domingo, 16 de julio de 2023

capitulo 1, LOS PETRO, una Vida Muchas vidas.

LOS PETRO (Capitulo 1)

I Indice 
Presentación  13, 
Los Petro (capitulo 1) 15, El Eme (capitulo 2) 47, La organización y el Bolívar 83 (capitulo 3) 65
Traición y entusiasmo (capitulo 4) 75, Cárcel y tortura (capitulo 5) 81,  
La toma del Palacio  (capitulo 6) 87, La clandestinidad en Santander (capitulo 7) 105, 
La reunión (capitulo 8) 119,  Adiós en Barrancabermeja  (capitulo 9) 131
Diálogo tolimense (capitulo 10) 141, “El comunicado de Ortega”  (capitulo 11) 153, 
El heavy metal latinoamericano (capitulo 12) 163, La Constituyente  (capitulo 13) 177, 
La derrota y el exilio (capitulo 14) 187, El Congreso (capitulo 15) 205, El regreso (capitulo 16) 223, 
Mi reunión con Carlos Castaño (capitulo 17) 235, Un presidente paramilitar (capitulo 18) 243, 
El coraje de la verdad (capitulo 19) 255,  Las elecciones de 2010 (capitulo 20) 261, 
La Bogotá Humana (capitulo 21) 269, El cambio climático (capitulo 22) 299, 
La paz  (capitulo 23)  307, Una respuesta al presente (capitulo 24) 317, Epílogo (capitulo 25) 327.


CAPITULO 1


Presentación 13

LosPetro...,          15

El Eme...,-.               47

La organización y el Bolívar 83        65

Traición y entusiasmo     75

Cárcel y tortura....           .                             81

La toma del Palacio           87

La clandestinidad en Santander                  .......105

La reunión....       ..119

Adiós en Barrancabermeja          131

Diálogo tolimense             141

“El comunicado de Ortega”           153

El heavy metal latinoamericano.,             163

La Constituyente             177

La derrota y el exilio          187

El Congreso          205

El regreso..         ....223

Mi reunión con Carlos Castaño      235

Un presidente paramilitar            243

El coraje de la verdad    255

Las elecciones de 2010..............   261

La Bogotá Humana          :             *             269

El cambio climático ;       299

La paz......,,          *           -             

Una respuesta al presente...          3*7

Epílogo                327

 

 

Presentación

Este libro nació como el producto de una vieja amistad con Gustavo Petro, a quien tengo el placer intelectual de conocer hace algún tiempo y acompañar política y administrativamente desde hace más de diez años, cuando fue elegido como alcalde mayor de Bogotá. Durante ese periodo, me desempeñé como director de Canal Capital y, trascendiendo mi oficio como periodista, abracé con firmeza la idea de que con Petro había una opción real de cambio. A esa convicción corresponde el entusiasmo de introducir este texto de Gustavo Petro.

He estado atento a sus palabras muchas semanas y meses por razones de amistad y de trabajo en función de la causa nacional. Semana tras semana, personalmente y a través de plataformas virtuales he podido desentrañar su aventura personal y humana, desde cuando nació en Ciénaga de Oro, en 1959, hasta el día en que, de manera dramática, le fue diagnosticado un cáncer que, en medio de la pandemia del coronavirus, lo llevó a Cuba a tratarse y obtener un diagnóstico en una fase temprana que pudo resolverse con un adecuado tratamiento.

La idea de estas líneas introductorias es subrayar el sentido humano e intelectual del libro a partir de su historia personal para, desde esa fuente espiritual, reflexionar sobre problemas y asuntos urgentes en el mundo y en Colombia.

Sin eludir ningún aspecto de su vida, Gustavo Petro desmadeja el hilo de una memoria que hunde sus raíces en la historia de un matrimonio de clase media que se conoció en el barrio Las Cruces, de Bogotá, y que de allí en adelante trasegó por un país lleno de contradicciones. Cualquier lector podrá reconocer que su vida ha estado en consonancia con sus debates políticos y sociales, que lo tienen ad portas de la presidencia de Colombia. Este libro es una manera de abrir el compás a una voz, necesaria como pocas, que ha sabido entender que los debates pueden darse de una manera pacífica e informada a pesar de los miles de amenazas, vituperios y celadas que le han tendido sus malquerientes. Este libro es, entonces, una voz que ojalá usted, amable lector, encuentre útil para conocer otra parte de la historia que comienza a ser contada.

HOLLMÁN MORRIS

 

 

LOS PETRO

El libro me lo entregó mi papá y recuerdo que fue una de las primeras ediciones con aquella portada en la que se veían pequeños abalorios como lunas, soles, campanas y calaveras, que seguramente provenían del desmantelado campamento de los gitanos. La lectura de Cien años de soledad me pareció mágica, porque me recordaba a la costa Caribe como un rumor inconsciente, pues, hasta ese momento, mi referente cultural, el de mi primera infancia, era Bogotá. García Márquez me sonaba —por- que sonaban sus frases y sus palabras— a algo familiar, sin saber muy bien por qué; a algo que llevaba muy adentro, como si fuera una especie de resonancia interior, y que vine a descubrir cuando volví a mis quince años a Córdoba, tras una ausencia de algunos años, y empecé a conocer las raíces de mi familia, de mi pueblo, y entendí por completo la magnitud de su obra.

Yo viví en Córdoba muy niño, y después de mi bautizo, a los nueve meses, mi papá me trajo a Bogotá. Mi abuela se llamaba Francisca Sierra Ruiz, y mi tía, Carmen. Siempre me llevaban a la casa de ellas cuando las visitaba en esa época de los cuatro a los ocho años, en la que aún no tenía consciencia plena de eso que me hizo descubrir Cien años de soledad, El coronel no tiene quién le escriba o La hojarasca. La de la abuela era una casa de bahareque, de techo de palma, muy tradicional del Caribe, del tipo de viviendas que resisten muy bien el calor, que son muy cómodas y tienen piso de cemento, ese que llaman los constructores “el afinado” muy fresco. Recuerdo con persistencia el ruido de ventilador de aspas, pues siempre me dormía mirando el techo acompasado por ese sonido del aire. El techo se adivinaba borroso por el efecto de los mosquiteros, esos toldos de malla o tela muy fina que se usan todavía en ciertos lugares de tierra caliente. La infancia es un territorio de imágenes, de instantáneas que permanecen en la memoria sin que sepamos del todo por qué unas se quedan allí y otras se pierden para siempre. Por ejemplo, puedo ver a mi padre montado en un caballo, puedo oler la leña quemada de la estufa o del hogar, puedo advertir la vegetación exuberante, el brillo de la luz, los colores del paisaje, la luminosidad V el esplendor de un horizonte que no podía advertirse en Bogotá.

Recuerdo, así mismo, mi primer baño de río. Un caño cercano de la Ciénaga de Oro —llamada así porque en ella habían encontrado oro— era un lugar frecuentado por jóvenes y turistas, y se decía que era peligroso porque en sus aguas habían muerto algunas personas ahogadas. A pesar de ello, sin poder precisar cuándo ni cómo, puedo sentir la frescura fría de esa agua contra mi piel. Con el tiempo, en ese caño adiviné el paso de las piraguas, aquellas canoas hechas de madera de un solo tronco. En ellas pasé largos ratos, como si fueran esquinas de madera suspendidas en el agua en las cuales nos sentábamos a hablar de la vida, como en cualquier barriada urbana.

El caribe, entonces, era ese territorio lejano y entrañable que fue conformando parte de mi naturaleza. Mi familia, los Petro, tuvo que haber llegado hacia mediados del siglo XIX a las tierras del Sinú, exactamente a San Pelayo y Cereté, porque el apellido se quedó ahí, no se extendió a otros lugares. Por la fecha de nacimiento de mi abuelo, 1898, en San Pelayo, Córdoba, mi familia debió llegar de Savona, en el norte de Italia a mediados del siglo XIX, pues así lo averigüé hace poco: es un apellido de Liguria, al parecer de una familia noble del siglo X. Toda esa región fue receptora de inmigrantes y de ahí los ricos mestizajes que también son patrimonio del Caribe, como bien lo cuenta Alejo Carpentier en La consagración de la primavera.

