MOVIMIENTO 19 DE ABRIL: UNA PERSPECTIVA
Columnas selectas sobre el
M-19
Publicadas en el portal periodístico colombiano El Unicornio
Buhografías
Colombia, 17 de enero de 2024 Quincuagésimo
aniversario de la recuperación de la espada de Bolívar
Dedicado a los compañeros caídos Y en especial a mis
amigos:
Ricardo Villa Salcedo (Santa Marta) José Francisco
Ramírez (Valledupar) Jorge Andrés Lozano Parra (Yumbo) Jorge Marrugo (Cartagena)
José Luis León (Barranquilla, barrios Santuario y Kennedy) Edgar Arturo Lobo
Mariotti (Barranquilla, barrio El Bosque) José David Cárdenas (Barranquilla,
barrio El Bosque) Gabriel Barco, el Pinino (Economía, Univalle) Mauricio
Castaño (Economía, Univalle) Armando Aramburo (Economía, Univalle) Roselia
Marulanda (Economía, Univalle) Laureano Restrepo (Economía, Univalle) Eulides
Blandón (Economía, Univalle) Ariel Sánchez, el mazo (Univalle) Alfonso Jacquin,
Pompo (Santa Marta) Enrique Giraldo (Sintragarantía)
Escribir sobre el Eme para las
nuevas generaciones
Al Movimiento 19 de Abril, M-19, el pueblo colombiano lo
llamaba con cariño "el Eme". Y así lo sigue llamando. En ámbitos de
izquierda y de activistas éramos llamados "los mecánicos", que
terminó reducido a "los mecas". La propuesta meca fue un proyecto
político-militar que vivió un periplo de 16 años: del 17 de enero de 1974 al 9
de marzo de 1990. Como proyecto político sigue vigente y se expresa en gran parte
en el actual gobierno nacional de Colombia que encabeza Gustavo Petro Urrego.
Escribir sobre el M-19 es una oportunidad, y en cierto
sentido un deber, para quienes vivimos esa experiencia que es parte de la
historia de Colombia. En mi caso presenté una ponencia en el IV Seminario
Internacional sobre Historia de la Violencia en América Latina, realizado en la Universidad del Norte, octubre 2 y 3 de 2018. Título
de la comunicación académica: La concepción teórica del M-19. Como sugiere el título, es un texto analítico, no vivencial, en
realidad una versión resumida de un texto inédito más extenso. Con la
Universidad del Norte se hizo también una entrevista que está en soundcloud en la serie Todos cuentan.
Por otro lado, desde finales de 2019 hago un ejercicio
periodístico como columnista que combina política y ciencia en el portal El Unicornio (elunicornio.co) que dirige Jorge Gómez Pinilla. Soy, ante todo, un
divulgador científico. En total, tras cuatro años, ya son 167 columnas
publicadas, en las cuales el M-19 y su proyecto político suelen hacer presencia
directa o indirecta de vez en cuando. Entre ellas he seleccionado una decena de
columnas que hacen referencia de manera explícita al M-19 y un par de columnas
adicionales, una que brinda el contexto histórico sobre el orden conservador en
Colombia y otra que es de divulgación científica pero contiene un curioso guiño
al Eme desconocido.
La secuencia de columnas obedece al orden cronológico y
lógico del contenido histórico tratado y no al orden cronológico de
publicación. Por eso es importante, para evitar malentendidos, tener en cuenta
la fecha de publicación, pues la mitad de las columnas seleccionadas fueron
escritas durante el período de gobierno de Iván Duque y las otras seis en el
actual gobierno de Gustavo Petro.
Las columnas seleccionadas aparecen en el siguiente
orden (entre paréntesis la fecha de publicación):
1.
Teoría del M-19 (19 de abril de 2023).
Relacionada con la ponencia mencionada.
2.
La toma de la embajada por el M-19, 40 años
después (febrero 27 de 2020). Fue publicada nuevamente en 2023.
3.
Del Diálogo Nacional al Pacto Histórico (abril
17 de 2021, víspera del 19 de abril).
4.
Hipótesis inédita sobre la toma del Palacio de
Justicia (noviembre 6 de 2022).
5.
La superioridad ética del M-19 (julio 9 de
2022).
6.
Paz se escribe con Eme: 30 años del acuerdo
con el M-19 (marzo 9 de 2020).
7.
Acuso a Petro de ser petrista (noviembre 12 de
2021). Se trata de una reseña del libro autobiográfico de Gustavo Petro, Una vida,
muchas vidas.
8.
Mi generación ante la inminente victoria
(junio 18 de 2022, un día antes de la segunda vuelta
de las elecciones
presidenciales). Y en efecto, ¡ganamos!
9.
Señor Uribe: "guerrillero" no es un
insulto (febrero 26 de 2023).
10.
Repensando la Paz en el marco del Cambio
(marzo 19 de 2023).
11.
El fascismo azul (septiembre 11 de 2020).
Brinda el contexto histórico sobre el orden
conservador que ha
predominado en Colombia.
12.
Perijá y sus épicos secretos (octubre 7 de
2022). La columna se refiere a un descubrimiento científico, pero tiene un
guiño al final, conectado a la historia desconocida del Eme.
Algunas columnas se publicaron en fechas conmemorativas.
Sería interesante producir un calendario conmemorativo meca. He aquí algunos
hitos:
•
1 de enero: operación del Cantón
(1979) y batalla de Yarumales (1985)
•
17 de enero: recuperación de la
espada de Bolívar (1974)
•
Febrero: Congreso de los Robles
(1985)
•
27 de febrero, toma de la embajada
(1980)
•
9 de marzo, firma de la paz (1990)
•
13 de marzo: muerte de Álvaro
Fayad (1986)
•
19 de abril, fraude electoral que
da nombre al Movimiento (1970)
•
Abril 26 y 28: muertes de Carlos
Pizarro y Jaime Bateman
•
Junio: ruptura de la tregua en
1985
•
Agosto: Octava Conferencia (1982),
firma de la tregua (1984)
•
Agosto 10 y 28: muertes de Carlos
Toledo Plata e Iván Marino Ospina
•
Octubre 21: avión de aeropesca
•
6 y 7 de noviembre, toma del
Palacio de Justicia (1985)
•
Diciembre: batalla de Siloé (1985)
El próximo 17 de enero se cumplen 50 años de la
recuperación de la espada de Bolívar, primera acción pública del M-19 y, por
ende, fecha fundacional de la organización. Este documento es mi aporte a la
conmemoración. A finales de 2024 se cumplirán 40 años de la batalla de
Yarumales.
Jorge Senior, miembro de la Dirección Nacional del M-19
(1985-1990).
Enero de 2024
En octubre de 2018 presenté una ponencia en el IVSeminario
Internacional sobre Historia de la Violencia en América Latina celebrado en la Universidad del Norte. El título de mi exposición era:
La
concepción teórica del M-19 (1973-1991).
|
Teoría del M-19 |
Sobre el Movimiento 19 de Abril se ha escrito mucho,
pero muy poco desde un enfoque teórico analítico. La ponencia, que era una
síntesis de un escrito más largo con vocación de libro, aspiraba a contribuir a
llenar ese vacío. Tenía una introducción metodológica, un marco temporal, un
análisis estructural y una conclusión.
El periplo de 16 años en la gesta político-militar se describe
como una parábola clásica en tres etapas: ascenso, auge y decadencia. Aunque
tales etapas no se deben a cambios bruscos, podemos utilizar algunas fechas
emblemáticas para periodizarlas. Así, el ascenso va desde la recuperación de la espada del Libertador el 17 de enero de
1974 hasta el primero de enero de 1979, fecha en la que se extraen 5 mil armas
del Cantón Norte. Es en esa etapa que se construye la concepción teórica o
"pensamiento meca", a la cual me referiré luego. El auge va desde ese gran golpe que tuvo una reacción represiva brutal hasta la
toma y retoma del Palacio de Justicia en aquel inolvidable noviembre de 1985.
Finalmente vienen los difíciles años de relativa decadencia hasta desembocar en una impactante reinvención que convierte al M-19 en
una alianza democrática legal que logra ser la lista más votada a la Asamblea
Nacional Constituyente.
De esta manera, el M-19, hijo de la Alianza Nacional
Popular cuyo triunfo del 19 de abril de 1970 fue birlado por un fraude impune
-según vox populi- se termina convirtiendo en 1991
en el padre de la nueva institucionalidad, junto al bipartidismo tradicional de
conservadores y liberales.
El M-19 surge como brazo armado de
la Anapo, un movimiento de masas liderado irónicamente por el único dictador
militar colombiano en el siglo XX. M-19, Anapo y Gaitán constituyen un hilo que
encaja en la categoría de populismo latinoamericano, la cual no debe confundirse con la acepción periodística de
"populismo" entendido como demagogia. El populismo latinoamericano es
una expresión auténtica y legítima de los pueblos de Nuestra América. Pero el
Eme es un híbrido. Algunos de sus fundadores, como Bateman, Ospina, Fayad y
Pizarro, provienen de las FARC, desilusionados por una guerrilla periférica que
poco combatía. Otros como Toledo, Almarales y Santamaría estaban en la Anapo. Y
de otros sectores de izquierda también confluyen cuadros con distintas
experiencias políticas, militares y sociales. En su sancocho ideológico se
cocinan, además del populismo de Gaitán, Perón, Haya o Rojas, el liberalismo
social colombiano, el marxismo, el cristianismo de la opción por los pobres y
la socialdemocracia europea. Y como referente central el mito fundacional de la
nación, encarnado en Simón Bolívar como figura y condimentado con extractos
selectos de su pensamiento.
Los fundadores no tenían claro lo que querían ser, pero
sí tenían claro lo que no querían ser. No querían
ser como la izquierda ortodoxa y tradicional. Una izquierda dogmática,
sectaria, vanguardista, excesivamente teorizante bajo la hegemonía de la
doctrina marxista. Ese rechazo a la teorización estratosférica, exagerada, y a
los vicios de la intelectualidad academicista, fue seguramente el origen del
mito de que el Eme era huérfano de teoría. En realidad, los fundadores y los
militantes más talentosos reclutados en este período inicial de la segunda
década de los 70, vivían una explosión creativa de elaboración intelectual de
un nuevo proyecto político-militar insurgente que se fue afinando a lo largo de
sucesivas Conferencias Nacionales,
entre las que cabe destacar: la Quinta en 1977, la Sexta en 1978 y la Séptima
en 1979. En ellas se plasma en forma documentada una revolución
teórica que encuentra un hilo conductor en la identidad
cultural del pueblo colombiano e incluye un
alejamiento del marxismo como doctrina y del socialismo como meta y bandera,
para asumir la independencia, la democracia y la paz. Todo ello sin entrar en
controversias inútiles. No se extrañen que muchos, desconcertados, tildaran al
M-19 de derechista.
De ahí surge la propuesta política de paz y democracia
que será lanzada por Jaime Bateman en la famosa entrevista con Germán Castro
Caycedo, en 1980, mientras se desarrollaba la Toma de la Embajada de la
República Dominicana. La propuesta incluye amnistía, tregua y una vaina rara
llamada "Diálogo Nacional", una deliberación pública que hoy denominaríamos
como verdaderamente incluyente.
