martes, 27 de junio de 2023

JENOFONTE, Recuerdos de Socrates, LIBRO I

LIBRO I 

CONDENA: «Sócrates es culpable de no reconocer a los dioses en los que cree la ciudad, introduciendo, en cambio, nuevas divinidades. También es culpable de corromper a la juventud» .

PARTE 1 


1                    


A menudo me he preguntado sorprendido con qué razones pudieron convencer a los atenienses quienes acusaron 1 a Sócrates de merecer la muerte a los ojos de la ciudad. Porque la acusación pública formulada contra él decía lo siguiente: «Sócrates es culpable de no reconocer a los dioses en los que cree la ciudad, introduciendo, en cambio, nuevas divinidades. También es culpable de corromper a la juventud» .


2                    


En cuanto al primer punto, que no reconocía a los dioses que reconoce la ciudad, ¿qué prueba utilizaron? Porque era evidente que hacía frecuentes sacrificios en su casa, los hacía a menudo también en los altares públicos de la ciudad, y tampoco era un secreto que utilizaba la adivinación. Se había divulgado, en efecto, que Sócrates afirmaba que la divinidad le daba señales, que es la razón fundamental por la que yo creo que le acusaron de introducir divinidades nuevas. 



Pero nada introducía más nuevo que otros que por creer en un arte adivinatoria utilizan pájaros, voces, signos y sacrificios. Ya que estas personas suponen no que los pájaros o los encuentros fortuitos saben lo que conviene a los consultantes, sino que los dioses se lo manifiestan a través de ellos, y Sócrates también lo creía así.


4                    


Sin embargo, la mayoría de las personas dicen que los pájaros y los encuentros 4 les disuaden y les estimulan, pero Sócrates lo decía como lo pensaba, o sea, que la divinidad le daba señales, y aconsejaba a muchos amigos suyos que hicieran unas cosas y no hicieran otras, según las indicaciones de la divinidad, y les iba bien a quie­nes le creían, pero los que no le creían se arrepentían.


5                    


Como quiera que sea, ¿quién se negaría a reconocer que él no deseaba pasar por necio ni por impostor ante sus amigos? Habría pasado por ambas cosas si, después de anunciarse como mensajero de la divinidad, hubiera resultado falso. Por ello es evidente que no lo habría anunciado si no hubiera creído que decía la verdad. Y en tales asuntos, ¿quién se fiaría de otro ser sino de un dios? Y fiándose de los dioses, ¿cómo no iba a creer que los dioses existen?


6    


Pero también trataba a sus amigos de la siguiente mañera: en los asuntos inevitables, aconsejaba actuar como creía que tendría mejor resultado, y en cuanto a los de resultado incierto, les enviaba a consultar al oráculo para saber lo que debían hacer. 



Decía que quienes se disponen a gobernar correctamente casas y ciudades necesitaban la adivinación, pues creía que llegar a ser carpintero, herrero, labrador, gobernante de hombres, experto en tales actividades, contable, administrador o comandante militar, todas son enseñanzas asequibles a la inteligencia humana. 



Pero lo más importante de estas actividades, decía, se lo han reservado los dioses para ellos y no dejan ver nada a los hombres. Porque ni el que hace una buena siembra sabe quién recogerá la cosecha, ni el que construye bien una casa sabe quién la habitará, ni para el general está claro si su mando es útil, ni sabe el político si conviene que esté al frente del Estado, ni el que se casa con una bella mujer para disfrutar de ella sabe si por su culpa se sentirá desgraciado, ni quien ha conseguido parientes influyentes en la ciudad sabe si por culpa de ellos no se verá privado de la ciudadanía. 



Pero quienes creían que ninguna de estas cuestiones compete a la divinidad, sino que son propias de la razón humana, decía que estaban locos, como por locos tenía también a quienes consultaban el oráculo sobre materias que los dioses concedieron a los hombres para que aprendieran a decidir (como, por ejemplo, si alguien preguntara si es mejor contratar como cochero a uno que sepa conducir o a uno que no sepa 5, o si es preferible contratar como piloto de una nave a un experto o a uno que no lo sea) o lo que se puede saber con la ayuda del cálculo, de la medida o del peso: consideraban como una impiedad consultar tales cosas a los dioses. Decía que se debe aprender lo que los dioses concedieron aprender a hacer, pero lo que está oculto a los mortales debemos intentar averiguarlo por medio de los dioses, pues los dioses dan señales a quienes les resultan propicios.


10                 

Por lo demás, Sócrates siempre estaba en público. Muy de mañana iba a los paseos y gimnasios, y cuando la plaza estaba llena 6, allí se le veía, y el resto del día siempre estaba donde pudiera encontrarse con más gente. Por lo general, hablaba, y los que querían podían escucharle.


11                 


Nadie vio nunca ni oyó a Sócrates hacer o decir nada impío o ilícito. Tampoco hablaba, como la mayoría de los demás oradores, sobre la naturaleza del universo , examinando en qué consiste lo que los sofistas llaman kósmos y por qué leyes necesarias se rige cada uno de los fenómenos celestes, sino que presentaba como necios a quienes se preocupan de tales cuestiones.


12                 


En primer lugar investigaba si tales individuos, por creer saber suficientemente las cosas humanas, se dedicaban a preocuparse de lo referente a aquellas otras, o si, dejando de lado los problemas humanos e investigando lo divino, creían hacer lo que es conveniente.

13                 Se sorprendía de que no vieran con claridad que los hombres no pueden solucionar tales enigmas, ya que incluso quienes más orgullosos están de su discurso sobre estos temas no tienen entre sí las mismas opiniones, sino que se comportan entre ellos como los locos.

14                 Entre los locos, en efecto, unos no temen ni siquiera lo temible, otros temen incluso lo no temible, unos creen que ni siquiera en público es vergonzoso decir o hacer cualquier cosa, otros creen que ni siquiera pueden aparecer entre la gente, unos no respetan santuario, ni altar, ni ninguna cosa divina, mientras que otros veneran piedras, el primer trozo de madera que encuentran y los animales. Y en cuanto a los que cavilan sobre la naturaleza del universo, unos creen que el ser es uno solo8 , otros que es infinito en número9 , unos piensan que todo se mueve 10, otros que nada se mueve nunca 11, unos que todo nace y perece 12, otros que nada nace ni va a perecer 13.


15                 


También examinaba sobre estos temas si, de la misma manera que los que han aprendido la naturaleza humana creen que podrán aplicar lo que han aprendido en beneficio de sí mismos o de cualquier otro que lo desee, así también los que investigan las cosas divinas esperan, una vez que sepan por qué leyes necesarias se produce cada cosa, poder aplicar, cuando lo deseen, vientos, aguas, estaciones y cualquier otra cosa de éstas que necesiten. O bien si no esperan nada de ello y les basta saber simplemente cómo se produce cada uno de estos fenómenos. 


16 


Esto es lo que decía de quienes se entrometen en tales cuestiones. En cambio, él siempre conversaba sobre temas humanos, examinando qué es piadoso, qué es impío, qué es bello, qué es justo, qué es injusto, qué es la sensatez, qué cosa es locura, qué es valor, qué cobardía, qué es ciudad, qué es hombre de Estado, qué es gobierno de hombres y qué un gobernante, y sobre cosas de este tipo, considerando hombres de bien a quienes las conocían, mientras que a los ignorantes creía que con razón se les debía llamar esclavos.


17 


No es sorprendente que los jueces se equivocaran en las cuestiones en las que no era público cómo pensaba, pero en lo que todo el mundo sabía ¿no es extraño que no se pararan a reflexionarlo? 


18 


En efecto, en una ocasión en que era consejero 14 y había prestado juramento como tal, para cumplir con su cargo de acuerdo con las leyes, le correspondió presidir la asamblea cuando el pueblo quiso condenar a muerte ilegalmente con una sola votación a los nueve generales, entre los que se encontraban Trasilo y Erasínides, y él se negó a proceder a la votación, a pesar de que la asamblea se irritó contra él y aunque muchas personas influyentes le amenazaban. Tuvo para él más valor mantener su juramento que congraciarse con el pueblo contra toda justicia y protegerse de las amenazas.


19                 


Y es que estaba convencido de que los dioses se preocupan de los seres humanos, pero no como la masa cree. Pues ésta piensa que los dioses saben unas cosas y otras no, mientras que Sócrates creía que los dioses lo saben todo, lo que se dice, lo que se hace y lo que se debate en secreto, que están presentes en todas partes y que dan señales a los hombres en todos los problemas de los hombres 15.

20                

 Por ello me sorprende que los atenienses se dejaran convencer de que Sócrates no tenía una opinión sensata sobre los dioses, a pesar de que nunca dijo o hizo nada impío, sino que más bien decía y hacía respecto a los dioses lo que diría y haría una persona que fuera considerada piadosísima.


1 El escrito de acusación contra Sócrates fue presentado al arconte rey por Meleto, apoyado por Licón y por Ánito, riquísimo curtidor y alma de la acusación, que pagó, según el escoliasta de Platón (Apol. 18a y 23e) una fuerte cantidad para que fuera el hombre de paja. Cf. también JEN., Ap. 29-31.
2 Según DIÓGENES LAERCIO (II 40), el sofista Favorino afirmaba haber visto todavía el texto en los archivos del templo de  ea en Atenas. La versión que da Diógenes coincide con ésta, precedida de un encabezamiento que presenta como acusador a
Meleto. Cf. también el texto de PLATÓN, Apol. 246.
3 Para expresar ese «algo divino», como lo llama Cicerón, Jenofonte emplea el neutro tŏ daimónion, menos comprometido que
el masculino ho daímón, como un ser divino personal. Era creencia común que un genio tutelar, bueno o malo, acompañaba a
cada hombre durante su vida (PLATÓN, Fedón 107d, 108b, 113d). El Sócrates platónico habla de un genio ti daimónion, que le
advierte para que no obre en un sentido determinado. En Jenofonte, este daimónion se convierte en una divinidad anunciadora
del futuro y también indicadora de lo que se debe hacer, ajustándolo a sus propias convicciones religiosas.
4 Estos encuentros (symboioi), como en Apología 13, corresponden a un procedimiento de adivinación por interpretación de
encuentros casuales en la calle o de voces oídas casualmente, muy usado en diversos tiempos y lugares.

5Ciropedia I 6, 6.
6 Es la hora de la máxima concurrencia en el mercado, de diez a doce de la mañana.
7 Ya en las Nubes aparece Sócrates como peligrosamente absorbido por las especulaciones físicas, y Jenofonte exagera aquí su
oposición a estas especulaciones. El término «sofistas», en el amplio sentido de personas que hacían profesión de sabios, no
adquirió sentido peyorativo hasta el siglo rv.
8 Escuela eleática.
9 Escuela atomística de Demócrito.
10 Heráclito, de la escuela jónica.
11 Zenón de Elea.
12 Leucipo.
13 Doctrina eleática.
14 Miembro de! Consejo de los Quinientos, dividido en grupos de 50 (10 tribus), que se alternaban cada 35 (o 36) días para llevar, en una especie de comisión permanente, los asuntos públicos. El presidente de la comisión se designaba por sorteo entre.
16 Las posesiones de Sócrates se evalúan en el Económico (II 3) en cinco minas, que Libanio hace subir a 80. Si cada mina tenía 100 dracmas, y a su vez ésta seis óbolos, se podría calcular el capitál de Sócrates en unos mil jornales (tres óbolos diarios) que cobraban los jueces.
17 Sócrates (Platón, Apología 33) afirmó no haber sido nunca maestro de nadie. Fiel a esta idea, Jenofonte alude a «sus
acompañantes», «los que estaban con él» o «los que pasaban el tiempo con él».
que provocó una buena parte de la literatura apologética del maestro, incluidos estos Recuerdos.
19 Una parte de los magistrados se elegía por el sistema del haba, consistente en poner dos urrnas, una con habas blancas y de
color y otra con los nombres de los candidatos. Se nombraba a los que sacaban haba blanca. Aristófanes llama kuamotróx
(tragahabas) al demo ateniense.
20 Para la vida de Alcibíades pueden verse Plutarco y Cornelio Nepote. Para la de Critias, Jenofonte, Helénicas II 3 y 4, y ates, no por temor a ser sancionados o
los 50, y presidía la Asamblea del pueblo. Sobre esta actuación de Sócrates cf. Helénicas I 7, 15, y PLATÓN, Apología 32b.15 Ciropedia I 6, 46. Que dios lo ve todo es una idea que ya está en Hesíodo.





PARTE 2

Defensa a Sócrates: era en primer lugar el más austero del mundo para los placeres del amor y de la comida, y en segundo lugar durísimo frente al frío y el calor y todas las fatigas; por último, estaba educado de tal manera para tener pocas necesidades que con una pequeñísima fortuna tenía suficiente para vivir con mucha comodidad ¿Cómo entonces una persona así habría podido hacer impíos a otros o delincuentes, glotones o lujuriosos, o blandos frente a las fatigas? Más bien apartó a muchos de estos vicios haciéndoles desear la virtud e infundiéndoles la esperanza de que cuidándose de sí mismos llegarían a ser hombres de bien.



También me parece sorprendente que algunos se dejaran convencer de que Sócrates corrompía a los jóvenes, un hombre que, además de lo que ya se ha dicho, era en primer lugar el más austero del mundo para los placeres del amor y de la comida, y en segundo lugar durísimo frente al frío y el calor y todas las fatigas; por último, estaba educado de tal manera para tener pocas necesidades que con una pequeñísima fortuna tenía suficiente para vivir con mucha comodidad 16.   



¿Cómo entonces una persona así habría podido hacer impíos a otros o delincuentes, glotones o lujuriosos, o blandos frente a las fatigas? Más bien apartó a muchos de estos vicios haciéndoles desear la virtud e infundiéndoles la esperanza de que cuidándose de sí mismos llegarían a ser hombres de bien.


3


Aun así, nunca se las dio de maestro en estas materias, pero poniendo en evidencia su manera de ser hizo nacer en sus discípulos 17 la esperanza de que imitándole llegarían a ser como él.



Por lo demás, nunca descuidó su cuerpo, y reprochaba su descuido a los que se abandonaban. Así, desaprobaba el comer en demasía para hacer un trabajo excesivo, pero aceptaba trabajar proporcionalmente a lo que el espíritu admite de buen grado, pues decía que este régimen es suficientemente sano y no estorba el cuidado del alma. 



Tampoco era afectado ni presumido en el vestir ni en el calzar, ni en su régimen de vida en general. Nunca fomentaba la codicia en sus discípulos, pues además de liberarles de otras apetencias no intentó cobrar dinero a los que deseaban su compañía. 



Rodeándose de esta abstención pensaba que aseguraba su libertad. En cambio, a los que aceptaban un salario por su conversación les acusaba de venderse como esclavos, porque se obligaban a conversar con aquellos de quienes recibían dinero. 



Se sorprendía de que hiciera dinero uno que predicaba la virtud, en vez de pensar que la mayor ganancia era adquirir un buen amigo, como si te­miera que el que llegó a convertirse en hombre de bien no fuera a sentir el mayor agradecimiento hacia quien le había hecho el mayor favor.



Sócrates nunca hizo tal ofrecimiento a nadie, pero tenía confianza en que los discípulos que aceptaban las recomendaciones que él les hacía serían para él y entre sí buenos amigos para toda la vida. ¿Cómo habría podido entonces un hombre así corromper a la juventud? A no ser que el cuidado de la virtud sea corrupción.



Pero, ¡por Zeus!, decía su acusador 18, Sócrates inducía a sus discípulos a despreciar las leyes establecidas, cuando afirmaba que era estúpido nombrar a los magistrados de la ciudad por el sistema del haba 19, siendo así que nadie querría emplear un piloto elegido por sorteo, ni un constructor, ni un flautista, ni a cualquier otro artesano, a pesar de que los errores cometidos por ellos hacen mucho menos daño que ios fallos en el gobierno de la ciudad. Tales argumentos, afirmaba el acusador, impulsan a los jóvenes a despreciar la constitución establecida y los hacen violentos. 


10 


Yo, en cambio, opino que los que practican la prudencia y se consideran capaces de dar enseñanzas útiles a los ciudadanos son los que resultan menos violentos, porque saben que las enemistades y los peligros son propios de la violencia, mientras que con la persuasión se consiguen las mismas cosas sin peligro y con amistad. Los violentados, en efecto, nos odian como si fuéramos ladrones, mientras que los persuadidos sienten estima como si se les hubiera hecho un favor. Por consiguiente, emplear la violencia no es propio de quienes practican la prudencia, sino de quienes poseen la fuerza sin la razón. 


11 


Además, el que se arriesga a la violencia necesita muchos valedores, mientras que quien puede persuadir no necesita ninguno, pues él solo cree que es capaz de convencer. En abso­luto se les ocurre a tales individuos el asesinato, porque ¿quién preferiría matar a alguien antes de tener vivo a un seguidor convencido?


12 

Pero, decía su acusador, al menos dos contertulios que tuvo Sócrates, Critias y Alcibíades 20, hicieron muchísimo daño a la ciudad. Pues Critias fue el más ladrón y violento de cuantos ocuparon el poder en la oligarquía, y Alcibíades, por su parte, fue el más disoluto e insolente de los personajes de la democracia. 

13 

Por mi parte, no voy a defenderles, si estos dos hicieron algún daño a la ciudad, pero explicaré su relación con Sócrates tal como ocurrió.

14 

Estos dos hombres fueron por naturaleza los más ambiciosos de todos los atenienses, querían que todo se hiciera por mediación de ellos y llegar a ser más famosos que nadie. Sabían que Sócrates con poquísimo dinero vivía en tal independencia, que era muy morigerado en todos los placeres y que a cuantos conversaban con él los manejaba con sus razonamientos como quería. 

15 

Al darse cuenta los dos de ello y siendo como hemos dicho antes, ¿podría decir alguien que aspiraban a la compañía de Sócrates deseando participar de la vida moderada que llevaba, o porque creían que si trataban con él llegarían a ser capacitadísimos en el arte de hablar y obrar? 

16 

Porque, por mi parte, creo que si un dios les hubiera propuesto vivir toda su vida como veían vivir a Sócrates o morir, ambos habrían preferido más bien morir. Con su conducta se pusieron en evidencia, pues tan pronto como se consideraron superiores a sus compañeros, se apartaron de Sócrates y se dedicaron a la política, que es la razón por la que le buscaron.

17 

Tal vez alguien podría objetar que Sócrates debió enseñar a sus discípulos la prudencia antes que la política. Contra ello yo no tengo nada que decir, pero veo que todos ios maestros muestran a sus discípulos de qué manera hacen lo que enseñan y los conducen por medio de la palabra. Sé que también Sócrates se mostraba a sus discípulos como un hombre de bien y como tal dialogaba bellisima mente sobre la virtud y las otras cualidades humanas. 

18 

También sé que ellos dos fueron prudentes mientras estuvieron con Sócrates, no por temor a ser sancionados o azotados, sino porque realmente creían entonces que lo mejor era obrar así.

19 


Tal vez muchos de los que se llaman filósofos podrían objetar que un hombre justo nunca puede volverse injusto ni el prudente hacerse insolente, ni en ninguna otra cosa objeto de aprendizaje puede nunca el que ha aprendido algo llegar a ser ignorante de ello. Yo en este punto no estoy de acuerdo 21, pues veo que de la misma manera que los que no han entrenado sus cuerpos son incapaces de hacer actividades corporales, así, tampoco las actividades del espíritu son posibles para quienes no han ejercitado su espíritu, pues no pueden hacer lo que deben hacer ni abstenerse de lo que deben evitar. 


20 


Por ello procuran los padres mantener a sus hijos, aunque sean prudentes, apartados de los hombres perversos, en la idea de que el trato con los buenos es un ejercicio de virtud y el trato con los malos es su ruina. Lo testimonia el poeta que dice:

De los buenos aprenderás cosas buenas, pero si te mezclas con los malos, perderás hasta el entendimiento que tengas22. Y el que afirma:

Un hombre bueno, unas veces es cobarde y otras valiente.

21              


 Yo mismo soy un testimonio para ellos, pues veo que lo mismo que los poemas en verso se olvidan si no se practican, así, también los discursos instructivos pasan al olvido si no se ejercitan. Cuando se olvidan discursos didácticos, pasa al olvido también la experiencia que siente el alma cuando desea la prudencia, y si se olvida aquélla, no es de extrañar que se olvide también la misma prudencia.


22                 


Veo también que los que se dan a la bebida o se revuelven en los placeres carnales tienen menos capacidad para ocuparse de lo necesario y para abstenerse de lo que no tienen que hacer. Pues muchos que podían ahorrar dinero antes de enamorarse, cuando se enamoran ya no pueden, y una vez que han derrochado el dinero dejan de renunciar a lucros que antes evitaban por considerarlos vergonzosos.


23 


Siendo así, ¿cómo no va a ser posible que uno que antes era moderado pierda la moderación, y que quien antes era capaz de obrar con justicia luego no sea capaz? Yo, por mi parte, pienso que todo lo honroso y bueno es susceptible de entrenamiento, especialmente la prudencia, pues implantados en el mismo cuerpo conjuntamente con el alma, los placeres tratan de convencerla para que abandone la prudencia y se apresure a darles gusto a ellos y al cuerpo.


24 


Efectivamente, mientras estuvieron con Sócrates, Critias y Alcibíades pudieron dominar sus malas pasiones utilizándole como aliado, pero una vez que se apartaron de él, Critias huyó a Tesalia y allí se reunió con hombres que anteponían la ilegalidad a la justicia, mientras que Alcibíades, acosado a causa de su belleza por una multitud de mujeres distinguidas, se vio corrompido por una gran cantidad de personajes poderosos debido a su influencia en la ciudad y entre los aliados. Honrado por el pueblo sin que le costara ningún esfuerzo destacar, lo mismo que los atletas que consiguen fácilmente ser los primeros en los certámenes gimnásticos y descuidan su entrenamiento, así, también él se descuidó de sí mismo. 


25 


Al juntarse en ellos dos estas circunstancias, hinchados de orgullo por su estirpe, ufanos de su riqueza, envanecidos por su influencia, enervados por las muchas adulaciones, corrompidos por todas estas circunstancias y largo tiempo separados de Sócrates, ¿qué tiene de extraño que se volvieran tan soberbios?


26 


Además, si cometieron algún delito, ¿ha de culpar de ello el acusador a Sócrates? ¿No le parece al acusador que es digno de elogio el hecho de que siendo jóvenes, cuando es lógico que fueran más insensatos e intemperantes, Sócrates los hiciera discretos? Sin embargo, no se juzga así en general.


27 


Porque ¿qué flautista, qué citarista, qué otro maestro será considerado culpable si, después de formar a sus discípulos, éstos se van con otros maestros y se adocenan? ¿Qué padre, si su hijo alterna con un amigo y se hace sensato, y luego con otro se hace malo, acusará al primero? ¿No elogia tanto más al primero cuanto peor se  haya vuelto con el segundo? Ni siquiera los propios padres que conviven con sus hijos, cuando éstos se descarrían, se consideran responsables, si ellos mismos siguen llevando una vida moderada. Así sería justo juzgar a Sócrates. 


28 


Si él mismo cometía alguna mala acción, podía lógicamente ser considerado perverso, pero si pasó su vida siendo prudente, ¿cómo podría en justicia ser responsable de una maldad que no tenía?


29 


Pero si, aun no haciendo nada perverso él mismo, aprobara las malas acciones que les viera cometer, con razón sería objeto de censura. Pues bien, al tratarse en cierta ocasión de que Critias estaba enamorado de Eutidemo 23 y trataba de aprovecharse de él como los que se aprovechan de los cuerpos para los placeres amorosos, intentaba apartarle diciendo que era indigno de un hombre libre e impropio de un hombre de bien requerir al enamorado, a cuyos ojos deseaba parecer muy digno, suplicando y pidiendo como los mendigos una limosna que encima no es buena. 


30 


Y como Critias no atendía tales sugerencias ni se dejaba convencer, se dice que Sócrates en presencia de otros muchos y del propio Eutidemo dijo que le parecía que a Critias le ocurría lo que a los cerdos, porque estaba deseando rascarse contra Eutidemo como los cerdos contra las piedras. 


31 


Desde entonces, Critias odiaba a Sócrates, hasta el punto que, cuando llegó a ser uno de ios Treinta y re­dactor de leyes 24 con Caricles, se acordó de él y entre las leyes dictó una prohibiendo enseñar el arte de la palabra, tratando así de insultar a Sócrates sin tener por donde cogerle, más que atribuyéndole lo que la mayoría echa en cara a los filósofos 25» y calumniarlo ante la multitud. Por­que ni yo mismo oí nunca tal cosa a Sócrates ni supe de ningún otro que lo dijera.


32 


Pero la verdad se puso en evidencia, porque, cuando los Treinta condenaron a muerte a un gran número de ciudadanos de los más respetables e impulsaban a muchos al delito, Sócrates dijo que le parecería sorprendente que un pastor de vacas 26 que hiciera menguar y empeorar su ganado no reconociera que era un mal vaquero, pero más sorprendente todavía que un político que hiciera menguar y empeorar a los ciudadanos no se avergonzara ni reconociera que era un mal gobernante.


33 


Cuando les llegó esta observación, Critias y Caricles mandaron llamar a Sócrates, le mostraron la ley y le prohibieron dirigirse a los jóvenes. Entonces preguntó Sócrates si podía pedir una aclaración en el caso de no haber entendido algún punto de las normas. 


34 


Ellos respondieron que sí. «Pues bien», dijo Sócrates, «estoy dispuesto a obedecer las leyes, pero para no infringirlas por ignorancia, sin darme cuenta, quiero saber con claridad una cosa de vosotros, si creéis que el arte de la palabra del que me mandáis abstenerme es el del razonamiento correcto o el del razonamiento incorrecto. Porque si se trata del razonamiento correcto, es evidente que habría que abstenerse de hablar correctamente, y si es del incorrecto, está claro que hay que intentar hablar correctamente».


35 

Entonces, Caricles, irritándose, le dijo:

       Puesto que eres un ignorante, Sócrates, te hacemos una prohibición que es más fácil de entender: te prohibimos terminantemente hablar con los jóvenes.

Y Sócrates:

       Entonces, para que no haya ninguna duda de que no hago nada fuera de lo prohibido, precisadme hasta cuántos años hay que considerar jóvenes a los hombres.

Caricles dijo:

       En tanto no pueden pertenecer al Consejo por no ser todavía juiciosos. No hables con personas más jóvenes de treinta años.


       36 


Y en el caso de que quiera comprar algo, si el vendedor no tiene aún treinta años, ¿puedo preguntarle cuánto pide?

       Eso sí, dijo Caricles. Es que tú, Sócrates, tienes la costumbre de preguntar cosas que en su mayoría ya sabes cómo son. Esto es lo que no debes preguntar.

      En ese caso, dijo, ¿no debo responder si algún joven me pregunta algo que yo sé, por ejemplo dónde vive Caricles o dónde está Critias?

      Eso al menos sí, dijo Caricles.

37                 Y Critias dijo:

      En cambio tendrás que abstenerte de los zapateros, carpinteros y herreros 27, pues creo que ya los tienes desgastados y ensordecidos.

      Entonces, dijo Sócrates, ¿pasa lo mismo también con lo que les atañe, lo justo, lo piadoso y otras cosas por el estilo?

      Sí, por Zeus, exclamó Caricles, y también con los vaqueros, pues de lo contrario procura no menguar tú también las vacas.

38                 Asi quedaba en evidencia que les habían contado el cuento de las vacas y estaban indignados con Sócrates.

Queda dicho con ello cuál era la amistad entre Critias y Sócrates y cuáles sus mutuas relaciones.

39                 Yo añadiría que no hay educación posible recibida de un maestro que no agrada. Ahora bien, todo el tiempo que alternaron con él, Critias y Alcibíades no tuvieron relaciones con Sócrates porque Sócrates les agradara, sino que desde el mismo principio toda su ambición iba dirigida al gobierno de la ciudad, y mientras estaban con él, sólo intentaban conversar con los más destacados políticos.


40 


Así se cuenta que Alcibíades, cuando aún no tenía veinte años, mantuvo con Pericles, que era su tutor y estaba al frente de la ciudad, la siguiente conversación sobre las leyes:



      41 Dime, Pericles, ¿podrías explicarme qué es una ley?

      Sin duda, respondió Pericles.

      ¡Enséñamelo, por los dioses!, dijo Alcibíades. Pues cuando yo oigo que se alaba a algunas personas que respetan las leyes, pienso que no debería recibir en justicia este elogio uno que no sabe qué es una ley.


 42 

No deseas nada difícil, Alcibíades, dijo Pericles, cuando quieres saber qué es una ley. Porque son leyes todo lo que el pueblo reunido en asamblea y mediante acuerdo ha decretado, diciendo lo que se debe hacer y lo que no.

 

 

       ¿En el sentido de que se debe hacer lo bueno o lo malo?

       Lo bueno, por Zeus, muchacho, no lo malo.

       43 Y si no es el pueblo, sino que, como ocurre en la oligarquía, unos pocos reunidos decretan lo que hay que hacer, ¿qué es esto?

       Todo cuanto el poder deliberante de la ciudad decide que hay que hacer se llama ley.

       Pero si un tirano que domina la ciudad decreta lo que deben hacer los ciudadanos, ¿también eso es ley?

       También lo que el tirano en el ejercicio del gobierno decreta, también eso se llama ley.

       44 ¿Qué es entonces la violencia y la ilegalidad, Pericles? ¿No es cuando el más fuerte obliga al más débil, sin persuadirle, a hacer lo que a él le parece?

       Al menos es lo que yo creo, dijo Pericles.

       Entonces, cuantas acciones obliga a hacer un tirano, sin persuadir a los ciudadanos, ¿es ilegalidad?

       Yo creo que sí, dijo Pericles, y en ese caso retiro lo de que es ley cuanto ordena un tirano prescindiendo de la persuasión.


