fortuita, en un bus público. Él se me acercó, me dijo quién era. De hecho, me regaló un libro muy interesante llamado Rebeldes y revolucionaros, de donde extraje la tesis de que mucha de la gente del M-19 era rebelde, pero no revolucionaria.
Esto tiene que ver con la historia de las resistencias en Colombia, pues la rebeldía ha sido una especie de contraélite, incluidas las guerrillas, que no han buscado cambiar las relaciones de poder de la sociedad, sino reemplazar a otros que estaban allí. Es el típico ejemplo de guerrillero que, al volverse parlamentario después de un proceso de paz, no plantea nada nuevo sino que se acomoda a su nueva vida. Esas con las élites se pueden volver muy conservadoras, que es lo que sostenía Vidales, quien venía de ese movimiento que llamamos los “Comuneros 81” de Santander y que se integró con el M-19 de Zipaquirá.
La sensación de aislamiento nos llevó a una serie de
discusiones en el municipio, donde nos dimos cuenta de que éramos unos 80 a
100. Eso conformaba dos “intermedias”, como se les conocía en nuestra forma de
organización. Una intermedia estaba constituida por de tres a cinco comandos,
integrados por oficiales —éramos oficiales de un ejército libertador como el de
Bolívar—, como nos llamábamos, pues no nos sentíamos guerrilleros, y era la
base para la construcción de una columna. Los oficiales primeros conformaban
el comando de una columna. Nuestro entrenamiento militar era más en técnicas
de clandestinidad, de aprender a resistir la tortura en caso de que nos
capturaran. Ese momento influyó mucho en mi personalidad. Debíamos ser fuertes,
centrados, silenciosos: ante la presión, debíamos aprender a guardar la
tranquilidad. Eso me ha servido en la vida para, en los debates parlamentarios
más duros, mantenerme tranquilo y centrado.
Las reuniones clandestinas en donde aprendíamos estas
técnicas parecían un aquelarre. Alguna vez recuerdo que fui a una de ellas con
la hermana de Carlos Pizarro —mucho tiempo después supe quién era ella, pues
estaba encapuchada, por supuesto—. Ella me recogió en alguna esquina de Bogotá,
en un Renault 4 y me dijo que mirara hacia el piso. Me pusieron una capucha, me
condujeron a algún tipo de casa, no sé dónde. Ahí había otros comandos,
todos"encapuchados. No podíamos ver nuestros rostros. En esas reuniones,
se trazaban líneas de acción, se compartían técnicas o conocimientos, pero en
realidad fue algo muy esporádico. La vida de la organización era más mi comando
y poco más. No había lincamientos generales, no eran órdenes explícitas.
Un ejemplo al que me referí atrás fue cuando se recuperaron
las armas del Cantón Norte y debimos construir las caletas en las cuales se
guardaron las armas que llevamos después hacia una vereda cercana a San
Cayetano, Cundinamarca. Allí estaban dos hermanos, uno de ellos era Víctor
Jairo Chinchilla, un experto profesor de educación física quien murió hace poco
y que había desarrollado en Zipaquirá un trabajo muy importante al enfocar el
deporte como una manera de salud preventiva: muchos de esos deportistas fueron
del M-19. Víctor y su hermano, Bernardo, estaban ligados a otro profesor, José
Domingo Gómez, quien venía de San Cayetano. Esa es una región minera que queda
pasando el páramo de Guerrero y que separa a Zipaquirá de aquella zona.
Llevamos las armas hacia allá porque Gómez, como los Chinchilla, y muchos
otros tuvieron la idea de que en ese lugar podía conformarse una guerrilla
rural, con los campesinos de San Cayetano que habían vivido la violencia
liberal a mediados del siglo XX. Muchos de ellos eran de la familia de Gómez.
Así, poco a poco construimos la arquitectura de nuestro Movimiento en
Zipaquirá. La novia de José Domingo Gómez se llamaba Blanca Chavarlo, era
economista de una familia prestigiosa de Zipaquirá y casi todos sus hijos
fueron del M-19. Ellos dos participarían un año después, en febrero de 1980, de
la toma de la Embajada de la República Dominicana en Bogotá con las armas que
habíamos escondido.
En ese momento, el M-19 de Zipaquirá comenzó a tener
relevancia. En una reunión de las intermedias, le pusimos un nombre a la
columna, Se llamó José María Meló en honor al único presidente indígena que
tuvo Colombia, en 1854, elegido por los artesanos que buscaban proteger su
oficio en contra de los liberales y conservadores que pretendían abrir el libre
comercio. Meló solo ocupó el cargo durante nueve meses, pues en diciembre de ese
año Tomás Cipriano de Mosquera, José Hilario López, Joaquín París y el
expresidente Alcántara Herrán se aliaron y lo derrotaron militarmente. La
sociedad esclavista del Cauca y Antioquia triunfó y Meló fue desterrado. Murió
fusilado en México, defendiendo la revolución de ese país, en 1860. Meló había
sido teniente de Bolívar y a la muerte de este, en lugar de integrarse con
Santander siendo descendiente de pijaos, se fue a revivir la idea de Bolívar de
la Gran Colombia y participó en varias batallas, como las de Pichincha,
Bomboná, Junín y Ayacucho. Cuando ocurrió la insurrección de los artesanos y la
posterior derrota, uno de los decretos del nuevo Gobierno del panameño José de
Obaldía fue acabar con el ejército del Libertador. No le perdonaron al ejército
libertador que se hubiera aliado a los artesanos y tomado el poder. La
oligarquía esclavista disolvió el ejército que nos dio la independencia. Por
eso, este ejército que conocemos hoy es heredero de dicha ruptura, y de una
concepción más prusiana —y más autoritaria—, que fue la de Rafael Núñez, en la
Regeneración.