En ese momento histórico la teoría del M está madura.
Sin embargo, en la segunda etapa, que hemos calificado como auge, se
desarrollan la Octava Conferencia en el Putumayo en agosto de 1982 y finalmente
la apoteósica Novena Conferencia de febrero de 1985, en plena tregua y poco
después de la batalla de Yarumales. La Novena tiene en paralelo un evento
masivo en las montañas de la cordillera central cerca a la frontera entre Cauca
y Valle: se llamó el Congreso de Los Robles. Algunos dirían que el
"pensamiento meca" se elevó allí a las alturas del delirio.
La ponencia analiza diacrónicamente todo este recorrido
que aquí hemos resumido, pero en el capítulo de análisis
estructural se enfoca en la propia concepción
teórica elaborada, de la cual hemos venido hablando. La estructura tiene nueve
componentes: la legitimidad, la crítica a la izquierda, los referentes
ideológicos, el contexto internacional, la caracterización de la sociedad
colombiana, el Eme como fenomeno cultural (ésta es la columna vertebral), el
proyecto de paz y democracia, la concepción militar y el código ético.
En el breve espacio de esta columna
apenas ha sido posible brindar un ínfimo atisbo de toda esa elaboración teórica
que muchos niegan. Ameritaría publicar un volumen entero para difundir este
aspecto sustancial, pero poco conocido, del pensamiento de una organización que
marcó la historia de Colombia y que a través de uno de sus muchachos, otrora
concejal de Zipaquirá, ha llegado al solio de Bolívar Con la espada
desenvainada.
Significado político de la
toma de la embajada: 40 años después
Publicada el 27 de febrero de 2020
y nuevamente el 26 de febrero de 2023
El 27 de febrero se conmemoran los 40 años de la toma de
la Embajada de la República Dominicana por el M-19, hecho que durante dos meses
convirtió a Colombia en centro de atención mundial, pues entre los 14
embajadores secuestrados estaba el de EEUU y el nuncio apostólico. El hecho de
fuerza resultó casi incruento pues la única baja letal fue el guerrillero
Carlos Arturo Sandoval Valero, nativo del Líbano, Tolima, quién aún no había
cumplido los 18 años. El operativo fue ejecutado por el comando Jorge Marcos
Zambrano, nombre del joven caleño asesinado cinco
días antes tras ser capturado por la Tercera Brigada del ejército, y se
denominó Operación Democracia y Libertad,
pues la carencia de tales derechos marcaba la realidad del momento histórico en
todo el país.
Diez años antes, el 19 de abril de 1970, un fraude
electoral había arrebatado la victoria a la Anapo, evidenciando así el cierre
de los caminos legales para la oposición colombiana. El golpe en Chile al
gobierno legítimo en 1973 corroboró la realidad antidemocrática del hemisferio
sometido entonces a la doctrina de la seguridad nacional que politizaba a las
fuerzas armadas, volviéndolas contra sus respectivos pueblos bajo la figura del
"enemigo interno". América Latina se llenó así de sangrientas
dictaduras y pseudodemocracias restringidas, militarizadas y en permanente
estado de sitio. El 14 de septiembre de 1977 el pueblo colombiano se había
insurreccionado de manera casi espontánea al llamado de las centrales obreras,
desatándose una represión cada vez más brutal. Al llegar al gobierno la dupla
Turbay Ayala - Camacho Leyva, la imposición de un Estatuto de Seguridad sirvió
de cobertura para la sistemática violación de los derechos humanos.
Parafraseando a Roberto Gerlein al comentar la compra de votos, podríamos decir
que la tortura "se volvió costumbre" en las mazmorras del régimen en
aquellos años.
La respuesta del M-19 fue la recuperación de miles de
armas por un túnel en el Cantón Norte, humillando a la inteligencia militar.
Inmediatamente se agudizaron las prácticas de allanamientos, torturas y
desapariciones, en una cacería de brujas que afectó a gente de todas las
condiciones. Simultáneamente, en Nicaragua, el FSLN lanzaba una victoriosa
ofensiva final, llenando de euforia a los movimientos populares del continente.
En Colombia, el número de presos políticos se multiplicó y desde las reservas
democráticas del país se gestó un movimiento por los DDHH liderado por Alfredo
Vásquez Carrisoza, mientras el Eme se aprestaba a las vías de hecho para
liberar a los prisioneros de guerra.
De seguro en estos días conmemorativos se recordarán los
acontecimientos: el disparo al espejo, la volada del embajador uruguayo, las
conversaciones de la camioneta, el protagonismo de "La Chiqui"
-Carmenza Cardona Londoño- haciendo la V de la victoria, el curioso nombre del
embajador guatemalteco Aquiles Pinto Flores (nativo de Chiquimula), el
contagioso síndrome de Estocolmo y la efervescente Villa Chiva (concentración
mundial de periodistas como pocas veces se ha visto en Colombia). Quizás lo más
significativo fue la despedida del pueblo bogotano a los guerrilleros y
embajadores, cuando una romería de miles de personas se agolpó en el camino al
aeropuerto saludando a la "comitiva" con pañuelos blancos. De los
hechos quedan cientos de crónicas, una película de Ciro Durán (año 2000) y
libros como el de "la negra" Vásquez, Escrito para
no morir.
En ese contexto la toma dirigida por Rosemberg Pabón,
hoy acérrimo uribista, planteaba reivindicaciones democráticas como el
levantamiento del estado de sitio, el respeto a los DDHH y la libertad de los
presos políticos. Pero sobre todo sirvió de plataforma de lanzamiento de la
propuesta de paz y democracia del M-19, expuesta por Jaime Bateman Cayón en
entrevista con Germán Castro Caycedo que se vendió como pan caliente, agotando
las sucesivas ediciones en todos los formatos. Hoy Bateman es recordado como el
"profeta de la paz", por su visionaria iniciativa que cayó como una
sorpresiva bomba en la deliberación pública, dejando atónitos tanto a la
izquierda como a la derecha: un grupo insurgente proponía una tregua bilateral
y abrir un gran diálogo nacional para buscar lo que años después Álvaro Gómez
Hurtado llamaría un Acuerdo sobre lo Fundamental. De ahí saldrían los múltiples procesos de paz que, con mayor o menor
éxito, se realizaron en Colombia y Centroamérica.
Pero muy poco se habla del otro componente de la
propuesta: la Democracia. En verdad,
lo que expuso el dirigente samario era el proyecto político que el Movimiento
19 de Abril había consensuado en su VII Conferencia de 1979, tras varios años
de maduración. El M-19 era una organización distanciada del marxismo en boga,
pues en su ideario recogía el legado del liberalismo social de Rafael Uribe
Uribe y Jorge Eliécer Gaitán junto a los anhelos populares encarnados en el
anapismo de base, conectándolos con el concepto de Estado de
Bienestar de la socialdemocracia europea. La tesis
de Bateman era que la revolución liberal en Colombia se vió frustrada a lo
largo de un siglo debido a la hegemonía del bloque histórico conservador, que
incluso terminó cooptando a la élite liberal en el Frente Nacional y excluyendo
al país nacional. Tal planteamiento se inspiraba en las ideas de Antonio
García, un intelectual orgánico que marca el hilo conductor entre el
gaitanismo, el anapismo y el M-19.
Prueba de ello es que el M-19 disputó durante años con
el partido liberal la representación colombiana en la Internacional
Socialdemócrata, que fue siempre garante de los diálogos, primero con Betancur,
que terminó en tragedia, y luego con Barco, que culminó con la firma de la paz.
En 1990 el grupo guerrillero ya desmovilizado, se transmutó en el partido legal
Alianza Democrática M-19 y sacó la máxima votación a la Asamblea Nacional
Constituyente, obteniendo 19 curules de un total de 70. Allí, la concepción de
democracia que el M-19 lanzó durante la toma de la embajada 10 años antes, se
plasmó parcialmente en el Estado Social de Derecho de la Constitución del 91.
Del fraude electoral de 1970 a las
elecciones de la Constituyente en 1990, Colombia vivió un intenso ciclo de
violencia y represión originado en la negativa de las élites a una apertura
política que cimentara una auténtica democracia integral e incluyente. Fue la
propuesta que emanó de la toma de la embajada la puerta que permitió la salida
pacífica y la nación colombiana tuvo entonces la oportunidad de cerrar para
siempre el libro de la barbarie en 1991. Álvaro Gómez
Hurtado, quién había dado un asombroso giro político
tras su secuestro por el M-19, entendió a cabalidad que la nueva Carta era
apenas el inicio para cambiar lo que él llamaba "el régimen".
Desafortunadamente, a Gómez lo asesinó la derecha que había sido su matriz.
Múltiples factores impidieron la consolidación de la paz y la profundización de
la democracia con instituciones incluyentes y no extractivas, con el paradójico
resultado de que tras la incipiente apertura democrática, lo que siguió fue la
agudización de la guerra rural. Tema complejo y de gran calado que abordo en un
artículo sobre las FARC descargable
aquí.
Lo cierto es que estamos en
2020 y múltiples aspectos de la democracia liberal y de la concreción del
estado social de derecho siguen siendo asignatura pendiente en nuestra nación,
como bien señalan Acemoglu y Robinson en su libro Por qué
fracasan los países.
Apenas concluyó la toma de la embajada de la República
Dominicana por el M-19 en 1980, el comandante general de esta organización, el
samario Jaime Bateman Cayón, apareció por vez primera en público luciendo un
afro en una histórica entrevista con el periodista Germán Castro Caycedo. Su
publicación por entregas cuadruplicó la circulación del periódico El Siglo y llevó al poco tiempo a una edición especial en forma de revista que
se vendió como pan caliente.
|
Del Diálogo Nacional al Pacto Histórico |
Desde aquella tribuna Bateman lanzó la propuesta de paz
del M-19 que incluiría levantamiento del estado de sitio, amnistía a los presos
políticos y tregua bilateral como marco de un Diálogo
Nacional. Con su estilo caribeño, Bateman definió
al diálogo nacional como un "sancocho debajo del palo'e mango", pero
la idea apuntaba a una gran deliberación pública entre las fuerzas vivas de la
sociedad colombiana en torno a los problemas estructurales de la nación, cuyo
nudo gordiano era el secular conflicto social entre una oligarquía excluyente y
un pueblo excluido. En términos de Jorge Eliécer Gaitán sería como sentar en la
misma mesa al País Nacional y al País Político en la mira de construir una
democracia incluyente.
Sin duda la propuesta estaba inspirada en El Contrato
Social de Rousseau y en la lectura batemaniana de
la realidad colombiana como un Estado fracasado que
aún tenía como asignatura pendiente la revolución liberal. El diagnóstico de
fondo constata la hegemonía conservadora de una élite agraria y clerical que se
impone desde la Regeneración y que, luego de estar a punto de perder el poder
en los años 30 y 40, logra abortar el conato liberalizante, recupera su
predominio de estirpe falangista, mata a Gaitán, desata una violencia feroz
contra el pueblo liberal y finalmente coopta a la acobardada élite liberal con
el excluyente Frente Nacional en el nuevo contexto de la guerra fría. El
conservatismo ha sabido limpiarse el trasero con el trapo rojo. He aquí el hilo
histórico del fascismo
azul que se prolonga hasta hoy, encarnado en el uribismo, bastión de la
premodernidad.