       45 Y lo que unos pocos decretan sin convencer a la mayoría, sino porque tienen la fuerza, ¿diremos qye es violencia o lo negaremos?

       Yo creo que todo lo que uno obliga a hacer a alguien sin convencerle, tanto si lo decreta como si no, es violencia más que ley, dijo Pericles.

       Entonces, lo que la multitud en pleno, ejerciendo su poder sobre los que tienen dinero, decreta sin utilizar la persuasión, sería más violencia que ley.


—46 Verdaderamente, Alcibíades, dijo Pericles, también nosotros cuando teníamos tu edad éramos muy agudos en estas cuestiones, pues nos ejercitábamos haciendo sofismas como los que me parece que tú ahora estás practicando.

Dicen que Alcibíades respondió a esto:

       ¡Ojalá me hubiera relacionado contigo, Pericles, cuando estabas en la cumbre de tu agudeza!

47 Pues bien, tan pronto como creyeron ser superiores a los políticos dirigentes de la ciudad, ya no se acercaron más a Sócrates, porque, aparte de que no le tenían simpatía, cada vez que se acercaban a él les molestaba que les examinara de los errores que cometían. Se dedicaron a la política, que era la razón por la que habían acudido a Sócrates.

48 En cambio, Critón era un compañero de Sócrates, como Querefonte, Querécrates, Hermógenes, Simias, Cebes, Fedondas28 y otros que se reunían con él, no para convertirse en oradores de la asamblea o judiciales, sino para llegar a ser hombres de bien y poder tener una buena relación con su familia, con el servicio, sus parientes y amigos con la ciudad y sus conciudadanos. Y ninguno de ellos, ni de joven ni de mayor, hizo mal alguno ni incurrió en ninguna acusación.

49                 Pero Sócrates, decía el acusador, enseñaba a ultrajar a los padres29, persuadiendo a sus amigos de que los hacía más sabios que sus padres, afirmando que, según la ley, podían incluso atar a su padre convicto de locura, empleando como argumento que era lícito que el más sabio enca­denara al más ignorante.


50                 En realidad, Sócrates creía que quien encadenaba a otro por ignorancia, él mismo debería en justicia ser encadenado por los que saben lo que él mismo no sabe. Por este motivo, con frecuencia examinaba en qué se diferencia la ignorancia de la locura y consideraba el que los locos fueran atados como algo conveniente para ellos mismos y para sus amigos, y que los que ignoraban las cosas necesarias era justo que las aprendieran de quienes las sabían.


51                 Pero Sócrates, decía el acusador, hacía que no sólo los padres sino también los otros allegados fueran despreciados por los que trataban con él afirmando que ni a los enfermos ni a los encausados les sirven de ayuda sus parientes, sino los médicos a los primeros y a los otros los que saben defender en un juicio.

 52                 Decía también de los amigos que su benevolencia no sirve de nada, a no ser que puedan ser útiles. Únicamente merecen consi­deración, decía, los que saben lo necesario y son capaces de explicarlo. Y así, como trataba de convencer a los jóvenes de que él era el más sabio y también el más capaz de hacer sabios a los otros, disponía de tal manera a sus adeptos que entre ellos los demás no eran nada en comparación con él.

53                 Ahora bien, yo sé que empleaba este lenguaje refiriéndose a los padres, a los demás parientes y amigos. Y a esto añadía que cuando ha salido el alma, única sede de la inteligencia, sacan cuanto antes el cuerpo, aunque sea el más querido, y lo hacen desaparecer.

54                 Decía que todo hombre, mientras vive, aparta personalmente de su propio cuerpo, que estima sobre todas las cosas, y se lo da a otro, lo que considera innecesario e inúltil. Se deshacen de sus propias uñas, sus cabellos, los callos, se dejan sajar y quemar por los médicos entre sufrimientos y dolores y creen que, en agradecimiento, incluso deben pagar honorarios. Escupen la saliva de la boca lo más lejos que pueden, porque dentro no les sirve de nada, sino que más bien les perjudica.

55                 Ahora bien, cuando decía esto no estaba dando lecciones para enterrar al padre vivo o auto mutilarse, sino tratando de explicar que lo absurdo es indigno de estima, y exhortaba a preocuparse para ser lo más razonable y útil posible, con el fin de que, si alguien quiere tener la consideración de su padre o de otro cualquiera, no debe descuidarse confiando en el parentesco, sino que debe intentar ser útil a aquellos cuya estima desea.

                 

56                      También decía el acusador que Sócrates había seleccionado los pasajes más perversos de los poetas más ilustres, y, empleándolos como testimonio, enseñaba a sus discípulos a ser malvados y despóticos. De Hesíodo* citaba lo de que

  

El trabajo no es ninguna vergüenza, la ociosidad es vergüenza 330.

El acusador pretendía que Sócrates citaba este verso haciendo ver que el poeta exhorta a no abstenerse de ningún trabajo, ni injusto ni vergonzoso, sino a hacer también éstos con vistas a la ganancia. 


57 

Pero aunque Sócrates había reconocido que el ser trabajador es útil y bueno para el hombre y ser vago es perjudicial y malo, o sea, que el trabajo es una bendición y la ociosidad una desgracia, también decía que trabajan los que hacen algo bueno y son buenos trabajadores, mientras que a los que juegan a los dados o realizan alguna otra ocupación mala o sancionable los llamaba vagos. En este sentido podría ser correcto el verso de que

El trabajo no es ninguna vergüenza, la ociosidad es vergüenza.

De Homero afirmaba el acusador que Sócrates citaba con frecuencia aquel pasaje en el que muestra cómo Ulises 31


  • Cada vez que encontraba a un rey y a un hombre distin­guido,  
  • colocado ante él lo detenía con palabras suaves: 
  • Ilustre, no está bien que sientas miedo como un cobarde, 
  • Antes bien, siéntate y haz que los pueblos se sienten.
  • Pero cuando veía a un hombre del pueblo y lo encontraba [gritando,
  • golpeábale con el cetro y le increpaba con palabras: 
  • ¡Desdichado!, siéntate en silencio y escucha las palabras [de otros
  • que son más poderosos que tú. Tú eres pacífico y débil, 
  • no cuentas en la guerra ni en el consejo.

Decía que explicaba este pasaje dando a entender que el poeta elogiaba el que se golpeara a los hombres pobres del pueblo. 


59 


Pero Sócrates no quería decir tal cosa, porque en otro caso habría pensado que él mismo debía ser golpeado. Decía más bien que las personas que no son útiles ni de palabra ni de obra, incapaces de ayudar al ejército, a la ciudad y al propio pueblo en caso necesario, sobre todo si encima son atrevidos, deben ser

castigados por todos los medios, por muy ricos que sean.32 

60 

Sócrates, por el contrario, era evidentemente un hombre popular y amigable, pues a pesar de tener numerosos discípulos, extranjeros y ciudadanos, nunca sacó dinero de este trato, sino que a todos Ies hacía partícipes de sus bienes con prodigalidad. Algunos de ellos, después de recibir de él gratis algunas cosas insignificantes, las vendieron a buen precio a otros y no se mostraron como él amigos del pueblo, sino que se negaban a tratar con quienes no tenían dinero. 

61 

De modo que Sócrates ante los ojos de todo el mundo fue orgullo de la ciudad, mucho más que Licas lo fue para Esparta, y se hizo famoso por ello. Porque Licas recibía en su mesa a los extranjeros que acudían a Esparta en las Gimnopedias 33, y Sócrates, en cambio, a lo largo de toda su vida fue generoso con su hacienda y prestó los mayores servicios a todos los que lo deseaban, pues despedía perfeccionados a los que acudían a él.

62 En mi opinión, Sócrates con su manera de ser era más digno del respeto de la ciudad que de muerte. A esta conclusión llegaría quien lo examinara desde el punto de vista legal. Según las leyes, si alguien es convicto de ladrón, roba vestidos, cortabolsas, rompeparedes, traficante de esclavos o saqueador de templos, su castigo es la pena de muerte. Pero nadie más alejado de estos crímenes que Sócrates. 


63 

Nunca fue culpable ante la ciudad ni de una guerra desastrosa, ni de una revuelta o una traición ni ningún otro daño. Tampoco en privado sustrajo bienes a nadie, ni le complicó en algún mal ni fue nunca acusado de alguno de los crímenes citados. 


64 


En ese caso, ¿cómo se le podría implicar en la acusación? Un hombre que en vez de no creer en los dioses, como estaba escrito en la acusación, era evidente que rendía culto a los dioses más que nadie, y que en vez de corromper a la juventud, como le echaba en cara el acusador, era indudable que reprimía las malas pasiones de sus discípulos y los inclinaba a desear la más bella y más magnífica de las virtudes, por la que se gobiernan a la perfección ciudades y casas. Y si hacía tales cosas, ¿cómo podría no ser digno del mayor honor ante los ojos de la ciudad?




21 Ciropedia VII 5, 75. Alude a Antístenes.

22 Teognis, 35-36. Jenofonte lo pone en boca de Sócrates en Simposio II 4 y Platón, en Menón 95d. El hexámetro siguiente es

de autor desconocido.

23 Este hermoso Eutidemo (cf. IV 4) no debe confundirse con Eutidemo de Quíos, el sofista.

24 El «nomoteta» era un miembro de la comisión en la que se discutían los proyectos de ley nueva o reforma y supresión de las

existentes.

25 Es decir, hacer bueno el discurso malo. En Platón, Apología 19b, Sócrates alude a Aristófanes (Nubes) como autor de este

cargo contra él. Aristóteles, Retórica B 24, 11, relaciona esta práctica con el nombre de Protágoras.

 26 Ciropedia VIII 2, 14.

27 Ciropedia VII 2, 57.

28 Los hermanos Querofonte y Querécrates aparecen también en II 3, III 3 y 47, y Querefonte en la Apología 14. Hermógenes

aparece también en Apología y Banquete. Todos ellos, menos Querefonte, muerto con anterioridad, son conocidos por su lealtad

a Sócrates en los días de su muerte.

29 Esta acusación aparece ya en Nubes 1321 y sigs., donde Fidípides apalea a su padre después de haber asistido a la escuela

socrática y refleja un conflicto entre autoridad y conciencia, más bien expuesto confusamente aquí por Jenofonte.

* En la traducción de Gredos aparece, por errata, Heródoto.

30 Trabajos y días 311. Hay una ambigüedad gramatical, pues puede leerse que «el trabajo no es ninguna afrenta» o que «ningún trabajo es afrenta». Los acusadores de Sócrates lo interpretan como «ninguna obra es vergonzosa, ni las malas acciones, con tal de hacer algo».

31 Ilíada II 188-191 y 198-202.


PARTE 3

 


Y ahora, como Sócrates me parecía que ayudaba a sus discípulos, unas veces mediante acciones que mostraban su manera de ser y otras dialogando con ellos, voy a presentar por escrito todos los ejemplos que recuerdo de ello. En lo que se refiere a los dioses, hablaba y actuaba evidentemente de acuerdo con las respuestas de la Pitia a los que preguntaban cómo se debe proceder en materia de sacrificios, el culto a los antepasados o sobre alguna otra cosa de este tipo. La respuesta de la Pitia, en efecto, es que se obra piadosamente si se actúa de acuerdo con las leyes de la ciudad. 


Sócrates procedía de esta manera y lo recomendaba a los otros, pero consideraba indiscretos y necios a los que obraban de otra manera. 



Pedía simplemente a los dioses que le concedieran bienes, en la idea de que los dioses saben perfectamente cuáles son tales bienes: creía que quienes piden oro, plata, poder absoluto, o alguna otra cosa parecida, no piden nada distinto de una jugada de dados, una batalla o cualquier otra cosa cuyo resultado sea evidentemente incierto.34 


Y cuando   ofrecía sacrificios modestos, según sus modestas posibilidades, no creía quedar por debajo de quienes con grandes fortunas ofrecen numerosos y magníficos sacrificios. Porque ni estaría bien que los dioses se mostraran más complacidos con grandes sacrificios que con sacrificios pequeños (pues a menudo les resultarían más gratas las ofrendas de los malvados que la de los buenos), ni para los hombres valdría la pena vivir si las ofrendas de los malvados fueran más gratas a los dioses que las de los buenos. Por el contrario, Sócrates creía que los dioses se complacían más con los homenajes de las personas más piadosas, y elogiaba la siguiente sentencia:

  • En la medida de tus fuerzas, haz sacrificios a los dioses inmortales 35

 Decía que «en la medida de tus fuerzas» era una hermosa recomendación tanto con los amigos como con los enemigos y en las circunstancias de la vida en general. 



Si le parecía que le venía alguna señal de los dioses, se habría dejado convencer para obrar contra sus indicaciones menos que si alguien hubiera tratado de convencerle de que contratara para un viaje a un guía ciego o que no conociera el camino, en vez de uno que viera y lo supiera. Acusaba de locura a cuantos hacen algo contra las señales de los dioses tratando de protegerse de la impopularidad huma­na. Él, en cambio» despreciaba todas las opiniones humanas comparadas con el consejo de la divinidad.



En cuanto al régimen de vida, había educado su espíritu y su cuerpo de tal manera que podía vivir con confianza y seguridad, si no ocurría nada extraordinario, sin carecer de recursos para tan pocos gastos. Era, en efecto, tan frugal que no sé si alguien habría podido trabajar tan poco como para cobrar lo que le bastaba a Sócrates. Sólo comía lo necesario para comer a gusto y se dirigía a las comidas dispuesto de tal modo que el apetito le servía de golosina. En cuanto a la bebida, toda le resultaba agradable, porque no bebía si no tenía sed. 



Y si alguna vez le invitaban y se mostraba dispuesto a acudir a una cena, lo que para la mayoría es más difícil, es decir, evitar llenarse hasta la saciedad, él lo resistía con la mayor facilidad. Y a los que no podían seguir esta conducta les aconsejaba evitar los aperitivos que empujan a comer sin tener hambre y a beber sin tener sed, porque aseguraba que alteran el estómago, la cabeza y el alma. 



Y añadía en broma que él creía que Circe convertía a la gente en cerdos 36 invitándola con estos manjares en abundancia, y que Ulises, gracias a las advertencias de Hermes, con su autocontrol, y absteniéndose de probar tales manjares hasta la saciedad, no se había convertido en cerdo. 



Así bromeaba sobre este tema, al tiempo que lo razonaba seriamente.

 En cuanto a los placeres sexuales, aconsejaba abstenerse resueltamente de las personas bellas, ya que no era fácil disfrutarlas y conservar la sensatez. Un día que se enteró de que Critobulo, hijo de Critón 37, había besado al hijo de Alcibíades, que era un hermoso muchacho, preguntó a Jenofonte en presencia de Critobulo:


9                   — Dime, Jenofonte, ¿no creías tú que Critobuio era un hombre sensato más que atrevido y más prudente que insensato y temerario?

     Desde luego, dijo Jenofonte.

     Entonces, a partir de ahora considéralo el hombre más fogoso y atolondrado, que sería capaz de dar volteretas sobre cuchillos de punta y de saltar en el fuego.

10                — ¿Y qué le has visto hacer para que le condenes de esa manera?, dijo Jenofonte.

     ¿Pues no se atrevió a darle un beso al hijo de Alcibíades, que es guapísimo y muy atractivo?

     Entonces, dijo Jenofonte, si tal es su hazaña temeraria, creo que yo también correría ese peligro.


11     — ¡Desgraciado!, dijo Sócrates, ¿y qué crees que te pasaría después de darle un beso a una belleza? ¿No serías al punto esclavo en vez de libre, derrocharías mucho dinero en placeres funestos, no te quedaría tiempo para pensar en nada noble y hermoso, y en su lugar te verías obligado a tomar en serio cosas por la que ni un loco lo haría?


12     ¡Por Hércules!, dijo Jenofonte, ¡qué alarmante poder concedes a un beso!

     ¿Y ello te sorprende?, dijo Sócrates. ¿No sabes que las tarántulas38, que no tienen el tamaño de medio óbolo, sólo con tocar con la boca hacen polvo con sus dolores a las personas y les quitan el sentido?

     Sí, por Zeus, dijo Jenofonte, porque la tarántula inocula algo con el mordisco.

     ¿Y tú crees, so necio, que los muchachos bellos no inoculan nada cuando besan, aunque tú no lo veas? 


13 

¿No sabes que esa fierecilla que llaman hermosa y atractiva es tanto más terrible que las tarántulas, porque éstas contactan, mientras que el otro sin ni siquiera tocar, si alguien lo mira aunque sea de lejos, inocula algo que hace enloquecer? (Tal vez por eso se da el nombre de arqueros a los amores, porque los muchachos hermosos hieren incluso de lejos.) Por ello te aconsejo, Jenofonte, que cada vez que veas a un muchacho bello huyas precipitadamente.

Y a ti, Critobulo, te aconsejo que te vayas al extranjero por un año, porque tal vez a duras penas durante ese tiempo puedas curarte del mordisco...

14       Así pues, en lo referente a los placeres carnales pensaba que quienes no se sienten seguros frente a ellos debían entregarse en circunstancias en que, sin necesitarlo en absoluto el cuerpo, el alma no los aceptaría, o, necesitándolo el cuerpo, no le plantearían problemas. En cuanto a él, estaba evidentemente tan bien preparado que se abstenía con más facilidad de los jóvenes más bellos y atractivos que los demás de los más feos y desgraciados.


15       Tal era su disposición respecto a la comida, la bebida y los placeres del amor, y creía que disfrutaba de manera no menos suficiente que quienes se toman muchos trabajos por ello, y que él iba a tener menos preocupaciones.




PARTE CUARTA

Y si algunos piensan de Sócrates 39, de acuerdo con una 4 opinión que se ha expuesto por escrito acerca de él, basándose en conjeturas, que fue el mejor para exhortar a los hombres a la virtud, pero que, en cambio, no fue capaz de llevarlos hasta ella, que consideren no sólo las preguntas que a modo de castigo hacía para refutar a los que creen saberlo todo, sino también las conversaciones que tenía en su trato diario con sus acompañantes, para examinar si era capaz de hacer mejores a los que le seguían.

En primer lugar, contaré la conversación que le oí mantener un día acerca de la divinidad con Aristodemo 40, al que apodaban el enano. Al enterarse de que éste no hacía sacrificios a los dioses ni consultaba la adivinación, sino que incluso se burlaba de quienes lo hacían, le dijo:

—Dime, Aristodemo, ¿hay personas a las que tú admires por su sabiduría?

       Desde luego.

       Desde luego.

3      — Dinos sus nombres.

       En la poesía épica admiro sobre todo a Homero, en el ditirambo a Melanípides 41, en la tragedia a Sófocles, en la escultura a Policleto y en la pintura a Zeuxis.

4           — ¿Y quiénes te parecen más dignos de admiración, los que crean imágenes irracionales y sin movimiento, o los que hacen seres inteligentes y activos?

       ¡Por Zeus! Con mucho prefiero a los que crean seres vivos, a no ser que se produzcan por azar y no en virtud de un proyecto inteligente.

       Y entre las cosas que es imposible conjeturar con qué fin están hechas y las que evidentemente tienen una utilidad, cuáles crees que son obra del azar y cuáles de la inteligencia?

       Parece lógico que las que tienen una utilidad son obra de una inteligencia.

5           — ¿Y no te parece entonces que quien desde el principio ha creado hombres les añadió con fines utilitarios órganos con los que experimentaran sensaciones, ojos para que pudieran ver lo visible, oídos para oír lo audible? Y en cuanto a los olores, ¿qué utilidad habrían tenido para nosotros si no hubiéramos sido provistos además de nariz? ¿Qué sensación habríamos tenido de lo dulce, de lo picante y de todos los placeres del gusto si no se hubiera creado la lengua para discernirlos? 



Además de eso, ¿no te parece obra de providencia que siendo la vista algo delicado se la haya cerrado con párpados, que se abren cuando hay que utilizarla, mientras que están cerrados durante el sueño y que, para que los vientos tampoco la dañen, se hayan implantado como una criba las pestañas y que se haya rebordeado con cejas la parte superior de los ojos, para que ni siquiera el sudor de la frente los perjudique? ¿Y que el oído reciba todos los sonidos, pero nunca se llene de ellos? ¿Y que los dientes de delante en todos los animales tengan capacidad de cortar y los molares en cambio sean adecuados para machacar lo que reciben de aquéllos? ¿Y que la boca, por la que los animales mandan dentro cuanto apetecen, esté colocada cerca de los ojos y de la nariz, y en cambio, como las deyecciones nos repugnan, hayan desviado sus conductos y los hayan llevado lo más lejos posible de los sentidos? Estas cosas, tan providencialmente preparadas, ¿todavía dudas sin son obra del azar o de la inteligencia?

7         —¡No, por Zeus! dijo Aristodemo. Más bien, examinado de esa manera, parece totalmente obra de un artesano entendido y amigo de los seres vivos.

¿Y el haber infundido el deseo de tener hijos y en las madres el deseo de criarlos y en las crías un amor grandísimo a la vida y un tremendo temor a la muerte?

Indudablemente, todo eso tiene aspecto de ser cosa de alguien que ha decidido que haya seres vivos.

8           ¿Tú mismo crees que hay algo racional en ti?

—Pregunta y te responderé.

—Y fuera de ti ¿no crees que haya nada racional? Y aun sabiendo que tienes en tu cuerpo una pequeña parte de la tierra, que es mucha, y de la humedad, que es tan grande, sólo tienes una pequeña porción, y sin duda de cada uno de los otros elementos, que, siendo grandes, sólo has asumido una pequeña parte para ensamblar tu cuerpo. Aun así, ¿crees haber acaparado, por una especie de buena suerte, la inteligencia, que es lo único que no está en ninguna parte, y estos elementos infinitos en número y grandeza te imaginas que se mantienen en orden sin una inteli­gencia?

9           ¡Por Zeus!, es que no veo a los responsables como veo a los artífices de lo que aquí se produce.

—Tampoco ves tu propia alma42, que es responsable del cuerpo; según eso, también puedes decir que no haces nada con inteligencia, sino todo al azar.

10        Y Aristodemo dijo:

—No, Sócrates, yo no desprecio la divinidad, pero sí creo que es demasiado elevada como para necesitar de mi culto.

—Precisamente, dijo Sócrates, cuando más elevada te parezca para ser digna de tus servicios, tanto más debes honrarla.

11           Puedes estar convencido de que si yo creyera que los dioses se preocupan algo de los hombres, no me desentendería de ellos.

— Entonces ¿no crees que se preocupan? Ellos que, lo primero, entre todos los seres vivos sólo al hombre ío pusieron erguido, y esa postura erecta permite que pueda ver más lejos, mirar mejor las cosas que están por encima de él y estar menos expuestos a sufrir daños en la vista, el oído y la boca; además, si a los otros animales terrestres les dieron pies que sólo les permiten andar, al hombre le añadieron manos, gracias a las cuales lleva a cabo acciones con las que es más feliz que aquéllos. 

12 

Y teniendo todos los seres vivos una boca, sólo la de los seres humanos la hicieron tal que tocando uno u otro lado de la boca pueden articular sonidos y dar a entender todo lo que quieren comunicarse unos a otros. Y en cuanto a los placeres del amor, a los otros animales se los circunscribieron a una época del año, mientras que a nosotros nos los ofrecieron sin solución de continuidad hasta la vejez. 

13

Pues bien, no le bastó a la divinidad preocuparse del cuerpo, sino, lo que es más importante, infundió en el hombre un alma perfectísima. En efecto, ¿qué alma de otro ser vivo es en primer lugar capaz de reconocer la existencia de los dioses que ordenaron las más grandes y más bellas creaciones? ¿Qué otro animal que no sea el hombre rinde culto a los dioses? ¿Qué alma es más capaz que la humana de precaverse del hambre, de la sed, del frío o del calor, o de poner remedio a las enfermedades, de ejercitar su fuerza, esforzarse por aprender, o más capaz de recordar cuanto ha aprendido o visto? 

14 ¿

No es algo totalmente evidente que al lado de los otros seres vivos ios hombres viven como dioses, destacando sobre todos por su naturaleza, su cuer­po y su espíritu? Porque ni aunque tuviera el cuerpo de un buey y el juicio de un hombre podría hacer lo que quisiera, ni un animal provisto de manos pero sin inteligencia tiene más valor. Tú, en cambio, que participas de estas dos grandísimas ventajas, ¿crees que los dioses no se preocupan de ti? ¿Qué tendrían que hacer entonces para que creyeras que se ocupan?

15 Cuando me envíen, como tú dices que envían, consejos de lo que hay que hacer y lo que no hay que hacer. Y cuando comunican algo a los atenienses que les consultan por medio de la adivinación, ¿no crees que también te lo comunican a ti, ni cuando envían portentos a los griegos para darles indicaciones, ni cuando lo hacen a todos los hombres, sino que únicamente a ti te escogen para dejarte en olvido? 

16 

¿Crees tú que los dioses habrían infundido en los hombres la creencia de que son capaces de hacer el bien y el mal si no tuvieran poder para hacerlo, y que los hombres se habrían dejado engañar todo el tiempo sin darse cuenta? ¿No ves que las cosas humanas más duraderas y más sabias, las ciudades y las naciones, son las que más respetan a la divinidad, y que las edades más sensatas son las que más se preocupan de los dioses? 

17 

Mi buen amigo, aprende de una vez que la inteligencia que hay en ti maneja tu cuerpo como quiere. Hay que pensar por ello que también la inteligencia que hay en el todo lo dispone todo como ella le place, y no pienses que tu ojo puede alcanzar muchos estadios y que el ojo de la divinidad sea incapaz de verlo todo al mismo tiempo, o que tu alma pueda ocu­parse de las cosas de aquí y de las de Egipto y Sicilia, y que la inteligencia de dios no sea capaz de pensar en todo al mismo tiempo. 

18 

Si de la misma manera que tú sirviendo a la gente conoces a los que están dispuestos a servirte a ti, y haciendo favores descubres a los que están dispuestos a devolvértelos, y dando consejos encuentras a los sensatos, así también rindiendo culto a los dioses los pones a prueba de si te querrían aconsejar sobre lo que para los hombres es incierto y conocerás que la divinidad es de tal grandeza y tal categoría que puede verlo todo al mismo tiempo 43, oírlo todo, estar presente en todas partes y preocuparse de todo al mismo tiempo.


19 


Pues bien, yo creo que hablando así no sólo enseñaba a sus discípulos a apartarse de acciones impías, injustas y vergonzosas cuando estaban a la vista del público, sino también cuando estaban solos, porque estaban efectivamente convencidos de que nada de cuanto hicieran pasaría desapercibido a los dioses.

PARTE 5


 1 Si, efectivamente, la continencia es una posesión bella y útil para un hombre, consideremos si en algo les hacía progresar hacia ella diciéndoles cosas como las siguientes:

— Señores, si por habérsenos presentado una guerra quisiéramos elegir a un hombre bajo cuya guía pudiéramos ante todo salvarnos y someter al enemigo, ¿acaso escogeríamos a uno del que nos constara que era esclavo del estómago y del vino y de los placeres del sexo, de la fatiga o del sueño? ¿Cómo podríamos esperar que un individuo así nos salvara o sometiera a nuestros enemigos? 



Y si al llegar al final de nuestra vida quisiéramos confiar a alguien la educación de nuestros hijos o salvaguardar la vigilancia de nuestras hijas o conservar nuestra fortuna, ¿acaso consideraríamos más digno de confianza para esta misión al incapaz de controlarse a sí mismo? ¿Encargaríamos a un esclavo intemperante nuestros rebaños o almacenes o la inspección de las obras? ¿Estaríamos dispuestos a aceptar incluso gratis un servidor o proveedor de tales características? Y si no aceptamos a un incontinente ni como esclavo, ¿cómo no iba a merecer la pena evitar convertirnos en una persona así?



Porque a diferencia de los avaros, que cuando quitan sus bienes a los demás creen enriquecerse, no puede decirse que el incontinente sea perjudicial para los otros pero beneficioso para sí mismo, sino que, además de hacer daño a los demás, se hace mucho más daño a sí mismo, ya que la cosa más dañina es arruinar no sólo la propia casa, sino además el cuerpo y el alma. Y en el trato cotidiano, ¿a quién le agradaría un individuo que se sabe que disfruta más de la comida y del vino que de los amigos, y que le gustan más las fulanas que los compañeros?

 



Porque, de hecho, ¿no debe todo individuo que considere que la templanza es el fundamento de la virtud disponerla lo primero en su alma? 



Porque sin ella ¿quién podría aprender algo bueno o practicarlo de manera digna de mención? ¿O qué individuo esclavo de sus pasiones no degradaría vergonzosamente su cuerpo y su alma? Yo creo, ¡por Hera! 44, que cualquier hombre libre tiene que desear que no le toque un esclavo así, pero un hombre esclavo de sus pasiones tiene que pedirles a los dioses encontrar buenos amos, pues únicamente así podría salvarse.



Esto es lo que decía, y con sus actos todavía se mostraba más dueño de sí mismo que con sus palabras, pues no sólo dominaba los placeres del cuerpo, sino también los que se consiguen con dinero, porque creía que aceptar dinero del primero que llega es ponerlo de dueño de uno mismo, y no hay nada más vergonzoso que someterse a una esclavitud.



PARTE 6


 1 También merece la pena no dejar pasar por alto sus conversaciones con el sofista Antifonte45. El caso es que, un día, queriendo Antifonte quitarle sus discípulos, se acercó a Sócrates y en presencia de aquéllos le dijo:


2 —Sócrates, yo creía que los que se dedican a la filosofía llegan a ser más felices, pero lo que me parece es que tú has conseguido de la filosofía el fruto contrario. Al menos estás viviendo de una manera que ni un esclavo le aguantaría a su amo un régimen como ése: comes los manjares y bebes las bebidas más pobres, y la ropa que llevas no sólo es miserable sino que te sirve lo mismo para invierno que para el verano, no llevas calzado ni usas túnica.