Por contraste, mi madre provenía de un pequeño pueblo de Cundinamarca llamado Gachetá, uno de los primeros poblados fundados por los españoles en la provincia de Guavio. Durante la Independencia el pueblo tuvo entre uno de sus héroes a Manuel Salvador Díaz, quien estuvo al lado de Policarpa Salavarrietá. Un siglo largo después, cuando la Violencia bipartidista se desató a mediados del siglo XX, mis abuelos, liberales, debieron abandonar el pueblo bajo la amenaza cerril de los conservadores. Dice mi madre que el abuelo era poeta. La casa, en el marco de la plaza, daba cuenta de su estatus: eran pudientes, pero el encono entre bandos hizo que no tuvieran más remedio que dejarlo todo atrás.

Así que los Urrego vendieron la casa que después yo conocí de adulto, no hace mucho tiempo y que aún sigue en pie. Con el dinero compraron una ya usada en Bogotá, en el barrio Las Cruces, ubicado en la parte sur del centro de la ciudad. Era un barrio popular, de tradición obrera, de plazas de mercado, de gente trabajadora y honesta fundado por allá en el siglo XVII, llamado de esa manera; pues su iglesia fue consagrada a Nuestra Señora de Las Cruces.

Con el advenimiento de Jorge Eliécer Gaitán como figura política, desde los años veinte del siglo pasado, la población se había hecho gaitanista. En ese salto que dieron los Urrego, del pueblo a la ciudad, la condición social de mi familia se redujo,

Bogotá comenzó a urbanizarse de manera desmesurada debido a esa violencia que afectó a los míos y a miles de colombianos. Las migraciones se sucedieron unas a otras y en una de ellas los Petro, de Ciénaga de Oro, llegaron al bogotano barrio de Las Cruces» pues por ser popular pero muy céntrico era el destino de muchachos que comenzaban sus estudios universitarios en la ciudad El primero en llegar fue Francisco Soto, un familiar lejano. Él se casó con mi tía Elvinia, hermana de mi mamá, y con esa unión el destino de las dos familias se volvería a cruzar, Elvinia era secretaria del poderoso Fernando Hinestrosa, rector del Externado y a su casa llegó mi padre, de familia conservadora laureanista para estudiar en la capital. En su casa, mi madre, Clara Nubia Urrego Duarte, conoció a mi padre, Gustavo Ramiro Petro Sierra, se enamoraron y decidieron hacer la vida juntos.

 Las Cruces era un barrio de gran alegría producto de esas migraciones. Allí también llegó el famoso músico Noel Petro, primo de mi padre, quien, además de convertirse en una de las grandes figuras de la música popular, protagonizó una historia de amor confusa, con la cantante Claudia de Colombia, que ella niega y él cuenta con desparpajo. Mi padre y mi madre me tuvieron a mí primero y luego a mis dos hermanos, y así transcurrió la vida en los años sesenta del siglo pasado, en ese barrio empinado de la ciudad.

Nosotros crecimos en Fontibón, después en Santa Fe, Chapinero y luego Los Alcázares. Lo de Pablo VI se debió a que en 1968 el papa Antonio María Montini vino al país. Para entonces, era un descampado abajo del gran almacén Sears, y de la carrera 24, y en esa zona comenzó a edificarse el barrio en honor al papa italiano. Menciono estos lugares y fechas, porque, al igual que me ocurrió con la Costa, cierta geografía emocional de Bogotá aparece por momentos como si fueran pequeños retazos. Me ocurre con frecuencia que cuando camino por la ciudad tengo la sensación de verme en esquinas o calles en las que estoy seguro de haber estado de niño. Pueden ser los lugares que recorrí cuando mi mamá nos llevaba al almacén Tía de Chapinero a comprar soldaditos romanos de plástico —aún los conservo—, o zapatos a los almacenes de la carrera trece. Mi padre, además, era un buen espectador de cine, y muchos de los clásicos Peplum de la época, como Ben Hur, Los amores de Hércules o Espartaco los vi en las espléndidas y hermosas salas de cine que tenía Bogotá y de las cuales ya no queda ninguna, como el Scala, Radio City, el Embajador o el Palermo,

Mi mamá me recogía todos los días al frente del colegio San Felipe Neri, en Los Alcázares. Una vez, al salir, la vi del otro lado en la acera de la calle y decidí ir a saludarla. Aunque tuve la prudencia de mirar de un lado a otro antes de cruzar la calle, corrí en su dirección y, de repente, sentí el golpe. Era un carro enorme, de aquellos Plymouth 64, una barracuda, que se me vino encima. El señor que conducía se bajó del vehículo y me atendió. Se portó muy amable conmigo y con mi mamá. Me llevó a un hospital cercano. Cuando me atendieron, se dieron cuenta de que solo tenía uña clavícula lesionada.

Lo positivo de ese accidente fue que mi mamá, por el miedo que sintió, decidió sacarme del colegio. Más allá de ese hecho fortuito, en el San Felipe Neri me trataban muy mal. El único recuerdo que tengo de esa institución, fuera del accidente, era que me sentía incómodo. Había una profesora autoritaria y violenta. Creo que esa violencia era la razón de que el colegio tuviera malos estudiantes y de que ellos no dieran los resultados esperados en las pruebas. El accidente del carro me permitió salir de ahí, y por eso me salvé.

Del San Felipe Neri pasé al Gimnasio Canadiense, un cambio de 180 grados. En el canadiense el afecto me salvó. Mis maestras tenían la vocación pedagógica de enseñar. Aprendí a leer con entusiasmo en la cartilla Nacho, y como fue una educación tradicional, de matemáticas, historia, geografía y lectura, le tomé mucho amor a la lectura. De esa época, reivindico el entusiasmo que me transmitieron por aprender, por la curiosidad. Si no alcanzaba en las clases, siempre estaban los libros para abrir nuevas puertas hacia el saber. El tema de la lectura, por supuesto, también me venía de la casa. Mi padre era un buen lector, un lector con biblioteca, mejor dicho. De ese momento recuerdo los clásicos Jackson, esos libros azules y gruesos que a manera enciclopédica reunían clásicos de la literatura. Así como los instantes de los que hablaba hace unos párrafos, se me ocurre que algo similar pasa con los libros. Recuerdo, por ejemplo, el título de uno de ellos, que no deja de ser curioso: La vida de los doce césares de Suetonio, pero también, desde luego, los dos tomos de El ingenioso hidalgo Don Quijote de la Mancha y una biografía de Napoleón. Había, además, teatro español y ruso, y libros de historia. Ver al papá o la mamá leer tiene efectos directos en la sociedad. Si el padre o la madre estudia y lee, hay una alta probabilidad de que el hijo también sea buen estudiante y lector. Así que le agradezco mucho a mi papá por enseñarme a leer. Eso fue lo que realmente despertó mi amor por la literatura.

Fui un lector ávido. En la adolescencia ya leía Las confesiones, de Jean Jacques Rousseau, una suerte de autobiografía, y desde ahí comenzó a interesarme la historia. Libros sobre Roma, Grecia e historia universal, que me permitieron profundizar más sobre diferentes épocas. Me sumergí de lleno en ellos convirtiéndome en el mejor estudiante de historia. De todos modos, no dejé de leer novelas, quizás muy avanzadas para mi edad, como Miguel Sírogoff, de Julio Verne, en primaria, y, más adelante, Crimen y castigo, de Fiódor Dostoievski.