En aquel momento Bateman concibe al M-19 como la
democracia en armas que responde al fraude electoral, al militarismo y la
cerrazón del régimen frentenacionalista con la audacia de la acción intrépida
para obligar a las élites a negociar la paz, la apertura democrática y la
reconfiguración de las instituciones, no para favorecer al M-19, sino para
activar la participación popular en la conducción de la nación. Evocando la
revolución francesa diríamos que se trata de la insubordinación del tercer
estado, que no es otro sino el pueblo llano.
El 28 de abril de 1983 muere Jaime
Bateman en un accidente de aviación, precisamente cuando gestionaba el diálogo.
Fayad y Ospina hablan con Belisario en Madrid con los auspicios de la
socialdemocracia, se pacta la tregua pero el gran diálogo no cuaja. No hay
voluntad política. El ejército sabotea la tregua cercando y atacando al M-19 en
lo que pasará a la historia como la batalla de Yarumales en una novedosa guerra
de posiciones, señal de salto cualitativo en la guerra
de guerrillas. Luego atentan contra Navarro, vocero por
entonces del grupo insurgente. La tregua se rompe durante el tercer paro cívico
nacional, la guerra asciende en espiral y desemboca en el intento de juzgar al
presidente en el Palacio de Justicia por haber traicionado los acuerdos. En
noviembre de 1985 era inimaginable que apenas cinco años después el M-19
estaría sacando la lista más votada en unas elecciones trascendentales para
integrar una Asamblea Nacional Constituyente en la cual intentaría, en
consonancia con el hijo del falangista Laureano Gómez y del liberal Horacio
Serpa, cimentar un Estado Social de Derecho en
Colombia.
Eduardo Pizarro Leongómez tuvo mucho que ver en este
giro asombroso de los acontecimientos. En 1986 había publicado en la revista
Foro un artículo titulado "Un nuevo Pacto
Nacional más allá del bipartidismo" que tuvo
gran impacto en su hermano, a la sazón comandante del M-19. El posterior
secuestro de Álvaro Gómez produjo un doble milagro. Creó las condiciones
políticas para la improbable desmovilización del grupo insurgente en medio de
una caótica "libanización" de la violencia y dotó al veterano
dirigente conservador de la lucidez necesaria para entender la necesidad de un Acuerdo
sobre lo Fundamental, frase de su autoría que
expresa la idea profética de Bateman.
La Constituyente del 91 jugó el papel del diálogo
nacional y parió por fin una Constitución garantista, pionera de lo que se
denominaría el "nuevo constitucionalismo latinoamericano", la cual
pudo ser el almendrón del Pacto Nacional que vislumbrara Eduardo Pizarro, en la
misma línea de Bateman y Gómez. Pero no logró ese alcance. ¿Por qué?
Primero porque surgía en ese momento un nuevo orden
mundial y se impuso el consenso de Washington con
su ideología neoliberal antisocial (victoria incubada desde 1980).
De ahí que la nueva constitución bicéfala amalgama
la visión socialdemócrata y la neoliberal. Y segundo porque la Constituyente
dejó por fuera a los militares y a la Colombia profunda con sus actores bélicos
y su economía subterránea, factores de poder ineludibles. Los vientos de cambio
tampoco tuvieron suficiente ímpetu político para derrotar al clientelismo y se
vino la marea de contrarreformas. Guerra, narcotráfico, corrupción,
clientelismo y neoliberalismo limitaron drásticamente los alcances de aquel
hito histórico. Pasar de un capitalismo rentista, extractivista y premoderno a
un capitalismo productivo, innovador y moderno sigue siendo una asignatura
pendiente, la revolución liberal y social que nunca se hizo por la resistencia
de una élite retardataria.
En los años 80 Gustavo Petro era un
joven dirigente cívico de Zipaquirá, concejal, preso político, militante raso
del M-19 en tareas políticas, se formó en la vorágine de los hechos aquí
narrados y en el siglo XXI retoma el hilo de la propuesta de paz y democracia
incluyente, que Navarro Wolff parece haber olvidado. Con visión de futuro incorpora
nuevos elementos -como el cambio climático y la transición energética- en el
marco de una moderna filosofía humanista y progresista. Y lanza una propuesta
política: el Pacto Histórico. No es la
etiqueta de una simple coalición electoral sino una propuesta para la nación
toda, incluyendo al uribismo. Pero hoy sólo hay una manera de obligar a las
élites a negociar: derrotándolas en las urnas.
Hipótesis inédita sobre la
toma del Palacio de Justicia
Publicada el 6 de noviembre de 2022
Tengo una hipótesis especulativa para resolver un
misterio de la toma del Palacio de Justicia, sucedida en aquel noviembre
trágico de hace 37 años.
No voy a referirme a la suerte de los desaparecidos, que
sería la principal pregunta que todavía hoy exige respuesta. Tampoco al eterno
interrogante sobre si se trató de una emboscada o no, es decir, si las fuerzas
militares sabían del operativo y propiciaron su realización al retirar la
seguridad del Palacio. Aclaro de plano que no voy a referime a la verdad de los
hechos en torno a la toma y la retoma.
Esa pregunta se la ha hecho todo el mundo en voz baja.
Para cualquier observador de la lógica de pensamiento y acción de las
insurgencias en América Latina, tal interrogante es lo primero que se le viene
a la cabeza. Si se trataba de tomar rehenes de alta relevancia para generar un
hecho político y negociación, como en múltiples ocasiones habían ejecutado los
diversos grupos insurgentes del continente y el propio M-19, lo lógico era
atacar una institución desprestigiada y con alto grado de responsabilidad en la
situación del país, como era el parlamento colombiano que aglutina a la cúpula
de la clase politiquera, epicentro de la corrupción.
Exactamente eso fue lo que hizo el Frente Sandinista de
Liberación Nacional el 22 de agosto de 1978 en Managua en un operativo que
llevaba el nombre de su líder fundador, Carlos Fonseca Amador. El Congreso
nicaragüense estaba tan desprestigiado que la acción pasó a la historia como la
"operación chanchera" o "el asalto a la casa de los
chanchos", como la llamó García Márquez en una
crónica pocos días después del suceso. Esta acción político-militar fue una
extraordinaria victoria sandinista que preparó el camino hacia la ofensiva
final. Menos de un año después el FSLN se tomaba el poder.
En contraste, la toma del Palacio de Justicia en
Colombia parecía no tener lógica. La Corte Suprema de Justicia era una
prestigiosa reserva democrática de la nación, defensora de los derechos
humanos. Como tal investigaba a integrantes de la cúpula militar por violación
de esos derechos fundamentales a la vida y la integridad, perpetrados a punta
de torturas y desapariciones desatadas por el régimen al amparo del Estado de
Sitio. La Corte era, pues, un aliado natural del movimiento popular y
democrático. Decir que era un aliado del M-19 sería un exabrupto, pero había
sintonía en torno a los valores democráticos, en oposición al autoritarismo
militarista.
En los comunicados del M-19 durante ese noviembre
histórico la Corte es denominada "reserva moral de la nación",
"hombres de honor y leyes" y siempre es tratada respetuosamente con
el adjetivo "honorable" antecediendo su nombre. Más aún, toda la
concepción del operativo parte de una alta valoración de ese máximo tribunal
como la instancia idónea para el hecho político que se pretendía generar y los
magistrados jamás son concebidos como objetivo militar. Digámoslo de manera
clara y contundente: para el M-19 los magistrados no eran rehenes.
La idea era presentar ante la Corte una demanda (armada) para enjuiciar al presidente Belisario
Betancur por traición a los acuerdos de tregua y diálogo nacional firmados en
1984 y tomarse militarmente el edificio para defender al alto tribunal y darle protección en su tarea. ¿Cómo se entiende esa
visión que choca de frente contra el más elemental sentido común?
Para explicar esa misteriosa lógica oculta es que
sugiero mi hipótesis. Que el M-19 se convenciera a sí mismo de una idea que
parece absurda para cualquier persona común denota un imaginario especial
(algunos dirían "delirante") que se había venido configurando en esa
organización desde 1983.
Señalo el año 83 porque justo antes de morir, Bateman
organiza un nuevo curso de entrenamiento militar en Cuba. Esta vez no se
cometen los errores de 1981, que Darío Villamizar narra muy bien en su reciente
libro Crónica de una guerrilla perdida. Carlos
Pizarro fue el líder de esa tropa que al regresar a Colombia constituirá el
Frente Occidental en las montañas del Cauca y que en 1984 desplegará una nueva
dinámica que marca diferencias con el Frente Sur encabezado por Gustavo Arias,
alias Boris. En ese momento hay una disputa de concepciones entre los
"académicos" del Frente Occidental y los "históricos" del
Frente Sur.
En el primer semestre de 1984 el M-19 lanza una ofensiva
militar sustentando una propuesta política de tregua y diálogo nacional. Cuando
ya está a punto de firmarse el acuerdo con el gobierno, Pizarro, desobedeciendo
a su comandante Álvaro Fayad (según se dice), se toma Yumbo, en las propias
goteras de Cali. Casualmente, el día anterior habían asesinado a Carlos Toledo
Plata, médico amnistiado y dirigente histórico de la Anapo y del Eme. La
coincidencia permite que la acción de Yumbo aparezca como una respuesta
justificada por parte del M-19 y no se malogra la firma.
La tregua y el diálogo se van desarrollando con gran
acogida popular y notorio impacto político a pesar del saboteo de los
militares, que terminan cercando al Frente Occidental del M-19 en una zona de
la cordillera central llamada Yarumales. A final de año se produce una batalla
propia de la guerra de posiciones, inédita en la historia guerrillera. Los
"académicos" habían introducido nuevas técnicas de ingeniería militar
en la guerra colombiana que lograrían desconcertar al ejército y luego de tres
semanas el M-19 se anota una victoria inesperada que hiere el orgullo militar.
Un mes después, febrero del 85, en medio de una euforia triunfalista se
desarrolla la IX Conferencia del M-19 y un Congreso popular que pasará a la
historia como el Congreso de Los Robles (apenas a 4 kilómetros de Yarumales).
Cuando la tregua se rompe por el
atentado a Navarro Wolff, el M-19 lanzará en el segundo semestre de 1985 una
ofensiva militar que llevará hasta el centro de Bogotá: a la toma del Palacio
de Justicia. Los "académicos" no sólo habían incorporado técnicas rurales,
también trajeron técnicas de guerra urbana, por ejemplo el concepto "defensa
de edificio".