Encima, no aceptas dinero, que da alegría al recibirlo y cuya posesión permite vivir con más libertad y más agradablemente, Pues bien, si, de la misma manera que los maestros en otras actividades enseñan a sus discípulos a imitarles, tú también instruyes a tus alumnos en ese sentido, considérate un profesor de miseria. 


Sócrates respondió a ello:



— Me da la impresión, Antifonte, de que te has hecho una idea tan triste de mi manera de vivir, que estoy convencido de que preferirías morir a tener una vida como la mía. 



Observemos, pues, qué es lo que de difícil aprecias tú en mi vida. ¿Será acaso porque los que cobran dinero están obligados a realizar la tarea por la que cobran, mientras que yo, como no cobro, no tengo necesidad de conversar con quien no quiera? ¿O menosprecias mi régimen de vida haciendo ver que como manjares menos sanos que tú y que proporcionan menos energía? ¿O que mis medios de subsistencia son más escasos y por ello más caros que los tuyos? ¿O que son más agradables para ti los manjares que tú te preparas que para mí los míos? ¿No sabes que el que come más a gusto es el que menos condimento necesita, y que quien bebe más a gusto menos necesita la bebida que no tiene a mano?


6


Y en cuanto a la ropa ¿sabes que los que cambian de ropa lo hacen por el frío y el calor y llevan calzado para no verse impedidos de andar por donde se pueden hacer daño en los pies? Pues bien, ¿notaste tú alguna vez que yo me quedara en casa a causa del frío más que otra persona, o que a causa del calor me peleara con alguien por una sombra, o que por dolerme los pies no pudiera ir donde quisiera? 



¿No sabes que los que por naturaleza son más débiles físicamente, a fuerza de ejercicio se hacen más fuertes y aguantan mejor en aquello a que se dedican que los que, siendo más fuertes, no se entrenan? ¿Y no crees que yo, entrenando continuamente mi cuerpo para soportar las contingencias, puedo soportarlo todo con más facilidad que tú, que no te entrenas? 



Y para no ser esclavo del estómago, ni del sueño, ni de la lascivia, ¿crees que hay alguna razón más poderosa que la de tener otras actividades más agradables que ésas, las cuales no sólo me complacen mientras las disfruto, sino que me proporcionan la esperanza de que siempre me serán de provecho? Lo que sí sabes, sin duda, es que los que no esperan que vayan a irles bien las cosas no disfrutan, mientras que quienes creen que una labranza o una travesía en barco o cualquier  otra cosa que estén haciendo les saldrá bien, disfrutan con su prosperidad. 


9 ¿No crees entonces que de todo ello surge un placer tan grande como el de creer que uno mismo llegará a ser mejor y tendrá mejores amigos? Yo, al menos, me paso la vida con esa creencia. Y, por otra parte, en el caso de que hubiera que ayudar a los amigos o a la ciudad, ¿quién tendrá más tiempo para ocuparse de ello, el que viva como yo o el que tú consideras feliz? ¿Y quién de los dos podría salir con mayor rapidez a luchar, el que no puede vivir sin un régimen dispendioso o el que se conforma con lo que tiene a mano? ¿Y quién se rendiría antes en un asedio, el que necesita disponer de las cosas más difíciles o el que se basta con lo más fácil de encontrar? 


10 Me parece, Antifonte, que opinas que la felicidad es molicie y derroche46. En cambio, yo creo que no necesitar nada es algo divino, y necesitar lo menos posible es estar cerquísima de la divinidad; como la divinidad es la perfección, lo que está más cerca de la divinidad está también más cerca de la perfección.

11 Otro día que Antifonte estaba conversando con Sócrates, le dijo:

— Sócrates, yo te considero una persona justa, pero de ninguna manera sabia, y creo que tú mismo así lo reconoces, pues no sacas ningún dinero por tu compañía, a pesar de que no darías gratis, ni siquiera por menos de lo que valen, ni tu manto, ni tu casa, ni ninguno de los bienes que posees si creyeras que valen algún dinero. Por ello, es evidente que si creyeras que tu compañía vale algo, no cobrarías por ella menos dinero del que vale. 12 Por ello, es posible que seas justo, ya que no engañas a nadie por codicia, pero no puedes ser sabio, pues no sabes nada que valga algo.


13


Sócrates respondió a esto:

—Antifonte, entre nosotros se considera que tanto la belleza como la sabiduría se pueden tratar de manera elogiosa o vil. Si uno vende su belleza por dinero a quien la desee, eso se llama prostitución, pero si alguien conoce a un enamorado que es un hombre de bien y se hace su amigo, entonces le consideramos juicioso y moderado. Con la sabiduría ocurre lo mismo: los que la venden por dinero a quien la desea se llaman sofistas 47 (como si dijéramos bardajes); en cambio, si alguien reconoce que una persona es de buen natural, le enseña todo lo bueno que sabe y le convierte en un buen amigo, entonces decimos que hace lo que corresponde a un hombre de bien.

14                 Yo mismo, Antifonte, lo mismo que a otros Ies gusta un buen caballo, un perro o un pájaro, a mí me gustan más los buenos amigos y, si sé algo bueno, se lo enseño y los pongo en relación con otros que pienso que podrán serles provechosos para su virtud. Los tesoros que los antiguos sabios dejaron escritos en libros yo los desenrollo y los recorro en compañía de mis amigos y, si encontramos algo bueno, lo seleccionamos 48. Consideramos un gran beneficio hacernos amigos unos de otros.

Yo, al oír estas palabras, pensé que el propio Sócrates era feliz y conducía a sus oyentes a la hombría de bien.

15                 En otra ocasión, al preguntarle Antifonte cómo pensaba en hacer políticos a los demás, mientras que él no se dedicaba a la política, si es que sabía algo de ella, respondió: «¿Cómo podría dedicarme más a la política, interviniendo yo solo en ella o preocupándome de que haya la mayor cantidad posible de personas capaces para ello?».

PARTE 


1 Examinemos si, apartando también de la impostura a sus seguidores, los orientaba a la práctica de la virtud 49. Les decía, efectivamente, que no había camino más hermoso para la buena fama que el de llegar a ser tan bueno como uno quería realmente parecerlo. Y que con ello decía verdad lo explicaba de la siguiente manera:

2 Reflexionemos, decía: si un hombre quisiera parecer un buen flautista sin serlo, ¿qué tendría que hacer? ¿No tendrá que imitar a los buenos flautistas en lo que es exterior al arte? En primer lugar, como tienen un hermoso equipo de vestuario y arrastran numerosos seguidores, tam­bién él tendrá que hacerlo. En segundo lugar, como tienen muchos que les aplauden 50, también éste tendrá que procurarse una clac abundante. En cambio, nunca tendrá que ponerse en acción, o en seguida quedará en ridículo y en evidencia no sólo como mal flautista sino también como un charlatán. Y en estas condiciones, teniendo muchos gastos y sin sacar ningún provecho, consiguiendo encima mala fama, ¿cómo no va ser su vida muy penosa, sin provecho y ridicula? 3 Y, de la misma manera, si alguien quiere aparentar ser un buen general sin serlo, o un buen piloto, imaginémonos qué podría pasarle. ¿No sería doloroso que en su deseo de parecer capaz de esta técnica no pudiera convencer a nadie, o, lo que todavía es más penoso, que pudiera convencerles? Porque es evidente que puesto a pilotar sin saber, o a dirigir una campaña, destruiría a quienes menos deseaba hacerlo, y él mismo saldría del trance avergonzado y perjudicado.

4 Sócrates demostraba de la misma manera que era perjudicial pretender aparentar ser rico, valiente y fuerte sin serlo, porque decía que entonces se les impondrían tareas superiores a sus fuerzas y, al no poder realizarlas aunque aparentaban ser capaces, no tendrían perdón. Se llamaba estafador, y no pequeño, a quien recibiendo dinero o bienes gracias a la confianza luego se quedaba con ellos, el mayor estafador de todos es el que sin valer nada ha engañado a la gente haciéndola creer que es capaz de dirigir el Estado.


Yo creo que Sócrates apartaba a sus seguidores de la impostura con tales conversaciones.

 





 LIBRO II

PARTE 1 

1 A mí me parecía que con tales conversaciones impulsaba a sus seguidores a ejercitar el autocontrol sobre el deseo de comida y bebida, sobre la lujuria y el sueño, el frío, el calor y la fatiga. Así, al enterarse de que uno de sus acompañantes se comportaba de manera muy incontrolada en tales aspectos, le dijo:

       Escúchame, Aristipo51, si tuviéramos que encargarte de educar a dos jóvenes, uno para ser capaz de gobernar y el otro para no intentarlo siquiera, ¿cómo educarías a uno y otro?; ¿quieres que empecemos el examen por la alimentación, o sea, por los primeros elementos como quien dice?

Aristipo respondió:

       Efectivamente, a mí la alimentación me parece que es un principio, ya que nadie podría vivir si no se alimentara.

2           ¿Es lógico entonces, que a uno y otro, cuando llegue el momento, les entre el deseo de tomar alimento?

       Es lógico.

       ¿Ya cuál de los dos acostumbraríamos a subordinar la satisfacción del estómago a la gestión de un asunto urgente?

       ¡Por Zeus!, al que está siendo educado para gobernar, a fin de que los asuntos de Estado no queden sin despachar durante su gobierno.

       Y cuando quieran beber, ¿no impondremos al mismo la capacidad de aguantar la sed?

       Sin la menor duda.

3           — Y dominar el sueño, para que sea capaz de acostarse tarde, levantarse temprano y estar en vela si es preciso, ¿a quién se lo impondríamos?

       Al mismo también.

       ¿Y controlar los placeres del amor, para no verse impedido de actuar, si es necesario?

       También esto al mismo.

       ¿Y no rehuir nunca las fatigas, sino someterse voluntariamente a ellas, ¿a quién de los dos se lo impondríamos?

       También al que se está educando para gobernar.

       Bien, y el aprender una ciencia adecuada, si es que la hay, para triunfar sobre los adversarios, ¿a quién convendría más que se la impusiéramos?

       ¡Por Zeus!, con mucho mayor motivo al educado para gobernar, porque sin una ciencia de este tipo ninguna de las otras le serviría para nada.

       4 Y el hombre educado de esta manera ¿no te parece que está menos expuesto a ser sorprendido por sus rivales que el resto de los animales? Porque una parte de ellos son atrapados por el cebo de la gula; otros, a pesar de su mucha timidez, arrastrados a la carnaza por el ansia de comer o también por la bebida, se ven igualmente apresados.

       Así es, sin duda, dijo.

       ¿Y no ocurre también con otros animales, como los machos de las codornices y las perdices, que, arrastrados por la lascivia hacia el reclamo de la hembra, por el deseo y la esperanza de los placeres del amor, perdida la facultad de reconocer los peligros, se ven llevados a caer en las trampas de los cazadores?

5           También Aristipo convino en este aspecto.

       ¿Y no te parece una vergüenza que un ser humano ceda ante las mismas pasiones que los animales más irracionales? Es como, por ejemplo, cuando los adúlteros se introducen en las alcobas sabiendo que al cometer adulterio corren el peligro de sufrir el castigo de la ley, el de ser espiados y sometidos a humillaciones si les atrapan. Cuando amenazan al adúltero tan graves daños y ultrajes, habiendo tantos medios para liberarse de los deseos sexuales sin daño ni perjuicio, ¿no es una grandísima insensatez dejarse arrastrar a pesar de todo a peligros tan grandes?

       A mí así me lo parece, dijo.

6           Y siendo así que la mayor parte de las ocupaciones humanas se realizan al aire libre, como, por ejemplo, la de la guerra, la de la agricultura, y muchísimas otras, ¿no te parece que es mucho descuido que la mayoría no se hayan entrenado para el frío y el calor?


También estuvo de acuerdo en este punto.

       ¿No crees entonces que quien ha de gobernar debe ejercitarse para soportar con facilidad estas molestias?

       Desde luego, dijo.

7 — Entonces, si ponemos entre los hombres de gobierno a los capaces de controlarse en estas materias, ¿pondremos a los incapaces de hacerlo entre los que ni siquiera aspirarán a gobernar?

       Totalmente de acuerdo, dijo.

       En ese caso, puesto que sabes el lugar que ocupa cada una de estas especies, ¿reflexionaste ya en cuál de esos dos puestos te pondrías tú mismo en justicia?

8 — Desde luego, en lo que a mí se refiere, dijo Aristipo, de ninguna manera me voy a poner en el puesto de los que están deseando gobernar, pues creo que es la mayor insensatez, cuando tanto trabajo cuesta procurarse lo necesario, que encima no sea ello suficiente sino que se añade el proporcionar a los demás ciudadanos lo que ellos necesitan. Renunciar a las muchas cosas que uno desea para sí mismo, por estar al frente de la ciudad, y tener que rendir cuentas en el caso de que no se satisfagan todos los deseos de la ciudad, ¿no es la mayor de las locuras? 9 Porque en realidad las ciudades pretenden utilizar a sus gobernantes como yo utilizo a mis esclavos. Yo pretendo que mis cria­dos me preparen en abundancia lo que necesito, pero que ellos no toquen nada. Las ciudades, por su parte, pretenden servirse de los gobernantes para que les proporcionen la mayor cantidad posible de bienes, pero que ellos se abstengan de todo. Por ello, a los que están deseando tener muchos problemas y procurárselos a los demás, yo los edu­caría de la forma ya dicha y los colocaría entre los hombres de gobierno, pero, en cuanto a mí, me pongo entre los que quieren vivir de la manera más fácil y cómoda.

10 Sócrates dijo entonces:

       En ese caso, ¿quieres que examinemos también ese punto de vista, si viven mejor los gobernantes o los gobernados?

       Veámoslo.

       En primer lugar, de los pueblos que conocemos en Asia, los persas gobiernan52, mientras son gobernados los sirios, los frigios y los lidios. En Europa gobiernan los escitas, pero son gobernados los meocios. En Libia (África) gobiernan ios cartagineses y son gobernados los libios. Pues bien, de todos estos pueblos, ¿cuáles crees tú que viven más a gusto? O entre los griegos, de los que tú mismo formas parte, ¿quiénes te parece que llevan una vida más agradable, los que mandan o los que están dominados?

11— Es que yo, dijo Aristipo, no me clasifico tampoco en la esclavitud, sino que creo que hay un camino intermedio, que intento seguir, no a través del mando ni de la servidumbre, sino a través de la libertad, que conduce precisamente a la felicidad.

12 —Es que si ese camino, dijo Sócrates, lo mismo que no pasa por el mando ni por la servidumbre, tampoco pasara a través de los hombres, podrías tener alguna razón, pero si viviendo entre hombres pretendes no gobernar ni ser gobernado, ni complacer de buen grado a los que mandan, creo que tienes que darte cuenta de que los más fuertes saben utilizar a los más débiles como esclavos, haciéndoles sufrir tanto en las relaciones públicas como en su trato individual. 13 ¿O es que no te has dado cuenta de cómo recogen el trigo que otros sembraron, cortan los árboles que otros plantaron y asedian por todos los medios a los más débiles que se niegan a rendirles vasallaje, hasta que los convencen de preferir la esclavitud a una guerra contra los más poderosos? Y en su vida privada, a su vez, ¿no sabes que los valientes y poderosos esclavizan a los cobardes y desvalidos y se aprovechan de ellos?

—Precisamente por eso, yo, dijo Aristipo, para que no me ocurran esas cosas, no me encierro en ninguna ciudadanía, sino que vivo en todas partes como extranjero.

14 Entonces dijo Sócrates:

— ¡Terrible truco me estás contando! Porque desde que murieron Sinis, Escirón y Procrusto 53, nadie hace daño ya a los extranjeros. En cambio, ahora los que dirigen la política en sus ciudades no sólo promulgan leyes para evitar injusticias, sino que, además de los llamados allegados, se procuran otros amigos valedores, rodean las ciudades con recintos fortificados, se procuran armas para defenderse de las agresiones y además gestionan otros aliados de fuera. Pues a pesar de tomar estas medidas no se libran de ser agredidos. 15 Y tú, que no tienes ninguno de esos medios, que te pasas tanto tiempo en los caminos, donde son agredidos la mayoría, tú que estás en condición inferior a to­dos los ciudadanos en cualquier ciudad a la que llegues, en la situación más vulnerable como víctima de los que quieren hacer daño, ¿crees, sin embargo, que por ser extranjero no podrías ser atacado? ¿O es que confías en la seguridad que proclaman las ciudades para quien entra y sale? ¿O es porque crees que una persona como tú no le serviría para nada de esclavo a ningún amo? Pues ¿qué persona querría tener en su casa a un individuo que no está dispuesto a trabajar y al que sólo le gusta disfrutar de una vida lujosísima? 16 Examinemos también cómo tratan los amos a tales esclavos. ¿No atemperan su lujuria a fuerza de hambre? ¿No les impiden robar cerrándoles el sitio de donde puedan coger algo? ¿No les impiden escapar cargándoles de grilletes? ¿No corrigen a la fuerza su pereza con el látigo? Y si no, ¿cómo haces tú cuando te das cuenta de que tienes un esclavo así?

17       — Le aplico toda clase de castigos, hasta que le obligo 17 a portarse como esclavo, Pero bueno, Sócrates, entonces los que se educan para el arte de la realeza, que en mi opinión tú consideras felicidad, ¿en qué se diferencian de ios que sufren por necesidad, si es que efectivamente de modo voluntario pasan hambre, sed, frío, vigilias y toda clase de fatigas? Porque yo no veo la diferencia entre que la misma piel sea azotada voluntaria o involuntariamente o, en una palabra, que el propio cuerpo sea sometido de modo voluntario o involuntario a tales sufrimientos, salvo que se atribuya insensatez al que se somete voluntariamente a los sufrimientos.

18       ¿Cómo, Aristipo? dijo Sócrates. ¿No te das cuenta de is la diferencia que hay entre los sufrimientos voluntarios y los involuntarios, ya que quien voluntariamente pasa hambre puede comer cuando quiera, el que sufre sed puede beber, y así sucesivamente, mientras que quien sufre estos males por necesidad no puede ponerles fin cuando lo desee? Por otra parte, el que sufre voluntariamente, en medio de sus penalidades disfruta con una buena esperanza, como los cazadores se fatigan reconfortados con la esperanza de coger las presas. 19 Y aun así, estas recompensas a las fatigas valen poca cosa, pero los que se esfuerzan por adquirir buenos amigos o por vencer a sus enemigos o llegar a ser fuertes de cuerpo y alma para gobernar bien sus casas, ser útiles a sus amigos y servir a la patria, ¿cómo no se va a pensar que tales individuos se esfuerzan a gusto en tales actividades, viven disfrutando, están satisfechos de sí mismos y son objeto de alabanza y envidia de los otros? 


20 


Más aún, la vida de molicie y los placeres momentáneos no son capaces de producir bienestar al cuerpo, como dicen los maestros de gimnasia, ni de infundir en el alma un conocimiento digno de este nombre, mientras que los ejercicios practicados con firmeza llevan a alcanzar bellas y gloriosas acciones, como aseguran los grandes hombres. En algún sitio, por ejemplo, dice Hesíodo 54:

  • El mal en abundancia es fácil tenerlo,
  • Llano es el camino y vive muy cerca.
  • Pero, ante la virtud, sudor colocaron los dioses no perecederos, 
  • Largo 
  • y empinado es hasta ella el sendero, áspero al principio, 
  • pero cuando a la cumbre se llega, luego se hace fácil, por duro que fuere.

Lo mismo testimonia Epicarmo en el siguiente pasaje 55:

  • Por fatigas nos venden los dioses todo bien.

Y en otro lugar dice:

 

 

  •  Desgraciado, no busques lo blando, no sea que consigaslo duro.

21                 Y el sabio Pródico56 en su escrito sobre Hércules, del que hizo muchas lecturas públicas, se expresa de la misma manera acerca de la virtud, diciendo más o menos, según recuerdo: «Cuando Heracles estaba pasando de la niñez a la adolescencia, momento en el que los jóvenes al hacerse independientes revelan si se orientarán en la vida por el camino de la virtud o por el del vicio, cuentan que salió a un lugar tranquilo y se sentó sin saber por cuál de los dos caminos se dirigiría.

22                 Y que se le aparecieron dos mujeres altas que se acercaban a él, una de ellas de hermoso aspecto y naturaleza noble, engalanado de pureza su cuerpo, la mirada púdica, su figura sobria, vestida de blanco. La otra estaba bien nutrida, metida en carnes y blanda, embellecida de color, de modo que parecía más blanca y roja de lo que era y su figura con apariencia de más esbelta de lo que en realidad era, tenía los ojos abiertos de par en par y llevaba un vestido que dejaba entrever sus encantos juveniles. Se contemplaba sin parar, mirando si algún otro la observaba, y a cada momento incluso se volvía a mirar su propia sombra.

23 Cuando estuvieron más cerca de Heracles, mientras la descrita en primer lugar seguía andando al mismo paso, la segunda se adelantó ansiosa de acercarse a Heracles y le dijo: “Te veo indeciso, Heracles, sobre el camino de la vida que has de tomar. Por ello, si me tomas por amiga, yo te llevaré por el camino más dulce y más fácil, no te quedarás sin probar ninguno de los placeres y vivirás sin conocer las dificultades.

24 En primer lugar, no tendrás que preocuparte de guerras ni trabajos, sino que te pasarás la vida pensando qué comida o bebida agradable podrías encontrar, qué podrías ver u oír para deleitarte, qué te gustaría oler o tocar, con qué jovencitos te gustaría más estar acompañado, cómo dormirías más blando, y cómo conseguirías todo ello con el menor trabajo.


25 

Y si alguna vez te entra el recelo de los gastos para conseguir eso, no temas que yo te lleve a esforzarte y atormentar tu cuerpo y tu espíritu para procurártelo, sino que tú aprovecharás el trabajo de los otros, sin privarte de nada de lo que se pueda sacar algún provecho, porque a los que me siguen yo les doy la facultad de sacar ventajas por todas partes”.

26                 Dijo Heracles al oír estas palabras: “Mujer, ¿cuál es tu nombre?” Y ella respondió: “Mis amigos me llama Felicidad, pero los que me odian, para denigrarme, me llaman Maldad”.

27                 En esto se acercó la otra mujer y dijo: “Yo he venido también a ti, Heracles, porque sé quiénes son tus padres y me he dado cuenta de tu carácter durante tu educación. Por ello tengo la esperanza de que, si orientas tu camino hacia mí, seguro que podrás llegar a ser un buen ejecutor de nobles y hermosas hazañas y que yo misma seré mucho más estimada e ilustre por los bienes que otorgo. No te voy a engañar con preludios de placer, sino que te explicaré cómo son las cosas en realidad, tal como los dioses las establecieron. 


28 Porque de cuantas cosas buenas y nobles existen, los dioses no conceden nada a los hombres sin esfuerzo ni solicitud, sino que, si quieres que los dioses te sean propicios, tienes que honrarles, si quieres que tus amigos te estimen, tienes que hacerles favores, y si quieres que alguna ciudad te honre, tienes que servir a la ciudad; si pretendes que toda Grecia te admire por tu valor, has de intentar hacerle a Grecia algún bien; si quieres que la tierra te dé frutos abundantes, tienes que cuidarla; si crees que debes enriquecerte con el ganado, debes preocuparte del ganado, si aspiras a prosperar con la guerra y quieres ser capaz de ayudar a tus amigos y someter a tus enemigos, debes aprender las artes marciales de quienes las conocen y ejercitarte en la manera de utilizarlas. Si quieres adquirir fuerza física, tendrás que acostumbrar a tu cuerpo a someterse a la inteligencia y entrenarlo a fuerza de trabajos y sudores”.

29 La Maldad, según cuenta Pródico, interrumpiendo, dijo: “¿Te das cuenta, Heracles, del camino tan largo y difícil que esta mujer te traza hacia la dicha? Yo te llevaré hacia la felicidad por un camino fácil y corto”. Entonces dijo la Virtud: “¡Miserable!, ¿qué bien posees tú? 30 ¿O qué sabes tú de placer si no estás dispuesta a hacer nada para alcanzarlo? Tú que ni siquiera esperas el deseo de placer, sino que antes de desearlo te sacias de todo, comiendo antes de tener hambre, bebiendo antes de tener sed, contratando cocineros para comer a gusto, buscando vinos carísimos para beber con agrado, corriendo por todas partes para buscar nieve en verano. Para dormir a gusto, no te conformas con ropas de cama mullidas 57, sino que además te procuras armaduras para las camas. Porque deseas el sueño no por lo que trabajas, sino por no tener nada que hacer. Y en cuanto a los placeres amorosos, los fuerzas antes de necesitarlos, recurriendo a toda clase de artificios y utilizando a los hombres como mujeres. Así es como educas a tus propios amigos, vejándolos por la noche y haciéndolos acostarse las mejores horas del día.

31 A pesar de ser inmortal, has sido rechazada por los dioses, y los hombres de bien te desprecian. Tú no oyes nunca el más agradable de los sonidos, el de la alabanza de una misma, ni contemplas nunca el más hermoso espectáculo, porque nunca has con­templado una buena acción hecha por ti. ¿Quién  podría creerte cuando hablas?, ¿quién te socorrería en la necesidad?, ¿quién que fuera sensato se atrevería a ser de tu cofradía 58? Ésta es la de personas que, mientras son jóvenes, son físicamente débiles y, de viejos, se hacen torpes de espíritu, mantenidos durante su juventud relucientes y sin esfuerzo, pero que atraviesan la vejez marchitos y fatigosos, avergonzados de sus acciones pasadas y agobiados por las presentes, después de pasar a la carrera durante su juventud los placeres, reservando para la vejez las lacras.

32                 Yo, en cambio, estoy entre los dioses y con los hombres de bien, y no hay acción hermosa divina ni humana que se haga sin mí. Recibo más honores que nadie, tanto entre los dioses como de los hombres que me son afines. Soy una colaboradora estimada para los artesanos, guardiana leal de la casa para los señores, asistente benévola para los criados, buena auxiliar para los trabajos de la paz, aliada segura de los esfuerzos de la guerra, la mejor intermediaria en la amistad.

33                 Mis amigos disfrutan sin problemas de la comida y la bebida, porque se abstiene de ellas mientras no sienten deseo. Su sueño es más agradable que el de los vagos, y si se sienten molestos cuando lo dejan ni a causa de él dejan de llevar a cabo sus obligaciones. Los jóvenes son felices con ios elogios de los mayores, y los más viejos se complacen con los honores de los jóvenes. Disfrutan recordando acciones de antaño y gozan llevando bien a cabo las presentes. Gracias a mí son amigos de los dioses, estimados de sus amigos y honrados por su patria. Y cuando les llega el final marcado por el destino, no yacen sin gloria en el olvido, sino que florecen por siempre en el recuerdo, celebrados con himnos.

 34 Así es, Heracles, hijo de padres ilustres, como podrás, a través del esfuerzo continuado, conseguir la felicidad más perfecta”». Así fue más o menos como contó Pródico la educación de Heracles por la Virtud, si bien embelleció sus conceptos con expresiones magníficas en mayor grado que las que yo he usado ahora.


PARTE 2

1 Al darse cuenta en cierta ocasión de que su hijo mayor Lamprocles59 estaba irritado contra su madre, le preguntó:

                 Dime, hijo mío, ¿sabes que se llama desagradecidos a algunos hombres?

                 Sí, respondió el joven.

                 ¿Y te has dado cuenta de lo que hacen quienes reciben este nombre?

                 Desde luego, dijo. Se llama desagradecidos a quienes, habiendo recibido buen trato, no devuelven el favor pudiendo hacerlo.

                 ¿No te parece entonces que los desagradecidos se cuentan entre los injustos?

                 A mí sí me lo parece.

2                     — ¿Consideraste alguna vez si, de la misma manera que parece injusto someter a esclavitud a los amigos, mientras que es justo esclavizar a los enemigos, así también es injusto ser ingrato con los amigos, pero, en cambio, es justo serlo con los enemigos?

                 En efecto, dijo. Y me parece que el individuo que habiendo recibido favores de alguien, sea amigo o enemigo, no intenta devolverlos, es injusto.

3                     — Entonces si las cosas son así, ¿no sería la ingratitud 3 una injusticia evidente?

Estuvo de acuerdo.

                 ¿No sería, por tanto, un hombre tanto más injusto cuando habiendo recibido mayores favores no los devolviera?

También convino en ello.

Según eso, ¿podríamos encontrar a alguien que ha­ya recibido mayores beneficios que los hijos de los padres? A quienes los padres cuando no existían les dieron el ser, el poder ver tantas bellezas y participar de tantos bienes como los dioses procuran a los hombres, bienes que nos parecen tan valiosos que nos resistimos a abandonarlos más que ninguna otra cosa; y las ciudades han establecido la pena de muerte para los crímenes más graves en la idea de que no hay miedo a un mal mayor para reprimir el delito. 4 Desde luego, no te imagines que los seres humanos engendran hijos por el placer sexual, porque si de eso se tratara, las calles están llenas de medios para satisfacerlos, como también están llenas las casas. Más bien es evidente que tomamos en consideración de qué mujeres podríamos tener los mejores hijos, y es con ellas con las que nos unimos para procrearlos. 5 El hombre, por su parte, sustenta a la que está dispuesta a colaborar con él en la procreación y prepara para los hijos que van a nacer todo cuanto piensa que les va a ser útil durante la vida, y ello con la mayor abundancia que puede. La mujer, en cambio, tras haber concebido acepta la carga, aguantando molestias y poniendo en peligro su vida, comparte el mismo alimento con el que ella se sostiene, y, después de llevar el embarazo hasta su término con grandes trabajos, a continuación del parto lo mantiene y lo cría, sin haber recibido previamente ningún beneficio de él y sin que el retoño sepa de quién recibe buen trato ni pueda dar a entender qué le falta, sino que ella misma, conjeturando lo que le conviene y lo que le puede gustar, intenta satisfacerle y lo va criando durante mucho tiempo de día y de noche a costa de fatigas, sin saber qué agradecimiento recibirá por ello. 6 Y no basta con criarlo únicamente, sino que además, cuando parece que los niños son ya capaces de aprender algo, los padres les enseñan lo que ellos mismos saben de bueno para la vida, o bien, si consideran que otro es más capaz de enseñarles, se los envían pagando los gastos, procurando por todos los medios que los hijos sean lo mejor posible.