 Si mi infancia está vinculada aquello que he narrado hasta aquí, con el trasfondo de las historias de mis padres y mis dos hermanos, y el trasegar por una ciudad que, como Bogotá, crecía a pasos agigantados, mi preadolescencia coincidió con la mudanza a Zipaquirá, una población a unos treinta kilómetros de Bogotá, a donde llegamos, pues a mi papá lo trasladaron de Vergara, Cundinamarca, donde trabajaba como secretario de una Normal de varones.

El recuerdo de ese momento tiene que ver también con la lectura del primer tomo de El ingenioso hidalgo Don Quijote de la Mancha. Debió ser en primero de bachillerato que lo leí, porque fue en ese grado cuando entré al colegio nacional La Salle, que antes se llamaba Liceo Nacional, el mismo al que había sido enviado, hacia los años cuarenta, Gabriel García Márquez y en donde descubrió, alelado, a los clásicos del Siglo de Oto Español y leyó a Verne, Hugo, ¡Salgar! o Dumas.

La educación del colegio San Juan Bautista de La Salle era evidentemente franquista. Todos los estudiantes salían muy influenciados por la figura del dictador español, que tuvo una gran influencia en Colombia, en particular en los sectores conservadores y eclesiásticos, a tal. punto que presiento que fue el fundador real del conservatismo colombiano, en su versión fascista.

Los años de la primaria los hice en la escuela anexa a la Normal de Zipaquirá, una escuela pública. Los años del bachillerato los hice en el Colegio Nacional San Juan Bautista de La Salle, la misma institución pública a la que había ido Gabriel García Márquez. Allí viví, quizás con una conciencia distinta, las diferencias entre clases sociales. Unos años antes, en la escuela anexa a la Normal, cuando llegamos a Zipaquirá unos niños llevaban alpargatas y otros usábamos zapatos de cuero, comprados en el barrio El Restrepo. Más allá de la comodidad de las alpargatas, lo que quiero significar es que esas distancias se me comenzaron a hacer evidentes. A pesar de que mi padre, como secretario de la Normal, ganaba poco, yo gozaba de una especie de estatus que muchos de mis compañeros no tenían.

Como mantenía una relación estrecha con la lectura, en La Salle sacaba provecho académico, y muchas veces pude corregir a los profesores o adelantarme a lo que iban a decir Los curas lasallistas administraban el colegio y, a pesar de ser público, ellos le imprimían un filtro social. No entiendo bien cómo lo hacían, pues era prácticamente gratuito. La pensión era muy barata, la podíamos pagar nosotros, pero no todos podían inscribirse. Allí entraban a estudiar los niños de la sociedad zipaquireña. En cambio, los hijos de los obreros zipaquireños iban a estudiar a un colegio, también público, que se llamaba La Industrial, de donde salían para ser obreros industriales; por eso su nombre. Esas familias trabajan en las fábricas aledañas más importantes, pues era un pueblo industrial y de mineros de la sal.

Cuando entré a La Salle, empecé siendo el primero del curso durante todos los meses y nunca dejé de serlo. Me ayudaba mi amor a la historia, la geografía y mi buen nivel en matemáticas. Desde el primer mes ya estaba por encima del resto de mis compañeros, pero socialmente comencé a ver algo que nunca había sentido. Es en ese colegio adquirí mi vocación política.

Al colegio no entraban los hijos de las personas ricas de Zipaquirá porque, en teoría, no había personas ricas. El único rico que había en el pueblo era un señor propietario de grandes extensiones de tierra que había sido un campesino antes. Era una de las figuras más importantes del municipio. Había otro señor, que después conocí un poco mejor» llamado Severo Escobar; uno de sus hijos estudiaba conmigo. El señor Escobar terminó siendo el primer narcotraficante capturado en la historia de Colombia, cuando empezaba a conformar una especie de cartel en Zipaquirá. Pero nosotros no teníamos idea de eso. Era un godo, del Partido Conservador, o por lo menos esa era la imagen que me dejaba en el colegio su hijo, quien llegaba muy bien vestido y con unas motos enormes. Las niñas de otro colegio, también de esa misma sociedad, donde estudiaba mi hermana, Adriana, salían encantadas a ver a ese muchacho para tratar de entablar amistad con él.

La mayoría de los estudiantes de La Salle eran de clase media. Eran los hijos de los ejecutivos de las empresas, de los abogados, de los médicos del pueblo, de los odontólogos, de los gerentes de banco. El papá de uno de mis mejores amigos, de apellido Echeverry, era el gerente del Banco de Colombia. Vivían en un barrio donde las casas eran mucho mejor construidas que las del barrio donde yo vivía, La Esmeralda. A través de él aprecié por primera vez lo que era la diferenciación social.

Los curas querían que en su colegio solo estudiaran los hijos de esa sociedad, no los hijos de los obreros, y yo vivía en un barrio de los obreros, pues era el hijo de un asalariado, solo que ese secretario estaba estudiando en la universidad nocturna Administración de Empresas. Hoy pienso que esa es la razón por la cual los curas me dejaron entrar, pues tenían, como ya dije, un sesgo de estratificación social y exclusión. A esa edad empecé a ver y a entender que existían diferencias sociales indudables. El hecho de ser el mejor estudiante me generaba un tipo de amigos y otro tipo de celos. Fue una situación difícil. Mis calificaciones y la educación tardía de mi papá me permitieron pasar y estar bien en el colegio, donde estuve contento durante mis primeros años.

Mi pasión por la historia me obligaba a saber de geografía y, entonces, en el bachillerato convertí en juego y pasatiempo calcar mapas a escala, mapas que tuvieran el sistema geográfico en colores. Esa atracción por la literatura y la geografía me condujo, coincidencialmente, a las matemáticas, mi gran fuerte. Así como la lectura me llevó a conocer la historia universal, las matemáticas me llevaron a la economía. Y eso fue lo que marcó mi elección de profesión. Nunca he ejercido como economista., pero es una disciplina que me ha servido como gran instrumento de análisis.

 

* * *

 

En 1970, cuando terminaba la primaria en Zipaquirá, ocurrió un hecho político del que fui espectador. Lo recuerdo perfectamente, por la espina gaitanista de mi mamá. Cuando ella me contaba sus cuentos para que me tomara la sopa, no solo me hablaba de los romanos, sino también de Gaitán. Me decía que ese señor era un luchador, que lo habían matado y era del pueblo. Nosotros, hacía énfasis, también éramos del pueblo, y del pueblo de Gaitán. Ella era mucho más política que mi papá, quien se jactaba de ser laureanista, aunque nunca hizo activismo. Ella, en cambio, sí. En los años sesenta se volvió parte de la Anapo del general Rojas Pinilla y así me amarró a esa raíz de la historia real de Colombia. Cuando llegaban los martes, el día de hacer mercado en la plaza, ella se reunía allá con activistas y traía a la casa el periódico Mayorías. Una vez, encontré en un ejemplar un afiche de la bandera azul, blanca y roja de la Anapo. Yo lo colgué en mi cuarto, que compartía con mi hermano, Juan Fernando, sin imaginar la importancia que esa bandera iría a tener después en mi vida.

A mi papá no le gustó mucho el afiche, pues decía que en las elecciones presidenciales iba a votar por Misael Pastrana y no por el general Rojas Pinilla, pero yo era solidario con mi mamá. Además, a él no le disgustaba el pensamiento político de ella. A mi mamá la recuerdo siempre tratando de construir su hogar, de hacerlo bonito, mandaba tumbar paredes para ampliar el espacio de nuestra sencilla vivienda. Tenía buen gusto, a veces me compraba ropa usada que ella llamaba “de los gringos” y que encontraba en avisos o clasificados de gente que quería vender sus cosas porque se iban. La recuerdo en Zipaquirá, esclavizada por las tareas de prender la estufa de carbón, muy temprano. Así, podíamos desayunar para ir al colegio y bañarnos con agua caliente en un pueblo tan frío.