Esa concepción es la que explica por qué la táctica
tradicional de rehenes no está en la lógica de la acción. En el imaginario de
la compañía Iván Marino Ospina que ejecuta el operativo seguramente estaba
reproducir la victoria de Yarumales en plena Plaza de Bolívar. Es posible que
al analizar los blancos posibles, la arquitectura del Palacio de Justicia se
ajustara más al concepto militar de defensa de edificio que el Capitolio
Nacional donde sesiona el Congreso.
Pero dije que había un detalle adicional. ¿A quién se le
ocurre ante el contexto que hemos esbozado arriba que el gran hecho político
consista en poner una demanda? Semejante
idea sólo se le puede ocurrir a un abogado. De cabo a rabo toda la concepción
política del operativo está signada por la mentalidad y el lenguaje de la
abogacía. Había dos abogados en el estado mayor al mando de la operación:
Andrés Almarales y Alfonso Jacquin. Pero sólo Jacquin había estado en el
entrenamiento de los "académicos", en la toma de Yumbo, en la batalla
de Yarumales.
Alfonso Jacquin, samario como Bateman, llamado el
"Pompo" por sus amigos, fue el mejor orador que tuvo el M-19. Su
labia era tal, que era capaz de convencer a cualquiera de cualquier cosa,
incluso a sí mismo. Años antes, en sus tiempos de troskista, había escrito una
crítica profunda a las acciones violentas ejecutadas por un grupo de personas,
en contraste con la lucha de masas.
En su eufórico discurso de clausura del Congreso de Los
Robles, con las luces de Cali en el fondo oscuro, el nuevo Jacquin guerrero
sueña, delira, eleva la palabra a la altura de la poesía con una pasión que se
desborda por la montaña. La misma pasión que Bateman invoca en aquella inolvidable
entrevista de Alfredo Molano que luego fue convertida en melodia por Afranio
Parra. Esa pasión tuvo que ser el crisol de la insólita idea de la demanda
armada para enjuiciar a un presidente traidor.
Puedo imaginar al Pompo convenciendo a todos de que
tomarse el Congreso era una simple imitación de los nicas, que había que
innovar como le gustaba al M-19 y que en Colombia las grandes alamedas se
abrirían desde el corazón de la Justicia, encarnada en la Honorable Corte
Suprema de Justicia protegida por la democracia en armas. Finalmente, los
tanques convirtieron el sueño en pesadilla. En medio de los tiros dos abogados
llamados Alfonso hablan con una emisora (oir aquí). Reyes Echandía
clama el cese al fuego. Jacquin le pide el teléfono y al describir en pocos
segundos la situación de irrespeto absoluto a la Corte por el poder civil y
militar menciona dos veces la palabra "increíble". No lo podía creer.
Coletilla: la perspectiva de
Gustavo Petro sobre la toma y retoma del Palacio de Justicia está plasmada en
un libro titulado Prohibido olvidar (Casa Editorial Pisando Callos, 2006)
escrito en conjunto con Maureén Maya. Petro coincide más con el Jacquin
troskista que con el guerrero.
El
informe de la Comisión para el
Esclarecimiento de la Verdad, la Convivencia y la No Repetición
|
La superioridad ética del M-19 |
es un documento de gran trascendencia para Colombia. Es
el resultado de un trabajo serio de varios años, investigando y recopilando
testimonios a lo largo y ancho del territorio. Es un material que da voz a las
víctimas del conflicto armado colombiano. En conjunto ocupa varios volúmenes y
componentes, y tiene formato multimedia, por lo que puede consultarse en el
siguiente enlace. En un acto
público fue entregado al presidente electo, Gustavo Petro, mientras que el
presidente saliente, Iván Duque decidió no asistir con el pretexto de un viaje.
La realidad es que no sólo Duque, sino todo el uribismo
mediático y trinador han rechazado el documento sin haberlo leído, recurriendo
a pseudoargumentos falaces. Lo tildan de sesgado, cuando en realidad es un
trabajo que recoge los testimonios de las víctimas de todos los actores armados
del conflicto posterior a 1960. El documento es ecuánime y en el análisis es
crítico, tanto de los paramilitares y las fuerzas del Estado como de las
guerrillas de todos los pelambres. Precisamente su virtud es que le da a cada
actor lo que merece. Eso es lo que el fascismo azul,
con su cabeza uribista, no aceptan, pues su versión amañada de la historia de
la guerra interna queda desenmascarada cuando se ponen en evidencia los
crímenes de Estado, las alianzas de las fuerzas armadas con los paramilitares,
y la financiación por sectores de las élites, todo lo que ellos quieren
ocultar. No se atreven a reconocer que el trabajo también pone en evidencia la
degradación en que incurrieron ciertos grupos guerrilleros, especialmente desde
los años noventa.
Cuando el Presidente Petro recibió el documento, anunció
que también sería publicado masivamente en forma de libros en su gobierno, para
que en cada hogar y en cada escuela se pudiera leer y estudiar la cruda
descripción de nuestra conflictiva historia. Soy de la opinión de que en el
nuevo gobierno se recupere la enseñanza de la historia en los colegios y, en
ese contexto, el trascendental informe de la Comisión de la Verdad debe
ingresar como material de estudio. Por mi parte ya inicié la lectura de la
parte del informe que se titula Hallazgos y recomendaciones. Es la parte más analítica, con datos estadísticos y elaboraciones
teóricas, arriesgando interpretaciones y evaluaciones críticas. Todo este
esfuerzo investigativo complementa la gran obra del Centro Nacional de Memoria
Histórica (CNMH) durante la dirección del científico Gonzalo Sánchez, en
especial el informe general titulado ¡Basta ya! Colombia: memorias de guerra y
dignidad (2013).
Permítanme una digresión: es una
grata noticia la renuncia esta semana de Darío Acevedo, nombrado por Duque en
la dirección del CNMH: ¡Qué labor tan nefasta y destructiva hizo este sujeto!
Estoy seguro que Petro nombrará a alguien idóneo en ese cargo, como por ejemplo
Darío
Villamizar o el mismo Gonzalo
Sánchez, expertos en esa rama de las ciencias
sociales que en nuestro país ha recibido el nombre de
"violentología".
Continúo. El estudio de la literatura científica sobre
el conflicto armado posterior a 1960, como el mencionado ¡Basta ya!, me ha llevado a sustentar la tesis de la
superioridad ética del M-19 con respecto a otros actores armados, ya sean otras guerrillas, los paramilitares o las fuerzas armadas del
Estado colombiano. En el trasfondo está, desde luego, el debate sobre la
legitimidad de la lucha armada en determinados contextos. La guerra es de por
sí un escenario de crueldad y sufrimiento, de violencia y muerte, pero hay
grados. Por eso se habla de la humanización de la guerra (aunque no debemos
olvidar que la violencia es muy propia del autodenominado Homo Sapiens). Y también por ello se ha desarrollado a lo largo de varias décadas
el Derecho Internacional Humanitario (DIH).
Mi tesis se basa en el análisis cualitativo y
cuantitativo de los hechos, especialmente en las cifras referidas a las
conductas que conllevan violación de los DDHH o del DIH, muchas veces agravadas
por la sevicia: masacres o asesinatos de civiles o de combatientes en estado de
indefensión, fusilamientos, desapariciones forzadas, "falsos
positivos", mutilaciones y descuartizamientos, torturas, vejaciones,
violaciones sexuales, reclutamiento forzado, reclutamiento de menores de 15
años, secuestros, "pescas milagrosas", toma de rehenes, detenciones
arbitrarias, extorsiones, robo de ganado, despojo de tierras, minas
quiebrapatas, bombardeos de civiles, armas prohibidas, desplazamientos
forzados, daño a bienes públicos y al ambiente.
De ese análisis de casos y cifras se desprende que el M-19 no
incurrió en la inmensa mayoría de esas prácticas execrables. Sí incurrió en secuestro y extorsión selectivos como forma de
financiación (pero representa menos del 1% de los casos). Realizó dos sonoros
casos políticos de toma de rehenes que merecen análisis detallado (ver el libro
sobre el Palacio de Justicia titulado Prohibido olvidar
de Gustavo Petro y Maureen Maya). Y en sus inicios cometió la infamia de
asesinar a José Raquel Mercado tras un supuesto juicio por traición y
corrupción; esa culpa marcó al movimiento y lo abocó a la autocrítica para
erradicar ese tipo de acción vil.
En una ponencia que escribí sobre el periplo histórico
del M-19 hago un análisis del
código ético de esta organización que
era más política que militar, aunque sea recordada por algunas acciones
militares espectaculares. En términos generales el M-19 fue fiel a su propio
código ético, algo que no pueden decir otros grupos ni el Estado. Cuando la
guerra sucia se disparó en la segunda mitad de los años 80, el Eme fue capaz de
entender que se venía la imparable degradación de la guerra y supo abandonar a
tiempo el camino de las armas. Cuando entró a la legalidad fue premiado por el
pueblo colombiano con la lista más votada a la Asamblea Nacional Constituyente.
Dos aclaraciones finales. Primero, antes de 1960 los partidos liberal y conservador ensangrentaron la
patria durante más de un siglo, con una violencia peor que la del conflicto
reciente. En particular, el partido conservador fue el actor político más
violento de la historia republicana de Colombia. Desde el Frente Nacional las
FFAA profesionalizadas asumieron la representación bélica del bipartidismo. Segundo, admito que una breve columna no permite la sustentación de la tesis
con profundidad y con datos. Esa tarea la asumo en un artículo académico que
estoy elaborando o en cualquier debate oral donde me inviten.
Paz se escribe con Eme: 30
años del Acuerdo con el M-19
Publicado el 9 de marzo de 2020
El 9 de marzo de 1990 se produjo la firma del Acuerdo de
Paz entre el Estado colombiano y el Movimiento 19 de Abril, M-19. Se cumplen
tres décadas de este hecho histórico que dejó una huella indeleble, pues generó
una fecunda sinergia con el movimiento estudiantil de la Séptima Papeleta y
creó el clima adecuado con el nuevo gobierno para la convocatoria de una
Asamblea Nacional Constituyente y la disolución del desprestigiado Congreso de
la República. De esa manera el país logró reemplazar la vetusta constitución de
1886 y darle paso a una nueva institucionalidad. El M-19 se transmutó en
Alianza Democrática M-19 y se convirtió en la lista más votada a la
Constituyente, sacando 19 miembros de un total de 70. Una guerrilla que duró 16
años en lucha armada, desde aquel 17 de enero en que un comando recuperó la
espada de Bolívar, logró finalmente convertirse en fundadora de las nuevas
instituciones colombianas, junto al partido liberal liderado por Horacio Serpa
y al Movimiento de Salvación Nacional de Álvaro Gómez, quien pocos años después
fue asesinado por la derecha recalcitrante y golpista, como narra el periodista
Jorge Gómez Pinilla en el libro que hoy sale a la luz con el título Los secretos
del asesinato de Álvaro Gómez Hurtado.
Esta columna encaja perfectamente como continuación de
la anterior que publiqué aquí en El Unicornio,
dedicada a los 40 años de la toma de la embajada de la República Dominicana, en
cuyo balance concluímos que su significación política trascendente fue la
propuesta de paz y democracia que Jaime Bateman lanzó en simultánea con la toma
en 1980. Diez años después, los acuerdos firmados y la nueva constitución
materializaron dicha propuesta y cerraron un ciclo de la historia colombiana.