A esto respondió el muchacho:

7 — Sí, pero lo cierto es que aunque haya hecho todo eso y muchas cosas más, nadie podría soportar su mal carácter.

Entonces dijo Sócrates:

 

                  ¿Tú qué crees que es más difícil de aguantar, la acritud de una fiera o la de una madre?

                 Yo creo que la de una madre, al menos la de una como ésta.

                 ¿Es que te hizo daño alguna vez, con un mordisco o una coz, como les pasó a muchos con animales?

8                    —¡Por Zeus!, es que dice unas cosas que a uno no le gustaría oír en toda la vida.

                 Y tú, dijo Sócrates, ¿cuántas veces crees que le ocasionaste noche y día molestias inaguantables de palabra y de obra siendo niño, y cuántas penas cuando estabas enfermo?

                 Pero jamás le dije ni le hice nada de lo que pudiera avergonzarse.

9                    —¿Cómo? ¿Acaso crees que es para ti más difícil oír lo que ella dice que para los actores cuando se dicen entre ellos en las tragedias las peores barbaridades?

—Pero es que, en mi opinión, como ellos no piensan mientras hablan que quien acusa esté acusando para castigar, ni que el que amenaza esté amenazando para hacer algún daño, lo soportan más fácilmente.

—¿Y tú, sabiendo perfectamente que lo que dice tu madre no sólo lo dice sin mala intención sino incluso porque quiere que seas más feliz que nadie, encima te irritas? ¿O crees realmente que tu madre tiene malas intenciones hacia ti?

—No, por cierto, eso desde luego no lo creo.

10                 Entonces dijo Sócrates:

—Y tú de esa mujer que es buena contigo, que se preocupa todo lo que puede para que te pongas bien cuando estás enfermo y para que no te falte nada de lo que necesitas, que además suplica con insistencia a los dioses por tu bien y cumple las promesas que les hace por ti, ¿dices que tiene mal genio? Más bien creo que, si no puedes soportar a una madre así, es que no puedes soportar nada bueno. 11 Dime, ¿crees que debes honrar a alguna otra perso­na, o estás dispuesto a no complacer ni obedecer a nadie, ni a un general ni a un magistrado?

—¡Por Zeus! Por supuesto que no.

11                — Entonces, dijo Sócrates, ¿estás dispuesto a complacer también a tu vecino, para que te deje encender el fuego cuando lo necesites, para que participe contigo en las buenas situaciones y, en caso de accidente, te preste ayuda de cerca con buena voluntad?

—Yo sí, desde luego.

—Y si te encuentras con un compañero de viaje o de navegación, ¿te resultaría indiferente que fuera amigo o enemigo, o crees que deberías preocuparte de la buena voluntad de ambos?

—Desde luego.

13 —¿Estás dispuesto entonces a preocuparte de ellos, y no crees, en cambio, que debes honrar a tu madre, que te quiere más que nadie? ¿No sabes que la ciudad no se preocupa ni castiga ningún otro desagradecimiento, sino que hace la vista gorda a los que no agradecen el buen trato recibido, pero si alguien no respeta a los padres le inflige un castigo, lo inhabilita y lo excluye de los cargos60, convencida de que ni los sacrificios religiosos en favor de la ciudad serían piadosos si los ofreciera un hombre así, ni ninguna otra acción sería justa y bella realizada por él? Y, ¡por Zeus!, si alguien no cuida las tumbas de sus padres fallecidos, también la ciudad lo investiga en los exámenes de candidatos a cargos públicos. 14 Por ello, tú, hijo mío, si eres sensato, pedirás a los dioses que te perdonen si en algo faltaste a tu madre, no vaya a ser que te consideren un desagradecido y no quieran hacerte bien; y en cuanto a ios hombres, ten cuidado para que no se enteren de tu falta de atención a tus padres, no sea que te desprecien todos y te encuentres desamparado de amigos. Porque si sospecharan que eres un desagradecido con tus padres, ninguno de ellos esperaría recibir agradecimiento en caso de hacerte un favor.

PARTE 3


 1 Al enterarse Sócrates en cierta ocasión de que Querefonte y Querécrates 61, hermanos y conocidos suyos, estaban peleados, viendo a Querécrates le dijo:

—Dime, Querécrates, tú no eres seguramente una de esas personas que considera más útil el dinero que los hermanos, teniendo en cuenta que el primero es insensible y el segundo racional, aquél necesita defensa y éste puede ayudar, prescindiendo de que el primero es numeroso y éste único. 2 Es extraño también el hecho de que uno considere a sus hermanos como un castigo por no poder poseer sus bienes, y, en cambio, no considere un castigo a sus conciudadanos por no poder poseer sus riquezas; sólo que en este caso pueden razonar que es preferible vivir en compañía de muchos y tener los bienes suficientes con seguridad que vivir solo y poseer peligrosamente todos los bienes de los ciudadanos. En cambio, tratándose de hermanos ignoran este razonamiento. 3 Así, los pudientes compran esclavos para tener quien les ayude y se procuran amigos dando a entender que necesitan amparo, pero se desentienden de los hermanos, como si los amigos surgieran de los ciudadanos y de los hermanos no salieran. 4 En realidad, tiene mucha importancia para la amistad el haber nacido de los mismos padres, y también la tiene el haberse criado juntos, ya que hasta entre las fieras surge el cariño entre hermanos de leche. Además, la gente en general respeta más a los que tienen hermanos que los que no los tienen, y se atreven menos a atacarles.

5                    Entonces dijo Querécrates:

—De acuerdo, Sócrates: si el motivo de la discrepancia no fuera grave, tal vez habría que soportar al hermano y no romper con él por futilezas, ya que, como tú mismo dices, es cosa buena un hermano si es como debe ser. Pero cuando todo le falta y es todo lo contrario exactamente, ¿cómo se podría intentar lo imposible?

6                    Entonces respondió Sócrates:

— Veamos, Querécrates, ¿acaso Querefonte es incapaz de complacer a nadie, como no té complace a ti, o hay personas a las que gusta mucho? —Precisamente por eso, Sócrates, tengo motivos para odiarlo, porque es capaz de agradar a otros y, en cambio, a mí, por dondequiera que se me présente, con sus hechos y sus palabras me sirve más de castigo que de ayuda.

7                    — ¿No ocurrirá lo mismo que con un caballo, dijo Sócrates, que es un castigo para quien intenta manejarlo sin entenderlo, que también un hermano sea un castigo cuando alguien intenta manejarlo sin entenderlo?

8                  — ¿Cómo podría yo no saber manejar a un hermano, dijo Querécrates, si sé responder con buenas palabras a sus buenas palabras y con buenas acciones a sus buenas acciones? Pero a quien de palabra y de hecho intenta molestarme yo no podría ni hablarle bien ni hacerle ningún favor, ni lo intentaré siquiera.

9                    Dijo Sócrates:

                 Es extraño lo que dices, Querécrates. Si tuvieras un perro para tus rebaños que fuera leal y se mostrara agradable con los pastores, pero a ti te gruñera al acercarte, evitando enfadarte intentarías apaciguarlo con tus caricias. En cambio, a tu hermano, que afirmas que es un gran bien cuando es contigo como debe ser, a pesar de que reconoces que eres capaz de portarte bien y de hablar amablemente, no intentas poner todos los medios para que sea contigo el mejor hermano.

Entonces dijo Querécrates:

10                    —Es que temo, Sócrates, no tener bastante inteligencia como para hacer de Querefonte lo que tendría que ser conmigo.

—No hace falta, dijo Sócrates, emplear con él nin­gún procedimiento sofisticado ni nuevo, sino que me parece que con lo que sabes podrías ganártelo y que te estimara mucho.

11                    —Entonces dime de una vez si has advertido que yo conozco un encantamiento que yo mismo no me he dado cuenta de saberlo.

—Respóndeme en ese caso: si quisieras conseguir que algún conocido tuyo cada vez que hiciera un sacrificio te invitara a su convite 62, ¿qué harías?

                 Es evidente que empezaría por invitarle yo a él cuando hiciera un sacrificio. ¿Y si quisieras inducir a algunos de tus amigos a encargarse de tus cosas casa vez que hicieras un viaje, ¿qué harías?

                 Naturalmente primero procuraría yo encargarme de sus intereses cuando saliera de viaje.

12                    Y si quisieras que un extranjero te acogiera en su casa 63 cuando fueras a su país, ¿qué harías?

                 Evidentemente, primero le acogería yo a él cuando viniera a Atenas, y si quisiera que él se mostrará dispuesto a gestionarme los negocios por los que iba, está claro, que yo tendría que hacer primero lo mismo por él.

14                 — Luego hace tiempo que tú conocías todos los encantamientos que hay en el mundo, pero lo disimulabas. ¿O es que vacilas en ser el primero, por miedo a desacreditarte, si empiezas a tratar bien a tu hermano? Y, sin embargo, parece digno del mayor elogio el hombre que se adelanta en hacer mal a los enemigos y en favorecer a los amigos. Si yo creyera que Querefonte es más dispuesto que tú para ser el guía en esta amistad, intentaría convencerle para que tratara primero de conseguirla, pero es que en realidad creo que si tú empiezas podrías llevarlo a cabo mejor.

15                 En ese momento dijo Querécrates:

— ¡Qué cosas más raras dices, Sócrates, nada propias de ti! Pretendes que yo, que soy el más joven, dé el primer paso, aunque todo el mundo opina lo contrario, que sea el mayor quien tome la iniciativa, tanto en palabras como en obras.

16                 —¿Cómo?, dijo Sócrates, ¿no se opina en todas partes que el más joven le ceda el paso al más viejo cuando se lo encuentra en el camino 64, y que se levante si está sentado y que le honre con cama muelle y le ceda la palabra? Entonces, mi buen amigo, no vaciles, intenta amansar a tu hermano, y muy pronto te responderá. ¿No ves que es noble y generoso? La gentuza vil no se puede ganar sino con donativos, pero a los hombres de bien te los puedes conciliar tratándolos amigablemente.

17 Querécrates respondió:

                 ¿Y qué pasa si, haciendo yo todo eso, él no mejora en nada?

 ¿Qué otra cosa podrías arriesgar, dijo Sócrates, sino demostrar que tú eres bueno y un buen hermano y él ruin e indigno de favores? Pero no creo que vaya a ser nada de eso. Más bien creo que  cuando él se dé cuenta de que lo invitas a este certamen, porfiará para vencerte haciendo el bien de palabra y de obra. 18 Porque ahora estáis en la misma situación que si las dos manos que dios os dio para que se ayudaran mutuamente se desentendieran de esta finalidad y se dedicaran a estorbarse una a otra, o si los dos pies que por destino divino han sido hechos para colaborar entre sí prescindieran de este objetivo y se pusieran trabas uno a otro.

19 ¿No sería gran ignorancia y gran desgracia utilizar para nuestro daño lo que se ha creado para nuestro provecho? Pues bien, yo creo que dios hizo dos hermanos para una mayor utilidad recíproca que las dos manos, o los dos pies, o los dos ojos, o los demás miembros hermanos que hizo surgir en los hombres. Porque, si las manos tuvieran que hacer al mismo tiempo algo que distara más de una braza 65, no podrían, ni los pies si tuvieran que andar separados más de una braza, y los ojos, que son los que parecen alcanzar más, tampoco podrían, ni siquiera entre cosas que están más cerca, ver al mismo tiempo las de delante y las de atrás. Pero, por separados que estén, dos hermanos que se quieren trabajan juntos y en beneficio mutuo.

PARTE 4 

1 En cierta ocasión, hablando de los amigos, le oí expresarse en términos tales que podría sacarse de ellos el mayor provecho tanto para conseguir amigos como para saber utilizarlos. Afirmaba que había oído decir a muchas personas que el más precioso de todos los bienes era un amigo seguro y sincero, pero veía que la mayoría se preocupaban de cualquier cosa más que de adquirir amigos. 

2 Pues las casas, los campos, esclavos, rebaños y muebles, él veía que se los procuraban afanosamente y trataban de conservar los que tenían, mientras un amigo, que aseguran que es el mayor bien, veía que la mayoría no se preocupaban de adquirirlo ni de conservar los que tenían.

 

 3                     Incluso en caso de encontrarse enfermos amigos y esclavos, veía que algunas personas hacían llamar a médicos para los esclavos y que ponían cuidadosamente los medios en general para que re­cuperaran la salud, mientras que se desentendían de los amigos, y que, cuando morían unos y otros, se afligían por los criados y lo consideraban un castigo, en tanto que con los amigos no creían haber perdido nada.

4                     Y que mientras no dejaban sin atender ni vigilar ninguna de sus posesiones, se desentendían de sus amigos cuando necesitaban ayuda. Añadía a esto que veía que la mayoría de la gente conocía la cantidad de sus bienes por numerosos que fueran, mientras que de los amigos, aun siendo tan pocos, no sólo ignoraban el número sino que al tratar de hacer una lista para los que les hacían esta pregunta, volvían a borrar a los que habían incluido entre sus amigos: ¡hasta tal punto se preocupaban de ellos! 5 A pesar de que con toda seguridad no hay otra posesión que pueda compararse con la adquisición de un buen amigo. Pues ¿qué caballo, qué pareja de bueyes podría ser tan útil como un buen amigo? ¿Qué esclavo es tal leal y tan constante? ¿O qué otra posesión es tan beneficiosa en todos los sentidos?

5                    Porque el buen amigo está siempre en su sitio dispuesto a proveer a su amigo en todo lo que le falte, ya sea para la gestión de sus asuntos privados o de las actividades públicas, y si hay que prestar ayuda a alguien, colabora, si el miedo le conturba, acude en su ayuda, unas veces contribuyendo a los gastos, otras trabajando con él, otras ayun- dado a persuadir u obligando a la fuerza, mostrando la mayor alegría en las buenas situaciones y el apoyo más grande en las desgracia. 7 Todo lo que a un hombre le ayudan sus manos y ven los ojos por él, oyen por él sus oídos o consiguen sus pies al caminar, todo lo supera el amigo con su ayuda. A menudo, lo que alguien no consiguió terminar por sí mismo, o no lo llegó a ver, o no lo oyó, o no lo acabó de recorrer, el amigo lo realiza por su amigo.

 

 

  

Sin embargo, algunos intentan cultivar árboles por sus frutos, pero cuando se trata de la posesión más fructífera, que es un amigo, la mayoría la atienden con pereza y desmayo.

PARTE 5 

1 En otra ocasión le oí un razonamiento que en mi opinión inducía al oyente a examinarse a sí mismo para preguntarse hasta qué punto era digno de sus amigos. En efecto, al ver que uno de sus seguidores desatendía a un amigo que estaba agobiado por la pobreza, preguntó a Antístenes 66 en presencia del desentendido y de otros muchos:

2                     —¿Acaso los amigos, Antístenes, no tienen un precio, como los esclavos? Porque un esclavo vale dos minas, otro no vale ni media, otro vale cinco, otro diez. Y se dice que Nicias, el hijo de Nicerato, pagó un talento 67 por un capataz para su mina de plata. Por ello pregunto si, lo mismo que hay un precio para los esclavos, los hay también para los amigos.

3                     —¡Sí, por Zeus!, dijo Antístenes. Yo, al menos, valoraría la amistad de una persona en más de dos minas, mientras que a otro no lo tasaría ni en media mina, a otro lo estimaría por un precio de diez minas, y por otro pagaría todo el dinero y todos los esfuerzos para que fuera mi amigo.

4                     —Entonces, dijo Sócrates, si las cosas son así, sería bueno que uno se examinara a sí mismo para saber cuánto vale para los amigos y tratar de tener el más alto precio, para que los amigos lo abandonaran menos. Porque yo muchas veces, después de oír decir a uno que su amigo le traicionó, a otro que un hombre a quien consideraba su amigo prefirió en lugar de él una mina, y cosas parecidas siempre, me pregunto si de la misma manera que uno quiere vender un esclavo malo y lo cede por lo que le dan, 5 así también sería atractivo vender un amigo malo cuando es posible sacar más

 

 de lo que vale. Pero yo veo que a los buenos ni se les vende si son esclavos ni se les abandona si son amigos.


PARTE 6 

1 También me parecía que daba consejos llenos de sensatez en cuanto al examen sobre la clase de amigos que merece la pena adquirir cuando se expresaba de la siguiente manera:

—Dime, Critobulo68, si necesitáramos un buen ami­go, ¿cómo intentaríamos buscarlo? ¿No deberíamos en primer lugar tratar de descubrir uno que fuera dueño de su estómago, de su sed, de su lujuria, del sueño y de la pereza? Porque un individuo que se dejara dominar por estas pasiones no sería capaz de cumplir sus obligaciones ni por él ni por un amigo. —No, por Zeus, desde luego.

—¿Piensas entonces que debemos apartarnos del hombre dominado por estas pasiones?

—Totalmente.

2                     —Y un individuo que por ser malversador no se basta a sí mismo, sino que siempre está necesitando a su prójimo, que cuando se le presta no lo puede devolver y si no se le presta odia al que no le da, ¿no te parece que también éste es un amigo difícil? —Desde luego.

—¿Hay que alejarse también de éste?

—Sin duda habría que alejarse.

3                     —¿Qué pasa entonces con el que es capaz de hacer dinero pero desea acumular muchas riquezas y por eso es de trato difícil, que le gusta recibir pero no está dispuesto a devolver?

—Yo creo que éste es todavía peor que el otro. —¿Y el que por su pasión de hacer dinero no tiene tiempo para otra cosa que para ver de dónde sacará algún beneficio?

—También hay que apartarse de éste, en mi opinión, pues su trato no sería provechoso.

—¿Y el pendenciero, que está deseando crearles muchos enemigos a sus amigos?

 4 —También debemos huir de éste, ¡por Zeus! 
—¿Y si alguien no tuviera ninguno de estos defectos, pero se resigna a recibir favores sin

 

 preocuparse de devolverlos?

—Tampoco nos sería útil este individuo. Pero en ese caso, Sócrates, ¿qué clase de persona intentaremos convertir en amigo?

5                    —En mi opinión, a un hombre que, al contrario que los anteriores, sea dueño de los placeres del cuerpo, hospitalario, de buen trato, con espíritu de emulación suficiente para no quedar atrás en devolver los favores que reciba, de modo que sea útil a los que le traten.

6         —¿Y cómo podríamos comprobar estas cualidades antes de tratarlo?

—No aprobamos a los escultores juzgándolos por sus palabras, sino que cuando vemos alguno que con anterioridad ha esculpido bien sus estatuas confiamos en él para que haga bien sus obras futuras.

7                    —¿Quieres decir que si un hombre evidentemente ha tratado bien a los amigos anteriormente, sin duda se portará bien con los sucesivos?

—Sí, porque el individuo que veo que ha tratado bien antes a sus caballos, pienso que también manejará bien a otros.

8                    —De acuerdo, dijo. Y si un hombre nos parece digno de nuestra amistad, ¿cómo hay que convertirlo en amigo?

—Ante todo, dijo, hay que observar las señales de los dioses, si nos aconsejan que lo convirtamos en amigo.

—¿Y luego? Si alguien nos parece y los dioses no se oponen, ¿puedes decirme cómo debemos cazarlo?

9                    —¡Por Zeus!, no siguiéndole las huellas, como a la liebre, ni con reclamo como a los pájaros, ni violentamente como a los enemigos, porque es trabajoso hacer un amigo contra su voluntad. También es difícil retenerle encadenado como si fuera un esclavo, pues los que sufren este trato se convierten en enemigos más que en amigos.

10                    —¿Cómo se hacen amigos, entonces?

 —Dicen que hay ciertos encantamientos69, y los que los conocen convierten en amigos encantando a los que desean, y también hay drogas, cuyo conocimiento hace que sean amados aplicándoselas a quienes quieran.

11 —¿Y dónde podríamos aprender estas fórmulas? —Los encantamientos que las Sirenas cantaban a Ulises, como has oído a Homero, empezaban así más o menos:

Ven aquí, ea, ilustre Odiseo, gran gloria de los aqueos 70.

—¿No es ése el encantamiento, Sócrates, con el que las Sirenas retenían a la gente, de tal manera que no podían escapar ya de ellas los que eran encantados?

—No, sólo cantaban así a los que se afanaban por la virtud.

12                 —¿Quieres dar a entender que hay que encantar a cada uno con palabras tales que al oírlas no vaya a creer que el recitador se está burlando de él?

—Sí, porque si a quien se sabe que es bajito, feo y enclenque se le elogiara diciendo que es alto, hermoso y fuerte, se haría uno más aborrecible y espantaría a la gente de sí.

—¿Pero conoces otras fórmulas de encantamiento?

13                 — No, pero he oído decir que Pericles conocía muchas, con las que se hacía querer de la ciudad. —¿Y cómo hizo Temístocles para que la ciudad lo apreciara?

—¡Por Zeus!, no con hechizos71, sino rodeándola de bienes abundantes.

14                 — Me parece que me estás dando a entender, Sócrates, que si estamos dispuestos a adquirir un buen amigo, nosotros mismos tenemos que ser honrados de palabra y de acción.

—¿Y tú creías, dijo Sócrates, que era posible, aun siendo una persona ruin, procurarse amigos virtuosos?

15                 — Es que yo veía, dijo Critobulo, que charlatanes mezquinos tenían entre sus amigos a buenos oradores, y personas totalmente incapaces de mandar tropas eran compañeros de generales magníficos.

16 — Y en este tema que estamos discutiendo, ¿conoces a personas que siendo inútiles son capaces de hacerse con amigos provechosos?

—¡Por Zeus!, desde luego que no. Pero si es imposible, siendo malvado, conseguir como amigos a hombres de bien, me preocupa saber si es fácil, siendo uno mismo hombre de bien, hacerse amigo de hombres de bien.

14                 — Lo que te desconcierta, Critobulo, es que con frecuencia ves a personas que hacen ef bien y se abstienen de villanías, y que, en vez de ser amigos, se pelean entre sí y se tratan entre ellos con más dureza que los hombres que no valen nada.

15                 —Y no sólo, dijo Critobulo, se comportan así los particulares, sino que también ciudades que más se afanan por las más nobles empresas y menos se entregan a la ruindad, a menudo viven en guerra entre ellas. 19 Cuando pienso en ello, me siento muy desanimado respecto a la adquisición de amigos. No sólo veo que los malos son incapaces de ser amigos entre sí, porque ¿cómo podrían llegar a ser amigos hombres desagradecidos, indiferentes, codiciosos, desleales o incontinentes? De manera que estoy seguro de que los malos han nacido más bien para odiarse que para ser amigos. 20 Pero es que por otra parte, como tú mismo dices, tampoco los malos podrían llegar a una amistosa concordia con los buenos. Porque ¿cómo podrían llegar a ser amigos los que hacen el mal y los que odian tales acciones? Si hasta los que practican la virtud se pelean entre sí por el mandato en las ciudades y se odian a causa de la envidia, ¿qué amigos quedarán todavía y entre qué hombres habrá buena voluntad y confianza?

21 —¡Ay, Critobulo!, dijo Sócrates, es que la situación es algo complicada. Una parte del ser humano es por naturaleza amistosa, pues se necesitan unos a otros, se compadecen mutuamente, colaboran entre ellos, se ayudan y, conscientes de ellos, se sienten agradecidos unos con otros. Pero otra parte es belicosa, pues consideran hermosas y agradables las mismas cosas luchan por ellas, adoptan posturas diferentes y se enfrentan entre sí. También es cosa de guerra la discordia y la ira. Causa de hostilidad es el deseo de tener más, motivo de odio es la envidia.

22 A pesar de todo ello, la amistad se desliza entre las dificultades y une a los hombres de bien, pues gracias a la virtud prefieren tener sin fatigas una fortuna moderada a ser dueños de todo por medio de la guerra, y cuando tienen hambre y sed son capaces de participar sin pesadumbre del pan y de la bebida, y aunque disfrutan con los amores de la belleza, son capaces de contenerse para no ofender a quienes no deben. 23 No sólo pueden participar legalmente de las riquezas, absteniéndose de la codicia, sino que también se ayudan unos a otros. También pueden arreglar sus discordias no sólo sin ofensa, sino incluso en mutua conveniencia, e impedir que la ira llegue al punto de tener que arrepentirse. En cuanto a la envidia, la extirpan totalmente, unas veces poniendo sus bienes a disposición de los amigos y otras considerando como propios los bienes de aquéllos.

24                 ¿Cómo no va a ser lógico en esas condiciones que los hombres de bien participen en los cargos públicos no sólo sin hacerse daño entre sí, sino incluso en su mutuo beneficio? Porque quienes desean honores y cargos en las ciudades para poder robar los caudales públicos, ejercer violencia y vivir una vida regalada, son injustos, ruines e incapaces de ponerse de acuerdo con nadie.

25                 Mientras que si alguien desea recibir honores en la ciudad con objeto de no ser él mismo víctima de injusticia y poder ayudar a sus amigos en sus derechos, y si en el ejercicio de una magistratura se esfuerza por hacer algún bien a su patria, ¿por qué motivo un hombre así no podría llegar a ponerse de acuerdo con otros como él? ¿O es que en compañía de hombres de bien estará menos capacitado para ayudar a sus amigos? ¿O será menos apto para beneficiar a su patria si toma como colaboradores a otros hombres de bien?

 

 26 Incluso en los certámenes deportivos es evidente que, si se permitiera a los más fuertes agruparse contra los más débiles, vencerían en todas las competiciones y se llevarían todos los trofeos 72. Allí por esa razón no permiten hacerlo, pero en la política, donde dominan los hombres de bien, nadie impide que se presten servicios a la ciudad con quien uno desee. ¿Cómo no va ser provechoso, cuando se está gobernando, adquirir los mejores amigos utilizándolos como ayudantes, colaboradores más que opositores? 27 Porque también es evidente que cuando alguien entabla una.lucha necesita aliados, los más posibles, si ha de enfrentarse con hombres de pro. También es cierto que hay que tratar bien a los que se muestran dispuestos a ser aliados, para que quieran poner todo su empeño. Es, con mucho, preferible tratar bien a los mejores, que son pocos, que a los ruines, que son muchos, porque los malos necesitan muchas más favores que los buenos.

28 ¡Ánimo, pues, Critobulo! Intenta ser bueno, y, cuando lo hayas conseguido, trata de cazar a los hombres de bien. Tal vez yo también podría ayudarte un poco en esta cacería por el hecho de que soy entendido en cosas de amor. Porque, cuando yo deseo a alguien, me lanzo todo entero con vehemencia, a fuerza de quererlos, a hacerme querer de ellos, a añorarles para ser añorado por ellos, a desear su compañía para que ellos deseen la mía. 29 Veo que también tú necesitarás tales artes cuando desees hacer amistad con alguien. Por ello, no me ocultes de quién querrías llegar a ser amigo, pues con el interés de agradar a quien me agrada creo que tengo experiencia para la caza de hombres.

30 Dijo entonces Critobulo:

—Realmente, Sócrates, hace tiempo que estoy ansioso de tales enseñanzas, sobre todo si la misma ciencia me va a servir para los buenos de espíritu y para los bellos de cuerpo.

31                 Y Sócrates dijo:

—Critobulo, no forma parte de mi ciencia conseguir, con sólo extender las manos, que los buenos se queden quietos. Estoy convencido de que los hombres huían de Escila73 precisamente por esto, porque les ponía las manos encima. En cambio, las Sirenas, que no le ponían la mano a nadie, sino que íes cantaban a todos de lejos, cuentan que todos se paraban y ai oírlas quedaban hechizados.

Entonces dijo Critobulo:

32                 — Descuida, que no le pondré a nadie las manos encima, sigue enseñándome lo bueno que sepas para conseguir amigos.

—¿Tampoco acercarás tu boca a su boca?, dijo Sócrates.

—Estáte tranquilo, dijo Critobulo, tampoco acercaré mi boca a la boca de nadie, a menos que sea bello.

—Acabas de decir, Critobulo, lo contrario de lo conveniente, pues ios bellos no soportan tales tratos, mientras que los feos se prestan a gusto, convencidos de que los llaman bellos por su alma74.

33                 Y Critobulo dijo:

—Estáte tranquilo, y sigue enseñándome el arte de cazar amigos, en la idea de que besaré a los bellos y me comeré a besos a los buenos.

Entonces respondió Sócrates:

—En ese caso, Critobulo, cuando quieras ser amigo de alguien, ¿me dejarás denunciarte, diciéndole que sientes admiración por él y quieres ser amigo suyo? —Denuncíame, dijo Critobulo. No conozco a nadie que odie los elogios.

34                 —Pero si yo además te acuso de que a causa de tu admiración sientes también hacia él buena voluntad, ¿no creerás que te estoy calumniando? —No, porque también yo siento buena voluntad hacia los que sospecho que la tienen conmigo.

35                 —También podré yo decir, intervino Sócrates, esto de ti a los que quieres convertir en amigos. Pero si además me das libertad para decir de ti que eres devoto de tus amigos y con nada disfrutas tanto como con buenos amigos, que te enorgulleces de las bellas acciones de tus amigos tanto como de las propias, que te alegras de los bienes de los amigos tanto como de los propios, que no te cansas de trabajar para que los amigos prosperen, que tienes como lema que la virtud de un hombre consiste en vencer a los amigos haciendo el bien y a los enemigos haciendo el mal, creo que te sería muy útil como compañero de caza de buenos amigos.