El día de las elecciones, el 19 de abril, yo cumplí diez años y estaba en mi casa de la calle octava, en el barrio La Esmeralda, que quedaba frente a un matadero horrible, a donde iba a parar el ganado. Ese día las matemáticas me llevaron a sumar y a restar, a hacer quebrados y reglas de tres, incluso hasta sacar raíces cuadradas, de las que ya sabía un poco entonces. Quería hacer un experimento con las elecciones. Copié los datos que daba Radio Todelar del conteo de mesas, departamento por departamento, en una libreta. Todos mis cálculos daban que iba a ganar Rojas Pinilla cuando, como a las seis de la tarde, decretaron el toque de queda. Toda la familia quedó encerrada en la casa y yo, por la ventana, vi pasar de noche varios carros militares, que tenían una especie de lámparas enormes para alumbrar las aceras.

Al día siguiente, cuando me desperté, prendí la radio y seguí haciendo las cuentas de los boletines, pero ya se había anunciado que el ganador era Pastrana. Vi la tristeza de mi mamá y también la de mi papá, quien, unos años atrás, cuando aún vivíamos en Bogotá, había llegado un día a la casa muy triste con un ejemplar del periódico El Vespertino bajo el brazo, en el que se anunciaba en la primera página la muerte del Che Guevara. Yo no sabía quién era el Che ni entendía por qué mi papá estaba tan triste, pero más adelante aprendí que, si bien él era laureanista, también amaba al Che Guevara.

Ese fraude significó muchas cosas para Colombia. Por supuesto, el surgimiento del M-19, a donde yo iba a militar, pero creo que sublevó y colmó la paciencia de miles de jóvenes que ya estaban sintonizados con los vientos de cambio que se habían iniciado en los años sesenta, con la Revolución cubana, la primera ola feminista, la píldora, el surgimiento del movimiento de los derechos civiles, la guerra de Vietnam, el levantamiento de mayo del 68, Woodstock y un largo etcétera de hechos que pusieron a los jóvenes en un primerísimo plano. 

 

Ante mi toma de conciencia social algo comenzó a revelárseme con mayor fuerza: la injusticia social era arrasadora e intolerable.

Fueron años convulsos: en septiembre de 1973 ocurrió el golpe de Estado contra el presidente Salvador Allende, en Chile, Ese día, un silencio se adueñó de mi colegio franquista. Los curas no llamaron a clase y los estudiantes quedamos en un extraño gran recreo, en el que todo el mundo cuchicheaba y nadie hacía lo que solía hacerse en esos momentos, como jugar al fútbol. De pronto, no sé quién tuvo la iniciativa, salimos a la calle que daba sobre la vía que va hacia Ubaté. Notábamos que había algo en el aire que pesaba y entonces decidimos paralizar el tráfico. Un grupo comenzó a mover un carro para voltearlo, pero no en un acto de activismo político; solo sabíamos que un corrientazo nos había estremecido. Esa sensación venía, seguramente, de las historias que escuchábamos de las revoluciones sociales y generacionales que mencioné y las propias iniciadas por los movimientos estudiantiles como las grandes marchas de los santandereanos ese año. Todo eso, quizás de forma inconsciente, impactaba nuestra subjetividad de muchachos de colegio.

Así fue que terminamos bloqueando la carretera en solidaridad con un presidente socialista que había sido derrocado a través de la violencia. Ese evento me marcó personalmente y me estigmatizó a los ojos de los curas. Nadie se esperaba, y ellos menos, que el mejor estudiante de la clase, el más juicioso, del que nadie creía que pudiera pronunciar una grosería ni irse a las trompadas, hiciera parte de las protestas. Pero dentro de mí había surgido una solidaridad con la historia del pueblo, con la lucha por la justicia, con Gaitán asesinado y con el proyecto de la Anapo,

Así, pasé a ser muy atractivo para algunos compañeros de clase. Uno de ellos, de apellido Navarrete, que después terminó en la Policía, me invitó a ser parte de un grupo de estudio en el que se leían los libros que había en la biblioteca del colegio. A pesar de que era una institución franquista, cuando me uní logré encontrar entre los anaqueles un libro sobre cooperativismo del socialista galés Robert Qwen y otro que hablaba sobre socialismo científico. Empezamos a leer sobre el pensamiento de la izquierda, sobre marxismo, con El capital a la cabeza, que rápidamente pasó a ser uno de mis textos preferidos. Entre los compañeros teníamos discusiones políticas y filosóficas en un centro cultural que fundamos y al cual bautizamos Gabriel García Márquez. Para ese momento, los curas me tenían entre ojos. Pensaban que me había convertido, además de buen estudiante, en comunista.

Más adelante me enteré de que el grupo de estudio al que asistía era dirigido por el Partido Comunista de Colombia - Marxista Leninista, que venía de fundar en 1967 el Ejército Popular de Liberación (EPL) en Antioquia.

* * *

Para 1974, yo había salido pocas veces de Zipaquirá. Solo de vez en cuando visitábamos a nuestros parientes en Bogotá. Tenía, en líneas generales, una vida de colegio público, de secundaria, muy agitada desde el punto de vista intelectual. Era la de vida de un buen estudiante de 14 años. En el pueblo no había discotecas, más bien pocas distracciones, lo que me permitía concentrarme en las discusiones que surgían en mi círculo de estudio. Ir al centro cultural Gabriel García Márquez, que yo había fundado junto con otros compañeros del colegio, representaba para mí una hora de libertad. Debatíamos sobre literatura y política. Declamábamos poesía y montábamos obras de teatro. Discutíamos sobre el socialismo, la injusticia social y las posibilidades de llevar a cabo una revolución en el país. En esas sesiones fui formando mi subjetividad juvenil.

En el círculo leíamos mucha teoría. Para informarnos sobre los sucesos que acontecían en Colombia y en el mundo, consultábamos la prensa escrita, en especial la revista Alternativa, que nació ese mismo año, en febrero de 1974. Era de izquierda y en ella podíamos leer lo que no publicaban los medios tradicionales. Incluía una lectura de la prensa sindical y había ciertos columnistas que se decían de izquierda, y que yo leía todos los días, como Enrique Santos Calderón y Antonio Caballero. A veces miraba televisión, pero estaba demasiado maniatada por el Estado.

Con los del círculo también leíamos sobre la guerra en Vietnam. Para nosotros, la victoria de los muchachos armados de ese país había representado un avance fundamental, a pesar de haber tenido un alto costo social. Había generado la sensación de que el dueño del poder mundial, los Estados Unidos, podía ser derrotado. Eso fue como un tsunami que generó unas oleadas que se sintieron en todo el mundo. En Colombia, para entonces, existía un sindicalismo de industria, en especial de industrias estatales y de algunas privadas, pero nunca dejó de ser incipiente. En el campo, en cambio, se estaba desarrollando un movimiento campesino muy fuerte, sobre todo en el Caribe, en los departamentos de Córdoba y de Sucre. Allá, en el lugar de origen de mi familia, miles de campesinos se tomaban las tierras de los grandes terratenientes.

Esas movilizaciones eran dirigidas por la Asociación Colombiana de Usuarios Campesinos (ANUC), que había nacido en 1967 durante el mandato del liberal Carlos Lleras Restrepo, el mismo presidente que había aceptado el robo de las elecciones del 19 de abril de 1970. Lleras Restrepo tenía un pensamiento en cierta forma progresista desde un punto de vista liberal, si se mira desde la perspectiva actual. Él fue el artífice de un proceso de sustitución de importaciones que pregonaba teóricamente la única escuela de economía que ha tenido América Latina, que es la Cepal. ¡Esta escuela buscaba un desarrollo capitalista a través del examen estructural de nuestras sociedades y era el pensamiento económico dominante en muchos países de la región, que entendieron que por esa vía se podría acrecentar la industria nacional! Su propuesta principal era la reforma agraria, en un sentido democrático. Es decir, eliminar el poder que tienen en los gobiernos y en el mundo rural los terratenientes derivados del viejo colonialismo (una forma de feudalismo) y, a partir de esas reformas agrarias, aumentar el mercado interno y promover, por medio de la sustitución de importaciones, el crecimiento industrial de nuestros países. Bajo esta lógica, México, Argentina y Brasil empezaron en esos años a fomentar sus aparatos industriales. La Cepal proponía una agenda que hoy, de hecho, debería ser parte del programa progresista de todo el continente.             