Es preciso aclarar que la nueva Constitución fue bicéfala, pues tiene dos
cabezas ideológicas. Por un lado incluyó la visión socialdemócrata del M-19 y
algunos sectores progresistas que se expresa en el carácter garantista de la
carta magna y el Estado Social de Derecho que impregna su espíritu en gran
parte. Pero de otro lado trae también la influencia del proyecto neoliberal del
denominado "Consenso de Washington" y que ha sido definitivo para la
economía mundial en el período 1980-2020 con un tremendo retroceso del Estado
de Bienestar en los países desarrollados y una concomitante avance inmoral y
trágico de la desigualdad. Temas bien analizados por textos como El Capital
en el siglo XXI de Thomas Piketty (ver
reseña), Capital e Ideología del
mismo autor e Historia mínima del Neoliberalismo del mexicano Fernando Escalante (ver
reseña).
El proceso de paz con el M-19 condujo posteriormente a
la desmovilización del EPL, el PRT, el Quintín Lame y finalmente un sector del
ELN. Se considera que fue un proceso exitoso, altamente beneficioso para la
democracia colombiana y resulta interesante compararlo con el proceso reciente
de la FARC. Son tres aspectos que debemos tener en cuenta: (1) el respeto a la
vida de los desmovilizados (2) la apertura democrática que permite espacio
político de participación a nuevas fuerzas o partidos legales (3) el proceso de
reinserción de los excombatientes. Pues bien, en estos tres aspectos el balance
es favorable para el proceso actual únicamente en el tercer aspecto. Veamos.
Al M-19 desmovilizado lo atacaron con guerra sucia en un
principio, nada menos que con el asesinato en un avión de su máximo líder,
Carlos Pizarro León-Gómez, hijo de un Vicealmirante de la Armada Nacional. Pero
el Eme persistió en la paz gracias al clamor y el apoyo popular, lo cual fue
premiado en votos. Sin embargo, hubo otros asesinatos, como el del alcalde de
Aguachica Luis Fernando Rincón y el
del dirigente samario Ricardo Villa Salcedo,
quien había sido diputado y senador. Pese a todo la fuerzas de la muerte se
vieron derrotadas por la alegría de un pueblo que respaldó el proceso con un
amplio consenso, que como ya vimos hasta cambió la vieja y obsoleta
institucionalidad, en un país conservador que nunca logró realizar a plenitud
la revolución liberal, como sí lo hicieron los Estados Unidos y los países
europeos. En contraste el número de desmovilizados de las FARC que han sido
asesinados en un genocidio sistemático comienza a parecerse al antecedente del
período de 1986-1995, el sangriento "baile rojo" que acabó con la
vida de miles de militantes de la Unión Patriótica, la inmensa mayoría de los
cuales nunca había pertenecido a las FARC. Ya van casi 200 asesinatos en los
pocos años que lleva este post-conflicto, agudizado por la polarización que
ejerce una fuerza de ultraderecha minoritaria, el denominado "Centro
Democrático" que ganó las elecciones de 2018 con apoyo de sectores de
derecha moderada y de forma fraudulenta, como se acaba de revelar con las
grabaciones del mafioso Ñeñe Hernández. He ahí el primer contraste, el amplio
consenso a comienzos de los años 90 versus la polarización actual entre la
antidemocracia guerrerista en el gobierno uribista y los sectores democráticos
y progresistas que apoyan el proceso de paz y el consiguiente post-conflicto.
El segundo aspecto es la apertura democrática que hace
30 años comenzó con pasos de animal grande, pero que luego se ha ido cerrando
gradualmente con más de 30 contrarreformas constitucionales y otras leyes que
van en contravía del espíritu garantista de estado social de derecho de la
Constitución del 91. El Acuerdo con las FARC, larga y minuciosamente negociado,
también contemplaba temas de reforma agraria y cambios políticos
liberalizantes, además de espacios de participación para las víctimas del
conflicto en los territorios, pero ha tenido el palo en la rueda y el saboteo
del uribismo. Fue un error no haber involucrado a este sector recalcitrante en
los diálogos de La Habana, como fue un error el plebiscito, donde el No ganó
con manipulación demostrada (ver por ejemplo la confesión del gerente de esa
campaña, Juan Carlos Vélez Uribe y el libro El triunfo
del No del académico Andrei Gómez Suárez). A todo
ello se suma que las FARC cosechan el repudio que sembraron por la degradación
de la guerra en el período de escalamiento 1995-2005, un gran rechazo que se
expresó en la multitudinaria marcha del 4F de 2008. Este rechazo contrasta con
la simpatía que generaba el recién desmovilizado M-19 a comienzos de los 90.
Como decía el constituyente Germán Rojas Niño:
"el M-19 tenía mucho que ganar y poco que perder al pasar a la
legalidad".
A pesar de los contrastes negativos anteriores, el
tercer aspecto arroja un balance mucho mejor para el proceso actual, mostrando
el aprendizaje en los procesos de reinserción. Es así como hoy vemos numerosos
proyectos productivos, educativos, creativos y deportivos, realmente exitosos
en los territorios, algo que los colombianos debemos apreciar en toda su
dimensión, pues está en juego la precaria paz que sigue siendo comprometida por
el bandidaje mafioso en zonas como el Catatumbo o el Pacífico (qué triste
ironía ese nombre), pero sobre todo por la actitud indolente y complaciente del
gobierno actual. A medida que se revelan los enlaces entre el uribismo y otros
sectores de la clase política con las mafias del narcotráfico, la
contratocracia y el clientelismo queda claro que el problema de fondo no es lo
que pasa en territorios como el Cauca, Nariño, Norte de Santander, sino lo que
sucede en el centro del poder y de la clase política corrupta en Bogotá y las
grandes capitales. Vivimos literalmente en una narcodemocracia excluyente
y extractiva. La
normopatía no puede ser la respuesta ciudadana. La movilización en las
calles y el voto inteligente deben ser la expresión de la participación
ciudadana para recuperar los espacios democráticos y, más allá, para
profundizar el Estado Social de Derecho con políticas sociales y ambientales,
transición energética y defensa de lo público. No se trata de resistir sino de
impulsar la contraofensiva democrática y reformista.
Otros aspectos de este balance de
los Acuerdos de 1990 y sus antecedentes y consecuencias pueden escucharse en la
entrevista que me hizo el profesor Luis Fernando Trejos en el programa Todos
cuentan de la Emisora
Uninorte FM Stereo, reproducible
aquí
En plena época electoral y en momentos en que encabeza
las encuestas, Gustavo Petro Urrego ha publicado su autobiografía titulada Una vida,
muchas vidas. No está muy claro cuáles son las
"muchas vidas", pues su trayectoria se caracteriza por una constante:
la política. Más aún, la autobiografía no revela la integridad de su vida
personal, intelectual o emocional, sino que está explícitamente enfocada en su
vida política, con mínimas referencias a los otros aspectos vitales y las
personas que lo rodean. Cuenta allí cómo fue adquiriendo sus ideas
contestatarias, cómo se involucró en la militancia y cómo desplegó su carrera
política que desde hace unos 15 años lo ha convertido en uno de los principales
protagonistas de la escena política colombiana y, sin duda, en el líder más
visible de la izquierda, con récord de votos incluido.
|
Acuso a Petro de ser petrista |
El libro presenta una serie de erratas en fechas y
nombres que indican que fue publicado con premura, evidenciando que el trabajo
de revisión fue apresurado e insuficiente, similar a lo que suele sucederle con
los trinos.
Más allá de esos detalles la obra le permite a Petro sacarse algunos clavos,
defenderse de las calumnias que permanentemente propagan las bodegas
mercenarias uribistas y, lo más importante, exponer su manera de pensar.
La extrema derecha y la centroderecha, ambas disfrazadas
de "centro" y de demócratas, siempre han buscado presentar a Petro
como un extremista, radical y terrorista que malgobernó a la capital del país,
un "castrochavista" que adora el modelo cubano o venezolano.
El libro muestra algo muy distinto. Petro no fue un
"comandante guerrillero" como suelen decir los uribistas, sino un
militante de base en una organización no comunista, de talante socialdemócrata,
entusiasta del trabajo de masas y la lucha social. Tampoco tuvo que ver con la
toma del Palacio de Justicia, pues precisamente en esa época se encontraba
preso por su trabajo político en Zipaquirá. El autor recorre todas esas
vivencias de su vida juvenil, desde la adolescencia hasta llegar a los 30
cuando el M-19 se desmoviliza.
Luego vienen las
vicisitudes de la política legal, victorias y derrotas electorales, euforias y
depresiones, debates y amenazas. Unos pocos años exiliado en Europa le dotaron
de una conciencia ambiental educada, de ahí que entre todos los políticos colombianos
de todas las pelambres, Petro ha sido el más visionario frente al Cambio
Climático y la transición energética. Especial importancia tiene su recuento de
la Bogotá Humana, una gestión que el exalcalde ha defendido con cifras en otras
ocasiones, pero que en este libro narra de manera más vivencial. Es obvio que
Petro no sería la opción presidencial favorita si su gestión al frente de la
alcaldía hubiese sido mala. De hecho, de todos los gobiernos locales de
izquierda que ha habido en Colombia, éste es el único caso que de verdad
desarrolla un proyecto de ciudad alternativo.
Y en el libro el autor nos explica ese modelo que sí
asume en serio el desafío ambiental y la política social con un enfoque
realmente progresista. Que un gobierno sea decente en vez de corrupto es lo
mínimo que se pide, pero no es suficiente. Hay que combatir la desigualdad, la
segregación social, cambiar el modelo de ciudad para los carros y desarrollar
una ciudad para la gente, defender el interés público frente a la voracidad de
ciertos intereses privados de élites que han estado enriqueciéndose a través de
la acumulación y la especulación rentista y los negociados basados en el
tráfico de influencias.
Ese modelo es alternativo porque, como bien lo que
reconoce Hernando Gómez Buendía en su reciente
libro, en Colombia lo que ha imperado es el rentismo elitista y rosquero,
no el capitalismo productivo e innovador. Y el neoliberalismo no ha hecho sino
agravar esa situación ampliando la brecha social. No obstante, a la Bogotá
Humana le faltó concientizar y empoderar más a la gente, de ahí que Petro se
case con la tesis del arribismo de clase media, para explicar la incapacidad de
darle continuidad a ese proyecto más allá de su gobierno. En ese punto elude la
autocrítica, pues el talón de Aquiles de Gustavo Petro siempre ha sido el
aspecto organizativo. Su negacionismo en este punto vital lo racionaliza
acudiendo a las equivocadas tesis de Toni Negri sobre "las
multitudes", una excusa para no construir organización. En realidad las
montoneras nunca han sido las parteras de la historia y los caudillos muchas
veces terminan como Bolívar o Napoleón, o como Gaitán.