36                 —¿Y por qué me habías así, dijo Critobulo, como si no dependiera de ti al hablar de mí el decir lo que quieras?

—No, ¡por Zeus!, como oí decir en cierta ocasión a Aspasia75. Decía, en efecto, que las buenas casamenteras son muy hábiles para reunir personas en matrimonio cuando los informes que transmiten son verdaderos, pero que, en cambio, no se muestran dispuestas a hacer elogios falsos, porque los que se descubren engañados se odian entre ellos y también a la casamentera. Yo también, convencido de que tenía razón, creo que no podría decir en elogio tuyo nada que no sea verdad.


37                 — Entonces, dijo Critobulo, eres tal clase de amigo mío que si personalmente tengo alguna cualidad favorable para conquistar amigos, me ayudas, pero si no, no estarías dispuestos a contar alguna historia para ayudarme.

—¿Y de qué manera, dijo Sócrates, te parece que te ayudo más, haciendo de ti falsas alabanzas o tratando de convencerte para que intentes ser un hombre de bien? 


38 


Y si esto no resulta evidente para ti, examínalo a partir de los siguientes ejemplos: Si, queriendo yo hacerte amigo de un armador, le hiciera un elogio falso de ti diciéndole que eres un buen timonel, y él fiándose de mí te confiara su nave sin saberla gobernar, ¿tienes alguna razón para esperar otra cosa que perderte tú mismo y la nave? O si a base de mentiras yo convenciera a la ciudad en pleno de que se pusiera en tus manos como general, juez y político, ¿qué crees que te pasaría a ti y a la ciudad por obra tuya? Y si a fuerza de mentiras yo convenciera privada­mente a algunos ciudadanos de que te confiaran la gestión de sus bienes, por tratarse de un administrador bueno y escrupuloso, una vez sometido a la prueba ¿no resultaría perjudicial y ridículo? 39 El camino más corto y más seguro, Critobulo, y también el más hermoso, si quieres parecer bueno en algo, es procurar llegar a serlo en realidad. Todo lo que los hombres llaman virtudes te darás cuenta, si reflexionas, de que aumentan con el ejercicio y el estudió. Por ello, Critobulo, creo que debemos cazar en esé sentido. Pero si tú piensas de otra manera, dilo.

Entonces dijo Critobulo:

— No, Sócrates, me daría vergüenza hacer alguna objeción, pues no diría nada hermoso ni verdadero.

PARTE 7 


1 En cuanto a las dificultades de sus amigos a consecuencia de la ignorancia, trataba de aliviarlas con su consejo, y cuando la causa era la necesidad les enseñaba a ayudarse mutuamente en la medida de sus posibilidades. También en este aspecto contaré lo que sé de él.

Al enterarse en cierta ocasión de que Aristarco76 estaba de malhumor, le dijo:

—Aristarco, parece que tienes algún problema. Deberías dejar que tus amigos lo compartan, pues tal vez nosotros podríamos aliviarte.

Aristarco respondió:

2 —Efectivamente, Sócrates, me encuentro en un gran aprieto, pues desde que hay revolución en la ciudad 77 y mucha gente ha huido al Pireo, se han concentrado en mi casa tantas hermanas, sobrinas y primas abandonadas que somos catorce sin contar la servidumbre. No sacamos nada, ni del campo porque lo ocupa el enemigo, ni de las viviendas por la escasez de habitantes en la ciudad. Los muebles nadie los compra, ni se puede pedir dinero prestado en ninguna parte, sino que antes lo encontraría por la calle si lo buscara que no que me lo prestaran. Es muy triste, Sócrates, dejar que tus parientes se mueran, pero resulta imposible mantener a tanta gente en estas circunstancias.

3                     Al oír estas palabras, intervino Sócrates: —¿Cómo es posible entonces que Ceramón78 pueda mantener a mucha gente, proporcionando lo necesario para él y para los suyos, que encima ahorre dinero y se haga rico, mientras tú por mantener a mucha gente temes que todos perezcáis por falta de subsistencias?

—¡Por Zeus!, es que él mantiene esclavos y yo gente libre.

4                     —¿Y quiénes crees que son mejores, ios libres de tu casa o los esclavos de casa de Ceramón?

—Yo pienso que son mejores los libres de mi casa. —¿No es entonces una vergüenza que él esté en la abundancia con gentes peores y tú con personas mucho mejores te encuentres en estrecheces?

—¡Sí, por Zeus!, porque él mantiene artesanos,.mientras que los míos están educados como personas libres.

5                     —¿Y no son artesanos los que han aprendido a hacer algo útil?

—Ciertamente.

—¿No es útil la harina?

                 Sí, mucho.

                 ¿Y el pan?

                 No lo es menos.

                 ¿Y qué me dices de los mantos de hombre y de mujer, de las tuniquillas, las capas y las blusas?

                 Todo ello es muy últil.

                 Entonces, las personas que hay en tu casa ¿no saben hacer nada de eso?

—Todas ellas, yo creo.

6                     —¿No sabes entonces que con una sola de ellas, la industria harinera, Nausicides no sólo se mantiene él y sus esclavos sino además muchos cerdos y vacas, y le sobra tanto dinero que a menudo corre con los gastos de los servicios públicos79, y que con su fábrica de pan sustenta Cirebo á toda su familia y vive en la abundancia, Demeas de Colito con la manufactura de mantos, Menón fabricando bufandas y la mayoría de los megarenses se mantienen con la industria de las blusas?

— ¡Por Zeus!, es que ellos disponen de hombres bárbaros que han comprado para obligarles a trabajar en lo que venga bien, mientras que yo tengo gente libre y parientes.

7 ¿Crees entonces que por ser libres y parientes tuyos no tienen que hacer otra cosa que comer y dormir? ¿Acaso ves que quienes viven así lo pasan mejor que las demás personas libres o que son más felices que quienes poseen conocimientos útiles para la vida y se ocupan de ellos? ¿O adviertes que la ociosidad y la negligencia ayudan a los hombres a aprender lo que Ies conviene saber, a recordar lo que han aprendido, a ser sanos y fuertes de cuerpo y a adquirir y conservar lo que es útil para la vida, y que, en cambio, el trabajo y la diligencia no sirven para nada80? 8 ¿Cómo aprendieron las mujeres las cosas que tú dices que saben, como algo que no es últil para la vida ni con la intención de ocuparse de ninguna de ellas, o, por el contrario, para dedicarse a ellas y sacar de ellas provecho? ¿Cómo podrían ser más sensatos los seres humanos, estando ociosos o bien ocupándose de cosas útiles? ¿Cómo serían más justos, trabajando o sin hacer nada, deliberando sobre la manera de subistir?

9 En realidad, en este momento ni tú las quieres a ellas ni ellas a ti, tú porque las consideras una carga y ellas porque se dan cuenta de que tú estás agobiado por ellas. De ahí sale el peligro de que el disgusto se vaya haciendo mayor y su primera gratitud vaya disminuyendo. En cambio, si las mandas algún trabajo, tú las estimarás al ver que son útiles para ti y ellas también te querrán al darse cuenta de que estás contento con ellas, y, recordando con más gusto los beneficios anteriores, aumentará el agradecimiento por ellos, y en consecuencia viviréis con más amor y confianza mutua.

 10                 Ahora bien, si tuvieran que trabajar en algo vergonzoso, sería preferible la muerte, pero la realidad es que, por lo que se ve, ellas saben lo que parece más hermoso y más decente para una mujer. Todo el mundo trabaja con mayor facilidad, más rápidamente, mejor y con más gusto en aquello que sabe hacer. No temas por ello proponerles lo que va a beneficiaros a ti y a ellas. Seguramente, te escucharán gustosas, como es lógico.

11                 — ¡Por los dioses!, respondió Aristarco, tan bien me parece que hablas que si antes no me lanzaba a pedir un préstamo, convencido de que después de gastar lo que recibiera no podría devolverlo, ahora creo que aceptaré el pedirlo como capital para el negocio.

12                 La consecuencia fue que consiguió el capital y compró lana: trabajando almorzaban, después de trabajar cenaban, y en vez de caras largas estaban muy contentas, en vez de mirarse de reojo se miraban complacidos entre sí, ellas le querían como protector y él les tenía afecto porque eran útiles. Para terminar, un día se acercó a Sócrates y le con­tó divertido que ellas le echaban en cara que era el único de la casa que comía sin trabajar.

13                 — ¿Por qué no les cuentas la fábula del perro?81, le dijo Sócrates. Dicen que cuando los animales hablaban, la oveja le dijo a su amo: Es extraño lo que haces, porque a nosotras que te proporcionamos lana, corderos y queso, no nos das nada que no tomemos nosotras de la tierra, y en cambio al perro, que no te procura nada parecido, le haces partícipe de tu propia comida.

14                 Y que el perro al oírlo dijo: ¡Por Zeus!, es que yo soy quien os guarda para que no os roben los hombres ni ios lobos os lleven, pues si yo no os protegiera, ni siquiera podríais pastar, por miedo a que os mataran. Dicen que entonces las ovejas estu­vieron de acuerdo en que el perro tuviera trato preferente. Diles, pues, a tus parientas que eres como su perro guardián y cuidador, y que gracias a ti nadie les hace daño y pueden vivir trabajando con seguridad y a gusto.



parte 8 


1 Un día, al encontrarse después de mucho tiempo a un antiguo compañero, le dijo:

—¿De dónde sales, Eutero 82?

—He vuelto del extranjero al terminar la guerra83 y ahora vivo aquí, Sócrates. Como nos quitaron todas las propiedades que teníamos fuera, y mi padre no me dejó nada en el Ática, me vi obligado a quedarme aquí ganándome la vida con el trabajo de mis manos. Me parece que esto es mejor que tener que pedir nada a nadie, sobre todo no teniendo ninguna garantía para pedir un préstamo.

2                    —¿Y cuánto tiempo crees que aguantará tu cuerpo el ganarte la vida a jornal?

—¡Por Zeus!, no mucho tiempo.

—Pero el caso es que, cuando seas viejo, evidentemente seguirás teniendo gastos y nadie estará dispuesto a pagarte un salario por el trabajo de tu cuerpo.

3                    — Es cierto lo que dices.

—Entonces, es preferible que desde ahora te dediques a actividades que puedan mantenerte cuando seas viejo, dirigirte a una persona que tenga mucho dinero y necesite alguien que le ayude a cuidarlo, a vigilar los trabajos, recoger las cosechas y conservar el capital, devolviéndole favor por favor.

4                    —Difícilmente, Sócrates, soportaría yo la servidumbre.

— Sin embargo, a los que están al frente de las ciudades y se cuidan de los asuntos públicos, no por ello se les considera más serviles, sino más libres.

5                    En pocas palabras, Sócrates, que no me expongo a tener que dar cuentas a nadie.

—Sin embargo, Eutero, no es nada fácil encontrar un trabajo en el que no se tenga responsabilidad. Si difícil es hacer algo tan bien que no se cometan errores, también es difícil, aun haciendo algo sin cometer equivocación, no encontrarse con alguien que critique a la buena de dios. Incluso me sorprende que te resulte fácil escapar sin reproche en los trabajos que ahora dices que estás haciendo, 6 por ello es necesario que intentes librarte de los criticones y busques personas de juicio, que acometas los trabajos que puedas aguantar y te libres de los que no puedas, y que cuanto emprendas lo hagas de la mejor manera posible y con el mayor interés. Yo creo que obrando así es como incurrirás en menos inculpaciones, encontrarás más ayuda en tiempos de escasez y llevarás una vida más tranquila y sin peligro, y, sobre todo, más solvente hasta tu vejez.



PARTE 9 


1 Sé también que un día oyó a Critón84 lamentándose 9 de lo difícil que era la vida en Atenas para un hombre dispuesto a ocuparse de sus asuntos, «porque ahora, decía Gritón, hay personas que me llevan a juicio no porque yo les haya ofendido en algo, sino porque creen que más a gusto pagaría dinero que meterme en pleitos».

2                   Y Sócrates le respondió:

—Dime, Critón, ¿no mantienes perros para que alejen a los lobos de tus rebaños?

—Sí, porque me tiene más cuenta mantenerlos. —¿Y no mantendrías también a un hombre que estuviera dispuesto y capacitado para apartar de ti a los que intentaran hacerte daño?

3                   —Lo haría con mucho gusto si no temiera que se volviera contra mí.

—¿Por qué? ¿No ves que es mucho más agradable sacar partido de un hombre como tú haciéndole favores que odiándole? Ten la seguridad de que aquí hay hombres de esa clase que ambicionarían tenerte por amigo.

4                   Después de esta conversación encontraron a Arquedemo85, hombre muy capacitado para la palabra y la acción, pero pobre, porque no era de los que son capaces de sacar provecho de todo, sino un hombre honrado, que decía que sacarles dinero a los sicofantes era la cosa más fácil del mundo. Critón, cada vez que recogía la cosecha de trigo, de aceite, de vino, de lana o cualquier otro producto agrícola útil para la vida, separaba una parte para dársela. Y cada vez que hacía sacrificios mandaba llamarle, y tenía con él todas las atenciones de este tipo. 5 Arquedemo, que consideraba como un refugio para él la casa de Critón, le guardaba muchísimo respeto. Había descubierto que uno de los acusadores de Critón tenía en su haber muchos delitos y muchos enemigos y lo había hecho comparecer en juicio ante el pueblo para ser condenado a la pena que le correspondiera o a pagar una indemnización. 6 Este individuo, que era consciente de sus muchas villanías, lo removía todo para librarse de Arquedemo, pero Arquedemo no le dejó escapar hasta que retiró su demanda contra Critón y le pagó una indemnización. 7 Des­pués de conseguir Arquedemo este éxito y otros parecidos, de la misma manera que cuando un pastor tiene un buen perro los demás pastores quieren poner sus rebaños cerca de él para beneficiarse del perro, así, muchos amigos de Critón le pedían también que pusiera cerca de ellos como guardían a Arquedemo. 8 Éste complacía a Critón de muy buen grado, de modo que no sólo Critón vivía en paz, sino también sus amigos. Y si alguno de aquellos con los que se indisponía le echaban en cara que adulaba a Critón porque sacaba provecho de él, decía:

—¿Qué es más vergonzoso, recibir beneficios de los hombres honrados y hacerse amigo suyo correspondiéndoles con favores y enemistarse con los hombres ruines, e intentar hacer daño a los hombres de bien y convertirlos en enemigos o, en cambio, colaborar con los malvados, pretender convertirlos en amigos y preferir tener tratos con éstos?

A partir de ese momento, Arquedemo fue uno de los amigos de Critón y los otros amigos de Critón lo respetaron.

 


PARTE 10 


1 Sé también que tuvo la siguiente conversación con su compañero Diodoro86:

—Dime, Diodoro: si se te escapa un esclavo, ¿te preocupas de recuperarlo?

2 —Sí, y llamo a otros en mi ayuda y ofrezco mediante pregón una recompensa.

—¿Y qué pasa si un esclavo se pone enfermo? ¿Te preocupas de él y llamas a los médicos para que no se muera?

—Desde luego, dijo.

—Y si algunos de tus conocidos, que es mucho más útil que tus esclavos, corre el peligro de perecer a causa de la necesidad, ¿no crees que merece la pena que te preocupes para salvarlo? 3 Pues bien, tú sabes que Hermógenes 87 es un hombre inteligente y se avergonzaría, en el caso de ser favorecido por ti, de no corresponder a tus favores. Aunque tener un colaborador espontáneo, leal, constante, dispuesto a hacer no sólo lo que se le mande sino capaz de ser útil por propia iniciativa, de prevenir y de prever, creo que equivaldría a tener muchos esclavos. 4 Los buenos administradores dicen que cuando se puede comprar a buen precio algo de mucho valor es cuando hay que comprarlo. Ahora mismo, en estos tiempos que corren88, se pueden comprar buenos amigos a muy buen precio.

2                    Diodoro intervino:

—Tienes razón en lo que dices, Sócrates. Dile a Hermógenes que venga a verme.

—¡Por Zeus!, no seré yo quien lo haga, pues creo que sería más bonito por tu parte ir a su casa en vez de llamarle a la tuya, y que no será él quien gane más que tú con este gesto.

3                    De modo que Diodoro fue a ver a Hermógenes, y sin gran esfuerzo consiguió un amigo que no tenía otro trabajo más que ver con qué palabras o acciones podía ser útil y complacer a Diodoro.

 

 

 LIBRO III

PARTE 1

 1 Voy a explicar ahora cómo ayudaba a quienes aspiraban a conseguir distinciones, haciéndoles ejercitarse en lo que pretendían. En efecto, al oír en cierta ocasión que Dionisodoro89 había llegado a Atenas y se anunciaba como profesor de mando militar, dijo a uno de sus discípulos, en el que había advertido que pretendía obtener este cargo en la

ciudad90:

2 —Sería realmente vergonzoso, muchacho, que una persona que desea ser general en la ciudad, pudiendo aprender para ello, no lo hiciera. Con más razón debería castigar la ciudad a esta persona que a uno que hiciera estatuas sin haber aprendido escultura, 3 ya que en los peligros de la guerra se pone en manos del general la ciudad entera y, lógicamente, tan grandes son las ventajas que se consiguen si tiene éxito como graves los males cuando fracasa. ¿Cómo no iba a ser justo castigar al hombre que, desentendiéndose de aprender este arte, se esfuerza, en cambio, para que se le elija?

Con estas palabras lo convenció para que fuera a aprender. 4 Y cuando regresó de sus estudios, Sócrates bromeaba con él diciendo: ¿No os parece, amigos, que lo mismo que Homero dice de Agamenón que era majestuoso91, también este muchacho después de aprender generalato parece más majestuoso? Porque de la misma manera que quien ha aprendido a tocar la cítara aunque no la toque es un citarista, y el que ha aprendido a curar aunque no cure es un médico, así, también éste a partir de este momento toda su vida será un general, aunque nadie lo haya elegido. Mientras que el que no sabe, ni es general ni es médico, aunque todos lo hayan elegido. 



Pero a fin de que también nosotros, para que en el caso de que seamos elegidos taxiarco o capitán a tus órdenes estemos más enterados en asuntos militares, dinos por dónde empezó Dionisodoro a enseñarte a ser

general 92.

— El principio fue como el final, dijo. Me enseñó táctica y nada más.

6 —Pues eso no es más que una parte insignificante del generalato, dijo Sócrates. Porque el general debe ser capaz de preparar el equipo necesario para la guerra93, y las provisiones de los soldados, debe ser ingenioso, eficaz, diligente, sufrido, sagaz, amable y rudo, sencillo y astuto, cauto y falaz, pródigo y rapaz, liberal y codicioso, experto en defensa y en ataque, y otras muchas cualidades, naturales y aprendidas, que hay que tener para dirigir bien un ejército. 7 También es bueno conocer la táctica, pues hay mucha diferencia entre un ejército formado en orden y otro desordenado94, lo mismo que las piedras, ladrillos, maderas y tejas tirados desordenadamente no sirven para nada, pero una vez colocados en orden, debajo y en la parte superior los materiales que no se pudren ni se estropean, o sea las piedras y las tejas, y en medio los ladrillos y la madera, tal como van dispuestos en la construcción, entonces resulta la casa una propiedad de gran valor.

8                    —Pues mira, Sócrates, dijo el muchacho, has dicho exactamente lo mismo, porque también en la guerra hay que colocar en primera línea y en retaguardia a los mejores soldados, y en el centro a los peores95, para que los primeros los arrastren y los otros los empujen.

9                    —Eso si efectivamente te enseñó a distinguir a los buenos y a los malos, porque en otro caso, ¿de qué te serviría lo que aprendiste? Pues si tu maestro te hubiera ordenado colocar primero y al final las mejores monedas, y poner en medio las peores, sin enseñarte previamente a distinguir la buena moneda de la falsa, entonces tampoco te serviría de nada.

—Pero, ¡por Zeus!, dijo, no me lo enseñó, de modo que tendríamos que ser nosotros mismos los que distinguiéramos a los buenos y a los malos.

8                    —¿Por qué no examinamos entonces, dijo, la forma de no equivocarnos?

—Estoy dispuesto, dijo el muchacho.

—Vamos a ver: si tuviéramos que apoderarnos de una cantidad de dinero, ¿no obraríamos correctamente poniendo en primera línea a los soldados más codiciosos?

—Yo al menos así lo creo.

—Y si se tratara de correr peligro, ¿no habría que poneren primera línea a los más ambiciosos de gloria?

—Al menos son ellos los que por mor de la gloria están dipuestos a correr peligro. Y ésos desde luego no se esconden, sino que se les ve por todas partes y sería fácil encontrarlos.

9                    —Pero, pasando a otro tema, ¿te enseñó únicamente a colocar el ejército, o también en qué ocasiones y de qué manera hay que utilizar cada una de las formaciones?

—Nada de eso.

—Sin embargo, hay muchas circunstancias en las que no conviene ordenar ni mover las tropas de la misma manera.

—¡Por Zeus!, eso tampoco me lo aclaró. —Entonces, ¡por Zeus!, vuelve de nuevo y pregúntaselo, porque si lo sabe y no es un caradura, se avergonzará de haberte cobrado el dinero y haberte despachado tan escaso de conocimientos.




PARTE 2 


1 En una ocasión se encontró con un individuo que había sido elegido general96:

— ¿Por qué motivo, le dijo, crees que Homero calificó a Agamenón de «pastor de pueblos»97? ¿No será porque, de la misma manera que un pastor debe cuidarse de que las ovejas estén a salvo y tengan lo necesario y cumplan el objetivo para el que se las cría, también el general debe procurar que sus soldados estén a salvo, tengan lo necesario y cumplan el fin por el que están en campaña? Y si están en campaña es para ser más felices derrotando al enemigo. O ¿por qué motivo elogió Homero a Agamenón diciendo de él que

Era ambas cosas, un buen rey y un guerrero valiente 98 ?

¿No será porque no podría ser un valiente guerrero combatiendo él solo con valentía contra el enemigo, sino capacitando a todo el ejército para hacerlo, y no lo llamaría buen rey sólo por gobernar bien su propia vida, sino por asegurar también la felicidad de sus súbditos? 3 En efecto, un rey es elegido no para que se preocupe exclusivamente de su propio bienestar, sino para que sean felices gracias a él quienes lo han elegido 9999. Todos los que hacen campañas quieren tener la vida más feliz que se pueda y eligen generales para ello, para tener quien les conduzca a este fin. Por ello es preciso que quien desempeñe un generalato procure el bienestar a quienes lo eligieron general, 4 pues no hay nada más hermoso ni más fácil de encontrar, como no hay nada más vergonzoso que lo contrario. Examinando de este modo cuál era la virtud de un buen jefe, Sócrates prescindía de cualquier otra y sólo se quedaba con la de hacer felices a las personas que estaban bajo su mando.

PARTE 3


 

1 Sé que también una vez tuvo la siguiente conversación con uno que había sido elegido comandante de caballería:100 —¿Podrías decirme, joven, por qué motivo quisiste ser comandante de caballería? Porque seguro que no fue para cabalgar delante de los otros jinetes, ya que también ios arqueros a caballo son acreedores a este honor, y aun cabalgan delante de los jefes de caballería.

—Es cierto lo que dices, afirmó.

—No será tampoco para que te conozcan, pues también a los que están locos los conoce todo el mundo.

2 —También en eso dices verdad.

 —¿Es entonces porque crees que podrías mejorar la caballería para entregársela a la ciudad y que en el caso de necesitarse jinetes estarías en condiciones, al frente de ellos, de hacer algún buen servicio a tu patria?

—Así es.

—Y, desde luego, es algo hermoso, ¡por Zeus!, si es que eres capaz de llevarlo a cabo. Pero el cargo para el que has sido elegido alcanza a caballos y jinetes.

—Pues sí, en efecto.

3                    —Veamos pues, dinos cómo piensas mejorar a los caballos.

Entonces él contestó:

—Es que no creo que eso sea cosa mía, sino que cada uno en particular debe cuidarse de su propio caballo101.

4                    —Entonces, replicó Sócrates, si te facilitan caballos, unos tan estropeados de cascos o tan débiles de remos y otros tan mal alimentados que no pueden seguir el ritmo de la marcha, otros tan mal amaestrados que no se quedan donde los pones, otros tan coceadores que ni siquiera se les puede alinear, ¿de qué te servirá la caballería? ¿O cómo podrás hacer nada bueno para tu ciudad al frente de una tropa así?

Y él dijo:

—Dices muy bien, trataré, en la medida de lo posible, de preocuparme de los caballos.

5                    —¿Cómo? ¿Y no intentarás hacer mejores a los jinetes?

—Desde luego.

—¿No empezarás por hacerlos más hábiles para montar a caballo?

—Así debe ser, al menos, dijo. Pues si alguno de ellos se cae, le sería más fácil salvar la vida.

6                    —¿Y qué pasará en el caso de que haya que afrontar algún peligro?, ¿harás que se acerquen los enemigos a la pista de arena donde soléis entrenaros o intentarás hacer las prácticas en parajes parecidos a aquellos en que se suelen producir los combates?

—Al menos esto sería mejor, dijo.

7                    —¿Y te preocuparás de que la mayoría practiquen el tiro de arco desde los caballos?

—También esto sería mejor.

—¿Y has pensado ya en estimular la moral de los jinetes y excitarlos frente al enemigo, que es lo que los hace más valientes?

—Y si no, lo intentaré a partir de ahora.

3                    —¿Te has preocupado ya de que tus jinetes te obedezcan? Porque sin ello no sirven de nada los jinetes, por buenos y valientes que sean.

—Es cierto lo que dices, pero ¿cuál será el mejor procedimiento para inclinarlos a ello?

4                    —Tú sabes sin duda que en cualquier circunstancia los hombres están más dispuestos a obedecer a quienes creen que son mejores: en una enfermedad hacen más caso de quien creen que es mejor médico, en una navegación los navegantes eligen a quien sabe más de pilotaje, y en el campo a quien más sabe de agricultura.

—Así es, sin duda.

—Es lógico entonces que, también en el arte de la caballería, al que evidentemente sepa más lo que hay que hacer será a quien los demás estén más dispuestos a obedecer.

5                    —En ese caso, Sócrates, si soy yo evidentemente el mejor entre ellos, ¿será suficiente eso para que ellos me obedezcan?

—Sí, en el caso de que además Ies enseñes que el obedecerte será para ellos mejor y más saludable. —¿Y cómo se lo enseñaré?

—¡Por Zeus!, es mucho más fácil que si tuvieras que enseñar que el mal es mejor y más ventajoso que el bien.

6                    — ¿Quieres decir con eso que, además de otros conocimientos, el jefe de caballería debe preocuparse de saber hablar?

—¿Es que tú creías que debía ejercer su mando en silencio? ¿O no has reflexionado que cuanto hemos aprendido por costumbre, las cosas más bellas gracias a las cuales sabemos vivir, todo lo hemos aprendido por medio de la palabra, y que si alguien adquiere algún otro bello conocimiento lo aprende por medio de la palabra, y que los mejores maestros son los que más la utilizan, y quienes más saben de los temas más serios son los que saben hablar más bellamente? 12 ¿O no te has dado cuenta de que cuando surge un coro en esta ciudad, como el que  enviamos a Délos 102, ningún otro de ninguna parte puede competir con él, ni en ninguna otra ciudad se puede reunir un grupo tan bueno?

5                    — Es verdad, dijo.

—Sin embargo, los atenienses no destacan tanto de los otros por su buena voz o por su estatura y robustez cuanto en afán de superación, que es lo que más estimula hacia las acciones bellas y honrosas.

—También eso es verdad.

6                    —¿No te parece entonces que si alguien se preocupara de nuestra caballería también superaría con mucho a los otros en la preparación de armas y caballos, por su disciplina y la intrepidez frente al enemigo, si creyera que obrando así iba a alcanzar alabanza y gloria?

7                    — Probablemente, dijo.

—Entonces no vaciles y trata de dirigir a tus hombres en esa dirección, con lo que te beneficiarás tú mismo y los otros ciudadanos gracias a ti.

—Pues por Zeus que me esforzaré.

parte 4 


1 Un día, al ver a Nicomáquides103 que regresaba de unas elecciones le preguntó:

—¿Qué generales han sido elegidos, Nicomáquides?

—Él replicó:

—¡Así son los atenienses, Sócrates! No me eligieron a mí, después del duro trabajo que he estado realizando, reclutado104 para hacer campañas al frente de compañías y regimientos105, cosido como estoy de heridas enemigas (y al decir esto se descubría y mostraba las cicatrices de las heridas), y, en cambio, han elegido a Antístenes, que ni sirvió nunca como hoplíta ni hizo nada llamativo en caballería y no sabe otra cosa que acumular dinero. 2 —¿Y no es ésa una buena cualidad, dijo Sócrates, que al menos sea capaz de procurar lo necesario para los soldados?

—En ese caso, dijo Nicomáquides, también los comerciantes son buenos para reunir dinero, pero no por ello podrían mandar un ejército.

Y Sócrates dijo:

3                    —Pero Antístenes es ambicioso, y eso es bueno que lo tenga un general. ¿No te has dado cuenta de que todas las veces que ha sido corego106 ha conseguido la victoria?

—¡Por Zeus!, dijo Nicomáquides, no es lo mismo dirigir un coro que un ejército.

4                    —Aun así, dijo Sócrates, sin tener ninguna experiencia de canto ni de la instrucción de coros, fue capaz de encontrar los mejores para esta actividad.

—Entonces, dijo Nicomáquides, también en el generalato encontrará a otros que ordenen las tropas por él, y a gente que combata en su lugar.

5                    —Entonces, dijo Sócrates, si también en la guerra sabe descubrir a los mejores, como en los certámenes corales, y los selecciona, lógicamente también en eso se alzará con la victoria, y también es probable que esté más dispuesto a hacer gastos por su cuenta para conseguir la victoria en la guerra con la ciudad entera que no para vencer en una competición coral sólo con su tribu.