Colombia, a diferencia de los países mencionados, se quedó a mitad del camino. De todas formas, bajo esa tesis, Lleras Restrepo tuvo la intención de hacer una reforma agraria estilo democrático. Su gobierno organizó de manera muy rápida unos movimientos campesinos, que empezaron siendo liberales, tal cual habían sido las guerrillas liberales de los años cincuenta, pero que en poco tiempo transitaron hacia la izquierda, hacia partidos como el Partido Comunista Marxista Leninista, de vertiente maoísta, y su brazo armado, el EPL, Para 1971 estos movimientos campesinos estaban en manos de organizaciones de izquierda revolucionarias. A su vez, en las ciudades había una ' serie de movimientos estudiantiles muy influenciados por los acontecimientos de mayo del 68 y de la revolución vietnamita,  Estos grupos, que se movían en las universidades, eran pequeños desde el punto de vista de la cobertura de la juventud.

Estaban conformados por una élite estudiantil que pasaba a construirse como una militancia de izquierda.

En, Zipaquirá, a cuarenta minutos de Bogotá, llegaban los ecos de las proclamas de estos estudiantes. Y, poco después, ellos mismos empezaron a llegar. Eran muchachos jóvenes bogotanos que venían a formar círculos de estudio; yo me integré a uno de ellos. En esas sesiones, de forma muy académica, estudiábamos temas como el capital, el desarrollo industrial del capitalismo y los efectos que producía. Aquellos círculos, sin embargo, tenían un problema: se dirigían exclusivamente a los estudiantes locales, cuando con facilidad hubieran podido contactar a los trabajadores industriales. Yo solo tenía que caminar dos cuadras desde mi casa, en dirección del barrio La Esmeralda, para adentrarme en el mundo de los obreros industriales.

Allí, en La Esmeralda, observaba de primera mano la cultura obrera. Con algunos amigos empezamos a sospechar que debíamos salirnos un poco de la lectura y pasarnos a la práctica, a organizar un movimiento obrero, que ya comenzaban a ser muy importantes en las ciudades industriales. Eso sí, no pretendíamos abandonar la lectura: leer sobre marxismo nos ayudaba teóricamente. Sin embargo, dentro de mí había otra herencia distinta a la de Marx. Era la herencia de mi madre, de la Anapo, que era una vertiente completamente diferente, inscrita en una lucha popular nacida de los valores culturales y de la historia propia de Colombia.

En este contexto, el 19 de abril de 1974, mientras cursaba cuarto de bachillerato, sucedió una conjunción histórica para el país: surgió el Movimiento 19 de abril, el M-19 que fusionaba justamente las discusiones que salían de los círculos estudiantiles de izquierda revolucionaria con la historia real de Colombia. La primera acción militar con la que el M-19 se dio a conocer fue la recuperación de la espada de Bolívar el 17 de enero de ese año, un gesto de propaganda armada muy simbólico. Ese mismo día se tomó el Concejo de Bogotá y se reivindicó como un movimiento anapista que denunciaba el fraude electoral del año 70. Una parte de sus integrantes eran dirigentes de la Anapo, sin formación marxista, pero que habían decidido juntarse con otros que sí la tenían, y que eran jóvenes disidentes de las FARC, como Jaime Bateman, Carlos Pizarro, Iván Marino Ospina, Alvaro Fayad, Luis Otero Cifuentes y Vera Grabe. Esa conjunción configuró el nacimiento de lo que se llamó el M-19.

Sin embargo, para entender el surgimiento del movimiento, hay que mirar más allá de la coyuntura. Es importante tomar en cuenta la tendencia a levantarse en armas que ha tenido la resistencia popular en nuestra tierra desde hace siglos. Los comuneros, en el siglo XVIII, no dejaron de armarse; los indígenas también estaban armados en su resistencia a la conquista. La idea guerrillera propiamente dicha, de hecho, venía de los españoles, quienes formaron guerrillas en contra de la invasión francesa poco antes de la independencia de las colonias americanas. Eran guerrillas monárquicas, pero su popularidad influyó en la mentalidad neogranadina y latinoamericana. Por eso Santander no encontró otra forma de resistir la Reconquista que configurar guerrillas en los Llanos. Esa vertiente de resistencia armada popular estaba muy presente cuando nació el M-19.

Tampoco se puede pasar por alto la influencia de otras guerrillas latinoamericanas. En esos primeros días, cuatro tupamaros hacían parte de la comandancia del M-19. Ese movimiento, en el que militó José Mujica, había sido derrotado en Uruguay a partir de las acciones violentísimas de la dictadura de Juan María Bordaberry. Los cuatro tupamaros llegaron a Colombia exiliados, escapando de la dictadura, y encontraron su lugar en las filas del M-19. Por eso, desde sus inicios, el M-19 estuvo impregnando de la historia y de las formas de lucha urbana de los tupamaros. Los dos movimientos eran, de alguna forma, gemelos. La diferencia es que en Uruguay no existe lo que sí hay en Colombia: montañas, selvas, grandes extensiones donde la resistencia popular ha hecho su cuna. Los tupamaros, por haber surgido en un país tan pequeño, buscaron llevar a las ciudades la lucha guerrillera que había emprendido el Che en las montañas de Bolivia. Pero esa estrategia —la lucha armada urbana— los condenó al fracaso, al igual que ocurrió con los montoneros en Argentina.

Por supuesto, yo no conocía nada de esto cuando oí hablar por primera vez del M -19. Lo que sentí, en cambio, fue un interés inmediato. El movimiento me conectó con la realidad del país, con las historias de mi mamá sobre Gaitán, Bolívar y la Anapo. Fue como si hubiera tocado una cuerda de guitarra que congojaba, que hacía resonancia con algunas fibras intensas dentro de mí. Empecé, entonces, a seguirle la pista. Me enteraba de las acciones que llevaba a cabo en barrios pobres, como entregar leche, y observaba la simpatía que comenzaba a desencadenar en el país, una emoción muy distinta a la apatía que generaba la izquierda tradicional del Partido Comunista, que nunca logró, en general, llegar al alma popular de Colombia. El M-19, en cambio, sí lo hizo, y de forma muy rápida, empezando con la campaña previa a su lanzamiento, que consistía en anuncios publicitarios en los medios y en que todo el mundo creía que eran de un desinfectante.

Desde el inicio, el discurso del M-19 fue profundamente popular. Eso causó recelo en el mundo de los círculos de teoría de estudiantes bogotanos a los que yo pertenecía. Para el marxismo, el retiro de la espada de Bolívar no era sino un impulso de la burguesía. La izquierda que llamaba al M-19 un movimiento pequeñoburgués nunca entendió el aporte que estaba haciendo para lograr la transformación del país. No entendían que las coordenadas del M-19 se encontraban alineadas con los sentimientos del pueblo. En los círculos de estudio, la izquierda revolucionaria juvenil y estudiantil no aprobaba esas acciones. Pero a mí algo me decía que en ellas había una lógica, que las posibilidades de una transformación real para Colombia pasaban por ganarse el corazón del país.