En resumen, Petro expone en su obra su concepción de la
sociedad y las instituciones, una información clave para sus posibles votantes
en 2022. Pero a los críticos del libro no les interesa lo fundamental, sino la
minucia del pasado. Es claro que Petro no escribió allí la historia del M-19,
ni la historia de Colombia en el último medio siglo. Para los historiadores
profesionales, encargados de esa tarea, el texto de Petro no es más que un
insumo, una perspectiva entre muchas.
El libro es una autobiografía, por tanto gira alrededor
de él, de su vida, no está enfocada en el contexto. No es megalomanía, es que
así son las autobiografías: subjetivas. Ni siquiera la autobiografía de Eric
Hobsbawm, uno de los grandes historiadores del siglo XX, se escapa de esa
subjetividad del género. Tampoco el ilustre filósofo Mario Bunge, que en su
autobiografía escrita a los 95 años y titulada Entre dos
mundos, se luce contando como les calló la boca a
más de un filósofo de talla mundial, todos ellos fallecidos a la sazón, por
supuesto. De seguro la versión de esos filósofos sobre tales encuentros o
debates debió ser muy diferente. Es como si yo contara muy ufano la vez que
debatí con Bunge en Buenos Aires sobre la biologización de las ciencias
sociales: ya Mario no está para refutarme.
Petro cae en esa misma humana
vanidad y exagera su participación en la decisión del M-19 de negociar un
acuerdo de paz con el gobierno Barco o, dos décadas después, en la
configuración del Partido Verde. Ambos procesos fueron mucho más complejos y
participó mucha más gente que lo que el autor reconoce en su subjetiva
narración. Algo parecido sucede en otros episodios. Si un lector, de manera
equivocada, asume el texto como si fuera un libro de historia, terminará
acusando al autor de... ¡ser demasiado petrista!
Mi generación ante la
inminente victoria
Publicada el 18 de junio de 2022,
víspera de la segunda vuelta presidencial
Decía Alfred de Vigny que "una vida lograda es un
sueño de adolescente realizado en la edad madura". Los sueños individuales
son legítimos, pero apenas son anécdotas en la escala de la sociedad. Los
sueños más importantes, más hermosos, más inspiradores, son los sueños
colectivos. Para mi generación, que tuvo su bautizo de fuego en el gran paro
cívico nacional del 14 de septiembre de 1977, ese sueño era y es la justicia
social. Y el camino para lograrlo era una
revolución democrática popular.
Veíamos las elecciones como un engaño, un callejón sin
salida. Y no nos faltaban razones. El 19 de abril de 1970 le birlaron el
triunfo a la Anapo, fue un fraude evidente. Y el 11 de septiembre de 1973 el
mortal golpe de estado en Chile con apoyo de Estados Unidos nos mostró que el
camino electoral no tenía presente ni futuro hasta que no abriéramos con la
fuerza popular las compuertas de la democracia. Por eso, en mi caso personal,
durante los siguientes 12 años tras obtener la mayoría de edad, nunca voté.
Jamás. Ni en presidenciales, ni en parlamentarias, ni en locales.
Gustavo Petro pensaba diferente. Como todos nosotros,
Gustavo se hizo adulto en medio de las luchas sociales. Era una época de auge
de los movimientos cívicos, había paros y tomas de iglesias por doquier. El
movimiento estudiantil se había recuperado tras la derrota de 1971 y volvía por
sus fueros a partir de la Toma de la Ermita en Cali que gestamos los
estudiantes de la Universidad del Valle. El movimiento obrero y sindical aún
tenía fortaleza y había logrado unificarse en el Consejo Nacional Sindical.
En Zipaquirá, Gustavo vivió la maravillosa experiencia
de la recuperación de tierras y la lucha por la vivienda. De ahí surgió el
barrio Bolívar 83, donde nacería años después un
campeón del Tour de Francia. Por las características económicas del municipio,
Gustavo también estuvo en contacto con la clase obrera. A diferencia de
nosotros, los que liderábamos el movimiento estudiantil, que eramos
abstencionistas, el joven de Ciénaga de Oro tuvo la osadía de medirse con las
maquinarias electorales del bipartidismo en el marco de una democracia
restringida, amordazada por el estado de sitio casi permanente y el estatuto de
seguridad copiado de los modelos dictatoriales del Cono Sur. ¡Y ganó!
Increíblemente fue elegido concejal de Zipaquirá cuando apenas acaba de salir
de la adolescencia. Desde muy joven se vislumbraba como un prospecto político,
sin duda.
Toda esa gesta turbulenta de los años ochenta desembocó
en el gran triunfo de nuestra generación: tumbar la obsoleta y centenaria
Constitución de 1886 que sostenía el Orden Conservador (travestido
en bipartidista). Aprovechando los vientos auspiciosos del proceso de paz con
el M-19 y la jugadita tramposa del Congreso de la República (como siempre) en
lo que se conoció como "el camarazo", el
movimiento estudiantil impulsó la séptima papeleta y rompió el nudo
constitucional que impedía la renovación de las viejas y oxidadas instituciones
colombianas para elevarlas a la altura de los tiempos. Ahí le dije adiós a mi
virginidad electoral. Paradójicamente esto sucedió en el contexto de la campaña
presidencial más sangrienta que nación alguna haya padecido, cuando cuatro
candidatos presidenciales fueron asesinados: Jaime, Luis Carlos, Bernardo y
Carlos. Sus apellidos deben estar en tu memoria.
A comienzos de los años 90 se formó una gran coalición
integrada por el M-19 (liderado por Antonio Navarro Wolff), el liberalismo (con
Horacio Serpa a la cabeza) y el Movimiento de Salvación Nacional de Álvaro
Gómez Hurtado. Sorprendentemente fue el hijo de Laureano Gómez quien,
recogiendo las ideas de Jaime Bateman, planteó la tesis del Acuerdo
sobre lo Fundamental.
Pero el Orden Conservador no estaba vencido. A Gómez lo
mató la derecha por traicionar ese régimen del cual se volvió agudo crítico. La
nueva Constitución sufrió más de 30 contrarreformas y remiendos. Y en el siglo
XXI el viejo fascismo
azul resurgió en la forma del fenómeno político uribista, cuyo combustible
fueron las FARC. Es el régimen que los jóvenes de hoy han conocido y del cual
están hastiados.
No obstante, las cifras de los alternativos en las
elecciones presidenciales muestran algo muy claro. En 2002 sacamos 750.000
votos; en 2006 fueron 2.600.000; en 2010 Mockus sacó 3.500.000; en 2014 no hubo
candidatura alternativa pues el proceso de paz con las FARC determinó una
polarización entre Santos y Uribe, pero ganó Santos apoyado por los
alternativos. En 2018, el candidato alternativo fue Gustavo Petro, el gran
oponente dialéctico del uribismo, quién alcanzó casi 5 millones en primera
vuelta y 8 millones en segunda. El 29 de mayo de 2022 él mismo obtuvo 8,5
millones en primera vuelta y se apresta ahora a superar la barrera de los 10 u
11 millones este domingo decisivo. El ascenso es lento pero constante,
imparable. Y eso sin mencionar los triunfos en elecciones locales o el gran
logro del Pacto Histórico el 13 de marzo.
La victoria popular es inminente. Será la primera vez en
la historia de Colombia desde el siglo XIX que tendremos un gobierno de las
nuevas ciudadanías y no de las élites atornilladas. Habrá que construir un
nuevo pacto social, un Acuerdo Nacional sobre lo Fundamental, pero reivindicando al pueblo. La justicia
social que soñábamos de adolescentes se hace
factible. Y como hemos visto, Petro es producto circunstancial, pues estas
elecciones condensan una historia de décadas, de luchas sociales, de ascenso y
consolidación de las ideas progresistas en un país que ha sido tradicionalmente
conservador.
La última vez que midieron fuerzas
de manera tan clara la media Colombia conservadora y la media Colombia progresista fue el 2 de octubre de 2016 en el famoso plebiscito por la paz. Gracias
a la ya confesa manipulación, la mentalidad retardataria se impuso por apenas
50 mil votos (0,5%). Desde entonces, millones de jóvenes llegan a la mayoría de
edad y miles de ancianos terminan su ciclo vital. La población se renueva. La
correlación de fuerzas también. En el plebiscito hubo 13 millones de votos
válidos. El 19 de junio tendremos unos 20 millones de votos netos (quitando
votos nulos, no marcados y en blanco). Y la mayoría serán por el Cambio. Huele
a victoria.
Una noticia ha circulado este fin de semana por todos
los medios de comunicación, por cuenta de una simple frase de Álvaro Uribe
Vélez en una reunión del autodenominado "Centro Democrático".
Sorprende que se le haya dado tanta trascendencia a una anécdota que, en
principio, puede parecer insignificante. Al parecer algunos medios la
interpretan como algo importante porque, supuestamente, "Uribe salió en
defensa de Petro" como tituló El País de España en su sección para América
(ver
aquí). Otros medios ven allí un viraje o un cambio de tono que el líder del
uribismo le instruye a sus huestes.
|
Señor Uribe: "guerrillero" no es un insulto |
Para que el lector sepa directamente de qué estamos
hablando es conveniente que vea y escuche este video de
41 segundos que el propio Álvaro Uribe emitió por medio de un trino en su
perfil oficial. En él, Uribe regaña a un anciano partidario suyo por utilizar
el adjetivo "guerrillero" para referirse al actual Presidente de la
República e insta a sus seguidores a que, en su presencia (¿en otros lados
sí?), no se utilicen insultos contra Petro sino argumentos que fundamenten su
oposición política. "Oposición con argumentos, no con insultos"
podría ser el lema y creo que merecería un aplauso de nuestra parte. Pero hay
un veneno en la intervención de Uribe, algo
que los medios no son capaces de identificar ni mucho menos analizar, que es
justo lo que vamos a hacer aquí. Veamos.
El anciano que intervenía llamó "guerrillero"
al presidente Gustavo Petro. Es cierto que introducir calificativos en la
argumentación política no aporta nada al razonamiento y, por el contrario, lo
debilita. En este caso, además, el adjetivo tiene un error, pues Petro no es
guerrillero, sino exguerrillero, pero en ningún caso es un insulto, como lo
quiere hacer ver Uribe.
Aceptemos que para la argumentación del señor uribista
hubiese sido mejor ser preciso y usar el prefijo "ex", pues Petro se
reinsertó a la vida civil desde 1990 en un proceso de paz exitoso y a fé que ha
cumplido su compromiso. El propio Uribe, como congresista, contribuyó a
garantizar el indulto a los exguerrilleros del M-19 a comienzos de los años 90.
Aceptemos también que habría sido aún mejor para su argumentación que el
anciano no hubiese utilizado calificativo alguno. Pero lo que no podemos
aceptar es que la palabra "guerrillero" se convierta en un estigma y
se le implanten connotaciones negativas mediante trucos retóricos o
propagandistas que sobresimplifican la historia de este país.