6                    —Estás hablando, Sócrates, como si la misma persona pudiera ser un buen director de coro y un buen general.

—Lo que yo quiero decir es que quien quiera que sea el que mande, si conoce lo que tiene que saber y es capaz de poner los medios, será un buen jefe tanto si tiene que mandar un coro, una casa, una ciudad o una guerra.

7 Nicomáquides intervino:

—¡Por Zeus!, Sócrates. Nunca habría esperado oírte decir que los buenos administradores pueden ser buenos generales107.

—En ese caso, veamos las actividades de cada uno de ellos para comprobar si son las mismas o son diferentes.

—Veámoslo.

8 —¿No es deber de ambos formar subordinados obedientes y sumisos a ellos?

—Desde luego.

 —¿Y qué me dices de ordenar hacer cada cosa a los que son aptos para ello?

—También eso.

—El castigar a los malos y honrar a los buenos creo que también corresponde a unos y otros.

—Totalmente de acuerdo.

—¿Y cómo no va ser bueno que uno y otro capten la buena voluntad de sus subordinados?

—También ese punto.

—¿Y tú crees que conviene a ambos atraerse aliados 9 y auxiliares o no?

—Por supuesto.

—Y tratar de conservar lo que ya tienen, ¿no es tarea de ambos?

—Necesariamente.

—¿Y no conviene también que unos y otros sean eficaces y activos en sus atribuciones?

10 — Todas las atribuciones que se han citado son por igual propias de ambos, pero el combatir ya no

10                 es.

                 Sin embargo, uno y otro tienen enemigos.

                 Y muchos, eso sí.

                 ¿Y no tienen uno y otro el mismo interés en vencerlos?

11                 — Desde luego, pero pasas por alto una cosa: si hay que luchar, ¿de qué servirá la ciencia económica?

                 Aquí más que en ninguna otra parte, sin duda. El buen administrador, que sabe que no hay nada tan útil ni tan lucrativo como vencer al enemigo en una batalla, ni nada tan desventajoso y ruinoso como ser derrotado, buscará y dispondrá con el mayor interés cuanto ayude a la victoria, y examinará y cuidará escrupulosamente evitar lo que lleve a la derrota. Si ve que los preparativos para la victoria están dispuestos, entonces luchará, mientras que se guardará en absoluto de entablar batalla si no se encuentra preparado. 12 No desprecies a los buenos administradores, Nicomáquides, pues el cuidado de los negocios privados sólo se diferencia del de los públicos en su número, pero en general son muy parecidos y sobre todo en lo que es más importante, que sin hombres ni unos ni otros se pueden llevar adelante, y que no gestionan unas personas los asuntos privados y otras los públicos, porque los que se cuidan de los bienes comunes no emplean hombres diferentes de los que utilizan los que administran bienes privados. Los que saben emplearlos tienen éxito en los asuntos privados y en los públicos, pero los que no saben fracasan en unos y en otros.

5 1 En una ocasión, hablando con Pericles108, hijo del famoso Pericles, le dijo:

—Yo tengo la esperanza, Pericles, de que, siendo tú general, la ciudad estará más preparada y será más famosa en las artes de la guerra y triunfará sobre sus enemigos.

Pericles le respondió:

—Ya me gustaría que fuera como dices, pero no puedo llegar a comprender cómo podría ocurrir.

—¿Quieres entonces, dijo Sócrates, que hablemos sobre este punto y examinemos dónde está la posibilidad?

—Lo estoy deseando.

2                     —¿Sabes que los atenienses no son inferiores en número a los beocios? 109.

—Lo sé, dijo.

—Y hablando de hombres recios y bien desarrollados, ¿crees que podrían seleccionarse más entre los beocios o entre los atenienses?

—A mí me parece que tampoco en esto quedamos rezagados.

—¿Y quiénes crees que están más unidos entre sí? —Yo creo que los atenienses, pues muchos beocios, avasallados por los tebanos, están resentidos contra ellos, mientras que en Atenas no veo nada parecido.

3                     —Sin embargo, no hay nadie más ambicioso ni más soberbio que ellos, cualidades que incitan al máximo a soportar peligros por la gloria y la patria. —Tampoco en este aspecto son despreciables los atenienses.

—Y también en cuanto a hazañas gloriosas de los antepasados: nadie las tiene más grandes ni en mayor número que los atenienses. Estimulados por este recuerdo, se sienten incitados a la virtud y a comportarse como valientes.

4                     —Todo eso que dices es cierto, Sócrates, pero tú sabes que desde que se produjo el desastre de Tólmides y los mil en Lebadea110 y el de Hipócrates en Delio, a partir de ese momento ha quedado tirada por los suelos la fama de los atenienses comparada con la de los beocios, y ha crecido el orgullo de los tebanos frente a los atenienses hasta el punto de que los beocios, que con anterioridad ni siquiera en su propia tierra se atrevían a enfrentarse con los atenienses sin los espartanos y demás peloponesios, ahora amenazan por su propia cuenta con invadir el Ática, y los atenienses (cuando los beocios estaban solos), que antes arrasaron Beocia, ahora temen que los beocios saqueen el Ática.

5 Entonces dijo Sócrates:

—Me doy cuenta de que es ésta la situación, pero creo que en este momento la ciudad está en una disposición más propicia para un hombre de bien que asuma el mando, pues la confianza engendra descuido, indolencia e indisciplina, mientras que el miedo nos hace más atentos, más voluntariosos y más disciplinados. 6 Se puede comprobar con lo que ocurre en los barcos: mientras no hay miedo de nada, los marineros son todo indisciplina, pero cuando temen una tormenta o al enemigo, no sólo cumplen todas las órdenes sino que incluso están callados a la espera de órdenes, como hacen los coristas.

7                    —Pues bien, dijo Pericles, si realmente están ahora en las mejores condiciones para obedecer, sería el momento oportuno para decir cómo podríamos impulsarlos de nuevo a enamorarse del antiguo valor, la gloria y la felicidad.

8                    —Entonces, dijo Sócrates, si quisiéramos que pretendieran el dinero que otros poseen, demostrándoles que este dinero era de sus padres y que les correspondía a ellos es como mejor les impulsaríamos a apoderarse de él. Pero puesto que lo que queremos es que se esfuercen por alcanzar la preeminencia con su virtud, tenemos que demostrarles que esta primacía Ies corresponde por afinidad desde antiguo y que, si se preocupan de ello, serán superiores a todos.

9                    —¿Y cómo podríamos enseñárselo?

—En mi opinión, haciéndoles recordar (cosa que ellos ya han oído) que los más antiguos antepasados suyos de que tengamos noticias fueron ya los mejores.

10                    —¿Acaso te estás refiriendo a aquel juicio de los dioses en el que Cécrope111 por su virtud hizo proclamar la sentencia?

—A ése me refiero, y también a la crianza y nacimiento de Erecteo112 y a la guerra que se produjo en su época contra todos los del continente contiguo, y a la del tiempo de los heraclidas contra los peloponesios, y a todas las guerras de la época de Teseo113, en todas las cuales es evidente que los atenienses se mostraron superiores a sus contem­poráneos.

11                    —Y, si quieres, añade también las acciones que llevaron a cabo posteriormente sus descendientes, nacidos no mucho antes que nosotros, las batallas que por sí mismos114 libraron contra los dueños de toda Asia y de Europa hasta Macedonia, que poseían la mayor potencia y los recursos más poderosos hasta entonces existentes, y habían realizado las más grandiosas hazañas. Además, las victorias logradas con el apoyo de los peloponesios por tierra y por mar. Estos hombres, efectivamente, se considera que fueron con mucho superiores a todos los de su tiempo115.

12                    —Así se considera, en efecto.

—Ésa es la razón por la que, cuando se produjeron tantas emigraciones de pueblos en Grecia, ellos permanecieron en su tierra116 y fueron muchos los que recurrieron a ellos cuando discutían por sus derechos, como también muchos oprimidos por gentes más poderosas buscaron refugio entre ellos.

13                    Entonces dijo Pericles:

 —Me sorprende cómo nuestra ciudad cayó en decadencia.

—En mi opinión, dijo Sócrates, lo mismo que algunos atletas a fuerza de ser muy superiores y conseguir muchas victorias acaban por descuidarse y quedar por debajo de sus rivales, así también los atenienses, como consecuencia de su gran superioridad, se descuidaron y por ello han venido muy a menos.

14                    —¿Y qué tendrían que hacer para recuperar su antiguo valor?

Sócrates respondió:

—No creo que sea ningún secreto: si redescubren las maneras de vida de sus antepasados y las practican tan bien como ellos, serán tan buenos como lo fueron los otros, pero de no ser así, que al menos imiten a los que ahora están a la cabeza, que practiquen sus costumbres, y si se aplican a ello con el mismo cuidado no serán inferiores, pero si ponen mayor interés serán incluso superiores.

15                    —Por lo que afirmas, la hombría de bien todavía está lejos de nuestra ciudad. Porque ¿cuándo respetarán los atenienses a los mayores como lo hacen los lacedemonios, ya que desprecian a los ancianos, empezando por sus padres, o cuándo se entrenarán físicamente de la misma manera, ellos que no sólo no se cuidan de su bienestar físico sino que incluso se burlan de los que lo hacen? 


16 


¿Cuándo obedecerán de la misma manera a las autoridades, ya que incluso se jactan de despreciarlas? ¿O cuándo practicarán una convivencia tan grande, cuando, en vez de colaborar entre sí en lo que es de interés común, se pinchan unos a otros y se envidian entre ellos más que a las demás personas, y, lo que es peor, se pelean entre sí tanto en los tratos privados como en los públicos, entablan unos con otros muchísimos pleitos y prefieren beneficiarse así unos a eos- ta de otros antes que ayudarse mutuamente, tratando los asuntos de Estado como si fueran ajenos, convirtiéndolos en objeto de sus luchas, disfrutando muchísimo de su capacidad para estas peleas? 


17 


De ahí viene para la ciudad un tremendo desgaste y perjuicio, surge entre los ciudadanos el odio y la discordia, por lo que continuamente estoy temiendo que le sobrevenga a Atenas un mal tan grande que

 

 no lo pueda soportar.

18                 — De ninguna manera, Pericles, dijo Sócrates, no pienses que los atenienses padezcan una maldad tan incurable. ¿No ves lo bien disciplinada que tienen la marina, con qué respeto obedecen a los que presiden los concursos atléticos, cómo en las competiciones corales se esmeran más que nadie en atender a los directores?

19                 — Eso es lo que me admira, que mientras personas de esta clase obedecen a sus dirigentes, en cambio los hoplitas y los jinetes117, que pasan por ser la flor y nata de la ciudadanía, son los más indisciplinados de todos.

20                 Entonces dijo Sócrates:

—¿No se compone acaso el Consejo del Areópago118 de personas que han sido aprobadas?

—Desde luego.

—¿Conoces a otros que sentencien los pleitos con más nobleza, con mayor legalidad, con más justicia, con mayor solemnidad, o que actúen así en general?

—No tengo que hacer ningún reproche de ellos. —Entonces no hay que desmoralizarse pensando que los atenienses no son disciplinados.

21                 Pero es que precisamente en el ejército, donde más se necesitan la sensatez, la disciplina y la obediencia, no prestan atención a nada de ello. —Tal vez, dijo Sócrates, es en el ejército donde tienen el mando personas menos entendidas. ¿No ves que a los citaristas, coristas y bailarines nadie intenta darles órdenes sin saber, lo mismo que ocurre con púgiles y luchadores de lucha libre? Por el contrario, todos los que dirigen esas actividades tienen que demostrar dónde aprendieron lo que ahora dirigen, mientras que la mayoría de los generales son improvisadores. 22 Sin embargo, yo no creo que tú seas uno de ellos, sino que pienso que lo mismo puedes decirme cuándo empezaste a aprender a ser general o a luchar en la palestra. Creo también que has conservado muchos de los conocimientos estratégicos recibidos en herencia de tu padre y que has recogido otros muchos por todas partes donde podías aprender datos útiles para

dirigir un ejército. 23 Sé que te preocupas mucho para no ignorar sin tú saberlo nada útil para un general, y que si adviertes que no sabes alguna de estas cosas, buscas a ios que las saben, sin ahorrar regalos ni agradecimientos, para aprender de ellos lo que no sabes y tenerlos como buenos colaboradores.

24 Pericles le respondió:

—No se me pasa por alto, Sócrates, que si me hablas así no es porque creas que yo no me preocupo realmente por estos temas, sino porque tratas de instruirme en el sentido de que el hombre que esté dispuesto a dirigir un ejército debe preocuparse de todos estos puntos. Desde luego, estoy de acuerdo contigo en ello.

25                 —¿No te has dado cuenta, Pericles, de que delante de nuestro país hay grandes montañas, que se extienden a lo largo de Beoda, que entre ellas hay unos pasos hacia nuestra tierra estrechos y abruptos, y que también el interior está ceñido por montes escarpados119?

—Sé que es así.

26                 —¿Y no has oído decir que los misios y los pisidios120 en el territorio del gran Rey ocupan lugares muy fragosos, y armados sólo a la ligera están en condiciones de hacer un gran daño con sus incursiones al país del Rey, y que ellos mismos viven en libertad?

—Sí que lo he oído decir.

27                 —¿No te parece entonces que los atenienses escogidos de entre los de edad más ágil y armados más ligeramente, ocupando los montes limítrofes de su territorio121, podrían hacer daño al enemigo y hacer del país un gran baluarte para sus conciudadanos?

Pericles respondió:

28                 — Creo que todo eso, Sócrates, sería también útil.

— Pues entonces, dijo Sócrates, si estos planes te gustan, aplícate a ellos, querido, pues todo lo que puedas conseguir será bueno para ti y útil para la ciudad, y aun en el caso de que fracasaras en algún aspecto, ni dañarías a la ciudad ni tendrías que avergonzarte.

PARTE  6    


1 Glaucón122, hijo de Aristón, intentaba

convertirse en orador político, ansioso de ponerse al frente de la ciudad cuando todavía no había cumplido veinte años123. Ninguno de sus parientes y amigos podía impedir que lo echaran de la tribuna y quedara en ridículo, pero lo consiguió únicamente Sócrates, que le tenía simpatía por su amistad con Cármides, el hijo de Glaucón, y con Platón.


2 Lo cierto es que, al encontrarse un día con él, lo primero que hizo para que le entrara el deseo de escucharle fue pararle y decirle:

—Glaucón, ¿te has propuesto ponerte al frente de nuestra ciudad?

—Desde luego, Sócrates.

—¡Por Zeus!, le dijo, que no hay nada más hermoso en el mundo, porque es evidente que si consigues llevarlo a cabo, estarás en condiciones de alcanzar lo que desees, podrás ayudar a tus amigos, levantarás la casa paterna, engrandecerás a tu patria, serás famoso primero en el país y luego en Grecia, y tal vez, como Temístocles, incluso entre los bárbaros. Adondequiera que vayas, gozarás de consideración en todas partes, 


3 Al oír estas palabras, Glaucón se envaneció y se quedó a gusto con él.

Sócrates continuó:

—¿Y no es evidente, Glaucón, que si efectivamente estás dispuesto a recibir honores has de ponerte a hacerle beneficios a la ciudad?

—Claro que sí, dijo.

—¡Por los dioses!, dijo Sócrates, no nos lo ocultes entonces, dinos por qué servicio empezarás a favorecer a la ciudad.


4 Como Glaucón se mantuvo callado, como si estuviera pensando por dónde empezaría, Sócrates le preguntó:

—¿Vas a intentar hacer más rica a la ciudad, lo mismo que si quisieras ampliar la casa de un amigo lo harías a él más rico? 

 

 

—Así es, efectivamente,

5                     —¿Y no sería más rica haciendo que aumentaran sus ingresos?

—Al menos es lógico, dijo.

—Dime entonces de dónde proceden actualmente los ingresos de la ciudad y a cuánto ascienden. Porque seguro que has hecho un estudio, para completar los que anden escasos y proveer los que falten en absoluto.

—¡Por Zeus!, dijo Glaucón, ese problema no lo he estudiado.

6                     —Entonces, si dejaste de lado este tema, dinos cuáles son los gastos de la ciudad, pues seguro que piensas suprimir los superfluos.

—Pues por Zeus que aún no he tenido tiempo para ello.

—Entonces aplazaremos de momento lo de hacer más rica a la ciudad, pues ¿cómo podríamos ocuparnos de ello sin saber cuáles son los gastos y las rentas?

7                     —Pero, Sócrates, es que se puede también enriquecer a la ciudad a costa de sus enemigos.

—¡Y mucho, por Zeus!, dijo Sócrates, si somos más fuertes que ellos, porque si se es más débil, se podría incluso perder lo que se tiene.

—Tienes razón, dijo.

8                     —Entonces, dijo, el que vaya a decidir contra quiénes hay que luchar tendrá que conocer el poder de la ciudad y el de sus enemigos, para que aconseje hacer la guerra en el caso de que su país sea más poderoso y, si es más débil, sea capaz de convencer para evitarla.

—Dices bien.

9                     —Dinos entonces en primer lugar cuál es la potencia de su ejército de tierra y de su armada, y luego la del enemigo.

—Pero, Sócrates, es que no podría decírtelo así de improviso.

—Pues si tienes algo escrito, tráelo, que me gustaría oírlo.

—No, ¡por Zeus!, no he escrito nada todavía.

10                     —Entonces, dijo, nos abstendremos también de momento de deliberar sobre la guerra, pues probablemente por la importancia de estas cuestiones y estando empezando tu carrera política, todavía no te has informado. Sin embargo, yo sé que ya te has preocupado de la defensa del país y sabes cuántas guarniciones son necesarias y cuántas no, cuántos contingentes para ellas se necesitan y cuántos no, y que aconsejarás aumentar las necesarias y suprimir las superfluas.

11                    —¡Por Zeus!, dijo Glaucón, por mi parte las suprimiría todas, ya que guardan tan bien el país que saquean las cosechas,

—Pero si se suprimen las guarniciones, ¿no crees que cualquiera que lo desee tendrá libertad para robar? ¿Has ido tú mismo a inspeccionarlas, o cómo sabes que vigilan tan mal?

—Me lo imagino, dijo.

—Entonces, cuando ya no se trate de sospechas sino de informes ciertos, discutiremos sobre este tema.

—Tal vez sea mejor, dijo Glaucón.

12                    —Sin embargo, yo sé que no has ido a las minas de plata, para poder decir por qué ahora producen menos que antes.

—Desde luego no he ido, dijo.

—¡Por Zeus!, dijo Sócrates, es que dicen que es un lugar malsano, de modo que cuando haya que tratar este tema tendrás una buena excusa.

13                    — Te estás burlando de mí, dijo Glaucón.

—En cambio, hay una cosa que sé que no has descuidado, sino que has examinado bien: por cuánto tiempo es capaz de mantener a la ciudad el trigo que produce el país124, y cuánto se necesita para un año, para que la ciudad no sufra escasez sin que tú te des cuenta, sino que, teniendo conocimiento previo, puedas, con tus consejos so­bre lo necesario, ayudar y salvar a la ciudad.

— Pero bueno, Sócrates, sería el cuento de nunca acabar si es que uno va a tener que preocuparse también de esas cuestiones.

14                    —Sin embargo, dijo Sócrates, tampoco un hombre podría gobernar bien su propia casa si no supiera todo lo que necesita y no se preocupara de subvenir a todas las necesidades. Pero ya que la ciudad está formada por más de diez mil casas y es difícil preocuparse al mismo tiempo de tantas familias, ¿por qué no has intentado primero engrandecer una, la de tu tío125, que bastante lo necesita? Y si puedes hacerlo con ésta, ya podrás intentarlo con más, mientras que si no puedes ayudar a un hombre, ¿cómo podrías hacerlo con muchos? Es lo mismo que si uno no pudiera aguantar el peso de un talento126: evidentemente, no debería intentar llevar una carga más pesada.

15 —Es que yo, Sócrates, dijo Glaucón, podría ser útil a la casa de mi tío siempre que él estuviera dispuesto a hacerme caso.

—¿De modo, dijo Sócrates, que no eres capaz de convencer a tu tío y crees que podrías convencer a todos los atenienses, incluido tu tío, para que te hicieran caso? 16 Ten cuidado, Glaucón, no vaya a ser que por el ansia de conseguir gloria vayas a parar al extremo contrario. ¿O es que no te has dado cuenta de lo resbaladizo que es hablar y decir lo que no se sabe? Piensa, por las personas que conoces de esas características, que evidentemente dicen y hacen lo que no conocen, si te parece que por su actitud consiguen más elogios que censuras y si crees que son más admirados que despreciados. 17 Piensa, por otra parte, en los que saben lo que dicen y lo que hacen, y te darás cuenta, en mi opinión, de que en todas las circunstancias los que reciben la gloria y la admiración están entre los que más saben, mientras que se habla mal y se desprecia a los más ignorantes. 18 Por consiguiente, si deseas conseguir gloria y admiración en la ciudad, esfuérzate en conseguir saber lo mejor posible aquello en lo que estés dispuesto a trabajar, pues si llegas a destacar en ello sobre los demás y entonces intentas tomar las riendas de la ciudad, no me extrañaría que con la mayor facilidad llegues a conseguir lo que deseas.

PARTE 7 

1 Al ver que Cármides127 era un hombre digno de tenerse en cuenta y mucho más capaz que quienes entonces se dedicaban a la política, pero que temía presentarse ante la asamblea e intervenir en los asuntos públicos, le dijo:

—Dime, Cármides, si un hombre estuviera en condiciones de conseguir coronas en los juegos olímpicos y lograr con ello honra para él y aumentar en Grecia la fama de su patria, pero no quisiera competir, ¿en qué concepto lo tendrías? —Evidentemente lo tendría por hombre blando y cobarde.

2                    —Y si alguien apto para intervenir en los asuntos de la ciudad, hacerla prosperar y conseguir honores personales con su actitud, vacilara en hacerlo, ¿no habría que considerarlo con razón cobarde?

—Es posible, pero ¿por qué me lo preguntas? —Porque en mi opinión tú eres apto, pero vacilas en interesarte incluso en materias en las que tienes obligación de participar por el hecho de ser ciudadano.

3                    —Pero ¿en qué actividad has advertido mi aptitud para que ahora me condenes?

—En las reuniones que tienes con los hombres de Estado, pues cuando te comunican algún asunto veo que das buenos consejos, y cuando se equivocan en algo les haces las correcciones adecuadas.

4                    —Pero no es lo mismo, Sócrates, tener una conversación privada que mantener un debate público.

—Sin embargo, uno que es capaz de calcular, no cuenta peor en público que él solo, y los que mejor tocan la cítara solos son los mismos que también destacan en público.

5                    —¿Es que no ves que la vergüenza y el miedo son innatos en las personas y les afectan mucho más ante multitudes que en reuniones privadas? —Estoy dispuesto a demostrarte que a ti, que no te avergüenzas ante los más inteligentes ni sientes temor de los más fuertes, te da vergüenza hablar en presencia de los más insensatos y más débiles. 6 Porque ¿de quiénes de ellos te da vergüenza?, ¿de los bataneros, de los zapateros, de los albañiles, de los herreros, de los campesinos, de los comerciantes o de los que andan traficando por el ágora preocupados de comprar algo barato para venderlo a más precio? Porque son todos ellos los que componen la asamblea. 7 ¿En qué crees que se diferencia tu conducta de la de un luchador que siendo superior a atletas entrenados tuviera miedo de los aficionados? Porque tú conversas con la mayor facilidad con los que están al frente de la ciudad, algunos de los cuales te desprecian, y, aunque estás muy por encima de los que se dedican a dirigirse a la ciudad, temes hablar entre personas que nunca se han ocupado de política ni siquiera te han despreciado nunca, por miedo a que se rían de ti.

8 —¿Cómo? ¿No crees que a menudo los de la asamblea se ríen de los que hablan correctamente? —Y también los demás. Por eso me sorprende en ti que sepas manejar fácilmente a unos cuando lo hacen y, en cambio, pienses que no serás capaz de enfrentarte de ninguna manera a otros. 9 No te desconozcas a ti mismo, mi querido amigo, ni cometas el error que comete la mayoría, pues muchos, lanzados a averiguar los asuntos de los otros, no se vuelven a examinarse a sí mismos. No te dejes arrastrar por la pereza, sino más bien esfuérzate en poner más atención a ti mismo. No te desentiendas más de los asuntos públicos, si es que pueden marchar mejor por obra tuya. Porque si van bien, no sólo los otros ciudadanos sino también tus amigos y tú mismo os beneficiaréis no poco.

PARTE 8 


1 Un día que Aristipo128 trataba de poner en evidencia a Sócrates, de la misma manera en la que él lo había sido por éste con anterioridad, deseando Sócrates que la conversación fuera útil a sus discípulos, respondió no como los que están en guardia para evitar que su argumento sea tergiversado en algún punto, sino como los que están convencidos de que están haciendo lo que deben. 


2 Aristipo le preguntaba si conocía algo bueno, para que, si Sócrates le decía, por ejemplo, algo como la comida, la bebida, la salud, la fuerza o la audacia, pudiera demostrarle que eso a veces es también un mal. Pero, consciente de que si una cosa nos molesta necesitamos liberarnos de ella, Só­crates le contestó como mejor podía hacerlo:

3                     —¿Me preguntas si conozco algo bueno contra la fiebre?

—No, desde luego no es eso.

—¿Contra la inflamación de ojos, entonces? —Tampoco es eso.

—¿Contra el hambre?

—Tampoco contra el hambre.

—Entonces, si me estás preguntando si conozco alguna cosa buena que no sea buena para nada, ni la sé ni la necesito.

4                     Y en otra ocasión, al preguntarle Aristipo si conocía alguna cosa bella, le dijo:

—Conozco muchas.

—¿Y son todas semejantes entre ellas?

—Al contrario, algunas son tan distintas como pueden serlo.

—¿Y cómo es posible que sea hermoso algo distinto de lo hermoso?

—¡Por Zeus!, lo mismo que frente a un hombre hermoso para la carrera hay otro distinto hermoso para la lucha; un escudo hermoso para la defensa es completamente distinto de la jabalina, que es hermosa para lanzarla con fuerza y velocidad.

5                     —Me has respondido igual que cuando te pregunté si conocías algo bueno.

—¿Y tú crees que una cosa es el bien y la otra la belleza?, ¿no sabes que todas las cosas son bellas y buenas para un mismo fin? En primer lugar, la virtud no es buena en un sentido y bella en otro. En segundo lugar, se considera a los hombres bellos y buenos en lo mismo y respecto a lo mismo, y en los mismos aspectos en que los cuerpos de los hombres parecen hermosos y buenos, en esos mismos aspectos todo cuanto utilizan los hombres se considera hermoso y bueno respecto a aquello para lo que tengan utilidad.

6                     —¿Entonces un capacho para transportar estiércol es también algo hermoso?

—¡Sí, por Zeus!, y un escudo de oro es algo feo desde el momento en que el capacho está bien hecho para su uso y el escudo está mal.

—¿Quieres decir que las mismas cosas son hermosas y feas?

7                     —¡Sí, por Zeus!, buenas y malas, pues a menudo lo que es bueno para el hombre es malo para la  Te fiebre, y lo que es bueno para la fiebre es malo para el hombre. Con frecuencia también, lo que es hermoso para la carrera es feo para la lucha, pues todas las cosas son buenas y hermosas para el fin al que convienen y malas y feas para lo que no convienen.

8 También cuando decía que las mismas casas eran hermosas y útiles creo que enseñaba cómo se deben construir, y hacía las siguientes consideraciones: El que vaya a tener una casa como es debido ¿no debe procurar que sea lo más agradable posible de habitar y también lo más útil? 



Y una vez que se admitía este principio, continuaba:                                                                  

   ¿No es agradable que sea fresca en verano y caliente en invierno? Y una vez convenido también este punto, decía: Si las casas están orientadas a mediodía, se cuela el sol en invierno en los soportales y en verano nos da sombra cuando pasa por encima de nuestras cabezas y de los tejados. Entonces, si es bueno que las casas sean así, deberán construirse más altas las partes que den al mediodía, para que el sol de invierno no quede encerrado, y en cambio más bajas las partes que dan al norte, para que no entren los vientos fríos por ellas. 


10 

Resumiendo, la casa más agradable y más bella sería lógicamente aquella en la que uno pudiera refugiarse más a gusto en todas las estaciones del año y en la que pudiera tener más seguras sus posesiones. En cam­bio, las pinturas y decorados quitan más satisfacciones que las que producen129. En cuanto a los templos y altares decía que el lugar más conveniente era el más descubierto y al mismo tiempo más apartado del tráfico, porque es agradable rezar teniéndolos a la vista y acercarse a ellos con puras intenciones.

PARTE 9 


1 En otra ocasión le preguntaron si el valor se podía enseñar o era una cualidad natural:

—Creo, dijo, que lo mismo que un cuerpo nace más robusto que otro para soportar las penalidades, así, también un alma es por naturaleza más fuerte que otra frente a los peligros, pues veo que hay personas criadas en las mismas leyes y costumbres y son muy diferentes en materia de intrepidez. 2 Pienso, sin embargo, que toda naturaleza puede acrecentar su valor con el aprendizaje y el ejercicio. Por ejemplo, es evidente que los escitas y los tracios no osarían con sus escudos y lanzas atacar a los lacedemonios, pero también salta a la vista que los espartanos no estarían dispuestos a luchar contra los tracios con sus escudos ligeros y sus jabalinas ni contra los escitas con sus arcos. 3 Veo también que en todos los demás aspectos igual­mente los hombres se diferencian mucho entre ellos por su naturaleza, pero que progresan mucho con el ejercicio. De todo ello se deduce evidentemente que todos, tanto los más dotados como los más obtusos por naturaleza, deben recibir enseñanzas y prácticar en aquellas actividades en las que quieran llegar a ser dignos de renombre.