Mis amigos y yo éramos jóvenes, casi niños, teníamos apenas 14 años, y estábamos todavía bajo la influencia de esos jóvenes universitarios que venían de Bogotá. Ellos trataban de irradiar sus grupos de izquierda, pero tenían mucha dificultad a la hora de organizar a un obrero. Algunos tuvieron un relativo éxito, pero lo que estaba llegando al mundo obrero era una fuerza clandestina revolucionaria de organizaciones armadas, y no los muchachos de las universidades públicas de la capital. Al introducirnos cada vez más en el movimiento obrero íbamos notando que había varias facciones. Por un lado, estaban los líderes sindicales de Zipaquirá. Unos eran militantes del ELN, otros eran de los que llamábamos ML; mejor dicho, maoístas Ellos tenían un discurso radical y lo reivindicaban, mes a mes, en unas huelgas a las que nosotros íbamos y ayudábamos. Ese mundo era intelectualmente tan sofisticado como el de los universitarios. Discutían de política en las mesas de la tienda tomando cerveza, que en ese entonces no se enfriaban y se llamaban “amargas”. También jugaban tejo y llevaban a cabo una costumbre típica de la Sabana de Bogotá, la de hacer las planchas de las casas colectivamente. Nosotros nos dimos cuenta de que una cosa era este mundo de la élite sindical muy preparada y avanzada, y algo muy distinto era el mundo obrero como tal, que también conocíamos. Los obreros de base votaban por el Partido Conservador y cada vez que había elecciones en Zipaquirá los que ganaban eran los partidos tradicionales. Era un pueblo básicamente liberal, que ya había olvidado el momento de la Anapo.

La Anapo, sin embargo, aún tenía un líder en el pueblo, llamado Everth Bustamante. Y, a pesar de que yo conocía de su existencia, me sorprendió que, por esas fechas, aparecieran en las paredes de Zipaquirá afiches de trabajadores que parecían de la Anapo. Luego me enteré de que eran, de hecho, del M-19. El movimiento, de manera silenciosa, venía desarrollando una organización clandestina al interior del movimiento obrero de Zipaquirá. Y su líder era el mismo Bustamante, quien, como muchos anapistas, había transitado hacia el M-19.

Mis amigos y yo nos demoramos en darnos cuenta de que los integrantes del M-19 ya estaban al lado de nuestras casas. En las mingas para hacer el segundo piso de una casa, en las jugadas de tejo y en las tomatas de amargas, ellos se iban infiltrando poco a poco y ganando su lugar. Con el tiempo, pudieron lograr con los obreros lo que los jóvenes estudiantes nunca pudieron: organizados. Era un problema de concordancia. El discurso de los muchachos universitarios no era entendible para el mundo obrero, mientras que el mensaje simbólico del M-19, entregando leche y hablando de Bolívar, calaba hondo.

Por esas fechas, ocurrió un evento muy importante en mi vida. En 1975 fui solo, sin mi papá, a la tierra de mis ancestros, a Ciénaga de Oro. En ese viaje, con el que comencé este capítulo, experimenté mi reencuentro con el Caribe. Antes de hacer el trayecto, nos visitó en Zipaquirá un tío costeño, Álvaro Petro, que era abogado y usaba camisas rojas muy extravagantes, que levantaban cejas en el mundo cachaco. Ese tío nos había comentado que iba a estallar una revolución. Yo ya tenía mis ideas propias al respecto, pero me sorprendió que hablara en términos tan tajantes. En Córdoba, él había visto cómo las invasiones campesinas se tomaban los grandes latifundios y la gran insurgencia desarmada en la Costa. Al llegar al altiplano cundiboyacense, Álvaro pensó que en todo el país estaba sucediendo lo mismo y por eso estaba convencido de que iba a estallar la revolución. No sabía que esos alzamientos solo habían ocurrido en Sucre y Córdoba. Aun así, cuando viajé a Córdoba en el 75, las palabras de mi tío retumbaban en mi cabeza. Quería conocer de primera mano el asunto de los campesinos, porque yo era completamente ignorante de la cultura costeña. Para mí ese encuentro con la tierra de mis ancestros fue fascinante.

Allá empecé a conectarme ideológicamente con el mundo de la izquierda, compuesto de los jovencitos que eran el derivado de las luchas campesinas de las que me había hablado mi tío. Conversé con varios de ellos. Eran muchachos que vivían en chozas y en casas de palma, donde albergaban libros, pero también municiones; pertenecían a un mundo que estaba armado. Muchos de ellos ya hacían parte de organizaciones armadas, sobre todo del Ejército Popular de Liberación (EPL), que tenía mucha presencia en esa región. Yo venía con mis simpatías por el M-19 y ellas confluyeron con mi simpatía por estos muchachos.

En ese viaje aprendí del mundo de las mujeres. Yo tenía 15 años y, claro, sentía interés por el universo femenino, tan ajeno al mío y que a esa edad genera tanto susto. En Zipaquirá no podía conocerlo, porque allá, como en todabuena sociedad conservadora, había un apartheid de género. Las niñas estaban en unos colegios, los niños en otros, y el único momento en el que se podían cruzar las miradas era durante la misa. El gran pasatiempo de los muchachos era salir a los escalones de la iglesia para mirar a las muchachas al salir de la ceremonia. En la Costa, en cambio, existía otra cultura. Había una exuberancia desconocida para mí, gracias en parte a la cantidad de culturas presentes, a la inmigración de árabes y europeos que se habían mezclado con lo indígena y con lo afro. Esa exuberancia me conquistó enseguida. Aprendí a bailar, a relacionarme con muchachas muy francas, a enamorarme. Toda mi formación académica, los cientos de horas que había pasado como un ratón de biblioteca estudiando la izquierda, chocaron con la abundancia de espíritu que conocí en la Costa y que más adelante volvería a encontrar en la literatura de la región.

Entre los muchos autores del mundo caribeño, de entrada, me identifiqué sobre todo con Alejo Carpentier, porque sentía que nuestras experiencias eran similares: la del extranjero que, de pronto, se topa con la riqueza del Caribe. Por otro lado, yo había leído de arriba abajo los libros de García Márquez, y en mi viaje a Córdoba constaté que Cien años de soledad era, de hecho, el mundo cultural del Caribe. Macondo no es una invención. Macondo está ahí. Es más, casi todas las historias de esa novela son reales. García Márquez las escuchaba desde niño, por boca de sus abuelos y parentela extensa y, al crecer, en las parrandas con guitarras, gaitas, acordeones y tambores que montaban los campesinos y su genio, fue incorporarlas al lenguaje universal de la literatura. Eso fue justamente lo que le dio vida a su obra, y yo lo presencié en Córdoba. No había que leer el libro sino vivirlo. Y yo, con emoción, lo estaba viviendo. Desde ese momento nunca más perdí mi identidad costeña. Durante los siguientes años, aproveché cada una de mis vacaciones para viajar a la Costa, una tradición que sostuve hasta que la represión del Estado me obligó a dejar de hacerlo. Era ahí donde me sentía en casa, no en Zipaquirá. Yo me burlaba diciendo que mi vida la vivía realmente en Ciénaga de Oro.

Un año después del viaje, a los 16 años, me gradué del colegio. Los curas no me querían, por mi dialéctica y por ser de izquierda. Ellos querían expulsarme del colegio, pero gracias a mis altas calificaciones esa idea no prosperó. De todas formas, lograron empañar el gran acto estelar de mi vida hasta ese momento: poder graduarme con todas las medallas que me había ganado por mi rendimiento académico. El colegio, a sabiendas de que me las merecía, decidió no entregármelas en la ceremonia de grado, por mis posturas políticas. Más adelante me enteré de que muchos de los padres de mis compañeros, con los que yo tenía tanta camaradería, le habían dicho al rector que no me dieran las medallas porque yo era comunista. El colegio, a pesar de ser público, era de la élite, y no de una élite liberal, sino conservadora. De agricultores que se habían enriquecido a través de sus cultivos de papá y que eran franquistas. Cuando yo llegaba a la casa de mis compañeritos para ayudarles con sus tareas, veía en las paredes de la sala cuadros de Franco, y después entendí por qué esos niños empezaron a desarrollar una especie de piquiña contra mí, que se expresaba en el colegio, pero también en la sociedad. Y no solo contra mí, sino contra mi familia.