Obviamente, no somos ingenuos como
para desconocer que en el contexto de una reunión de fanáticos uribistas el
apelativo "guerrillero" está cargado de valores negativos y por eso
ellos sí, efectivamente, lo utilizan como insulto subjetivo. Esa palabra
adquirió esas connotaciones negativas en Colombia cuando el conflicto armado se
agudizó y se degradó en el período 19952005. Precisamente en ese momento
histórico, Álvaro Uribe se convierte en un fenómeno político, interpretando a
amplios sectores de la sociedad colombiana que rechazaban la degradación de la
guerrilla (FARC y ELN), muchas veces acolitando las
acciones paramilitares que eran aún peores, pero no amenzaban al statu quo.
Sin embargo, no podemos olvidar que esa misma palabra
tenía connotaciones positivas, con un halo de heroísmo, altruismo, valentía y
audacia, en los años anteriores a ese período. Por ejemplo, cuando el M-19
regresa a la legalidad en 1990 gozó de gran popularidad. Pizarro fue apodado el
"comandante papito", y buena parte de la sociedad colombiana ansiaba
tomarse fotos y salir en los medios al lado de los guerrilleros como Pizarro o
Navarro, en tránsito hacia la paz con el régimen. Pizarro fue asesinado siendo
candidato presidencial cuando su ascenso en las encuestas parecía imparable. Y
en diciembre de ese mismo año, Navarro encabezó la lista más votada para la
Asamblea Nacional Constituyente. De modo que la institucionalidad colombiana
desde hace tres décadas es el fruto tripartita del M-19 junto a liberales y
conservadores. Tampoco hay que olvidar que estos últimos -liberales y
conservadores- también fueron guerrilla durante la guerra civil que se desató
en Colombia tras el asesinato de Jorge Eliécer Gaitán. Somos un país
guerrillero, eso es lo que evidencia la historia de Colombia, gústenos o no.
Entonces el adjetivo "guerrillero" ha
fluctuado en la valoración de los colombianos, dependiendo de la época y de los
sectores sociales y políticos que hagan la valoración. Es parte de la guerra
semántica que se presenta en toda democracia
alrededor del uso del lenguaje. Y en el año 2022 pasó algo extraordinario: la
izquierda ganó las elecciones presidenciales con un candidato exguerrillero que
nunca renegó de esa condición pasada y que, por el contrario, la cuenta con
orgullo en su autobiografía (ver columna).
En plena recta final de las elecciones la revista Semana, notoriamente parcializada, sacó una carátula en la que ponía a escoger
a los colombianos entre un guerrillero y un ingeniero. ¿Y quién ganó?
La mayoría de los colombianos prefirió al guerrillero
(exguerrillero en realidad), reivindicando esa categoría que expresa la
rebeldía de una insurgencia que luchaba por reformas sociales para construir
una sociedad mejor. Algo similar ha sucedido en varios países de América
Latina.
Así como la palabra "soldado" no es un insulto
a pesar de los falsos positivos y la violación de los derechos humanos y el
derecho internacional humanitario por parte de las fuerzas militares, el
adjetivo "guerrillero" tampoco lo es, a pesar de los desafueros que
hayan podido cometer algunas guerrillas. Cada quien responde por lo suyo. La
historia es compleja y tiene muchas aristas. La memoria de tantos colombianos
valiosos y con altos ideales que sacrificaron sus vidas en la lucha insurgente
-desde el cura Camilo hasta la Chiqui- no se puede borrar con burdas matrices
mediáticas.
Haber sido guerrillero, pues, no es
un estigma, es un honor. Un capítulo biográfico que se carga con orgullo en el
morral de la vida. Palabra que sí.
De Alfonso López Michelsen se decía que "pone a
pensar al país". Efectivamente, en el país de los ciegos el tuerto es rey
y de vez en cuando López lanzaba ideas al desierto de la escena política
rutinaria que lograba mover un poco las neuronas congeladas del país político y
producía algún debate ideológico. De Gustavo Petro no se dice lo mismo, no se
lo trata con tanta consideración. Y, sin embargo, Petro sí que pone a pensar al
país.
|
Repensando la paz en el marco del Cambio |
En la era del Twitter el presidente Gustavo Petro
irradia ideas, aparentemente sueltas, que se propagan como ondas telúricas por
las redes sociales y luego son distorsionadas por el ruido de los medios con
sus analistas y pseudoanalistas en sus famosos 'relatos periodísticos' con los
que intentan asentar ciertas matrices de opinión. Esos pseudoanálisis a veces
son tan superficiales que ni siquiera contextualizan ni profundizan en el
contenido de las ideas, sino que se dedican a buscarle el lado dizque
"noticioso", que en realidad es una manipulación de la información
acorde a la línea política e ideológica del medio de comunicación. Antes los
medios tenían la entereza, la transparencia y la sinceridad de identificarse
como liberales y conservadores, pero esa cualidad la perdieron para entrar al
mundo de la simulación propio del presente siglo. Simulan una neutralidad e
independencia que en su mayoría no tienen.
Las ideas que irradia el presidente Petro no son
ocurrencias sueltas, aunque el tiempo frenético del Twitter no ayuda y al
gobierno le falta acompañar la herramienta comunicativa instantánea con la
producción de más comunicados oficiales y de documentos maestros bien pensados
y elaborados con serenidad y profundidad. A pesar de ese defecto, la coherencia
del pensamiento de Petro es evidente para todo aquel que examine su evolución a
través de los años, desde el M- 19 hasta el presente como líder del poder
ejecutivo nacional, pasando por su trayectoria legislativa y en la alcaldía de
Bogotá. Tampoco ayuda la debilidad de la organización política que acompaña al
gobierno, producto en parte de las ideas de Petro al respecto, siguiendo las
tesis de las multitudes de Toni Negri. Una visión que puede resultar costosa
para lo que intenta ser un proceso de transformación profunda de la nación.
En vez de ocurrencias lo que hay es un proyecto político
que en el fondo es un producto supraindividual (y debe colectivizarse aún mucho
más). Pero ese proyecto político no está escrito en ninguna parte sino que se
halla disperso en discursos, entrevistas y escritos, lo que conlleva a que no
se alcance a percibir su coherencia, puesto que al observador le llega un
panorama fragmentado y muchas veces distorsionado por el ruido mediático como
ya expliqué.
Petro escribió un libro
autobiográfico que comenté en una columna,
pero aunque allí hay elementos, no es una exposición analítica sino narrativa.
El concejal de Bogotá, José Cuesta Novoa,
filósofo de la Universidad Nacional, intentó suplir esa carencia con un libro
titulado
Pensamiento
político de Petro de Editorial Aurora, pero creo
que no logra ofrecer una visión de conjunto apropiada. Ese texto lo comentaré
en otra ocasión.
Ahora quiero analizar, así sea esquemáticamente, el
cuestionamiento que Petro hizo recientemente al acuerdo paz de 2016 entre el
Estado colombiano y el grupo FARC. Tal cuestionamiento no se puede entender sino
desde el marco teórico del proyecto político de humanismo progresista que el
presidente lidera.
La crítica que hace Petro, repensando la paz de 2016, es
pertinente. Ante todo es una crítica comprensiva a las FARC, una guerrilla
campesina que siempre fue expresión de un mundo rural, de ahí sus comprensibles
limitaciones. Por tanto, de las FARC no podía esperarse una visión moderna de
nación. Y respecto al gobierno Santos su limitación provenía de su concepción
liberal elitista y centralista.
Para algunos la paz se mide exclusivamente en reducción
de indicadores de violencia. Otros la concebimos como superación de la
exclusión y la marginalidad de amplios sectores de la sociedad. Y
-parafraseando a Turbay- como la reducción de la desigualdad a "sus justas
proporciones". Esto implica un cambio de modelo económico, político,
social, militar y cultural. Nada menos.
¿O acaso puede haber paz bajo el imperio de una doctrina
militar centrada en el supuesto "enemigo interno" y que produjo un
fenómeno criminal sistemático como los 'falsos positivos'? Una concepción
clasista de la fuerza pública que no sólo se expresa en la estructura
jerárquica y en la propia carrera profesional de policías y militares, sino
además en el alineamiento de sus sucesivas cúpulas con la ultraderecha
colombiana y estadounidense, constituye un obstáculo para la paz en democracia.
Y eso no se cambia de la noche a la mañana.
En el evento Conversaciones PRO de Pro-Antioquia el presidente insistió esta semana en algo que muchas veces ha
expuesto: la necesidad de cambiar el modelo económico premoderno de
semicapitalismo rentista, especulativo, excluyente y depredador del medio
ambiente, que privilegia al capital financiero y a terratenientes, y que
reproduce la corrupción estructural del sistema. Un modelo extractivista en su
máxima expresión. En su lugar se propone un modelo moderno de capitalismo
productivo, innovador e incluyente, que privilegia el Bien común y, por ende,
el medio ambiente. De ahí que enfatizara en el conocimiento y la
industrialización, así como otras veces lo ha hecho con la transición
energética y la mitigación del calentamiento global. Nada de eso se contempla
en el acuerdo de 2016, que apenas atiende la asignatura pendiente de la reforma
agraria y a medias el narcotráfico.
El acuerdo de 2016 es tan
limitado como limitada era la visión de las FARC y el horizonte de intereses
que representaba el gobierno de Santos. Ese acuerdo debe cumplirse a cabalidad,
pero más allá debe ampliarse para articularse con el gran torrente de la
transformación profunda de Colombia, que sólo es posible con el diálogo
nacional, como propusiera Jaime Bateman Cayón hace
más de cuatro décadas. La esencia de la paz total es el Acuerdo Nacional, como
bien lo entendió Álvaro Gómez Hurtado en sus últimos días, no los tecnicismos
de los expertos.
La organización política que más muertes y sufrimientos
ha causado en la historia de Colombia se pasea oronda por la vida pública
nacional como el criminal impune que sabe guardar el secreto de su
culpabilidad. Nunca cumplió con la verdad, la justicia y la reparación, y no
sólo no ha brindado garantías de no repetición sino que ha hecho metástasis con
su ideología cancerosa invadiendo múltiples órganos del cuerpo macerado de la
patria, para seguir sembrando de cruces los campos deforestados de las
cordilleras o las selvas menguantes de la periferia. Del cadáver mudo de
Bolívar se nutrió en su infancia y luego hizo de la violencia política su arma
predilecta para imponer su impronta extremista y radical. Ha combinado todas
las formas de lucha, desde el terrorismo sin escrúpulos hasta el
adoctrinamiento sectario.
|
El fascismo azul |
A estas alturas ya el lector habrá adivinado que estoy
hablando del PCC, el Partido Conservador Colombiano, la organización de Caro y
Ospina que nació para impedir la revolución libertaria y progresista del medio
siglo, hace 171 años. El proyecto conservador de mano fuerte y sinrazón grande
se fraguó en las primeras décadas de la república enfrentado a un confuso
liberalismo lleno de contradicciones. Y podemos decir a estas alturas del siglo
XXI que su marcha ha sido triunfal, pues a sangre y fuego ha hecho de Colombia
una nación conservadora, aplastando los brotes de lo nuevo o transformando en
bonsai cualquier retoño de reformismo, apertura o progreso social.