Con la ida de Everth Bustamante del país, era muy difícil que llegaran hasta nosotros. Por eso, tras la toma de la Embajada, nadie fue capturado en Zipaquirá. Por otro lado, Jaime Bateman, como comandante general del M-19, había entendido que era el momento de romper esquemas y trasladar la operación a las selvas del Caquetá, para crear un ejército más rural y emprender una serie de acciones más audaces. La móvil que trasladó Bateman hacia allá logró una importante influencia popular en el campesinado conservador. Caquetá tiene dos ríos, el Orteguaza y el Caquetá, y después de la violencia de mediados del siglo XX los conservadores se exilian en el Orteguaza y los liberales, en el Caquetá: los segundos se fueron con las FARC.
De quienes acompañaron al M-19 salió Marcos Chalita, a quien
la gente conoció en la Constituyente de 1991. Ese comenzó a ser otro M-19, no
el que la gente tenía referenciado. Ya no era un cuento urbano, sino miles de
campesinos que configuraron los comandos de lucha local en medio de la
represión turbayista que se estrelló contra ese apoyo. De repente, el M-19
había transitado su infancia, su adolescencia romántica, y ahora estaba en el
terreno de la guerra, en los campos de Colombia. Eso fue lo que hizo la
violencia de Turbay, producir más violencia. En el Caquetá los campesinos
tenían una herencia de la Violencia. Así que comenzaron a hacerse operaciones,
como la toma de Mocoa, que la hizo el mismo Bateman, apoyado por Gustavo Rojas,
Gustavo Arias Londoño, que se escapó de la cárcel, e Iván Marino Ospina. La
realidad de la guerra se había instalado.
Fueron dos años muy duros, hasta que Bateman, apoyado sobre
la culata de un fusil, le mandó un mensaje a Belisario Betancur, quien ganó las
elecciones de 1982, para que hiciera un proceso de paz. En ese momento y hasta
hoy, se inicia la sucesión de conversaciones y procesos que hemos vivido en
cuatro décadas en la historia contemporánea. La idea fue acogida por Betancur.
Se trataba de una amnistía para sacar a decenas de militantes de las cárceles,
el levantamiento del estado de sitio, que era la manera de imponer la dictadura
disfrazada de corbata por parte del establecimiento colombiano como un reflejo
de las del Cono Sur y sus técnicas de desaparición, tortura, apresamiento de
intelectuales, etcétera. El Gobierno colombiano había logrado vender la tesis
en el mundo de que Colombia era una democracia, pero era una dictadura al igual
que lo habían hecho Pinochet, en Chile, y Videla, en Argentina. Nosotros luchábamos,
precisamente, contra eso.
El Frente Nacional, que aún estaba vivo en ese entonces,
había cerrado los espacios para cualquier fuerza política distinta, a los
liberales o conservadores. El cierre de. la democracia fue lo que nos llevó a
pensar que no había otro camino que la lucha armada. Sin embargo, Bateman
estaba pensando en que había una posibilidad de llegar a un diálogo que
permitiera salir de esas condiciones y pasar a construir el proyecto
democrático que él creía que se hacía a través de un diálogo nacional. Era una
idea audaz. Eso nada tenía que ver ni con Marx ni con Lenin, ni con izquierda
tradicional de Colombia. Era una idea que no podían entender las PARC ni el ELN
y que nos ponía en un lugar de vanguardia en la política colombiana, porque el
pueblo sí entendía lo que queríanlos. Nos volvimos un movimiento popular muy
querido. Y eso yo lo sentía en Zipaquirá: donde hadarnos operaciones muy
simples: tomarnos una asamblea de obreros con el rostro cubierto y quizás
algunos revólveres, y gritar unos vivas al M-19 y hablar 30 segundos, lanzar
unos comunicados. De inmediato uno se daba cuenta de que se armaba una
algarabía de apoyo de centenares de trabajadores, quienes comenzaban a arengar
“Viva el M-19”. Nos tomábamos buses y pasaba lo mismo, y así en todos los
rincones. A veces llegábamos a tomarnos algunos barrios por poco tiempo y
lográbamos eludir a la Policía.