Mi familia y yo nunca habíamos insultado a nadie ni teníamos nada que ver con la sociedad zipaquireña. Aun así, algunos de ellos nos consideraban intrusos porque el apellido Petro no era de la región. Nuestras raíces eran de la Costa, así no habláramos con el acento de esa región ni exhibiéramos una cultura propiamente costeña. El único que sí la exhibía era mi papá, y entonces, claro, toda la familia constituía para ellos un elemento extraño. Además de eso, el mejor estudiante del colegio había resultado comunista, y esa fue la gota que colmó la copa para estas familias, que no querían que sus hijos se volvieran amigos con ese peladito inteligente de apellido Petro. Poco a poco, me hice consciente de ese tipo de exclusión, pero nunca pasó de ser una anécdota para mí, pues al salir del colegio entré inmediatamente a la universidad.

Pero antes de eso hubo un hecho que jamás nos perdonaron. Sabedores de que Gabriel García Márquez había estudiado en ese colegio, pero que los curas lo ocultaban, decidimos buscar el mosaico, ese retablo de fotos de último año, de García Márquez.

Nos subimos al último piso, donde reposaban mosaicos llenos de polvo, tirados por doquier en el piso, y lo encontramos; Isidro forero se quedó con la foto, tiempo después me dijo que la había entregado a una fundación. El colegio estaba ocultando la figura más destacada de sus estudiantes. Los curas nunca nos perdonaron la operación que hicimos de manera clandestina, con estudiantes campaneros que nos daban las “zonas” para que no nos descubrieran. Ese fue casi mi primer operativo. Un operativo cultural. No todos los curas eran de derecha, solo los viejos. En mí tuvo una gran influencia el profesor y padre lasallista Medina, era muy joven; de él aprendí el amor a la filosofía y a la teología de la liberación. Desde entonces, permanece a mi lado el amor al pobre, la opción preferencial por los pobres. Eso no lo aprendí del marxismo, sino del cristianismo liberador. Dios está en el pobre, en la vida misma, en la luz inmanente.

Gracias a mi alto rendimiento en el colegio, saqué uno de los mejores puntajes del Icfes en el país. En ese entonces, el puntaje máximo era de 650 puntos, y yo saqué 580 y pico. Eso me permitía entrar a una buena universidad. Mi mamá me propuso que estudiara Medicina, pero yo ya me inclinaba por Economía. Por esa época, había dos facultades importantes: la de la Nacional y la del Externado. Yo elegí la universidad que había sido parte de la historia de mi familia: el Externado. Allá, como ya dije, trabajaba mi tía y había estudiado mi papá. Además, las facultades de Economía de ambas contaban con los mismos profesores, entonces era casi lo mismo. La única diferencia era que el Externado era privada, aunque de todas formas era muy barata. Al comienzo conseguí un crédito del Icetex y después accedí a unas becas que la facultad les otorgaba a los dos mejores promedios de la clase. El que se ganara la beca no tenía que pagar la matrícula del semestre siguiente. Así que empecé a ganármelas, siguiendo con el impulso del bachillerato, siendo el mejor estudiante.

Hasta que el M-19 llegó a mi vida.

Nosotros habíamos organizado en el bachillerato un grupo al que llamamos el JG3, que fundé con unos amigos durante mi último año de bachillerato. El grupo se llamaba así porque esas eran las iniciales de nuestros nombres. Uno de los integrantes se llamaba Jairo Navarrete, del que ya hablé, pues fue el que más adelante entró a la Policía. El otro era Germán Ávila, Gonzalo Galvis, y yo, la tercera G, Gustavo Petro. En un principio, Jairo se metió a la Policía después de salir del bachillerato para formar una organización revolucionaria desde adentro. Fracasó en ese intento y se convirtió en capitán. En nuestro grupo también estaba Gonzalo Galvis, un amigo mío que eventualmente se fue del país. En ese entonces, éramos muy cercanos y él vivía en el municipio de Cajicá. Los cuatro conformamos el JG3. A veces nos acompañaba un estudiante universitario de Zipaquirá que había pasado por nuestro mismo colegio. Se llamaba Ernesto Cuevas. Él murió en una acción posterior en el M-19, en el paro cívico de 1981, y tenía unos niveles intelectuales mucho más elevados que los nuestros. Nos llevó a leer a escritores que no eran de línea marxista clásica, como Michel Foucault. Eso me marcó porque las discusiones que teníamos con él eran de un nivel muy alto y nos seducían, cada vez más, a llevar nuestras vidas a un nivel superior. Él estudiaba Economía y me influenció a la hora de escoger esa carrera. Con Jesús Ernesto aprendí en realidad a ser librepensador, a criticar la ortodoxia, a dudar de lo que leía y a tomar distancia de las doctrinas. Un Marx vivo, decía él, un Hegel vivo, un Foucault vivo; las doctrinas no eran más que pensamientos muertos. Lloré su muerte y el día de la explosión que lo mató yo estaba en Cajicá y él en Zipaquirá, agonizante. Lo vi bajar del bus, pasar a mi lado, mirarme. Pensé que no me saludaba por las normas de la clandestinidad, pero era su fantasma o un engaño de mi mente. El a esa hora ya estaba muerto. Fue mi primer amigo muerto.

En un comienzo, el JG3 no militaba en ninguna organización. Simplemente nos preparábamos para lo que creíamos que iba a ser la revolución en Colombia Muy al estilo de los curas, decidimos hacer una convivencia en una de las montañas más altas de la región, ubicada entre Tabio y Tenjo, Esa montaña se volvió muy famosa después porque la gente dice que en ella aparecen ovnis, atraídos por una energía misteriosa. Se llama La Peña de Guaita y allí pasamos una semana. Fue nuestra primera experiencia a la intemperie, apeñuscados en una carpita y alimentándonos a punta de conservas. Era, por su puesto, un juego de boy scouts. Nuestro objetivo era poner en la cima la bandera del JG3 e iniciar lo que considerábamos nuestro juramento a la lucha revolucionaria. Nuestro grupito nunca abandonó el esfuerzo por cambiar el país. Nunca fue una de esas modas juveniles que se olvidan al cabo de unos años. Teníamos claro que lo nuestra era impulsar la lucha por la revolución y meternos en los sindicatos.

Con ese objetivo, creamos una organización que se llamó el Intersindical, una junta de todos los sindicatos del municipio. Todavía existe. En ella participaron los obreros de Zipaquirá, los de las minas de sal, los maestros. Gracias a esas juntas y a todo el activismo obrero que hacíamos, nos contactaron militantes del M-19, que nos empezaron a considerar como buenos candidatos para ser parte de la organización en Zipaquirá. La persona que me buscó fue un profesor de primaría que se llamaba Pío Quinto Jaimes. Él venía de Santander, donde había ocurrido un fenómeno similar: el M-19 se había metido con mucha fuerza en el movimiento obrero que había sido anteriormente anapista. Cuando llegó a Zipaquirá, Jaimes se conectó con Everth Bustamante y empezaron a irradiar comandos clandestinos del M-19 dentro del mundo obrero. Jaimes nos ofreció a mí y a Germán Ávila ser parte del movimiento. A Jairo Navarrete, no, pues él ya se había ido a la Policía.