4                    No hacía ninguna distinción entre sabiduría y prudencia, sino que juzgaba sabio y sensato al que conociendo lo que es bueno y bello lo practicaba y a quien sabiendo lo que es feo lo evitaba. Y como insistían en preguntarle si a quienes sabiendo lo que tenían que hacer hacían en cambio lo contrario los consideraba sabios y continentes, dijo: «No más que a los que son ignorantes e incontinentes, pues creo que todos los hombres, eligiendo entre las posibilidades que tienen a su disposición, hacen lo que creen más ventajoso para ellos. Por ello creo que los que no obran correctamente no son ni sabios ni sensatos».

5                    Decía también que la justicia y las demás virtudes en general son sabiduría, pues las acciones justas y todo cuanto se hace con virtud es bello y hermoso, y ni quienes las conocen podrían preferir otra cosa a cambio, ni quienes no las conocen podrían llevarlas a cabo, sino que errarían aunque lo intentaran. Así también los hombres sabios llevan a cabo acciones hermosas y buenas, y los que no son sabios no pueden, sino que incluso en el caso de que lo intenten se equivocan. Por tanto, puesto que todas las acciones justas y en general las hermosas y buenas se hacen por virtud, es evidente que la justicia y toda otra actitud en general es sabiduría.

 

y son muy diferentes en materia de intrepidez. 2 Pienso, sin embargo, que toda naturaleza puede acrecentar su valor con el aprendizaje y el ejercicio. Por ejemplo, es evidente que los escitas y los tracios no osarían con sus escudos y lanzas atacar a los lacedemonios, pero también salta a la vista que los espartanos no estarían dispuestos a luchar contra los tracios con sus escudos ligeros y sus jabalinas ni contra los escitas con sus arcos. 3 Veo también que en todos los demás aspectos igual­mente los hombres se diferencian mucho entre ellos por su naturaleza, pero que progresan mucho con el ejercicio. De todo ello se deduce evidentemente que todos, tanto los más dotados como los más obtusos por naturaleza, deben recibir enseñanzas y prácticar en aquellas actividades en las que quieran llegar a ser dignos de renombre.

4                    No hacía ninguna distinción entre sabiduría y prudencia, sino que juzgaba sabio y sensato al que conociendo lo que es bueno y bello lo practicaba y a quien sabiendo lo que es feo lo evitaba. Y como insistían en preguntarle si a quienes sabiendo lo que tenían que hacer hacían en cambio lo contrario los consideraba sabios y continentes, dijo: «No más que a los que son ignorantes e incontinentes, pues creo que todos los hombres, eligiendo entre las posibilidades que tienen a su disposición, hacen lo que creen más ventajoso para ellos. Por ello creo que los que no obran correctamente no son ni sabios ni sensatos».

5                    Decía también que la justicia y las demás virtudes en general son sabiduría, pues las acciones justas y todo cuanto se hace con virtud es bello y hermoso, y ni quienes las conocen podrían preferir otra cosa a cambio, ni quienes no las conocen podrían llevarlas a cabo, sino que errarían aunque lo intentaran. Así también los hombres sabios llevan a cabo acciones hermosas y buenas, y los que no son sabios no pueden, sino que incluso en el caso de que lo intenten se equivocan. Por tanto, puesto que todas las acciones justas y en general las hermosas y buenas se hacen por virtud, es evidente que la justicia y toda otra actitud en general es sabiduría.


6 Decía que la locura es lo contrario de la sabiduría, pero no consideraba locura la ignorancia. En cambio, el no conocerse a sí mismo, opinar sobre lo que no se sabe y creer conocerlo, eso pensaba que era lo más próximo a la locura. «El vulgo», decía, «no considera locos a quienes se equivocan en lo que la mayoría ignora, pero trata como locos a Jos que yerran en lo que la mayoría conoce. 


7

Por ejemplo, si alguien cree que es tan alto que se agacha cuando atraviesa las puertas de la muralla, o si se considera tan fuerte que intenta levantar las casas o emprender acciones parecidas, que evidentemente son imposibles para cualquiera, la gente dice que está loco, mientras que los que se equivocan en cosas pequeñas no pasan por locos a los ojos del vulgo, sino que, de la misma manera que se da el nombre de amor a una pasión violenta, así, también se da el nombre de locura a una gran desviación mental».

8                     Examinando en qué consiste la envidia, se dio cuenta de que era un dolor producido no por las desgracias de los amigos o por la felicidad de los enemigos, sino que aseguraba que sólo sentían envidia los que se afligían por la prosperidad de los amigos. Y como algunos se sorprendían de que alguien pudiera afligirse por la felicidad de una persona a la que apreciaba, les hacía recordar que hay mucha gente que, incapaz de desentenderse de los amigos en la desgracia, les ayudan en su infortunio pero se afligen cuando son felices. Aunque este sentimiento no podría ocu- rrirle a un hombre sensato, sin embargo, los necios lo padecen siempre.

9                     Examinando en qué consistía el ocio, decía que se daba cuenta de que la mayoría de la gente siempre hacía algo, pues incluso los jugadores de dados y los payasos hacen algo, pero afirmaba que todos éstos eran ociosos, pues podían dedicarse a actividades mejores que éstas. En cambio, para pasar de las mejores a las peores ocupaciones nadie tiene ocio, y si alguien pasa decía que éste obra mal, ya que le falta ocio.

10                    Decía que no son reyes y gobernantes los que llevan el cetro ni los que han sido elegidos por quienquiera que fuese, ni los que han alcanzado el poder a suertes, por la violencia o el engaño, sino los que saben gobernar.

11                    Una vez que se le reconocía que lo propio del gobernante es mandar lo que hay que hacer y que al gobernado le corresponde obedecer, demostraba que en un barco el que sabe es el que gobierna, mientras que el armador y todos los demás que hay en la nave obedecen al que sabe, lo mismo que en la labranza los que poseen campos, en las enfermedades los enfermos, en el ejercicio corporal los que entrenan su cuerpo, y en general cuantos ejercen algo que necesita estudio, si creen que ellos mismos entienden de ello, se cuidan personalmente, y si no, obedecen a los expertos que están presentes, e incluso los mandan llamar cuando faltan, para someterse a ellos y hacer lo que sea necesario. En el caso de la hilatura, explicaba que son las mujeres las que mandan a los hombres, porque son ellas las que saben cómo hay que hilar la lana, mientras que ellos no saben.

12                    Y si alguien objetaba diciendo que también el tirano puede no hacer caso a los que le dan sabios consejos, decía: «¿Cómo podría no hacer caso, habiéndose establecido un castigo cuando alguien no obedezca un buen consejo? Pues si en cualquier circunstancia alguien no sigue un buen aviso, cometerá un error, sin duda, y ese error será castigado». 13 Y si alguien hacía ver que el tirano puede incluso hacer dar muerte a un consejero prudente decía: «¿Y tú crees que uno que manda matar a sus mejores aliados queda sin castigo o que su castigo es uno cualquiera? ¿Tú qué crees? ¿Que quien obra así más bien se salva, o que va más rápidamente a su perdición?».

14 Una vez que alguien le preguntó cuál creía que era la mejor ocupación para un hombre, respondió: «Obrar bien».

Y al volverle a preguntar si creía que la buena suerte también era una ocupación, dijo: «Creo que la suerte y la actividad son entre sí todo lo contrario, pues creo que es tener buena suerte encontrar alguna de las cosas necesarias sin buscarla, mientras que si alguien obra bien a fuerza de aprendizaje y estudio, lo considero buena conducta, y los que se dedican a ello creo que obran bien». 15 Decía que los más gratos a los dioses eran en la labranza los que hacían bien sus trabajos agrícolas, en medicina sus deberes médicos, y en política sus funciones cívicas. Pero el que no hacía nada bien decía que no era ni útil para nada ni grato a los dioses.

PARTE 10     

1   Además, si alguna vez conversaba con

alguien que tenía un oficio y lo practicaba profesionalmente, también a éstos les era útil. Un día se presentó en casa de Parrasio el pintor150, y conversando con él le dijo:

—Dime, Parrasio, ¿la pintura no es una representa­ción de los objetos que se ven? Por ejemplo, vosotros imitáis, representándolo por medio de los colores, lo mismo la profundidad que el relieve, la oscuridad y las sombras, la dureza y la blandura, lo áspero y lo liso, la juventud y la decrepitud.

—Tienes razón, dijo.

2                    —Y sin duda, si queréis representar formas perfectamente bellas, habida cuenta de que no es fácil encontrar un solo hombre que tenga todos sus miembros irreprochables, reunís de diversos modelos lo que cada uno tiene más bello y así conseguís que un conjunto parezca del todo hermoso.

—Así lo hacemos, dijo.

3                    —¿Y qué ocurre con lo más seductor, más agradable, más amable, lo que más se añora y más se desea: el carácter del alma?, ¿también lo imitáis? ¿O no es representable?

—¿Cómo podría ser representable, dijo, lo que por no tener una determinada proporción, ni color, ni ninguna de las propiedades que tú acabas de citar, no es, en una palabra, visible?

4                    —¿Y no se da en el hombre poner cara de amor y de odio?

—Yo creo que sí, dijo.

—¿Y no se puede imitar eso en la mirada?

—Desde luego.

—¿Y tú crees que ponen las mismas caras los que se preocupan por las alegrías y las desgracias de los amigos que los que no se preocupan?

—Claro que no, ¡por Zeus! En las alegrías tienen rostro radiante, y en las desgracias cara triste.

—¿Y eso también se puede representar?

—Ciertamente, dijo.

2                     —Pero también la arrogancia y la independencia, la humildad y el servilismo, la templanza y la inteligencia, la insolencia y la grosería se ponen en evidencia en el semblante y las actitudes de los hombres, tanto si están parados como si se mueven. —Es cierto lo que dices.

—¿Y no es todo ello imitable?

—Ya lo creo, dijo.

—¿Y qué crees tú que es más agradable de ver, hombres que evidencian caracteres bellos, hermosos y amables, o los que dejan verse como feos, malvados y odiosos?

—¡Por Zeus!, hay mucha diferencia, Sócrates.

3                     En otra ocasión, acudió al taller del escultor Clitón131 y hablando con él le dijo:

—Que son hermosos los corredores, atletas, boxeadores y luchadores que tú haces, Clitón, lo veo y lo sé, pero lo que más cautiva el espíritu de los espectadores, el que parezcan vivos, ¿cómo lo haces para infundirlo a tus estatuas?

4                     Y como Clitón, perplejo, no fue capaz de responder en el acto, continuó:

—¿Acaso es tomando las figuras vivas como modelo como consigues que tus esculturas parezcan más vivas?

—Sí, así es.

— ¿No es imitando las partes de los cuerpos que por sus actitudes están relajadas y tensas y las que están comprimidas o separadas, tirantes o flojas, como consigues que tus obras se parezcan más a la realidad y sean más convincentes?

5                     —Totalmente.

—Y el representar los sentimientos de los cuerpos que tienen alguna actividad, ¿no produce también cierto deleite a los espectadores?

—Es lógico.

—¿No habrá que representar en ese caso como

 amenazadores los ojos de los combatientes y alegre la mirada de los vencedores?

—Necesariamente.

—Luego el escultor debe representar con la figura las actividades del alma.

9 Otro día entró en casa dei armero Pistias132 y éste le enseñó a Sócrates unas corazas bien acabadas.

—¡Por Hera!» exclamó, buen invento, Pistias, que ia coraza proteja la parte del hombre que necesita protección, y que no impida el libre uso de las manos. 10 Pero dime una cosa, Pistias, ¿por qué, sin hacer las corazas ni más sólidas ni más costosas que las otras, sin embargo las vendes más caras? —Porque las hago más proporcionadas.

—¿Y cómo demuestras esta proporción para poner más precio, con la medida o con el peso? Porque no creo que las hagas todas iguales ni parecidas, si las haces a medida.

—Es que así las hago, ¡por Zeus!, pues una coraza no serviría para nada sin ese requisito.

11                 —¿Entonces hay cuerpos humanos bien proporcionados y otros que no lo son? —Evidentemente.

—¿Cómo haces entonces que una coraza proporcionada se ajuste a un cuerpo desproporcionado?

—Procurando que ajuste, pues si ajusta es proporcionada.

12                 —Me parece, dijo Sócrates, que siguiendo tu razonamiento hablas de la proporción no en sí misma sino en relación con el usuario, como si hablaras de un escudo diciendo que está proporcionado a quien le siente bien, o de un manto o de cosas en general. 13 Pero tal vez lo de ajustar tiene otra ventaja no pequeña.

—Enséñamela, Sócrates, si eres capaz de hacerlo. —Las corazas que ajustan bien agobian menos que las que no ajustan, teniendo el mismo peso, pues las que ajustan mal, sea que cuelguen con todo su peso de los hombros o que compriman excesivamente alguna otra parte del cuerpo, resultan incómodas y desagradables de llevar. En cambio, las que ajustan reparten el peso por igual entre las clavículas y las paletillas, los hombros, el pecho, la espalda y el vientre, hasta el punto de que son casi un añadido del cuerpo más que una carga.

14 —Acabas de decir precisamente el motivo por el que yo creo que mis obras valen tanto. Sin embargo, algunos prefieren comprar corazas pintadas y doradas.

—Verdaderamente, dijo, si compran por ese motivo corazas que no ajustan, pienso que lo que compran es una molestia pintada y dorada. 15 Pero teniendo en cuenta que el cuerpo no está quieto, sino que unas veces se dobla, otras se endereza, ¿cómo podrían ajustar bien unas corazas apretadas?

—De ningún modo, dijo.

—Quieres decir entonces que las corazas que vienen bien no son las apretadas sino las que no molestan al usarlas.

—Tú lo has dicho, Sócrates, y lo has entendido per­fectamente.

PARTE 11 


1 Había entonces en Atenas una hermosa mujer llamada Teodota133, que alternaba con quien era capaz de convencerla. Un día la mencionó uno de los presentes, diciendo que su belleza superaba toda ponderación, asegurando que los pintores iban a su casa para pintaría y que ella les enseñaba de su cuerpo lo que le convenía.

—Tendríamos que ir a verla, dijo Sócrates, pues no se puede conocer de oídas lo que supera todo elogio de palabra.

Y entonces dijo el narrador:

—En ese caso, apresuraos a seguirme.

2 Y efectivamente se dirigieron a casa de Teodota, la sorprendieron posando para un pintor y se pusieron a contemplarla. AI terminar su trabajo el pintor, dijo Sócrates:

—Amigos, ¿somos nosotros los que debemos estar agradecidos a Teodota por habernos mostrado su belleza, o ella a nosotros por haberla contemplado? Porque si esta exhibición ha sido beneficiosa para ella, es ella la que tiene que estarnos agradecida a nosotros, y si es para nosotros más útil la contemplación, somos nosotros los que debemos darle las gracias a ella.

3                     Y como alguien dijo que tenía razón, continuó: —Luego ella ya se está beneficiando de nuestras alabanzas y, a medida que vayamos corriendo la voz, sacará todavía más provecho. Nosotros, en cambio, ya estamos deseando tocar lo que contemplamos, nos vamos a ir desazonados y, cuando nos hayamos alejado, sentiremos añoranza. Consecuentemente, nosotros seremos los adorado­res y ella la adorada.

Dijo entonces Teodota:

—¡Por Zeus!, si es ésa la situación, todavía debería yo estaros agradecida por vuestra contemplación.

4                     En este momento, al ver que ella iba muy ricamente ataviada y que su madre estaba a su lado con un vestido y unas galas poco comunes, y además muchas criadas de buen aspecto y muy arregladas, y encima de eso una casa equipada sin reparar en gastos, dijo Sócrates:

—Dime, Teodota, ¿tienes tierras?

—No.

—¿Tienes entonces una casa que te produzca rentas?

—Tampoco tengo casa.

—¿Tendrás al menos gente asalariada?

—Tampoco tengo asalariados.

—Entonces, ¿de dónde sacas tus ingresos?

—Si algún amigo está dispuesto a ayudarme, ése es mi medio de vida.

5                     —¡Por Hera!, Teodota, hermoso capital: mucho mejor tener un rebaño de amigos que tenerlo de ovejas, de cabras o vacas. Pero ¿te entregas al azar, a ver si un amigo te revolotea como una mosca, o tú personalmente te ingenias de alguna manera?

6                     —¿Cómo podría yo encontrar algún ingenio para ello?

—¡Por Zeus!, con mucha mayor eficacia que las arañas, porque tú sabes que ellas cazan para vivir: tejen finísimas telarañas y se alimentan de lo que cae allí dentro.

7                     —¿Me aconsejas entonces que también yo me teja una trampa parecida?

—Evidentemente, pues no se puede pensar en emprender sin más la cacería más valiosa que existe, la captura de amigos. ¿No te has dado cuenta de que incluso en algo de poco valor, la caza de la liebre, los cazadores emplean muchas artimañas? 


Como las liebres salen por la noche a comer, para cazarlas se procuran perros entrenados para la noche, y como las liebres intentan escapar al amanecer, tienen otros perros que rastrean por el olfato el camino que siguen desde el pasto a la madriguera y las encuentran.

Y como las liebres son tan veloces que incluso descubiertas pueden escapar corriendo, disponen de otros perros rápidos para cazarlas a la carrera. Pero algunas consiguen escapar de estos perros, entonces ponen redes en los vericuetos por donde intentan escapar, para que caigan en ellas y queden atrapadas.

9                    —¿Y con cuál de estas artimañas podría yo cazar amigos?

—¡Por Zeus!, en vez de perro tienes que tener a al­guien que te rastree las huellas de los ricos y amantes de la belleza, y que, una vez que los haya encontrado, se las ingenie para meterlos en tus redes.

10                    —¿Pero qué clase de redes tengo yo?

—Hay una, sin duda, muy bien entretejida, tu cuerpo, y dentro de él un alma con la que vas aprendiendo cómo debes mirar para agradar, qué debes decir para seducir, y cómo debes acoger agradablemente al que se interesa en serio por ti, cerrarle la puerta al que sólo trata de divertirse, visitar con interés al amigo enfermo, compartir su alegría cuando ha hecho algo hermoso y agradecer con toda el alma al que se preocupa solícitamente por ti. En cuanto a besar, estoy seguro de que sabes hacerlo no sólo con ternura sino también con cariño. Que los amigos te resultan agradables, entonces estoy seguro de que los convencerás de palabra y de obra.

—¡No, por Zeus!, dijo Teodota, yo no me ingenio con ninguna de esas mañas.

11                    —Lo cierto es que tiene mucha importancia comportarse con un hombre con naturalidad y corrección, pues con violencia ni podrías coger ni retener a un amigo, pero con buenas maneras y complacencia esa fiera es fácil de coger y resulta leal.

12                    —Es verdad lo que dices.

—Por ello, lo primero que debes pedirles a los que se interesen por ti son favores que les cueste hacer lo menos posible, y luego tienes que corresponderles agradecida de la misma manera. Así es como se irán haciendo más amigos tuyos, te querrán durante más tiempo y serán contigo más generosos. 13 Pero te quedarán agradecidos sobre todo si les ofreces tus dones cuando te los pidan. Porque tú sabes que hasta los manjares más exquisitos parecen desagradables si te los sirven antes de que los desees, y cuando la gente está harta producen incluso repugnancia. En cambio, si te los sirven después de provocar el apetito, por vulgares que sean, parecen muy agradables.

14                 —¿Y cómo podría yo infundir apetito de lo que tengo?

—¡Por Zeus!, en primer lugar, no ofreciéndolo a los que ya están satisfechos ni haciéndoselo recordar hasta que, una vez pasada la sensación de saciedad, Ies vuelva el apetito. En segundo lugar, tentando a los que lo pidan con un trato correctísimo, sin dar la impresión de que quieres concederlo y haciéndote la esquiva, hasta que estén lo más ansiosos posible, pues hay mucha diferencia entre dar los mismos favores en el acto a darlos antes de desearlos.

15                 Entonces dijo. Teodota:

—¡Ea, Sócrates!, ¿por qué no me acompañas en esta caza de amigos?

—¡Por Zeus!, lo haré si consigues convencerme. —¿Y cómo podría yo convencerte?

—Tú misma lo averiguarás y te las ingeniarás, si me necesitas.

—Entonces, dijo ella, ven a verme a menudo.

Y Sócrates, burlándose de su propia falta de ocupa­ción, dijo:

16                 —¡Ay, Teodota!, no es fácil para mí, ni mucho menos, tener tiempo disponible. Tengo un montón de asuntos particulares y públicos que no me dejan un momento libre.

También tengo amigas que no me dejan marcharme ni de día ni de noche, porque están aprendiendo de mí filtros y encantos,

17                 —¿También sabes de esas cosas, Sócrates? —¿Por qué crees, si no, que Apolodoro134, que aquí y Antístenes nunca se apartan de mí? ¿Por qué crees que han venido de Tebas Cebes y Simias? Ten la seguridad de que eso no puede ocurrir sin un montón de filtros, ensalmos y torcecuellos135.

18 —Préstame entonces tu sortilegio, para hacerlo rodar is lo primero ante ti.

—Pero, ¡por Zeus!, es que yo no quiero que me atraigas, sino que tú vengas hacia mí.

—Pues iré, pero has de recibirme.

—Te recibiré, dijo, a no ser que tenga dentro otra más querida que tú136.

PARTE 12     


1 Al ver que Epígenes137, uno de sus

seguidores, a pesar de ser joven, andaba enclenque de cuerpo, le dijo:

—¡Qué cuerpo más descuidado tienes, Epígenes!

—Es que soy descuidado, Sócrates.

—No más que los que se disponen a competir en Olimpia. ¿O es que crees que es poco importante el combate por la vida contra el enemigo, que los atenienses plantearán en cualquier momento? 


2 Sin embargo, no pocos, a causa de su debilidad física, mueren en los peligros de la guerra o se salvan vergonzosamente. Muchos, por la misma razón, son hechos prisioneros y pasan en cautividad el resto de su vida, si es ése su destino, en la más penosa esclavitud, o caen en la más dura necesidad después de pagar rescates superiores en mucho a sus posibilidades y pasan el resto de su vida carentes de lo necesario y pasando calamidades. Muchos, en fin, se ganan una mala fama, considerados como cobardes por la debilidad de su cuerpo.


3 ¿Acaso menosprecias estos castigos por la debilidad física y crees que podrás soportarlos fácilmente? Por mi parte, creo que es mucho más fácil y agradable el esfuerzo que tiene que soportar el que se preocupa del bienestar de su cuerpo. ¿O es que piensas que una mala constitución es más saludable y más útil en general que la buena, o desprecias las consecuencias de la buena constitución?

 

 4 Lo cierto es que a los que están en forma les ocurre todo lo contrario que a quienes no lo están: los hombres que tienen el cuerpo bien tienen salud y son fuertes, y muchos gracias a ello se salvan honorablemente de los combates en las guerras y escapan a todos los peligros; muchos socorren a sus amigos, hacen el bien a su patria y, por ello, se hacen acreedores a la gratitud, consiguen una gran fama, obtienen los más hermosos honores y, gracias a eso, pasan el resto de su vida más agradablemente y mejor, dejando en herencia a sus hijos medios mejores para vivir.

5                     No porque el Estado no haga practicar públicamente ejercicios de entrenamiento para la guerra deben descuidarlos los particulares, ni por ello deben aplicarse con menos asiduidad. Ten la seguridad de que en ninguna otra lucha ni circunstancia de la vida quedarás peor por haber preparado mejor tu cuerpo. El cuerpo es útil para todas las actividades humanas: en todos los usos del cuerpo es muy importante tenerlo en las mejores condiciones posibles.

6                     Pues incluso en los casos en que parece que su utilidad es mínima, es decir, en el pensar, ¿quién no sabe que también en este caso muchos cometen grandes errores por no tener el cuerpo sano? La falta de memoria, la desmoralización, la irascibilidad, la locura, a menudo debido a la mala salud de! cuerpo invaden el pensamiento de muchos de tal manera que incluso expulsan los conocimientos.

7                     En cambio, los que tienen el cuerpo sano están muy seguros y no corren ningún peligro de padecer alguna de estas calamidades a causa de la debilidad física. Más bien es probable que su bienestar físico sea útil para producir consecuencias opuestas a las que se originan de una mala constitución. ¿Qué per­sona sensata no soportaría cualquier cosa para conseguir efectos contrarios a los que hemos citado? 8 Además, es vergozoso envejecer por este descuido, antes de ver qué clase de hombre se habría podido llegar a ser con la mayor hermosura.y fortaleza física. Pero estas cosas no las puede ver un hombre descuidado, porque no es algo que quiera producirse espontáneamente.

PARTE 13

 1 Un día que alguien estaba enfadado porque, después de adelantarse a saludar a una persona, ésta no le había correspondido, dijo:

—Es ridículo, porque si te hubieras encontrado con alguien en peor estado físico que tú, no te enojarías, pero en cambio te molesta haber tropezado con un espíritu más grosero que el tuyo.

2                     A otro que se quejaba de que no comía a gusto, le dijo: «Acúmeno138 da un buen remedio para eso». Y al preguntarle cuál era el remedio, contestó: «Dejar de comer, pues al hacerlo llevarás una vida mejor, más barata y más sana».

3                     Otro se quejaba de que el agua que bebía en su casa estaba caliente.

—Así, cuando quieras darte un baño, la tendrás preparada.

—Pero es que está demasiado fría para un baño. —¿Acaso tus criados también están molestos de beberla y bañarse con ella?

—¡No, por Zeus! Y hasta me sorprende a menudo ver con qué gusto la emplean para ambos usos. —¿Qué agua es más caliente para beber, la de tu casa o la del templo de Esculapio?

—La del templo de Esculapio139.

—¿Y qué agua es más fría para bañarse, la de tu casa o la del templo de Anfiarao?

—La del templo de Anfiarao140.

—Piensa entonces que podrías ser más difícil de contentar que tus criados y que los enfermos.

4                     A uno que había castigado violentamente a un criado, Sócrates le preguntó por qué estaba enfadado con el servidor:

—Porque es muy tragón y muy estúpido y,como le gusta mucho el dinero, no da golpe.

—¿Has pensado alguna vez si no mereces más palos tú que el criado?

5                     A uno que tenía miedo de viajar a Olimpia141 le preguntó: ¿Por qué temes el viaje? ¿No te pasas también aquí casi todo el día paseando? Pues también, si vas allí de viaje, pasearás antes de comer, volverás a pasear antes de cenar y luego descansarás. ¿No te das cuenta de que, si pones en línea los paseos que haces en cinco o seis días, fácilmente llegarías de Atenas a Olimpia? También es más agradable adelantar el viaje un día que retrasarlo, porque es molesto tener que alargar las jornadas más de lo necesario, mientras que añadir una jornada al viaje proporciona una gran comodidad. Así que es mejor apresurarse en la partida que en el camino.


6 A otro que se quejaba de estar agotado después de realizar un largo viaje, le preguntó si llevaba carga.

                 ¡No, por Zeus, yo no llevaba más carga que el manto!

                 ¿Hiciste solo el camino o te acompañaba un criado?

                 Iba acompañado por un criado.

                 ¿De vacío, o llevaba alguna carga?

                 ¡Por Zeus!, llevaba mis mantas y el resto del equipaje.

                 ¿Y cómo terminó el viaje?

                 Creo que mejor que yo.

                 ¿Qué habría pasado si hubieras tenido que llevar su carga?; ¿cómo crees que te habría sentado?

                 ¡Muy mal, por Zeus! Más bien ni siquiera habría podido llevarla.

                 Entonces, el hecho de poder Soportar la fatiga menos que tu criado ¿te parece propio de un hombre bien ejercitado?


PARTE 13                  


1 Cada vez que se reunían para cenar y unos llevaban poca comida y otros mucha, Sócrates ordenaba a su criado que la aportación pequeña la pusiera junto con la común o que repartiera a cada uno su parte. De ese modo, los que habían llevado mucho se avergonzaban de no participar de lo que se había puesto en lo común y de no corresponder con su propia parte, de modo que también ellos ponían su parte en común. Como no tenían ya más que los que habían aportado poco, dejaron de gastar mucho en su aportación142.

2                    Un día que observó que uno de los comensales dejaba de lado el pan y comía sólo companaje, como la conversación trataba de nombres y del motivo por el que se empleaba cada uno de ellos, dijo:

—Amigos, ¿podríamos decir por qué motivo a una persona se la llama comilón? Porque todo el mundo come carne con el pan cuando lo hay, y no creo que sólo por eso se les llame comilones.

—Desde luego que no, dijo uno de los presentes.

3                    —¿Qué pasa entonces si uno se come la carne sin pan, no por régimen sino por gusto?, ¿puede pensarse que es un comilón o no?

—Difícilmente se podría llamar comilón a otro. —¿Y el que come poco pan y mucha carne?, preguntó otro de los presentes.

—Yo creo, dijo Sócrates, que también éste debería ser llamado con razón comilón, y cuando la gente en general pide a los dioses una buena cosecha, lógicamente éste pedirá buena cosecha de carne.

4                    Al pronunciar Sócrates estas palabras, el joven se dio cuenta de que se estaba aludiendo a él; no dejó de comer carne, pero se acompañó de pan.

Sócrates lo notó y dijo:

—Fijaos en ese joven los que estáis cerca, a ver si come pan con carne o carne con pan.

5                   Al ver otro día a otro comensal que con una sola rebanada de pan probaba muchos manjares, dijo: —¿Podría haber una cocina más dispendiosa o que más perjudique los manjares que la de un hombre que come muchas cosas al mismo tiempo y mete toda clase de manjares en la boca? En todo caso, el mezclar más ingredientes que los cocineros, aumenta el gasto, pero el que mezcla lo que aquéllos no suelen mezclar porque no casa bien, mientras los cocineros trabajan bien, él, en cambio, comete un fallo y les estropea su arte.