La Policía obviamente mandaba sus informes y sabía que en
Zipaquirá había un fuerte movimiento con gente del M-19, que estaba haciendo
operaciones de este tipo conocidas como “propaganda armada”. Nunca hubo una
confrontación armada, ni murió nadie producto de enfrentamientos entre el
Estado y nosotros. El único caso fue el de Ernesto Cuevas, quien se suicidó
por despecho con un explosivo que pensábamos usar en el paro cívico para frenar
un conducto de agua sal de la fábrica.
Hasta ese momento, seguí teniendo una vida doble entre el
M-19 y la universidad. Cogía el bus a las cinco de la mañana, caminaba desde la
avenida Caracas, donde me dejaba la flota, en Los Mártires, y luego caminaba
por la calle 12 hasta arriba. Eran como veinte cuadras. Es una calle larga,
como del poema, que no puedo olvidar. Me iba muy bien en mi carrera,
lograba las becas por mejor puntaje y como tenía una plata del Icetex, la
ahorraba y compraba libros. Me iba a la Feria del Libro del parque Santander,
en donde encontraba una serie de editoriales alternativas de literatura y
filosofía, muy de izquierda todo. El mundo intelectual de esa época era de izquierda.
Compraba mis libros aquí, me los llevaba a Zipaquirá y allá los leía. El mundo
seguía siendo frío, gris, muy al estilo de Fernanda del Carpió, y yo era joven.
Y había descubierto un mundo caribeño y tenía nostalgia del vallenato, que
escuchaba en una emisora muy de vez en cuando, porque el vallenato no era
promovido en Bogotá. Era música exótica. Y de los porros, que es la música de
Córdoba, en realidad, y que no sonaban por ninguna parte.
Cuando terminaba el semestre me iba para Córdoba. Allá conocí
el amor como debía; el amor no correspondido de Louris, una mujer de la que me
enamoré perdidamente sin ser correspondido; tan enamorado estaba que escribía
su nombre en griego en mis cuadernos. Esa también era, de alguna forma, una
doble vida, la del mundo andino y la del baile, el mundo de la fiesta bajo la
luna y, de repente, el regreso a la realidad gris y fría del altiplano.
En Córdoba también exploré el mundo de la izquierda, muy
cercana a la Federación de Estudiantes de Córdoba (Fedecor) o a grupos
cristianos militantes. Allí conocí a Enán Lora Mendoza, un muchacho que cantaba
acompañado de su guitarra, siempre al lado de la iglesia, A él y a su grupo los
veía en el parque, porque todas las noches salía allí a dar algunas vueltas y
a mirar las muchachas. Era un joven supremamente inteligente, con un nivel
intelectual superior al mío, un gran poeta, músico, en fin; nos hicimos amigos
y lo invité a unirse al M 19. Fue uno de los pocos que invité en Ciénaga de
Oro. Él me contestó que no se quería quedar en Córdoba y eventualmente llegó a
Bogotá, en donde se unió a un comando, pues, dada la casi destrucción del M-19
en la ciudad, comenzamos a configurar comandos en Bogotá a la inversa de lo que
había sucedido al comienzo. Así, yo desde el Externado y G Terman Ávila desde la
Nacional, emprendimos una miiitancia más fuerte, captamos mucha gente para el
M-19 y empezamos a reconfigurar una estructura dentro de Bogotá sin conocer
mucho la ciudad, dentro de las universidades mismas.
Enán Lora se integró ahí y formó parte determinante de mi
vida. En esa época, en 1981, Jaime Baternan se hizo público, y ese fue otro
golpe de audacia. Todo el mundo lo conocía, la gente compraba esos periódicos
porque querían saber qué planteábamos nosotros pero él le concedió una famosa
entrevista a Germán Castro Caycedo, que El Tiempo no quiso publicar completa,
como había sido la exigencia de Bateman, y entonces terminó en El Siglo, en
donde Alvaro Gómez la publicó en toda su extensión. Así comenzamos a ver un
M-19 que, a pesar de haber sido golpeado, crecía políticamente, y nosotros ya
no estábamos en nuestras acciones de boy scouts, sino creciendo militarmente en
el sur del país. Ahí empezamos a pensar que, en algún momento, nos iba a tocar
irnos a nosotros también. Eso me producía gran temor. Yo era escuálido,
pensaba que no iba a resistir las caminatas. Fue tanto el pánico que comencé a
sentir por las amenazas invisibles, como ver llegar un camión militar cerca y
pensar que venían por mí; hasta se me empezó a caer el pelo a manotadas y
comencé a sufrir unas migrañas espantosas que arrancaban en las muelas y me
subían por la cabeza. Un médico dio con el asunto, pues le confesé que yo era
del M-19; fue a uno de los pocos a quien le dije la verdad en esa época. El
dolor solo se me pasaba durmiendo, y entonces el doctor me dijo: “Eso se llama
la enfermedad del soldado”. El estrés y la latencia del peligro habían
producido ese estado por la idea de que me iban a capturar y a torturar; estaba
somatizando y me recomendó hacer ejercicio. Ejercicio que haría.tiempo después
en la cárcel y que definitivamente me curó, pero eso sería más adelante. Por
ahora, así pasó el año hasta que Betancur llegó a la presidencia.
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