En ese momento, tenía 18 años. Corría 1978. Yo llevaba dos años en la universidad. La idea de unirme al M-19 me daba susto. No era un asunto cualquiera. Era entrar a una cuestión armada. Sabía que los mensajes de ese movimiento entraban como un cañón en las almas de los colombianos. La revista Cromos había hecho una encuesta y el 80 % de la población simpatizaba con el M-19. Los miembros del JG3 ya habíamos roto con la izquierda estudiantil de Bogotá. Éramos muy autónomos. Nuestra discusión central era si el camino para hacer una revolución en Colombia era el camino armado. Nos preguntábamos si debíamos ingresar a las organizaciones armadas. Ya sabíamos que no queríamos entrar al maoísmo, la gran discusión del mundo juvenil universitario. Los argumentos a favor de pasar a la lucha armada eran, en nuestro caso, muy diferentes a los de la mayoría del mundo juvenil. Los nuestros eran el golpe de Estado contra Allende, el fraude electoral que sufrió la Anapo, el éxito de los vietnamitas del norte y, también, un caudal que ya empezaba correr por esos años: los jóvenes -armados que querían hacer la revolución para derrocar a Somoza.

Todo ocurrió de forma muy rápida. Pasamos de los círculos de cafetería y de las discusiones abstractas a ser seducidos no solo por la idea de que tocaba organizarse a través de las armas: sino de que la organización a la que debíamos pertenecer era el M-19. Cuando tuvimos este despertar, el M-19 había empezado a insinuarse abiertamente en Zipaquirá. Yo me leí el documento de su Quinta Conferencia, en 1978. Desde un punto de vista racional, su tesis era muy lógica y popular: había que reivindicar la historia patria, el alma popular Para nosotros fue fácil comprender la necesidad de esa reivindicación, pues vivíamos en medio de ese mundo popular. Lo difícil era tomar la decisión de armarse. No sabíamos todo que iba a venir después, solo teníamos 18 años, pero sí intuíamos que era una decisión de vida o muerte. 

Muchos hechos afianzaban nuestra certeza de que no existía una opción pacífica para cambiar a Colombia. En el plano internacional, ese año ocurrió la toma del Palacio Nacional por parte de los sandinistas en Nicaragua. En Colombia, desde las elecciones del 19 de abril de 1970, el Estado había decidido que el estado de sitio era la manera normal y permanente de gobernar. La revista Alternativa, que era nuestro gran mecanismo de conocimiento de la realidad, se refería a los gobiernos de esa década como dictaduras por este hecho. Esa publicación tuvo una importancia vital para mí a la hora de tomar la decisión de entrar en las filas del M-19, porque si bien ese movimiento operaba en la clandestinidad, yo sabía que el gerente de Alternativa, Gerardo Quevedo Cobo, era uno de sus fundadores. El M-19, así, estaba entrando, como un riachuelo silencioso, por lugares recónditos del país, por las vertientes del alma popular. A los ojos de hoy, esto podría ser asombroso, pero hasta la familia del expresidente Santos tuvo un integrante que pudo ser fundador del M-19, cuyo nombre me reservo.

El año en que entré al M-19, llegó a la presidencia Julio César Turbay Ayala. Su gobierno fue profundamente represivo, ignorante, militar; y sus enemigos principales fueron estas organizaciones que empezaron a aparecer en el país, como la Autodefensa Obrera (ADO) y el Comando Pedro León Arboleda (PLA). El M-19, en especial, representó un reto muy grande para el nuevo presidente y para la oligarquía, pues gozaba de una enorme popularidad. A los cuatro meses de iniciada la presidencia de Turbay, el movimiento realizó una de sus acciones más grandes: la operación Ballena Azul, que consistió en la recuperación de cinco mil armas que pertenecían al Ejército Nacional en el Cantón Norte de Bogotá.

Parte de esas armas llegaron a Zipaquirá. La gran mayoría de los integrantes del M-19 no sabía cómo usarlas, ni siquiera cómo portarlas. Antes del operativo, los comandantes habían ordenado hacer unas caletas para esconderlas y una se hizo en Zipaquirá. Yo nunca conocí su ubicación, porque entre menos se supiera, mejor, pero sí me enteré de que llegaron. La reacción de Turbay fue violentísima. Usó todo el instrumental que habían desarrollado las dictaduras del Cono Sur. Él sabía que los tupamaros habían ayudado a la organización del M-19 y le habían dado la tecnología de la lucha urbana. Entonces decidió traer torturadores uruguayos para entrenar al personal del Ejército. Él creía que la tortura podía, como en Uruguay, desmantelar ese tipo de organizaciones. Y casi lo logra. Pero el M-19, en ese momento, se desmarcó de las estrategias urbanas de los tupamaros y los montoneros que había acogido durante sus primeros años y se replegó en el monte.

 Jaime Bateman fue el artífice de ese cambio estratégico. Incentivó lo que se llamó “las móviles” que eran las primeras comisiones de guerrilla de montaña del M-19. Estas milicias rurales lograron resistir una represión muy bárbara por parte del Estado. La más exitosa surgió en Caquetá, donde se logró tener a más de 4000 campesinos armados con escopetas. Se llamó la Fuerza Militar del Sur, y Bateman, entonces el comandante del M-19, rápidamente trato de concentrar allí a las fuerzas del movimiento para crear una especie de teatro de operaciones y desarrollar un ejército. Porque Bateman, a diferencia de lo que hizo el Che en Bolivia, quería formar un ejército revolucionario y no una guerrilla. Por eso es difícil incluso hoy encontrar algún militante del M-19 que se reconozca a sí mismo como un guerrillero.

El M-19, en otras palabras, abandonó en esos años, y de manera definitiva, la tesis guerrillera del Che Guevara y la tesis de las guerrillas urbanas del Cono Sur La nueva referencia para el movimiento pasó a ser Centroamérica y, por eso, muchos integrantes se fueron a pelear en la revolución sandinista, aportando numerosas armas, entre ellas las que estaban en la caleta de Zipaquirá. Ellos aprendieron mucho de esa experiencia, en su momento desconocida por el público colombiano. Allá, además, confirmaron la tesis que tenía Bateman: que, para lograr la revolución, el mejor camino era construir un ejército capaz de vencer a otro ejército. Pues eso era justamente lo que había hecho el salvadoreño Joaquín Villalobos, el fundador y máximo dirigente del Ejército Revolucionario del Pueblo (ERP).

La idea del ejército no era de Bateman o de Villalobos. Tenía sus raíces en Bolívar. De hecho, es la gran idea política bolivariana. A diferencia de Santander, que era partidario de formar guerrillas en la tradición de las españolas, Bolívar entendió que la única manera de vencer al Ejército español era con otro ejército; desde luego, uno rebelde, republicano. También comprendió que, para reclutar en sus filas un número suficiente de personas, su labor militar era, a la vez, una labor política: necesitaba construir una alianza popular con el mundo negro, con el mundo indígena, con el mundo mestizo de esa época para poder conseguir los soldados. La estrategia de Bolívar al final dio resultados: el Ejército Libertador, como se le llamó, fue el que derrotó a los españoles e hizo triunfar la República en Latinoamérica. Dos siglos después, este debate se repitió bajo las banderas progresistas de toda América Latina. ¿Era mejor tomar el camino de Bolívar, como lo hicieron los sandinistas, y formar un ejército? ¿O el camino debía ser el de las guerrillas, que había pensado Santander, y que más de un siglo después construyó el Che Guevara Bateman, en cabeza del M-19, optó por la primera opción.

En ese contexto, entré al M-19, en medio de la represión del gobierno de Turbay y la nueva estrategia bolivariana de Bateman. Entré, también, sabiendo que podía caer en manos del Ejército y ser torturado o asesinado. Hasta ese momento, mi vida había sido tranquila. Nunca había corrido un riesgo y solo había disparado un arma una vez, en la casa de mi abuela, por accidente. Sabía hablar de la revolución y de la importancia de organizarnos con los obreros, entre rondas de cervezas, pero no más. Ahora el riesgo era mayúsculo. Sin embargo, no me olvidaba del juramento que habíamos hecho los miembros del JG3 en La Peña. Germán y yo entramos al M-19 ese año. Jairo Navarrete después, dentro de una estructura especial Empezaba una nueva historia para los tres. 


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