Su gesta hegemónica empezó con la Regeneración y el
régimen de cristiandad de la Constitución de 1886. Continuó a mediados del
siglo XX con el hispanismo falangista ultracatólico bajo la égida de Laureano
Gómez. Luego se adaptó a los nuevos vientos de la guerra fría con el Frente
Nacional clientelista. Cooptó al partido liberal en un bipartidismo excluyente
y aunque su cuerpo partidista fue debilitándose, su ideología se irrigó por las
alcantarillas mentales de los súbditos, nutriendo el paramilitarismo y
finalmente haciendo eclosión en el uribismo que María
Jimena Duzán califica de fascista. Un fascismo ladino de color azul.
En el siglo XIX el liberalismo era la avanzada mundial
del progreso civilizatorio que prometía una sociedad moderna capitalista,
mientras el conservatismo carecía de propuesta distinta a frenar el progreso
social, mantener la jerarquización y anclarse en las tradiciones y doctrinas
medievales. En el mundo, el liberalismo ponía las condiciones y el
conservatismo resistía. En Colombia, en cambio, la hegemonía conservadora
abortó la revolución liberal democrática y limitó al partido liberal a un
humillante "pataleo de ahogao". Según
Malcolm Deas, en el período republicano del Siglo XIX, Colombia sufrió 8
guerras nacionales y medio centenar de conflictos locales, una verdadera
sangría.
La dialéctica de balas y de ideas
entre liberales y conservadores terminó en 1885 con la victoria contundente de
los azules. En la Humareda la Constitución de Rionegro se hizo humo y el
proyecto conservador impuso su visión de doble cuño: por
un lado el centralismo autoritario y militarista y por el otro el pensamiento
doctrinario premoderno del régimen de cristiandad. En el seno de la
Constitución de 1886 nace el ministerio de guerra y el ejército nacional, al
año siguiente se sella el concordato con el Vaticano y en 1888 se crea la
policía nacional. El triunfante poder conservador se asienta en 4 columnas: el
monopolio de las armas y el latifundio, la iglesia católica y la educación
confesional. Esta victoria se ratificó a fines de 1902 en un barco de Estados
Unidos, que un año después se roba Panamá. Al poco tiempo se perdieron vastos
territorios amazónicos con Brasil y Perú, prueba palpable de que el flamante
ejército nacional surgió para imponer el orden interno atacando a sus
connacionales y no para defender las fronteras de la patria.
El liberalismo resurge de las cenizas y durante 4
períodos intenta magras reformas. Fracasa. Con sed de venganza el partido
conservador retoma el poder y desata La Violencia, con mayúsculas, un
holocausto que se llevó las vidas de 300.000 colombianos. En menos de una
década el conservatismo mató más gente que las FARC en medio siglo (guerrilla
que surgió de las autodefensas del campesinado liberal). El estilo azul era el
frac en los salones y el corte de franela en los campos. El hispanismo
ultracatólico colombiano se alinea con la dictadura de Franco y así como éste
regala su territorio para bases militares gringas, Colombia se regala para
enviar al otro lado del mundo más tropas que las que empleó en la guerra contra
el Perú en 1932. Ignominia total.
Como esto es Macondo, el fascismo falangista es barrido
a medias por una dictadura militar populista. Pero el orden oligárquico se
recompone con el pacto de Benidorm y estrena un nuevo enemigo interno: el
comunismo. La liebre salta donde menos se espera. El fenómeno anapista pone en
jaque al régimen el 19 de abril de 1970 y Lleras patea el tablero.
Desde entonces el conservatismo es minoría, pero su
ideología medra en la cúpula de las fuerzas militares, en los grupos
paramilitares que empiezan a proliferar, en los sectores más retardatarios de
la iglesia y en nuevas sectas protestantes importadas de Norteamérica, así como
en algunas universidades privadas (ver la columna
anterior con el caso de la Sergio Arboleda). Finalmente, a la vuelta del
siglo, el odio a las FARC se convierte en el combustible perfecto para
incendiar la pradera con el fascismo azul.
El balance del conflicto armado
realizado por el Centro Nacional de Memoria Histórica en el libro ¡Basta ya!, muestra en la página 55 que de 588 eventos de sevicia y crueldad
extrema durante medio siglo, 63% corresponden a paramilitares, 9,7% a las
fuerza pública, 21,4% a "grupos no identificados" y 0,7% a acciones
conjuntas de paramilitares y ejército. Mientras que el 5,1% corresponden a las
guerrillas, principalmente las FARC y el ELN. No es casualidad que el uribismo
se haya apoderado del CNMH para borrar la memoria y pintar la historia... de
azul.
Navegando por mis redes pesqué un artículo del Washington
Post que me llamó la atención (ver aquí).
Fue publicado el primero de octubre y lo que me atrapó es que afirmaba en su
titular que el acuerdo de paz en Colombia llevó al descubrimiento de una nueva
especie de dinosaurio. ¿El acuerdo de paz? Contra lo que un lector colombiano
podría sospechar el dinosaurio no era el Centrus
Democráticus sino el Perijasaurus
lapaz.
|
Perijá y sus épicos secretos |
El cuento reforzado de que el acuerdo de paz tenía que
ver con este logro paleontológico se lo inventaron los propios investigadores,
un equipo liderado por Jeffrey Wilson Mantilla en el marco de una alianza entre
la Universidad del Norte y la Universidad de Michigan, al incluirlo en la
justificación del nombre con el cual bautizaron a la nueva especie registrada.
Y fue por esa jugadita que el Washington Post lo
convirtió en noticia. No es que la noticia científica no tenga valor, pero al
ser algo muy técnico no atrae lectores, así que el periodismo le pone picante
político para que sepa más sabroso.
La realidad prosaica es que el fósil de 175 millones de
años fue descubierto en 1943 en el municipio de La Paz, la tierra del ruiseñor del Cesar, Jorge Oñate, en las estribaciones
de la Serranía del Perijá, cadena montañosa
que pertenece a la cordillera oriental y marca la frontera con Venezuela al
norte del país. Eso es lo que sustenta el nombre del dinosaurio colombiano: Perijasaurus
lapaz, un saurópodo herbívoro parecido a los
famosos brontosaurios. En sus buenos tiempos del Jurásico inferior, este animal
de larga cola y largo cuello tenía unos 12 metros de punta a punta y es el
único de su tipo encontrado en el norte de Suramérica. A pesar de que sólo se
halló una vértebra durante una exploración petrolera de la Tropical Oil
Company hace ocho décadas, los científicos actuales
pueden calcular el tamaño, inferir sus múltiples características y así
clasificarlo en el sistema taxonómico como una nueva especie.
El hallazgo científico actual no es, entonces, el
descubrimiento del fósil sino su clasificación validada como especie nueva,
arrojando luz sobre una época de diversificación temprana de los saurópodos en
latitudes tropicales. El artículo original, con varios autores colombianos, fue
publicado el 10 de agosto de 2022 en el Journal of
Vertebrate Paleontology. Para hacer su
investigación, los paleontólogos colombianos y extranjeros tuvieron que
ejecutar, tanto un trabajo sofisticado de laboratorio, como un trabajo de campo
en el departamento del Cesar, cerca de la carretera que conduce de La Paz a
Manaure.
Según ellos no había condiciones
para ese trabajo de campo antes del acuerdo de paz debido a la presencia
guerrillera. Pero lo cierto es que Perijá no sólo fue territorio del Frente 41
de las FARC, también lo ha sido del ELN, grupo que
apenas acaba de reiniciar negociación con el gobierno de Gustavo Petro en esta
semana. Por ejemplo, en agosto de 2020 fue capturado en La Paz un dirigente del
Frente José Manuel Martínez Quiroz del ELN que lleva décadas en esa región (ver
noticia).
Por esa presencia de los elenos y por el hecho de que la zona de donde proviene
el fósil es de baja altitud y fácilmente accesible por carretera, resulta poco
creíble que el peace agreement con las
FARC haya sido determinante para el proyecto de investigación. Más bien parece
un toque macondiano adrede para condimentar un árido artículo académico y una
estrategia para llegarle a un público más amplio. Y el truco tuvo éxito, pues
la prensa colombiana se dedicó a resaltar el hecho que normalmente habría
pasado desapercibido.
Vale recordar que no muy lejos de la zona, un poco más
al norte, en la mina carbonífera del Cerrejón en el departamento de La Guajira
fue descubierto en 2009 el famosísimo fósil de la serpiente más grande que ha
existido, la Titanoboa Cerrejonensis,
que pesaba más de una tonelada. Esta serpiente récord tiene su propia entrada en Wikipedia. La
titanoboa existió en una época mucho más reciente que el perijasaurio, pues data del paleoceno, un período posterior a la extinción de los
dinosaurios (hace unos 58 a 60 millones de años). Pero en ambos casos había un
hábitat tropical por lo que sorprende que esos fósiles se conservaran a pesar
del calor y la humedad.
Hemos hablado de dinosaurios y serpientes gigantes, de
exploraciones de petróleo y carbón, de las FARC y el ELN. Y ni siquiera hemos
mencionado la riqueza de la cultura vallenata que florece en el plan y en la
montaña, en esa tierra exuberante que es el valle encajonado entre dos sierras
magníficas. Ya nombré a uno de sus grandes cantores, el jilguero que falleció
el año pasado y que en sus viejos tiempos entonaba "La Paz es mi pueblo,
con sus calles raras, donde tanto tiempo allá, canté madrugadas" (óyelo aquí con el acordeón de
Miguel López).
Con la música revoloteando por tus oídos sigues hasta
San Diego, tierra de poetas, y brindas en su Café
Literario Vargas Vila. Continúas por la carretera
hasta El Desastre, donde los liberales perdieron
una cruenta batalla durante la guerra de los mil días. Si subes por la bodega,
antes de llegar a Codazzi, atravesarás cafetales y aguacatales hasta que
perdido entre las montañas, a más de dos mil metros de altura, de pronto,
divisarás un cañón profundo y al otro lado, una visión fantástica en medio de
la bruma: la cascada más alta de Colombia, tan alta que no se alcanza a ver donde termina: es La Vela.
Entiendes entonces lo que sintió Humboldt cuando viajó
por América, tal y como lo narra Andrea Wulf en su libro La invención
de la naturaleza. En la cinta Los viajes
del viento, con sus majestuosos paisajes, Ciro
Guerra apenas nos brinda un atisbo, un sorbo de su magnificencia.
Así es Perijá, tierra ancestral del
pueblo Yukpa, de la familia Karib, que antiguamente dominaba toda la cordillera
y hoy se ha reducido a menos de 20 mil personas. Un territorio misterioso que
entre el páramo de Sabana Rubia y el río Tocaimo de Leandro Díaz encierra el secreto
mejor guardado del M-19, un sueño de Carlos Pizarro
que un grupo de locos trató de plasmar en la realidad. Un sueño desconocido,
como vértebra de un dinosaurio que nunca existió, cuya única pista escrita se
encuentra en la autobiografía
del Presidente de la República.
No hay comentarios:
Publicar un comentario