6                    Y, en verdad, ¿no es ridículo procurarse los cocineros más expertos y luego uno, sin tener siquiera pretensiones de este arte, tergiversar lo que hacen aquéllos? Todavía ocurre otra cosa al que come al mismo tiempo muchos platos, y es que cuando no tiene tantos a la vista puede creer que le falta algo, añorando la costumbre, mientras que el que está acostumbrado a acompañar cada trozo de pan con un trozo de carne podrá contentarse sin pena con uno solo cuando no se le ofrezcan muchos.

7                    Decía también que en el lenguaje de los atenienses «disfrutar»143 es sinónimo de «comer», y decía que se añadía «bien» para indicar el hecho de comer cosas que no dañan ni al alma ni al cuerpo ni eran difíciles de encontrar, de modo que lo de disfrutar lo aplicaba también a los que llevan una vida ordenada.

 

 LIBRO IV

Bi^ALov 5'

PARTE 1 


1 De manera que tan útil era Sócrates en toda circunstancias y en todos los sentidos, que para cualquier persona de mediana sensibilidad que lo considerase era evidente que no había nada más provechoso que unirse a Sócrates y pasar el tiempo con él en cualquier parte y en cualesquiera circunstancias. Incluso su recuerdo cuando no estaba presente era de gran utilidad a los que solían estar con él y recibir sus enseñanzas, pues tanto si estaba de broma como si razonaba con seriedad hacía bien a los que le trataban.

2 A menudo decía que estaba enamorado de alguien, pero estaba claro que no se refería a los de cuerpo bien dotado por la naturaleza, sino que deseaba a los que tenían un alma bien dotada para la virtud. Deducía la buena naturaleza de las personas de su rapidez para aprender las materias a las que se dedicaban, de su memoria para recor­dar lo que habían aprendido, y de su pasión por todas las enseñanzas gracias a las cuales se puede administrar bien una casa, una ciudad y, en suma, sacar buen partido de las personas y de las cosas humanas. Porque creía que esta clase de personas, una vez instruidas, no sólo serían felices ellas mismas y gobernarían bien sus casas, sino que también estarían en condiciones de hacer felices a los demás hombres y ciudades. 3 No se dirigía, sin embargo, a todos por igual, sino que a quienes pensaban que gozaban de una buena disposición natural y despreciaban la enseñanza Ies explicaba que las que pasan por ser las mejores naturalezas son las que más educación necesitan, indicándoles que también los caballos más purasangre, que son más briosos y bravos, si se les doma de jóvenes se hacen más serviciales y mejores, pero si se quedan indómitos resultan los más difíciles de manejar y los más baratos. Y los perros de mejor raza, infatigables y emprendedores para la caza, si se les educa bien resultan los mejores y los más útiles para las cacerías, pero si no se les enseña son ineptos, rabiosos y absolutamente indóciles. 4 De la misma manera, los hombres con mejores disposiciones naturales, con mayor fuerza de espíritu y eficaces al máximo en lo que emprenden, si se les educa e instruye en lo que tienen que hacer resultan excelentes y Utilísimos, pues llevan a cabo los más numerosos y mejores servicios, pero si no se les educa ni se les instruye, son los peores y los más dañinos: no saben discernir lo que tienen que hacer, se lanzan a muchos negocios funestos, y como son altivos y violentos, resultan difíciles de manejar y de disuadir, con lo que causan muchos y terribles males144.

5 Ahora bien, en cuanto a los que se enorgullecen de su riqueza y piensan que no necesitan ninguna educación, porque creen que les basta su dinero para conseguir cuanto se propongan y recibir honores de la gente, les hacía entrar en razón diciéndoles que es un insensato el que cree que sin instrucción puede distinguir las acciones útiles y las perjudiciales, y un estúpido el que sin tener capacidad para hacer esta distinción cree que con su dinero puede conseguir lo que quiera y hacer lo que le conviene. Es tonto quien, no pudiendo hacer lo que le conviene, cree que está obrando bien y que ha conseguido preparar para él, del todo o suficientemente, lo necesario para la vida. Es un estúpido también el que cree que sin saber nada, sólo gracias a su dinero, pasará por bueno para algo, o, sin parecer bueno para nada, tendrá una buena consideración.

PARTE 2 

1 Voy a explicar ahora cómo se comportaba con los que creen que han recibido la mejor educación y se enorgullecen de su sabiduría. Se había enterado de que el bello Eutidemo había reunido una gran colección de escritos de los poetas y sofistas más famosos, y a consecuencia de ello pensaba ya que destacaba sobre los jóvenes de su edad en sabiduría y tenía las mayores esperanzas de aventajarlos a todos en capacidad de hablar y de actuar. Lo primero que hizo Sócrates al enterarse de que Eutidemo145 a causa de su juventud no iba todavía al ágora, y que cuando quería ocuparse de algún asunto iba a sentarse en una guarnicionería cerca del ágora, fue irse también allí con algunos amigos suyos. 2 Al preguntarle uno al principio si Temístocles había destacado tantísimo entre sus conciudadanos por el trato con algún sabio o por su disposición natural, hasta el punto que la ciudad ponía sus ojos en él cada vez que necesitaba un hombre cabal, Sócrates, que quería provocar a Eutidemo, dijo que era una simpleza creer que en las artes de poca monta no se llega a ser importante sin la ayuda de maestros eficaces y que, en cambio, la función más importante de todas, el gobierno de la ciudad, puede surgir espontáneamente en los hombres.

3                    En otra ocasión en la que Eutidemo estaba presente, viendo que rehuía la compañía y evitaba dar la impresión de admirar a Sócrates por su sabiduría, le dijo:

—Es evidente, amigos míos, que una vez haya alcanzado la edad, Eutidemo, aquí presente, por su manera de conducirse, cuando la ciudad proponga alguna moción sobre un tema no se abstendrá de dar consejo. Yo creo que ya tiene preparado un hermoso proemio para sus discursos políticos, cuidando que parezca que no ha aprendido nada de nadie. Seguro que empezará su intervención con un preámbulo así:

4                    «Ciudadanos atenienses, nunca aprendí nada de nadie, ni después de oír hablar de personas competentes en palabras o en hechos busqué un encuentro con ellos, como tampoco me preocupé de tener un maestro entendido, sino que, por el contrario, me he pasado la vida evitando no sólo aprender nada de nadie sino incluso aparentarlo. A pesar de ello, os aconsejaré lo que se me ocurra espontáneamente». 5 Un proemio de este tipo también sería adecuado para los que pretendieran obtener el cargo de médico en la ciudad146. Sería útil para ellos empezar así su discurso: «Nunca aprendí de nadie, ciudadanos atenienses, el oficio de médico, ni intenté tener como maestro a ningún médico. He pasado la vida no sólo aprender de los médicos sino incluso dar la impresión de haber aprendido este oficio. A pesar de ello, dadme el cargo de médico, que yo intentaré aprender experimentando con vosotros».

Todos los presentes se echaron a reír.

6 Como era evidente que Eutidemo estaba prestando atención a las palabras de Sócrates, aunque seguía evitando decir algo personalmente, como si creyera que con el silencio se rodeaba de una fama de prudencia, en ese momento dijo Sócrates, queriendo poner fin a esta situación:

—Es curioso cómo los que quieren ser capaces de tocar la cítara o la flauta o montar a caballo o alguna otra cosa parecida, intentan practicar de la manera más continuada posible lo que quieren llegar a ser, y no sólo por sí mismos, sino en compañía de los que pasan por mejores, haciendo y aguantándolo todo con tal de no hacer nada contra su opinión, en la idea de que por otros procedimientos no llegarían a ser personas importantes. En cambio, entre los que están deseando llegar a ser buenos oradores y dedicarse a la política, algunos piensan que sin preparación ni práctica serán capaces de realizarlo espon­táneamente y de repente. 7 Sin embargo, lo cierto es que estas artes parecen tanto más difíciles de ejecutar que aquellas que, siendo más los que se afanan en ellas, son muchos menos los que consiguen realizarlas. Por ello es evidente que necesitan una dedicatoria más asidua y más in­tensa los que se dedican a ellas que quienes aspiran a las otras.

8 Tales eran al principio los discursos de Sócrates, mientras Eutidemo escuchaba, pero cuando se dio cuenta de que éste prestaba más atención según hablaba y que escuchaba con mayor interés, se fue solo a la guarnicionería y, cuando Eutidemo se sentó junto a él, le preguntó: —Dime, Eutidemo, ¿es verdad, como he oído decir, que has reunido una colección de las obras de los hombres que han adquirido fama de sabios? Eutidemo contestó:

—¡Sí, por Zeus!, Sócrates, y todavía las sigo reuniendo, hasta que pueda tener el mayor número posible.

9                     —¡Por Hera!147( dijo Sócrates, te felicito por haber preferido sabiduría en vez de tesoros de plata y oro. Es evidente que en tu opinión el oro y la plata no hacen mejores a los hombres, mientras que las sentencias de los sabios enriquecen con la virtud a quienes las poseen.

Eutidemo se alegró al oír estas palabras, convencido de que Sócrates encontraba correcta su aproximación a la sabiduría. Y Sócrates, al advertir que Eutidemo estaba encantado con aquel elogio, le dijo:

10                 —¿A qué clase de bondad quieres llegar, Eutidemo, reuniendo estos escritos?

En vista de que Eutidemo se había quedado callado pensando una respuesta, Sócrates le preguntó de nuevo:

—¿Acaso quieres ser médico? Porque se han escrito muchas obras de médicos.

Eutidemo respondió:

—¡No, por Zeus!, médico no.

—¿Quieres entonces llegar a ser arquitecto? También ello requiere un hombre experto.

—No, tampoco es eso.

—¿Quieres hacerte un buen geómetra, como Teodoro148?

—Tampoco quiero ser geómetra, dijo.

—¿Un astrólogo149, entonces? Y como también el otro lo negó, dijo:

—¿Un rapsodo150, en ese caso? Porque aseguran que tienes todos los poemas de Homero.

—¡Por Zeus!, yo no, desde luego. Sé que los rapsodos se saben a la perfección sus versos, pero ellos son muy tontos.

Entonces dijo Sócrates:

11                 —¿No irá a resultar, Eutidemo, que aspiras a la virtud por la que los hombres se hacen políticos, administradores, capaces de gobernar y útiles a los demás y a sí mismos?

Eutidemo respondió:

—Sí, Sócrates, ésa es la virtud que necesito.


—¡Por Zeus!, dijo Sócrates, aspiras a la virtud más bella y a la más grande de las artes, pues es un arte de reyes151 y se llama «arte real». Pero ¿has reflexionado si es posible, sin ser justo, llegar a ser bueno en ese arte?

—Sí he reflexionado, y mucho, y no es posible sin justicia llegar a ser un buen ciudadano.

9                    —¿Y qué?, dijo Sócrates. ¿Ya lo has conseguido?

—Creo, Sócrates, que no voy a parecer menos justo que otro cualquiera.

—Bien. ¿No tienen los hombres justos sus obras, como las tienen los carpinteros?

—Las tienen.

—Entonces, lo mismo que los carpinteros pueden mostrar sus obras ¿podrían también los hombres justos explicar las suyas?

—¿Cómo no voy yo a poder explicar las obras de la justicia?, dijo Eutidemo. Y, ¡por Zeus!, también las de la injusticia, pues no son pocas las que se pueden ver y oír todos los días.

10                 ¿Quieres entonces, dijo Sócrates, que escribamos a un lado la J, al otro lado la I, y, a continuación, lo que nos parezca obra de la justicia lo pongamos en la J y lo que sea de la injusticia en la I?

—Si crees que es necesario hacerlo, hazlo.

11                 Después de haber escrito Sócrates las letras tal como había dicho, continuó:

—¿Existe la mentira entre los hombres?

—Existe, desde luego.

—¿En qué lado la pondremos?

—Es evidente que en el de la injusticia.

—¿No existe también el engaño?

—Ya lo creo.

—¿En qué lado lo ponemos entonces?

—También es evidente que en el de la injusticia. —¿Y qué pasa con el hacer daño a otro?

—También ahí, dijo.

—¿Y someter a esclavitud?

—También.

—¿Y en la parte de la justicia no habrá nada de eso, Eutidemo?

—Sería terrible.

15                 —¿Qué ocurre entonces si alguien, elegido general, reduce a esclavitud a una ciudad injusta y enemiga? ¿Diremos que comete una injusticia? —No, por cierto.

—¿No diremos que hace algo justo?

—Desde luego.

—¿Qué ocurre si engaña a los enemigos en la guerra?

—También eso es justo, dijo.

—Y en el caso de que robe y saquee los bienes enemigos, ¿no obrará en justicia?

—Desde luego, pero yo al principio suponía que las preguntas se referían únicamente a los amigos. —Según eso, todo lo que pusimos en la injusticia tendríamos que ponerlo también en la justicia.

—Así parece.

9                     —¿Quieres entonces que después de plantear las cosas así determinemos de nuevo que obrar así es justo con el enemigo, pero injusto con los amigos, y que con éstos hay que ser lo más sinceros posible?

10                 —Totalmente, dijo Eutidemo.

—¿Qué pasa entonces, dijo Sócrates, si un general al ver desmoralizado a su ejército le miente diciendo que se acercan tropas aliadas, y con esta mentira pone fin a la desmoralización de los soldados?, ¿en qué lado pondremos este engaño? —Yo creo que en el de la justicia.

—Y si alguien, viendo que su hijo necesita medicación y se niega a tomar la medicina, le engaña dándole la medicina como si fuera comida y utilizando esta mentira lo salva, ¿en qué lugar habrá que poner este engaño?

—Yo creo que en el mismo.

—Y si alguien, teniendo un amigo desesperado, por miedo de que se suicide le quita o le arrebata la espada o cualquier otra arma, ¿en qué lugar habrá que poner esto?

—También habrá que ponerlo en la justicia.

18                 —¿Quieres decir entonces que tampoco con los amigos hay que ser sincero siempre?

—No, ¡por Zeus!, y me retracto, si se me permite. —Se te tendrá que permitir, dijo Sócrates, antes de que hagas una clasificación equivocada. Pero pasando ahora a los que perjudican a sus amigos con engaños, para no dejar este punto sin examinar, 19 ¿quién es más injusto, el que engaña voluntariamente o el que lo hace sin intención? —La verdad, Sócrates, es que ya no me fío de mis respuestas, pues todo lo de antes me parece ahora distinto de lo que yo creía. Sin embargo, quede dicho por mí que es más injusto el que míente a propósito que el que lo hace sin darse cuenta.

20                 —¿Pero tú crees que hay un aprendizaje y una ciencia de lo justo como lo hay de las letras?

—Yo sí lo creo.

—¿Ya quién consideras más literato, ai hombre que adrede escribe y lee incorrectamente o al que lo hace contra su voluntad?

—Yo creo que quien lo hace voluntariamente, porque, si quisiera, también podría hacerlo correctamente.

—Entonces, ¿el que voluntariamente no escribe de modo correcto sería un buen letrado, y el que lo hace sin querer será un ignorante en letras? —¿Cómo no?

—¿Y quién conoce la justicia, el que miente y engaña adrede, a conciencia de que lo hace, o el que lo hace sin querer?

—Es evidente que el que lo hace a sabiendas. —¿Estás afirmando entonces que el que sabe de letras es más literato que el que no sabe?

—Sí.

—¿Y más justo el que entiende de lo justo que el que no entiende?

—Eso parece, pero creo que también aquí lo estoy diciendo sin saber por qué.

21                 —¿Qué ocurre entonces si alguien dispuesto a decir la verdad se contradice a cada momento hablando del mismo tema y, por ejemplo, para indicarle a alguien un mismo camino, unas veces dice que va a hacia levante, otras que a poniente, o al hacer una cuenta unas veces da un resultado mayor y otras menor? ¿Qué te parece un individuo así?

—Es evidente, ¡por Zeus!, que no sabe lo que creía saber.

22                 —¿Tú sabes que hay hombres a los que se considera serviles?

—Sí lo sé.

—¿Por su sabiduría o por su ignorancia?

—Es evidente que por su ignorancia.

—¿Acaso reciben este nombre por su ignorancia 

 en la forja?

—No.

—¿Es entonces por su ignorancia en carpintería? —Tampoco es por eso.

—¿En zapatería, entonces?

—Tampoco es por eso, sino al contrario, pues la mayoría de ellos conocen estos oficios y son personas serviles.

—¿Se aplica entonces este nombre a personas que ignoran lo bello, lo bueno y lo justo?

—Yo creo que sí, dijo.

20                 —Luego debemos hacer toda clase de esfuerzos para evitar ser serviles.

—¡Por los dioses, Sócrates!, yo estaba totalmente convencido de que estaba dedicado a una filosofía con la que mejor pensaba que me educaría en lo que conviene a un hombre que aspira a la hombría de bien, pero ahora ¿cómo te imaginas lo desalentado que estoy, cuando me doy cuenta de que, después de tantas fatigas, ni siquiera soy capaz de responder a tus preguntas sobre lo que es más necesario saber y sin tener otro camino que me conduzca a ser mejor?

21                 Entonces le dijo Sócrates:

—Dime, Eutidemo, ¿has ido alguna vez a Delfos? —He ido dos veces, ¡por Zeus!

—¿Leiste entonces en algún sitio del templo la inscripción Conócete a ti mismo ?

—Sí.

—¿Y ya no te preocupaste más de la inscripción, o prestaste atención e intentaste tratar de examinar cómo eres?

—Eso no, ¡por Zeus!, pues creía que lo sabía muy bien. Difícilmente podría saber otra cosa sí me desconociera a mí mismo.

22                 —En ese caso, ¿crees que se conoce a sí mismo uno que sólo conoce su propio nombre o quien actúa como los compradores de caballos, que no piensan que conocen al que quieren conocer hasta que examinan si es dócil o rebelde, fuerte o débil, rápido o lento, y en general cómo está en las cualidades convenientes e inconvenientes en cuan­to al uso del caballo? ¿Es así también como él se examina a sí mismo sobre sus cualidades para su uso como hombre y como conoce su propio valor? —Yo creo que es así, que quien desconoce propio valor se ignora a sí mismo.

26 ¿Y no es evidente también que gracias a ese conocimiento de sí mismos los hombres reciben múltiples beneficios, y sufren, en cambio, numerosos males por estar equivocados sobre ellos mismos? Porque los que se conocen a sí mismos saben lo que es adecuado para ellos y disciernen lo que pueden hacer y lo que no. Haciendo únicamente lo que saben, se procuran lo que necesitan y son felices, mientras que se abstienen de lo que no saben, con lo cual no cometen errores y evitan ser desgraciados. Gracias también a ello son capaces de juzgar a los demás hombres y por el partido que sacan de ellos se procuran bienes y evitan perjuicios. 27 En cambio, los que no se conocen y se engañan sobre sus propias posibilidades, se encuentran frente a las demás personas y situaciones humanas en la misma situación que consigo mismos, y ni saben lo que necesitan ni lo que tienen que hacer ni de quiénes se pueden valer, sino que se equivocan en todos estos asuntos, fracasan en la consecución de bienes y se precipitan en las desgracias. 28 Los que saben lo que hacen consiguen fama y honor cuando alcanzan sus aspiraciones, las personas de su mismo rango los tratan con agrado y los que fracasan en sus actividades están deseando ponerse en sus manos para que les aconsejen, ponen en ellos sus esperanzas de prosperidad y por todas estas razones los estiman más que a nadie. 29 En cambio, los que no saben lo que se traen entre manos eligen mal, fracasan en lo que emprenden, y no sólo sufren con ello penas y castigos sino que encima tienen mala fama, son objeto de burla y viven despreciados y sin ninguna consideración. Puedes verlo también en las ciudades: las que desconocen su propia fuerza entran en guerra contra otras más poderosas, y unas son destruidas y otras se convierten de libres en esclavas.

30 Entonces intervino Eutidemo:

—Ten la seguridad de que creo firmemente, Sócrates, que el conocimiento de sí mismo debe tener la máxima importancia, pero ¿cómo hay que empezar a conocerse a sí mismo? Es algo por lo que pongo los ojos en ti por si quisieras servirme de guía.

31                 —Entonces, dijo Sócrates, me imagino que sabes cómo son las cosas buenas y cómo son las malas.

—¡Por Zeus!, es que si no supierani siquiera eso,serí —En ese caso, ¡ea!, explícamelo.

—No es difícil, dijo. En primer lugar, pienso que la salud es un bien y la enfermedad un mal. En segundo lugar, también las causas de una y otra, sean bebidas, comidas o costumbres, lo que conduce a la salud es bueno y lo que lleva a la enfermedad es malo.

32                 —Luego también la salud y la enfermedad serían buenas cuando son causa de un bien y malas cuando originan un mal.

—¿Cuándo podría ser la salud causante de un mal y la enfermedad serlo de un bien?

—¡Por Zeus!, por ejemplo cuando en una campaña ignominiosa, o en una navegación funesta, o en otras muchas circunstancias parecidas, los que por ser fuertes participan en ellas y perecen, mientras que los que se quedan fuera por su flojedad se salvan.

—Tienes razón. Pero también puedes ver que en las empresas provechosas unos participan porque son fuertes mientras que otros por su debilidad se quedan fuera.

—¿Y esas situaciones, que unas veces benefician y otras dañan, son acaso más buenas que malas?

—No lo parece, ¡por Zeus!, siguiendo nuestro razonamiento. 33 Pero la sabiduría, Sócrates, ése sí que es un bien sin ningún género de duda. Pues ¿en qué actividad no saldría mejor parado un sabio que un ignorante?

—¿Cómo? ¿Acaso no has oído hablar de Dédalo152, que, apresado por Minos a causa de su sabiduría, se veía obligado a servirle, se vio privado de su patria y de la libertad, y cuando intentó escapar con su hijo ocasionó la muerte de éste y él mismo no pudo salvarse, sino que fue a parar de nuevo a manos de bárbaros, donde fue otra vez sometido a esclavitud?

—Así lo cuentan, ¡por Zeus!

¿Y no has oído hablar de los sufrimientos de Palamedes153? Porque todos los poetas cantan cómo pereció por su sabiduría a causa de la envidia de Ulises.

—Así se cuenta también.

—¿Y cuántos otros crees tú que por su sabiduría se convirtieron en desterrados junto al Gran Rey154 y allí fueron sus esclavos?

34                 —Es posible, Sócrates, que el bien más indiscutible sea la felicidad.

—Sí, Eutidemo, si no se compone de bienes discutibles.

—Pero ¿cual de los elementos de la felicidad podría ser discutible?

—Ninguno, a no ser que añadamos la belleza, la fuerza, la riqueza, la fama, o alguna otra cosa parecida.

—Pero es que tendremos que añadirlas, ¡por Zeus!, pues ¿cómo se podría ser feliz sin ellas?

35                 —Entonces, ¡por Zeus!, añadiremos elementos que producirán muchas consecuencias funestas a los hombres. Porque muchos a causa de su belleza son corrompidos por los que se vuelven locos por los encantos juveniles; muchos por su fuerza intentan empresas excesivas y se precipitan en males mayores; muchos a causa de la riqueza se envician y van a parar a la perdición, víctimas de asechanzas; y muchos también a causa de su fama e influencias políticas sufrieron grandes desgracias.

36                 —Es que si tampoco puedo hablar bien de la felicidad, entonces reconozco que no sé lo que hay que pedirles a los dioses.

—Tal vez, dijo Sócrates, por tu excesiva confianza en saber estas cosas no las meditaste suficientemente, pero puesto que te dispones a ponerte al frente de un Estado democrático, es evidente que al menos sabes qué es una democracia.

37                 —Totalmente, dijo.

—¿Tú crees que es posible saber qué es una democracia sin saber qué es un pueblo?

—Creo que no, ¡por Zeus!

 —¿Y sabes qué es el pueblo?

—Creo que sí.

—¿Qué crees tú que es el pueblo?

—Yo creo que son los ciudadanos pobres.

—¿Y sabes quiénes son los pobres?

—¿Cómo no iba a saberlo?

—¿Y sabes también quiénes son los ricos?

—Tanto como quiénes son los pobres —¿A quiénes llamas pobres y a quiénes ricos? —Son pobres, en mi opinión, los que no tienen bastante para pagar lo que deben, y ricos los que tienen más de lo suficiente.

34                 —¿Te has dado cuenta entonces de que algunos con muy poco no sólo les basta sino que incluso ahorran, mientras que otros con grandes fortunas no tienen suficiente?

—¡Por Zeus!, dijo Eutidemo, hiciste bien al recordármelo, pues conozco algunos monarcas que por falta de recursos se ven obligados a cometer crímenes, igual que los más necesitados.

35                 —Entonces, dijo Sócrates, si son así las cosas, debemos poner a los monarcas entre el pueblo, y a los que poseen pocos bienes, si son buenos administradores, entre los ricos.

Entonces dijo Eutidemo:

—Es evidente que mi propia estupidez me obliga a reconocerlo y voy pensando que para mí lo mejor sería callarme, pues probablemente no sé simplemente nada.

Y se marchó completamente descorazonado, despreciándose a sí mismo y convencido de que en realidad era un esclavo.

36                 Ahora bien, muchos de los que habían sido puestos en semejante situación ya no se acercaban más a Sócrates y él los tenía por muy torpes. Eutidemo, sin embargo, comprendió que no podría llegar a ser un hombre digno de consideración sino tratando lo más posible a Sócrates, y así, nunca se apartaba de él, salvo en caso de necesidad, y en ocasiones imitaba incluso sus costumbres. Sócrates, por su parte, cuando se dio cuenta de su disposición trató de desconcertarle lo menos posible y le daba, en cambio, las nociones más sencillas y más claras sobre lo que creía que era más necesario saber y más digno de dedicarle una mayor atención.

 

 PARTE  3

3 1 Sócrates no se daba ninguna prisa para que sus seguidores se convirtieran en elocuentes, prácticos e inventivos, pues pensaba que antes debía infundirles el buen juicio. Porque sin buen juicio, los que poseían aquellas capacidades creía que eran más injustos y más propensos a hacer el mal.

2                                             Y así, en primer lugar intentaba que sus seguidores fueran juiciosos con los dioses. Otros contaban155,     por haber estado                 presentes,

conversaciones que tuvo con terceras personas sobre este tema. Por mi parte, asistí al siguiente diálogo que tuvo con Eutidemo:

3                    —Dime, Eutidemo, ¿se te ocurrió pensar alguna vez con qué cuidado han preparado los dioses cuanto los hombres necesitan?

Y él respondió:

—Desde luego que no, ¡por Zeus!

—¿Pero sabes al menos que, en primer lugar, necesitamos     la luz, que los  dioses nos

proporcionan?

—Sí, ¡por Zeus!, pues si no tuviéramos luz estaríamos en las mismas condiciones que los ciegos, a pesar de nuestros ojos.

—Y como también necesitamos descanso, nos dan la noche como el mejor reposadero.

4           —Muy     cierto, también             eso      merece

agradecimiento.

—Y puesto que el sol con su luz nos pone en evidencia las horas del día, y todo lo demás, mientras que la noche con su oscuridad es más confusa, ¿no hicieron aparecer astros en la noche, para aclararnos las horas nocturnas, gracias a lo cual podemos hacer muchas cosas necesarias?

—Así es, dijo.

—Además, la luna no sólo nos pone de manifiesto las partes de la noche, sino también las del mes156. —Es totalmente cierto.

5                    —Y del hecho de que, puesto que necesitamos alimento, nos lo hagan surgir de la tierra y proporcionen las estaciones adecuadas para este fin, las cuales no sólo nos procuran los muchos y variados productos que necesitamos, sino también otros para deleitarnos, ¿qué me dices?


 —Todo ello significa un gran amor a la humanidad.

2                    ¿Y qué me dices de ofrecernos el agua, ese elemento tan valioso que en unión de la tierra y de las estaciones hace brotar y crecer todo lo que nos es útil, contribuye a nuestra alimentación y, mezclada con todos nuestros alimentos, hace que sean más fáciles de digerir, más provechosos y más agradables, y como es lo que más necesita­mos nos lo dan con la máxima abundancia?

—También eso es prueba de su providencia.

3                    —¿Y lo de habernos proporcionado el fuego, socorro contra el frío, valedor contra la oscuridad, colaborador en todas las artes y en todo cuanto los hombres emprenden para su utilidad? Porque, dicho en pocas palabras, los seres humanos no pueden llevar a cabo sin el fuego ninguna actividad que merezca la pena de cuanto es útil para vivir.

—También ese aspecto es el colmo de la filantropía.

4                    —¿Y eso de que el sol, después de pasar el solsticio157 del invierno, se acerque madurando unas plantas, secando otras ya pasadas de sazón, y que, una vez llevado a término, ya no se acerque más, sino que se retire, evitando dañarnos con más calor del necesario, y que cuando de nuevo se aleja tanto de nosotros que resulta evidente que de alejarse más nos moriríamos de frío, se vuelva de nuevo y se acerque a nosotros, dando vueltas en el firmamento donde más útil pueda sernos?

—¡Por Zeus! que también eso parece del todo que ocurre en favor de los seres humanos.

5                    —¿Y qué me dices del hecho de que, como está claro que no podríamos soportar ni el calor ni el frío si surgieran de repente158, el sol se vaya acercando poco a poco y también poco a poco se aleje, de modo que sin darnos cuenta nos encontramos en lo más duro de los dos extremos? —Yo hace tiempo que estoy tomando en consideración en vista de ello, dijo Eutidemo, si los dioses tienen alguna otra ocupación que cuidarse de los hombres. Sólo una cosa me lo impide, y es que también los otros seres vivos

 

 

 


 

 

 

 


 

 

 

 

 

 


 

 

 

 

 

 

 

 

 

 




 

 

 


 

 

 









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